miércoles, 29 de julio de 2015

ADS 1-1 Coloquio versión 15-01-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión Comentarios Romina al 15-01-2014. La devolución de Diego se ve al final que no está más.

1-1
Primera parte. PREHISTORIA.
Capítulo 1. COLOQUIO.

Nuevamente, como en 1-2 y 1-3, los comentarios se ven mal :( Muestra: 




Me queda copypastear lo que me mandaron con los comentarios en el texto que se salvaron:


Lo que te venía contando. Tengo un problema muy grave con el primer párrafo (el resto está buenísimo), que como te dije es un problema de publicidad, da mucha sensación de que vas a hablar un rato largo de los 4 años anteriores de entrar al Colegio y que ese lugar tan excitante todavía está muy lejos. No sé si tiene que ver con que la primera palabra es “berretín”, que suena a tango de los años 30. Si un día puedo terminar de racionalizar lo que me pasa con ese párrafo te lo explicito mejor. Quizás si pudieras ponerlo menos en abstracto (menos del estilo de tarjeta del Día de la Madre, dirías vos). A partir del segundo párrafo está buenísimo.



Primera parte. PREHISTORIA. 
Capítulo 1. COLOQUIO.

El berretín de mandarme al Colegio Nacional de Buenos Aires fue de mis padres, quienes eran viejos de primera y tipos macanudos los dos, que llevaron siempre prendidos en el pecho mis intereses y los de mi hermana con el mismo orgullo con que un patriota se prende la escarapela el 25 de Mayo, y siempre sentí que hubieran hecho cualquier sacrificio por nosotros, así que no era de contradecirlos a menos que tuviera excelentes motivos, y rara vez, si jamás, me los dieron. No recuerdo haber tenido ni razón ni ganas para hacerles la contra en nada grande, y consentirles sus aspiraciones de darme una buena educación, fingiendo acuerdo con su teoría que se podía joder en la primaria pero la secundaria era para ponerse serios, era lo mínimo que podía hacer para corresponder sus cuidados. Yo estaba al tanto de sus sentimientos de culpa por no haber hecho esfuerzos suficientemente tempranos con mi hermana, que intentó el difícil examen de ingreso sin ayuda profesional y no logró el puntaje mínimo necesario, y sabía que estaban determinados a no repetir ese error conmigo, quien al contrario de ella era mejor conocido por mis llamadas de atención, por hablar demasiado en clase y ser medio rebelde que por mi dedicación a los estudios, así que cuando me inscribieron en la Academia Jiménez no me rehusé a comparecer, a pesar que me imponía la obligación de asistir dos o tres veces por semana y encima nos daban un montón de deberes con los que arruinar mis otras tardes de ocio. Callé, además, porque reconocí que el esfuerzo económico era una más de las tantas demostraciones de afecto y desprendimiento de mis padres, que no me hubiera sido posible cuestionar sin hacerle más justicia a mi típica ingratitud infantil que a mi enorme cariño por ellos.

Para mi sorpresa, sin embargo, la Academia Jiménez resultó ser un placer culpable, porque aunque jamás se lo hubiera admitido a nadie y casi ni me lo admitía a mí mismo, la verdad fue que la pasé bomba estudiando. Teníamos las clases divididas entre las cuatro materias de los exámenes de ingreso (geografía, historia, lenguaje y matemáticas) y el estudio despertó en mí una inesperada pasión por la historia argentina, que hasta entonces había sido una experiencia monótona donde repetíamos hasta el cansancio con entusiasmo fingido las loas de las fiestas patrias, y se suponía que nos tenían que fascinar detalles pedorros como que el Cabildo del 25 de mayo de 1810 fue en un día que necesitó el uso de paraguas y se repartieron escarapelas, que después resultaron ser tan fabricados como la manzana de Newton, o que la declaración de la independencia se proclamó en Tucumán, a donde yo nunca había ido y no me constaba, pero se suponía era el Jardín de la República. En la Academia Jiménez, en contraste, la historia argentina estaba más llena de eventos y personajes memorables que una navidad de Dickens, con visitas nocturnas de los fantasmas del pasado, el presente y el futuro, en la que nadie había limpiado las manchas de sangre, ni habían cortado del celuloide las escenas truculentas, ni borrado las sombras negras de las caras y las almas de los próceres, y estos descubrimientos me dieron un nuevo agujerito por donde espiar desde mi escondite seguro de la niñez el mundo todavía por descubrir de los grandes, donde me enteré por primera vez de que los adultos tenían apetitos irreprimibles, ambiciones desmedidas y pasiones oscuras que los masticaban crudos y los escupían sangrantes. El mismísimo don Jiménez quien le diera nombre a la academia nos daba magistralmente la clase de historia, y no nos tapaba los ojos cuando los aceites calientes desfiguraban los rostros del invasor inglés, ni nos hacía apartar la vista para no ver el miedo en los ojos del virrey Liniers frente al pelotón de fusilamiento, ni nos tapaba los oídos para que no escucháramos los gritos de horror del campo de batalla donde se desangraron ocho de cada diez paraguayos durante la guerra de la Triple Alianza. Al contrario, nos forzaba a mirar sin parpadear las cabezas sin torso de los enemigos del Restaurador de las Leyes, clavadas sobre lanzas adornadas con la Divisa Punzó, e imaginar los horrores de su dictadura. Esta nueva versión de la historia fue una epifanía desconcertante, una nueva luz bajo la cual el mundo de mis mayores se transformó en un paisaje escarpado y hostil de pasiones, arrebatos y folías, que me dieron la intuición espantosa de que de vez en cuando la historia se volvía a repetir, y en algún lugar de nuestro querido país los federales todavía alimentaban la picadora con los cuerpos desmembrados de los unitarios, y después cambiaban roles y le tocaba a los unitarios hacer lo propio, hasta que todos hacían chorizos con la carne de los muertos sin que a nadie le importe quién era quién, y todo esto era suficientemente fascinante como para estudiar las otras tres materias sin chistar. Esta nueva actividad se incorporó, entonces, a mi rutina semanal de una época de mi vida que fue particularmente feliz para mí, y me tomaba todo, inclusive aquellas cosas como el estudio para el examen de ingreso, como parte del paquete de una infancia despreocupada.

El proceso de ingreso al Colegio incluía la asistencia a un “coloquio”, evento cuyo nombre impreciso no revelaba si era exactamente una charla, una entrevista o una oportunidad de presentarse formalmente. Cuál de estas definiciones era la oficial y cuál era su objetivo no me queda claro hasta el día de hoy, pero tampoco me preocupó lo suficiente como para preguntar o buscar precisiones en el diccionario, y no hice mucha alharaca cuando mis padres me dijeron que debía ir con ellos a esta cita, me hicieron vestir de domingo y me peinaron con gomina. Tan sólo les dije que sí, claro, que lo que ellos quisieran, y no le di mucha más consideración ni importancia al tema. Mi actitud cambió cuando vi por primera vez la sede del Colegio en la calle Bolívar, cuya entrada me inspiró el respeto que se debe sentir cuando se ven por primera vez las pirámides egipcias, porque exudaba una serenidad milenaria y parecía sublimemente cómodo en su traje, que después me enteraría era del neoclásico francés, tan lleno de calma y aplomo, con esa autoconfianza que tienen las instituciones construidas en la cima de un macizo de roca impregnable, y que encima se dan el lujo de levantar gruesas paredes de piedra y puertas pesadas de madera dura y hierro. Era obvio que el edificio se había construido en épocas mejores, con el criterio y los materiales nobles de una catedral europea, y con los mismos techos altos como hangares, los atrios de un Partenón, los ventanales amplios como claristorios, las naves que no parecían pedirle permiso a nadie más que a Dios para ser exageradamente sólidas, altas y espaciosas. Mi primera impresión fue que reinaba adentro de ese edificio una calma noble, serena, sosegada, tan en contraste con la galleta de dudas y tribulaciones que es la mente adolescente, y esa sensación me sedujo.

Llegamos cuando era todavía la hora del recreo, y me sorprendió al caminar por los corredores la falta de griterío, la manera en que los estudiantes en sus uniformes azules y grises parecían circular sin pegar ninguna correteada, ni empujarse los unos a los otros, sin jugar al poliladron o la mancha como nosotros en el patio del General Las Heras, donde yo cursaba mi primaria y ni se podía andar por los corredores en hora de recreo sin esquivar chiquilines gritones rebotando contra las paredes como las bolas de billar rebotan contra las bandas. En este colegio los alumnos parecían ser todos maduros, tranquilos, pausados, y me quedé bien impresionado con ese contraste que encontré muy reconfortante y atractivo. Me imaginé cómo me sentaría ser uno de esos jóvenes alumnos cuyo porte elegante y paso seguro parecían hacer alarde de objetivos claros y una determinación para llegar a la meta que yo aún no poseía, pero cuya fórmula secreta me imaginé recibiendo el primer día del primer año de clases como parte de los ritos de mi iniciación.

Nos atendió un señor que se presentó como Roberto Castelli, o Cristelli, a algo así que no retuve bien. No le presté mucha atención al nombre, porque todavía no me podía sacar de la cabeza la fascinación de ese edificio tan lindo, con su frente de elevación faraónica, de amplios ventanales y columnas de capiteles jónicos, de escalinatas mellizas de mármol blanco de Carrara alfombradas con una ancha y mullida franja escarlata, bajo esos techos exageradamente altos que cobijaban sin encerrar, entre esas paredes que eran tan sólidas y gruesas como acogedoras, en esos atrios que bañaban de luz y salpicaban de claridad los pensamientos de quienes los caminaban, y dentro de esos largos pasillos de azulejos verdes que intuí conducían inexorablemente hacia un futuro de logros y éxitos. Todos los detalles de esos primeros pasos dentro del Colegio me llenaron el pecho de emoción y la cabeza de entusiasmo. Sentí por primera vez un compromiso con mi futuro en ese mundo de conocimientos secretos, cuyo significado sería tan deslumbrante que los marajás del pasado no escatimaron ningún gasto para albergarlos en un Taj Mahal tan fastuoso como invaluable, digno de la envidia de cualquier imperio, y me pareció evidente que todos los otros detalles de la educación recibirían el mismo cuidado, incluyendo profesores firmes pero justos que sabrían moldear el carácter juvenil con paciencia paternal, y autoridades idóneas, de benevolente vocación pastoral.

Entramos a un despacho donde tendría lugar el coloquio, y el señor comenzó por hacernos un breve resumen de la historia del colegio, que era aún más fascinante de lo que me había imaginado y confirmaba mis sospechas más ambiciosas. Fue de ese señor que aprendí que el colegio había sido fundado por los jesuitas en 1661, y había funcionado bajo esa orden de grandes educadores hasta su expulsión del Virreinato del Plata (¡que Jiménez nos había enseñado como una gran controversia!) para ser refundado por el Virrey Ortiz como Real Colegio de San Carlos, luego Gran Convictorio Carolino y varios otros nombres incluyendo Colegio de Ciencias Morales, que un ex alumno y compañero de año inmortalizó en una novela. De este señor también me enteré que el colegio tenía alumnos célebres, como Manuel Belgrano, creador de la bandera nacional y prócer de la independencia en la escuela primaria (¡y muerto de pleuresía abandonado por sus hombres en la Academia Jiménez!), Mariano Moreno, miembro del primer triunvirato y del Congreso de Tucumán en la primaria (¡y muerto de una misteriosa aflicción en alta mar, sospechado de ser envenenamiento, en la Academia Jiménez!), además de presidentes, ministros y luminarias argentinas de la ciencia, entre los cuales se encontraban varios premios Nobel, y también de las artes. Según el señor, de ser admitido al Colegio estudiaría entre los espíritus de estos gigantes de la historia, cuyas acciones valerosas y obras invaluables habían hecho tanto para exaltar el honor de la Patria, pero (y aquí hizo una larga pausa en la que se le pusieron brillosos los ojos y luego de la cual su voz tomó un tono sombrío hasta la truculencia) también estarían presentes los fantasmas de la infamia de otros de sus ex alumnos, cuyos nombres y actos, al contrario de los otros, quedaron mudos, pero que eran muchos de ellos marxistas leninistas, sediciosos y subversivos, y aquellos que cayeron bajo su influencia nefasta, y que la dirección del antiguo rector tristemente fallecido unos cortos años atrás, don Eduardo Aníbal Rómulo Maniglia, había trabajado tan diligentemente para extirpar, pero cuya vigilancia la gestión del actual rector no desatendería hasta su último día, porque la subversión era como un cáncer que si se descuidaba continuaba a rebrotar en la carne sana.

Yo estaba fascinado con la charla, lleno de la bronca de los justos contra la osadía de esos elementos subversivos, y de simpatía y compasión por las fuerzas del orden y la razón. Me pareció que ese señor Maniglia debería haber sido un santo varón al que algún día le harían un busto como el de Amadeo Jacques a la entrada. No tenía mucha idea de lo que era el marxismo leninismo, pero recordaba vagamente las propagandas que el Gobierno daba por televisión, en que un joven le daba a otro un manual con esas dos palabras misteriosas y extranjeras, y estaba seguro que no sería nada bueno, porque en otra propaganda parecida, que tal vez se me mezcló, el mismo chico le daba drogas al otro, mientras que el locutor preguntaba "¿Usted sabe dónde y con quién están sus hijos?", y me imaginé que debía ser gente mala que algo habría hecho y no merecía estudiar en un colegio tan lindo donde gente como este señor se preocupaban de velar por el bienestar de los alumnos. Noté, sin embargo, que el entusiasmo inicial y la postura erguida de mis padres se había desinflado un poco, y aunque no era evidente yo, que los conocía bien, me di cuenta de que estaban incómodos con las lágrimas que le llenaron los ojos al señor, y me pregunté por qué sería, porque a pesar que a mí el tipo me pareció un poco intimidante su charla estaba muy buena, y hasta me dio un poco de lástima por él, porque era evidente que le daba bronca que los marxistas leninistas se habían portado mal, parecía genuinamente triste del daño que habían hecho y comprometido a erradicar de una vez por todas a esa gente mala, a los enemigos de la patria que, me imaginé, no querrían a la escarapela, o se cagaban en el caballo blanco de San Martín, o algo por el estilo.

Terminada su introducción, dirigió su atención hacia mí y mis padres, y lo primero que notó (a pesar de la gomina que me habían puesto) fue mi pelo, y le preguntó a mi papá porqué lo tenía tan largo. Mi viejo, que se ve que se había esperado la pregunta y tenía una respuesta preparada, contestó como si yo no estuviera en la sala y pudiera escuchar lo que se decía de mí, que era todavía un chiquilín (¡tenía casi trece años!), y que hasta mi edad él había usado pantalones cortos, pero que ya estaba creciendo y entendía que en la primaria se podía jorobar un poco, pero que en la secundaria ya era hora de ponerse serios, y cambiaría mis hábitos como correspondía. Aunque nadie me pidió mi opinión contraria y yo no me atreví a darla, esa pareció ser una respuesta aceptable para todos, porque mi mamá asintió, mi papá hinchó el pecho como un gallito y el señor anotó el dato en su libreta con aire satisfecho y no mencionó más el tema.

Entonces nos empezó a disparar preguntas más y más personales, que me hicieron pensar que la palabra coloquio querría decir "interrogatorio", pero fue un pensamiento fugaz, que no tuve mucho tiempo de reflexionar, porque las preguntas y respuestas se sucedían a ritmo de pasodoble, mientras anotaba cosas en su libretita:

- Su nombre es inusual, señor Gotthelf. Dígame, ¿ustedes son alemanes?

- No, señor, somos descendientes de lituanos.

- ¿Católicos?

- No, judíos.

El señor se frotó el puente de la nariz como si sufriera de sinusitis. Continuó sin anotar:

- Y dígame, don Gotthelf, ¿son practicantes?

- No, señor.

- Bueno, mejor así, supongo, aunque no sé que es peor...

- ¿Discúlpeme?

- No, nada, y dígame, señora Gotthelf, ¿usted trabaja?

- No, soy ama de casa.

Esto pareció devolverle la compostura perdida desde la revelación de nuestro origen judío, que hoy parecerá una ofensa inaceptable por la que uno debería haberse dado la media vuelta para no volver nunca más, pero treinta y tantos años atrás había que bancarse cosas así y peor también, porque el funcionario más tolerante de aquella época se sentía libre de decir cosas peores que las que se atreve a decir el más intolerante de hoy. Nosotros no nos íbamos a dejar ofender fácilmente, sobre todo cuando se trataba de obtener algo que uno quiere, como el ingreso al Nacional Buenos Aires, porque ya estábamos acostumbrados a manejar de vez en cuando las sorpresas y decepciones de buenos cristianos, gente en todos otros aspectos derecha y macanuda, cuya confianza nos habíamos sabido ganar con simpatía, generosidad o buen trato, pero que al descubrir que éramos aquellos que San Mateo llamó asesinos de profetas, la prole de serpientes sobre cuyas cabezas estaba la sangre de Cristo, protestaban nuestro engaño por no tener “cara de judíos”.

El interrogatorio continuó, ahora centrado en la ocupación de mi padre, en dónde vivíamos y todo ese tipo de informaciones que anotaba en su libretita y decía "bien, bien" cuando la respuesta le satisfacía, pero que se frotaba el puente de la nariz cuando recibía alguna información que no lo convencía, y que suplementaba con una indagatoria más profunda, para luego volver a la libretita.

Cuando pareció satisfecho dejó de escribir y nos dijo, en vena de concluir la reunión:

- "Entiendan que, a pesar de una vigilancia constante, tenemos siempre alguna manzana podrida que escapa de la detección y puede contaminar el resto del barril. Esperamos que el joven Gotthelf, de tener éxito en el examen de ingreso, no se convertirá en una manzana podrida, ni se dejará influenciar por una. Este proceso de selección no será agradable, sobre todo para aquellos que no son lo que se podría decir "material obvio" de este colegio, gente que no cree en el Proceso de Reorganización Nacional al que apoya plenamente la dirección, gente divorciada, de ideas políticas antipatrióticas, artistas, indeseables, vaya a saber qué gentuza... No tengo intención de ofender cuando le digo que abundan entre los judíos los rojos de todas las denominaciones. Sin embargo yo creo que ustedes son una familia de bien, y si lo pusieran presentable al muchacho, creo que podríamos hacer de él un alumno de este colegio, así que les deseo buena suerte."

Con eso dio como concluida la reunión, y nos fuimos de su despacho en silencio.

Al salir del Colegio mi madre se puso inesperadamente mal, porque pareció tener intuiciones que mi papá y yo no comprendimos, más allá de las lágrimas del hombre y el momento incómodo del descubrimiento de nuestra proveniencia semita, a la que no estábamos desacostumbrados ni nos escandalizaba, pero igual ella quiso tomar distancia entre nosotros y "ese hombre despreciable", y le dimos el gusto caminando rápido, pero no le hicimos mucho caso, porque a mí me pareció buenísimo el coloquio y a mi papá también, y ni él ni yo veíamos la hora de que yo pudiera empezar las clases en un colegio como ése, y hablamos del coloquio y el Nacional Buenos Aires con mucha excitación todo el camino de vuelta a mi casa.

Hice pocas asociaciones con un chiste que me había contado poco antes el marido de mi prima, pero que después vino tan al caso de mi experiencia y de la de tantos compañeros, que cuando lo conté corrió como reguero de pólvora en nuestras tertulias durante los recreos, donde contar chistes era una manera de alivianar la tensión, una forma de escape y toda una filosofía de vida, y que decía más o menos así:

“Un tipo se muere y se va al Cielo.

En las puertas del Cielo lo recibe San Pedro, quien consulta en su libraco y le dice que había hecho suficientes méritos en la Tierra para poder entrar en la Gloria Eterna, pero le recomienda que debería pegarse una pasadita por el infierno, ya que el diablo había lanzado una campaña de marketing agresiva, se decía que había bajado la temperatura bastante, se tenía un programa de inversión millonario en un estadio de rock, renovación de las canchas polideportivas y expansión de los baños turcos, y:

- “Mucha gente está cambiando”, le asegura el Santo de las Llaves.

El tipo mira alrededor del Cielo y ve algunos angelitos dando vueltas, pero nada que lo entusiasme demasiado, entonces no le parece mala idea ir a ver otras opciones. Piensa en conciertos de Queen y los Rolling Stones y dice "why not?". Decide pegarse una vueltita por el infierno, sin compromiso.

El Diablo le hace el tour de las instalaciones. Por todos lados sonaba música de rock 'n roll, los diablitos estaban fornicando a pata suelta, chupando cerveza y divirtiéndose. Y la temperatura estaba bien, un poquito húmedo, a lo sumo, pero tolerable.

- “¡Empiezo el lunes!”, dice de repente el finadito, y se va contentísimo con su decisión.

El lunes, cuando entra a su primer día en el infierno, lo agarran entre ocho y le pegan una paliza, lo desnudan, le meten un hierro caliente en el traste, le arrancan las uñas con una tenaza, le ciegan los ojos, lo cuelgan y empiezan a desollarlo vivo. En su agonía y bronca el tipo grita:

- "¡Hijos de puta, el viernes cuando me mostraron todo no me dijeron nada de esto!"

Entonces el diablo, con una sonrisita malvada de placer en la cara, como si ya le hubieran reclamado lo mismo antes y su respuesta previamente preparada fuera la parte de la iniciación que más disfrutaba, le dice:

- "Ah, mi amigo, el viernes pasado usted era un candidato. Hoy lunes, usted es un alumno..."

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Busqué en los mails y la devolución de Diego que me había enviado no está más, ni en mis archivos ni en los mails:



ADS 1-2 Examen comentarios al 15-01-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión: comentarios Romina al 15-01-2014


1-2
Primera Parte: PrehistoriaCapítulo Segundo: EXAMEN


Otra vez como en el 1-3, los comentarios salen mal :( Muestra:

Copypasteo lo que me mandaron, se salvaron los comentarios que hice arriba y al final de todo.

Se me ocurre una osada sugerencia, y es que cambies el nombre de la primera parte “Prehistoria”, quizás es una de las razones por las que uno piensa que la acción estará tan lejos cuando empieza a leer, cambiarla por algo que estaba sucediendo en el momento, como Poliladron, o Encuentro, cosas así. Personalmente me gusta Poliladron, me parece un título muy atractivo para empezar a leer un libro. Sugerencia nada más, eh.



Primera Parte: Prehistoria
Capítulo Segundo: EXAMEN

Y llegaron, finalmente, los dos días del examen de ingreso, los mismos para los que me había preparado casi un año entero, a una edad en que un año es equivalente a toda una etapa de la vida, por lo menos en la mente de uno tan joven como era yo para ese entonces. Sentí por primera vez esa mañana el terrible peso de la responsabilidad y el destino sobre los hombros, y el dedo insoportablemente leve de la diosa Fortuna distrayéndome con golpecitos en la nuca, recordándome sin que necesitara recordatorio que del fruto de mi desempeño esos dos días dependerían mis próximos seis años, que podrían ser los próximos mil sin sobre exagerar su importancia, porque ambos períodos de tiempo eran una eternidad imposible de concebir proporcionalmente a mis escasos trece años de inexperiencia, como era imposible imaginar que al fin de ellos sería un señor mayor de diecinueve años, otra persona completamente que ¿quién sabe? se afeitaría todos los días como mi papá.

Tenía por delante dos días de dos exámenes, de dos horas cada uno, por demás cansadores para un pichoncito como yo, que todavía tenía las mejillas tan frescas como la colita de un bebé, pero que en definitiva entendía claramente eran de alguna manera una prueba de madurez, un rito de iniciación y transición de una etapa de la vida a otra nueva y excitante, y a pesar de que había una gran minoría de chicas tomando el examen con la mayoría de varones, lo sentí de alguna manera como una prueba de hombría, y deseé fervientemente la calma para someterme a ella con parsimonia, la fuerza para perseverar ante los nervios y el agotamiento y la recompensa de encontrar al final que habría llegado a la altura del desafío con el temple de un acero nuevo, pero noble.

Acostumbrado desde muy chico a andar por la ciudad solo, sin la necesidad de ser llevado y traído como los chicos de hoy, fui solo al examen, y solo espere pacientemente entre los otros dos mil candidatos con sus padres que colmaban las anchas veredas del Colegio, a que me llamaran por número para entrar a la calma acogedora del edificio por segunda vez, y ser conducido en fila por los atrios hacia uno de los largos pasillos verdes con aulas, y arriado como ovejas dentro de una de ellas, donde vi por primera vez que los pupitres estaban acomodados en filas fijas, y que estaban hechos en madera y hierro, con lugar abajo para guardar libros de estudio y un hoyo del tamaño de una moneda de chocolate encima a un costado, en el que metí el dedo desde abajo, moviéndolo juguetón, para verlo saludarme desde la oscuridad de ese hoyo misterioso que me intrigó tanto, hasta que me enteré después de que alguna vez, antes de que un inmigrante yugoslavo inventara la birome cambiando para siempre la geografía de los bancos de escuela, era donde generaciones anteriores habían puesto la fuente de tinta para su pluma. Esos detalles subrayaron doblemente la edad centenaria del colegio, que emanaba de la blancura de los mármoles, del carmín de las alfombras, de los reconfortantes tonos sepias de los pisos y las paredes, de la pureza del blanco de los altísimos cielos rasos, del verde apaciguador de los azulejos que llegaban hasta los dos metros y medio de altura en los corredores, de los marrones de las caobas, y de la solidez de todos los acabados nobles, que a cien años de su terminación se manifestaban en el perfecto estado de conservación de todo, porque daba la sensación de ser de una época lejana, pero al mismo tiempo estaba impecable.

Me tocó sentarme en un banco en el medio a un costado de la sala, y de allí miré por primera vez al frente de la clase, donde había una gran tarima de madera dura, y sobre la tarima un escritorio de caoba que ocuparían los profesores para dictar sus cátedras, pero que ahora ocupaba un señor demasiado joven para profesor del Nacional Buenos Aires, de unos treinta años, o por ahí uno o dos más, que no se sentó sino que, luego de asegurarse de que estábamos nosotros sentados y prestando atención al frente, se dio vuelta hacia el pizarrón, que llegaba casi hasta el techo tres metros más arriba que él, y escribió en tiza la frase

“Examen de Geografía”

Cuando terminó su composición tiró de una manija y, como por rieles mágicos, la mitad inferior del pizarrón, donde había escrito su mensaje, quedó arriba, y la de arriba quedó abajo, y hubiera sido imposible para ninguno de los aspirantes en la sala no ver lo que allí estaba escrito, otra maravilla más de este edificio que demostraba que la ingeniería de la institución estaba a la altura de su arquitectura.

Entonces nos dijo que en unos minutos comenzaría el examen, que duraría dos horas, y que durante dicho plazo de tiempo deberíamos responder las preguntas sin hablar y sin copiarse, ambas actividades sancionables con el retiro inmediato de la papeleta del examen. También estaría prohibido ir al baño durante las horas de prueba, pero tendríamos la oportunidad de ir al baño en ese instante, si así lo necesitábamos, y no había más que levantar la mano y pedir permiso, que sería concedido, mientras que después sería sólo en caso de necesidad extrema y escoltados por un preceptor, que no sabía qué querría decir, pero tampoco pregunté. Tres o cuatro personas levantaron la mano, y se les dio permiso para salir con el señor, que les dio instrucciones de cómo llegar desde donde estaba la clase, y volvió a entrar.

Para cuando llegaron los que habían ido al baño ya nos habían puesto las papeletas del examen boca abajo sobre la mesa, y una vez que todos estaban en sus pupitres y habían sacado sus lápices, sus gomas y sus biromes el señor le dio un golpecito a un reloj como de ajedrez que tenía sobre el escritorio y nos dijo:

“¡Pueden comenzar sus exámenes!”

Y en unísono los candidatos dimos vuelta nuestras papeletas con un sonido que me recordó al redoble de un tambor de batalla, y pusimos febriles manos a la obra. En algún momento durante el examen una chica que estaba en la primera fila parece que no se sintió bien, porque sin dar demasiadas advertencias vomitó un chorro que llegó casi hasta la pared del frente de la clase, pero la interrupción no causó mucho más que un suspiro generalizado y un leve aroma a vómito caliente hasta que el señor llamó a alguien para que asistiera a la pobre chica, que no volvió más y dejó su prueba sin completar, y a un portero que cubrió el caldo con aserrín, barrió el aserrín con un escobillón y lo recogió con una pala, y aquellos que se distrajeron con el infortunio ajeno volvieron a su examen, mientras que otros no pararon ni para suspirar.

Concluido el examen de Geografía se nos dio un descanso de varias horas para el almuerzo y se repitió la misma rutina del primer examen, esta vez para la prueba de Historia, cuyas preguntas me parecieron estar escritas en tonos cortantes, como si la persona que las compuso estuviera pensando “¡apuesto que no estudiaron nada de esto!”. Pero yo sí había estudiado, mucho y con bastantes ganas, y a pesar de que encontré todos los temas intimidantes supe responder a todas las preguntas y terminé a buen tiempo unos pocos minutos antes de las dos horas; exhausto, pero satisfecho con el esfuerzo.

Mientras esperaba en el atrio con el grupo que me correspondía rendir en el segundo día de exámenes, uno de los chicos que estaba conmigo me tocó el hombro, puso cara de conocerme y me saludó con los ojos, porque no nos era permitido hablar y el silencio hubiera hecho rebotar por las paredes el murmullo más discreto. Luego de recorrer el banco de mi memoria me di cuenta de que era un amiguito que me había hecho un año atrás en una fiestita de cumpleaños. No lo había reconocido antes porque se había cortado el pelo muy corto, pero me puse contento de ver una cara amiga, y me imaginé que tal vez tendríamos ambos una amistad prefabricada para el primer día de clases, y que podríamos cursar la secundaria juntos y ser mejores amigos. No tuvimos mucho tiempo de charlar, porque en seguida nos hicieron entrar al examen de Lenguaje, y nos sentaron lejos el uno del otro, pero luego de los nervios y sudores del examen y cuando ya nos habían largado a la calle para el descanso del almuerzo pudimos saludarnos y hablar tranquilos, y fuimos a almorzar juntos en uno de los bares de la zona, pero más bien lejos del colegio porque el resto estaba imposiblemente lleno de gente, y esperamos juntos que nos volvieran a llamar para el examen final de Matemática.

Para entonces el pibe y yo estábamos juntos, y nos sentaron juntos en el aula, a mí adelante y a él atrás, para rendir el último examen de ingreso. El señor que nos hizo de cuidador en esta ocasión se quedó sentado en la silla leyendo un libro que puso encima del escritorio. A unos tres cuartos de hora de comenzado el examen empecé a sentir golpecitos en la nuca, que se hicieron más y más insistentes a medida que pasaban los minutos del examen, y eran desgraciadamente de mi amigo que estaba intentando llamar mi atención, y no de la diosa Fortuna. Aterrorizado, pero no queriendo ignorar al que sería mi futuro compañero de aventuras en la secundaria, luego de vigilar los movimientos del cuidador con la esquina de un ojo medio minuto, volví la cabeza al costado, sin atreverme a darme vuelta completamente, y le susurre un “¿Qué pasa?” bien bajito, y me enderecé mirando con un ojo la papeleta, y con el otro vigilando disimulado al vigilante.

“¡Hacete a un lado así me copio!”

Nuevamente hice como que casualmente distendía los hombros, llevando la cabeza hacia un costado y me llevé la mano hacia la boca para amortiguar el sonido de mi contestación:

“¡No!”

“No seas boludo. ¡Hacete a un costado!”

Sabiendo que no era esto precisamente lo que él quería de mí, me hice a un costado casi imperceptiblemente, pero esto lo volvió aún más impaciente.

“¡Mostrame la segunda pregunta, boludo!”, me intimó.

El cuidador escucho un cuchicheo y levantó la vista, dejó de leer y se puso de pie. El corazón casi se me sale del pecho, pero la marca de hombre a hombre me dio un respiro de la distracción de este “amigo”, que ya me había jurado ignorar alevosamente el primer día de clases para no darle nunca más ni la hora, y me permitió continuar con la contestación a las preguntas y los problemas del examen.

Desgraciadamente, a los quince minutos, el cuidador volvió a su libro, y pareció concentrarse más intensamente en él y menos que nunca en nosotros. No pareció ver ninguno de los intercambios entre mi antiguo amigo y yo, en los que él me suplicaba, me daba golpecitos en la espalda con su dedo índice, y yo le decía como podía que se dejara de jorobar, hasta que el inconsciente intentó tomar el toro por las astas tratando de apartarme a un lado con un empujón, que me sorprendió como si me hubiera pegado un sopapo, la bronca del cual me hizo quitarle la vista momentáneamente al cuidador, cuyos próximos movimientos me llegaron por el sonido de un gran manotón que pegó sobre el escritorio, y cuando lo vi nuevamente ya estaba de pie señalándonos con su dedo índice, diciéndonos:

“¡Usted y usted, tráiganme sus papeletas y me esperan afuera del aula hasta que termine el examen!”

Yo intenté una queja ante la injusticia, ya que realmente no había hecho nada, pero no hubo reconocimiento alguno del cuidador, y supe inmediatamente que todo estaba perdido, que los esfuerzos de meses que había puesto en la Academia Jiménez estaban en ruinas y había sido todo para nada; que yo, en quien mis padres habían puesto tantas esperanzas, sería la más grande decepción de sus vidas, que nunca sería uno de esos alumnos que vi en el coloquio y que parecían estar tan aplomadamente contentos, esos aristócratas del saber, con sus metas claras, con su determinación de científicos y sus futuros brillantes. Estaba todo perdido gracias a este imbécil que ahora me miraba con ojos grandes de cachorrito dálmata, y cuya mueca de mofa parecía decir que no le importaba ser un fracasado, que no había estudiado nada de todas maneras y había venido a tirarse un lance, y me tomó todas mis reservas de autocontrol, que no eran muchas y tuve que estirar hasta casi perderlas, para no tirármele encima y arrancarle las orejas con los dientes, metérselas en la boca y hacérselas tragar crudas, y la espera hasta que concluyó el examen fueron los veinte o treinta minutos más largos de mi vida, en los que tuve que usar toda mi concentración para que mis ojos empañados no se convirtieran en la fuente de un Nilo de lágrimas, ni el nudo en la garganta se me desenroscara en un llanto de velatorio, ni la profundidad de mi respiración se convirtiera en mi primer ataque de asma.

La arenga de no más de dos minutos, en la que el cuidador nos dijo que mi examen sería evaluado hasta el momento en que me fue retirado, pero el de mi “amigo” sería invalidado, fue poco sosiego y probablemente me causó más ansiedad que conocer mi destino de bochado inmediatamente. Luego, cuando ya me quedaba poca autoestima con que sufrir más humillaciones sin perder la razón, la marcha del aula hasta la salida del colegio bajo las miradas de lástima, placer morboso y "schandefreude" de los otros candidatos fue una caminata de la vergüenza insoportable. Cuando llegamos a la anonimidad de la calle me escabullí entre los peatones con toda la velocidad que me permitieron las piernas, y caminé por Diagonal Norte hasta 9 de Julio y de allí por Santa Fe, para perderme entre la gente que no tenga nada que ver con el Nacional Buenos Aires.

Cuando llegué a mi casa me metí en mi habitación haciendo alarde de un sincero cansancio, pero también de una fingida jaqueca con que encubrir mi desgracia, me resigné a nunca ser alumno del Nacional Buenos Aires, y a los pocos días de regresar a mi vida despreocupada de colegial primario, de jugar al poliladron y la mancha rebotando como bola de billar por los corredores de mi escuela, el futuro volvió, brevemente, a ser un concepto abstracto sin demasiada importancia en mi vida.




Comentarios del capítulo.
-Me hubiera gustado que el vómito en sí fuera descripto de forma menos explícita, dan muchas ganas de pasar de largo esa parte. También, quizás si podés hacer enganchar la escena del vómito (qué asquito por cierto) con un “ya entiendo por qué tanto decía el preceptor acerca de sólo ir al baño si es absolutamente necesario”.
-Siento como un agujero entre que entraste a Jiménez y diste los exámenes, ¿no te aumentaba la ansiedad a medida que se acercaba el día del examen? En este texto quedó como que te la pasaste de joda en Jiménez y te fuiste con el pochoclo todavía en la mano a los exámenes, ¿fue tan así? A mí me inundaba todos los pensamientos hasta que los últimos días ya no podía pensar en otra cosa (y después del último examen me fui de viaje de egresada como si nada), no sé cómo fue con vos, pero siento que hay como un agujero ahí.
-¿Sabés qué creo que sería lindo? Comentar después del coloquio, que no volverías a pisar esos claustros hasta fin de año, el momento de los exámenes, que solamente se volverían a encontrar después de un año de esfuerzo y para ese momento intimidante y solemne. También cuando volviste a entrar, la sensación de que estabas en un lugar desconocido con gente desconocida. Que te fijes, nomás. En particular para que me lo cuentes a mí :) porque yo lo viví distinto, yo tuve que ir a clases durante todo el año, y para los exámenes ya éramos todos amiguchos, los dimos entre caras conocidas.

ADS 1-3 Reglamento comentarios 15-01-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión Comentarios Romina al 15-01-2014

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Primera Parte: Prehistoria
Capitulo Tercero: REGLAMENTO


Bueno por alguna razón cuando abro este documento salen mal los comentarios, va muestra.



Así que lo único que puedo hacer es copypastear el capítulo tal como me fue enviado. :( Al menos se salvaron los "comentarios" al final del capi.

Primera Parte: Prehistoria
Capitulo Tercero: REGLAMENTO

Mi mamá demostró siempre una vocación irreprochable por los deberes de su profesión de madre, esposa y ama de casa en los largos años de mi infancia y juventud, llenando nuestro departamento con esos mil toques que sólo las mujeres coquetas saben darle a un hogar, con una mantita indígena acomodada cuidadosamente sobre el brazo de un sillón de terciopelo, o unos almohadones apilados chiche bombón sobre una esquina, o una canasta de mimbre con bastones decorando un ventanal. Todo estaba escrupulosamente pulido, limpio y cuidado hasta la puntillosidad: los bronces, cobres y platas de los adornos étnicos que mis padres habían comprado en sus viajes, las alfombras que había que cambiar cada pocos años por quedar ralas de tanto lavar y los muebles de caoba, clásicos y atractivos, que luego de años de matrimonio no tenían ni una raya, de manera que nuestra casa era un modelo de cosas finas y de buen gusto, pero al mismo tiempo un lugar acogedor donde siempre estaban contentos de ser bien recibidos familia y amigos por igual. En la cocina también sabía hacerse maña, tanto para las cosas de todos los días como para platos más sofisticados que se hacían para los aniversarios o las fiestas familiares, y siempre había en la heladera una torta de chocolate o algún postre casero con que convidar a una visita.

La crianza feliz de mi hermana mayor y la mía fueron, también, una parte fundamental de su identidad y orgullo propio. Era su temperamento ocuparse cuidadosamente de nuestras necesidades tanto físicas como afectivas, jamás mezquinando un beso, una caricia o una palabra de aliento, aunque sin ser sobre protectora, porque de de todas las bendiciones que derrochó a manos abiertas sobre nosotros, la que más precié fue lo que tanto me faltó en los primeros años del Colegio, que recibí a una edad improbablemente temprana y que hoy por cobardía y egoísmo no me atrevo a dar con igual generosidad a mis hijos: la bendición del albedrío, la total libertad de movimiento y pensamiento, y la confianza en mi madurez, supervisada de lejos, para tomar buenas decisiones en mis pequeñas pero formadoras primeras encrucijadas de la vida. Esta filosofía le imponía obligaciones onerosas, que yo conocía por el casi imperceptible sonido de pasos silenciosos que se alejan, de puertas que se cierran suavemente o tenues luces que se apagan, que me hacían sentir un poco culpable de haber alargado alguna parranda juvenil yendo a ver el amanecer o desayunar con amigos, a sabiendas de que ella se quedaba sin dormir hasta escuchar mi regreso. No sé si tenía más confianza en mi criterio de no meterme en demasiados peligros, en mi desenvoltura para salirme de apuros en las contadas pero no infrecuentes ocasiones cuando me metí en alguno, o en mi infalible suerte para salir ileso cuando me fallaron tanto el criterio como la desenvoltura.

No por ser tan buena madre, sin embargo, descuidó sus muchos dones de mujer bonita: sus cabellos rubios, su figura esbelta y su femenina elegancia. Al contrario, ejerció la coquetería con el mismo perfeccionismo, dedicación y éxito con los que ejerció la limpieza, la cocina y la crianza de sus hijos, pero en esto sí tuvo una pequeña debilidad que traigo a colación porque viene al caso de esta memoria: su irracional manía de esconder la herencia familiar de pelo enrulado.

Lo sufrió como una lamentable mella en su calidad de mujer bonita, un punto de turbulencia lechosa en el centro del diamante de su amor propio y una condena agraviosa e injustificada, que soportó, encima, con poca fortaleza en la adversidad. Era una maldición familiar que había que esconder sin importar cuál fuera el precio, como homofóbico esconde aterrorizado el éxito de un hijo de considerable talento artístico para la danza moderna, mientras alardea por los logros menores del otro en algún deporte. Iba a la peluquería a hacerse la toca todas las semanas, y cuando no, complementaba el tratamiento con ruleros en casa. En alguna ocasión que la peluquería estaba cerrada la he visto plancharse el pelo debajo de una funda de almohada con la plancha de la ropa, habiendo llenado la casa de olor a pelo quemado varias veces en mis memorias de la infancia.

Así como no sufrió resignada tampoco sufrió sola, y fuimos mi hermana y yo conscriptos a temprana edad para correligionarios en su lucha. Cada vez que la ocasión requería que nos vistiéramos de domingo, para ir a un casamiento, un bar mitzvá o cumpleaños especial, mi mamá nos enlaciaba el pelo, generalmente enroscándolo sobre la cabeza como nuestro mate fuera un gran rulero, y manteniéndolo a raya con horquillas y espray hasta que fuera hora de salir. Este tratamiento frustraba cualquier posibilidad de ir a jugar a la plaza y nos confinaba en nuestro departamento medio fin de semana, todo esto en un vano intento de que no se notara que el cabello enrulado corría en la familia como el verdor y la redondez entre las arvejas.

Yo nunca entendí su monomanía con este asunto, porque afuera del hogar mis rulos rubios eran objeto de admiración de todos, con la posible excepción de algún compañerito de escuela que resentía que las maestras me llamaran el “Principito” y me apretaran cariñosamente los cachetes. Debo decir que, mirando fotos viejas y viendo el niño que fui reflejado en el porte de mis hijos varones, que tuvieron la misma carita angelical y bucles de querubín de la Capilla Sixtina, el parecido en estilo y en angelicalidad con el personaje de Saint Exupéry no era poco remarcable, si se me permite la osadía de decirlo ahora que estoy cuarentón y se me han volado algunas chapas.

En los últimos años de la primaria, cuando empecé a preocuparme más en mis apariencias y el escrutinio de las chicas, fui yo el que capitulé ante las expectativas de la moda, y pedí que me enlaciaran el pelo para las fiestas con la misma ansiedad que me había parecido tan incomprensible en mi madre. Desgraciadamente la elasticidad natural de los bucles y la humedad intensa de la ciudad me daban sólo una cierta ventanita de tiempo para la diversión. Si mis padres no venían a buscarme a la fiesta para el momento en que los rulos volvían a formarse la mortificación era tan intolerable que debía huir como una Cenicienta cuyo vestido se había transformado en harapos, a refugiarme en el palier a la espera de ser rescatado de mi vergüenza.

Cuando llegaba la nueva década, sin embargo, se empezó a dar vuelta la tortilla de la moda en contra de las cabelleras lánguidas y lustrosas, y se empezaron a ver por las veredas de Palermo esos raros peinados nuevos de los que hablaba Charly García, salpicados liberalmente de rulos naturales y (¡Oh ironía!) también sintéticos. Los que tenían pelo lacio se hacían la permanente ¡se enrulaban el pelo a propósito! para marcarse el cuerpo con la maldición familiar de los Gotthelfs. La toca quedó agradecidamente relegada en nuestras vidas a las tinieblas olvidables del pasado.

Un viaje a Miami en el ‘78 trajo consigo una patineta amarilla de plástico y el descubrimiento del deporte del ‘skateboard’, al que me dediqué en los primeros años de la adolescencia con mucho éxito. De humildes comienzos en las barrancas de Plaza Francia, rápidamente dominé y perfeccioné mi técnica. Luego pasé a formar parte del grupo de chicas y muchachos que nos reuníamos a patinar en el skatepark que se abrió en el terreno del supermercado Gigante en la avenida General Paz. En Gigante se pagaba una hora a la entrada y el complemento del tiempo de patinaje a la salida, y a mí me gustaba patinar todo el día a pesar de que hubiera sido prohibitivamente caro. Con típica astucia de chiquilín travieso pronto me enteré de que algunos pícaros habían hecho un hueco en el alambrado detrás de unas rampas, pagaban una hora a la entrada, se quedaban todo el día y después se escabullían por ese agujero. Con ese método pude quedarme incontables horas de práctica hasta volverme un campeón, tirándome por la pileta a gran velocidad o por una tarima inclinada para tomar carrera y subir por las rampas para hacer trucos que daban miedo: grandes saltos que parecían dejarnos flotar en desafiando la gravedad, mientras se escuchaba el ruido de alguna cámara fotográfica de los espectadores en la platea.

Esa fue una de las épocas más lindas de mi niñez, en que todo me iba bien: tenía un deporte que amaba, donde era uno de los mejores de mi edad, un montón de amigos del medio y de yapa mi pelo más largo y enrulado que nunca encajaba bárbaro con imagen entre urbana y post apocalíptica del skate, iba fenomenalmente con las rodilleras, las coderas, el casco y una vincha a lo indio que me harían pasar tranquilamente por uno de mis héroes californianos de ese deporte, haciendo piruetas para la sensación de la platea y el deleite de los patrocinantes. Después de tantos años de sufrir con mi pelo, éste se había convertido en el símbolo más visible de mi personalidad, la característica física más identificada con el niño que fui. Evoco mucho esta época cuando escucho las canciones del musical americano “Hair" que se estreñó por aquella época, porque esa fue mi “Era de Acuario”, donde el pelo largo era más elocuente que mil palabras para gritarle al universo que tenía libertad, juventud y despreocupación por el futuro y las convenciones de cualquier mundo que no girara alrededor de cuatro ruedas y una tabla. Mientras patinaba por las veredas de la ciudad de regreso a mi casa cantaba en voz alta, como los hippies en Central Park:

“Quiero llevar mi pelo
Largo hasta el suelo
Enrulado, empapado suelto y muy revuelto
Déjalo que llegue, hasta la cintura
De frente o de espaldas
Por todas partes siempre… ¡Pelo!”
Crece, largo, hasta que Dios quiera mi… ¡Pelo!

Yo estaba en la recta final de una primaria despreocupada en la escuela General Las Heras que hubiera querido que dure para siempre, pero la debacle del examen de matemática era una nube negra que de vez en cuando amenazaba tormentas de vergüenza y angustia. Nadie en casa sospechaba las pocas y marginales posibilidades que me quedaban de entrar al Nacional Buenos Aires. A mí me costaba mantener la compostura cuando mis padres me recordaban ansiosos y esperanzados que ya faltaban pocos días para que se anunciaran los resultados, y cada uno de esos días me traía más y más cerca a la verdad de mi fracaso.

Nadie se sorprendió ni se alegró más que yo cuando arrastré los pies hasta la sede del Colegio a buscar los temidos resultados del examen de ingreso, esperando tener que traer a mi casa las malas noticias, para enterarme, contra toda expectativa, que el resultado de Historia había sido muy bueno, la nota del truncado examen de Matemática no fue tan desastrosa como esperaba, y en su conjunto mi desempeño había sido marginal pero suficiente para entrar, porque me había sacado 91 puntos contra los 89 que se necesitaba para entrar ese año. Esa noche en casa se descorchó una botella de champán para festejar mi triunfo, y la espalda me quedó morada de tantas palmaditas de felicitación que recibí de mis padres orgullosos.

Al otro día, sin embargo, hicieron una lectura más detenida del Reglamento y las necesidades del uniforme del Colegio, que requirieron una fastidiosa visita a Eduardo Sport en Plaza Italia para efectuar la compra de dos pares de pantalones grises de franela que picaban como si estuvieran forrados con abrojos, un blazer azul marino con botones dorados al que mi mamá luego le cosió el escudito con las letras C.N.B.A, unas cinco camisas celestes, corbata azul y los zapatos de cuero negros, estos últimos de una zapatería en la calle Florida, con medias haciendo juego.

“Ah”, dijo mi papá. “Tenemos que ir a lo de Pino a cortarte el pelo”

Mi alegría se estrelló inesperadamente contra las consecuencias que mi primer gran logro tendría sobre el idilio infantil con el skate, las parafernalias de su práctica, su cultura y, si se me permite, su religión. La euforia de uno de los triunfos más importantes de mi corta vida fue de correspondientemente corta vida, porque el reglamento, al que no le había dado demasiada importancia hasta ese momento, requería claramente que los varones debían llevar el “cabello corto, a dos dedos del cuello de la camisa, oreja descubierta, patillas a la mitad de la oreja”, un detalle hasta entonces desconocido que de golpe redujo la alegría de mi éxito a una insoportable tribulación, sentida tan profundamente que consideré imposible que mis padres pudieran apreciar, poco menos medir, la enormidad del costo moral que significaba la pérdida de mis rulos, la fuerza de voluntad que sería necesaria para acatar este reglamento tan breve y al mismo tiempo tan cortante como las tijeras del barbero.

Pasé el verano entre dudas y protestas, maldiciendo mi logro y llorando el duro precio a pagar por mi educación. Supliqué una intermediación de mis padres frente a las autoridades del Colegio, sin ningún éxito, ya que no sólo no quisieron dar audiencia a mis lloriqueos, sino que, para peor, estaban a favor de este reglamento aberrante que me condenaba a la pérdida de mi identidad, a borrar el símbolo más querido de mi individualidad para someterme a un corte sádico y castrador que en poco me ayudaría a estudiar más o mejor, y cuyo único objetivo era marcarme la piel con un rótulo del que no podría despojarme al final del día escolar, como me había permitido eldía guardapolvo de mi primaria. Al contrario, mis viejos lo vieron como una necesidad, una manifestación de la máxima de que en la primaria se podía joder, pero en la secundaria era hora de ponerse serios, y consideraban que un aspecto personal más sobrio tal vez ayudaría a encaminar mi educación por la buena vía. De todas maneras así lo requería el Reglamento, y no era momento de tirarse atrás luego de haber invertido tantos recursos familiares en la academia Jiménez y en Eduardo Sport.

En una de mis maratónicas sesiones de patinaje en el skatepark antes del comienzo de las clases intenté uno de los nuevos ‘aerials’ sin manos, un truco que habían inventado recientemente en California. Caí mal sobre mi pierna derecha, torcí el tobillo y sentí que se me caía encima un manto de fatalidad. Me despatarré sin gracia como la victima de un francotirador, paralizado por el dolor agudo, el miedo y la angustia. El gerente del skatepark, al que tanto había yo engañado, me cuidó como una madre y me llevó personalmente en su auto a una clínica en Olivos, donde me sacaron una radiografía que confirmó que me había quebrado el peroné y desgarrado el cartílago del tobillo. Me enyesaron la pierna de emergencia antes de que se hinchara. Para cuando me vinieron a buscar mis padres ya estaba al doble de su tamaño normal, y dolía como si Miseria me estuviera pegando los mismos martillazos que le daba a diario al Diablo en su tabaquera. Ellos me llevaron al sanatorio, donde me enyesaron de nuevo y me dieron calmantes para el dolor. Tuve que volver de emergencia al sanatorio varias veces para que me inyectaran calmantes cada vez más fuertes, que me dejaron los cachetes a la miseria. Ese fue el comienzo de un mes negro de recuperación, y el fin de mi carrera en el skate.

Derrotado y exhausto, capitulé. Por primera vez desde que compramos el uniforme consentí en ir con mi papá a la peluquería Pino en la calle Canning, donde le dio nuevas instrucciones a Giuseppe, quien me cortó el pelo desde que era chiquilín, indicándole gravemente que esta vez no era sólo cuestión de emparejarme y arreglarme un poco, sino que necesitábamos un “trabajito especial”. Sacó el reglamento de su bolsillo y especificó en su voz de sótano, como siempre le decía mi mamá que hablaba cuando se ponía serio:

“Corto, a dos dedos de la camisa y oreja descubierta, con patilla a la mitad de la oreja”.

Pino nos miró como si no le creyera, y su sentencia finalmente reflejó fielmente los sentimientos que venía tratando de transmitir a mis viejos:

“Uuuuy, pobre pendejo. ¡Lo vas a matar de un disgusto!”

Ya sin fuerzas para resistir mi inevitable destino consentí con la cabeza, y hundí el mentón en el pecho con pesar. Giuseppe afiló sus tijeras, suspiró profundamente y empezó a cortar los bucles con el aire de un director fúnebre. Mis rulos, suaves como la lana de un borrego y del color de los campos de trigo cuando les da el sol y se mecen en la brisa de la Pampa, cayeron uno a uno, como heridas palomas blancas manchadas de sangre escarlata, para yacer indiscriminadamente entre los cadáveres de chimangos negros que la navaja de Giuseppe degolló a pedido del cliente anterior.

“Y…”, como dijo Serrat: “¿dónde, dónde fue mi niñez?”



Comentario sobre el capi:

Te reís de una buena carcajada cuando el nene cae en que se tiene que cortar el pelo, pero en general cada vez que describiste el pelo la descripción se me hizo larga de más, quizás si comprimís un poco esas partes. Por otro lado, yo no viví esa época así que tampoco terminé de captar qué era tan terrible de cortarse el pelo. Quizás si comparás: que solamente llevan el pelo así los tal o cual (los soldados?). O será que viviste la época de pelo literalmente largo en el varón, así como melena de mina, por debajo de los hombros? Cuando yo era chiquitina los varones llevaban el pelo así, el que lo llevaba a lo varoncito parecía brasileño, pero lo tuyo fue como 10 años antes de mis recuerdos. ¿Era así también? Por ahí si comprimís un poco toda tu idolatría por el pelo y describís un poco más lo que significaba en la época, y cuánto de largo (que no contaste en ningún momento).
Tampoco capté por qué eso era salir de la niñez, es como que se me escapó la época. ¿Será porque parecías un soldado? ¿Porque a los ojos de los demás chicos ya no eras el mismo?


Claaaaaaro que, podés no darme absolutamente nada de bola si no querés eh, yo te lo tiro nomás, mi iimpresión de 10 años menor (en 10 años cambiaron tanto las cosas!)

ADS 2-1 Verdugos version Diego 30-01-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión: Devolución ¿Diego? al 30-01-2014. Sigue versión anterior del 23-01-2014, y versión anterior del 15-01-2014

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Segunda Parte: Años Negros


Capítulo Primero: VERDUGOS, SEPULTUREROS Y EMBALSAMADORES


Miguel Cané entró al Colegio Nacional de Buenos Aires luego de la muerte de su padre, ansioso por escapar de la tristeza y soledad de un hogar en luto; en cambio yo entré cien años después de su soledad, y mi hogar era un lugar feliz y luminoso, que mamá llenó de ternura y toques femeninos y papá de seguridad y de aliento. Hacía poco nos habíamos mudado a un departamento en la calle Rodríguez Peña a una cuadra de la Plaza Vicente López. Este nuevo barrio tenía edificios lindos y altos, y estaba lleno de negocios, de cafés donde desayunar con mis padres los sábados y una heladería Freddo al toque donde comprar cucuruchos de chocolate con almendras. Encima, en cualquier momento se podía subir por Callao y salir a caminar por la avenida Santa Fe, para un lado hacia la Plaza San Martín o para el otro hacia Pueyrredón y, sin importar para dónde enfilara, la caminata era a mi edad más divertida que ir a jugar a la plaza, porque Santa Fe estaba llena de gente linda, de negocios piolas y siempre había algo nuevo para ver.

Hasta mi éxito en el examen, creo que yo era feliz.

Pero como Miguel Cané, sin embargo, mi destino era entrar al colegio de luto, aunque el mío fue por el asesinato a sangre fría de mis co-conspiradoras en la alegre rebelión de anarquía que fue mi vida antes de la secundaria. Todavía no había terminado de llorar la pérdida de mi Individualidad, víctima de las tijeras de Giuseppe el Sanguinario, cuando a la hora de entrar a mi primer día de clases en el Colegio fui separado de todos los estudiantes frente a la puerta y aislado por un efectivo de civil, pelirrojo y de anteojos oscuros, vestido en uno de esos trajes de color marrón, de solapas demasiado anchas y corbata demasiado gruesa que usaban los grandes en los años setenta. En mi ingenuidad, yo estaba todavía contento y despreocupado, a plena luz de la tarde, sonriendo y en buenos ánimos, cuando me detuvo:

  • “¿Usted de que se ríe, señor?”, dijo el agente.

  • “De nada; me sonreía”, contesté con candor.

  • ¡¿Nombre, año y división?!”, me preguntó, repentinamente enojado.

  • “Diego Gotthelf, primer año. ¿Qué quiere decir ‘división’? Es mi primer día…”

Entonces se me acercó demasiado, a pocos centímetros de mi cara, y me sopló un susurro escalofriante:

  • “Tiene mucho que aprender. Aquí le curaremos la insolencia”.

Así me fueron arrancadas otras dos de mis correligionarias, la Alegría y la Despreocupación, quienes fueron condenadas sumariamente al paredón del olvido, acusadas de amotinamiento contra el nuevo gobierno de facto que regiría mis días del otro lado del umbral: la Junta de la Obediencia, el Deber y el Miedo. A mí me dieron seis años de encierro en esa penitenciaría que me serviría de Bastilla para pagar mis deudas con la sociedad por crímenes de conciencia tranquila, que el gobierno militar había suspendida para todos los alumnos del Colegio de la Patria.

El oficial de admisión hizo un aliviador paso atrás, pero en vez de largarme levantó sus anteojos para pasar revista detenida a mi aspecto (uniforme y corte de pelo reglamentario), que encontró en orden pero igual me dio la fuerte impresión de no haberlo dejado satisfecho. El corazón quería escapárseme del pecho, los ojos se me pusieron brillosos y la garganta me quedó trabada en el medio de una tragada de saliva. Para pasar el mal momento sin largarme a llorar inventarié mentalmente algunas posesiones infantiles que presentí quedaban tan obsoletas como flores de jacarandá en el crudo invierno que se me avecinaba: mis tardes de ocio, mi confianza en la benevolencia de mis mayores, mi inocencia... Las puse con dolor en una caja de archivar imaginaria, que apilé encima de las de mis nuevos compañeros, con la esperanza que me fuera, algún día, restituido mi atesorado acervo infantil. Cuando me dieron, finalmente, el permiso de entrar de una vez por todas, di una última mirada atrás. Imaginé que en cuanto la puerta quedara desierta de nuevos estudiantes un pelotón de ordenanzas en guardapolvos marrones vendría para conducirlas por un sistema de cintas directamente a un incinerador en los subsuelos del edificio.

En el primer día de nuestro enclaustramiento había casi cuatrocientos nuevos reos que procesar, tarea que año tras año desafiaba la capacidad organizativa de un presidio que contenía las almas de por lo menos mil reos más en cumplimiento de condenas aún en curso. Parecíamos un rebaño de ovejas clonadas, fácilmente distinguibles de los alumnos de cualquier otro colegio por nuestros hábitos de blazer azul con escudito blanco, pantalón o jumper de franela gris, camisa celeste, corbata o cintita azul en moño, y por el aspecto peculiar de nuestros pelos: corte militar a dos dedos de la camisa y oreja descubierta para los varones; pelo atado con gomita y flequillo detrás de la vincha como cofia de monjas para las mujeres. Pero para el ojo inexperto éramos tan indistinguibles los varones de las mujeres y los unos de los otros, como borregos de la misma madre.

A los novatos se nos llamó por apellido y nombre, dividiéndonos en grupos de unos treinta que de ese día en más deberíamos llamar "divisiones", se nos puso a la orden de un sargento al que debíamos responder a todo momento en el protocolo reglamentario de "Sí, señor preceptor" o "No, señor preceptor" y de no hablar a menos que seamos invitados a hablar. Eso fue todo por el momento, pero nos quedó claro que no podríamos distraernos ni un instante, porque cada minuto traería el aprendizaje de una nueva regla de comportamiento, algunas tácitas y sutiles que no sería conveniente para nuestro futuro bienestar perderse por un despiste.

Después de esta breve introducción, que nos dio una buena idea del régimen de monjes tibetanos que nos esperaba, se nos consideró suficientemente adoctrinados como para permitirnos la entrada al sanctasanctórum del Aula Magna, un teatro de opulencia operática, la joya en la corona de la arquitectura neoclásica del Colegio, que nada tiene que envidiarle a La Scala de Milán. Allí fuimos acomodados por división para asistir al acto de Iniciación de Clases, en butacas que nos habían reservado entre las huestes de alumnos veteranos. Me sorprendió que estos eran indistinguibles de los novatos en todo aspecto, excepto por el semblante un poco más maduro de la mayoría. Nosotros no sabíamos que sorpresas desagradables esperar de esta nueva etapa en la ordalía de nuestro primer día, porque la enormidad de la sala acentuaba nuestra insignificancia y la luz de la tarde agonizante no dejaba lugar a dudas que los techos eran amedrentadoramente altos, los mármoles sombríos, los cueros gruesos, los hierros hábilmente forjados, las caobas cuidadosamente lustradas y la plana mayor del aparato represivo estaba presente para inspirar miedo con el que subrayar el mensaje principal con el que se nos quería impresionar: que la Institución era un roble centenario y nosotros hojas de hierba, que nosotros éramos muchos pero débiles y Ellos pocos pero fuertes, que éramos desde ese día un pequeño e insignificante engranaje de una gran máquina que no tenía empacho en comerse a sus críos y no titubearía un instante en triturar los huesos de los contestatarios, empalar a los audaces, colgar y descuartizar a los sediciosos o extraer una libra de la carne de los incautos. Le siguió una nerviosa pero deliberada espera, cuya longitud nos permitiera absorber e incorporar la importancia de aprender esta nueva lección.

En mi vientre, mientras tanto, los intestinos se me ataban en mil nudos de Santo Donato1, uno por cada una de las reglas que iba aprendiendo y rezaba para no olvidar. Los nervios me aflojaron un poco el estómago, que todavía no se había enterado lo peligrosa que se había vuelto la insubordinación, y se quejaba con ruidos extraños cuyo encubrimiento en el silencio absoluto de la sala necesitó de toda mi concentración y capacidad de maniobra sobre la butaca. La grotesca liberación de un magno viento postrero2, en presencia de mil testigos y en la formalidad del Aula Magna, fue desde entonces el peor miedo y la más grande tentación.

Me ayudó que tuvimos que ponernos de pie para la entrada de la principal autoridad de la institución, quien nos regaló el primero de una intercambiable seguidilla de discursos oficiales que escucharíamos en los largos años de nuestro confinamiento, llenos de alabanzas, exaltaciones y superlativos para la Santa Trinidad de Dios, Patria y Estudio, y de visiones de fuego y tormentos infernales para los cuatro jinetes del Apocalipsis: el Desorden, el Libertinaje, el Desacato y la Ignorancia. El rector, Icas Micillo, hombre poco fuera de lo común excepto por sus cabellos completamente blancos y el fervor de su retórica, que era reminiscente de un discurso militar o un sermón religioso, nos introdujo entonces a su brazo derecho, el vicerrector Prévide, cuyo torso cónico, coronado de una cabeza de cráneo y mentón diminutos pero enorme nariz, complementado con una marcha forzada de piernas demasiado cortas le daban el aire inconfundible de un pingüino patagónico. Prévide nos comunicó oficialmente que él era el encargado de la administración del Colegio, se ocuparía de procesar la baja de los muchos expulsados que habría por cuestiones disciplinarias y actuaría de testaferro del Rector para que este nunca tuviera que dirigirnos la palabra en otra forma que no fuera en sus discursos.

Prévide le cedió el podio al Prefecto Kember Urquiza, quien se presentó como encargado de la administración de la injusticia, San Pedro de aquellos que se decidieran entrar al cielo de la conformidad pero Torquemada de aquéllos cayeran en el infierno de la fútil resistencia. Inusual para un santo, lucía una lustrosa y tupida cabellera escarlata que hubiera sido la envidia de cualquier demonio, y un traje marrón de solapas anchas (aunque se había retirado los anteojos de sol). Introdujo a su turno a sus secuaces, los preceptores, quienes se pusieron de pie uno a uno a medida que los presentaba en un circo de verdugos, sepultureros y embalsamadores de distintos aspectos y portes, aunque ninguno de ellos remotamente atractivos a nadie que no fueran sus madres, para que los veamos de una vez, que hicieran nido en nuestras pesadillas y que no consiguiéramos olvidarlos nunca más.

Cuando ya había quedado establecido nuestro diminuto lugar en el orden de las cosas, se nos concedió un necesitado respiro. Un virtuoso del teclado, un cincuentón de dedos largos como palitos chinos que era aparentemente ex alumno y antigüedad de una promoción pasada, volvió inexplicablemente por su propia voluntad a este nido de víboras para sacarle chispas al órgano de viento, uno de los tantos lujos que algún amante de cosas de perdurable belleza deslizó astutamente en el presupuesto de construcción del Colegio. Nos deleitó (léase nos asustó) con una versión frenética de Tocata y Fuga de Bach, que puso a prueba los fuelles del instrumento con armonías arriesgadas, cambios bruscos de registro y semitrinos que nosotros escuchábamos perturbadísimos, porque parecía confirmar que los pulmones de la bestia que nos estaba tragando vivos eran tan temibles como el resto de su anatomía. Acto seguido, el coro de alumnos cantó un madrigal bajo la dirección de un profesor de música cuyos frenéticos movimientos de manos para marcar el compás y dirigir a los cantantes a vocalizar al unísono o en armonía, combinado con un entusiasmo orgásmico tan fuera de tono con la severidad de la ocasión, fue lo único en todo el acto que puedo decir de buena fe se aproximó a un entretenimiento.

Y finalmente Dios quiso en su misericordia que llegara el momento de ponerse de pie para presenciar la partida del abanderado con sus dos escoltas, señal de que el acto llegaba a su fin. Salimos de la sala por primera vez bajo la supervisión del preceptor, quien sería nuestro cancerbero hasta el final del nuevo año escolar. Aunque no tengo ninguna evidencia, estoy seguro de que no fui el único que aprovechó el ruido sordo de pasos, de roces de mangas de lana y el choque de rodillas forradas de tela de franela para camuflar la incontenible Tocata y Fuga de mi propio instrumento de viento, cuyos fuelles habían sido tan apretados por la formalidad y la tensión del acto, como los del órgano por la arriesgada musicalidad de Johann Sebastian.

En filas de dos nos condujeron por escalinatas de mármol hasta los corredores de azulejos verdes y techos imposiblemente altos que desde entonces deberíamos llamar "claustro", donde estaba aula donde pasaríamos las interminables horas de clase, en la puerta de la cual se nos separó entre alumnos y alumnas y se nos ordenó por estatura, adelante las alumnas de menor a mayor y luego los alumnos en el mismo orden. El preceptor recorrió la fila re-barajando a aquellos cuya estatura era tan similar que necesitó un par de ensayos de orden para ubicarlos bien. Cuando estuvo satisfecho nos mostró cómo tomar distancia con el brazo derecho extendido hasta que la punta de los dedos quedara apenas rozando, pero sin tocar, el hombro del compañero de enfrente, un gesto que a mi se me ocurrió se parecía demasiado a un “¡Heil Hitler!” silencioso. Luego de esta puntillosa maniobra, que no supe decir si pertenecía a la ingeniería escolar o ganadera, la fila quedó ordenada y espaciada como los dientes de un gran serrucho. El preceptor se declaró satisfecho y nos exhortó a recordar esa técnica de formación de fila y grabarla indeleblemente en nuestra memoria.

- "Recuerden quién es su compañero de frente, retaguardia y flanco", nos dijo usando un lenguaje que me pareció entonces curioso y que, en retrospectiva, delataba alguna conexión castrense.
Si hizo una incómoda pausa, y como no respondimos nos intimó:

- “¿Qué se dice?”

- “Sí, señor preceptor”, dijimos, como nos habían enseñado minutos antes.

- “No escucho.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Éste será el claustro de la doceava división. Lo compartiremos con alumnos del cuarto año, porque no hay lugar en el tercer piso donde están el resto del primer año. Pero les advierto que está estrictamente prohibido dejar el claustro en cualquier momento para confraternizar con ellos, o por cualquier motivo, inclusive en el recreo, sin mi permiso explícito. Cualquier contravención a esta regla se lleva como mínimo cinco amonestaciones”.

Las amenazas de “amonestaciones”, palabra hasta entonces desconocida pero de ahí en más una herramienta de sorprendente eficacia en el repertorio del miedo, quedaron colgando como estalactitas del glaciar de silencio centenario que ocupaba el espacio entre nuestras diminutas cabezas y los altísimos cielorrasos del claustro. Transcurrieron unos segundos interminables de tensa expectativa y pánico por la mirada del preceptor, que se volvía a cada segundo más incandescente, como si nos las fuera a hacer caer encima en un chaparrón de filosas espadas de hielo, pero algún avispado se dio cuenta de cómo desactivar su furia y repitió la nueva regla, seguido en imperfecto pero aliviado unísono por el resto de la clase:

- “ ¡S-sí, se-señor prpre cep-cep tor-tor-tor! ”

- “Mejor. Durante el recreo podrán confraternizar, circular a voluntad por el claustro e ir al baño. Yo soy responsable de guiar su conducta y asegurarme de que no cometan ninguna transgresión, y de castigar a aquellos que no obedecen mis instrucciones o el Reglamento. Quince amonestaciones antes de las vacaciones de invierno, o veinticinco antes del fin del año escolar son suficientes para quedar libres. ¿Entendido?”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “El timbre de final del recreo sonará por un minuto completo. Mientras suene tendrán que apurarse para llegar hasta sus lugares en la fila. Si alguno llegara a estar ausente en la fila, cinco amonestaciones, así que si necesitan ir al baño, les sugiero que lo hagan al principio del recreo o, en caso de fuerza mayor, que me avisen antes.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Para cuando termine de sonar el timbre la fila tendrá que estar no sólo completa sino perfecta y en silencio absoluto. Cualquiera que continúe hablando o que no esté en perfecta línea recibirá cinco amonestaciones.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “A mi señal podrán hacer ingreso al aula, en completo silencio y en perfecto orden, sin correr. Como vamos a entrar al aula por primera vez en unos momentos, deberán entrar despacio y ocupar sus bancos en orden. Las alumnas en las primeras dos filas de la izquierda, y los alumnos en las restantes a la derecha. Cada persona ocupará un banco en orden de acuerdo a cómo están formados ahora, el primer banco de la primera fila para el primer alumno, el segundo banco de la primera fila para el segundo, y así sucesivamente hasta ocupar todos los bancos. Les prevengo a los pícaros que no intenten saltar el orden de banco para irse directo al fondo, porque terminarán el día con sus primeras cinco amonestaciones del año. ¿Comprendido?"

- “¡Sí, señor preceptor!”

Se desplazó hacia el umbral de la puerta y desde allí dio la orden:

- "Muy bien: alumnas, pueden entrar". Y luego de un minuto: "Muy bien: alumnos, pueden entrar".

Y así llegué al banco que me correspondía en la segunda fila del fondo y me puse el candado de hierro que me ataría por la eternidad de ocho meses a mi catre en la galera de este Holandés Errante, condenado a navegar eternamente por océanos de azulejos verdes cuya calma era fingida e hipócrita, sin nunca hacer puerto en el Cabo de la Buena Esperanza. ¡Cuánto bien me hubiera hecho en ese viaje inaugural saber que a mi alrededor estaban las caras, todavía irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín que serían mis hermanos en armas de mil escaramuzas, atracos y emboscadas! Con ellos conseguiría hombro a hombro gloriosas victorias contra la injusticia y batiría ignominiosas retiradas frente a la prepotencia, para servir en otras guerras. Con ellos compartiríamos la soledad y el espanto de cada día, fingiríamos tristeza y robaríamos alegrías como flores de los jardines de Quilmes. Sin sospecharlo entonces, treinta años después todavía los llevaría prendidos, como abrojos del corazón.

1 Santo Donato, el culo te ato, si no te recuerdo no te desato – plegaria en la que se ata un piolín al dedo índice para no olvidarse de algo.

2 El pedo es un viento postrero que sale del agujero anunciando la llegada de una próxima cagada.

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Versión 23-01-2014


NOTA. Che andá borrando los comentarios que ya leíste y ya no sirven, a medida que lo vas repasando, no es necesario que los dejes.


Segunda Parte: Años Negros
Capítulo Primero: VERDUGOS, SEPULTUREROS Y EMBALSAMADORES

Miguel Cané entró al Colegio Nacional de Buenos Aires luego de la muerte de su padre, ansioso por escapar de la tristeza y soledad de un hogar en luto; en cambio yo entré cien años después de su soledad, y mi hogar era un lugar feliz y luminoso, que mamá llenó de ternura y toques femeninos y papá de seguridad y de aliento. Hacía poco nos habíamos mudado a un departamento en la calle Rodríguez Peña a una cuadra de la Plaza Vicente López y el cambio había sido positivo, porque el portero era macanudo. No como el gallego García, que había sido el ogro que acosó mi infancia en los palieres y el hall de entrada de mi primer hogar con injustificados retos y asociaciones imaginarias con el Hombre de la Bolsa. Este nuevo barrio quedaba cerca, pero tenía edificios más lindos y altos, y estaba lleno de negocios, de cafés donde desayunar con mis padres los sábados y una heladería Freddo al toque donde comprar cucuruchos de chocolate con almendras. Encima, en cualquier momento se podía subir por Callao y salir a caminar por la avenida Santa Fe, para un lado hacia la Plaza San Martín o para el otro hacia Pueyrredón y, sin importar para dónde enfilara, la caminata era a mi edad más divertida que ir a jugar a la plaza, porque Santa Fe estaba llena de gente linda, de negocios piolas y siempre había algo nuevo para ver.

Hasta mi éxito en el examen, creo que yo era feliz.

Pero como Miguel Cané, sin embargo, mi destino era entrar al colegio de luto, aunque el mío fue por el asesinato a sangre fría de mis co-conspiradoras en la alegre rebelión de anarquía que fue mi vida antes de la secundaria. Todavía no había terminado de llorar la pérdida de mi Individualidad, víctima de las tijeras de Giuseppe el Sanguinario, cuando a la hora de entrar a mi primer día de clases en el Colegio fui separado de todos los estudiantes frente a la puerta y aislado por un efectivo de civil, pelirrojo y de anteojos oscuros, vestido en uno de esos trajes de color marrón, de solapas demasiado anchas y corbata demasiado gruesa que usaban los grandes en los años setenta. En mi ingenuidad, yo estaba todavía contento y despreocupado, a plena luz de la tarde, sonriendo y en buenos ánimos, cuando me detuvo:

  • “¿Usted de que se ríe, señor?”, dijo el agente.

  • “De nada; me sonreía”, contesté, con candor.

  • ¡¿Nombre, año y división?!”, me preguntó, repentinamente enojado.

  • “Diego Gotthelf, primer año. ¿Qué es ‘división’? Es mi primer día…”

Entonces se me acercó demasiado, a pocos centímetros de mi cara, y me sopló un susurro escalofriante:

  • “Bueno, entonces tiene mucho que aprender”.

Así me fueron arrancadas otras dos de mis correligionarias, la Alegría y la Despreocupación, acusadas de amotinamiento contra el nuevo gobierno de facto que regiría mis días del otro lado del umbral: la Junta de la Obediencia, el Deber y el Miedo. Ellas fueron condenadas sumariamente al paredón del olvido, mientras que a mí me dieron seis años de encierro en esa penitenciaría que me serviría de Bastilla para cumplir la condena por crímenes de conciencia tranquila, dictada cuatro años atrás por el Proceso de Reorganización Nacional en un juicio que nos había hecho “in absentia” y sin recurso de apelación a todos los alumnos presentes y futuros del Colegio de la Patria.

El oficial de admisión hizo un aliviador paso atrás, pero en vez de largarme levantó sus anteojos para pasar revista detenida a mi aspecto (uniforme y corte de pelo reglamentario), que encontró en orden pero igual me dio la fuerte impresión de no haberlo dejado satisfecho. El corazón quería escapárseme del pecho, los ojos se me pusieron brillosos y la garganta me quedó trabada en el medio de una tragada de saliva. Una a una inventarié mentalmente mis posesiones personales a medida que sentí que se me iban escapando de las manos: 

- Tardes de ocio y juego (muy usadas)
- Inocencia (en buen estado)
- Confianza en la benevolencia de mis mayores (algunos golpes)
- …

Y así hasta completar el resto de las pertenencias de mi vida de niño, que serían un estorbo y probablemente un peligro en aquel nuevo régimen de rigor y silencio cuyo punto sin retorno ya había cruzado. Toda esta oración desde “Una a una...” se me hizo que sobraba, como que uno se da bastante cuenta aunque no tan en detalle, por ahí si lo redactás más cortito, a mí se me hizo la imagen de un árbol que se deshoja (así me despojé de...”) Claro que te lo tiro nomás, eh  Las puse con dolor en una caja imaginaria de cartón de esas donde se guardan archivos de oficina, que sellé con un lacre para asegurarme de que no serían perturbadas hasta el final de mi condena. La deposité encima de las cajas idénticas con las pertenencias inútiles Inútiles no, inútiles para ese momento ya sé, pero inútil así, suena diferente, como algo que nunca fue ni será útil, no da la impresión correcta. Más bien creo que quisiste decir “inutilizables”  del resto de mis nuevos compañeros Redacción: de mis nuevos compañeros, o del resto de los alumnos. No “del resto de mis nuevos compañeros”, porque vos no sos uno de tus compañeros   que hubiera jurado ya estaban apiladas a la entrada. Tuve una espantosa premonición que cuando hubiéramos ingresado, ordenanzas en guardapolvos marrones las conducirían por un sistema de cintas como los que hay en las fábricas, directamente a un incinerador en los subsuelos del edificio. Lo único que puedo aseverar con certeza es que mi acervo infantil jamás me fue restituido.

Uh ahora sí sentí el miedito. Igual lo de las cajas y las cintas que se las llevan está como un poco dicho con muchas oraciones, pero si no podés achicarlo no importa mucho


En el primer día de nuestro enclaustramiento había casi cuatrocientos nuevos reos que procesar, lo que puso a prueba No me creí “que puso a prueba”, si pasa todos los años lo mismo, más bien “que parecía poner a prueba”, “que desafiaba” la capacidad organizativa de un presidio que contenía las almas de por lo menos mil reos más en cumplimiento de condenas aún en curso. Éramos un rebaño de ovejas de otra raza que los chicos y muchachas que iban a otros colegios normales Redacción: “a otros colegios normales” significa que tu colegio es normal, si quisiste decir que es diferente (lo que parece inferirse por el resto de la oración), es “a otros colegios” o “a colegios normales”. Creo que lo que se entendería mejor es “a otros colegios del Estado”, así la gente entiende que hablás de que no hay guardapolvo blanco , inmediatamente identificables por nuestros idénticos hábitos de blazer azul con escudito blanco, pantalón o jumper de franela gris, camisa celeste cerrada con corbata o cintita azul Hay algo mal en la redacción de este párrafo, queda raro. “Pertenecíamos a una raza diferente” me parece más natural . Llevábamos todos el pelo muy corto, a dos dedos de la camisa y oreja descubierta; y todas el pelo atado con gomita y el flequillo detrás de la vincha como cofia de monjas Ya, ya entendí tanto drama con el pelo, era solamente en ese colegio, ya . Pero entre nosotros Ya sé lo que quisiste decir pero “pero entre nosotros” da una idea demasiado imprecisa, porque es ambiguo, podés estar hablando de que nosotros nos veíamos a nosotros mismos, o nos veíamos de esta forma sin darlo a saber a los de afuera, y creo que no quisiste decir ninguna de esas cosas. “Pero quien nos observara a nosotros” podría ser, por ejemplo éramos tan indistinguibles los varones de las mujeres y los unos de los otros, como lo son al ojo inexperto los borregos en los corrales.

A los novicios Novatos quisiste decir, no? Novicio se usa en los conventos... se nos llamó por apellido y nombre, dividiéndonos en cuadrillas de trabajos forzados que de ese día en más deberíamos llamar "divisiones", se nos puso en manos de un sargento sádico que de allí en más deberíamos llamar "preceptor" Hasta acá me encantaron las metáforas pero acá ya quedé abrumada, me hubiera gustado más que dijeras directamente se nos separó en divisiones y se nos asignaron preceptores y se nos dio la orden de responder a preguntas u órdenes en el protocolo reglamentario de "Sí, señor preceptor" o "No, señor preceptor" y de no hablar a menos que seamos invitados a hablar. Eso fue todo por el momento, pero quedó claro que no podríamos distraernos Yo diría distraernos “ni” un instante un instante Yo diría que “nos” quedó claro , porque cada minuto traería el aprendizaje de una nueva regla de comportamiento, generalmente explícita y tajante pero varias de ellas tácitas y sutiles Yo diría “de las explícitas y tajantes y también de las tácitas y sutiles” , que no sería beneficioso para nuestra estadía perderse de captar por despistados. Lo que viene después de la última coma le da sensación de redacción desprolija. Yo en principio repetiría reglas después de la coma, para retomar el sujeto “...y sutiles,  reglas que si perdiéramos en un despiste serían un inconveniente para nuestra estadía”, por ejemplo

Después de esta breve introducción, que nos dio una idea de qué era de esperarse de un régimen Es como que muchas palabras, “que nos dio una idea de que nos esperaba un régimen...” que hubiera desafiado la autodisciplina de un monje franciscano A mí me gustaba un monje tibetano, son deportistas , se nos consideró suficientemente adoctrinados como para permitirnos la entrada al sanctasanctórum del Colegio, el Aula Magna, que hubiera sido la envidia de los arquitectos de La Scala de Milán. Allí fuimos acomodados por "división Ya dijiste “división” antes, yo sacaría las comillas  " en las butacas Aula magna y butacas, yo intercalaría una sola oración comentando minimalísticamente la distribución de butacas que nos habían reservado entre las huestes de presidiarios Más que presidiarios, yo recordaría de nuevo el aspecto físico verdadero: entre los pelos y las posturas de los veteranos, diría. Así pero redactado claro. Para que reafirmes más la imagen de lo que sí se veía veteranos, quienes nos esperaban en la platea tensos Tensos? O firmes?  e indiferentes a nuestra consternación, mientras la luz de la tarde agonizante brillaba a través de los ventanales que dan a la calle Bolívar, cayendo oblicuos sobre nuestras coronillas De pelo recién cortado! Agregaría yo , mostrándonos con dedo acusatorio que los techos eran amedrentadoramente altos, los mármoles nobles y fríos, los cueros finamente curtidos, los hierros hábilmente forjados, las caobas cuidadosamente lustradas y la plana mayor del aparato penitenciario Qué es la plana mayor del aparato penitenciario? estaba presente en la pompa y boato del Acto de Iniciación del Ciclo Escolar para inspirar miedo con el que subrayar el mensaje principal que se nos quería impresionar Mal la redacción, el mensaje principal que nos querían imprimir, o el mensaje principal con el que nos querían impresionar : que la Institución era un roble centenario y nosotros hojas de hierba, que nosotros éramos muchos pero débiles y Ellos pocos pero fuertes, que éramos desde ese día un pequeño e insignificante engranaje de una gran máquina que no tenía empacho en comerse a sus críos y no titubearía un instante en triturar los huesos de los contestatarios, empalar a los audaces, colgar y descuartizar a los sediciosos o extraer una libra de la carne de los incautos.

Le siguió una nerviosa pero deliberada espera, cuya longitud nos permitiera absorber e incorporar la importancia y severidad del mensaje que se nos impartió claro como las campanas de Notre Dame sin haber siquiera necesitado una Che cómo “sin haber necesitado una palabra”, si dijeron un montón de palabras antes del silencio, creo que quisiste decir “sin una palabra más” o algo así sola palabra. En mi vientre, mientras tanto, los intestinos se me ataban en mil nudos de Santo Donato1, uno por cada una de las reglas Qué reglas? Me perdí, en el Aula Magna todavía no dijeron ninguna 

1 Santo Donato, el culo te ato, si no te recuerdo no te desato – plegaria en la que se ata un piolín al dedo índice para no olvidarse de algo.


que rezaba para no olvidar. Los nervios me aflojaron un poco el estómago, que todavía no se había enterado lo peligrosa que se había vuelto la insubordinación, y se quejaba con ruidos extraños cuyo encubrimiento en el silencio absoluto de la sala necesitó de toda mi concentración y capacidad de maniobra sobre la butaca. La grotesca liberación de un magno viento postrero1, en presencia de mil testigos y en la formalidad del Aula Magna, fue desde entonces a veces el peor miedo, y a veces la más grande tentación. Aaaahoora síiiiii, nada más que el final no se expresa con exactitud, no pasás del miedo a la tentación sino que conviven no? Fijate, aunque no es tan importante, es por quisquillosa nada más


1 El pedo es un viento postrero que sale del agujero anunciando la llegada de una próxima cagada.




Me ayudó que tuvimos que ponernos de pie para la entrada de la principal autoridad de la institución cuyo proceso de iniciación se nos estaba administrando, quien nos regaló el primero de una intercambiable seguidilla de discursos oficiales que escucharíamos en los largos años de nuestro confinamiento, llenos de alabanzas, exaltaciones y superlativos para la Santa Trinidad de Dios, Patria y Estudio, y de visiones de fuego y tormentos infernales para los cuatro jinetes del Apocalipsis: el Desorden, el Libertinaje, el Desacato y la Ignorancia. Che estos tipos los puso el Proceso o qué onda, qué tenían que ver con el gobierno de turno? Tenían aspecto de milicos? O era como los rectores de siempre, Sanguinetti y toda esa gente? Pregunta de quien no lo vivió (me encantaría en una línea cortito cortito) El rector, Icas Micillo, nos introdujo entonces a su brazo derecho, el vicerrector Prévide, cuyo torso cónico, coronado de una cabeza de cráneo y mentón diminutos pero enorme nariz, complementado con una marcha forzada de piernas demasiado cortas, habían dado pie al apodo "el Pingüino" que fuera inmortalizado en las paredes del baño de varones luego de la noticia de que el Gobierno iniciaría una diezma de pingüinos patagónicos para frenar su reproducción explosiva, y que algún pícaro asoció con el apodo del vice y plasmó un mensaje de presumida empatía por sus tocayos con marcador indeleble, que decía así: "¡Paren la matanza de pingüinos! Firmado: Prévide". En este momento no podés haberte enterado de eso, queda como un comentario atemporal, yo más bien sacaría de ese lugar por qué le decían el pingüino y lo pondría más adelante, en otro momento en que se lo mencione Nos comunicó oficialmente que Prévide sería capellán para la aplicación de los sacramentos de extremaunción de los expulsados No entendí la analogía, ¿se expulsaba gente? ¿Primer día de clases y ya hablaban de cómo los expulsaban? ¿Qué es la extremaunción de los expulsados?, factótum de las minucias de la gerencia eficiente de la burocracia y testaferro para cualquier medida ejecutiva necesaria, pero desagradable.

Luego nos presentó al Prefecto Kember Urquiza, encargado de la administración de la injusticia; juez, jurado y testigo de la virtud de los fieles y el pecado de los apóstatas; San Pedro de la lotería que designaría aquéllos que entrarían al cielo de la conformidad y Torquemada de aquéllos caerían en el infierno de la fútil resistencia (doble espacio) no entendí una jota de cuáles eran sus funciones, contame quién era al menos . Inusual para un santo, lucía una lustrosa y tupida cabellera escarlata que hubiera sido la envidia de cualquier demonio, y un traje marrón de solapas anchas (aunque se había retirado los anteojos de sol). Éste introdujo a su turno a sus secuaces, quienes se pusieron de pie uno a uno a medida que los presentaba en un circo de verdugos, sepultureros y embalsamadores de distintos aspectos y portes, aunque ninguno de ellos remotamente atractivos a nadie que no fueran sus madres, para que los veamos de una vez, que hicieran nido en nuestras pesadillas y que no consiguiéramos olvidarlos nunca más. Los preceptores?


Cuando ya había quedado establecido nuestro diminuto lugar en el orden de las cosas, se nos concedió una necesitada tregua. Un virtuoso del teclado, antigüedad de una promoción pasada Quién era una antigüedad, el teclado o el virtuoso?  , volvió inexplicablemente por su propia voluntad a este nido de víboras para sacarle chispas al órgano de viento, uno de los tantos lujos que algún amante de cosas de perdurable belleza deslizó astutamente en el presupuesto de construcción del Colegio, cuando habría más recursos que escrutinio. Doble espacio, ¿cómo más recursos que escrutinio? Escrutinio? Nos deleitó (léase nos asustó) con una versión frenética de Tocata y Fuga de Bach, que puso a prueba los fuelles del instrumento con armonías arriesgadas, cambios bruscos de registro y semitrinos que nosotros Tiempo verbal: yo diría escuchábamos escuchamos perturbadísimos, porque parecía confirmar que los pulmones de la bestia que nos estaba tragando vivos eran tan temibles como el resto de su anatomía. Acto seguido, el coro de alumnos cantó un madrigal bajo la dirección de un profesor de música cuyos movimientos de manos ridículos Ridículos no me gusta, detallá qué los hacía ridículos nos proveyeron con Nos proveyeron “del” diría yo el único momento que puedo decir de buena fe se aproximó a un entretenimiento. Qué te parece: “de quien seguíamos con la vista los movimientos de sus manos, que eran así y asá, proveyéndonos así del único momento...”

Y finalmente Dios quiso en su misericordia que llegara el momento de ponerse de pie para presenciar la partida del abanderado con sus dos escoltas, señal de Señal “de” que Yo también lo sufrí, menos mal que terminaque el acto llegaba a su fin. Salimos de la sala bajo la supervisión de nuestra escolta de ovejeros alemanes, con la misma sincronización de ovejas que ya conocen el dolor de un tarascón Como en la otra parte más arriba, yo no pondría ninguna metáfora acá, no lo visualizo, decime quiénes, qué ropas nuevas, qué peinados nuevos, esas cosas  Pasó algo con los puntos seguidos? Hay dobles espacios en todo el documento . Aunque no tengo ninguna evidencia, estoy seguro de que no fui el único que aprovechó el ruido sordo de pasos, de roces de mangas de lana y el choque de rodillas forradas de tela de franela para camuflar la incontenible Tocata y Fuga de mi propio instrumento de viento, cuyos fuelles habían sido tan apretados por la formalidad y la tensión del acto, como los del órgano por la arriesgada musicalidad de Johann Sebastian.

En filas de dos nos condujeron por escalinatas de mármol hasta los corredores de azulejos de engañosa calma Por qué los varones ven calma en esos azulejos verdes? Kohan decía calma también. Yo los veía más bien como en el centro de un triángulo lavadero-baño-cocina, más tirando a lavadero, en segundo lugar al baño, y más alejados de la cocina. ¿Por qué calma? Se me escapa. Yo hago cosas que manchan en esos azulejos, por eso no puede haber pintura Alba. verde y techos imposiblemente altos que desde entonces deberíamos llamar "claustro", donde estaba nuestra celda Como la otra vez, cansa, yo no la llamaría celda, aunque podrías usar un adjetivo o verbo que indique la sensación: que entraste en el aula y cerraron la puerta detrás tuyo con sonido de reja carcelaria por ejemplo , que deberíamos llamar "aula", y en la puerta de la cual se nos separó entre alumnos y alumnas y se nos ordenó por estatura, adelante las alumnas de mayor a menor Quisiste decir de menor a mayor? y luego los alumnos en el mismo orden. Se nos mostró cómo tomar distancia con un “¡Heil Hitler!” Yo te diría que primero lo describas bien, un poco más, agregá una línea más diciendo cómo te hicieron formar y cómo el preceptor cuidó que lo hicieras bien, y al final de eso, cuando uno ya tiene la imagen en la cabeza, podés decir “que a mí se me hizo un Hei Hitler! Silencioso”. Te diría no silencioso hasta que la punta de los dedos quedara apenas tocando el hombro del compañero de enfrente. Luego de la maniobra la fila quedó mágicamente Mágicamente no, yo diría por obra de la ingeniería escolar, algo así ordenada y espaciada como los dientes de un gran serrucho. Nuestro preceptor se declaró satisfecho y nos exhortó a recordar esa técnica de formación de fila No, yo diría “una vez que” nuestro preceptor asignado se declaró satisfecho...” Lo de asignado para dar sensación de que es relación nueva, “nuestro preceptor” suena a conocido y grabarla indeleblemente en nuestra memoria.

- "Recuerden quién es su compañero de frente, retaguardia y flanco", nos dijo usando un lenguaje que me pareció entonces curioso y que, en retrospectiva, delataba alguna conexión castrense.
Como no respondimos luego de la pausa nos intimó No, el orden es al revés, “Se hizo una pausa”, “y como no respondíamos” :

- “¿Qué se dice?”

- “Sí, señor preceptor”, dijimos, como nos habían enseñado minutos antes.

- “No escucho.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Éste será el claustro de la doceava división. Lo compartiremos con alumnos del cuarto año, porque no hay lugar en el tercer piso donde están el resto de sus compañeros Donde está el resto de primer año, directamente.  del primer año. Pero les advierto que está estrictamente prohibido dejar el claustro en ningún momento para confraternizar con ellos (o por cualquier motivo) No me gustan los paréntesis, lo pondría entre comas , inclusive en el recreo, sin mi permiso explícito. Cualquier contravención a esta regla se lleva como mínimo cinco amonestaciones”.

Las amenazas de “amonestaciones”, palabra hasta entonces desconocida pero de ahí en más una herramienta de sorprendente eficacia en el repertorio del miedo, quedaron colgando como estalactitas del glaciar de silencio centenario que ocupaba el espacio entre nuestras diminutas cabezas y los altísimos cielorrasos del claustro. Para marcarlo mejor yo diría “A eso se sucedieron unos segundos... “ en lugar de hubo Hubo unos segundos interminables de tensa expectativa y pánico de que la mirada incandescente del preceptor nos las hiciera caer encima como un chaparrón de filosas espadas de hielo “Y pánico por la mirada del preceptor, que se volvía a cada segundo más incandescente, como si nos las fuera a hacer caer encima.... “ qué te parece, se entiende mejor la conexión con que quería que pasara algo que no pasaba , pero algún avispado se dio cuenta de cómo desactivar su furia y repitió la nueva regla, seguido en imperfecto pero aliviado unísono por el resto de Yo diría el resto de “la” clase  nuestra clase:

- “ No sé no me gusta, yo aumentaría el canon progresivamente, como si hubieran empezado casi a un tiempo pero por la falta de experiencia todavía no sale que lo digan todos juntos: ¡S-sí, se-señor prpre cep-cep tor-tor-tor!  ¡Si-sí, se-se ño-ñor pre-pre cep-cep tor-tor!”

- “Mejor. Durante el recreo podrán confraternizar, circular a voluntad por el claustro e ir al baño. Yo soy responsable Me suena más responsable “de”   por guiar su conducta y asegurarme de que no cometan ninguna transgresión, y de castigar a aquellos que no obedecen mis instrucciones o el Reglamento. Quince amonestaciones antes de las vacaciones de invierno, o veinticinco antes del fin del año escolar son suficientes para quedar libres. ¿Entendido?”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “El timbre de final del recreo sonará por un minuto completo. Mientras suene tendrán que apurarse para llegar hasta sus lugares en la fila. Si alguno llegara a estar ausente en la fila, cinco amonestaciones, así que si necesitan ir al baño, les sugiero que lo hagan al principio del recreo o, en caso de fuerza mayor, que me avisen antes.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Para cuando termine de sonar el timbre la fila tendrá que estar no sólo completa sino perfecta y en silencio absoluto. Cualquiera que continúe hablando Yo diría o “que” no esté o no esté en perfecta línea recibirá cinco amonestaciones.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “A mi señal podrán hacer ingreso al aula, en completo silencio y en perfecto orden, sin correr. Como vamos a entrar al aula por primera vez en unos momentos, deberán entrar despacio y ocupar sus bancos en orden. Las alumnas en las primeras dos filas de la izquierda, y los alumnos en las restantes a la derecha. Cada persona ocupará un banco en orden de acuerdo a cómo están formados ahora, el primer banco de la primera fila para el primer alumno, el segundo banco de la primera fila para el segundo, y así sucesivamente hasta ocupar todos los bancos. Les prevengo a los pícaros que no intenten saltar el orden de banco para irse directo al fondo, porque terminarán el día con sus primeras cinco amonestaciones del año. ¿Comprendido?"

- “¡Sí, señor preceptor!”

Se desplazó hacia el umbral de la puerta y desde allí dio la orden:

- "Muy bien: alumnas, pueden entrar". Y luego de un minuto: "Muy bien: alumnos, pueden entrar".

Y así llegué al banco que me correspondía en la segunda fila del fondo No entendí, ¿en la segunda fila contando desde el fondo, a una fila de las mujeres? a una fila de por medio de las mujeres y me puse el candado de hierro que me ataría por la eternidad de ocho meses a mi catre en la galera de este Holandés Errante, condenado a navegar eternamente por océanos de azulejos verdes cuya calma era fingida e hipócrita, sin nunca hacer puerto en el Cabo de la Buena Esperanza. ¡Cuánto bien me hubiera hecho en ese viaje inaugural saber que a mi alrededor estaban las caras, todavía irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín que serían mis hermanos en armas de mil escaramuzas, atracos y emboscadas! Con ellos conseguiría hombro a hombro gloriosas victorias contra la injusticia y batiría ignominiosas retiradas frente a la prepotencia, para servir en otras guerras. Con ellos compartiríamos la soledad y el espanto de cada día, fingiríamos tristeza y robaríamos alegrías como flores de los jardines de Quilmes. Sin sospecharlo entonces, treinta años después todavía los llevaría prendidos, como abrojos del corazón.





Comentarios del capítulo.

Ahora sí! Sentí la disciplina estricta, y el embole que te pegaste en el Salón de Actos, y casi que escuché a Bach en el órgano. Lo de los pedos lo dijiste con mucho más tacto, ahora sí se puede leer.

Tuviste un problema con los dobles espacios que había al final de cada punto seguido, no sé qué puede haber pasado en tu archivo, o si tiene que ver con que yo lo abro con el Open Office pero lo guardo en Word. ¿Vos viste dobles espacios cuando lo abriste?

Bueno los comentarios son nuevos, así que fijate.
Me gustó mucho más así :)


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Versión: Devolución Diego 23-01-2014


Segunda Parte: Años Negros
Capítulo Primero: VERDUGOS, SEPULTUREROS Y EMBALSAMADORES

Miguel Cané entró al Colegio Nacional de Buenos Aires luego de la muerte de su padre, ansioso por escapar de la tristeza y soledad de un hogar en luto; en cambio yo entré cien años después de su soledad, y mi hogar era un lugar feliz y luminoso, que mamá llenó de ternura y toques femeninos y papá de seguridad y de aliento. Hacía poco nos habíamos mudado a un departamento en la calle Rodríguez Peña a una cuadra de la Plaza Vicente López y el cambio había sido positivo, porque el portero era macanudo. No como el gallego García, que había sido el ogro que acosó mi infancia en los palieres y el hall de entrada de mi primer hogar con injustificados retos y asociaciones imaginarias con el Hombre de la Bolsa. Este nuevo barrio quedaba cerca, pero tenía edificios más lindos y altos, y estaba lleno de negocios, de cafés donde desayunar con mis padres los sábados y una heladería Freddo al toque donde comprar cucuruchos de chocolate con almendras. Encima, en cualquier momento se podía subir por Callao y salir a caminar por la avenida Santa Fe, para un lado hacia la Plaza San Martín o para el otro hacia Pueyrredón y, sin importar para dónde enfilara, la caminata era Más que “para esa edad” me suena más “a mi edad”  a mi edad más divertida que ir a jugar a la plaza, porque Santa Fe estaba llena de gente linda, de negocios piolas y siempre había algo nuevo Yo diría “algo nuevo para ver”, con para para ver.

Hasta mi éxito en el examen, creo que yo era feliz.

Pero como Miguel Cané, sin embargo, mi destino era entrar al colegio de luto, aunque el mío fue por el asesinato a sangre fría de mis co-conspiradoras en la alegre rebelión de anarquía que fue mi vida antes de la secundaria. Todavía no había terminado de llorar la pérdida de mi Individualidad, víctima de las tijeras de Giuseppe el Sanguinario, cuando a la hora de entrar a mi primer día de clases en el Colegio fui separado de todos los estudiantes frente a la puerta y aislado por un efectivo de civil, pelirrojo y de anteojos oscuros, vestido en uno de esos trajes de color marrón, de solapas demasiado anchas y corbata demasiado gruesa que usaban los grandes en los años setenta. En mi ingenuidad, yo estaba todavía contento y despreocupado, a plena luz de la tarde, sonriendo y en buenos ánimos, cuando me detuvo:

  • “¿Usted de que se ríe, señor?”, dijo el agente.

  • “De nada; me sonreía”, contesté, con candor.

  • ¡¿Nombre, año y división?!”, me preguntó, repentinamente enojado.

  • “Diego Gotthelf, primer año. ¿Qué es ‘división’? Es mi primer día…”

Entonces se me acercó demasiado, a pocos centímetros de mi cara, y me sopló un susurro escalofriante:

  • “Bueno, entonces tiene mucho que aprender”.

Así me fueron arrancadas otras dos de mis correligionarias, la Alegría y la Despreocupación, acusadas de amotinamiento contra el nuevo gobierno de facto que regiría mis días del otro lado del umbral: la Junta de la Obediencia, el Deber y el Miedo. Ellas fueron condenadas sumariamente al paredón del olvido, mientras que a mí me dieron seis años de encierro en esa penitenciaría que me serviría de Bastilla para cumplir la condena por crímenes de conciencia tranquila, dictada cuatro años atrás por el Proceso de Reorganización Nacional en un juicio que nos había hecho “in absentia” y sin recurso de apelación a todos los alumnos presentes y futuros del Colegio de la Patria.

El oficial de admisión hizo un aliviador paso atrás, pero en vez de largarme levantó sus anteojos para pasar revista detenida de mi aspecto (uniforme y corte de pelo reglamentario), que encontró en orden pero igual me dio la fuerte impresión de no haberlo dejado satisfecho. El corazón quería escapárseme del pecho, los ojos se me pusieron brillosos y la garganta me quedó trabada en el medio de una tragada de saliva. Una a una inventarié mentalmente mis posesiones personales a medida que sentí que se me iban escapando de las manos:

- Tardes de ocio y juego (muy usadas)
- Inocencia (en buen estado)
- Confianza en la benevolencia de mis mayores (algunos golpes)
- …

Y así hasta completar el resto de las pertenencias de mi vida de niño, que serían un estorbo y probablemente un peligro en aquel nuevo régimen de rigor y silencio cuyo punto sin retorno ya había cruzado. Las puse con dolor en una caja imaginaria de cartón de esas donde se guardan archivos de oficina, que sellé con un lacre para asegurarme que no serían perturbadas hasta el final de mi condena. La deposité encima de las cajas idénticas con las pertenencias inútiles del resto de mis nuevos compañeros que hubiera jurado ya estaban apiladas a la entrada. Tuve una espantosa premonición que cuando hubiéramos ingresado, ordenanzas en guardapolvos marrones las conducirían por un sistema de cintas como los que hay en las fábricas, directamente a un incinerador en los subsuelos del edificio. Lo único que puedo aseverar con certeza es que mi acervo infantil jamás me fue restituido.

En el primer día de nuestro enclaustramiento había casi cuatrocientos nuevos reos que procesar, lo que puso a prueba la capacidad organizativa de un presidio que contenía las almas de por lo menos mil reos más en cumplimiento de condenas aún en curso. Éramos un rebaño de ovejas de otra raza que los chicos y muchachas que iban a otros colegios normales, inmediatamente identificables por nuestros idénticos hábitos de blazer azul con escudito blanco, pantalón o jumper de franela gris, camisa celeste cerrada con corbata o cintita azul. Llevábamos todos el pelo muy corto, a dos dedos de la camisa y oreja descubierta; y todas el pelo atado con gomita y flequillo detrás de la vincha como cofia de monjas. Pero entre nosotros éramos tan indistinguibles los varones de las mujeres y los unos de los otros, como lo son al ojo inexperto los borregos en corrales.

A los novicios se nos llamó por apellido y nombre, dividiéndonos en cuadrillas de trabajos forzados que de ese día en más deberíamos llamar "divisiones", se nos puso en manos de un sargento sádico que de allí en más deberíamos llamar "preceptor" y se nos dio la orden de responder a preguntas u órdenes en el protocolo reglamentario de "Sí, señor preceptor" o "No, señor preceptor" y de no hablar a menos que seamos invitados a hablar. Eso fue todo por el momento, pero quedó claro que no podríamos distraernos un instante, porque cada minuto traería el aprendizaje de una nueva regla de comportamiento, generalmente explícita y tajante pero varias de ellas tácitas y sutiles, que no sería beneficioso para nuestra estadía perderse de captar por despistados.

Después de esta breve introducción, que nos dio una idea de qué era de esperarse de un régimen que hubiera desafiado la autodisciplina de un monje franciscano, se nos consideró suficientemente Suficientemente adoctrinados quisiste decir? Indoctrinados es no doctrinados adoctrinados como para permitirnos entrada al sanctasanctórum del Colegio, el Aula Magna, que hubiera sido la envidia de los arquitectos de La Scala de Milán. Allí fuimos acomodados por "división" en las butacas que nos habían reservado entre las huestes de presidiarios veteranos, quienes nos esperaban en la platea tensos e indiferentes a nuestra consternación, mientras la luz de la tarde agonizante brillaba a través de los ventanales que dan a la calle Bolívar, cayendo oblicuos sobre nuestras coronillas, mostrándonos con dedo acusatorio que los techos eran amedrentadoramente altos, los mármoles nobles y fríos, los cueros finamente curtidos, los hierros hábilmente forjados, las caobas cuidadosamente lustradas y la plana mayor del aparato penitenciario estaba presente en la pompa y boato del Acto de Iniciación del Ciclo Escolar para inspirar miedo con el que subrayar el mensaje principal que se nos quería impresionar: que la Institución era un roble centenario y nosotros hojas de hierba, que nosotros éramos muchos pero débiles y Ellos pocos pero fuertes, que éramos desde ese día un pequeño e insignificante engranaje de una gran máquina que no tenía empacho en comerse a sus críos y no titubearía un instante en triturar los huesos de los contestatarios, empalar a los audaces, colgar y descuartizar a los sediciosos o extraer una libra de la carne de los incautos.

Le siguió una nerviosa pero deliberada espera, cuya longitud nos permitiera absorber e incorporar la importancia y severidad del mensaje que se nos impartió claro como las campanas de Notre Dame sin haber siquiera necesitado una sola palabra. En mi vientre, mientras tanto, los intestinos se me ataban en mil nudos de Santo Donato1, uno por cada una de las reglas que rezaba para no olvidar. Los nervios me aflojaron un poco el estómago, que todavía no se había enterado lo peligrosa que se había vuelto la insubordinación, y se quejaba con ruidos extraños cuyo encubrimiento en el silencio absoluto de la sala necesitó de toda mi concentración y capacidad de maniobra sobre la butaca. La grotesca liberación de un magno viento postrero2, en presencia de mil testigos y en la formalidad del Aula Magna, fue desde entonces a veces el peor miedo, y a veces la más grande tentación. No entendí qué es el proceso de “internación”

Me ayudó que tuvimos que ponernos de pie para la entrada de la principal autoridad de la institución cuyo proceso de
1 Santo Donato, el culo te ato, si no te recuerdo no te desato – plegaria en la que se ata un piolín al dedo índice para no olvidarse de algo.
2 El pedo es un viento postrero que sale del agujero anunciando la llegada de una próxima cagada.

iniciación se nos estaba administrando, quien nos regaló el primero de una intercambiable seguidilla de discursos oficiales que escucharíamos en los largos años de nuestro confinamiento, llenos de alabanzas, exaltaciones y superlativos para la Santa Trinidad de Dios, Patria y Estudio, y de visiones de fuego y tormentos infernales para los cuatro jinetes del Apocalipsis: el Desorden, el Libertinaje, el Desacato y la Ignorancia. El rector, Icas Micillo, nos introdujo entonces a su brazo derecho, el vicerrector Prévide, cuyo torso cónico, coronado de una cabeza de cráneo y mentón diminutos pero enorme nariz, complementado con una marcha forzada de piernas demasiado cortas, habían dado pie al apodo "el Pingüino" que fuera inmortalizado en las paredes del baño de varones luego de la noticia de que el Gobierno iniciaría una diezma de pingüinos patagónicos para frenar su reproducción explosiva, y que algún pícaro asoció con el apodo del vice y plasmó un mensaje de presumida empatía por sus tocayos con marcador indeleble, que decía así: "¡Paren la matanza de pingüinos! Firmado: Prévide". Nos comunicó oficialmente que Prévide sería capellán para la aplicación de los sacramentos de extremaunción de los expulsados, factótum de las minucias de la gerencia eficiente de la burocracia y testaferro para cualquier medida ejecutiva necesaria, pero desagradable.

Luego nos presentó al Prefecto Kember Urquiza, encargado de la administración de la injusticia; juez, jurado y testigo de la virtud de los fieles y el pecado de los apóstatas; San Pedro de la lotería que designaría aquéllos que entrarían al cielo de la conformidad y Torquemada de aquéllos caerían en el infierno de la fútil resistencia. Inusual para un santo, lucía una lustrosa y tupida cabellera escarlata que hubiera sido la envidia de cualquier demonio, y un traje marrón de solapas anchas (aunque se había retirado los anteojos de sol). Éste introdujo a su turno a sus secuaces, quienes se pusieron de pie uno a uno a medida que los presentaba en un circo de verdugos, sepultureros y embalsamadores de distintos aspectos y portes, aunque ninguno de ellos remotamente atractivos a nadie que no fueran sus madres, para que los veamos de una vez, que hicieran nido en nuestras pesadillas y que no consiguiéramos Más que “para”, yo pondría “de forma de” olvidarlos nunca más.

Cuando ya había quedado establecido nuestro diminuto lugar en el orden de las cosas, se nos concedió una necesitada tregua. Un virtuoso del teclado, antigüedad de una promoción pasada, volvió inexplicablemente por su propia voluntad a este nido de víboras para sacarle chispas al órgano de viento, uno de los tantos lujos que algún amante de cosas de perdurable belleza deslizó astutamente en el presupuesto de construcción del Colegio, cuando habría más recursos que escrutinio. Nos deleitó (léase nos asustó) con una versión frenética de Tocata y Fuga de Bach, que puso a prueba los fuelles del instrumento con armonías arriesgadas, cambios bruscos de registro y semitrinos que nosotros escuchamos perturbadísimos, porque parecía confirmar que los pulmones de la bestia que nos estaba tragando vivos eran tan temibles como el resto de su anatomía. Acto seguido, el coro de alumnos cantó un madrigal bajo la dirección de un profesor de música cuyos movimientos de manos ridículos nos proveyeron con el único momento que puedo decir de buena fe se aproximó a un entretenimiento.

Y finalmente Dios quiso en su misericordia que llegara el momento de ponerse de pie para presenciar la partida del abanderado con sus dos escoltas, señal que el acto llegaba a su fin. Salimos de la sala bajo la supervisión de nuestra escolta de ovejeros alemanes, con la misma sincronización de ovejas que ya conocen el dolor de un tarascón. Aunque no tengo ninguna evidencia, estoy seguro que no fui el único que aprovechó el ruido sordo de pasos, de roces de mangas de lana y el choque de rodillas forradas de tela de franela para camuflar la incontenible Tocata y Fuga de mi propio instrumento de viento, cuyos fuelles habían sido tan apretados por la formalidad y la tensión del acto, como los del órgano por la arriesgada musicalidad de Johann Sebastian. Este párrafo podría ser gracioso pero lo desperdiciaste, no me hizo reír.  Tendrías que redactarlo al revés, primero contar la ambientación que se sentía y después lo que se escuchó debido a la tentación, y que se copiaron 


En fila de dos nos condujeron por escalinatas de mármol hasta los corredores de azulejos de engañosa calma verde y techos imposiblemente altos que desde entonces deberíamos llamar "claustro", donde estaba nuestra celda, que deberíamos llamar "aula", y en la puerta de la cual se nos separó entre alumnos y alumnas y se nos ordenó por estatura, adelante las alumnas de mayor a menor y luego los alumnos en el mismo orden. Se nos mostró cómo tomar distancia con un “¡Heil Hitler!” silencioso hasta que la punta de los dedos quedara apenas tocando el hombro del compañero de enfrente. Luego de la maniobra En lugar de “para” yo usaría “momento en el cual”, fluye mejorEn lugar de “para” yo usaría “momento en el cual”, fluye mejor la fila quedó mágicamente ordenada y espaciada como los dientes de un gran serrucho. Nuestro preceptor se declaró satisfecho y nos exhortó a recordar esa técnica de formación de fila y grabarla indeleblemente en nuestra memoria.

- "Recuerden quién es su compañero de frente, retaguardia y flanco", nos dijo usando un lenguaje que me pareció entonces curioso y que, en retrospectiva, delataba alguna conexión castrense.
Como no respondimos luego de la pausa nos intimó:

- “¿Qué se dice?”

- “Sí, señor preceptor”, dijimos, como nos habían enseñado minutos antes.

- “No escucho.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Éste será el claustro de la doceava división. Lo compartiremos con alumnos del cuarto año, porque no hay lugar en el tercer piso donde están el resto de sus compañeros del primer año. Pero les advierto que está estrictamente prohibido dejar el claustro en cualquier momento para confraternizar con ellos (o por cualquier motivo), inclusive en el recreo, sin mi permiso explícito. Cualquier contravención a esta regla se lleva como mínimo cinco amonestaciones”.

Las amenazas de “amonestaciones”, palabra hasta entonces desconocida pero de ahí en más una herramienta de sorprendente eficacia en el repertorio del miedo, quedaron colgando como estalactitas del glaciar de silencio centenario que ocupaba el espacio entre nuestras diminutas cabezas y los altísimos cielorrasos del claustro. Hubo unos segundos interminables de tensa expectativa y pánico de que la mirada incandescente del preceptor nos las haría caer encima como un chaparrón de filosas espadas de hielo, pero algún avispado se dio cuenta cómo desactivar su furia y repitió la nueva regla, seguido en imperfecto pero aliviado unísono por el resto de nuestra clase: Dale más vida, yo a esta oración por ejemplo en lugar de ponerla así le hubiera puesto algo más gráfico: “Luego de lo cual se hizo silencio, el preceptor nos empezó a mirar como esperando algo, con su mirada nos indicó que debíamos darle una respuesta, y todos al unísono recordamos la nueva regla: .Sí, señor preceptor! Te estoy redactando algo rapidito de ejemplo eh 


- “¡Si-sí, se-se ño-ñor pre-pre cep-cep tor-tor!”

- “Mejor. Durante el recreo podrán confraternizar, circular a voluntad por el claustro e ir al baño. Yo soy responsable por guiar su conducta y asegurarme de que no cometan ninguna transgresión, y de castigar a aquellos que no obedecen mis instrucciones o el Reglamento. Quince amonestaciones antes de las vacaciones de invierno, o veinticinco antes del fin del año escolar son suficientes para quedar libres. ¿Entendido?”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “El timbre de final del recreo sonará por un minuto completo. Mientras suene tendrán que apurarse para llegar hasta sus lugares en la fila. Si alguno llegara a estar ausente en la fila, cinco amonestaciones, así que si necesitan ir al baño, les sugiero que lo hagan al principio del recreo o, en caso de fuerza mayor, que me avisen antes.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Para cuando termine de sonar el timbre la fila tendrá que estar no sólo completa sino perfecta y en silencio absoluto. Cualquiera que continúe hablando o no esté en perfecta línea recibirá cinco amonestaciones.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “A mi señal podrán hacer ingreso al aula, en completo silencio y en perfecto orden, sin correr. Como vamos a entrar al aula por primera vez en unos momentos, deberán entrar despacio y ocupar sus bancos en orden. Las alumnas en las primeras dos filas de la izquierda, y los alumnos en las restantes a la derecha. Cada persona ocupará un banco en orden de acuerdo a cómo están formados ahora, el primer banco de la primera fila para el primer alumno, el segundo banco de la primera fila para el segundo, y así sucesivamente hasta ocupar todos los bancos. Les prevengo a los pícaros que no intenten saltar el orden de banco para irse directo al fondo, porque terminarán el día con sus primeras cinco amonestaciones del año. ¿Comprendido?"

- “¡Sí, señor preceptor!”

Se desplazó hacia el umbral de la puerta y desde allí dio la orden:

- "Muy bien: alumnas, pueden entrar". Y luego de un minuto: "Muy bien: alumnos, pueden entrar".

Y así llegué al banco que me correspondía en la segunda fila del fondo a una fila de por medio de las mujeres y me puse el candado de hierro que me ataría por la eternidad de ocho meses a mi catre en la galera de este Holandés Errante, condenado a navegar eternamente por océanos de azulejos Tengo un problema con ésto, creo que nunca habías mencionado que las paredes están tapizadas de azulejos verdes, o si lo hiciste en su momento ahora ya está olvidado, esta parte sirve para el que conoce las instalaciones   verdes cuya calma era fingida e hipócrita, sin nunca hacer puerto en el Cabo de la Buena Esperanza. ¡Cuánto bien me hubiera hecho en ese viaje inaugural saber que a mi alrededor estaban las caras, todavía irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín que serían mis hermanos en armas de mil escaramuzas, atracos y emboscadas! Con ellos conseguiría hombro a hombro gloriosas victorias contra la injusticia y batiría ignominiosas retiradas frente a la prepotencia, para servir en otras guerras. Con ellos compartiríamos la soledad y el espanto de cada día, fingiríamos tristeza y robaríamos alegrías como flores de los jardines de Quilmes. Sin sospecharlo entonces, treinta años después todavía los llevaría prendidos, como abrojos del corazón.





Comentarios del capítulo.

Sobre todo en la primer parte, donde mencionás el acto y presentás a los 3 grandes del buen humor, da la sensación de que estás contando esa parte por obligación, solamente porque te corresponde contar esa parte por cronología. Se nota en la redacción, tenés que hacer que la lectura fluya más minuto-a-minuto, lo que se siente en cada momento, cómo atravesaste la puerta, hacia dónde miraste, cara de qué tenía quién o cuál, lo que se sobreentendía sin hablar, etc. Creo que lo que trataste de plasmar es que este capítulo es que entraste a un nuevo ambiente con sus propias reglas de educación y convivencia, que te tuviste que aprender en un curso acelerado de un día, y que son difíciles de asimilar solamente por escucharlas (por eso me parece que es bueno que re-redactes la parte de que el tipo se quedó esperando la respuesta y ustedes tardaron en darse cuenta de que tenían que decir “sí señor preceptor”). Creo que pusiste demasiado énfasis en la metáfora de que te sentías como en esta novela o en aquella época, y tendrías que agregar más detalles “táctiles”, concretos, que hagan que uno respire la situación, el momento, la sucesión de momentos. Como lo que te marqué de en qué orden hubiera sido mejor contar lo de los pedos, que deberían ser una carcajada (y “pedo” suena feo, más bien hay que adornarlo para que suene grotesco, alguna vez Cortázar contó una historia con un pedo de esta forma “a pesar de los esfuerzos el pedo final irrumpe tumultuoso”).

Eso, que así el capítulo es como que no te llega, y es buena idea hacerlo como capítulo de que “entraste a nuevas reglas”. También mientras describís las nuevas reglas de indumentaria podrías hacer un ligero comentario acerca del pelo, ¿lo tenían todos como vos, cómo se veían en relación a cómo se ve el pelo en la calle? Cortito eh. ¿Y la indumentaria de los preceptores? Cuando yo iba estábamos todos de jean, los alumnos y los preceptores.



  1. El aparato disciplinario juega un rol en el libro, sobre todo Kember Urquiza. Aquí los introduzco, y si aparenta que sea por obligación u orden cronológico, es una apariencia, no una realidad. Conocerlos a ellos y que se conviertan en uno de nuestros principales miedos de aquella época es una parte importante de la ordalía del primer año de colegio en la dictadura. Tenés alguna sugerencia más concreta? Exactamente que no te cuadró?
  2. Espero haber plasmado las sensaciones, que yo las tengo en mi mente como una rendición, un despojo del individualismo, la alegría, la libertad y todos los implementos de la niñez (hablo del dolor de la perdida de la niñez en otras partes del libro).

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    Versión 15-01-2014


Segunda Parte: Saeculum Obscurum
Capítulo Primero: ACTO DE INICIO DE CLASES

Miguel Cané entró al Colegio Nacional de Buenos Aires luego de la muerte de su padre, ansioso por escapar de la tristeza y soledad de un hogar en luto; Yo diría que no es un “pero”, más bien un “en cambio”  pero yo entré cien años después de su soledad, y mi hogar era un lugar feliz y luminoso, que mamá llenó de ternura y toques femeninos y papá de seguridad y de aliento. Hacía poco nos habíamos mudado a un departamento en la calle Rodríguez Peña a una cuadra de la Plaza Vicente López y el cambio había sido positivo, porque el portero era macanudo y no como el gallego García, que había sido el ogro que acosó mi infancia en los palieres y el hall de entrada de mi primer hogar con injustificados retos y asociaciones imaginarias con el Hombre de la Bolsa. Este nuevo barrio quedaba cerca, pero tenía edificios más lindos y altos, y estaba lleno de negocios, de cafés donde desayunar con mis padres los sábados y una heladería Freddo al toque donde comprar cucuruchos de chocolate con almendras; y encima en cualquier momento se podía subir por Callao y salir a caminar por la avenida Santa Fe, para un lado hacia la Plaza San Martín o para el otro hacia Pueyrredón y, sin importar para dónde Enfilara, no enfilaba enfilara, la caminata era para Más que “para esa edad” me suena más “a mi edad” esa edad más divertida que ir a jugar a la plaza, porque Santa Fe estaba llena de gente linda, de negocios piolas y siempre había algo nuevo Yo diría “algo nuevo para ver”, con para que ver.

Como Miguel Cané, yo también tuve mi luto, sólo que el mío comenzó en el umbral de la entrada al Colegio, cuando me despojaron de mi libertad de purrete irresponsable, mis tardes de ocio y juegos, mi patineta y tantas otras cosas y me hicieron apilar Que me hicieron apilar, todo no, el todo sobra en la vereda de afuera, encima de los fusiles y bayonetas del pelotón de nuevos alumnos que como yo entregaron su armas frente a los oficiales de la triple alianza de la Responsabilidad, el Deber y la Preocupación por el Futuro, y nos rendimos todos incondicionalmente Te juro que no entendí este párrafo, ¿qué pasó exactamente y dónde?.

El armisticio nos exigió que guardáramos estricto uniforme de prisioneros como marca de Caín, de blazer azul marino, pantalón gris y corbata, concurrentemente con nuestra condena de un máximo de seis años, pero Me parece innecesario hacer esta aclaración en este momento, la de “pero que como veremos...”  que como veremos se nos permitió abandonar después de cuatro y servir los otros dos de civil, aunque bajo palabra. A mí se me impuso una rutina de mañanas de mandados y obligaciones académicas, seguidos por un almuerzo liviano y una travesía en la línea del subte D hasta Catedral, donde se encontraba la sede del Colegio, que me serviría de Bastilla donde cumplir mi castigo y pagar mi deuda para con la Sociedad por crímenes que nunca me fueron especificados en un juicio que se me hizo 'in absentia'.

En el primer día de nuestro enclaustramiento había trescientos cincuenta nuevos reos que procesar, lo que puso a prueba la capacidad organizativa de un presidio que contenía las almas de por lo menos mil reos más en cumplimiento de condenas aún en curso. A los novicios se nos llamó por apellido y nombre, dividiéndonos en cuadrillas de trabajos forzados que de ese día en más deberíamos llamar "divisiones", se nos puso en manos de un sargento sádico que de allí en más deberíamos llamar "preceptor" y se nos dio la orden de responder a preguntas u órdenes en el protocolo reglamentario de "Sí, señor preceptor" o "No, señor preceptor" y de no hablar a menos que seamos invitados a hablar. Eso fue todo por el momento, pero evidentemente más instrucciones nos serían impartidas durante el curso del día. Después de esta breve introducción, que nos dio una idea equivocada de un régimen que hubiera desafiado la autodisciplina de un monje, se nos considero suficientemente indoctrinados como para permitirnos entrada al sanctasanctórum del colegio, y acomodados por "división" en los asientos que nos habían reservado entre las huestes de presidiarios veteranos quienes nos esperaban indiferentes en la formalidad de teatro operático del Aula Magna, mientras la luz de la tarde agonizante brillaba a través de los ventanales que dan a la calle Bolívar, cayendo oblicuos sobre nuestras coronillas, mostrándonos con dedo acusatorio que los techos eran amedrentadoramente altos, los mármoles nobles y fríos, los cueros finos y gruesos, los hierros hábilmente forjados, las caobas cuidadosamente lustradas y la pompa y boato del aparato penitenciario estaba presente en la ceremonia del Acto de Iniciación del Ciclo Escolar para inspirar reverencia y subrayar el mensaje principal con que se nos quería impresionar: que la Institución era un roble centenario y nosotros hojas de hierba, que nosotros éramos muchos pero débiles y Ellos pocos pero fuertes, que éramos desde ese día un pequeño e insignificante engranaje de una gran máquina que no tenía empacho en comerse a sus críos y no titubearía un instante en triturar los huesos de los contestatarios, empalar a los audaces, colgar y descuartizar a los sediciosos o extraer una libra de la carne de los incautos.

Luego de una nerviosa pero deliberada espera, cuya longitud nos permitiera absorber e incorporar el simbolismo del mensaje severo que se nos impartió sin haber siquiera necesitado una sola palabra, hizo su entrada la principal autoridad de la institución cuyo proceso de internación se encontraba en curso, y nos regalo la primera de una intercambiable seguidilla de discursos oficiales que escucharíamos en los largos años de nuestro confinamiento, llenos de alabanzas, exaltaciones y superlativos para la Santa Trinidad de Dios, Patria y Estudio, y de visiones de fuego y tormentos infernales para los cuatro jinetes del Apocalipsis: el Desorden, el Libertinaje, el Desacato y la Ignorancia, dando por sentado implícitamente que se reservarían el derecho de jueces, jurado y testigos para establecer cuáles de nuestros futuros comportamientos entrarían en cuál de estas órdenes, y quienes serían admitidos por el Apóstol de las Llaves al cielo de la conformidad, y quienes caerían en el infierno de la fútil resistencia.

El rector Icas Micillo (¿qué sádico bautizo "Icas" al fruto de sus entrañas en los últimos trescientos años?) nos introdujo entonces a su brazo derecho en la tarea de aplicar las políticas acordadas en las bulas del consejo de la Universidad de Buenos Aires , o sea, el vice rector Prévide, cuyo torso cónico, coronado de una cabeza de cráneo y mentón diminutos pero enorme nariz, complementado con una marcha forzada de piernas demasiado cortas, habían dado pie al apodo "el Pingüino" que fuera inmortalizado en las paredes del baño de varones luego de la noticia que el Gobierno iniciaría una diezma de pingüinos patagónicos para frenar su reproducción explosiva, y que algún pícaro asocio con el apodo del vice y plasmo un mensaje de presumida empatía por sus tocayos con marcador indeleble, que decía así:

"¡Paren la matanza de pingüinos! Firmado: Prévide"

Se nos comunico oficialmente que Prévide sería capellán para la aplicación de los sacramentos de extremaunción de los expulsados, factótum de las minucias de la gerencia eficiente de la burocracia y testaferro para cualquier medida ejecutiva necesaria, pero desagradable. El San Pedro responsable de discernir entre la virtud de los fieles y el pecado de los apostatas era un tal Kember Urquiza, Prefecto a cargo de la administración de la injusticia que, inusual para un santo, lucía una lustrosa y tupida cabellera escarlata, que hubiera sido la envidia de cualquier demonio. Este introdujo a su turno a sus secuaces, quienes se pusieron de pie uno a uno a medida que los presentaba en una procesión de verdugos, sepultureros y embalsamadores para que los veamos de una vez, y que hagan nido en nuestras pesadillas para no conseguir olvidarlos nunca.

Entonces se nos concedió una breve tregua. Un virtuoso del teclado, antigüedad de una promoción pasada, volvió inexplicablemente por su propia voluntad a este nido de víboras para sacarle chispas al órgano de viento, uno de los tantos lujos que algún amante de cosas de perdurable belleza deslizo astutamente en el presupuesto de construcción del Colegio, cuando habría más recursos que escrutinio. Nos deleito (léase nos asusto) con una versión frenética de Tocata y Fuga de Bach, que puso a prueba los fuelles del instrumento con armonías arriesgadas, cambios bruscos de registro y semitrinos que nosotros escuchamos perturbados, porque parecía confirmar que los pulmones de la bestia que nos estaba tragando vivos eran tan temibles como el resto de su anatomía. Acto seguido, el coro de alumnos canto un madrigal bajo la dirección de un profesor de música cuyos movimientos de manos ridículos nos proveyeron con el único momento que puedo decir de buena fe se aproximo a un entretenimiento.

Y finalmente Dios sintió en su infinita misericordia que había llegado el momento de ponerse de pie para presenciar la partida del abanderado con sus dos escoltas, y el acto llego (Thank you, Jesus!) a su fin. En el ruido sordo de pasos, de roces de mangas de lana y de choques de rodillas forradas de tela de franela estoy seguro que más de alguno dejó escabullirse un pedo disimulado, cuya liberación prematura y sonora en pleno acto y en presencia de todos era al mismo tiempo el peor miedo y la más grande tentación.

En fila de dos nos condujeron por escalinatas de mármol y corredores de azulejos de engañosa calma verde, de techos imposiblemente altos, hasta el pasillo que desde entonces deberíamos llamar "claustro", donde estaba nuestra celda, que deberíamos llamar "aula", y en la puerta de la cual se nos separo entre alumnos y alumnas y se nos ordenó por estatura, adelante las alumnas de mayor a menor y luego los alumnos en el mismo orden. Se nos mostró como tomar distancia con un “¡Heil Hitler!” silencioso hasta que la punta de los dedos quedara apenas tocando el hombro del compañero de enfrente, para cuando la fila quedó, cosa ‘e Mandinga, perfectamente ordenada y espaciada como los dientes de un gran serrucho, y nuestro preceptor se declaró satisfecho y nos exhortó a recordar esa técnica de formación de fila y grabarla indeleblemente en nuestra memoria.

- "Recuerden quién es su compañero de frente, retaguardia y flanco", nos dijo usando un lenguaje que me pareció entonces curioso y que, en retrospectiva, delataba alguna conexión castrense.
Como no respondimos luego de la pausa nos intimó:

- “¿Qué se dice?”

- “Sí, señor preceptor”, dijimos, como nos habían enseñado minutos antes.

- “No escucho.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Este será el claustro de la doceava división. Por ser la última división estaremos separadas de el resto del año aquí, en la planta baja, junto a alumnos de cuarto año, porque sobran aulas. El resto de sus compañeros de año están en el tercer piso, pero les advierto que está estrictamente prohibido dejar el claustro en cualquier momento para confraternizar con ellos o por cualquier motivo, inclusive en el recreo, sin mi permiso explicito, y cualquier contravención a esta regla se lleva como mínimo cinco amonestaciones”.
Tras una pausa repetimos:

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Durante el recreo podrán confraternizar, circular a voluntad por el claustro e ir al baño. Yo soy responsable por guiar su conducta y asegurarme que no cometan ninguna transgresión, y de castigar aquellos que no obedecen mis instrucciones o el Reglamento. Con quince amonestaciones antes de las vacaciones de invierno, o veinticinco antes del fin del año escolar son suficientes para quedar libres. ¿Entendido?”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “El timbre de final del recreo sonará por un minuto completo. Mientras suene tendrán que apurarse para llegar hasta sus lugares en la fila. Si alguno llegara a estar ausente en la fila, cinco amonestaciones, así que si necesitan ir al baño, les sugiero que lo hagan al principio del recreo o, en caso de fuerza mayor, que me avisen antes.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Para cuando termine de sonar el timbre la fila tendrá que estar no sólo completa sino perfecta y en silencio absoluto. Cualquiera que continúe hablando o no este en perfecta línea recibirá cinco amonestaciones.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “A mi señal podrán hacer ingreso al aula, en completo silencio y en perfecto orden, sin correr. Como vamos a entrar al aula por primera vez en unos momentos, deberán entrar despacio y ocupar sus bancos en orden. Las alumnas en las primeras dos filas de la izquierda, y los alumnos en las restantes a la derecha. Cada persona ocupara un banco en orden de acuerdo a como están formados ahora, el primer banco de la primera fila para el primer alumno, el segundo banco de la primera fila para el segundo, y así sucesivamente hasta ocupar todos los bancos. Les prevengo a los picaros que no intenten saltar el orden de banco para irse directo al fondo, porque terminaran el día con sus primeras cinco amonestaciones del año. ¿Comprendido?"

- “¡Sí, señor preceptor!”

Se desplazó hacia el umbral de la puerta y desde allí dio la orden:

- "Muy bien: alumnas, pueden entrar". Y luego de un minuto: "Muy bien: alumnos, pueden entrar"

Y así llegue al banco que me correspondía en la segunda fila del fondo a una fila de por medio de las mujeres y me puse el candado de hierro que me ataría por la eternidad de ocho meses a mi catre en la galera de este Holandés Errante, condenado a navegar eternamente por océanos de azulejos verdes fallutos e hipócritas, sin nunca hacer puerto en el Cabo de la Buena Esperanza. ¡Cuánto bien me hubiera hecho en ese viaje inaugural saber que a mi alrededor estaban las caras, todavía irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín que serían mis hermanos en armas de mil escaramuzas, atracos y emboscadas! Con ellos conseguiría hombro a hombro gloriosas victorias y batiría ignominiosas retiradas para servir en otras guerras, compartiríamos la soledad y el espanto, fingiríamos tristeza y robaríamos alegrías como flores de los jardines de Quilmes. Sin sospecharlo entonces, treinta años después todavía los llevaría prendidos, como abrojos del corazón.


---Nota: no sé si notaron que a partir de cierta línea no hago más comentarios ni hago sección de comentarios al final, quizás se me borró lo posterior a eso -----