Derechos de autor de Diego Gotthelf. Comentarios de Romina. 10-02-2014
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Nuevo capítulo. Preocupaciones, angustias y ansiedades.
A la humillación y el dolor de la
derrota le siguió un período de casi intolerable vergüenza, en
que todos los días aparecían nuevas revelaciones de la verdad de
la milanesa de la guerra, tan opuesta al chorizo que nos comimos con
la inocencia de palomitas blancas cantando el himno de las Malvinas
Argentinas. El catálogo de lesa negligencia que nos llegaba a
través de aquéllos que desafiaban la veda de la triste verdad era
más triste que el cementerio de guerra en Puerto Argentino.
Cándidas amas de casa del sur compraban a buen precio una barra de
chocolate en el almacén y encontraban entre el envoltorio
entrañables notitas de aliento a las tropas escritas en la letra
pueril de los escolares primarios que la donaron para uno de
nuestros muchachos en el frente. Todo el país lloraba de tristeza y
bronca con ellas. Las denuncias de abusos de los oficiales ingleses
a nuestros “chicos de la guerra” resultaban ser caricias
comparadas con los vejámenes que sufrieron en las manos de sus
superiores argentinos. Luego de un entrenamiento básico y apurado,
los habían mandado de las provincias más cálidas del país, donde
no habían visto un copo de nieve ni en postales, a contestar el
fuego arrasador del ejército profesional del imperio más vasto que
había visto la historia, y los mataron de hambre y frío, mientras
guardaban celosamente una cueva de Alí Babá en los almacenes de
Puerto Argentino, desbordada de ropa, alimentos y pertrechos.
A este paisaje desolador se le sumaban
rumores de vuelos de la muerte, centros de tortura, tumbas NN y el
resto del saldo de crueldad y muerte de la guerra sucia que Yo diría que “la” precedió, o que precedió a la guerra precedió, cuya magnitud era tan
insospechada que costaba creer que no eran Más que exageraciones por ahí quisiste decir fantasías, juegos de la imaginación, algo así exageraciones copiadas de otras
latitudes. Era cada vez más evidente que las fuerzas armadas habían
sido incapaces de defendernos contra un enemigo externo en un
conflicto convencional sin dejar, como buenos patos criollos que
eran, cagada sin hacer. ¿Pero, podría ser cierto que hubieran
cobrado en secreto miles de desaparecidos entre sus compatriotas con
eficiencia germánica? Cambiá este pero, empezaste dos oraciones seguidas con pero, queda pero.pero. Pero a todas estas calamidades se le
sumaba, encima, el abismo económico al pie del cual nos
encontrábamos antes de la guerra, Y otro pero, pero.pero.pero pero gracias a la cual habíamos dado
un paso al frente y nos precipitábamos hacia la miseria.
Todo este cuadro de desesperanza nos
abría, en fin, el panorama de una cordillera de problemas que no
teníamos esperanzas de cruzar ni con las huestes invencibles de San
Martín. Luego de cincuenta años de un golpe de estado tras otro
llegaba a su fin el romance de la O Historia con mayúscula? historia con los militares y sus
promesas de patria grande, de Argentina potencia, de solución al
desorden institucional con la disciplina de los tanques y los
bastones, y que dejaba como saldo final el mayor baño de sangre
fratricida de nuestra historia, la derrota militar, la ruina
económica y la bancarrota moral. Esas semanas fueron uno de los Ya sé que se puede sin tilde, pero los físicos tienen periodos, en la vida cotidiana decimos período con tilde períodos más deprimentes de mi vida.
La gente andaba por la calle como zombis bajo Más bien shock, o lo posterior, estrés post traumático neurosis de guerra, atolondrados por la
rapidez con la que pasamos de la euforia del triunfo a la humillación
de la derrota, avergonzados por nuestra ingenuidad en los pasados
seis años de conformidad con la locura. Los ingleses nunca
bombardearon Buenos Aires (nuestro peor miedo) pero yo creo que lo
hubiéramos preferido al bombardeo de verdades dolorosas, golpes
bajos y duros sacrificios que tuvimos que soportar cuando callaron
las sirenas. No fue el trueno ni el humo de los cañones lo que nos hizo postrarnos de rodillas
como nación, sino el aterrador silencio del armisticio y la claridad
con la que se reveló nuestra negligencia una vez que se dispersó la
neblina de la guerra. Nos dejaron tan propensos a los ataques de
náuseas como los pobres diablos que regresaron traumatizados por los
horrores del campo de batalla.
Y sin embargo, como al fin de toda
larga y aterradora noche, los primeros rayos de luz del alba llegaron
para rescatarnos de la desesperanza, la deriva y el naufragio.
Comenzó cuando los militares tuvieron que abandonar el púlpito de
superioridad moral desde donde nos venían dando cátedra de Dios y
Patria, para recitar un confesionario de excusas embarazosas y
explicaciones humillantes por el creciente catálogo de su
incompetencia. Todavía se negaban a admitir la inevitabilidad del
fin. Amagaban perpetuarse en el poder bajo excusa del deber
patriótico de impedir el regreso inoportuno de la subversión, para
cuya extirpación Dios los había ungido en el poder. Pero se fueron
dando cuenta de que la población civil ya no se tragaría ese sapo
sin un nivel de represión que pudiera hundirnos en la guerra civil.
Mientras, miraban impotentes y resignados cómo las instituciones que
los habían apoyado incondicionalmente hasta entonces (la iglesia
católica, los grupos económicos más poderosos) los abandonaban,
buscando quedar bien paradas en la inminente confrontación. Dejalo si querés pero como católica me duele que hables de la Iglesia como quien quiere quedar bien parado . En uno de esos raros momentos de
cordura de nuestra loca historia, el General Bignone, nuevo
presidente de la República, supo leer las señales de humo e
incendio en el horizonte y empezó a hablar de una “salida
democrática”. Relajó la veda política, levantó la restricción
de los derechos de asamblea y libre expresión y declaró la
intención de llamar a elecciones libres. El Proceso de
Reorganización Nacional llegaba a su ignominioso fin.
En el Colegio, mientras tanto,
seguíamos en nuestra militancia en Aristócratas del Saber, soñando
con la refundación del Centro de Estudiantes y una participación
en la vida política del país. Nuestro activismo había sido hasta
entonces peligroso, pero más bien simbólico. No había servido
para mantener viva la llama de la libertad, la razón y la alegría,
mientras esperábamos pacientemente su regreso algún día feliz,
pero lejano e inimaginable, sin mayores esperanzas de verlos cruzar
el umbral de la calle Bolívar en nuestros años de secundaria.
Resistíamos porque la libertad y la justicia eran ideales bellos,
pero aún más porque la militancia era una de las pocas cosas
excitantes en nuestro día gris y azul, que estimulaba la
inconsciente atracción adolescente por el peligro, la aventura, el
riesgo y la rebeldía.
Con el fin de la guerra seguimos la
lucha donde la habíamos suspendido para hacer frente patriótico
unido, pero con un nuevo entusiasmo. Sin demasiado aviso, en el
espacio de pocas semanas desde que fuimos sorprendidos por el éxito
de la huelga del 30 de marzo, se hizo claro que viviríamos para ver
el fin de nuestros años de conformidad y amargura. Era imparable ya
la creciente convicción de que ayudaríamos a derrocar a la
Junta de la Tristeza, el Silencio y la Obediencia que habían
gobernado los claustros hasta entonces, y se nos daría alguna
representación democrática en la elección de sus reemplazantes.
El número más reciente de
Aristócratas del Saber con mis notas y la profética nueva
editorial, suspendido por el conflicto de Malvinas, se publicó y
distribuyó en los días que siguieron, aunque todavía en secreto y
bajo pena de consecuencias disciplinarias draconianas, porque no
había habido ningún levantamiento de la veda de ternura que regía
nuestra inclaustración. Micillo, Previde, Kember Urquiza y sus
secuaces continuaban velando nuestras tardes de Colegio con la misma
intransigencia a la ternura, aunque ahora más preocupados por su
futuro que por el nuestro. Vendimos un número récord de ejemplares,
que distribuimos entre los compañeros a escondidas en los paraísos
fiscales del Campo de Deportes, la vereda del Jardín Botánico, la
Biblioteca y los bares de la zona del Colegio. Cuando se nos acabaron
la fotocopiamos y encuadernamos a mano para seguir distribuyéndola,
porque los que antes eran apáticos y escépticos se volvían
finalmente creyentes de que se avecinaba un nuevo día en el que ya
no tendríamos que soportar en silencio. Todos querían saber cómo
iba a funcionar el Centro de Estudiantes, para imaginar el día Yo diría el día “en” que, pero es más bien una cuestión de estilo que los profesores más sádicos ya no
tuvieran sus acostumbrados poderes de “poder de vida o muerte” no se entiende bien, parecen los poderes de un dios grieg, más bien “poderes sobre la vida y la muerte”, más bien así se dice, o “su acostumbrado poder de decidir la vida o la muerte”, así vida y muerte sin un recurso de amparo,
o pudiéramos presentar nuestras preocupaciones para consideración
de las autoridades.
El noviazgo entre Poli y Raúl se hizo
público luego del fin de semana de nuestro fallido beso, y fue uno
de aquellos primeros romances entre alumnos de nuestro año.
Continuó su curso durante la guerra, la derrota y la publicación
de mis notas en Aristócratas del Saber, alimentado por la euforia
del protagonismo de los novios en el éxito de la revista, la
excitación de la organización clandestina de tantas reuniones
secretas para avanzar los planes del Recital, las confabulaciones
para concretar la formación del Centro de Estudiantes y todo el
frenesí de esos días de organización estudiantil clandestina y
agitación política. Fue tan comentado y celebrado como si fueran
Richard Gere y Debra Winger en Reto al Destino, ya que ambos eran
personajes notorios en nuestro pequeño círculo, ella por su
belleza y él por su liderazgo y militancia. Raúl, tanto más que
yo el hombre de la hora, usufructuaba a voluntad el cariño de la
única mujer que creí entonces podría amar en la vida. Me resigné
a que Poli no sería nunca mía, y sus ojos verdes, que tantas
emergencias cardíacas me habían causado, fueron como las uvas de
la zorra de Esopo, una tentación que yo jamás podría alcanzar, y
por ello me sabían agrias.
Pero la amargura era una La amargura no es una circunstancia, es debido a una circunstancia, o estaba en mi universo personal, o bañaba sólo mis circunstancias, etc etc circunstancia personal mía, porque
para el resto del país comenzaban a surgir los Surgir los brotes de la primavera no está mal, pero podría ser brotar la primavera brotes de la primavera que inauguró el
levantamiento de la veda política. Esta nueva esperanza de un futuro
mejor, tanto en el Colegio como en el país, fue levantando los
ánimos de la gente. Empezaron a volver los artistas exiliados, a
aparecer en recitales, a escucharse de ellos en los diarios y las
radios, a cantarse con creciente impunidad las canciones que quemaron
los oídos de la dictadura. A pesar de que el miedo no dejó de ser
moneda corriente, ya no iban quedando muchas voces Qué quisiste decir acá con discordantes? Discordantes con abuchear la dictadura? discordantes. Crecía a diario el
murmullo imparable de millones de voces gritando: ¡Basta de
injusticia! ¡Basta de prepotencia! ¡Basta de miedo!
La organización del recital fue la
primera vez que me tocó participar en una actividad laboral que no
estuviera relacionada con mis estudios, y la experiencia me enamoró
a primera vista del acto creativo del trabajo. La mina de sexto que
moderaba las reuniones de Aristócratas de Saber estaba a cargo del
comité de organización, y ella fue quien nos asignó a mí y a un
grupito de chicas a montar consolas, tender cables y ubicar los
parlantes bajo la supervisión de su hermano, que era el ingeniero
de sonido. Él era barbudo y un poquito panzón, pero tan tranquilo
como ella era intensa, y tan macanudo como ella mandona. Fue un
excelente primer supervisor, que me contagió su entusiasmo por las
largas horas de esfuerzo, la satisfacción que puede destilarse de
la labor ardua y el placer que se puede encontrar en la fatiga.
Hombro a hombro en un equipo estrecho montamos los micrófonos,
sintetizadores y amplificadores para las actuaciones de los artistas
en el escenario. Cuando finalmente empezaron a ensayar los músicos
y todo funcionó a pedir de boca sentí la intensa satisfacción de
ver algún trabajo terminado y poder decir con orgullo “yo ayudé
a hacer eso”, que tantas recompensas emocionales me daría en mi
vida de adulto. Hasta salir a comprar pizza para todos los muchachos
fue una aventura. Me hizo sentir el placer desproporcional que trae
la ínfima confirmación de pertenecer, de ser parte de un grupo de
pares con metas comunes.
Pero mi entusiasmo por este nuevo y
prometedor descubrimiento duró bastante poco, porque a mi regreso
de la pizzería me estaban esperando en el teatro las viejas
preocupaciones, angustias y ansiedades adolescentes de siempre.
Entre la excitación de los ensayos me enteré horrorizado de que
Raúl acababa de terminar el suyo, transcurrido mientras yo estaba
afuera comprando el almuerzo para la muchachada, y volví a escuchar
los rumores que desenterrarían recuerdos todavía frescos de mi
primer y catastrófico fracaso en el amor, de mis fallidas
esperanzas de un romance con Poli, que había hecho tantos esfuerzos
por reprimir en las semanas turbias desde la guerra de Malvinas:
“¿Lo escuchaste cantar a Raúl?”, le oí decir a una de mis compañeras en tono admirador. “Toca la guitarra que parece Cacho Tirao, ¡y canta como un ángel!”.
¡Hijo de su madre! Estas palabras me
volvieron a poner en las manos inescapables de mis viejas
torturadoras: las indisposiciones por la mera mención del nombre dePoli, y las asfixias debilitantes por
su presencia cercana, que había a tan duras penas conseguido
mantener a raya desde que ella no sólo no era mía, sino que era,
encima, de otro.
¡De otro!
El sufrimiento de ver a otro
usufructuar el cariño del amor de mi vida ya era suficiente para
matarme, pero me hubiera muerto tranquilo si ésa hubiera sido mi
única tribulación. Tenía que ser peor. Alguien había decidido,
sin consultarme, que Poli fuera de Raúl, cuyo protagonismo me daba
una envidia incontenible, cuyo liderazgo en aquellas épocas de
organización estudiantil era al mismo tiempo objeto de mi admiración
y desprecio, y ahora, encima resultaba que cantaría frente a Qué es “una platea de mis compañeros”? La platea armada por tus compañeros, o en la que se sentaban tus compañeros? una platea de mis compañeros para
llevarse los suspiros de las chicas, y los aplausos de todos. Esta
injusticia probaba más allá de toda duda lo que los adolescentes
conocen intuitivamente: que el mundo está en contra de uno, que todo
lo que uno anhela es de otro, y que uno está destinado a no ocupar
el lugar que se merece en esta vida.
Pensé en fingir una indisposición de
último momento para no ir al recital, para no tener que enfrentarme
con la posible coronación del triunfo de mi peor enemigo, pero la
envidia, bronca y frustración que sentía me parecieron indignas.
Resistí valientemente a darles cabida. Yo me consideraba una
persona noble, y el comportamiento noble requería alentar a mis
compañeros en este evento para el que habíamos trabajado tanto,
así que decidí ir igual a ver y escuchar por mí mismo el
improbable talento artístico de un tipo tan desagradable como Raúl.
Con un poco de suerte sería un cantante mediocre, como se merecía
serlo. Se ganaría algún aplauso obligado de una platea entusiasta
pero poco crítica, mientras yo podría, por fin, tenerle lástima y
compasión por su triste ilusión de músico, para el que, con un
poquito de suerte, le faltaría el talento que le sobraba para la
política.
Como ya había ayudado a montar el
escenario yo no tenía ninguna obligación organizativa esa noche.
Otros de mis compañeros se encargarían de cortar entradas, servir
bebidas en el bar o vigilar si venían autoridades del Colegio a
espiar y tomar nombres. Aproveché para llegar tarde, cuando la sala
ya estaba llena y había sólo lugar de parado. Me escondí a un
costado en caso de necesitar batir una retirada temprana, cuya
trayectoria ensayé con los ojos por las puertas del fondo bajo la
cubierta de la oscuridad parcial del ambiente. No vi ni a Poli, ni a
Raúl, pero sí a montones de compañeros conocidos, porque a pesar
de su tamaño respetable, el teatro estaba lleno a “lleno a capacidad” me suena raro, el teatro estaba completo hasta su capacidad, por ejemplo capacidad con medio colegio, tanta
gente como cuando Kember Urquiza impartió su dura disciplina durante
la ya casi olvidada huelga. Me alegró mucho, porque la recaudación
sería buena y mostraba que comenzaba a desbordar la masa de
estudiantes que se sumaba a la participación política para ayudar a
conseguir la anhelada libertad, ahora que las elecciones estaban
anunciadas y las campañas de los partidos en curso.
Sin embargo no tardé mucho en perder
la tranquilidad. Me arrepentí de no haber escuchado mis propios
miedos casi inmediatamente, cuando el primer conjunto, que tocó
música de Sui Generis y Nito Mestre, se retiró del escenario luego
de tres o cuatro canciones bajo una lluvia de aplausos, gritos de
aliento y chiflidos entusiasmados. Mi sufrimiento comenzó cuando
Raúl entró en escena desde un costado de bambalinas en silencio,
vistiendo jeans, una camisa desprolija y zapatillas que mi madre, al
contrario de la suya, no hubiera negligido limpiar con un trapito
húmedo antes de salir. Su guitarra, sin embargo, parecía nuevita e
inmaculada, y tenía una armónica montada sobre esos arneses al
pecho para tocarla sin manos. Sin delatar ninguna emoción caminó
los pocos pasos hasta el centro del escenario, como si estuviera en
el living de su casa y no enfrente de cientos de sus compañeros, se
sentó sobre un banco y, sin partitura, rasguño de práctica ni
nada más que su talento, comenzó a tocar los acordes de la
introducción de “Yo pisaré las calles nuevamente”, de Pablo
Milanés. La mitad de la audiencia apagó los aplausos, gritos y
silbidos de la otra mitad con chistadas para que se callen, y para
cuando comenzó a cantar había vuelto a reinar el silencio en la
sala:
“Yo pisaré las calles nuevamente
De lo que fue Santiago ensangrentada
Y en una hermosa plaza liberada
Me detendré a llorar por los
ausentes.
Yo vendré del desierto calcinante,
Y saldré de los bosques y los lagos
Y evocaré en un cerro de Santiago
A mis hermanos que murieron antes.
Y unido al que hizo mucho y poco
Al que quiere la patria liberada
Dispararé las primeras balas
Más temprano que tarde y sin reposo.
Y volverán los libros, las canciones
Que quemaron las manos asesinas
Renacerá mi pueblo de sus ruinas
Y pagarán su culpa los traidores.”
Ni hasta el día de hoy, treinta años
después de caer bajo su embrujo por primera vez, puedo evitar sentir
un nudo en la garganta cuando escucho esta canción, cuya mezcla de
poesía, dolor y venganza conjura la historia sangrienta de los años
setenta en Latinoamérica como si fuera un himno de amor a sus
muertos. La música y letra de Pablo Milanés me estruja el pecho con
la misma congoja e impotencia que trae a tantas casas argentinas el
aniversario de la desaparición de un ser querido, cruelmente
arrancado del seno familiar demasiado pronto, cuya foto en color
sepia sobre un mueble nunca envejece. Jamás creí que nadie pudiera
cantarla con más pasión y sentimiento que su autor, quien sabe
hacer llorar de pena hasta las estatuas inmutables de los próceres.
Pero no estaba preparado para la interpretación que le diera Raúl
ese día. Hasta yo, que conocía íntimamente su voz desde que éramos
compañeros de división y tenía la desgracia de escucharla a
diario, yo que había sufrido tantos de los retrucos humillantes de
su lengua filosa, que lo odiaba por haberme arrebatado la única
mujer que me consideraba capaz de jamás amar en la vida, me quedé
blanco de sorpresa y emoción por el sonido que salió de su boca y
su guitarra - porque ambas parecían ser parte de un mismo
instrumento. Descubrí en esas primeras estrofas, horrorizado, que
los rumores no le habían hecho justicia a sus talentos, porque la
voz de Raúl no era de un ángel, sino de un demonio capaz de voltear
todos los ángeles del cielo con una claridad, una pasión y un
sentimiento mas allá de los años de su dueño. ¿por qué hay un “pero” acá? Digo Pero para entonces me fue imposible
batir la ensayada retirada, porque la música y la emoción me habían
cortado las piernas.
Cuando terminó de tocar la sala
explotó en aplausos furiosos. Yo quería gritar: “¡NO! ¡No lo
aplaudan a ese pendenciero despreciable!" Pero ni siquiera mis
propias manos me hubieran hecho caso, y hubieran seguido aplaudiendo
entusiasmadas, sin permiso.
En ese preciso instante sentí un
calor intenso, placentero pero desconcertante en mi mejilla. No me
fue difícil ubicar su fuente irradiante, ni siquiera en la
oscuridad, porque la frecuencia de los latidos de mi corazón y la
intensidad de mi respiración triangulaban su posicionamiento
exacto. Allí, en la penumbra, vi la silueta adorada de Poli, que
hubiera reconocido en cualquier parte, porque yo la sabía de
memoria y la veía por todos lados, como los creyentes ven a Dios en
la sonrisa de un niño, en la pureza de un amanecer o en la gracia
de una hoja que arrastra el viento. Estaba levemente dada vuelta en
su silla de la platea a pocos metros de donde yo me encontraba,
atrayendo mi mirada con esos ojos cuyo verde yo adoraba y veía
claro como ojos de tigre en la oscuridad del monte. Creí que oteaba
la sala, sorprendida, como yo, de la cantidad desbordante de gente,
y pronto continuaría su recorrido. Pero cuando nuestras miradas se
cruzaron pausó. Se detuvo para mirarme, como disfrutando de cuánto
daño me hacía quererla tanto.
Entonces, como si así lo hubieran
coreografiado a la perfección para terminar de matarme, la platea
estalló nuevamente en aplausos, al reconocer los acordes de una
canción amiga, la canción de todos los amores no correspondidos de
los adolescentes de mi generación, que Raúl tocó exactamente como
si pudiera leer mis sentimientos más íntimos, y cantarlos con esa
emoción y esa belleza que sólo puede apreciarse cuando uno tiene
el privilegio de estar frente al artista de talento, y comparte el
placer en grupo con una audiencia cuya emoción contagiosa ahoga y
pone la piel de gallina:
“Ojalá se te acabe la mirada
constante,
La palabra precisa, la sonrisa
perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de
pronto
Una luz cegadora, un disparo de nieve
Ojalá por lo menos que me lleve la
muerte,
Para no verte tanto,
Para no verte siempre en todos los
segundos,
En todas las visiones.
Ojalá que no pueda
Tocarte ni Oh Dios, lo googleé y no te pude decir nada, yo siempre creí quer era “tocarte mil canciones”. en canciones”
Al final de esta estrofa Poli, que no
me había sacado los ojos de encima, sonrió, con su acostumbrada
sonrisa de Mona Lisa etérea, torciendo adorables los labios cuyo
beso ambos sabíamos eran la fuente de mi felicidad eterna. Pero sus
ojos verdes no rompieron la veda de compasión por mi falta de
experiencia en temas del amor. No me fue posible descifrar con mis
escasos conocimientos de la seducción femenina si los jeroglíficos
de su cara eran de buenos o malos augurios para mis deseos
avasalladores de que me quisiera. Tuve en ese momento la fuerte
impresión de que haberme hecho hombre había cambiado para siempre
la alquimia en mi cabeza, sellando para el resto de mi vida los
circuitos característicos de mi mente masculina, y robándome toda
oportunidad de volver a comprender ninguno de los vericuetos del
comportamiento de ninguna mujer, aunque viviera mil años. Esa
corazonada fue lo único que pude leer en la sonrisa extraña y
desconcertante que Poli, la primera mujer que amé, tenía en la
cara al mirarme esa noche mientras Raúl cantaba nuestra canción.
Me hubiera gustado decir que me equivoqué, que me faltó la
experiencia de hombre más maduro, pero la verdad es que en todas
mis décadas de vida desde entonces jamás llegué a entender del
todo a ninguna de las mujeres que pasaron por mi vida.
Newton, Einstein, Darwin, y el resto de
las mentes masculinas más brillantes de la humanidad han podido
develar grandes misterios del universo, pero todavía no ha nacido el
hombre capaz de explicar qué quieren las mujeres, ni por qué, Yo acá sí pondría “pero” cuando uno ama cuando uno ama, un asunto tan “tan consecuente” me suena raro, “con tantas consecuencias”. consecuente puede llegar a importarle
tan poco.
Comentarios del capítulo
Comentando el capítulo, estuvo muy
bueno, pero me dio la impresión de que le faltó el final. Esa
reflexión de “cuando uno ama...” podrías hacerla mientras
meditás en el trayecto de vuelta a tu casa después del recital, o
algo por el estilo, es como que el capi se termina y los dejaste a
todos sentados en medio de un recital.
En realidad este comentario no es del capítulo sino de uno anterior, muy anterior: ¿No te llamaba la atención en su momento que los milicos estuvieran metidos dentro del Colegio? ¿Cómo fue, te lo tomaste como viniste hasta que se te iluminó la mente en un “pero éstos son milicos!”? Creo que estaría bien que introduzcas el tema de cómo caíste vos en su momento en que estabas metido en un colegio donde estaban metidos los milicos. Ya sé que ya lo hiciste, pero digo desde el punto de vista de cómo le fueron llegando los datos a tu mente hasta el momento en que lo maduraste. El “momento de la maduración” creo que debería estar, y no pareciera que es el del corte de pelo (que tanto nombraste) ni la entrada el primer día de clases (donde lo hacés parecer de nuevo) sino que te van llegando los datos hasta un momento muy posterior, después al menos del primer día de clases, en algún momento en que extrapolás que así van a ser tus siguientes 5 años de vida, ahí recién tenés los datos para saber dónde te metiste, el “universo gris y azul de silencio y pelo recortado y fila recta”, el momento en que sabés cómo va a ser cada minuto de clase.
En realidad este comentario no es del capítulo sino de uno anterior, muy anterior: ¿No te llamaba la atención en su momento que los milicos estuvieran metidos dentro del Colegio? ¿Cómo fue, te lo tomaste como viniste hasta que se te iluminó la mente en un “pero éstos son milicos!”? Creo que estaría bien que introduzcas el tema de cómo caíste vos en su momento en que estabas metido en un colegio donde estaban metidos los milicos. Ya sé que ya lo hiciste, pero digo desde el punto de vista de cómo le fueron llegando los datos a tu mente hasta el momento en que lo maduraste. El “momento de la maduración” creo que debería estar, y no pareciera que es el del corte de pelo (que tanto nombraste) ni la entrada el primer día de clases (donde lo hacés parecer de nuevo) sino que te van llegando los datos hasta un momento muy posterior, después al menos del primer día de clases, en algún momento en que extrapolás que así van a ser tus siguientes 5 años de vida, ahí recién tenés los datos para saber dónde te metiste, el “universo gris y azul de silencio y pelo recortado y fila recta”, el momento en que sabés cómo va a ser cada minuto de clase.

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