miércoles, 29 de julio de 2015

ADS 2-2 Aurora comentarios al 01-02-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión: comentarios de Romina y respuestas de ¿Diego? al 01-02-2014, y siguen las versiones anteriores hasta el 26-01-2014


2-2


Aurora



El primer amigo que me hice Edit: sigo opinando que es súper ñoño. La primer línea le tiene que interesar al lector, no a tus amigos. Me parece súper ñoño empezarlo así, creo que no es necesario decir que fue el primer amigo que te hiciste en el colegio, al menos no en esa línea. Podés empezarlo diciendo “en mi clase había un tal Martín Kohan, tocayo del de la décima que escribió...” en el colegio fue Martín Kohan, pero no el que escribió la premiada novela “Ciencias Morales”, en las que compañeros de la décima división, que hoy cuento ente mis hermanos del aula, son protagonistas de una historia de transgresiones y obsesión, ficticia pero suficientemente retorcida como para ser muy representativa de nuestros años negros. Los de la doceava teníamos otro Martín Kohan, que ocupaba el banco de al lado mío, cuya habilidad principal no eran las letras sino los deportes, a los que jugaba bien a todos, pero particularmente aquellos de pelota que requieren coordinación del ojo con la mano o el pie, a los que nadie lo superaba. Ahora que leí y vuelvo, pienso que deberías especificar en algún momento de este párrafo que era tu compañero de banco y todavía no habías tenido tiempo de relacionarte con los demás, que se sienta que las primeras semanas eran vos y él solos, porque en este momento es como que no sentís eso de que estabas solo – después solo con Martín – después el grupete 

Martín era de estatura media pero tan macizo y duro que nadie en el colegio jamás se atrevió a patotearlo ni a mirarlo mal Ni a mirarlo feo, se dice. . Nunca necesitó pelearse para ganarse su reputación de duro, porque advertía a los que se le ponían compadritos asestándoles una sola piña sobre el bíceps, lo cual era suficiente para dejar a cualquiera con el brazo incapacitado colgando como un pedazo de carne en el gancho de una carnicería, o O bien con una de... una de sus ‘paralíticas’ Floja la sintaxis, yo pondría “que constaba de un golpe certero de la rodilla...” con la rodilla sobre el muslo, lo cual era suficiente para derribar a cualquier Goliat. Pero a pesar de que Martín tenía la constitución física, la potencia y las mandíbulas de un campeón Pit Bull, su naturaleza era más bien juguetona como la de un cachorrito dálmata, porque era un pibe tan fiel como jodón, que nunca estaba de mal humor y siempre estaba a la búsqueda de la próxima aventura. Esas primeras tardes en los claustros, sin embargo, no le dieron demasiadas oportunidades para dedicarse a su pasatiempo favorito - hacer macanas - pero sí bastantes de hacer el único ejercicio que no le gustaba y para el que no tenía ninguna habilidad: quedarse en el molde. Cuando ya no aguantaba el silencio de las interminables horas de cátedra en su banco me tiraba de la manga del saco, me miraba con cejas altas y ojos abiertos de león enjaulado, que me parecían decir lo que la canción de Chico Novarro:

"Caímos en la selva, hermano.
¡Y mira en qué piadosas manos!" No lo entendí, ¿no daba más del aburrimiento? 


Pero Ese “pero” no tiene mucho sentido, no se siente concatenado con el aburrimiento o lo que sea de arriba, más bien yo repetiría para empezar la oración: “El enjaulamiento de nuestras primeras semanas pronto se vio superado con la banda...” pronto formamos una banda con que hacerle frente al miedo, la monotonía y el espanto de aquellas primeras épocas en el Colegio, entre los cuales contábamos a compañeros como "Shuki" Shukman, Javier Gómez y Gustavito Glusz. En aquella época nos tratábamos todos por el apellido, y tal Creo que es más bien “tanta fue la costumbre” fue la costumbre que no recuerdo hasta hoy el nombre de pila de Shuki, porque le quedó ese apodo desde el principio y nunca hicimos la transición como con el resto una vez que entramos en confianza, porque le quedaba bien el apodo. Era un pibe (¡perdoname, Shuki!) un poquitín afeminado y con tanta pinta de nene, que a pesar de que lo queríamos mucho lo atormentábamos con la crueldad miope de la adolescencia, cargándolo cada vez que su vocecita de castrato desentonaba con los previos bajos, barítonos y tenores marcando el “¡presente!” durante la diaria toma de asistencia. La diaria largada de risotadas y mofas era una rutina de la que no nos cansábamos nunca, sin importar cuántas veces se repitiera. Shuki se ponía colorado de vergüenza, pero lo sobrellevaba con estoicismo y buen humor por sospechar que, de alguna manera oblicua, era un gesto cariñoso.

Javier Gómez, Sabés qué me gustaría? El banco en que se sentaba en el aula. En serio, no sé por qué, para hacerme un esquema visual de dónde ubicar a cada nombre. Hoy me siento cinematográfica. en contraste, era atleta de Gimnasia y Esgrima, flexible y duro como un tiento. Era mi ángel de la guarda para todas las ciencias exactas en las que no me solía ir nada bien, porque tenía una paciencia de elefante para explicarme las fórmulas matemáticas y los misterios insondables de la física, además de ser gaucho para hacerse a un lado disimuladamente cuando la fuerza mayor de una prueba sorpresa o alguna otra eventualidad nefasta me forzaba a copiarme de él con tanto descaro como sigilo, aunque, al contrario de mi “amigo” del examen, sin jamás comprometerlo en mis transgresiones.

Gustavito Glusz, a quien llamábamos Gluchi, tenía un cierto parecido a un joven Woody Allen pero sin pelada ni anteojos (¡aunque apuesto que hoy tiene las dos!) y era un pibe muy culto e inteligente aunque bastante tímido. Le costaba relacionarse con gente que no conocía, y cuanto más incómodo se sentía, más le temblaba el pulso y más tartamudeaba al hablar. ¿Y? Por eso te hiciste amigo, porque era tímido? Es como que faltó una explicación acá. 


A pesar de que me cuesta hacer diferencias entre los amigos de la adolescencia cuya devoción me dura hasta hoy, debo reservar un lugar especial para dos personajes que quedan de sujetalibros Yo pondría de sujetalibros “en” el estante. Mucho no entendí la metáfora, sujetalibros? del estante donde el resto acumulamos polvo y amonestaciones. El primero de ellos es Daniel Alhadeff, alias Calvin Klein, con quien tuve una amistad de primero entre iguales “una amistad de primero entre iguales” me temo que no es castellano. ¿Qué quisiste decir? , que pronto se convirtió en mi mejor amigo, uno de los más queridos que tengo en la vida y con el cual nos une un lazo de hermandad de más de treinta años. Fuimos inseparables desde algún momento del primer año hasta el fin de la secundaria, además de cursar juntos el Ciclo Básico Común, el año preparatorio que reemplazó el examen de ingreso a la Universidad de Buenos Aires cuando nosotros ya estábamos a punto de terminar la secundaria, y seguir en infrecuente pero estrecho contacto desde entonces. Ya de pibe, Daniel las tenía todas para triunfar en la vida: a los catorce ya medía un metro ochenta y parecía de más de dieciocho años de edad, además de tener un buen físico y ser buenmozo hasta el reproche, de facciones tan simétricas que le permitieron suplementar su ocupación normal con una lucrativa carrera de modelo que comenzó a los 14 A los 14 tan chiquito? años con Calvin Klein (quien desde ese momento le cedió el “trademark” para su apodo) y que sigue firme hasta hoy, que estamos todos cuarentones. Encima de sus atributos físicos, Calvin Klein tenía una suprema confianza en sí mismo que le permitía desenvolverse en cualquier situación, y lo hacía tremendamente carismático y atractivo con las chicas y hasta con las mujeres mayores que lo adoraban, porque lo lindo no lo volvía ningún gil; al contrario, era extremadamente rápido para la actividad mental, y se sacaba notas por lo menos dos puntos más altas que las mías, que estaban ya para entonces cómodamente instaladas en el promedio necesario para aprobar con el mínimo esfuerzo. Calvin Klein podía resolver con la misma facilidad y fluidez ecuaciones, traducciones, y conflictos por sostener relaciones románticas con cinco novias al mismo tiempo sin que más de dos lo supieran (o les importara), además de ganarse un lugar respetado y afectuoso entre los muchachos de nuestro grupo. Para probar que nadie es perfecto, sin embargo, tenía una pequeña debilidad en los deportes, no porque le fuera mal (de hecho era un muy buen pilar de rugby además de ganarme la mayoría de los partidos de tenis que jugamos), sino porque tenía pies severamente planos que le imposibilitaban ser excelente en eso también. ¡Menos mal, porque si no, en vez de quererlo tanto, lo hubiera tenido que odiar!

Y finalmente estaba Gustavo Stirparo, alias el "Tripas", flaco y con demasiada cara de sinvergüenza hasta el día de hoy, que era un virtuoso del fútbol, deporte en el que complementaba una habilidad innata de dioses con la picardía de su naturaleza traviesa hasta las fronteras de la Maldad, de la Grosería, y la Alevosía, todos países extranjeros pero limítrofes a nuestro pequeño mundo, los cuales habían dado al Tripas un pasaporte diplomático y cuyas fronteras cruzaba frecuentemente y con la inmunidad de un cónsul. Stirparo no tenía la más mínima consideración por nada ni nadie excepto la pelota de fútbol, las rayas de la cancha y Vélez Sarsfield, que eran las únicas cosas a las que tenía y por las que demandaba respeto sacrosanto. Era el que hacía correr los rumores más perversos pero cómicos, como que Shuki le había chupado la Epa, decí la p... pija por cinco palos, , “rumor” que Shuki... que Shuki perpetuó por años en su afán de desmentirlo. Siempre ofendía a cualquiera a quemarropa, como cuando le dijo al hermano de Calvin Klein, cuya hija estaba de tres meses y apenas abría los ojos, que había pasado de ser un usuario a ser un proveedor. Y todavía me río de su manera de mirar televisión cuando lo iba a visitar a su departamento de la calle Ayacucho, que consistía en usar el control remoto para atormentar a los vecinos de enfrente cambiándoles el canal, apagándoles la televisión, subiéndoles y bajándoles el volumen hasta que le pegaban manotazos de furia intentando arreglar el aparato de un golpe. Cuando, frustrados, apagaban la televisión e intentaban una siestita, el Tripas, paciente para la maldad, esperaba que se encontraran en el umbral del sueño y se las volvía a prender, con el volumen al máximo, y por la ventana a oscuras los veíamos saltar del susto y nos reíamos hasta caernos al piso. Es representativo del fenómeno único de contrastes heterodoxos que es la personalidad del Tripas, que no fue a ninguna academia para el examen de ingreso al Buenos Aires, igual se sacó uno de los mejores puntajes del año, pero eligió ir al turno tarde igual, para no tener que madrugar.

Estas personalidades que hoy conozco y aprecio en tanto detalle empezaron a delinearse de la masa amorfa que éramos en esos primeros días de encierro y petrificación en los claustros. Las pocas interacciones que nos permitían las largas horas de tedio, terror y silencio  Ves lo que te decía, en ningún momento anterior especificaste que te amistaste con ellos en largas horas de tedio, terror y no sé qué, por eso pienso que un párrafo de entrar al cole lo contextualizaría en nuestros bancos empezaban a distinguir las señas particulares de cada uno como sobresalen las formas del bloque de mármol que las aprisiona en las estatuas inacabadas me Miguel Ángel. Las amistades eran, por el momento, asignaturas pendientes, pero comenzaba la familiarización, la solidaridad y la hermandad en el espanto de esos primeros días en los claustros, largos como inviernos polares (¡e igual de solitarios!), en los que nos sometían a una interminable puerta giratoria de visitas de clérigos de una orden de monjes perversos, cuyos caprichos debíamos atender con disposición dócil, dirigiéndoles la palabra en todo momento bajo su título de "señores profesores", y que nos obligaban bajo pena de excomunicación a repetir un rosario incomprensible de conjuros en “Idioma Nacional”1, Francés y Latín, o nos adoctrinaban en la cábala oculta de las Matemáticas, o demostraban la utilidad de la Música para calmar a las fieras (porque así éramos tratados), y de la Plástica para distinguir entre la belleza y la perfección de todo lo que nos ponían enfrente como modelo y la despreciable imperfección de nuestra producción artística; y cuándo no, nos proveían una letanía de contraejemplos de la Historia para prevenirnos a no repetir la locura de quijotes de antaño con más peto y espaldar que nosotros, que cometieron la alevosa osadía de intentar cambiar el orden del mundo, pero la imperdonable estupidez de fracasar.

Las autoridades del Colegio fomentaban la infame atrición que diezma hasta hoy las huestes estudiantiles como si fuera una medalla de honor. En 1980 ingresamos al primer año doce divisiones de treinta y cinco alumnos, pero egresaron sólo cuatro divisiones de veinte alumnos de sexto año. Los profesores eran los sicarios encargados de mantener esta prodigiosa tasa de mortalidad estudiantil, y se ganaban el pan de cada día compitiendo por abastecer la cuota de alumnos que no podían seguir el ritmo feroz del tren de estudio, empujándolos a bajarse en alguna estación. Nos acechaban como hienas en la sabana, siguiendo con ojo aparentemente desinteresado la manada que se esmeraba por mantenerse toda junta, informe, mientras oteaban el horizonte buscando algún punto débil en la formación gris azul, alguna cabeza fuera de lugar que era generalmente la señal delatora del que no entendía la lección, y cuando no la encontraban, husmeando el aire para oler el miedo del incauto que no había estudiado o hecho los deberes. Seguían con ojo aparentemente desinteresado la manada que se esmeraba por mantenerse toda junta, informe. Como zorros viejos y astutos que eran aislaban a su presa con paciencia, sin malgastar energías en persecuciones inútiles, hasta separar al incauto, al desprevenido y al indefenso para cobrarlos de víctimas ensartándolos con un uno, nota que era prácticamente imposible remontar antes de fin del año promediándolo con las otras para llegar al siete reglamentario y no “irse a diciembre”. Uno trataba de confundirse con el paisaje, de mimetizarse detrás de la espalda del compañero del banco de adelante, porque dejar un flanco expuesto o romper filas entre el camuflaje de azul marino, celeste y gris para ser de golpe un individuo identificable por apellido y nombre era un descuido fatal, que la parte del león de los profesores rara vez desaprovechaba e invariablemente terminaba en una llamada al frente a dar parte oral de imperfectos conocimientos de historia, pifiar una solución a ecuaciones cuadráticas, o intentar una lastimosa traducción de un párrafo indecifrable de Catilina en latín, mientras el resto invocábamos la plegaria de los desahuciados de Séneca, meciendo la cabeza como judíos frente al muro de los lamentos, rezando bajo el aliento: "non mortem timemus, sed cogitationem mortis; non mortem timemus, sed cogitationem mortis; non mortem timemus, sed cogitationem mortis." Si me tradujeras en una nota me encantaría 

1 Eufemismo patriótico para el castellano en aquella época



Y entonces quedaron nueve” intituló Agatha Christie una de sus novelas de misteriosos asesinatos, un buen lema con que recordar cómo desaparecían de nuestras filas los compañeros, amigos y hermanos del aula.

En aquellos primeros tiempos los profesores parecían tener personalidades de una severidad sorprendentemente uniforme, aunque más de uno sobresalía en su afán de aprovechar la impunidad que gozaban las autoridades para incorporar sus tendencias sádicas a los métodos de enseñanza.

Podría mencionar a la García de latín, mejor conocida entre el alumnado como “La Garcha”, apodo que describía muy bien su calidad humana, porque “porque se empecinaba...” no porque que se empecinaba se empecinaba en hacernos vocalizar una “U” cuando se leía claramente una “V” (como en el nombre de la esclava Flavia que nos hacía pronunciar "Flauia"), que Yo diría “lo cual” no hubiera sido “tan” problemático no hubiera sido muy problemático si no tildara de comunistas a aquéllos que leían la letra que no debían en un descuido, con todo lo que esta etiqueta podría conllevar dentro de aquellas paredes y en aquellas épocas, que Yo retomaría el sujeto después de la coma: “, situación que causó” causó tartamudeos incontrolables en más de uno. Ella se consideraba muy culta, pero era más bien propensa a entrar en callejones sin salida gramatical, como "la cultura europea es mucho más... mejor" y calles cortadas de lógica, como "el país estaba al borde del abismo pero con el Proceso conseguimos dar un paso al frente". Pero ¡guay! del que le discutiera, porque procesaba más ceros y unos por segundo que la supercomputadora "Deep Blue" de IBM, y a pesar de sus limitaciones de razonamiento lógico demostraba una profundidad de pensamiento estratégico para mandar a diciembre a los que eran de su desagrado digna de un gran maestro ajedrecista.

Otro que me viene a la memoria y las pesadillas Acá hay algo mal de sintaxis, “otro que me viene a la memoria y ya se encontraba en mis pesadillas de esos días” algo así de esos días es el Popolisio, de Historia, fiel modelo de un Coronel Urbano, abuelo Quisiste decir el Coronel, el tío de Isidoro Cañones? No es el abuelo de Isidoro Cañones (pero nonagenario), con sus bigotes tupidos y un ojo más grande que el otro que pedía a gritos un monóculo, que de no ser tan antipático le hubiéramos regalado para el día del maestro. Éste era un Cervantes de los discursos xenofóbicos e ignorantes, paradójicamente para alguien que se ganaba la vida impartiendo conocimientos de los logros de sociedades que existieron milenios antes de la fundación tartamuda de nuestra pequeña nación, como el celebrado "el inglés es un idioma inferior al castellano, porque en vez de decir bombero dicen 'fireman', o sea hombre-fuego, y con Te puse tilde en ésos, sustantivo, creo que ya no es necesaria pero sin la tilde lo veo taaan antiestético, qué antigua soy ésos ¿quién apaga un incendio?". El Popolisio era un gran estudioso de la historia, que profundizó sus prodigiosos conocimientos a lo largo de décadas de docencia (que algunos sospechábamos ya eran siglos), pero mientras que el anhelo de los otros discípulos de Heródoto era la búsqueda de una narrativa útil y objetiva con la cual explicar las causas principales de la evolución en los asuntos públicos de los hombres, el "Popo" había dedicado su vida a la confirmación científica de todos los prejuicios de su era, y era metódico sólo en su afán de ignorar evidencia contradictoria a sus falacias fóbicas, en montar un edificio de refutación a toda interpretación de la historia que no desemboque en su visión idealizada de una Argentina uniforme, católica y occidental como el punto culminante de la humanidad al que otras naciones del presente y el pasado sólo podían aspirar.

A Chiappella (también de historia De primero o segundo año? Aclará para que no quede como que estás hablando de los 5 años juntos ) por el otro lado, le gustaba atormentarnos con simulacros de ejecución, experimentos humanos y otras armas de la guerrilla psicológica, que emprendía con el entusiasmo, la afectación y el sadismo de un Mengele, montando su escena con sorprendente talento histriónico y usando un lenguaje cuya truculencia hubiera sido la envidia de Edgar Allan Poe. De vez en cuando, si necesitaba un tónico con que mejorar su mal humor, comenzaba la clase paseándose entre los bancos en un largo e intolerable silencio, enfocando su intensa mirada en la dirección de este o aquel alumno hasta que alguno delataba su miedo parpadeando, apartando la vista o derramando una gota de sudor frío, cuyo impacto sobre el suelo Chiappella escuchaba con sus oídos de búho, claro como las campanas de Notre Dame, para sellar el destino del incauto:

"¡Usted, contra el paredón!”, sentenciaba con una estocada de su dedo índice, “¡Al fusilamiento!” Quizás si comentás ahora que la primera vez que dijo eso pasaron al frente preguntándose en qué iba a consistir eso del fusilamiento, como para que quede claro que era literal y no una metáfora tuya 


El resto de la clase aguantaba la respiración, y se escuchaba sólo el tambor marcial de los tacos y las suelas de sus zapatos al andar, hasta que alguien perdía su batalla contra la asfixia y largaba una exhalación, que Chiappella detectaba como si fuera el viento de un huracán, y no el suspiro disimulado de un canario, se daba vuelta ciento ochenta grados si fuera necesario, para sentenciar con otra estocada de su dedo:

"¡Usted, contra el paredón! ¡Al fusilamiento!”

Hasta que juntaba cinco o seis víctimas en línea al borde de la misma tumba N.N. Ves, contra el paredón es literal pero obviamente no había una tumba al frente, por eso te decía que no está claro que lo decía literalmente

Quizás si a´ca ponés algo así como “al borde de lo que nosotros nos imaginábamos como la misma tumba...” o “en ese momento de turbación veíamos como la misma tumba...” algo así, especificando que era imagen de ustedes, no había tumba en realidad que yacía en el corredor entre la tarima de los profesores y nuestros bancos, lista para recibir los cadáveres que iban cayendo. Primero pasaba “revista”, controlando escrupulosamente el largo de los jumpers y las medias de las alumnas, que debían llegar exactamente a la base de la rodilla, y el pelo corto y la corbata de los varones, porque en el mundo de Chiappella los conocimientos más enciclopédicos y las interpretaciones más profundas de la historia eran invalidados por faldas cortas, cabellos desprolijos o corbatas que no tocaran el botón superior de la camisa. Cualquiera que se desviaba Cualquiera que se desviara de esa regla, diría yo. recibía un cero y se volvía a su banco, aunque en defensa de lo indefendible debo admitir que, por lo menos, se salvaba del siguiente tormento (el “fusilamiento” en Quisiste decir, lo que Chiapella llamaba el fusilamiento sí).

El arte de aterrorizar está en saber combinar la justa medida de miedo y humor, de acción y tensa calma, la yuxtaposición de rutina y arbitrariedad para mantener a la audiencia totalmente desprevenida de lo que sucederá en cualquier momento, y de no darle un minuto de respiro a la desconcertación. Chiappella era un maestro del suspenso, que podría haberle enseñado algunos trucos al mismísimo Alfred Hitchcock, cuyas películas más truculentas causaban en ¿Qué quisiste poner? “causaban menos terror” o “causaban en nosotros menos terror” menos terror que uno de sus fusilamientos. Mientras las víctimas estaban en línea sobre la tarima y él se paseaba de un lado de la sala a otro, no había ni una sola sien por la que no corriera una gota de sudor, ni una sola mano que no estuviera pegajosa, ni nadie entre las víctimas que no estuviera petrificado de miedo ni entre la audiencia que no estuviera angustiado o sintiera náuseas.

La marcha de Chiappella podía durar unos segundos o varios insoportables minutos, eso nunca se podía saber, pero siempre desembocaba en una brusca interrupción para disparar preguntas incontestables con su tono entre sorna, desprecio y amenaza:

  • ¿Cuánto calzaba San Martín, Creo que el apellido es espíndola con n, como lo pusiste después 
    • Espíndola?”

    • ¿Cómo, señor profesor?”

    • Ademas de ignorante ¿Es usted sordo, Espíndola?”

    Esto estaba como si estuvieran charlando con un guión, se lo saqué y se saqué la sangría El gallego bajaba la cabeza, sabiéndose en el peligro mortal de arenas movedizas.

    • No sé, señor profesor.”

    Chiapella paraba el pulgar, extendía el índice de la mano derecha, y se la ponía así constituida en gatillo contra el pecho, esperando que la mano izquierda dirigiera lentamente el caño de su fusil invisible hacia la gran cabeza del gallego Espíndola, que tiritaba de terror Por qué tiritaba de terror? Era todo muy ridículo , y cuando tenía el punto medio de su única ceja ininterrumpida en la mira de un ojo, mientras cerraba el otro para hacer puntería, apretaba el gatillo imaginario y le disparaba un salvo de balas de punta onomatopéyica:

    • ¡Bang, bang!... Cero, Espíndola. Cero por cobarde y cero por bruto. ¿Promedio?: ¡Cero!”

    Y el pobre galleguito se tragaba lágrimas de terror y desesperación Terror por quedarse libre, aclararía yo, .

    Chiappella disfrutaba mucho más, sin embargo, cuando involucraba compañeros judíos o  Coreanos u orientales? coreanos en su diversión, porque a pesar que le gustaba ejercitar su sadismo sobre todas las razas, sexos y religiones, nada le divertía más que interyectar chascarrillos o comentarios antisemitas, pronunciar mal a propósito apellidos que no fueran de “cristianos”, o confundir a los coreanos adrede con chinos.

    • ¿Cuánto calzaba San Martín, Shuk-man?”, le preguntaba a Shuki, escabullendo una pausa inexistente entre las dos sílabas de su nombre, que de alguna manera le daba así una calidad despreciable, como si fuera demasiado desagradable para pronunciarlo de un solo tirón.

    • ¡Treinta y ocho, señor profesor!”, contestaba Shuki, decidiendo que una intentona de ahogado le daba alguna posibilidad marginal de esquivar la bala que Espíndola se comió por tímido.

    • ¿Treinta y ocho, Shukman? ¿Qué se cree, que el Santo Varón de los Andes era mariposón como usted? ¡Bang, bang! Cero, mi amigo… Cero por atrevido y cero por hebreo apátrida. ¿Promedio?: ¡Cero!” Pero qué probabilidad de llevársela había con esto, no termino de cachar 

 Cuántas veces hizo lo del paredón?  Otras veces llamaba alumnos al frente de dos en dos, a jugar un juego cuya simpleza encubría una sofisticación tan perversa que hubiera maravillado al mismísimo von Neumann. Las reglas estipulaban que un alumno debía hacer las preguntas y el otro responderlas. Entonces Chiapella repartía sus notas binarias, al igual que la Garcha, sólo que en su caso eran ceros o dieces en lugar de los ceros y unos de aquélla. Si la pregunta era fácil, el que preguntaba se ligaba un cero y el que respondía bien un diez, si la pregunta era difícil, el preguntador podía sacarse un diez, pero el resultado dependía de la certeza de la respuesta del otro. Si el que contestaba no la sabía, éste se sacaba un cero y el preguntador recibía su diez, claro está, pero si la sabía la cosa se complicaba, porque en el juego fratricida de Chiappella no había lugar para los finales felices donde todos se llevaban un diez. Para Chiapella el aula era un escenario de competición darwiniana en el que perdedores se quedaban sin nada y ganadores se llevaban todo, y él se divertía a cuesta de ver hermanos comerse los ojos de hermanos para sobrevivir una clase más. En caso de empate el juego continuaba con una pregunta de revancha, y así se iba al mejor de tres, o de cinco, hasta que alguien perdía y alguien ganaba, y los dos “jugadores” volvían a sus bancos exhaustos por el pico de nervios y pánico, mientras que el resto de la clase nos sentíamos morbosos, sucios y culpables por el espectáculo que acabábamos de presenciar.

A mí, gracias a Dios, nunca me llamó al frente, tal vez porque me habrá confundido con alemán, pero eso no lo frenó de ponerme un seis en el boletín bimestre tras bimestre, que por suerte conseguí promediar con una buena nota en la única prueba escrita que tomó en todo el año, y esquivé llevármela a diciembre por un pelo.

Chiappella era, tal vez, de los más sádicos y algunos eran menos desagradables que otros, pero pocos dejaban escabullir entre sus garras más víctimas que las que cobraban. En las horas de clase, entonces, cada uno velaba por sí mismo, y era universalmente aceptado que no había otra alternativa que seguir la marcha, pisando sobre las cabezas de los caídos, la culpa propia y la lástima ajena sirviendo sólo para hacernos más unidos en el espanto, páginas encuadernadas entre las tapas duras del mismo mamotreto, hermanos en el horror de esos años de construcción de nuestro carácter moral y formación de nuestras personalidades adultas.

Es irónico que hoy nos referimos a los compañeros de entonces como "hermanos del aula", porque había entonces tan pocas oportunidades de fraternizar en ese barco negrero, y los lazos de hermandad que nos unieron se solidificaron fuera de ella, cuando nos largaban a pastar en la informalidad controlada de los recreos, en los cuchicheos del ambiente acogedor de la biblioteca, en el barullo chúcaro de los bares de la zona aledaña al colegio donde estudiábamos a contra turno y en el Campo de Deportes donde hacíamos ejercicio; en fin, en cualquier lugar menos en el aula, donde mandaba un Club Jacobino de una docena de Robespierres estériles de ternura, cuyo poder era más absoluto que el de monarcas, cuya único cariño y cuidado estaba reservado para la guillotina y sus instrumentos de tortura, y en cuyo reino del terror todo elemento estudiantil era enemigo de la República.

En el campo de batalla del aula había una aceptación tácita: que el misericordioso timbre del recreo siempre sorprendería al profesor escarbándose los dientes con el peroné o la clavícula de algún pobre desgraciado, y ya que no había más alternativa que continuar alimentando a la bestia, no había ni gloria ni vergüenza en hacer cualquier contorsión para no servir de carnero sacrificial, ni en bajar la cabeza y esquivar la guadaña para cantar una Aurora más al cierre de otro día.

La Aurora llegaba con la certeza y la regularidad de la oscuridad nocturna al final del último timbrazo de la tarde, cuando había que ponerse de pie al lado del banco y fingir un aire solemne a tono con la fanfarria deforme del altoparlante, y ni los espectros de los cien alumnos desaparecidos estaban exentos de entonar sus estrofas, que el Me hubiera gustado que en algún momento hagas irse al profesor y entrar al preceptor preceptor supervisaba con el aire perfeccionista de un director de orquesta, y que esperaba (¡Ney! demandaba) que cantáramos sin equivocar ninguna palabra o desentonar demasiado, en un neutro volumen mezzo piano, que vigilaba celosamente entre el mar de bocas con ojo entrecerrado y oído agudo, para asegurarse de que no hubiera ningún Pavarotti insolente que intentara el sacrilegio de faltarle el respeto a la bandera entonando un fortissimo, ni ningún atorrante que se las diera de Marcel Marceau moviendo la boca pero cantando en silencio, ambos crímenes no excarcelables de una visita a donar un litro de sangre frente al tribunal de la Prefectura. La bendita Aurora, que querría olvidar pero no puedo, decía más o menos así:

Alta en el cielo,
Un águila guerrera
Audaz se eleva
En vuelo triunfal.
Azul un ala
Del color del cielo,
Azul un ala
Del color del mar.”

Cantábamos la Aurora todos los días en honor de la bandera creada por el General Belgrano, ex alumno del Colegio, cuya inspiración fueron los colores de un firmamento que no teníamos muchas oportunidades de ver en nuestro encierro. Nunca tuve la oportunidad de ver dónde arriaban Dónde izaban la bandera, se dice. Arriaban suena a traductor... la bandera, porque mis notas no meritaron el dudoso honor de abanderado que era la marca del traga y el suicidio social, pero que otorgaba una temporaria oportunidad de escapar del claustro y ver el cielo de Belgrano un rato antes de que oscurezca. Cantábamos mecánicamente, sin prestar demasiada atención, desconociendo que la letra bizarra y barroca es una mala traducción al español de la principal aria de una ópera compuesta por encargo en italiano antes de convertirse en canción nacional. Nadie se sorprenda de que no me enteré sino hasta muchos años después, repitiendo en mi cabeza la letra de esta Yo diría “de esta en el recuerdo deprimente” deprimente canción, llena de bemoles e imágenes de soledad de las que ya tenía superávit en mi propia existencia diaria, que había cometido un error cognitivo de niño que se perpetuó a fuerza de repetición, y que consistía en creer que "azul unala" era un color, como azul marino o azul eléctrico, y no que eran una a una las alas del águila guerrera que eran azules, y canté "azul unala" en vez de "azul un ala" los seis años de secundaria. Me imaginé la frustración que le hubiera causado al preceptor si supiera que existía ese error en mi interpretación, pero que era indetectable e incorregible, y me dio pena haberme perdido la oportunidad de causarle un poquito más de su furia dispéptica sin tener que sufrir las acostumbradas consecuencias disciplinarias.

Y al final del día, cuando ya había caído la oscuridad de la tarde y la ciudad hacía su transición al turno noche, nos daban una tregua y uno podía volver a su casa. Yo compartía el viaje con Kohan Quién era kohan, decí kohan el musculoso o algo así, como para que uno ubique más rápido (a esta altura los únicos a los que ubicás con fluidez son Shuki y Calvin, cómo olvidar a Calvin) y Calvin Klein en el subte de la Línea D, en silencio contemplativo, o a lo sumo hablando bajito, porque el recorrido de unas ocho o diez estaciones era una bisagra de transición entre el confinamiento del fuego y azufre de los claustros verdes, al calor humano de nuestros hogares. No sé si la aclaración de que era la transición es necesaria, yo dejaría el suspenso del cálido hogar para el final, para el efecto de la última línea. Más bien si querés aclarar yo diría “todavía estábamos desembarazándonos de las horas de confinamiento...” algo así, pero sin mencionar lo que te espera al final del viaje Era una parte muy importante de nuestra rutina, una lenta descompresión subterránea como la que hacen los buzos antes de volver a la superficie, para que no se nos hicieran burbujas en la sangre por la diferencia abismal de presiones entre un ambiente y el otro. De nuevo yo esta aclaración no la haría para no quitar efecto a la última línea, yo quitaría toda esta oraciónHabía que sepultar las injusticias que nos habían infligido ese día, y dejar bajo tierra los sentimientos de culpa por prepotencias que no habíamos hecho nada para Idem anterior (y ya es la tercera, como que se pone aburrido, ya leí todo el capítulo de lo que viviste, no me lo repitas que ya uno lo tiene en la cabeza bastante) invitar. Hacíamos el viaje evitando las miradas de los pasajeros que no vestían de azul y gris, porque ellos no debían conocer nuestro secreto. No entendí lo que sentían. Después lo explicás, pero yo quitaría “porque ellos no debían conocer nuestro secreto”, porque creo que no es eso De haber hecho contacto visual con alguno antes de tener un respiro tal vez nos hubiéramos largado a llorar, y les hubiéramos confesado desconsolados que alguno había caído víctima de uno de los fusilamientos de Chiappella, y estábamos todos traumatizados de por vida. No sabría decir qué hubiera sido más aterrador: que nos creyeran o que no nos creyeran, y por eso mirábamos al piso y evitábamos el contacto visual, sin confesarle los horrores del claustro a nadie, ni siquiera a nuestros viejos, porque en esa época si había que sufrir rigores se los sufría sin chistar y nadie se atrevía a quejarse de nada. Con cada estación parecía debilitarse el campo de fuerza que pegaba los pies al piso. Subir por las escaleras del subte, encontrarse a una señora parando en un kiosco a comprar cigarrillos, ver los bares llenos de gente tomando un café con amigos, pispear las vidrieras de negocios llenos, Quisiste decir “ver” pasar gente pasar gente yendo y viniendo por la vereda, todas estas cosas de la vida normal del resto de los porteños le daban un aire surreal a los acontecimientos del día. Para cuando llegábamos a nuestras casas ya parecía mentira que hubieran sucedido, y nos volvíamos a sentir personas normales. ¿Sabés qué? Me vas a matar, pero tiene mucho menos efecto que en la primera versión, cuya velocidad de explicación fue la clave: “Con cada estación parecía debilitarse el campo de fuerza que pegaba los pies al piso y, para cuando llegaba a mi casa, ya me sentía de nuevo una persona normal. “ Quizás si dejás al menos como última línea “para cuando llegaba a mi casa, ya me sentía de nuevo una persona normal. “ que me gustó mucho. 

COMENTARIOS

Ahora sí, no se siente pegado con plasticola. Fijate de hacer entrar al preceptor en algún momento y me sigue pareciendo ñoño empezar la primer línea diciendo “el primer amigo que me hice...”, empezalo con él si querés pero no con “el primer amigo que me hice”, en serio, esa línea hace que el capítulo le interese solamente a tus amigos. Fijate, plís. Plís. Je. Y no te insisto más con ese tema.

Respuestas

1. El capitulo anterior termina diciendo "cuanto me hubiera ayudado saber que alrededor se encontraban las caras, todavia irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín (que serian mis hermanos del aula)..."Este capitulo abre con quienes eran esas caras.  Son personajes que tendran un lugar en la historia.   

Ya lo releí, lo tenía olvidado. Es verdad que termina bastante redondito. Fijate, para que lo pienses, te propongo otra cosa. Finalizás el capítulo anterior como hasta ahora, y agregás un párrafo apartte con dos líneas que digan algo así como “Aún hoy en el recuerdo me parece estar viéndolos como en ese entonces, Martín Kohan, el de deporte no sé qué, el otro Fulano, inseparable de su no sé cuánto, y el guapo Mengano (nota al margen: no me mandaste fotos), que con las chicas bla bla bla, a quienes imprimí en mi recuerdo para siempre con las vivencias subsiguientes”. Ponele, puse lo primero que me salió, no te digo que lo escribas así sino más o menos ese contenido, enfatizando como último concepto del capítulo y dejando picando de lo que uno espera que tratará el siguiente capítulo, acerca de “esas vivencias subsiguientes”. Así “liberás” esa concatenación con este capítulo, y a éste le das una estructura de entrar al cole- dentro del cole -salir del cole y vuelta a la normalidad. Eso le daría un tremendo efecto a la última línea de este capítulo, la línea en que llegás a tu casa. ¿Qué te parece? El capítulo 2-1 por otro lado no terminaría tan redondo sino con un pie para leer el siguiente, lo cual no estaría mal en un capi que no sea el capi final de la sección 2, aunque quitaría efecto de “capítulo finalizado”. Pensalo tranquilo, otra opción sería poner ese parrafito como introducción del 2-2, y después de eso hacer la estructura entrar-adentro-salir, aunque me gusta menos que la opción anterior. Esto es porque estoy especialmente interesada en el efecto de que el Cole era un mundo aparte, “no-normal”, y creo que es acá donde se tiene que sentir.

2. Tambien en el capitulo anterior hablo de arrancar derrotas y batir retiradas ante la arbitrariedad, etc. En este capítulo hablo en general de como nos torturaban de miedo los profesores, y en particular doy algunos ejemplos (el paredon y los experimentos humanos de Chiapella).

Ahora está bastante mejor. Quizás si describís un poco más la sorpresa del momento, al escuchar la pregunta. Yo no tengo tus recuerdos pero te puedo dar como ejemplo uno mío: Después de haber estudiado para marzo las 8 bolillas con los 54 subtemas de Geografía de América y Antártida, en que los subtemas constaban de (comentarios sobre la profundidad de la materia: relación entre la morfología de los ríos y el relieve en el que se encontraban y la deducción de su utilidad para el humano en cada caso, la historia del crecimiento poblacional de la América actual y cómo explica su geografía política y económica, etc), el tipo me hace pasar al frente para preguntarme “Cuál es el pico más alto del macizo de Brasilia”, a lo que yo lo miré con cara de “en serio me está preguntando eso” y él con su cara de piedra, yo aguantando la actitud insolente le contesto “no sé”, entonces como segunda pregunta de las 54 subbolillas de la materia me pregunta “cuál es el pico más alto del macizo de Guayana”. Si te cuento todo eso, vas a entender la actitud del profe, sin que yo tenga que decírtelo ni hablarte de sudor ni de terror. El caso es real, por cierto (desaprobé en ese momento). Cuando Chiapella los hace pasar al frente, preguntando por el calzado, es como que te faltan explicaciones: de qué constaba la materia en realidad y en qué profundidad, tu reacción QUE te tuviste que aguantar, la actitud del profe siguiendo la clase como si te hubiera hecho una pregunta perfectamente válida, y cómo te sacaste un cero estrepitoso.


3. Todos teniamos cara de pendejos y ninguno era tan macho.  ¡Shuki era muy afeminado!  Cualquier otra cosa no seria mas maduro, sino que seria mentir en el altar de la cosa politicamente correcta, algo que mi religion (la irreverencia) me impide hacer.  Luego va a madurar, pero todavia falta. ¿Me aceptás lo que te dijo, o te quedan resquemores?

Ya, ahora lo entendí mejor.


4. En el ingreso yo habia estudiado, por eso no necesite copiarme.  En la escuela ya era otra cosa.  Yo al pibe del ingreso no lo conocia bien, no eramos amigos.  Con el Vierja Gomez eramos hermanos.  Era una ayudita y yo nunca lo hubiera puesto en peligro a el.  Es distinto.


Sí, con tu aclaración de ahora se entiende mejor.

5. Si me hiciste el comentario acerca de hacerme el payaso por el capítulo de la Pemberton, no era tan así.  ¡En esa época no había manera de hacerse el payaso! La Pemberton de Gallo era una de las poquísmas excepciones de profesores que no te hubieran amonestado por insolente.

Quizás si contás dos anécdotas minúsculas de esas que casi no califican como algo que valga la pena contar, acerca de que no volaba una mosca ni para el más insolente. Por ejemplo “(el fulano más insolente) se inclinó sobre una pierna sonriendo y la preceptora lo fulminó de forma que volvió a su posición...” dos cositas así, vos sabés cómo fue, relacionadas con el preceptor mejor, que casi no lo nombraste.


6. El capitulo quiere describir la rutina diaria de clases en esos primeros dos años de colegio.  Creo que de ahí viene la mezcla de el dia y el paso de los años que dio la impresion de haber estado pegada con plasticola.  A ver si ahora quedó mejor.


7.  La aurora me gustaría dejarla intacta.  Te explico porqué.  Mucha gente conoce y se acuerda muy bien de la cancion (en el turno tarde se cantaba al final del dia).  El tema de confundirse la letra es universal.  Hay varios articulos de diario al respecto, y tuve mil comentarios de gente que confundía otra parte de la letra, que no está en buen castellano porque fue escrita en italiano.  No es un verso muy largo que pueda molestar a los que no la conocen, y podriamos poner una notita con todos los detalles curiosos de esta cancion al final.

Bueeeeno.


8. Jajaja, me gustó mucho lo de arácnido en tu pelo.
 
 
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Versión: comentarios Romina al 29-01-2014



  1. El capitulo anterior termina diciendo "cuanto me hubiera ayudado saber que alrededor se encontraban las caras, todavia irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín (que serian mis hermanos del aula)..."Este capitulo abre con quienes eran esas caras.  Son personajes que tendran un lugar en la historia.   

Entonces te propongo otra cosa. Fijate. Finalizás el capítulo anterior como hasta ahora, y agregás dos líneas que digan algo así como “Aún hoy en el recuerdo me parece estar viéndolos como en ese entonces, Martín Kohan, el de deporte no sé qué, el otro Fulano, inseparable de su no sé cuánto, y el guapo Mengano (nota al margen: no me mandaste fotos), que con las chicas bla bla bla, a quienes imprimí en mi recuerdo para siempre con las vivencias subsiguientes”. Ponele, puse lo primero que me salió, no te digo que lo escribas así sino más o menos ese contenido, enfatizando como último concepto del capítulo y dejando picando de lo que uno espera que tratará el siguiente capítulo, acerca de “esas vivencias subsiguientes”. Así “liberás” esa concatenación con este capítulo, y a éste le das una estructura de entrar al cole- dentro del cole -salir del cole y vuelta a la normalidad. Eso le daría un tremendo efecto a la última línea, la línea en que llegás a tu casa. ¿Qué te parece? Pensalo tranquilo.

2. Tambien en el capitulo anterior hablo de arrancar derrotas y batir retiradas ante la arbitrariedad, etc. En este capítulo hablo en general de como nos torturaban de miedo los profesores, y en particular doy algunos ejemplos (el paredon y los experimentos humanos de Chiapella).

No se capta especialmente. “arrancar derrotas y batir retiradas” no suena a nada salvo que lo comentes post-vivencia. Quizás si describís el hecho de que los pasaban por encima, específicamente. Yo no tengo tus recuerdos pero te puedo dar como ejemplo uno mío: Después de haber estudiado para marzo las 8 bolillas con los 54 subtemas de Geografía de América y Antártida, en que los subtemas constaban de (comentarios sobre la profundidad de la materia: relación entre la morfología de los ríos y el relieve en el que se encontraban y la deducción de su utilidad para el humano en cada caso, la historia del crecimiento poblacional de la América actual y cómo explica su geografía política y económica, etc), el tipo me hace pasar al frente para preguntarme “Cuál es el pico más alto del macizo de Brasilia”, a lo que yo lo miré con cara de “en serio me está preguntando eso” y él con su cara de piedra, yo aguantando la actitud insolente le contesto “no sé”, entonces como segunda pregunta de las 54 subbolillas de la materia me pregunta “cuál es el pico más alto del macizo de Guayana”. Si te cuento todo eso, vas a entender la actitud del profe, sin que yo tenga que decírtelo. El caso es real, por cierto (desaprobé en ese momento). Cuando Chiapella los hace pasar al frente, preguntando por el calzado, realmente uno no siente la vivencia, te faltan explicaciones: de qué constaba la materia en realidad y en qué profundidad, tu reacción QUE te tuviste que aguantar, la actitud del profe siguiendo la clase como si te hubiera hecho una pregunta perfectamente válida, y cómo te sacaste un uno estrepitoso.


3. Todos teniamos cara de pendejos y ninguno era tan macho.  ¡Shuki era muy afeminado!  Cualquier otra cosa no seria mas maduro, sino que seria mentir en el altar de la cosa politicamente correcta, algo que mi religion (la irreverencia) me impide hacer.  Luego va a madurar, pero todavia falta. ¿Me aceptás lo que te dijo, o te quedan resquemores?

¿Pero qué es ser afeminado para vos? Describime qué te hizo pensarlo y que en un momento lo gastaste (por primera vez) con eso y todos se prendieron evidenciando que todos opinaban lo mismo. Así lo entendería.


4. En el ingreso yo habia estudiado, por eso no necesite copiarme.  En la escuela ya era otra cosa.  Yo al pibe del ingreso no lo conocia bien, no eramos amigos.  Con el Vierja Gomez eramos hermanos.  Era una ayudita y yo nunca lo hubiera puesto en peligro a el.  Es distinto.


Entonces en el capi del ingreso poné que te dio bronca porque habías estudiado y ni lo conocías. Si no queda como que lo hiciste por hay, qué inmoral que es este pibe, y después te copiabas alegremente.

5. Si me hiciste el comentario acerca de hacerme el payaso por el capítulo de la Pemberton, no era tan así.  ¡En esa época no había manera de hacerse el payaso! La Pemberton de Gallo era una de las poquísmas excepciones de profesores que no te hubieran amonestado por insolente.

Quizás si contás dos anécdotas minúsculas de esas que casi no califican como algo que valga la pena contar, acerca de que no volaba una mosca ni para el más insolente.


6. El capitulo quiere describir la rutina diaria de clases en esos primeros dos años de colegio.  Creo que de ahí viene la mezcla de el dia y el paso de los años que dio la impresion de haber estado pegada con plasticola.  A ver si ahora quedó mejor.


7.  La aurora me gustaría dejarla intacta.  Te explico porqué.  Mucha gente conoce y se acuerda muy bien de la cancion (en el turno tarde se cantaba al final del dia).  El tema de confundirse la letra es universal.  Hay varios articulos de diario al respecto, y tuve mil comentarios de gente que confundía otra parte de la letra, que no está en buen castellano porque fue escrita en italiano.  No es un verso muy largo que pueda molestar a los que no la conocen, y podriamos poner una notita con todos los detalles curiosos de esta cancion al final.

Bueeeeno si tanto te gusta. Pero ya que sos tan proclive a recordar letras enteras quizás deberías pensar en dirigir a un apéndice. Quizás es una opinión muy personal, a mí una letra que vos no me estás para-comentando ni me dan ganas de leerla, porque yo no tengo tu edad y a mí no me vienen a la mente las mismas vivencias al leerla. Por ejemplo en el caso específico de Aurora, yo no la canté nunca en mi vida al entrar al Colegio, ni en la primaria tampoco salvo en algún acto. Yo al CNBA entraba directamente hasta el aula, y las clases empezaban al tocar el timbre en la primer hora, y lo mismo al salir, sonaba el timbre y nos íbamos.


8. Jajaja, me gustó mucho lo de arácnido en tu pelo.



Capi 2-2

Aurora


El primer amigo que me hice en el colegio fue Martín Kohan, pero no el que escribió la premiada novela “Ciencias Morales”, en las que compañeros de la décima división, que hoy cuento ente mis hermanos del aula, son protagonistas de una historia de transgresiones y obsesión, ficticia pero suficientemente retorcida como para ser muy representativa de nuestros años negros. Los de la doceava teníamos otro Martín Kohan, que ocupaba el banco de al lado mío, cuya habilidad principal no eran las letras sino los deportes, a los que jugaba bien a todos, pero particularmente aquellos de pelota que requieren coordinación del ojo con la mano o el pie, a los que nadie lo superaba.

Martín era de estatura media pero tan macizo y duro que nadie en el colegio jamás se atrevió a patotearlo ni a mirarlo mal. Nunca necesitó pelearse para ganarse su reputación de duro, porque advertía a los que se le ponían compadritos asestándoles una sola piña sobre el bíceps, lo cual era suficiente para dejar a cualquiera con el brazo incapacitado colgando como un pedazo de carne en el gancho de una carnicería, o una de sus ‘paraliticas’ con la rodilla sobre el muslo, lo cual era suficiente para derribar a cualquier Goliat. Pero a pesar que Martín tenía la constitución física, la potencia y las mandíbulas de un campeón Pit Bull, su naturaleza era más bien juguetona como la de un cachorrito dálmata, porque era un pibe tan fiel como jodón, que nunca estaba de mal humor y siempre estaba a la búsqueda de la próxima aventura. Esas primeras tardes en los claustros, sin embargo, no le dieron demasiadas oportunidades para dedicarse a su pasatiempo favorito - hacer macanas - pero sí bastantes de hacer el único ejercicio que no le gustaba y para el que no tenía ninguna habilidad: quedarse en el molde. Cuando ya no aguantaba el silencio de las interminables horas de cátedra en su banco me tiraba de la manga del saco me miraba con cejas altas y ojos abiertos de león enjaulado, que me parecían decir lo que la canción de Chico Novarro:

"Caímos en la selva, hermano.
¡Y mira en qué piadosas manos!"

Pero pronto formamos una banda con que hacerle frente al miedo, la monotonía y el espanto de aquellas primeras épocas en el Colegio, entre los cuales contábamos a compañeros como "Shuki" Shukman, Javier Gómez y Gustavito Glusz. En aquella época nos tratábamos todos por el apellido, y tal fue la costumbre que no recuerdo hasta hoy el nombre de pila de Shuki, porque le quedó ese apodo desde el principio y nunca hicimos la transición como con el resto una vez que entramos en confianza, porque le quedaba bien el apodo. Era un pibe (¡perdoname, Shuki!) un poquitín afeminado y con tanta pinta de nene, que a pesar de que lo queríamos mucho lo atormentábamos con la crueldad miope de la adolescencia, cargándolo cada vez que su vocecita de castrato desentonaba con los previos bajos, barítonos y tenores marcando el “¡presente!” durante la diaria toma de asistencia. Las diaria largada de risotadas y mofas era una rutina de la que no nos cansábamos nunca, sin importar cuántas veces se repitiera. Shuki se ponía colorado de vergüenza, pero lo sobrellevaba con estoicismo y buen humor por sospechar que, de alguna manera oblicua, era un gesto cariñoso.

Javier Gómez, en contraste, era atleta de Gimnasia y Esgrima, flexible y duro como un tiento. Era mi ángel de la guarda para todas las ciencias exactas en las que no me solía ir nada bien, porque tenía una paciencia de elefante para explicarme las fórmulas matemáticas y los misterios insondables de la física, además de ser gaucho para hacerse a un lado disimuladamente cuando la fuerza mayor de una prueba sorpresa o alguna otra eventualidad nefasta me forzaba a copiarme de él con tanto descaro como sigilo, aunque, al contrario de mi “amigo” del examen, sin jamás comprometerlo en mis transgresiones.

Gustavito Glusz, a quien llamábamos Gluchi, tenía un cierto parecido a un joven Woody Allen pero sin pelada ni anteojos (¡aunque apuesto que hoy tiene las dos!) y era un pibe muy culto e inteligente aunque bastante tímido. Le costaba relacionarse con gente que no conocía, y cuanto más incómodo se sentía, más le temblaba el pulso y más tartamudeaba al hablar.

A pesar que me cuesta hacer diferencias entre los amigos de la adolescencia cuya devoción me dura hasta hoy, debo reservar un lugar especial para dos personajes que quedan de sujetalibros del estante donde el resto acumulamos polvo y amonestaciones. El primero de ellos es Daniel Alhadeff, alias Calvin Klein, con quien tuve una amistad de primero entre iguales, que pronto se convirtió en mi mejor amigo, uno de los más queridos que tengo en la vida y con el cual nos une un lazo de hermandad de más de treinta años. Fuimos inseparables desde algún momento del primer año hasta el fin de la secundaria, además de cursar juntos el Ciclo Básico Común, el año preparatorio que reemplazó el examen de ingreso a la Universidad de Buenos Aires cuando nosotros ya estábamos a punto de terminar la secundaria, y seguir en infrecuente pero estrecho contacto desde entonces. Ya de pibe, Daniel las tenía todas para triunfar en la vida: a los catorce ya medía un metro ochenta y parecía de más de dieciocho años de edad, además de tener un buen físico y ser buenmozo hasta el reproche, de facciones tan simétricas que le permitieron suplementar su ocupación normal con una lucrativa carrera de modelo que comenzó a los 14 años con Calvin Klein (quien desde ese momento le cedió el “trademark” para su apodo) y que sigue firme hasta hoy, que estamos todos cuarentones. Encima de sus atributos físicos, Calvin Klein tenía una suprema confianza en sí mismo que le permitía desenvolverse en cualquier situación, y lo hacía tremendamente carismático y atractivo con las chicas y hasta con las mujeres mayores que lo adoraban, porque lo lindo no lo volvía ningún gil; al contrario, era extremadamente rápido para la actividad mental, y se sacaba notas por lo menos dos puntos más altas que las mías, que estaban ya para entonces cómodamente instaladas en el promedio necesario para aprobar con el mínimo esfuerzo. Calvin Klein podía resolver con la misma facilidad y fluidez ecuaciones, traducciones, y conflictos por sostener relaciones románticas con cinco novias al mismo tiempo sin que más de dos lo supieran (o les importara), además de ganarse un lugar respetado y afectuoso entre los muchachos de nuestro grupo. Para probar que nadie es perfecto, sin embargo, tenía una pequeña debilidad en los deportes, no porque le fuera mal (de hecho era un muy buen pilar de rugby además de ganarme la mayoría de los partidos de tenis que jugamos), sino porque tenía pies severamente planos que le imposibilitaban ser excelente en eso también. ¡Menos mal, porque si no, en vez de quererlo tanto, lo hubiera tenido que odiar!

Y finalmente estaba Gustavo Stirparo, alias el "Tripas", flaco y con demasiada cara de sinvergüenza hasta el día de hoy, que era un virtuoso del fútbol, deporte en el que complementaba una habilidad innata de dioses con la picardía de su naturaleza traviesa hasta las fronteras de la Maldad, de la Grosería, y la Alevosía, todos países extranjeros pero limítrofes a nuestro pequeño mundo, los cuales habían dado al Tripas un pasaporte diplomático y cuyas fronteras cruzaba frecuentemente y con la inmunidad de un cónsul. Stirparo no tenía la más mínima consideración por nada ni nadie excepto la pelota de fútbol, las rayas de la cancha y Vélez Sarsfield, que eran las únicas cosas a las que tenía y por las que demandaba respeto sacrosanto. Era el que hacía correr los rumores más perversos pero cómicos, como que Shuki le había chupado la pija por cinco palos, que Shuki perpetuó por años en su afán de desmentirlo. Siempre ofendía a cualquiera a quemarropa, como cuando le dijo al hermano de Calvin Klein, cuya hija estaba de tres meses y apenas abría los ojos, que había pasado de ser un usuario a ser un proveedor. Y todavía me río de su manera de mirar televisión cuando lo iba a visitar a su departamento de la calle Ayacucho, que consistía en usar el control remoto para atormentar a los vecinos de enfrente cambiándoles el canal, apagándoles la televisión, subiéndoles y bajándoles el volumen hasta que le pegaban manotazos de furia intentando arreglar el aparato de un golpe. Cuando, frustrados, apagaban la televisión e intentaban una siestita, el Tripas, paciente para la maldad, esperaba que se encontraran en el umbral del sueño y se las volvía a prender, con el volumen al máximo, y por la ventana a oscuras los veíamos saltar del susto y nos reíamos hasta caernos al piso. Es representativo del fenómeno único de contrastes heterodoxos que es la personalidad del Tripas, que no fue a ninguna academia para el examen de ingreso al Buenos Aires, igual se sacó uno de los mejores puntajes del año, pero eligió ir al turno tarde igual, para no tener que madrugar.

Estas personalidades que hoy conozco y aprecio en tanto detalle empezaron a delinearse de la masa amorfa que éramos en esos primeros días de encierro y petrificación en los claustros. Las pocas interacciones que nos permitían las largas horas de tedio, terror y silencio en nuestros bancos empezaban a distinguir las señas particulares de cada uno como sobresalen las formas del bloque de mármol que las aprisiona en las estatuas inacabadas me Miguel Angel. Las amistades eran, por el momento, asignaturas pendientes, pero comenzaba la familiarización, la solidaridad y la hermandad en el espanto de esos primeros días en los claustros, largos como inviernos polares (¡e igual de solitarios!), en los que nos sometían a una interminable puerta giratoria de visitas de clérigos de una orden de monjes perversos, cuyos caprichos debíamos atender con disposición dócil, dirigiéndoles la palabra en todo momento bajo su título de "señores profesores", y que nos obligaban bajo pena de excomunicación a repetir un rosario incomprensible de conjuros en “Idioma Nacional”1, Francés y Latín, o nos adoctrinaban en la cábala oculta de las Matemáticas, o demostraban la utilidad de la Música para calmar a las fieras (porque así éramos tratados), y de la Plástica para distinguir entre la belleza y la perfección de todo lo que nos ponían enfrente como modelo y la despreciable imperfección de nuestra producción artística; y cuándo no, nos proveían una letanía de contraejemplos de la Historia para prevenirnos a no repetir la locura de quijotes de antaño con más peto y espaldar que nosotros, que cometieron la alevosa osadía de intentar cambiar el orden del mundo, pero la imperdonable estupidez de fracasar.

Las autoridades del Colegio fomentaban la infame atrición que diezma hasta hoy las huestes estudiantiles como sui fuera una medalla de honor. En 1980 ingresamos al primer año doce divisiones de treinta y cinco alumnos, pero egresaron sólo cuatro divisiones de veinte alumnos de sexto año. Los profesores eran los sicarios encargados de mantener esta prodigiosa tasa de mortalidad estudiantil, y se ganaban el pan de cada día compitiendo a por abastecer la cuota de alumnos que no podían seguir el ritmo feroz del tren de estudio, empujándolos a bajarse en alguna estación. Nos acechaban como hienas en la sabana, siguiendo con ojo aparentemente desinteresado la manada que se esmeraba por mantenerse toda junta, informe, mientras oteaban el horizonte buscando algún punto débil en la formación gris azul, alguna cabeza fuera de lugar que era generalmente la señal delatora del que no entendía la lección, y cuando no la encontraban, husmeando el aire para oler el miedo del incauto que no había estudiado o hecho los deberes. Seguían con ojo aparentemente desinteresado la manada que se esmeraba por mantenerse toda junta, informe. Como zorros viejos y astutos que eran aislaban a su presa con paciencia, sin malgastar energías en persecuciones inútiles, hasta separar al incauto, al desprevenido y al indefenso para cobrarlos de víctimas ensartándolos con un uno, nota que era prácticamente imposible remontar antes del fin del año promediándolo con las otras para llegar al siete reglamentario y no “irse a diciembre”. Uno trataba de confundirse con el paisaje, de mimetizarse detrás de la espalda del compañero del banco de adelante, porque dejar un flanco expuesto o romper filas entre el camuflaje de azul marino, celeste y gris para ser de golpe un individuo identificable por apellido y nombre era un descuido fatal, que la parte del león de los profesores rara vez desaprovechaba e invariablemente terminaba en una llamada al frente a dar parte oral de imperfectos conocimientos de historia, pifiar una solución a ecuaciones cuadráticas, o intentar una lastimosa traducción de un párrafo indecifrable de Catilina en latín, mientras el resto invocábamos la plegaria de los desahuciados de Séneca, meciendo la cabeza como judíos frente al muro de los lamentos, rezando bajo el aliento: "non mortem timemus, sed cogitationem mortis; non mortem timemus, sed cogitationem mortis; non mortem timemus, sed cogitationem mortis."

Y entonces quedaron nueve” intituló Agatha Christie una de sus novelas de misteriosos asesinatos, un buen lema con que recordar cómo desaparecían de nuestras filas los compañeros, amigos y hermanos del aula.

En aquellos primeros tiempos los profesores parecían tener personalidades de una severidad sorprendentemente uniforme, aunque más de uno sobresalía en su afán de aprovechar la impunidad que gozaban las autoridades para incorporar sus tendencias sádicas a los métodos de enseñanza.

Podría mencionar a la García de latín, mejor conocida entre el alumnado como “La Garcha”, apodo que describía muy bien su calidad humana, porque que se empecinaba en hacernos vocalizar una “U” cuando se leía claramente una “V” (como en el nombre de la esclava Flavia que nos hacía pronunciar "Flauia"), que no hubiera sido muy problemático si no tildara de comunistas a aquellos que leían la letra que no debían en un descuido, con todo lo que esta etiqueta podría conllevar dentro de aquellas paredes y en aquellas épocas, que causó tartamudeos incontrolables en más de uno. Ella se consideraba muy culta, pero era más bien propensa a entrar en callejones sin salida gramatical, como "la cultura europea es mucho más... mejor" y calles cortadas de lógica, como "el país estaba al borde del abismo pero con el Proceso conseguimos dar un paso al frente". Pero ¡guay! del que le discutiera, porque procesaba más ceros y unos por segundo que la supercomputadora "Deep Blue" de IBM, y a pesar de sus limitaciones de razonamiento lógico demostraba una profundidad de pensamiento estratégico para mandar a diciembre a los que eran de su desagrado digna de un gran maestro ajedrecista.

Otro que me viene a la memoria y las pesadillas de esos días es el Popolisio, de Historia, fiel modelo de un Coronel Urbano, abuelo de Isidoro Cañones (pero nonagenario), con sus bigotes tupidos y un ojo más grande que el otro que pedía a gritos un monóculo, que de no ser tan antipático le hubiéramos regalado para el día del maestro. Éste era un Cervantes de los discursos xenofóbicos e ignorantes, paradójicamente para alguien que se ganaba la vida impartiendo conocimientos de los logros de sociedades que existieron milenios antes de la fundación tartamuda de nuestra pequeña nación, como el celebrado "el inglés es un idioma inferior al castellano, porque en vez de decir bombero dicen 'fireman', o sea hombre-fuego, y con esos ¿quién apaga un incendio?". El Popolisio era un gran estudioso de la historia, que profundizó sus prodigiosos conocimientos a lo largo de décadas de docencia (que algunos sospechábamos ya eran siglos), pero mientras que el anhelo de los otros discípulos de Heródoto era la búsqueda de una narrativa útil y objetiva con la cual explicar las causas principales de la evolución en los asuntos públicos de los hombres, el "Popo" había dedicado su vida a la confirmación científica de todos los prejuicios de su era, y era metódico sólo en su afán de ignorar evidencia contradictoria a sus falacias fóbicas, en montar un edificio de refutación a toda interpretación de la historia que no desemboque en su visión idealizada de una Argentina uniforme, católica y occidental como el punto culminante de la humanidad al que otras naciones del presente y el pasado sólo podían aspirar.

A Chiappella (también de historia) por el otro lado, le gustaba atormentarnos con simulacros de ejecución, experimentos humanos y otras armas de la guerrilla psicológica, que emprendía con el entusiasmo, la afectación y el sadismo de un Mengele, montando su escena con sorprendente talento histriónico y usando un lenguaje cuya truculencia hubiera sido la envidia de Edgar Allan Poe. De vez en cuando, si necesitaba un tónico con que mejorar su mal humor, comenzaba la clase paseándose entre los bancos en un largo e intolerable silencio, enfocando su intensa mirada en la dirección de este o aquel alumno hasta que alguno delataba su miedo parpadeando, apartando la vista o derramando una gota de sudor frío, cuyo impacto sobre el suelo Chiappella escuchaba con sus oídos de búho, claro como las campanas de Notre Dame, para sellar el destino del incauto:

"¡Usted, contra el paredón!”, sentenciaba con una estocada de su dedo índice, “¡Al fusilamiento!”

El resto de la clase aguantaba la respiración, y se escuchaba sólo el tambor marcial de los tacos y las suelas de sus zapatos al andar, hasta que alguien perdía su batalla contra la asfixia y largaba una exhalación, que Chiappella detectaba como si fuera el viento de un huracán, y no el suspiro disimulado de un canario, se daba vuelta ciento ochenta grados si fuera necesario, para sentenciar con otra estocada de su dedo:

"¡Usted, contra el paredón! ¡Al fusilamiento!”

Hasta que juntaba cinco o seis víctimas en línea al borde de la misma tumba N.N. que yacía en el corredor entre la tarima de los profesores y nuestros bancos, lista para recibir los cadáveres que iban cayendo. Primero pasaba “revista”, controlando escrupulosamente el largo de los jumpers y las medias de las alumnas, que debían llegar exactamente a la base de la rodilla, y el pelo corto y la corbata de los varones, porque en el mundo de Chiappella los conocimientos más enciclopédicos y las interpretaciones más profundas de la historia eran invalidados por faldas cortas, cabellos desprolijos o corbatas que no tocaran el botón superior de la camisa. Cualquiera que se desviaba recibía un cero y se volvía a su banco, aunque en defensa de lo indefendible debo admitir que, por lo menos, se salvaba del siguiente tormento (el “fusilamiento” en sí).

El arte de aterrorizar está en saber combinar la justa medida de miedo y humor, de acción y tensa calma, la yuxtaposición de rutina y arbitrariedad para mantener a la audiencia totalmente desprevenida de lo que sucederá en cualquier momento, y de no darle un minuto de respiro a la desconcertación. Chiappella era un maestro del suspenso, que podría haberle enseñado algunos trucos al mismísimo Alfred Hitchcock, cuyas películas más truculentas causaban en menos terror que uno de sus fusilamientos. Mientras las víctimas estaban en línea sobre la tarima y él se paseaba de un lado de la sala a otro, no había ni una sola sien por la que no corriera una gota de sudor, ni una sola mano que no estuviera pegajosa, ni nadie entre las víctimas que no estuviera petrificado de miedo ni entre la audiencia que no estuviera angustiado o sintiera náuseas.

La marcha de Chiappella podía durar unos segundos o varios insoportables minutos, eso nunca se podía saber, pero siempre desembocaba en una brusca interrupción para disparar preguntas incontestables con su tono entre sorna, desprecio y amenaza:

  • ¿Cuánto calzaba San Martín, Espídola?”

  • ¿Cómo, señor profesor?”

  • Ademas de ignorante ¿Es usted sordo, Espíndola?”

  • El gallego bajaba la cabeza, sabiéndose en el peligro mortal de arenas movedizas.

  • No sé, señor profesor”

Chiapella paraba el pulgar, extendía el índice de la mano derecha, y se la ponía así constituida en gatillo contra el pecho, esperando que la mano izquierda dirigiera lentamente el caño de su fusil invisible hacia la gran cabeza del gallego Espíndola, que tiritaba de terror, y cuando tenía el punto medio de su única ceja ininterrumpida en la mira de un ojo, mientras cerraba el otro para hacer puntería, apretaba el gatillo imaginario y le disparaba un salvo de balas de punta onomatopéyica:

  • ¡Bang, bang!... Cero, Espíndola. Cero por cobarde y cero por bruto. ¿Promedio?: ¡Cero!”

Y el pobre galleguito se tragaba lágrimas de terror y desesperación.

Chiappella disfrutaba mucho más, sin embargo, cuando involucraba compañeros judíos o coreanos en su diversión, porque a pesar que le gustaba ejercitar su sadismo sobre todas las razas, sexos y religiones, nada le divertía más que interyectar chascarrillos o comentarios antisemitas, pronunciar mal a propósito apellidos que no fueran de “cristianos”, o confundir a los coreanos adrede con chinos.

  • ¿Cuánto calzaba San Martín, Shuk-man?”, le preguntaba a Shuki, escabullendo una pausa inexistente entre las dos sílabas de su nombre, que de alguna manera le daba así una calidad despreciable, como si fuera demasiado desagradable para pronunciarlo de un solo tirón.

  • ¡Treinta y ocho, señor profesor!”, contestaba Shuki, decidiendo que una intentona de ahogado le daba alguna posibilidad marginal de esquivar la bala que Espíndola se comió por tímido.

  • ¿Treinta y ocho, Shukman? ¿Qué se cree, que el Santo Varón de los Andes era mariposón como usted? ¡Bang, bang! Cero, mi amigo… Cero por atrevido y cero por hebreo apátrida. ¿Promedio?: ¡Cero!”

Otras veces llamaba alumnos al frente de dos en dos, a jugar un juego cuya simpleza encubría una sofisticación tan perversa que hubiera maravillado al mismísimo von Neumann. Las reglas estipulaban que un alumno debía hacer las preguntas y el otro responderlas. Entonces Chiapella repartía sus notas binarias, al igual que la Garcha, sólo que en su caso eran ceros o dieces en lugar de los ceros y unos de aquélla. Si la pregunta era fácil, el que preguntaba se ligaba un cero y el que respondía bien un diez, si la pregunta era difícil, el preguntador podía sacarse un diez, pero el resultado dependía de la certeza de la respuesta del otro. Si el que contestaba no la sabía, éste se sacaba un cero y el preguntador recibía su diez, claro está, pero si la sabía la cosa se complicaba, porque en el juego fratricida de Chiappella no había lugar para los finales felices donde todos se llevaban un diez. Para Chiapella el aula era un escenario de competición darwiniana en el que perdedores se quedaban sin nada y ganadores se llevaban todo, y él se divertía a cuesta de ver hermanos comerse los ojos de hermanos para sobrevivir una clase más. En caso de empate el juego continuaba con una pregunta de revancha, y así se iba al mejor de tres, o de cinco, hasta que alguien perdía y alguien ganaba, y los dos “jugadores” volvían a sus bancos exhaustos por el pico de nervios y pánico, mientras que el resto de la clase nos sentíamos morbosos, sucios y culpables por el espectáculo que acabábamos de presenciar.

A mí, gracias a Dios, nunca me llamó al frente, tal vez porque me habrá confundido con alemán, pero eso no lo frenó de ponerme un seis en el boletín bimestre tras bimestre, que por suerte conseguí promediar con una buena nota en la única prueba escrita que tomó en todo el año, y esquivé llevármela a diciembre por un pelo.

Chiappella era, tal vez, de los más sádicos y algunos eran menos desagradables que otros, pero pocos dejaban escabullir entre sus garras más víctimas que las que cobraban. En las horas de clase, entonces, cada uno velaba por sí mismo, y era universalmente aceptado que no había otra alternativa que seguir la marcha, pisando sobre las cabezas de los caídos, la culpa propia y la lástima ajena sirviendo sólo para hacernos más unidos en el espanto, páginas encuadernadas entre las tapas duras del mismo mamotreto, hermanos en el horror de esos años de construcción de nuestro carácter moral y formación de nuestras personalidades adultas.

Es irónico que hoy nos referimos a los compañeros de entonces como "hermanos del aula", porque había entonces tan pocas oportunidades de fraternizar en ese barco negrero, y los lazos de hermandad que nos unieron se solidificaron fuera de ella, cuando nos largaban a pastar en la informalidad controlada de los recreos, en los cuchicheos del ambiente acogedor de la biblioteca, en el barullo chúcaro de los bares de la zona aledaña al colegio donde estudiábamos a contra turno y en el Campo de Deportes donde hacíamos ejercicio; en fin, en cualquier lugar menos en el aula, donde mandaba un Club Jacobino de una docena de Robespierres estériles de ternura, cuyo poder era más absoluto que el de monarcas, cuya único cariño y cuidado estaba reservado para la guillotina y sus instrumentos de tortura, y en cuyo reino del terror todo elemento estudiantil era enemigo de la República.

En el campo de batalla del aula había una aceptación tácita: que el misericordioso timbre del recreo siempre sorprendería al profesor escarbándose los dientes con el peroné o la clavícula de algún pobre desgraciado, y ya que no había más alternativa que continuar alimentando a la bestia, no había ni gloria ni vergüenza en hacer cualquier contorsión para no servir de carnero sacrificial, ni en bajar la cabeza y esquivar la guadaña para cantar una Aurora más al cierre de otro día.

La Aurora llegaba con la certeza y la regularidad de la oscuridad nocturna al final del último timbrazo de la tarde, cuando había que ponerse de pie al lado del banco y fingir un aire solemne a tono con la fanfarria deforme del altoparlante, y ni los espectros de los cien alumnos desaparecidos estaban exentos de entonar sus estrofas, que el preceptor supervisaba con el aire perfeccionista de un director de orquesta, y que esperaba (¡Ney! demandaba) que cantáramos sin equivocar ninguna palabra o desentonar demasiado, en un neutro volumen mezzo piano, que vigilaba celosamente entre el mar de bocas con ojo entrecerrado y oído agudo, para asegurarse de que no hubiera ningún Pavarotti insolente que intentara el sacrilegio de faltarle el respeto a la bandera entonando un fortíssimo, ni ningún atorrante que se las diera de Marcel Marceau moviendo la boca pero cantando en silencio, ambos crímenes no excarcelables de una visita a donar un litro de sangre frente al tribunal de la Prefectura. La bendita Aurora, que querría olvidar pero no puedo, decía más o menos así:

Alta en el cielo,
Un águila guerrera
Audaz se eleva
En vuelo triunfal.
Azul un ala
Del color del cielo,
Azul un ala
Del color del mar.”

Cantábamos la Aurora todos los días en honor de la bandera creada por el General Belgrano, ex alumno del Colegio, cuya inspiración fueron los colores de un firmamento que no teníamos muchas oportunidades de ver en nuestro encierro. Nunca tuve la oportunidad de ver donde arriaban la bandera, porque mis notas no meritaron el dudoso honor de abanderado que era la marca del traga y el suicidio social, pero que otorgaba una temporaria oportunidad de escapar del claustro y ver el cielo de Belgrano un rato antes de que oscurezca. Cantábamos mecánicamente, sin prestar demasiada atención, desconociendo que la letra bizarra y barroca es una mala traducción al español de la principal aria de una ópera compuesta por encargo en italiano antes de convertirse en canción nacional. Nadie se sorprenda que no me enteré sino hasta muchos años después, repitiendo en mi cabeza la letra de esta deprimente canción, llena de bemoles e imágenes de soledad de las que ya tenía superávit en mi propia existencia diaria, que había cometido un error cognitivo de niño que se perpetuó a fuerza de repetición, y que consistía en creer que "azul unala" era un color, como azul marino o azul eléctrico, y no que eran una a una las alas del águila guerrera que eran azules, y canté "azul unala" en vez de "azul un ala" los seis años de secundaria. Me imaginé la frustración que le hubiera causado al preceptor si supiera que existía ese error en mi interpretación, pero que era indetectable e incorregible, y me dio pena haberme perdido la oportunidad de causarle un poquito más de su furia dispéptica sin tener que sufrir las acostumbradas consecuencias disciplinarias.

Y al final del día, cuando ya había caído la oscuridad de la tarde y la ciudad hacía su transición al turno noche, nos daban una tregua y uno podía volver a su casa. Yo compartía el viaje con Kohan y Calvin Klein en el subte de la Línea D, en silencio contemplativo, o a lo sumo hablando bajito, porque el recorrido de unas ocho o diez estaciones era una bisagra de transición entre el confinamiento del fuego y azufre de los claustros verdes, al calor humano de nuestros hogares. Era una parte muy importante de nuestra rutina, una lenta descompresión subterránea como la que hacen los buzos antes de volver a la superficie, para que no se nos hicieran burbujas en la sangre por la diferencia abismal de presiones entre un ambiente y el otro. Había que sepultar las injusticias que nos habían infligido ese día, y dejar bajo tierra los sentimientos de culpa por prepotencias que no habíamos hecho nada para invitar. Hacíamos el viaje evitando las miradas de los pasajeros que no vestían de azul y gris, porque ellos no debían conocer nuestro secreto. De haber hecho contacto visual con alguno antes de tener un respiro tal vez nos hubiéramos largado a llorar, y les hubiéramos confesado desconsolados que alguno había caído víctima de uno de los fusilamientos de Chiappella, y estábamos todos traumatizados de por vida. No sabría decir qué hubiera sido más aterrador: que nos creyeran o que no nos creyeran, y por eso mirábamos al piso y evitábamos el contacto visual, sin confesarle los horrores del claustro a nadie, ni siquiera a nuestros viejos, porque en esa época si había que sufrir rigores se los sufría sin chistar y nadie se atrevía a quejarse de nada. Con cada estación parecía debilitarse el campo de fuerza que pegaba los pies al piso. Subir por las escaleras del subte, encontrarse a una señora parando en un kiosco a comprar cigarrillos, ver los bares llenos de gente tomando un café con amigos, pispiar las vidrieras de negocios llenos, pasar gente yendo y viniendo por la vereda, todas estas cosas de la vida normal del resto de los porteños le daban un aire surreal a los acontecimientos del día. Para cuando llegábamos a nuestras casas ya parecía mentira que hubieran sucedido, y nos volvíamos a sentir personas normales.

1 Eufemismo patriótico para el castellano en aquella época
 
  
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Versión: Comentarios Romina devuelto 28-01-2014


Capi 2-2

Aurora



El primer amigo que me hice Me parece súper ñoño empezarlo así, creo que no es necesario decir que fue el primer amigo que te hiciste en el colegio, al menos no en esa línea. Podés empezarlo diciendo “en mi clase había un tal Martín Kohan, tocayo del de la décima que escribió...” en el colegio fue Martín Kohan, pero no el que escribió la premiada novela “Ciencias Morales”, en las que compañeros de la décima división, que hoy cuento ente mis hermanos del aula, son protagonistas de una historia de transgresiones y obsesión, ficticia pero suficientemente retorcida como para ser muy representativa de nuestros años negros. Los de la doceava teníamos otro Martín Kohan, que ocupaba el banco de al lado mío, cuya habilidad principal no eran las letras sino los deportes, a los que jugaba bien a todos, pero particularmente aquellos de pelota que requieren coordinación del ojo con la mano o el pie, a los que nadie lo superaba.

Martín era de estatura media pero tan macizo y duro que nadie en el colegio jamás se atrevió a patotearlo ni a mirarlo mal. Nunca necesitó pelearse para ganarse su reputación de duro, porque advertía a los que se le ponían compadritos asestándoles una sola piña sobre el bíceps, lo cual era suficiente para dejar a cualquiera con el brazo incapacitado colgando como un pedazo de carne en el gancho de una carnicería, o una de sus ‘paraliticas’ con la rodilla sobre el muslo, lo cual era suficiente para derribar a cualquier Goliat. Pero a pesar que Martín tenía la constitución física, la potencia y las mandíbulas de un campeón Pit Bull, su naturaleza era más bien juguetona como la de un cachorrito dálmata, porque era un pibe tan fiel como jodón, que nunca estaba de mal humor y siempre estaba a la búsqueda de la próxima aventura. Esas primeras tardes en los claustros, sin embargo, no le dieron demasiadas oportunidades para dedicarse a su pasatiempo favorito - hacer macanas - pero sí bastantes de hacer el único ejercicio que no le gustaba y para el que no tenía ninguna habilidad: quedarse en el molde. Cuando ya no aguantaba el silencio de las interminables horas de cátedra en su banco me tiraba de la manga del saco me miraba con cejas altas y ojos abiertos de león enjaulado, que me parecían decir lo que la canción de Chico Novarro:

"Caímos en la selva, hermano.
¡Y mira en qué piadosas manos!"

Pero pronto formamos una banda con que hacerle frente al miedo, la monotonía y el espanto de aquellas primeras épocas en el Colegio, entre los cuales contábamos a compañeros como "Shuki" Shukman, Javier Gómez y Gustavito Glusz. En aquella época nos tratábamos todos por el apellido, y tal fue la costumbre que no recuerdo hasta hoy el nombre de pila de Shuki, porque le quedó ese apodo desde el principio y nunca hicimos la transición como con el resto una vez que entramos en confianza, porque le quedaba bien el apodo. Era un pibe (¡perdoname, Shuki!) un poquitín afeminado y con tanta pinta de nene, que a pesar de que lo queríamos mucho lo atormentábamos con la crueldad miope de la adolescencia, cargándolo cada vez que su vocecita de castrato desentonaba con los previos bajos, barítonos y tenores marcando el “¡presente!” durante la diaria toma de asistencia. Las diaria largada de risotadas y mofas era una rutina de la que no nos cansábamos nunca, sin importar cuántas veces se repitiera. Shuki se ponía colorado de vergüenza, pero lo sobrellevaba con estoicismo y buen humor por sospechar que, de alguna manera oblicua, era un gesto cariñoso.

Javier Gómez, en contraste, era atleta de Gimnasia y Esgrima, flexible y duro como un tiento. Era mi ángel de la guarda para todas las ciencias exactas en las que no me solía ir nada bien, porque tenía una paciencia de elefante para explicarme las fórmulas matemáticas y los misterios insondables de la física, además de ser gaucho para hacerse a un lado disimuladamente cuando la fuerza mayor de una prueba sorpresa o alguna otra eventualidad nefasta me forzaba a copiarme de él con tanto descaro como sigilo, aunque, al contrario de mi “amigo” del examen, sin jamás comprometerlo en mis transgresiones.

Gustavito Glusz, a quien llamábamos Gluchi, tenía un cierto parecido a un joven Woody Allen pero sin pelada ni anteojos (¡aunque apuesto que hoy tiene las dos!) y era un pibe muy culto e inteligente aunque bastante tímido. Le costaba relacionarse con gente que no conocía, y cuanto más incómodo se sentía, más le temblaba el pulso y más tartamudeaba al hablar.

A pesar que me cuesta hacer diferencias entre los amigos de la adolescencia cuya devoción me dura hasta hoy, debo reservar un lugar especial para dos personajes que quedan de sujetalibros del estante donde el resto acumulamos polvo y amonestaciones. El primero de ellos es Daniel Alhadeff, alias Calvin Klein, con quien tuve una amistad de primero entre iguales, que pronto se convirtió en mi mejor amigo, uno de los más queridos que tengo en la vida y con el cual nos une un lazo de hermandad de más de treinta años. Fuimos inseparables desde algún momento del primer año hasta el fin de la secundaria, además de cursar juntos el Ciclo Básico Común, el año preparatorio que reemplazó el examen de ingreso a la Universidad de Buenos Aires cuando nosotros ya estábamos a punto de terminar la secundaria, y seguir en infrecuente pero estrecho contacto desde entonces. Ya de pibe, Daniel las tenía todas para triunfar en la vida: a los catorce ya medía un metro ochenta y parecía de más de dieciocho años de edad, además de tener un buen físico y ser buenmozo hasta el reproche, de facciones tan simétricas que le permitieron suplementar su ocupación normal con una lucrativa carrera de modelo que comenzó a los 14 años con Calvin Klein (quien desde ese momento le cedió el “trademark” para su apodo) y que sigue firme hasta hoy, que estamos todos cuarentones. Encima de sus atributos físicos, Calvin Klein tenía una suprema confianza en sí mismo que le permitía desenvolverse en cualquier situación, y lo hacía tremendamente carismático y atractivo con las chicas y hasta con las mujeres mayores que lo adoraban, porque lo lindo no lo volvía ningún gil; al contrario, era extremadamente rápido para la actividad mental, y se sacaba notas por lo menos dos puntos más altas que las mías, que estaban ya para entonces cómodamente instaladas en el promedio necesario para aprobar con el mínimo esfuerzo. Calvin Klein podía resolver con la misma facilidad y fluidez ecuaciones, traducciones, y conflictos por sostener relaciones románticas con cinco novias al mismo tiempo sin que más de dos lo supieran (o les importara), además de ganarse un lugar respetado y afectuoso entre los muchachos de nuestro grupo. Para probar que nadie es perfecto, sin embargo, tenía una pequeña debilidad en los deportes, no porque le fuera mal (de hecho era un muy buen pilar de rugby además de ganarme la mayoría de los partidos de tenis que jugamos), sino porque tenía pies severamente planos que le imposibilitaban ser excelente en eso también. ¡Menos mal, porque si no, en vez de quererlo tanto, lo hubiera tenido que odiar!

Y finalmente estaba Gustavo Stirparo, alias el "Tripas", flaco y con demasiada cara de sinvergüenza hasta el día de hoy, que era un virtuoso del fútbol, deporte en el que complementaba una habilidad innata de dioses con la picardía de su naturaleza traviesa hasta las fronteras de la Maldad, de la Grosería, y la Alevosía, todos países extranjeros pero limítrofes a nuestro pequeño mundo, los cuales habían dado al Tripas un pasaporte diplomático y cuyas fronteras cruzaba frecuentemente y con la inmunidad de un cónsul. Stirparo no tenía la más mínima consideración por nada ni nadie excepto la pelota de fútbol, las rayas de la cancha y Vélez Sarsfield, que eran las únicas cosas a las que tenía y por las que demandaba respeto sacrosanto. Era el que hacía correr los rumores más perversos pero cómicos, como que Shuki le había chupado la pija por cinco palos, que Shuki perpetuó por años en su afán de desmentirlo. Siempre ofendía a cualquiera a quemarropa, como cuando le dijo al hermano de Calvin Klein, cuya hija estaba de tres meses y apenas abría los ojos, que había pasado de ser un usuario a ser un proveedor. Y todavía me río de su manera de mirar televisión cuando lo iba a visitar a su departamento de la calle Ayacucho, que consistía en usar el control remoto para atormentar a los vecinos de enfrente cambiándoles el canal, apagándoles la televisión, subiéndoles y bajándoles el volumen hasta que le pegaban manotazos de furia intentando arreglar el aparato de un golpe. Cuando, frustrados, apagaban la televisión e intentaban una siestita, el Tripas, paciente para la maldad, esperaba que se encontraran en el umbral del sueño y se las volvía a prender, con el volumen al máximo, y por la ventana a oscuras los veíamos saltar del susto y nos reíamos hasta caernos al piso. Es representativo del fenómeno único de contrastes heterodoxos que es la personalidad del Tripas, que no fue a ninguna academia para el examen de ingreso al Buenos Aires, igual se sacó uno de los mejores puntajes del año, pero eligió ir al turno tarde igual, para no tener que madrugar.

Estas personalidades que hoy conozco y aprecio en tanto detalle empezaron a delinearse de la masa amorfa que éramos en esos primeros días de encierro y petrificación en los claustros. Las pocas interacciones que nos permitían las largas horas de tedio, terror y silencio en nuestros bancos empezaban a distinguir las señas particulares de cada uno como sobresalen las formas del bloque de mármol que las aprisiona en las estatuas inacabadas me Miguel Angel. Las amistades eran, por el momento, asignaturas pendientes, pero comenzaba la familiarización, la solidaridad y la hermandad en el espanto de esos primeros días en los claustros, largos como inviernos polares (¡e igual de solitarios!), en los que nos sometían a una interminable puerta giratoria de visitas de clérigos de una orden de monjes perversos, cuyos caprichos debíamos atender con disposición dócil, dirigiéndoles la palabra en todo momento bajo su título de "señores profesores", y que nos obligaban bajo pena de excomunicación a repetir un rosario incomprensible de conjuros en “Idioma Nacional”1, Francés y Latín, o nos adoctrinaban en la cábala oculta de las Matemáticas, o demostraban la utilidad de la Música para calmar a las fieras (porque así éramos tratados), y de la Plástica para distinguir entre la belleza y la perfección de todo lo que nos ponían enfrente como modelo y la despreciable imperfección de nuestra producción artística; y cuándo no, nos proveían una letanía de contraejemplos de la Historia para prevenirnos a no repetir la locura de quijotes de antaño con más peto y espaldar que nosotros, que cometieron la alevosa osadía de intentar cambiar el orden del mundo, pero la imperdonable estupidez de fracasar.

Las autoridades del Colegio fomentaban la infame atrición que diezma hasta hoy las huestes estudiantiles como sui fuera una medalla de honor. En 1980 ingresamos al primer año doce divisiones de treinta y cinco alumnos, pero egresaron sólo cuatro divisiones de veinte alumnos de sexto año. Los profesores eran los sicarios encargados de mantener esta prodigiosa tasa de mortalidad estudiantil, y se ganaban el pan de cada día compitiendo a por abastecer la cuota de alumnos que no podían seguir el ritmo feroz del tren de estudio, empujándolos a bajarse en alguna estación. Nos acechaban como hienas en la sabana, siguiendo con ojo aparentemente desinteresado la manada que se esmeraba por mantenerse toda junta, informe, mientras oteaban el horizonte buscando algún punto débil en la formación gris azul, alguna cabeza fuera de lugar que era generalmente la señal delatora del que no entendía la lección, y cuando no la encontraban, husmeando el aire para oler el miedo del incauto que no había estudiado o hecho los deberes. Seguían con ojo aparentemente desinteresado la manada que se esmeraba por mantenerse toda junta, informe. Como zorros viejos y astutos que eran aislaban a su presa con paciencia, sin malgastar energías en persecuciones inútiles, hasta separar al incauto, al desprevenido y al indefenso para cobrarlos de víctimas ensartándolos con un uno, nota que era prácticamente imposible remontar antes del fin del año promediándolo con las otras para llegar al siete reglamentario y no “irse a diciembre”. Uno trataba de confundirse con el paisaje, de mimetizarse detrás de la espalda del compañero del banco de adelante, porque dejar un flanco expuesto o romper filas entre el camuflaje de azul marino, celeste y gris para ser de golpe un individuo identificable por apellido y nombre era un descuido fatal, que la parte del león de los profesores rara vez desaprovechaba e invariablemente terminaba en una llamada al frente a dar parte oral de imperfectos conocimientos de historia, pifiar una solución a ecuaciones cuadráticas, o intentar una lastimosa traducción de un párrafo indecifrable de Catilina en latín, mientras el resto invocábamos la plegaria de los desahuciados de Séneca, meciendo la cabeza como judíos frente al muro de los lamentos, rezando bajo el aliento: "non mortem timemus, sed cogitationem mortis; non mortem timemus, sed cogitationem mortis; non mortem timemus, sed cogitationem mortis."

Y entonces quedaron nueve” intituló Agatha Christie una de sus novelas de misteriosos asesinatos, un buen lema con que recordar cómo desaparecían de nuestras filas los compañeros, amigos y hermanos del aula.

En aquellos primeros tiempos los profesores parecían tener personalidades de una severidad sorprendentemente uniforme, aunque más de uno sobresalía en su afán de aprovechar la impunidad que gozaban las autoridades para incorporar sus tendencias sádicas a los métodos de enseñanza.

Podría mencionar a la García de latín, mejor conocida entre el alumnado como “La Garcha”, apodo que describía muy bien su calidad humana, porque que se empecinaba en hacernos vocalizar una “U” cuando se leía claramente una “V” (como en el nombre de la esclava Flavia que nos hacía pronunciar "Flauia"), que no hubiera sido muy problemático si no tildara de comunistas a aquellos que leían la letra que no debían en un descuido, con todo lo que esta etiqueta podría conllevar dentro de aquellas paredes y en aquellas épocas, que causó tartamudeos incontrolables en más de uno. Ella se consideraba muy culta, pero era más bien propensa a entrar en callejones sin salida gramatical, como "la cultura europea es mucho más... mejor" y calles cortadas de lógica, como "el país estaba al borde del abismo pero con el Proceso conseguimos dar un paso al frente". Pero ¡guay! del que le discutiera, porque procesaba más ceros y unos por segundo que la supercomputadora "Deep Blue" de IBM, y a pesar de sus limitaciones de razonamiento lógico demostraba una profundidad de pensamiento estratégico para mandar a diciembre a los que eran de su desagrado digna de un gran maestro ajedrecista.

Otro que me viene a la memoria y las pesadillas de esos días es el Popolisio, de Historia, fiel modelo de un Coronel Urbano, abuelo de Isidoro Cañones (pero nonagenario), con sus bigotes tupidos y un ojo más grande que el otro que pedía a gritos un monóculo, que de no ser tan antipático le hubiéramos regalado para el día del maestro. Éste era un Cervantes de los discursos xenofóbicos e ignorantes, paradójicamente para alguien que se ganaba la vida impartiendo conocimientos de los logros de sociedades que existieron milenios antes de la fundación tartamuda de nuestra pequeña nación, como el celebrado "el inglés es un idioma inferior al castellano, porque en vez de decir bombero dicen 'fireman', o sea hombre-fuego, y con esos ¿quién apaga un incendio?". El Popolisio era un gran estudioso de la historia, que profundizó sus prodigiosos conocimientos a lo largo de décadas de docencia (que algunos sospechábamos ya eran siglos), pero mientras que el anhelo de los otros discípulos de Heródoto era la búsqueda de una narrativa útil y objetiva con la cual explicar las causas principales de la evolución en los asuntos públicos de los hombres, el "Popo" había dedicado su vida a la confirmación científica de todos los prejuicios de su era, y era metódico sólo en su afán de ignorar evidencia contradictoria a sus falacias fóbicas, en montar un edificio de refutación a toda interpretación de la historia que no desemboque en su visión idealizada de una Argentina uniforme, católica y occidental como el punto culminante de la humanidad al que otras naciones del presente y el pasado sólo podían aspirar.

A Chiappella (también de historia) por el otro lado, le gustaba atormentarnos con simulacros de ejecución, experimentos humanos y otras armas de la guerrilla psicológica, que emprendía con el entusiasmo, la afectación y el sadismo de un Mengele, montando su escena con sorprendente talento histriónico y usando un lenguaje cuya truculencia hubiera sido la envidia de Edgar Allan Poe. De vez en cuando, si necesitaba un tónico con que mejorar su mal humor, comenzaba la clase paseándose entre los bancos en un largo e intolerable silencio, enfocando su intensa mirada en la dirección de este o aquel alumno hasta que alguno delataba su miedo parpadeando, apartando la vista o derramando una gota de sudor frío, cuyo impacto sobre el suelo Chiappella escuchaba con sus oídos de búho, claro como las campanas de Notre Dame, para sellar el destino del incauto:

"¡Usted, contra el paredón!”, sentenciaba con una estocada de su dedo índice, “¡Al fusilamiento!”

El resto de la clase aguantaba la respiración, y se escuchaba sólo el tambor marcial de los tacos y las suelas de sus zapatos al andar, hasta que alguien perdía su batalla contra la asfixia y largaba una exhalación, que Chiappella detectaba como si fuera el viento de un huracán, y no el suspiro disimulado de un canario, se daba vuelta ciento ochenta grados si fuera necesario, para sentenciar con otra estocada de su dedo:

"¡Usted, contra el paredón! ¡Al fusilamiento!”

Hasta que juntaba cinco o seis víctimas en línea al borde de la misma tumba N.N. que yacía en el corredor entre la tarima de los profesores y nuestros bancos, lista para recibir los cadáveres que iban cayendo. Primero pasaba “revista”, controlando escrupulosamente el largo de los jumpers y las medias de las alumnas, que debían llegar exactamente a la base de la rodilla, y el pelo corto y la corbata de los varones, porque en el mundo de Chiappella los conocimientos más enciclopédicos y las interpretaciones más profundas de la historia eran invalidados por faldas cortas, cabellos desprolijos o corbatas que no tocaran el botón superior de la camisa. Cualquiera que se desviaba recibía un cero y se volvía a su banco, aunque en defensa de lo indefendible debo admitir que, por lo menos, se salvaba del siguiente tormento (el “fusilamiento” en sí).

El arte de aterrorizar está en saber combinar la justa medida de miedo y humor, de acción y tensa calma, la yuxtaposición de rutina y arbitrariedad para mantener a la audiencia totalmente desprevenida de lo que sucederá en cualquier momento, y de no darle un minuto de respiro a la desconcertación. Chiappella era un maestro del suspenso, que podría haberle enseñado algunos trucos al mismísimo Alfred Hitchcock, cuyas películas más truculentas causaban en menos terror que uno de sus fusilamientos. Mientras las víctimas estaban en línea sobre la tarima y él se paseaba de un lado de la sala a otro, no había ni una sola sien por la que no corriera una gota de sudor, ni una sola mano que no estuviera pegajosa, ni nadie entre las víctimas que no estuviera petrificado de miedo ni entre la audiencia que no estuviera angustiado o sintiera náuseas.

La marcha de Chiappella podía durar unos segundos o varios insoportables minutos, eso nunca se podía saber, pero siempre desembocaba en una brusca interrupción para disparar preguntas incontestables con su tono entre sorna, desprecio y amenaza:

  • ¿Cuánto calzaba San Martín, Espídola?”

  • ¿Cómo, señor profesor?”

  • Ademas de ignorante ¿Es usted sordo, Espíndola?”

  • El gallego bajaba la cabeza, sabiéndose en el peligro mortal de arenas movedizas.

  • No sé, señor profesor”

Chiapella paraba el pulgar, extendía el índice de la mano derecha, y se la ponía así constituida en gatillo contra el pecho, esperando que la mano izquierda dirigiera lentamente el caño de su fusil invisible hacia la gran cabeza del gallego Espíndola, que tiritaba de terror, y cuando tenía el punto medio de su única ceja ininterrumpida en la mira de un ojo, mientras cerraba el otro para hacer puntería, apretaba el gatillo imaginario y le disparaba un salvo de balas de punta onomatopéyica:

  • ¡Bang, bang!... Cero, Espíndola. Cero por cobarde y cero por bruto. ¿Promedio?: ¡Cero!”

Y el pobre galleguito se tragaba lágrimas de terror y desesperación.

Chiappella disfrutaba mucho más, sin embargo, cuando involucraba compañeros judíos o coreanos en su diversión, porque a pesar que le gustaba ejercitar su sadismo sobre todas las razas, sexos y religiones, nada le divertía más que interyectar chascarrillos o comentarios antisemitas, pronunciar mal a propósito apellidos que no fueran de “cristianos”, o confundir a los coreanos adrede con chinos.

  • ¿Cuánto calzaba San Martín, Shuk-man?”, le preguntaba a Shuki, escabullendo una pausa inexistente entre las dos sílabas de su nombre, que de alguna manera le daba así una calidad despreciable, como si fuera demasiado desagradable para pronunciarlo de un solo tirón.

  • ¡Treinta y ocho, señor profesor!”, contestaba Shuki, decidiendo que una intentona de ahogado le daba alguna posibilidad marginal de esquivar la bala que Espíndola se comió por tímido.

  • ¿Treinta y ocho, Shukman? ¿Qué se cree, que el Santo Varón de los Andes era mariposón como usted? ¡Bang, bang! Cero, mi amigo… Cero por atrevido y cero por hebreo apátrida. ¿Promedio?: ¡Cero!”

Otras veces llamaba alumnos al frente de dos en dos, a jugar un juego cuya simpleza encubría una sofisticación tan perversa que hubiera maravillado al mismísimo von Neumann. Las reglas estipulaban que un alumno debía hacer las preguntas y el otro responderlas. Entonces Chiapella repartía sus notas binarias, al igual que la Garcha, sólo que en su caso eran ceros o dieces en lugar de los ceros y unos de aquélla. Si la pregunta era fácil, el que preguntaba se ligaba un cero y el que respondía bien un diez, si la pregunta era difícil, el preguntador podía sacarse un diez, pero el resultado dependía de la certeza de la respuesta del otro. Si el que contestaba no la sabía, éste se sacaba un cero y el preguntador recibía su diez, claro está, pero si la sabía la cosa se complicaba, porque en el juego fratricida de Chiappella no había lugar para los finales felices donde todos se llevaban un diez. Para Chiapella el aula era un escenario de competición darwiniana en el que perdedores se quedaban sin nada y ganadores se llevaban todo, y él se divertía a cuesta de ver hermanos comerse los ojos de hermanos para sobrevivir una clase más. En caso de empate el juego continuaba con una pregunta de revancha, y así se iba al mejor de tres, o de cinco, hasta que alguien perdía y alguien ganaba, y los dos “jugadores” volvían a sus bancos exhaustos por el pico de nervios y pánico, mientras que el resto de la clase nos sentíamos morbosos, sucios y culpables por el espectáculo que acabábamos de presenciar.

A mí, gracias a Dios, nunca me llamó al frente, tal vez porque me habrá confundido con alemán, pero eso no lo frenó de ponerme un seis en el boletín bimestre tras bimestre, que por suerte conseguí promediar con una buena nota en la única prueba escrita que tomó en todo el año, y esquivé llevármela a diciembre por un pelo.

Chiappella era, tal vez, de los más sádicos y algunos eran menos desagradables que otros, pero pocos dejaban escabullir entre sus garras más víctimas que las que cobraban. En las horas de clase, entonces, cada uno velaba por sí mismo, y era universalmente aceptado que no había otra alternativa que seguir la marcha, pisando sobre las cabezas de los caídos, la culpa propia y la lástima ajena sirviendo sólo para hacernos más unidos en el espanto, páginas encuadernadas entre las tapas duras del mismo mamotreto, hermanos en el horror de esos años de construcción de nuestro carácter moral y formación de nuestras personalidades adultas.

Es irónico que hoy nos referimos a los compañeros de entonces como "hermanos del aula", porque había entonces tan pocas oportunidades de fraternizar en ese barco negrero, y los lazos de hermandad que nos unieron se solidificaron fuera de ella, cuando nos largaban a pastar en la informalidad controlada de los recreos, en los cuchicheos del ambiente acogedor de la biblioteca, en el barullo chúcaro de los bares de la zona aledaña al colegio donde estudiábamos a contra turno y en el Campo de Deportes donde hacíamos ejercicio; en fin, en cualquier lugar menos en el aula, donde mandaba un Club Jacobino de una docena de Robespierres estériles de ternura, cuyo poder era más absoluto que el de monarcas, cuya único cariño y cuidado estaba reservado para la guillotina y sus instrumentos de tortura, y en cuyo reino del terror todo elemento estudiantil era enemigo de la República.

En el campo de batalla del aula había una aceptación tácita: que el misericordioso timbre del recreo siempre sorprendería al profesor escarbándose los dientes con el peroné o la clavícula de algún pobre desgraciado, y ya que no había más alternativa que continuar alimentando a la bestia, no había ni gloria ni vergüenza en hacer cualquier contorsión para no servir de carnero sacrificial, ni en bajar la cabeza y esquivar la guadaña para cantar una Aurora más al cierre de otro día.

La Aurora llegaba con la certeza y la regularidad de la oscuridad nocturna al final del último timbrazo de la tarde, cuando había que ponerse de pie al lado del banco y fingir un aire solemne a tono con la fanfarria deforme del altoparlante, y ni los espectros de los cien alumnos desaparecidos estaban exentos de entonar sus estrofas, que el preceptor supervisaba con el aire perfeccionista de un director de orquesta, y que esperaba (¡Ney! demandaba) que cantáramos sin equivocar ninguna palabra o desentonar demasiado, en un neutro volumen mezzo piano, que vigilaba celosamente entre el mar de bocas con ojo entrecerrado y oído agudo, para asegurarse de que no hubiera ningún Pavarotti insolente que intentara el sacrilegio de faltarle el respeto a la bandera entonando un fortíssimo, ni ningún atorrante que se las diera de Marcel Marceau moviendo la boca pero cantando en silencio, ambos crímenes no excarcelables de una visita a donar un litro de sangre frente al tribunal de la Prefectura. La bendita Aurora, que querría olvidar pero no puedo, decía más o menos así:

Alta en el cielo,
Un águila guerrera
Audaz se eleva
En vuelo triunfal.
Azul un ala
Del color del cielo,
Azul un ala
Del color del mar.”

Cantábamos la Aurora todos los días en honor de la bandera creada por el General Belgrano, ex alumno del Colegio, cuya inspiración fueron los colores de un firmamento que no teníamos muchas oportunidades de ver en nuestro encierro. Nunca tuve la oportunidad de ver donde arriaban la bandera, porque mis notas no meritaron el dudoso honor de abanderado que era la marca del traga y el suicidio social, pero que otorgaba una temporaria oportunidad de escapar del claustro y ver el cielo de Belgrano un rato antes de que oscurezca. Cantábamos mecánicamente, sin prestar demasiada atención, desconociendo que la letra bizarra y barroca es una mala traducción al español de la principal aria de una ópera compuesta por encargo en italiano antes de convertirse en canción nacional. Nadie se sorprenda que no me enteré sino hasta muchos años después, repitiendo en mi cabeza la letra de esta deprimente canción, llena de bemoles e imágenes de soledad de las que ya tenía superávit en mi propia existencia diaria, que había cometido un error cognitivo de niño que se perpetuó a fuerza de repetición, y que consistía en creer que "azul unala" era un color, como azul marino o azul eléctrico, y no que eran una a una las alas del águila guerrera que eran azules, y canté "azul unala" en vez de "azul un ala" los seis años de secundaria. Me imaginé la frustración que le hubiera causado al preceptor si supiera que existía ese error en mi interpretación, pero que era indetectable e incorregible, y me dio pena haberme perdido la oportunidad de causarle un poquito más de su furia dispéptica sin tener que sufrir las acostumbradas consecuencias disciplinarias.

Y al final del día, cuando ya había caído la oscuridad de la tarde y la ciudad hacía su transición al turno noche, nos daban una tregua y uno podía volver a su casa. Yo compartía el viaje con Kohan y Calvin Klein en el subte de la Línea D, en silencio contemplativo, o a lo sumo hablando bajito, porque el recorrido de unas ocho o diez estaciones era una bisagra de transición entre el confinamiento del fuego y azufre de los claustros verdes, al calor humano de nuestros hogares. Era una parte muy importante de nuestra rutina, una lenta descompresión subterránea como la que hacen los buzos antes de volver a la superficie, para que no se nos hicieran burbujas en la sangre por la diferencia abismal de presiones entre un ambiente y el otro. Había que sepultar las injusticias que nos habían infligido ese día, y dejar bajo tierra los sentimientos de culpa por prepotencias que no habíamos hecho nada para invitar. Hacíamos el viaje evitando las miradas de los pasajeros que no vestían de azul y gris, porque ellos no debían conocer nuestro secreto. De haber hecho contacto visual con alguno antes de tener un respiro tal vez nos hubiéramos largado a llorar, y les hubiéramos confesado desconsolados que alguno había caído víctima de uno de los fusilamientos de Chiappella, y estábamos todos traumatizados de por vida. No sabría decir qué hubiera sido más aterrador: que nos creyeran o que no nos creyeran, y por eso mirábamos al piso y evitábamos el contacto visual, sin confesarle los horrores del claustro a nadie, ni siquiera a nuestros viejos, porque en esa época si había que sufrir rigores se los sufría sin chistar y nadie se atrevía a quejarse de nada. Con cada estación parecía debilitarse el campo de fuerza que pegaba los pies al piso. Subir por las escaleras del subte, encontrarse a una señora parando en un kiosco a comprar cigarrillos, ver los bares llenos de gente tomando un café con amigos, pispiar las vidrieras de negocios llenos, pasar gente yendo y viniendo por la vereda, todas estas cosas de la vida normal del resto de los porteños le daban un aire surreal a los acontecimientos del día. Para cuando llegábamos a nuestras casas ya parecía mentira que hubieran sucedido, y nos volvíamos a sentir personas normales.
1 Eufemismo patriótico para el castellano en aquella época

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Versión: Comentarios Romina 26-01-2014

Capi 2-2

Aurora


El primer amigo que me hice Me parece súper ñoño empezarlo así, creo que no es necesario decir que fue el primer amigo que te hiciste en el colegio, al menos no en esa línea. Podés empezarlo diciendo “en mi clase había un tal Martín Kohan, tocayo del de la décima que escribió...” en el colegio fue Kohan Martín, pero no el que escribió la premiada novela “Ciencias Morales”, en las que compañeros de la décima división, que hoy cuento ente mis hermanos del aula, son protagonistas de una historia de transgresiones y obsesión, ficticia pero suficientemente retorcida como para ser muy representativa de nuestros años negros. Los de la doceava teníamos otro Martín Kohan, que ocupaba el banco de al lado al mío El banco al lado mío es menos rebuscado , cuya habilidad principal no eran las letras sino los deportes, a los que jugaba bien a todos, pero particularmente aquellos de pelota que requieren coordinación del ojo con la mano o el pie, en los que nadie lo superaba.

Martín era de estatura media pero tan macizo y duro que nadie en el colegio, sin importar de qué año “ni los del último año” no sería mejor? , jamás se atrevió a patotearlo ni a mirarlo mal. Kohan nunca se Yo diría “nunca necesitó pelearse”, o “nunca llegó a las manos con nadie” peleó con nadie para ganarse su reputación de duro, porque siempre previno a los que se le ponían compadritos Más que “con” yo pondría “asestándoles”, queda mejor y se entiende mejor qué es lo que está pasando también con una sola piña sobre el bíceps, que Más que “que” yo diría “lo cual” era suficiente para dejar a cualquiera con el brazo incapacitado por diez minutos Queda como muy largo, yo quitaría “incapacitado por diez minutos”, lo pondría así: “diez minutos con el brazo colgando como un pedazo de carne en un gancho de carnicería”, ya se ve lo incapacitado que es colgando como un pedazo de carne en el gancho de una carnicería, o una de sus clínicas ‘paraliticas’ Paralíticas “de clínica”? Porque una “clínica paralítica cuesta entenderlo , aplicadas con la rodilla sobre el muslo, que era “que era” singular, una de... que era. Por otro lado de nuevo yo diría “lo cual era suficiente”, suena más natural suficiente para derribar a cualquier Goliat. Tal vez porque creció en la cresta de la pirámide sin ningún matoncito arriba “arriba”, más bien quisiste decir “por encima de él”. Aunque más que compararlo con la cresta de una pirámide yo lo compararía con un perro de raza fuerte, que son tranquilos porque no les tienen miedo a los demás, personalmente se me hace un Pit Bull, para darte un ejemplo  , Martín era un pibe que nunca estaba de mal humor, siempre era gamba para cualquier aventura, nada le gustaba más que divertirse y rara vez dejaba pasar una oportunidad para pasarla bien Muy largo, se entiende sin tantos ejemplos (y eso de que nunca estaba de mal humor se entiende desde la oración aterior), por ejemplo yo dejaría “Martín siempre era gamba para cualquier aventura y rara vez dejaba pasar una oportunidad para pasarla bien”. . Sin embargo, esas primeras tardes en los claustros no le dieron demasiadas oportunidades para manifestar una naturaleza juguetona “naturaleza juguetona” suena espantoso, parece que estás hablando de un perrito en una casa donde hay niños. Podría ser “su algarabía”, “su jocosidad”, “su naturaleza jocosa”, etc como la suya “como la suya” sobra, yo no lo pondría , y sí bastantes de demostrar capacidad de autocontrol Qué tal en lugar de “y sí bastantes de demostrar su autocontrol”, decir “en cambio le enseñaron autocontrol...” para reprimir “autocontrol para reprimir” no me gusta, “autocontrol con el que reprimía”, “autocontrol que utilizaba para reprimir” sus ganas de romper el silencio “para” de nuevo no, pero además queda ñoño decir que rompe el silencio primero y por qué después, fijate así por ejemplo “sus ganas de correr detrás de una macana con la que rompiera irremediablemente el silencio” para hacer alguna macana, que se manifestaban en “que se manifestaban” no da idea de que por más que se reprimía se desbordaba en esos pequeños gestos, fijate cambiarlo por otro verbo,  una manía de tirarme de la manga del saco de vez en cuando y mirarme con cejas altas y ojos abiertos de león enjaulado, que me parecían decir lo que la canción de Chico Novarro:

"Caímos en la selva, hermano.
¡Y mira en qué piadosas manos!"

Pero pronto teníamos “Pero pronto teníamos” no, “pronto tuvimos”, o “pronto formamos” una banda con que hacerle frente a aquellas primeras épocas en el Colegio “hacerle frente a aquellas primeras épocas del Colegio”, no sé hay algo mal ahí, ¿hacerle frente a qué? A una época suena muy abstracto si todavía no la describiste , entre los cuales estaban, entre otros, "Shuki" Shukman, Javier Gómez Me imagino que Goméz con tilde, separado del “y” que sigue y Gustavito Glusz. No me acuerdo ahora el nombre de pila de Shuki, ni creo haberle prestado demasiada atención en su momento, “No me acuerdo ahora el nombre de pila de Shuki, ni creo haberle prestado demasiada atención en su momento,” hay algo muy plano en esta redacción, yo redactaría algo que dé a entender que nadie en Argentina puede ni pronunciar los nombres de los orientales, así que siempre se manejan con apodos pero era un pibe (¡perdóname!) un poquitín afeminado Ay, creo que quedaría más maduro de tu parte admitir que no “era” un poquitín afeminado y con pinta de nene, sino que tenía modales tan suaves en relación al argentino que “a ustedes” se les hacía afeminado y aniñado y con tanta pinta de nene, que a pesar deque lo queríamos mucho lo atormentábamos con la crueldad miope de la adolescencia, cargándolo cada vez que su vocecita de castrato desentonaba con los previos bajos, barítonos y tenores marcando el “¡presente!” durante la diaria toma de asistencia. Le largábamos a diario las mismas risotadas y mofas que lo ponían colorado de vergüenza, pero Shuki lo sobrellevaba con estoicismo y buen humor por saberse parte del grupo “por saberse parte del grupo” creo que sobra y sospechar que, de alguna manera oblicua, era un gesto cariñoso.

Javier Gómez, en contraste, era atleta de Gimnasia y Esgrima, flexible y duro como un tiento. Era mi ángel de la Era tu ángel de la guarda, no de la guardia guarda para todas las materias técnicas Materias técnicas o materias exactas quisiste decir? , en las que no me fue Tiempo verbal: yo diría “en las que no me solía ir nada bien”, o en todo caso “en las que no me iba nada bien” “las fórmulas matemáticas”, no “las fórmulas de matemáticas”matemáticas y los misterios insondables de la física, además de ser gaucho para físichacerse Fisichacerse? Hacerse quisiste decir creo a un lado disimuladamente cuando la fuerza mayor de una prueba sorpresa o alguna otra eventualidad nefasta me forzaba a copiarme de él con tanto descaro como sigilo. Che acá te tengo que hacer un comentario, todos hicimos todo lo posible para copiarnos y estudiar lo menos posible todo el secundario, pero en el capi del examen de ingreso quedaste como el anti-machete boy, tenés que dar a entender por qué te jodió lo del pibe en ese momento y ahora te copiás alegremente, en los dos lugares, allá más que acá


Gustavito Glusz, a quien llamábamos Gluchi, tenía un cierto parecido a un joven Woody Allen pero sin pelada ni anteojos (¡aunque apuesto que hoy tiene las dos!) y era un pibe muy culto e inteligente aunque bastante tímido. Le costaba relacionarse con gente que no conocía tan bien Más que “que no conocía tan bien como nosotros”, directamente “que no conociera tanto”como nosotros, lo que era evidente porque cuanto mas incómodo se sentía, más le temblaba el pulso y más tartamudeaba al hablar. Hay algo mal en “lo que era evidente porque cuanto mas incómodo se sentía, más le temblaba el pulso y más tartamudeaba al hablar.” yo sacaría lo de “evidente porque...”, eso es ñoñada, diría “de hecho le temblaba el pulso y tartamudeaba frente a desconocidos”, algo así Estos eran algunos del estrecho grupito de amigos a contrastar con Palmieri, Siemenspitz, el gallego Espíndola y el resto de la tropa varonil de doceava, que eran más compañeros que compadres. No sé si es necesario nombrar al resto, tené en cuenta que al lector en este momento todavía no le suenan a nada, es como que yo te diga “En Sudáfrica conocí estas 3 frutas, además de la chijira, el cholahuete, la mumbarumba y el copiriño”. 


A pesar que me cuesta hacer diferencias entre los amigos de la adolescencia cuya devoción me dura hasta hoy, debo reservar un lugar especial para dos personajes que quedan desujetalibros del estante donde el resto acumulamos polvo y amonestaciones. El primero de ellos es Daniel Alhadeff, con quien tuve una amistad de primero entre iguales, que pronto se convirtió en mi mejor amigo, uno de los más queridos que tengo en la vida y con el cual nos une un lazo de hermandad de más de treinta años. Fuimos inseparables desde algún momento del primer año hasta el fin de la secundaria, además de cursar juntos el Ciclo Básico Común El lector puede no saber qué es el CBC, aclará que es el curso de ingreso a la facultady seguir en infrecuente pero estrecho contacto desde entonces. Ya de pibe, Daniel las tenía todas para triunfar en la vida: a los catorce ya medía un metro ochenta y parecía de más de dieciocho años de edad, además de tener un buen físico y ser buenmozo hasta el reproche, de facciones tan simétricas que le permitieron suplementar su ocupación normal con una lucrativa carrera de modelo que comenzó a los 18 años con Calvin Klein y sigue firme hasta hoy, que estamos todos cuarentones Che lo quiero conocer. Hablando en serio, creo que podrías hacer más atractivo ese comentario, llamarlo “el chico Calvin Klein” o algo por el estilo . Encima de sus atributos físicos, Daniel tenía una suprema confianza en sí mismo que le permitía desenvolverse en cualquier situación, y lo hacía tremendamente carismático y atractivo con las chicas y hasta con las mujeres mayores que lo adoraban, porque no por ser lindo era ningún gil “lo lindo no lo volvía ningún gil” no te gusta más? ; al contrario, era extremadamente rápido para la actividad mental, y se sacaba notas por lo menos dos puntos más altas que las mías, que estaban ya para entonces cómodamente instaladas en el promedio necesario para aprobar con el mínimo esfuerzo. Daniel podía resolver con la misma facilidad y fluidez ecuaciones, traducciones, y conflictos por sostener relaciones románticas con cinco novias al mismo tiempo sin que más de dos lo supieran (o les importara), ademas de ganarse un lugar respetado y afectuoso entre los muchachos de nuestro grupo. Para probar que nadie es perfecto, sin embargo, tenía una pequeña debilidad en los deportes, no porque le fuera mal (de hecho era un muy buen pilar de rugby además de ganarme la mayoría de los partidos de tenis que jugamos), sino porque tenía pies severamente planos que le imposibilitaban ser excelente en eso también. ¡Menos mal, porque si no, en vez de quererlo tanto, lo hubiera tenido que odiar!

Y finalmente estaba Gustavo Stirparo, alias el "Tripas", flaco y con demasiada cara de sinvergüenza hasta el día de hoy, que era un virtuoso del fútbol, deporte en el que complementaba una habilidad innata de dioses con la picardía de su naturaleza traviesa hasta las fronteras de la Maldad, de la Grosería, y la Alevosía, todos países extranjeros pero limítrofes a nuestro pequeño mundo, los cuales habían dado al Tripas un pasaporte diplomático y cuyas fronteras cruzaba frecuentemente y con la inmunidad de un cónsul. Stirparo no tenía la más mínima consideración por nada ni nadie excepto la pelota de fútbol, las rayas de la cancha y Vélez Sarsfield, que eran las únicas cosas a las que tenía y por las que demandaba respeto sacrosanto. Era el que hacía correr los rumores más perversos pero cómicos, como que Shuki le había chupado la pija por cinco palos, que Shuki perpetuó por años en su afán de desmentirlo, Y era quien siempre...y el que siempre ofendía a cualquiera a quemarropa, como cuando le dijo al hermano de Alhadeff, cuya hija estaba de tres meses y apenas abría los ojos, que había pasado de ser un usuario a ser un proveedor. Y todavía me río de su manera de mirar televisión cuando lo iba a visitar a su departamento de la calle Ayacucho, que consistía en usar el control remoto para atormentar a los vecinos de enfrente cambiándoles el canal, apagándoles la televisión, subiéndoles y bajándoles el volumen hasta que le pegaban manotazos de furia intentando arreglar el aparato de un golpe. Cuando, frustrados, apagaban la televisión e intentaban una siestita, el Tripas, paciente para la maldad, esperaba que se encontraran en el umbral del sueño y se las volvía a prender, con el volumen al máximo, y por la ventana a oscuras los veíamos saltar del susto y nos reíamos hasta caernos al piso. Es representativo de la manera de ser del Tripas que no estudió nada para el examen de ingreso al Buenos Aires Esto lo vas a tener que aclarar, yo no estudié nada para ningún examen de Lengua pero en las demás materias me es imposible imaginarme aprobando sin estudiar, ¿fue a Academia? Entonces estudió en la Academia, ¿no? Si es así deberías aclarar acá que fue a Academia, y en el capi anterior donde hablás de Jiménez aclarar que los hacían estudiar tanto y tan bien que quizás no era tan necesario estudiar en casa? (igual no me lo imagino, yo no fui a academia pero no recuerdo haber tenido un respiro en todo el año), se sacó uno de los mejores puntajes del año, pero eligió ir al turno tarde igual, para no tener que madrugar.
Pero estas amistades (como tantas otras) eran, por el momento, asignaturas pendientes. Esos primeros días en los claustros todavía parecían largos como inviernos polares (¡e igual de solitarios!), en los que nos sometían a una interminable puerta giratoria de visitas de clérigos de una orden de monjes perversos, cuyos caprichos debíamos atender con disposición dócil, dirigiéndoles la palabra en todo momento bajo su título de "señores profesores", y que nos obligaban bajo pena de excomunicación a repetir un rosario incomprensible de conjuros en Idioma Nacional En serio “Idioma Nacional”? , Francés y Latín, o nos adoctrinaban en la cábala oculta de las Matemáticas, o demostraban la utilidad de la Música para calmarnos a “para calmar a las fieras” o “para calmarnos a nosotros, las fieras” las fieras, y de la Plástica para distinguir entre la belleza y laperfección de todo lo que nos ponían enfrente como modelo y la despreciable imperfección de nuestra producción artística; y cuándo no, nos proveían una letanía de contraejemplos de la Historia para prevenirnos a no repetir la locura de quijotes de antaño con más peto y espaldar que nosotros, que cometieron la alevosa osadía de intentar cambiar el orden del mundo, pero la imperdonable estupidez de fracasar.

Teníamos entonces varias joyitas en el relicario vetusto de la sala de profesores, que se ganaban su pan y su carne de cada día honrando la infame atrición que diezma aun hoy las huestes estudiantiles del Buenos Aires, cazando como hienas en la sabana a aquellos que no podían seguir el ritmo feroz del tren de estudio e invitándolos a bajarse en alguna estación, siguiendo con ojo aparentemente desinteresado la manada de alumnos que se esmeraba por mantenerse toda junta, informe, mientras oteaban el horizonte buscando la interrupción más sutil en la regularidad de las olas de la mar gris azul, que era la señal delatora del débil, y cuando no la encontraban, husmeando el aire para oler el miedo de quien no entendía la lección, no había estudiado o no hizo los deberes. Como zorros viejos y astutos que eran aislaban a su presa de la seguridad de la manada con paciencia, sin malgastar energías en persecuciones inútiles, hasta separar al enfermo, al incauto, al guacho y al indefenso para cobrarlos de víctimas. “Y entonces quedaron nueve” intituló Agatha Christie una de sus novelas de misteriosos asesinatos, un buen lema con que recordar cómo desaparecían de nuestras filas los compañeros, amigos y hermanos del aula. Comentario del párrafo: no se entiende nada, no se entiende que éramos los abanderados en nuestras escuelas, acá nos seguimos matando estudiando y por primera vez “no llegamos”, que después de unos meses de sentirnos sobrepasados y ver nuestras paupérrimas notas en algunas materias les pedimos a los profesores que aflojen por favor un poco la mano, a lo que ellos nos contestaban que siempre teníamos la opción de cursar en otro colegio, o contestaciones por el estilo. Así como lo contaste falta “medida relativa”, el lector no entiende cuál es el grado de exigencia


Uno trataba de confundirse con el paisaje, de mimetizarse detrás de la espalda del compañero del banco de adelante, porque dejar un flanco expuesto o romper filas entre el camuflaje de azul marino, celeste y gris para ser de golpe un individuo identificable por apellido y nombre entre la masa era un descuido fatal, que la parte del león de los profesores rara vez desaprovechaba e invariablemente terminaba en una llamada al frente a dar parte oral de precarios desconocimientos Lo precario son los conocimientos, no son “precarios desconocimientos” de historia, pifiar una solución a ecuaciones cuadráticas, o intentar una lastimosa traducción de un párrafo indecifrable de Catilina en latín, mientras el resto invocábamos la plegaria de los desahuciados de Séneca, meciendo la cabeza como judíos frente al muro de los lamentos, rezando bajo el aliento: "non mortem timemus, sed cogitationem mortis; non mortem timemus, sed cogitationem mortis; non mortem timemus, sed cogitationem mortis."

En aquellos primeros años los profesores parecían tener personalidades de una severidad sorprendentemente uniforme, aunque más de uno sobresalía en su afán de aprovechar la impunidad que gozaban las autoridades en aquella época para incorporar sus tendencias sádicas a los métodos de enseñanza. Podría mencionar a la García de latín, mejor conocida entre el alumnado como “La Garcha”, apodo que describía muy bien su calidad humana, porque que se empecinaba en hacernos vocalizar una “U” cuando se leía claramente una “V” (como en el nombre de la esclava Flavia que nos hacía pronunciar "Flauia"  Che todo bien pero estabas leyendo en latín no en castellano no? ), y después tildaba de comunistas a aquellos que leían la letra que no debían en un descuido, con todo lo que esta etiqueta podría conllevar dentro de aquellas paredes y en aquellas épocas, que causó tartamudeos incontrolables en más de uno. Ella se consideraba muy culta, pero era más bien propensa a entrar en callejones sin salida gramatical, como "la cultura europea es mucho más... mejor" y calles cortadas de lógica, como "el país estaba al borde del abismo pero con el Proceso conseguimos dar un paso al frente". Pero ¡guay! del que le discutiera, porque procesaba más ceros y unos por segundo que la supercomputadora "Deep Blue" de IBM, y a pesar de sus limitaciones de razonamiento lógico demostraba una profundidad de pensamiento estratégico para mandar a diciembre a los que eran de su desagrado digna de un gran maestro ajedrecista.

Otro que me viene a la memoria y las pesadillas de esos días es el Popolisio, de Historia, fiel modelo de un Coronel Urbano, abuelo de Isidoro Cañones (pero nonagenario), con sus bigotes tupidos y un ojo más grande que el otro que pedía a gritos un monóculo, que de no ser tan perro Tan perro qué quiere decir? le hubiéramos regalado para el día del maestro. Éste era un Cervantes de los discursos xenofóbicos e ignorantes, paradójicamente para alguien que se ganaba la vida impartiendo conocimientos de los logros de sociedades que existieron milenios antes de la fundación tartamuda de nuestra pequeña nación, como el celebrado "el inglés es un idioma inferior al castellano, porque en vez de decir bombero dicen 'fireman', o sea hombre-fuego, y con esos ¿quién apaga un incendio? Jejeje yo entendí lo que quiso decir, no lo veo xenófobo ni ignorante, el castellano y el resto de las lenguas romances son un lenguaje de programación, una vez que te aprendiste los comandos podés decir cualquier cosa, incluso las más insólitas e inimaginables, mientras que el inglés es un idioma de asociación libre, de pegar las palabras una atrás de la otra y esperar a que la gente se dé  cuenta sola de lo que uno habrá querido decir, a eso se refiere con que en castellano un bombero nunca va a ser un “hombre fuego”.
 ". El Popolisio era un gran estudioso de la historia, que profundizó sus prodigiosos conocimientos a lo largo de décadas de docencia (que algunos sospechábamos ya eran siglos), pero mientras que el anhelo de los otros discípulos de Heródoto era Cómo “separar” separar una narrativa útil y objetiva con la cual explicar las causas principales de la evolución en los asuntos públicos de los hombres, el "Popo" había dedicado su vida a la confirmación científica de todos los prejuicios de su era, y era metódico sólo en su afán de ignorar evidencia contradictoria a sus falacias fóbicas, en montar un edificio de refutación a toda interpretación de la historia que no desemboque en su visión idealizada de una Argentina uniforme, católica y occidental como el punto culminante de la humanidad al que otras naciones del presente y el pasado sólo podían aspirar.

A Chiappella (también de historia) por el otro lado, le gustaba atormentarnos con simulacros de ejecución, experimentos humanos y otras armas de la guerrilla psicológica, que emprendía con el entusiasmo, la afectación y el sadismo de un Mengele, montando su escena con sorprendente talento histriónico y usando un lenguaje cuya truculencia hubiera sido la envidia de Edgar Allan Poe. De vez en cuando, si necesitaba un tónico con que mejorar su mal humor, comenzaba la clase paseándose entre los bancos en un largo e intolerable silencio, enfocando su intensa mirada en la dirección de este o aquel alumno hasta que alguno delataba su miedo parpadeando, apartando la vista o derramando una gota de sudor frío, cuyo impacto sobre el suelo Chiappella escuchaba con sus oídos de búho, claro como las campanas de Notre Dame, para sellar el destino del incauto:

"¡Usted, contra el paredón!”, sentenciaba con una estocada de su dedo índice, “¡Al fusilamiento!” Hasta acá todo bien, pero ¿qué quisiste decir con la analogía? Tené en cuenta que los demás no lo vivimos. Yo que vos pondría lo que sí hizo, literalmente, y que mientras caminaba, después de haberlo descripto, decir que parecía que estuviera caminando hacia el paredón de fusilamiento 


El resto de la clase aguantaba la respiración, y se escuchaba sólo el tambor marcial de los tacos y las suelas de sus zapatos al andar, hasta que alguien perdía su batalla contra la asfixia y largaba una exhalación, que Chiappella detectaba como si fuera el viento de un huracán, y no el suspiro disimulado de un canario, se daba vuelta ciento ochenta grados si fuera necesario, para sentenciar con otra estocada de su dedo:

"¡Usted, contra el paredón! ¡Al fusilamiento!”

Hasta que juntaba cinco o seis víctimas en línea al borde de la misma tumba N.N. que yacٌía en el corredor entre la tarima de los profesores y nuestros bancos, lista para recibir los cadáveres que iban cayendo. Primero pasaba “revista”, controlando escrupulosamente el largo de los jumpers y las medias de las alumnas, que debían llegar exactamente a la base de la rodilla, y el pelo corto y la corbata de los varones, porque en el mundo de Chiappella los conocimientos más enciclopédicos y las interpretaciones más profundas de la historia eran invalidados por faldas cortas, cabellos desprolijos o corbatas que no Que no tocaran, no que no tocaban tocaran el botón superior de la camisa. Cualquiera que se desviaba recibía un cero y se volvía a su banco, aunque en defensa de lo indefendible debo admitir que, por lo menos, se salvaba del próximo Del “siguiente” tormento, en realidad diría tormento (el “fusilamiento” en sí) que consistía en dispararnos preguntas incontestables con su voz amenazadora:

¿Cuánto calzaba San Martín, Espídola?” Creo que antes de semejante aparición de circo tenés que hacer un silencio, antes de decir que empieza a disparar, hacé una pausa en la narración, que respiraban escuchaban susurros se acomodaban las manos miraban tal cosa lo que fuera, y después de un respirar hondo de los alumnos que habían pasado al frente, miran al profesor que les pregunta la talla de calzado 


¿Cómo, señor profesor?”

Ademas de ignorante ¿Es usted sordo, Espíndola?”

El gallego bajaba la cabeza, sabiéndose en el peligro mortal de arenas movedizas.

No sé, señor profesor”

Chiapella paraba el pulgar, extendia el índice de la mano derecha, y se la ponía así constituída en gatillo contra el pecho, esperando que la mano izquierda dirigiera lentamente el caño de su fusil invisible hacia la gran cabeza del gallego Espíndola, que tiritaba de terror, y cuando tenía el punto medio de su única ceja ininterrumpida en la mira de un ojo, mientras cerraba el otro para hacer puntería, apretaba el gatillo imaginario y le disparaba un salvo de balas de punta onomatopéyica:

¡Bang, bang!... Cero, Espíndola. Cero por cobarde y cero por bruto. ¿Promedio?: ¡Cero!” Esperá, ¿no era una metáfora lo del paredón? Entonces tenés que aclararlo la primera vez, que todos lo miraron con estupor la primera vez que lo hizo y que tuvo que repetirse para que le creyeran por ejemplo 


Y el pobre galleguito se tragaba lágrimas de terror y desesperación.

Chiappella disfrutaba mucho más, sin embargo, cuando involucraba compañeros judíos o coreanos en su diversión, porque a pesar que su sadismo era de igual oportunidad  “porque a pesar de su sadismo gustaba de prodigar las mismas oportunidades para...” qué te parece. Si no igual está mal sintácticamente, “era de igual oportunidad” no, “daba las mismas oportunidades” es la correcta para todas las razas, sexos y religiones, le encantaba interyectar chascarrillos o comentarios antisemitas, pronunciar mal a propósito apellidos que no fueran de “cristianos”, o confundir a los coreanos adrede con chinos; porque se divertía como loco atormentando a las jóvenes almas cuya formación le había sido confiada.

¿Cuánto calzaba San Martín, Shuk-man?”, le preguntaba a Shuki, escabullendo una pausa inexistente entre las dos sílabas de su nombre, que de alguna manera le daba así una calidad despreciable, como si fuera demasiado desagradable para pronunciarlo de un solo tirón.

¡Treinta y ocho, señor profesor!”, contestaba Shuki, decidiendo que una intentona de ahogado le daba alguna posibilidad marginal de esquivar la bala que Espíndola se comió por tímido.

¿Treinta y ocho, Shukman? ¿Qué se cree, que el Santo Varón de los Andes era mariposón como usted? ¡Bang, bang! Cero, mi amigo… Cero por atrevido y cero por hebreo apátrida. ¿Promedio?: ¡Cero!”

Otras veces llamaba alumnos al frente de dos en dos, a jugar un juego cuya simpleza encubría una sofisticación tan perversa que hubiera maravillado al mismísimo von Neumann. Las reglas estipulaban que un alumno debía hacer las preguntas y el otro responderlas. Entonces Chiapella repartía sus notas binarias, al igual que la Garcha, sólo que en su caso eran ceros o dieces en lugar de los ceros y unos de aquélla. Si la pregunta era fácil, el que preguntaba se ligaba un cero y el que respondía bien un diez, si la pregunta era difícil, el preguntador podía sacarse un diez, pero el resultado dependía de la certeza de la respuesta del otro. Si el que contestaba no la sabía, éste se sacaba un cero y el preguntador recibía su diez, claro está, pero si la sabía la cosa se complicaba, porque en el juego fratricida de Chiappella no había lugar para los finales felices donde todos se llevaban un diez. Para Chiapella el aula era un escenario de competición darwiniana en el que perdedores se quedaban sin nada y ganadores se llevaban todo, y él se divertía a cuesta de ver hermanos comerse los ojos de hermanos para sobrevivir una clase más. En caso de empate el juego continuaba con una pregunta de revancha, y así se iba al mejor de tres, o de cinco, hasta que alguien perdía y alguien ganaba, y los dos “jugadores” volvían a sus bancos exhaustos por el pico de nervios y pánico, mientras que el resto de la clase nos sentíamos morbosos, sucios y culpables por el espectáculo que acabábamos de presenciar.

A mí, gracias a Dios, nunca me llamó al frente, tal vez porque me habrá confundido con alemán Será porque te gustaba hacerte el payaso en la clawse? El que gusta de hacerse el gracioso no es gracioso cuando los hace pasar al frente a sudar frío , pero eso no lo frenó de ponerme un seis Y el seis, habrá sido por tu gusto de hacerte el payaso? en el boletín bimestre tras bimestre, que por suerte conseguí promediar con una buena nota en la única prueba escrita que tomó en todo el año, y esquivé llevármela a diciembre por un pelo.

Chiappella era, tal vez, de los más perros Qué quiere decir perros? , y algunos eran menos perros que otros, pero pocos dejaban escabullir entre sus garras más víctimas que las que cobraban. En las horas de clase, entonces, cada uno velaba por sí mismo, y era universalmente aceptado que no había otra alternativa que seguir la marcha, pisando sobre las cabezas de los caídos, la culpa propia y la lástima ajena sirviendo sólo para hacernos más unidos en el espanto, páginas encuadernadas entre las tapas duras del mismo mamotreto, hermanos en el horror de esos años de construcción de nuestro carácter moral y formación de nuestras personalidades adultas.

Es irónico que hoy nos referimos a los compañeros de entonces como "hermanos del aula", porque había Había, no habían. Son oportunidades pero haber va siempre siempre en singular entonces tan pocas oportunidades de fraternizar en ese barco negrero, y los lazos de hermandad que nos unieron se solidificaron fuera de ella, cuando nos largaban a pastar en la informalidad controlada de los recreos, en los cuchicheos del ambiente acogedor de la biblioteca, en el barullo chúcaro de los bares de la zona aledaña al colegio donde estudiábamos a contra turno y en el Campo de Deportes donde hacíamos gimnasia Yo diría hacíamos deportes, más bien; en fin, en cualquier lugar menos en el aula, donde mandaba un Club Jacobino de una docena de Robespierres estériles de ternura, cuyo poder era más absoluto que el de monarcas, cuya única indulgencia estaba reservada para la guillotina y sus instrumentos de tortura No entendí, única “indulgencia” reservada para la guillotina? , y en cuyo reino del terror todo elemento estudiantil era enemigo de la República.

En el campo de batalla del aula había una aceptación tácita: que el misericordioso timbre del recreo siempre sorprendería al profesor escarbándose los dientes con el peroné o la clavícula de algún pobre desgraciado, y ya que no había más alternativa que continuar alimentando a la bestia, no había ni gloria ni vergüenza en hacer cualquier contorsión para no servir de carnero sacrificial, ni en bajar la cabeza y esquivar la guadaña para cantar una Aurora más al cierre de otro día.

La Aurora llegaba con la certeza y la regularidad de la oscuridad nocturna al final del último timbrazo de la tarde, cuando había que ponerse de pie y fingir un aire solemne a tono con la fanfarria deforme del altoparlante, y ni los espectros de los cien alumnos desaparecidos estaban exentos de entonar sus estrofas, que el preceptor supervisaba con el aire perfeccionista de un director de orquesta, y que esperaba (¡Ney! demandaba) que cantáramos sin equivocar ninguna palabra o desentonar demasiado, en un neutro volumen mezzo piano Mezzo piano va en itálicas, no sé tus cuestiones de tipografía por eso lo dejo así , que vigilaba celosamente entre el mar de bocas con ojo entrecerrado y oído agudo, para asegurarse de Asegurarse “de” que, asegurarse de eso que no hubiera ningún Pavarotti insolente que intentara el sacrilegio de faltarle el respeto a la bandera entonando un En italiano fortissimo, por eso sin tilde, y también debería ir en itálicas fortissimo, ni ningún atorrante que se las diera de Marcel Marceau moviendo la boca pero cantando en silencio, ambos crímenes no excarcelables de una visita a donar un litro de sangre frente al tribunal de la Prefectura. La bendita Aurora, que querría olvidar pero no puedo, decía más o menos así:

Alta en el cielo,
Un águila guerrera
Audaz se eleva
En vuelo triunfal.
Azul un ala
Del color del cielo,
Azul un ala
Del color del mar.” En tu memoria es divertidísimo cantarla, pero los que no la conocen no van a querer leerla porque no les aporta nada, yo dejaría solamente los dos últimos versos. Algo así: Todos los días cantando la bendita Aurora, luego de años de cantarla no puedo olvidarla, cuyos versos finales quedaban resonando en la memoria de los que la acababan de cantar, como escabulléndose en el silencio que le seguía:

 “...azul un ala, del color del mar.” Ponele, estoy tirando lo primero que se me ocurre. 


Cantábamos todos los días en honor de la bandera creada por el General Belgrano, ex alumno del Colegio, cuya inspiración fueron los colores de un firmamento que no teníamos muchas oportunidades de ver en nuestro encierro: un cielo azurro en lugar de nuestro cielo raso, nubes blancas invisibles en la luz artificial de nuestro confinamiento que sólo sabía reflejar nubarrones negros Por qué sólo sabía reflejar nubarrones negros? , y finalmente un sol cuyo calor nos venía No es el calor del Sol el que nos venía, o sí de una forma compleja y ridículamente indirecta, más bien cuyo calor presentíamos, recordábamos,  sólo por la estufa, y jamás de ninguno de los adultos en las puertas cerradas de ese infierno donde sobraba el fuego y Yo diría el fuego y “el” azufre azufre, pero faltaba Yo diría pero que carecía de calor humano. Cantábamos en honor de la bandera arriada en alguna parte del Colegio que no tuve nunca oportunidad de ver, porque mis notas nunca meritaron el dudoso honor de abanderado, que tal vez me hubiera dado una temporaria oportunidad de escapar del claustro y ver el cielo de Belgrano un rato antes de Un rato antes “de” que oscurezca que oscurezca. Che se me mezcló con el libro de kohan, pero juraría que no mencionaste en ningún momento que la aurora la cantabas en tu aula, o sí? Cantábamos la Aurora al final de cada día escolar, día tras día, exhaustos y ansiosos de volver al clima benigno e indulgente de nuestras casas, pero no me enteré sino hasta muchos años después, repitiendo en mi cabeza la letra de esta deprimente canción, llena de bemoles e imágenes de soledad de las que ya tenía superávit en mi propia existencia diaria, que había cometido un error cognitivo de niño que se perpetuó a fuerza de repetición, y que consistía en creer que "azul unala" era un color, como azul marino o azul eléctrico, y no que eran una a una las alas del águila guerrera que eran azules, y canté "azul unala" en vez de "azul un ala" los seis años de secundaria. Me imaginé la frustración que le hubiera causado al preceptor si supiera que existía ese error en mi interpretación, pero que era indetectable e incorregible, y me dio pena haberme perdido la oportunidad de causarle un poquito más de su furia dispéptica sin tener que sufrir las acostumbradas consecuencias disciplinarias. Eso no es nada, un verso de Gardel dice “arácnido en tu pelo” 


Y al final del día cada uno volvía a su casa, en mi caso y en el de Kohan y Alhadeff en el subte de la Línea D, en silencio o hablando bajito, evitando las miradas de los pasajeros que no vestían de azul y gris Por qué? Cómo los miraban? . Con cada estación parecía debilitarse el campo de fuerza que pegaba los Que pegaba “mis” pies diría yo, o “nuestros” pies si estabas acompañado pies al piso y, para cuando llegaba a mi casa, ya me sentía de nuevo una persona normal. Más bien yo diría “sólo al llegar a casa me sentía de nuevo una persona normal”. 

En el último párrafo me gustaría que pusieras qué hora era, a qué hora salías del colegio, si anochecía, si ya estaban cerrados los negocios, si ya estaban prendidas las luces de la ciudad, cosas así, que así como lo ponés uno no ubica el momento del día 


Comentarios del capítulo.

El capítulo es de tipo presentar personaje por personaje pegados con plasticola, a veces contando tus primeros meses y a veces cualquier otro momento, y al final pegás con plasticola de nuevo que cantabas el aurora y te volvías a tu casa (el Aurora lo cantabas al llegar o al irte?).

Yo haría una estructura un poquito más cronológica, o cronológica no más bien periódica, es decir hay dos períodos de tiempo: el día, que empieza al llegar al colegio y termina al terminar el colegio, y el anual, que empieza conociendo al docente y termina llevándote la materia o no (yo no hablaría del último año en este momento), pero divagándote todo lo que se te antoje siempre que sea necesario, fijate: empezaría con el principio del día, al llegar al aula (me gustaría que des una imagen de dejar la calle y entrar al “lugar de los seres verdes y azules”, algo que dé la sensación de entrar en un lugar donde no se es normal) y sentarte y contar más o menos (qué sé yo, por ejemplo quiénes tenías alrededor, si fue en el mismo orden todo el secundario o los cambiaban año a año, no sé porque yo no estuve ahí), ahí introducir a tus amigos y explayarte con todo lo que tengas que contar de cada uno de ellos, si alguna anécdota ocurrió exclusivamente al recién conocerse contarla primero. Después contar los docentes, de la misma forma. Por ejemplo lo de “al paredón, al frente” de Chiappella, contar cómo fue la primer clase que hizo eso, para después hablar más en general de cómo había sido todo el año con él, y después divagarte hablando de los demás docentes. Una vez que hablaste de todo el mundo contar cómo volvías a tu casa.
También, si estos sucesos fueron exclusivos de primer año o de los dos primeros años, especificalo.

De todas formas personalmente no sé si me convence que el contenido de este capítulo esté en un capítulo aparte de los demás, lo de arriba es un ejemplo que te doy de cómo me hubiera gustado más leerlo, enfatizando la entrada a la no normalidad y la salida al mundo normal, que da la impresión de que quisiste plasmarla pero no hay datos para que nos llegue a quienes no estuvimos ahí.


PD como dice Yanina, no me mates estoy trabajando :) pareciera que te la estoy matando pero desde el punto de vista del contenido de cada párrafo me gustó.
 
 
 
 
 
 
 
 

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