martes, 28 de julio de 2015

ADS 3-4 Suspensión de clases 15-02-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf, comentarios de Romina del 15-02-2014


Suspensión de Clases



Los primeros dos años en los claustros nos habían acostumbrado a la tristeza, la conformidad y la obediencia. Aceptamos las castraciones del corte de pelo, las vinchas, los uniformes despersonalizadores, la tristeza que chorreaba por las paredes… todo con la docilidad de los desesperanzados, habiendo comprendido que toda resistencia al monolito de autoridad era inútil, porque no había esperanza de cambio ni dentro del Colegio ni en el país, donde el temido gobierno militar mostraba igual  Yo diría “la misma” mano dura  mano dura, frente unido y fuerza inamovible después de seis años de dictadura.

La profundización de la crisis económica en los meses anteriores, sin embargo, empezó a descongelar por fin los glaciares del miedo, a aumentar el caudal de los ríos de descontento y bronca por el saldo de horror y muerte de la “guerra sucia”, y a encender la chispa del anhelo por el regreso de la verdad y la libertad. Entonces, haciendo eco de viejas broncas pero nuevas audacias, la Confederación General del Trabajo declaró una huelga general de protesta, reclamando “Paz, Pan y Trabajo”, que no fue la primera, pero sí la única hasta entonces que tuvo el ímpetu del apoyo popular masivo, y generó una palpable nueva sensación, impensable meses atrás: que el futuro de todos los argentinos dependía del resultado de ese día, ya que Viola había sucedido como jefe de la junta a Videla, y en seguida Galtieri lo había volteado a Viola, y todo este merengue se había batido en unos pocos meses, luego de habernos acostumbrado al macizo inmutable de los seis años anteriores. El triunfo de la huelga podría, por un lado, abrir una mella en la armadura del desaliento, mientras que una represión desmedida, por el otro, arriesgaba galvanizar la resistencia popular y tornarse contraproducente. Nadie sabía cuál sería el justo equilibrio de la cosa, pero si algo quedaba claro era que la situación se estaba complicando más allá de todo lo conocido desde el golpe de estado largos años atrás, y la atmósfera estaba cargada de gases explosivos cuya probable ignición resultaría, tal vez, en el desmoronamiento del edificio entero de la dictadura.

Para los comienzos de nuestro tercer año de secundaria, que coincidió con esta época, los alumnos del Colegio también estábamos embarcados a paso más bien incauto en la aventura de pensar por nosotros mismos, íbamos profundizando a diario la intransigente conciencia social típica de la juventud, que no conoce ni mitades ni matices, y experimentando con la política, esa droga bajo cuya influencia arriesgábamos ser descubiertos constantemente, sin saber cuál sería el precio de nuestra insolencia, porque las autoridades habían encarcelado a sus adictos y derramado tanta sangre para mantenerla proscripta. A nuestros ojos de jóvenes idealistas, sin embargo, el peligro no hacía más que intensificar la excitación de la lucha contra las injusticias del régimen, acentuar el romance de la resistencia y exacerbar el efecto narcótico de la oposición a su tiranía.

Hay fechas que quedan para siempre plasmadas en la memoria, como el día del asesinato de Kennedy en Dallas para la generación de mis padres, o la del ataque a las torres gemelas en Nueva York para la mía, pero yo pensé entonces que la fecha indeleble de mi vida sería la huelga de ese 30 de Marzo de 1982, porque intuí con excitación incontenible que por primera vez soplaban vientos de cambio y libertad, como los que ningún historiador, filósofo o estadista ha descripto mejor que Bob Dylan No era argentino... contextualizalo un mínimo si no querés que quede agarrado de los pelos n en la letra de su más famosa canción:

Juntemos al pueblo, donde ande vagando,
Y admitamos que las aguas han ido creciendo,
Y aceptemos que pronto nos irán tapando,
Si tu pellejo quieres, acaso, salvar
Entonces mejor que empieces a nadar
Porque la corriente de los tiempos está cambiando.

La línea en la historia ha quedado marcada
Los lerdos de hoy serán los rápidos mañana
Y los poderosos de hoy serán débiles mañana
El viejo orden se va rebarajando
Y los que están abajo hoy, arriba irán quedando
Porque la corriente de los tiempos está cambiando." 

Era fundamental para las autoridades del país y el Colegio que ese fuera un día normal, indistinto del anterior o el siguiente, y la negación fue la tesitura de su comportamiento en los días previos, ya que la disensión no existía, y por lo tanto la protesta era innecesaria, y de todos modos el derecho a expresar opiniones tenía un solo dueño llamado “Gobierno”, que era avaro y celoso. No recibimos ninguna instrucción de interrumpir nuestra rutina para quedarnos en casa, así que la madrugada de ese día hubo clases como de costumbre para el turno mañana, mientras que los del turno tarde tuvimos que ir tempranito al Campo de Deportes, como lo hacíamos obligatoriamente dos o tres veces por semana, o arriesgar sanción por ausentarnos sin licencia. Luego del acostumbrado picadito de fútbol en Puerto Madero nos pegamos la ducha mortificante de siempre, nos pusimos el uniforme y partimos en dirección a la Plaza de Mayo. Tuvimos que dar varias vueltas a causa de las vallas y los bloqueos que las fuerzas de seguridad habían montado para dificultar la circulación de huelguistas inexistentes, pero que se amasaban en puntos estratégicos de la ciudad esperando converger sobre la plaza para manifestar su imaginado descontento, peticionar caprichosamente por “Paz, Pan y Trabajo” que ya tenían, y profetizar con cantos de “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar” el fin de un Proceso que todavía estaba lejos de completar su mandato divino.

Igual llegamos, finalmente, al Colegio sin ver ningún manifestante, pero sí mucha policía. Entramos por la entrada principal de la calle Bolívar como de costumbre, estudiamos en la biblioteca hasta la hora del almuerzo, y comimos las acostumbradas milanesas a caballo con papas fritas de las Te merecés un coscorrón por llamarlas “las viejas del comedor”. En todo caso te lo perdonaría si dijeras algo así como “de las que irrespetuosamente llamábamos “las viejas del comedor” del subsuelo”, entonces sí te lo dejo pasar Agregado: viste cómo hablaste de la puta como si fuera una señorita? Bueno extendelo! Tanto desperdicio de decoro hablando de prostitutas y después me mandás un “las viejas del comedor” viejas del comedor del subsuelo, que no estaban ni más ni menos grasosas que siempre. Alrededor de la una del mediodía sonó el timbre, formamos la fila a la entrada de nuestra aula y comenzaron las clases del turno tarde, como el día anterior, y el anterior también. “como el día anterior, y el anterior a ése”. 

Pocos minutos después, sin embargo, en el medio de la clase de matemáticas y sin golpear la puerta para ser invitado a pasar, entró al aula el preceptor, con aire agitado y ceño fruncido, a susurrar al oído del profesor palabras que no pudimos escuchar, pero que nos fueron, luego de la partida apresurada y sin adioses del docente, repetidas en voz alta:

  • "Por orden del rector Micillo, se hace necesario suspender las clases hasta el día de mañana como medida preventiva, ya que las autoridades informan que hay grandes disturbios en los alrededores de Plaza de Mayo."

La partida inceremoniosa del profesor, el tono severo del preceptor, el lenguaje de un comunicado que admitía sin vueltas la pérdida del control de un régimen al que la dirección del Colegio estaba tan fuertemente ligada, toda la escena de ese anuncio nos electrificó, porque la engañosa calma del comienzo del día no había hecho más que exagerar la violencia de la tormenta que se formaba afuera de nuestras sólidas paredes, que ahora temblaban precariamente como las de Jericó bajo las trompetas de Josué.

El preceptor nos intimó a salir del aula y formar en la puerta, pero en las circunstancias esta operación, normalmente tan bien coreografiada, resultó más difícil que arrear una manada de gatos, y su impaciencia no logró exprimir de nosotros nada que se aproxime a la ortodoxia de fila. Cuando terminaba de recriminar a alguno por hablar con su compañero de al lado, otro daba vuelta la cabeza para intercambiar un susurro con el compañero de atrás, y otro más dejaba de guardar la distancia reglamentaria por empujones del fondo donde se amasaban compañeros ansiosos por partir, hasta que se dio por vencido para evitar la caída en el desorden o en la estampida, y nos hizo marchar hacia la salida sin más ceremonia, seguidos por el resto de nuestro año, hacia el espacioso claustro central donde nos esperaban el Prefecto, el Subprefecto y el resto del aparato disciplinario en alerta roja, listos para frenar la excitación e imponer el orden sobre los pelotones rebeldes de las cuarenta y tantas divisiones del turno tarde, y transformarnos, nuevamente, en un ejército disciplinado.

Allí, a los gritos pelados y con el aire marcial de un centurión, el Prefecto Kember nos hizo formar fila nuevamente, mirando hacia los ventanales que daban al patio central, mientras nos pasaba revista, su acostumbrada blanca cara luciendo el mismo tono escarlata de su cabellera de demonio, la que le diera el apodo peyorativo de “Fosforito”, amenazando una tormenta de amonestaciones para que no hubiera el menor cuchicheo, ni un pie fuera de fila, ni ningún distraído que no se haya enterado de que, huelga o no huelga, todavía estábamos en hora de clases y sujetos a los votos de silencio, obediencia y terror por nuestros mayores, escupiendo amenazas con la elocuencia furiosa de un Überstrumbanfürer, hasta que los mismísimos preceptores parecían estar tan muertos de miedo como nosotros.

En vez de asegurarse una evacuación rápida del edificio, se lanzó como un demente a conducir una inexplicable razzia disciplinaria, redoblando los estándares de perfección de formación, perdiendo los preciosos minutos con que batir nuestro escape del ojo de la tormenta “Perdiendo preciosos minutos que debíamos haber utilizado en batir nuestra escapada del ojo de la tormenta” con recordatorios de que no estábamos en la cancha O “en una cancha de fútbol” se entendería más rápido , como le gustaba repetir, O “y esos preciosos minutos que debíamos haber utilizado en batir nuestra escapada del ojo de la tormenta, los ocupó con recordatorios de que no estábamos en una cancha de fútbol, ...” , con O “en ese berretín tan suyo de satanizar...” su berretín de satanizar el fútbol a pesar de ser hincha fanático de San Lorenzo, hasta que sus propios preceptores lo miraban como si estuviera loco, porque ellos también tendrían que irse a sus hogares antes de que la situación en el centro de la ciudad degenere en una batalla campal, y Kember no parecía entender que pronto la policía no tendría mucho interés en distinguir entre manifestantes e inocentes transeúntes antes de romperles la coronilla a bastonazos. Mientras afuera la policía cortaba todas las vías de escape con tropas en uniforme anti choque, Cañones de agua? Seguro que se dice así? cañones de agua y granadas lacrimógenas Y armadas con granadas lacrimógenas, diría, fijate, el Prefecto Kember andaba de una esquina del claustro a la otra ensayando su paso de sargento de infantería O “el prefecto Kember ensayaba su paso de sargento de infantería de una punta del claustro a la otra” (por cierto no estaban en el patio?) , amenazando amonestaciones a los que parpadeaban, suspensión a los que respiraban y expulsión a los que cambiaban de pie el peso de sus cuerpos, intimidando por igual a alumnos y preceptores, quienes fingían controlar nuestros comportamientos pero vigilaban las agujas del reloj con mucho más interés, O “mucho más interés que el que simulaban” , y se plantaban frente a nosotros con concierto “con concierto falluto” es una expresión? Sino sería en concierto falluto, o con falluto concierto, “con concierto falluto” simplemente no suena bien falluto mientras Kember gritaba:
  • Usted: ¡contra la pared! El pelo está a menos de dos dedos del cuello de la camisa. ¡Usted, flequillo fuera de la vincha!”  Te cuento que este comportamiento de Kember es un típico estado de shock, que le dicen. Si fue así tendrías que además hablar de su aplomo, su cara de que no estaba pasando nada extraordinario.  
Juntaba reos al caminar, ya sin molestarse en aclararles su crimen:

  • Usted: ¡contra la pared! ¡Usted! ¡Usted! ¡Usted!”

Hasta que seleccionó una quincena de alumnos antes de llegar a mi lado, para tocarme con su dedo:

  • ¡Usted!”

Y me vi forzado a unirme al grupito que quedó mirando los azulejos verdes desde treinta centímetros de distancia frente a la pared de la Prefectura.

Una vez que estuvo satisfecho que habían quedado identificados los transgresores, largaron el resto de las divisiones una a una por la puerta de la calle Moreno, con estrictas instrucciones de ir directamente a sus casas sin demorarse, y previniendo a aquéllos que pensaran unirse a los manifestantes que serían expulsados y sus nombres aparecerían en listas a entregar a las autoridades, hasta que sólo quedamos en el edificio del colegio los quince detenidos por la razzia, el prefecto, el subprefecto y un par de preceptores.

Luego de unos interminables minutos de silencio (seguíamos mirando hacia la pared) se nos ordenó darnos vuelta y pudimos ver lo que yo ya temía desde que primero Raúl y luego Poli habían sido detenidos antes de que fuera mi turno: la mayor parte de los que conformábamos el grupo de alumnos contra la pared habíamos estado en la reunión de Aristócratas del Saber, y de eso, supuse, se trataba nuestro retraso en los claustros en un momento tan inconveniente. El Prefecto Kember entró a su oficina con el subprefecto, dejando a los otros dos preceptores a cargo de los reos. Dos a dos fuimos llamados para ser interrogados. A medida que iban saliendo los interpelados, luego de unos diez o quince minutos, un preceptor los escoltaba sin decirles a dónde iban hasta desaparecer por el claustro, y regresaba solo, sin nuestros compañeros, que ya no estaban con él, que desaparecían para no volver.

Antes de que le tocara al pibe que estaba a mi lado, que era de sexto y era uno de las famosas ‘chicas de diseño’, me dijo su apellido y me pidió una gauchada:

  • Si no vuelvo, avisá a mi casa.”

Yo le hice un gesto de haber comprendido, mientras se me aguaban los ojos, porque no sabía si yo mismo estaría en condiciones de pasar el mensaje aunque me largaran en ese instante por estar menos comprometido, porque en este punto no se podía decir cuál era el destino peor, si la sartén del interrogatorio en la prefectura y la desaparición por el claustro o el fuego de la Plaza de Mayo, donde la policía apalearía sin misericordia a cualquier incauto que quedara en la zona en un momento tan inoportuno.

Más compañeros salieron del interrogatorio, blancos, mudos y cabizbajos, y desaparecieron por los claustros sin retorno; más entraron a ser interrogados mientras el resto esperábamos, mansitos de miedo como reses en corrales de matadero. Poli entró con la mina de sexto que ayudó a moderar la reunión con Raúl aquella tarde en que la besé y, luego de un rato largo, salió y desapareció por el claustro, con los mismos ojos tristes y preocupados de los que la precedieron.

Las horas pasaron interminables.

Cuando llegó mi turno, me hicieron entrar a la oficina del Prefecto con Raúl, de pie frente al escritorio de la sala, como era la costumbre de protocolo cuando nos disciplinaban por no cortarnos el pelo a tiempo, o desabrocharnos el cuello de la camisa, o cometer alguna de las miles infracciones que nos daban turno en la Prefectura para una sangría, sólo que esta vez, al contrario de tantas otras, el subprefecto leyó de un libro, a medida que anotaba:

  • Siendo las cuatro treinta y dos de la tarde del treinta de marzo de 1982, comparecen ante el Prefecto Kember Urquiza los señores Malcovich y Gotthelf, alumnos de la octava división del tercer año, los cuales, a preguntas que le son formuladas, a viva voz responden:”

  • ¿Díganme, señores, ustedes son judíos?”, nos preguntó a los dos el Prefecto.

  • Sí, señor”, respondí yo.

  • No, señor”, respondió Raúl al unísono, pero añadiendo al final, con el pecho hinchado de indignación: “Esos son Gotthelf, Kohan, Alhadeff y varios otros de mi división, pero yo soy croata, señor, y católico, así que por favor no me confunda.”

El subprefecto no escribió nada de esto en su libro, y si el tono de Raúl había tenido la intención de ofenderlo, el único que tomó ofensa fui yo, que lo anoté por siempre en mi memoria, y miré a Raúl con las mismas dagas de furia indignada que había recibido de él cuando Poli me había felicitado con caricias. ¿Qué clase de persona diría una cosa así en estas circunstancias?

  • Muy bien, Malcovich. Dígame entonces…” Sacó de un cajón un ejemplar de Aristócratas del Saber igualito al que Poli me había dado a leer unas semanas antes y lo puso sobre el escritorio. “¿Cuáles son las notas de su compañero Gotthelf en este pasquín clandestino y subversivo?”

Raúl miró primero el ejemplar, y después a mí, sin esconder su veneración por el uno y su desprecio por el otro. Yo vi toda mi vida en el Colegio pasar frente a mis ojos y me imaginé uno de los desaparecidos de los que tanto le gustaba hablar a este croata traidor.

  • No tengo la menor idea de lo que me está hablando, señor”, dijo, y yo disimulé un suspiro de alivio.

  • ¿Cual es su seudónimo, Gotthelf?”, me preguntó directamente.

  • Yo no tengo ningún seudónimo, señor. Mis amigos me llaman por mi nombre”.

  • Me refiero al nombre bajo el cual escribió notas en esta revista, Gotthelf. ¿Cuál es? ¿Juan Salvaje? ¿George Sand? O…” y aquí hizo una mueca de disgusto, como si le diera asco pronunciar las palabras “¿Pata, Peta, Pita, Pota y Julia?”

Mirando sobre la mesa ese primer número de Aristócratas del Saber que me había regalado Poli, y que yo había leído con tanto entusiasmo, recordé con amargura mi frustración al no haber encontrado un nombre tan canchero. Me hubiera gustado hacer alarde de ser esta última, pero ese no era el momento. Me encontré, sin embargo, en la posición menos incómoda que antes de no tener que mentir para salvar el pellejo. Yo había escrito notas para el Para el siguiente, mejor 

próximo número que todavía no estaba publicado, y no para éste. Contesté, entonces:

  • ¡Yo jamás escribí en esa revista, señor!”

  • No se haga el inocente, Gotthelf. Nosotros sabemos que el año pasado usted estuvo pegando obleas en el baño.”

Sin saber a lo que se refería, le pregunté inocentemente:

  • ¿Me está preguntando si yo pegué galletitas en el baño?”

  • No sea boludo, Gotthelf”, continuó irritado con mi ingenuidad, esta vez dirigiéndose a Raúl: “¿Quién es El Oso, Malcovich?”

  • ¿Cuál Oso, señor? ¡Yo no conozco ningún oso!”

  • ¡No se haga la mosquita muerta, Malcovich! ¿Cuál es su nombre y apellido?”

  • ¿Qué se yo de un oso, señor? ¿Hay también un pájaro, un mono… o una jirafa?”, inventó.

Nos apretaron un rato más, pero como era obvio que no sabían mucho, Coma. Yo diría “como era obvio que mucho no sabían, poco...” , poco nos costó seguir manteniendo nuestra inocencia, hasta que se cansaron, se miraron entre ellos (nosotros mirábamos directamente al frente, evitando contacto visual con nadie) e intercambiaron alguna señal que no supimos O que no pudimos distinguir, o que no nos atrevimos a inspeccionar distinguir, porque el subprefecto entonces dijo, muy lentamente mientras escribía en el cuaderno:

  • Siendo las cinco cuarenta y dos de la tarde concluye la sesión por pedido del señor Prefecto, y se aprestan a partir los alumnos.”

Kember se levantó de su silla y se nos acercó, una cabeza más alto que Raúl y yo, y por lo menos veinte años más grande. Con su paso de centurión romano, con las muelas apretadas y las mandíbulas anchas por el superávit de testosterona, dio varias vueltas alrededor nuestro, sin sacarnos los ojos de encima, y yo podía sentir el soplo de su aliento en la nuca, que me hizo encoger el cuello hasta casi desaparecer y casi me hace llorar de miedo. Si algo malo nos esperaba al final de esta sesión, ya nos faltaba poco para averiguar qué era. Nos dijo:

  • Los voy a estar observando, señores, porque tenemos algunas manzanas podridas en este barril, y si son ustedes los que se han echado a perder me voy a enterar, porque no serían los primeros que hemos detectado y que hoy ya no están entre nosotros.”

Raúl dio vuelta la cabeza y me miró intensamente, como diciendo “¡Te dije! ¡Hay muchos alumnos desaparecidos!”

Se abrió la puerta y afuera, esperándonos, estaba el preceptor, quién nos escoltó a paso rápido por los claustros hacia el punto sin retorno, al final de un corredor estrecho donde había una puerta cerrada con llave. La abrió, se hizo a un lado y nos increpó a atravesar el umbral. Raúl y yo nos miramos, y dimos unos pasos al frente, primero él, y luego yo. Nos encontramos en la vereda de la calle Moreno. ¡Estábamos afuera! En la calle desierta de los acostumbrados autos y peatones, El pero no va, yo diría directamente “y libres, no desaparecidos”. pero libres, y no desaparecidos. Tengo un problema, de qué claustro estás hablando? Solamente el subsuelo da directamente a la calle Moreno. .

  • ¡Vayan directo a sus casas!”, nos advirtió el preceptor, cerró la puerta y le dio dos vueltas de llave.

Raúl y yo nos quedamos parados un segundo, solos en la calle, sin saber para dónde disparar.

  • ¡Yo me voy a la manifestación!”, dijo Raúl arrancándose el escudito del colegio del bolsillo de su saco, dejando claro que mi compañía no era bienvenida, y se fue a paso rápido hacia la plaza.

Yo me escabullí rumbo a Florida, que estaba desierta, donde caminé sigilosamente hasta la plaza San Martín, Ahora soy yo la que tiene problemas de geografía, ¿cuál es la plaza San Martín? Podrías ayudar un poco a ubicarla. pausando antes de cruzar cada calle “pausando intentando” queda mal, además de que no entendí, ¿qué es intentar evitar el ruido de un vehículo?¿evitaste cruzarte con los vehículos a los que ubicabas por el ruido de sus sirenas? intentando evitar el ruido de los vehículos de seguridad que patrullaban. De allí Bajé tilde, aunque en castellano normalmente no hablamos así (menos teniendo en cuenta que para los porteños “el bajo” es de donde te estás yendo), normalmente se dice algo así como “doblé por Santa Fe hasta Callao” bajé por Santa Fe hasta Callao, y de ahí eran sólo unas pocas cuadras hasta mi casa. Llegué al fin O al final de la tarde de la tarde para encontrarme a mis padres, locos de preocupación. En toda la travesía a mi casa me había cruzado con bastante gente, la gran mayoría transeúntes, laburantes volviendo, como yo, a sus casas luego de una jornada que había empezado como todas las otras. Sin embargo, no había visto ni un solo negocio, ni un bar, ni un kiosco que no estuviera cerrado y que no tuviera bajas sus persianas. La huelga había sido un éxito rotundo. El país entero estaba parado. Luego me enteré que hubo un muerto y miles de detenidos, incluyendo la cúpula sindical que había organizado la huelga e intentado ganar la Plaza de Mayo para presentar una petición a Galtieri.

Esa noche recibí una llamada de Poli, con quién no había hablado desde mi fallido beso en Plaza Italia. Le pregunté cómo estaba, y me contestó que bien, considerando. Me explicó que se había convocado una reunión de emergencia de redacción de Aristócratas del Saber en la misma casa donde se había aprobado la publicación de mis notas, y que esperaba verme allí luego de clases. Esta vez no me preguntó si viajaríamos juntos pero fui igual, a pesar del dolor que me dio caminar sin ella por las calles de Flores.

Sin saber realmente si no seríamos expulsados todos al día siguiente, de común acuerdo decidimos que no era el momento de aflojar la lucha, sino de redoblarla. El último número de la revista iría a la imprenta en pocos días, por lo que se decidió unánimemente reemplazar la nota de redacción con un nuevo mensaje, que compusimos alrededor de una enorme mesa, con gran entusiasmo y  Creo que el hermosa sobra, demasiados pétalos de rosa hermosa camaradería, y que decía así:

Hoy estamos nuevamente frente a ustedes. No fue fácil. Hubo mucho miedo, pero esto no nos paralizó. Creyeron que con persecuciones detectivescas podían hacernos callar, pero no pudieron. Vamos a seguir con la revista, con el recital, con el centro de estudiantes, con más fuerza que nunca. Porque hay cosas que no se pueden matar. Porque están latentes, porque son vitales, porque son auténticas. Estas cosas son nuestra juventud, nuestra libertad de pensar y nuestro odio por la mentira y la injusticia.”

Al otro día, cuando me desperté temprano para ir a hacer gimnasia al Campo de Deportes nuevamente, levanté el diario que el portero había deslizado bajo nuestra puerta y leí el titular que ocupaba la mitad de la primera plana:

HOY ES UN DÍA GLORIOSO PARA LA PATRIA
Tras un Cautiverio de un Siglo y Medio una Hermana se Incorpora al Territorio Nacional
LAS MALVINAS EN MANOS ARGENTINAS
En un Operativo Combinado, Fuerzas de Mar, Aire y Tierra Recuperan las Islas del Archipiélago”

La invasión argentina de las Islas Malvinas Yo diría “nos” llevó a  llevó a la guerra con Inglaterra, un conflicto que cambió todo, absolutamente todo.






Comentarios del capítulo

¿Y volvieron a clases como si nada? “...todo, aunque los días siguientes a la huelga volvimos a clases como si nada”. Si fue así, claro. Porque es como que uno no sabe si explotó la bomba atómica o si estás preocupado por la lección de lengua de la segunda hora.




En “algún momento”, pero creo que no en éste, tendrías que describir la cantidad de cuadras que separaban el campo de deportes de la plaza de mayo y del colegio, tenés que tener en cuenta que no todos son porteños o no todos tienen tu conciencia geográfica. Ese algún momento me lo imagino cuando describís tus viajes al y de vuelta del campo de deportes, podés aprovecharlo para describir la parte baja de la ciudad (ya vi que lo sabés hacer, en Floresta te luciste), y mencionar que estás a unas cuadras de la casa de gobierno, diciendo algo así como que todos estaban estudiando en el primer Colegio de una ciudad de 10 millones de habitantes mientras a sólo unas cuadras, cruzando la Plaza de Mayo, el Presidente trabajaba en su gabinete. Para inculcar nociones de geografía digamos.



Aparte, nunca más leí la anécdota de que llamaron pingüino a no sé cuál en un graffiti del baño, ¿no era que los baños estaban inmaculadísimos (en mi época definitivamente no, hasta hubo una oda a los graffitis perdidos del baño en una revista del colegio cuando la cooperadora decidió gastar presupuesto en pintarlos, y de hecho se perdió una “poesía” sobre mí escrita en el baño de varones, que no había sido editada por ninguna otra editorial, que decía “Romina Martínez 3º 3ª toda la cuarta te quiere coger”. Nunca entré al baño de varones, la información se infiltró hasta mis oídos). Si los había, hasta podrías explayarte en algunos de los más imaginativos. (Creo que en la revista del colegio que te digo recordaban uno en que justo delante de la letrina o algún mijitorio alguien había dibujado un pene gigaaaante y decía mire esto, ¿ahora no se siente pequeño? O algo así, ya no los recuerdo bien) En todo lo que te digo que falta de la segunda parte, podrías hacer ese comentario, cómo estaba ese asunto, como un escape de tanta opresión que estabas contando, pero sin guarangadas, igual que como hablás de las señoritas putas.
 
  
 
 
  

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