Derechos de autor de Diego Gotthelf, comentarios de Romina del 15-02-2014
Suspensión de Clases
Los
primeros dos años en los claustros nos habían acostumbrado a la
tristeza, la conformidad y la obediencia. Aceptamos las castraciones
del corte de pelo, las vinchas, los uniformes despersonalizadores, la
tristeza que chorreaba por las paredes… todo con la docilidad de
los desesperanzados, habiendo comprendido que toda resistencia al
monolito de autoridad era inútil, porque no había esperanza de
cambio ni dentro del Colegio ni en el país, donde el temido gobierno
militar mostraba igual Yo diría “la misma” mano dura mano
dura, frente unido y fuerza inamovible después de seis años de
dictadura.
La
profundización de la crisis económica en los meses anteriores, sin
embargo, empezó a descongelar por fin los glaciares del miedo, a
aumentar el caudal de los ríos de descontento y bronca por el saldo
de horror y muerte de la “guerra sucia”, y a encender la chispa
del anhelo por el regreso de la verdad y la libertad. Entonces,
haciendo eco de viejas broncas pero nuevas audacias, la Confederación
General del Trabajo declaró una huelga general de protesta,
reclamando “Paz, Pan y Trabajo”, que no fue la primera, pero sí
la única hasta entonces que tuvo el ímpetu del apoyo popular
masivo, y generó una palpable nueva sensación, impensable meses
atrás: que el futuro de todos los argentinos dependía del resultado
de ese día, ya que Viola había sucedido como jefe de la junta a
Videla, y en seguida Galtieri lo había volteado a Viola, y todo este
merengue se había batido en unos pocos meses, luego de habernos
acostumbrado al macizo inmutable de los seis años anteriores. El
triunfo de la huelga podría, por un lado, abrir una mella en la
armadura del desaliento, mientras que una represión desmedida, por
el otro, arriesgaba galvanizar la resistencia popular y tornarse
contraproducente. Nadie sabía cuál sería el justo equilibrio de la
cosa, pero si algo quedaba claro era que la situación se estaba
complicando más allá de todo lo conocido desde el golpe de estado
largos años atrás, y la atmósfera estaba cargada de gases
explosivos cuya probable ignición resultaría, tal vez, en el
desmoronamiento del edificio entero de la dictadura.
Para
los comienzos de nuestro tercer año de secundaria, que coincidió
con esta época, los alumnos del Colegio también estábamos
embarcados a paso más bien incauto en la aventura de pensar por
nosotros mismos, íbamos profundizando a diario la intransigente
conciencia social típica de la juventud, que no conoce ni mitades ni
matices, y experimentando con la política, esa droga bajo cuya
influencia arriesgábamos ser descubiertos constantemente, sin saber
cuál sería el precio de nuestra insolencia, porque las autoridades
habían encarcelado a sus adictos y derramado tanta sangre para
mantenerla proscripta. A nuestros ojos de jóvenes idealistas, sin
embargo, el peligro no hacía más que intensificar la excitación de
la lucha contra las injusticias del régimen, acentuar el romance de
la resistencia y exacerbar el efecto narcótico de la oposición a su
tiranía.
Hay
fechas que quedan para siempre plasmadas en la memoria, como el día
del asesinato de Kennedy en Dallas para la generación de mis padres,
o la del ataque a las torres gemelas en Nueva York para la mía, pero
yo pensé entonces que la fecha indeleble de mi vida sería la huelga
de ese 30 de Marzo de 1982, porque intuí con excitación
incontenible que por primera vez soplaban vientos de cambio y
libertad, como los que ningún historiador, filósofo o estadista ha
descripto mejor que Bob Dylan No era argentino... contextualizalo un mínimo si no querés que quede agarrado de los pelos n
en la letra de su más famosa canción:
“Juntemos
al pueblo, donde ande vagando,
Y
admitamos que las aguas han ido creciendo,
Y
aceptemos que pronto nos irán tapando,
Si
tu pellejo quieres, acaso, salvar
Entonces
mejor que empieces a nadar
Porque
la corriente de los tiempos está cambiando.
La
línea en la historia ha quedado marcada
Los
lerdos de hoy serán los rápidos mañana
Y
los poderosos de hoy serán débiles mañana
El
viejo orden se va rebarajando
Y
los que están abajo hoy, arriba irán quedando
Porque
la corriente de los tiempos está cambiando."
Era
fundamental para las autoridades del país y el Colegio que ese fuera
un día normal, indistinto del anterior o el siguiente, y la negación
fue la tesitura de su comportamiento en los días previos, ya que la
disensión no existía, y por lo tanto la protesta era innecesaria, y
de todos modos el derecho a expresar opiniones tenía un solo dueño
llamado “Gobierno”, que era avaro y celoso. No recibimos ninguna
instrucción de interrumpir nuestra rutina para quedarnos en casa,
así que la madrugada de ese día hubo clases como de costumbre para
el turno mañana, mientras que los del turno tarde tuvimos que ir
tempranito al Campo de Deportes, como lo hacíamos obligatoriamente
dos o tres veces por semana, o arriesgar sanción por ausentarnos sin
licencia. Luego del acostumbrado picadito de fútbol en Puerto Madero
nos pegamos la ducha mortificante de siempre, nos pusimos el uniforme
y partimos en dirección a la Plaza de Mayo. Tuvimos que dar varias
vueltas a causa de las vallas y los bloqueos que las fuerzas de
seguridad habían montado para dificultar la circulación de
huelguistas inexistentes, pero que se amasaban en puntos estratégicos
de la ciudad esperando converger sobre la plaza para manifestar su
imaginado descontento, peticionar caprichosamente por “Paz, Pan y
Trabajo” que ya tenían, y profetizar con cantos de “se va a
acabar, se va a acabar, la dictadura militar” el fin de un Proceso
que todavía estaba lejos de completar su mandato divino.
Igual
llegamos, finalmente, al Colegio sin ver ningún manifestante, pero
sí mucha policía. Entramos por la entrada principal de la calle
Bolívar como de costumbre, estudiamos en la biblioteca hasta la hora
del almuerzo, y comimos las acostumbradas milanesas a caballo con
papas fritas de las Te merecés un coscorrón por llamarlas “las viejas del comedor”. En todo caso te lo perdonaría si dijeras algo así como “de las que irrespetuosamente llamábamos “las viejas del comedor” del subsuelo”, entonces sí te lo dejo pasar Agregado: viste cómo hablaste de la puta como si fuera una señorita? Bueno extendelo! Tanto desperdicio de decoro hablando de prostitutas y después me mandás un “las viejas del comedor” viejas
del comedor del subsuelo, que no estaban ni más ni menos grasosas
que siempre. Alrededor de la una del mediodía sonó el timbre,
formamos la fila a la entrada de nuestra aula y comenzaron las clases
del turno tarde, como el día anterior, y el anterior también. “como el día anterior, y el anterior a ése”.
Pocos
minutos después, sin embargo, en el medio de la clase de matemáticas
y sin golpear la puerta para ser invitado a pasar, entró al aula el
preceptor, con aire agitado y ceño fruncido, a susurrar al oído del
profesor palabras que no pudimos escuchar, pero que nos fueron, luego
de la partida apresurada y sin adioses del docente, repetidas en voz
alta:
- "Por orden del rector Micillo, se hace necesario suspender las clases hasta el día de mañana como medida preventiva, ya que las autoridades informan que hay grandes disturbios en los alrededores de Plaza de Mayo."
La
partida inceremoniosa del profesor, el tono severo del preceptor, el
lenguaje de un comunicado que admitía sin vueltas la pérdida del
control de un régimen al que la dirección del Colegio estaba tan
fuertemente ligada, toda la escena de ese anuncio nos electrificó,
porque la engañosa calma del comienzo del día no había hecho más
que exagerar la violencia de la tormenta que se formaba afuera de
nuestras sólidas paredes, que ahora temblaban precariamente como las
de Jericó bajo las trompetas de Josué.
El
preceptor nos intimó a salir del aula y formar en la puerta, pero en
las circunstancias esta operación, normalmente tan bien
coreografiada, resultó más difícil que arrear una manada de gatos,
y su impaciencia no logró exprimir de nosotros nada que se aproxime
a la ortodoxia de fila. Cuando terminaba de recriminar a alguno por
hablar con su compañero de al lado, otro daba vuelta la cabeza para
intercambiar un susurro con el compañero de atrás, y otro más
dejaba de guardar la distancia reglamentaria por empujones del fondo
donde se amasaban compañeros ansiosos por partir, hasta que se dio
por vencido para evitar la caída en el desorden o en la estampida, y
nos hizo marchar hacia la salida sin más ceremonia, seguidos por el
resto de nuestro año, hacia el espacioso claustro central donde nos
esperaban el Prefecto, el Subprefecto y el resto del aparato
disciplinario en alerta roja, listos para frenar la excitación e
imponer el orden sobre los pelotones rebeldes de las cuarenta y
tantas divisiones del turno tarde, y transformarnos, nuevamente, en
un ejército disciplinado.
Allí,
a los gritos pelados y con el aire marcial de un centurión, el
Prefecto Kember nos hizo formar fila nuevamente, mirando hacia los
ventanales que daban al patio central, mientras nos pasaba revista,
su acostumbrada blanca cara luciendo el mismo tono escarlata de su
cabellera de demonio, la que le diera el apodo peyorativo de
“Fosforito”, amenazando una tormenta de amonestaciones para que
no hubiera el menor cuchicheo, ni un pie fuera de fila, ni ningún
distraído que no se haya enterado de que, huelga o no huelga,
todavía estábamos en hora de clases y sujetos a los votos de
silencio, obediencia y terror por nuestros mayores, escupiendo
amenazas con la elocuencia furiosa de un Überstrumbanfürer, hasta
que los mismísimos preceptores parecían estar tan muertos de miedo
como nosotros.
En
vez de asegurarse una evacuación rápida del edificio, se lanzó
como un demente a conducir una inexplicable razzia disciplinaria,
redoblando los estándares de perfección de formación, perdiendo
los preciosos minutos con que batir nuestro escape del ojo de la
tormenta “Perdiendo preciosos minutos que debíamos haber utilizado en batir nuestra escapada del ojo de la tormenta” con
recordatorios de que no estábamos en la cancha O “en una cancha de fútbol” se entendería más rápido ,
como le gustaba repetir, O “y esos preciosos minutos que debíamos haber utilizado en batir nuestra escapada del ojo de la tormenta, los ocupó con recordatorios de que no estábamos en una cancha de fútbol, ...” ,
con O “en ese berretín tan suyo de satanizar...” su
berretín de satanizar el fútbol a pesar de ser hincha fanático de
San Lorenzo, hasta que sus propios preceptores lo miraban como si
estuviera loco, porque ellos también tendrían que irse a sus
hogares antes de que la situación en el centro de la ciudad degenere
en una batalla campal, y Kember no parecía entender que pronto la
policía no tendría mucho interés en distinguir entre manifestantes
e inocentes transeúntes antes de romperles la coronilla a
bastonazos. Mientras afuera la policía cortaba todas las vías de
escape con tropas en uniforme anti choque, Cañones de agua? Seguro que se dice así? cañones
de agua y granadas lacrimógenas Y armadas con granadas lacrimógenas, diría, fijate,
el Prefecto Kember andaba de una esquina del claustro a la otra
ensayando su paso de sargento de infantería O “el prefecto Kember ensayaba su paso de sargento de infantería de una punta del claustro a la otra” (por cierto no estaban en el patio?) ,
amenazando amonestaciones a los que parpadeaban, suspensión a los
que respiraban y expulsión a los que cambiaban de pie el peso de sus
cuerpos, intimidando por igual a alumnos y preceptores, quienes
fingían controlar nuestros comportamientos pero vigilaban las agujas
del reloj con mucho más interés, O “mucho más interés que el que simulaban” ,
y se plantaban frente a nosotros con concierto “con concierto falluto” es una expresión? Sino sería en concierto falluto, o con falluto concierto, “con concierto falluto” simplemente no suena bien falluto
mientras Kember gritaba:
- “Usted: ¡contra la pared! El pelo está a menos de dos dedos del cuello de la camisa. ¡Usted, flequillo fuera de la vincha!”
Te cuento que este comportamiento de Kember es un típico estado de shock, que le dicen. Si fue así tendrías que además hablar de su aplomo, su cara de que no estaba pasando nada extraordinario.
Juntaba
reos al caminar, ya sin molestarse en aclararles su crimen:
- “Usted: ¡contra la pared! ¡Usted! ¡Usted! ¡Usted!”
Hasta
que seleccionó una quincena de alumnos antes de llegar a mi lado,
para tocarme con su dedo:
- “¡Usted!”
Y
me vi forzado a unirme al grupito que quedó mirando los azulejos
verdes desde treinta centímetros de distancia frente a la pared de
la Prefectura.
Una
vez que estuvo satisfecho que habían quedado identificados los
transgresores, largaron el resto de las divisiones una a una por la
puerta de la calle Moreno, con estrictas instrucciones de ir
directamente a sus casas sin demorarse, y previniendo a aquéllos que
pensaran unirse a los manifestantes que serían expulsados y sus
nombres aparecerían en listas a entregar a las autoridades, hasta
que sólo quedamos en el edificio del colegio los quince detenidos
por la razzia, el prefecto, el subprefecto y un par de preceptores.
Luego
de unos interminables minutos de silencio (seguíamos mirando hacia
la pared) se nos ordenó darnos vuelta y pudimos ver lo que yo ya
temía desde que primero Raúl y luego Poli habían sido detenidos
antes de que fuera mi turno: la mayor parte de los que conformábamos
el grupo de alumnos contra la pared habíamos estado en la reunión
de Aristócratas del Saber, y de eso, supuse, se trataba nuestro
retraso en los claustros en un momento tan inconveniente. El Prefecto
Kember entró a su oficina con el subprefecto, dejando a los otros
dos preceptores a cargo de los reos. Dos a dos fuimos llamados para
ser interrogados. A medida que iban saliendo los interpelados, luego
de unos diez o quince minutos, un preceptor los escoltaba sin
decirles a dónde iban hasta desaparecer por el claustro, y regresaba
solo, sin nuestros compañeros, que ya no estaban con él, que
desaparecían para no volver.
Antes
de que le tocara al pibe que estaba a mi lado, que era de sexto y era
uno de las famosas ‘chicas de diseño’, me dijo su apellido y me
pidió una gauchada:
- “Si no vuelvo, avisá a mi casa.”
Yo
le hice un gesto de haber comprendido, mientras se me aguaban los
ojos, porque no sabía si yo mismo estaría en condiciones de pasar
el mensaje aunque me largaran en ese instante por estar menos
comprometido, porque en este punto no se podía decir cuál era el
destino peor, si la sartén del interrogatorio en la prefectura y la
desaparición por el claustro o el fuego de la Plaza de Mayo, donde
la policía apalearía sin misericordia a cualquier incauto que
quedara en la zona en un momento tan inoportuno.
Más
compañeros salieron del interrogatorio, blancos, mudos y cabizbajos,
y desaparecieron por los claustros sin retorno; más entraron a ser
interrogados mientras el resto esperábamos, mansitos de miedo como
reses en corrales de matadero. Poli entró con la mina de sexto que
ayudó a moderar la reunión con Raúl aquella tarde en que la besé
y, luego de un rato largo, salió y desapareció por el claustro, con
los mismos ojos tristes y preocupados de los que la precedieron.
Las
horas pasaron interminables.
Cuando
llegó mi turno, me hicieron entrar a la oficina del Prefecto con
Raúl, de pie frente al escritorio de la sala, como era la costumbre
de protocolo cuando nos disciplinaban por no cortarnos el pelo a
tiempo, o desabrocharnos el cuello de la camisa, o cometer alguna de
las miles infracciones que nos daban turno en la Prefectura para una
sangría, sólo que esta vez, al contrario de tantas otras, el
subprefecto leyó de un libro, a medida que anotaba:
- “Siendo las cuatro treinta y dos de la tarde del treinta de marzo de 1982, comparecen ante el Prefecto Kember Urquiza los señores Malcovich y Gotthelf, alumnos de la octava división del tercer año, los cuales, a preguntas que le son formuladas, a viva voz responden:”
- “¿Díganme, señores, ustedes son judíos?”, nos preguntó a los dos el Prefecto.
- “Sí, señor”, respondí yo.
- “No, señor”, respondió Raúl al unísono, pero añadiendo al final, con el pecho hinchado de indignación: “Esos son Gotthelf, Kohan, Alhadeff y varios otros de mi división, pero yo soy croata, señor, y católico, así que por favor no me confunda.”
El
subprefecto no escribió nada de esto en su libro, y si el tono de
Raúl había tenido la intención de ofenderlo, el único que tomó
ofensa fui yo, que lo anoté por siempre en mi memoria, y miré a
Raúl con las mismas dagas de furia indignada que había recibido de
él cuando Poli me había felicitado con caricias. ¿Qué clase de
persona diría una cosa así en estas circunstancias?
- “Muy bien, Malcovich. Dígame entonces…” Sacó de un cajón un ejemplar de Aristócratas del Saber igualito al que Poli me había dado a leer unas semanas antes y lo puso sobre el escritorio. “¿Cuáles son las notas de su compañero Gotthelf en este pasquín clandestino y subversivo?”
Raúl
miró primero el ejemplar, y después a mí, sin esconder su
veneración por el uno y su desprecio por el otro. Yo vi toda mi vida
en el Colegio pasar frente a mis ojos y me imaginé uno de los
desaparecidos de los que tanto le gustaba hablar a este croata
traidor.
- “No tengo la menor idea de lo que me está hablando, señor”, dijo, y yo disimulé un suspiro de alivio.
- “¿Cual es su seudónimo, Gotthelf?”, me preguntó directamente.
- “Yo no tengo ningún seudónimo, señor. Mis amigos me llaman por mi nombre”.
- “Me refiero al nombre bajo el cual escribió notas en esta revista, Gotthelf. ¿Cuál es? ¿Juan Salvaje? ¿George Sand? O…” y aquí hizo una mueca de disgusto, como si le diera asco pronunciar las palabras “¿Pata, Peta, Pita, Pota y Julia?”
Mirando
sobre la mesa ese primer número de Aristócratas del Saber que me
había regalado Poli, y que yo había leído con tanto entusiasmo,
recordé con amargura mi frustración al no haber encontrado un
nombre tan canchero. Me hubiera gustado hacer alarde de ser esta
última, pero ese no era el momento. Me encontré, sin embargo, en la
posición menos incómoda que antes de no tener que mentir para
salvar el pellejo. Yo había escrito notas para el Para el siguiente, mejor
próximo
número que todavía no estaba publicado, y no para éste. Contesté,
entonces:
- “¡Yo jamás escribí en esa revista, señor!”
- “No se haga el inocente, Gotthelf. Nosotros sabemos que el año pasado usted estuvo pegando obleas en el baño.”
Sin
saber a lo que se refería, le pregunté inocentemente:
- “¿Me está preguntando si yo pegué galletitas en el baño?”
- “No sea boludo, Gotthelf”, continuó irritado con mi ingenuidad, esta vez dirigiéndose a Raúl: “¿Quién es El Oso, Malcovich?”
- “¿Cuál Oso, señor? ¡Yo no conozco ningún oso!”
- “¡No se haga la mosquita muerta, Malcovich! ¿Cuál es su nombre y apellido?”
- “¿Qué se yo de un oso, señor? ¿Hay también un pájaro, un mono… o una jirafa?”, inventó.
Nos
apretaron un rato más, pero como era obvio que no sabían mucho, Coma. Yo diría “como era obvio que mucho no sabían, poco...” ,
poco nos costó seguir manteniendo nuestra inocencia, hasta que se
cansaron, se miraron entre ellos (nosotros mirábamos directamente al
frente, evitando contacto visual con nadie) e intercambiaron alguna
señal que no supimos O que no pudimos distinguir, o que no nos atrevimos a inspeccionar distinguir,
porque el subprefecto entonces dijo, muy lentamente mientras escribía
en el cuaderno:
- “Siendo las cinco cuarenta y dos de la tarde concluye la sesión por pedido del señor Prefecto, y se aprestan a partir los alumnos.”
Kember
se levantó de su silla y se nos acercó, una cabeza más alto que
Raúl y yo, y por lo menos veinte años más grande. Con su paso de
centurión romano, con las muelas apretadas y las mandíbulas anchas
por el superávit de testosterona, dio varias vueltas alrededor
nuestro, sin sacarnos los ojos de encima, y yo podía sentir el soplo
de su aliento en la nuca, que me hizo encoger el cuello hasta casi
desaparecer y casi me hace llorar de miedo. Si algo malo nos esperaba
al final de esta sesión, ya nos faltaba poco para averiguar qué
era. Nos dijo:
- “Los voy a estar observando, señores, porque tenemos algunas manzanas podridas en este barril, y si son ustedes los que se han echado a perder me voy a enterar, porque no serían los primeros que hemos detectado y que hoy ya no están entre nosotros.”
Raúl
dio vuelta la cabeza y me miró intensamente, como diciendo “¡Te
dije! ¡Hay muchos alumnos desaparecidos!”
Se
abrió la puerta y afuera, esperándonos, estaba el preceptor, quién
nos escoltó a paso rápido por los claustros hacia el punto sin
retorno, al final de un corredor estrecho donde había una puerta
cerrada con llave. La abrió, se hizo a un lado y nos increpó a
atravesar el umbral. Raúl y yo nos miramos, y dimos unos pasos al
frente, primero él, y luego yo. Nos encontramos en la vereda de la
calle Moreno. ¡Estábamos afuera! En la calle desierta de los
acostumbrados autos y peatones, El pero no va, yo diría directamente “y libres, no desaparecidos”. pero
libres, y no desaparecidos. Tengo un problema, de qué claustro estás hablando? Solamente el subsuelo da directamente a la calle Moreno. .
- “¡Vayan directo a sus casas!”, nos advirtió el preceptor, cerró la puerta y le dio dos vueltas de llave.
Raúl
y yo nos quedamos parados un segundo, solos en la calle, sin saber
para dónde disparar.
- “¡Yo me voy a la manifestación!”, dijo Raúl arrancándose el escudito del colegio del bolsillo de su saco, dejando claro que mi compañía no era bienvenida, y se fue a paso rápido hacia la plaza.
Yo
me escabullí rumbo a Florida, que estaba desierta, donde caminé
sigilosamente hasta la plaza San Martín, Ahora soy yo la que tiene problemas de geografía, ¿cuál es la plaza San Martín? Podrías ayudar un poco a ubicarla. pausando
antes de cruzar cada calle “pausando intentando” queda mal, además de que no entendí, ¿qué es intentar evitar el ruido de un vehículo?¿evitaste cruzarte con los vehículos a los que ubicabas por el ruido de sus sirenas? intentando
evitar el ruido de los vehículos de seguridad que patrullaban. De
allí Bajé tilde, aunque en castellano normalmente no hablamos así (menos teniendo en cuenta que para los porteños “el bajo” es de donde te estás yendo), normalmente se dice algo así como “doblé por Santa Fe hasta Callao” bajé
por Santa Fe hasta Callao, y de ahí eran sólo unas pocas cuadras
hasta mi casa. Llegué al fin O al final de la tarde de
la tarde para encontrarme a mis padres, locos de preocupación. En
toda la travesía a mi casa me había cruzado con bastante gente, la
gran mayoría transeúntes, laburantes volviendo, como yo, a sus
casas luego de una jornada que había empezado como todas las otras.
Sin embargo, no había visto ni un solo negocio, ni un bar, ni un
kiosco que no estuviera cerrado y que no tuviera bajas sus persianas.
La huelga había sido un éxito rotundo. El país entero estaba
parado. Luego me enteré que hubo un muerto y miles de detenidos,
incluyendo la cúpula sindical que había organizado la huelga e
intentado ganar la Plaza de Mayo para presentar una petición a
Galtieri.
Esa
noche recibí una llamada de Poli, con quién no había hablado desde
mi fallido beso en Plaza Italia. Le pregunté cómo estaba, y me
contestó que bien, considerando. Me explicó que se había convocado
una reunión de emergencia de redacción de Aristócratas del Saber
en la misma casa donde se había aprobado la publicación de mis
notas, y que esperaba verme allí luego de clases. Esta vez no me
preguntó si viajaríamos juntos pero fui igual, a pesar del dolor
que me dio caminar sin ella por las calles de Flores.
Sin
saber realmente si no seríamos expulsados todos al día siguiente,
de común acuerdo decidimos que no era el momento de aflojar la
lucha, sino de redoblarla. El último número de la revista iría a
la imprenta en pocos días, por lo que se decidió unánimemente
reemplazar la nota de redacción con un nuevo mensaje, que compusimos
alrededor de una enorme mesa, con gran entusiasmo y Creo que el hermosa sobra, demasiados pétalos de rosa hermosa
camaradería, y que decía así:
“Hoy
estamos nuevamente frente a ustedes. No fue fácil. Hubo mucho miedo,
pero esto no nos paralizó. Creyeron que con persecuciones
detectivescas podían hacernos callar, pero no pudieron. Vamos a
seguir con la revista, con el recital, con el centro de estudiantes,
con más fuerza que nunca. Porque hay cosas que no se pueden matar.
Porque están latentes, porque son vitales, porque son auténticas.
Estas cosas son nuestra juventud, nuestra libertad de pensar y
nuestro odio por la mentira y la injusticia.”
Al
otro día, cuando me desperté temprano para ir a hacer gimnasia al
Campo de Deportes nuevamente, levanté
el diario que el portero había deslizado bajo nuestra puerta y leí
el titular que ocupaba la mitad de la primera plana:
“HOY
ES UN DÍA GLORIOSO PARA LA PATRIA
Tras
un Cautiverio de un Siglo y Medio una Hermana se Incorpora al
Territorio Nacional
LAS
MALVINAS EN MANOS ARGENTINAS
En
un Operativo Combinado, Fuerzas de Mar, Aire y Tierra Recuperan las
Islas del Archipiélago”
La
invasión argentina de las Islas Malvinas Yo diría “nos” llevó a llevó
a la guerra con Inglaterra, un conflicto que cambió todo,
absolutamente todo.
Comentarios
del capítulo
¿Y
volvieron a clases como si nada? “...todo, aunque los días
siguientes a la huelga volvimos a clases como si nada”. Si fue así,
claro. Porque es como que uno no sabe si explotó la bomba atómica o
si estás preocupado por la lección de lengua de la segunda hora.
En
“algún momento”, pero creo que no en éste, tendrías que
describir la cantidad de cuadras que separaban el campo de deportes
de la plaza de mayo y del colegio, tenés que tener en cuenta que no
todos son porteños o no todos tienen tu conciencia geográfica. Ese
algún momento me lo imagino cuando describís tus viajes al y de
vuelta del campo de deportes, podés aprovecharlo para describir la
parte baja de la ciudad (ya vi que lo sabés hacer, en Floresta te
luciste), y mencionar que estás a unas cuadras de la casa de
gobierno, diciendo algo así como que todos estaban estudiando en el
primer Colegio de una ciudad de 10 millones de habitantes mientras a
sólo unas cuadras, cruzando la Plaza de Mayo, el Presidente
trabajaba en su gabinete. Para inculcar nociones de geografía
digamos.
Aparte,
nunca más leí la anécdota de que llamaron pingüino a no sé cuál
en un graffiti del baño, ¿no era que los baños estaban
inmaculadísimos (en mi época definitivamente no, hasta hubo una oda
a los graffitis perdidos del baño en una revista del colegio cuando
la cooperadora decidió gastar presupuesto en pintarlos, y de hecho
se perdió una “poesía” sobre mí escrita en el baño de
varones, que no había sido editada por ninguna otra editorial, que
decía “Romina Martínez 3º 3ª toda la cuarta te quiere coger”.
Nunca entré al baño de varones, la información se infiltró hasta
mis oídos). Si los había, hasta podrías explayarte en algunos de
los más imaginativos. (Creo que en la revista del colegio que te
digo recordaban uno en que justo delante de la letrina o algún
mijitorio alguien había dibujado un pene gigaaaante y decía mire
esto, ¿ahora no se siente pequeño? O algo así, ya no los recuerdo
bien) En todo lo que te digo que falta de la segunda parte, podrías
hacer ese comentario, cómo estaba ese asunto, como un escape de
tanta opresión que estabas contando, pero sin guarangadas, igual que
como hablás de las señoritas putas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario