miércoles, 29 de julio de 2015

ADS 2-1 Verdugos version Diego 30-01-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión: Devolución ¿Diego? al 30-01-2014. Sigue versión anterior del 23-01-2014, y versión anterior del 15-01-2014

2-1


Segunda Parte: Años Negros


Capítulo Primero: VERDUGOS, SEPULTUREROS Y EMBALSAMADORES


Miguel Cané entró al Colegio Nacional de Buenos Aires luego de la muerte de su padre, ansioso por escapar de la tristeza y soledad de un hogar en luto; en cambio yo entré cien años después de su soledad, y mi hogar era un lugar feliz y luminoso, que mamá llenó de ternura y toques femeninos y papá de seguridad y de aliento. Hacía poco nos habíamos mudado a un departamento en la calle Rodríguez Peña a una cuadra de la Plaza Vicente López. Este nuevo barrio tenía edificios lindos y altos, y estaba lleno de negocios, de cafés donde desayunar con mis padres los sábados y una heladería Freddo al toque donde comprar cucuruchos de chocolate con almendras. Encima, en cualquier momento se podía subir por Callao y salir a caminar por la avenida Santa Fe, para un lado hacia la Plaza San Martín o para el otro hacia Pueyrredón y, sin importar para dónde enfilara, la caminata era a mi edad más divertida que ir a jugar a la plaza, porque Santa Fe estaba llena de gente linda, de negocios piolas y siempre había algo nuevo para ver.

Hasta mi éxito en el examen, creo que yo era feliz.

Pero como Miguel Cané, sin embargo, mi destino era entrar al colegio de luto, aunque el mío fue por el asesinato a sangre fría de mis co-conspiradoras en la alegre rebelión de anarquía que fue mi vida antes de la secundaria. Todavía no había terminado de llorar la pérdida de mi Individualidad, víctima de las tijeras de Giuseppe el Sanguinario, cuando a la hora de entrar a mi primer día de clases en el Colegio fui separado de todos los estudiantes frente a la puerta y aislado por un efectivo de civil, pelirrojo y de anteojos oscuros, vestido en uno de esos trajes de color marrón, de solapas demasiado anchas y corbata demasiado gruesa que usaban los grandes en los años setenta. En mi ingenuidad, yo estaba todavía contento y despreocupado, a plena luz de la tarde, sonriendo y en buenos ánimos, cuando me detuvo:

  • “¿Usted de que se ríe, señor?”, dijo el agente.

  • “De nada; me sonreía”, contesté con candor.

  • ¡¿Nombre, año y división?!”, me preguntó, repentinamente enojado.

  • “Diego Gotthelf, primer año. ¿Qué quiere decir ‘división’? Es mi primer día…”

Entonces se me acercó demasiado, a pocos centímetros de mi cara, y me sopló un susurro escalofriante:

  • “Tiene mucho que aprender. Aquí le curaremos la insolencia”.

Así me fueron arrancadas otras dos de mis correligionarias, la Alegría y la Despreocupación, quienes fueron condenadas sumariamente al paredón del olvido, acusadas de amotinamiento contra el nuevo gobierno de facto que regiría mis días del otro lado del umbral: la Junta de la Obediencia, el Deber y el Miedo. A mí me dieron seis años de encierro en esa penitenciaría que me serviría de Bastilla para pagar mis deudas con la sociedad por crímenes de conciencia tranquila, que el gobierno militar había suspendida para todos los alumnos del Colegio de la Patria.

El oficial de admisión hizo un aliviador paso atrás, pero en vez de largarme levantó sus anteojos para pasar revista detenida a mi aspecto (uniforme y corte de pelo reglamentario), que encontró en orden pero igual me dio la fuerte impresión de no haberlo dejado satisfecho. El corazón quería escapárseme del pecho, los ojos se me pusieron brillosos y la garganta me quedó trabada en el medio de una tragada de saliva. Para pasar el mal momento sin largarme a llorar inventarié mentalmente algunas posesiones infantiles que presentí quedaban tan obsoletas como flores de jacarandá en el crudo invierno que se me avecinaba: mis tardes de ocio, mi confianza en la benevolencia de mis mayores, mi inocencia... Las puse con dolor en una caja de archivar imaginaria, que apilé encima de las de mis nuevos compañeros, con la esperanza que me fuera, algún día, restituido mi atesorado acervo infantil. Cuando me dieron, finalmente, el permiso de entrar de una vez por todas, di una última mirada atrás. Imaginé que en cuanto la puerta quedara desierta de nuevos estudiantes un pelotón de ordenanzas en guardapolvos marrones vendría para conducirlas por un sistema de cintas directamente a un incinerador en los subsuelos del edificio.

En el primer día de nuestro enclaustramiento había casi cuatrocientos nuevos reos que procesar, tarea que año tras año desafiaba la capacidad organizativa de un presidio que contenía las almas de por lo menos mil reos más en cumplimiento de condenas aún en curso. Parecíamos un rebaño de ovejas clonadas, fácilmente distinguibles de los alumnos de cualquier otro colegio por nuestros hábitos de blazer azul con escudito blanco, pantalón o jumper de franela gris, camisa celeste, corbata o cintita azul en moño, y por el aspecto peculiar de nuestros pelos: corte militar a dos dedos de la camisa y oreja descubierta para los varones; pelo atado con gomita y flequillo detrás de la vincha como cofia de monjas para las mujeres. Pero para el ojo inexperto éramos tan indistinguibles los varones de las mujeres y los unos de los otros, como borregos de la misma madre.

A los novatos se nos llamó por apellido y nombre, dividiéndonos en grupos de unos treinta que de ese día en más deberíamos llamar "divisiones", se nos puso a la orden de un sargento al que debíamos responder a todo momento en el protocolo reglamentario de "Sí, señor preceptor" o "No, señor preceptor" y de no hablar a menos que seamos invitados a hablar. Eso fue todo por el momento, pero nos quedó claro que no podríamos distraernos ni un instante, porque cada minuto traería el aprendizaje de una nueva regla de comportamiento, algunas tácitas y sutiles que no sería conveniente para nuestro futuro bienestar perderse por un despiste.

Después de esta breve introducción, que nos dio una buena idea del régimen de monjes tibetanos que nos esperaba, se nos consideró suficientemente adoctrinados como para permitirnos la entrada al sanctasanctórum del Aula Magna, un teatro de opulencia operática, la joya en la corona de la arquitectura neoclásica del Colegio, que nada tiene que envidiarle a La Scala de Milán. Allí fuimos acomodados por división para asistir al acto de Iniciación de Clases, en butacas que nos habían reservado entre las huestes de alumnos veteranos. Me sorprendió que estos eran indistinguibles de los novatos en todo aspecto, excepto por el semblante un poco más maduro de la mayoría. Nosotros no sabíamos que sorpresas desagradables esperar de esta nueva etapa en la ordalía de nuestro primer día, porque la enormidad de la sala acentuaba nuestra insignificancia y la luz de la tarde agonizante no dejaba lugar a dudas que los techos eran amedrentadoramente altos, los mármoles sombríos, los cueros gruesos, los hierros hábilmente forjados, las caobas cuidadosamente lustradas y la plana mayor del aparato represivo estaba presente para inspirar miedo con el que subrayar el mensaje principal con el que se nos quería impresionar: que la Institución era un roble centenario y nosotros hojas de hierba, que nosotros éramos muchos pero débiles y Ellos pocos pero fuertes, que éramos desde ese día un pequeño e insignificante engranaje de una gran máquina que no tenía empacho en comerse a sus críos y no titubearía un instante en triturar los huesos de los contestatarios, empalar a los audaces, colgar y descuartizar a los sediciosos o extraer una libra de la carne de los incautos. Le siguió una nerviosa pero deliberada espera, cuya longitud nos permitiera absorber e incorporar la importancia de aprender esta nueva lección.

En mi vientre, mientras tanto, los intestinos se me ataban en mil nudos de Santo Donato1, uno por cada una de las reglas que iba aprendiendo y rezaba para no olvidar. Los nervios me aflojaron un poco el estómago, que todavía no se había enterado lo peligrosa que se había vuelto la insubordinación, y se quejaba con ruidos extraños cuyo encubrimiento en el silencio absoluto de la sala necesitó de toda mi concentración y capacidad de maniobra sobre la butaca. La grotesca liberación de un magno viento postrero2, en presencia de mil testigos y en la formalidad del Aula Magna, fue desde entonces el peor miedo y la más grande tentación.

Me ayudó que tuvimos que ponernos de pie para la entrada de la principal autoridad de la institución, quien nos regaló el primero de una intercambiable seguidilla de discursos oficiales que escucharíamos en los largos años de nuestro confinamiento, llenos de alabanzas, exaltaciones y superlativos para la Santa Trinidad de Dios, Patria y Estudio, y de visiones de fuego y tormentos infernales para los cuatro jinetes del Apocalipsis: el Desorden, el Libertinaje, el Desacato y la Ignorancia. El rector, Icas Micillo, hombre poco fuera de lo común excepto por sus cabellos completamente blancos y el fervor de su retórica, que era reminiscente de un discurso militar o un sermón religioso, nos introdujo entonces a su brazo derecho, el vicerrector Prévide, cuyo torso cónico, coronado de una cabeza de cráneo y mentón diminutos pero enorme nariz, complementado con una marcha forzada de piernas demasiado cortas le daban el aire inconfundible de un pingüino patagónico. Prévide nos comunicó oficialmente que él era el encargado de la administración del Colegio, se ocuparía de procesar la baja de los muchos expulsados que habría por cuestiones disciplinarias y actuaría de testaferro del Rector para que este nunca tuviera que dirigirnos la palabra en otra forma que no fuera en sus discursos.

Prévide le cedió el podio al Prefecto Kember Urquiza, quien se presentó como encargado de la administración de la injusticia, San Pedro de aquellos que se decidieran entrar al cielo de la conformidad pero Torquemada de aquéllos cayeran en el infierno de la fútil resistencia. Inusual para un santo, lucía una lustrosa y tupida cabellera escarlata que hubiera sido la envidia de cualquier demonio, y un traje marrón de solapas anchas (aunque se había retirado los anteojos de sol). Introdujo a su turno a sus secuaces, los preceptores, quienes se pusieron de pie uno a uno a medida que los presentaba en un circo de verdugos, sepultureros y embalsamadores de distintos aspectos y portes, aunque ninguno de ellos remotamente atractivos a nadie que no fueran sus madres, para que los veamos de una vez, que hicieran nido en nuestras pesadillas y que no consiguiéramos olvidarlos nunca más.

Cuando ya había quedado establecido nuestro diminuto lugar en el orden de las cosas, se nos concedió un necesitado respiro. Un virtuoso del teclado, un cincuentón de dedos largos como palitos chinos que era aparentemente ex alumno y antigüedad de una promoción pasada, volvió inexplicablemente por su propia voluntad a este nido de víboras para sacarle chispas al órgano de viento, uno de los tantos lujos que algún amante de cosas de perdurable belleza deslizó astutamente en el presupuesto de construcción del Colegio. Nos deleitó (léase nos asustó) con una versión frenética de Tocata y Fuga de Bach, que puso a prueba los fuelles del instrumento con armonías arriesgadas, cambios bruscos de registro y semitrinos que nosotros escuchábamos perturbadísimos, porque parecía confirmar que los pulmones de la bestia que nos estaba tragando vivos eran tan temibles como el resto de su anatomía. Acto seguido, el coro de alumnos cantó un madrigal bajo la dirección de un profesor de música cuyos frenéticos movimientos de manos para marcar el compás y dirigir a los cantantes a vocalizar al unísono o en armonía, combinado con un entusiasmo orgásmico tan fuera de tono con la severidad de la ocasión, fue lo único en todo el acto que puedo decir de buena fe se aproximó a un entretenimiento.

Y finalmente Dios quiso en su misericordia que llegara el momento de ponerse de pie para presenciar la partida del abanderado con sus dos escoltas, señal de que el acto llegaba a su fin. Salimos de la sala por primera vez bajo la supervisión del preceptor, quien sería nuestro cancerbero hasta el final del nuevo año escolar. Aunque no tengo ninguna evidencia, estoy seguro de que no fui el único que aprovechó el ruido sordo de pasos, de roces de mangas de lana y el choque de rodillas forradas de tela de franela para camuflar la incontenible Tocata y Fuga de mi propio instrumento de viento, cuyos fuelles habían sido tan apretados por la formalidad y la tensión del acto, como los del órgano por la arriesgada musicalidad de Johann Sebastian.

En filas de dos nos condujeron por escalinatas de mármol hasta los corredores de azulejos verdes y techos imposiblemente altos que desde entonces deberíamos llamar "claustro", donde estaba aula donde pasaríamos las interminables horas de clase, en la puerta de la cual se nos separó entre alumnos y alumnas y se nos ordenó por estatura, adelante las alumnas de menor a mayor y luego los alumnos en el mismo orden. El preceptor recorrió la fila re-barajando a aquellos cuya estatura era tan similar que necesitó un par de ensayos de orden para ubicarlos bien. Cuando estuvo satisfecho nos mostró cómo tomar distancia con el brazo derecho extendido hasta que la punta de los dedos quedara apenas rozando, pero sin tocar, el hombro del compañero de enfrente, un gesto que a mi se me ocurrió se parecía demasiado a un “¡Heil Hitler!” silencioso. Luego de esta puntillosa maniobra, que no supe decir si pertenecía a la ingeniería escolar o ganadera, la fila quedó ordenada y espaciada como los dientes de un gran serrucho. El preceptor se declaró satisfecho y nos exhortó a recordar esa técnica de formación de fila y grabarla indeleblemente en nuestra memoria.

- "Recuerden quién es su compañero de frente, retaguardia y flanco", nos dijo usando un lenguaje que me pareció entonces curioso y que, en retrospectiva, delataba alguna conexión castrense.
Si hizo una incómoda pausa, y como no respondimos nos intimó:

- “¿Qué se dice?”

- “Sí, señor preceptor”, dijimos, como nos habían enseñado minutos antes.

- “No escucho.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Éste será el claustro de la doceava división. Lo compartiremos con alumnos del cuarto año, porque no hay lugar en el tercer piso donde están el resto del primer año. Pero les advierto que está estrictamente prohibido dejar el claustro en cualquier momento para confraternizar con ellos, o por cualquier motivo, inclusive en el recreo, sin mi permiso explícito. Cualquier contravención a esta regla se lleva como mínimo cinco amonestaciones”.

Las amenazas de “amonestaciones”, palabra hasta entonces desconocida pero de ahí en más una herramienta de sorprendente eficacia en el repertorio del miedo, quedaron colgando como estalactitas del glaciar de silencio centenario que ocupaba el espacio entre nuestras diminutas cabezas y los altísimos cielorrasos del claustro. Transcurrieron unos segundos interminables de tensa expectativa y pánico por la mirada del preceptor, que se volvía a cada segundo más incandescente, como si nos las fuera a hacer caer encima en un chaparrón de filosas espadas de hielo, pero algún avispado se dio cuenta de cómo desactivar su furia y repitió la nueva regla, seguido en imperfecto pero aliviado unísono por el resto de la clase:

- “ ¡S-sí, se-señor prpre cep-cep tor-tor-tor! ”

- “Mejor. Durante el recreo podrán confraternizar, circular a voluntad por el claustro e ir al baño. Yo soy responsable de guiar su conducta y asegurarme de que no cometan ninguna transgresión, y de castigar a aquellos que no obedecen mis instrucciones o el Reglamento. Quince amonestaciones antes de las vacaciones de invierno, o veinticinco antes del fin del año escolar son suficientes para quedar libres. ¿Entendido?”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “El timbre de final del recreo sonará por un minuto completo. Mientras suene tendrán que apurarse para llegar hasta sus lugares en la fila. Si alguno llegara a estar ausente en la fila, cinco amonestaciones, así que si necesitan ir al baño, les sugiero que lo hagan al principio del recreo o, en caso de fuerza mayor, que me avisen antes.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Para cuando termine de sonar el timbre la fila tendrá que estar no sólo completa sino perfecta y en silencio absoluto. Cualquiera que continúe hablando o que no esté en perfecta línea recibirá cinco amonestaciones.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “A mi señal podrán hacer ingreso al aula, en completo silencio y en perfecto orden, sin correr. Como vamos a entrar al aula por primera vez en unos momentos, deberán entrar despacio y ocupar sus bancos en orden. Las alumnas en las primeras dos filas de la izquierda, y los alumnos en las restantes a la derecha. Cada persona ocupará un banco en orden de acuerdo a cómo están formados ahora, el primer banco de la primera fila para el primer alumno, el segundo banco de la primera fila para el segundo, y así sucesivamente hasta ocupar todos los bancos. Les prevengo a los pícaros que no intenten saltar el orden de banco para irse directo al fondo, porque terminarán el día con sus primeras cinco amonestaciones del año. ¿Comprendido?"

- “¡Sí, señor preceptor!”

Se desplazó hacia el umbral de la puerta y desde allí dio la orden:

- "Muy bien: alumnas, pueden entrar". Y luego de un minuto: "Muy bien: alumnos, pueden entrar".

Y así llegué al banco que me correspondía en la segunda fila del fondo y me puse el candado de hierro que me ataría por la eternidad de ocho meses a mi catre en la galera de este Holandés Errante, condenado a navegar eternamente por océanos de azulejos verdes cuya calma era fingida e hipócrita, sin nunca hacer puerto en el Cabo de la Buena Esperanza. ¡Cuánto bien me hubiera hecho en ese viaje inaugural saber que a mi alrededor estaban las caras, todavía irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín que serían mis hermanos en armas de mil escaramuzas, atracos y emboscadas! Con ellos conseguiría hombro a hombro gloriosas victorias contra la injusticia y batiría ignominiosas retiradas frente a la prepotencia, para servir en otras guerras. Con ellos compartiríamos la soledad y el espanto de cada día, fingiríamos tristeza y robaríamos alegrías como flores de los jardines de Quilmes. Sin sospecharlo entonces, treinta años después todavía los llevaría prendidos, como abrojos del corazón.

1 Santo Donato, el culo te ato, si no te recuerdo no te desato – plegaria en la que se ata un piolín al dedo índice para no olvidarse de algo.

2 El pedo es un viento postrero que sale del agujero anunciando la llegada de una próxima cagada.

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Versión 23-01-2014


NOTA. Che andá borrando los comentarios que ya leíste y ya no sirven, a medida que lo vas repasando, no es necesario que los dejes.


Segunda Parte: Años Negros
Capítulo Primero: VERDUGOS, SEPULTUREROS Y EMBALSAMADORES

Miguel Cané entró al Colegio Nacional de Buenos Aires luego de la muerte de su padre, ansioso por escapar de la tristeza y soledad de un hogar en luto; en cambio yo entré cien años después de su soledad, y mi hogar era un lugar feliz y luminoso, que mamá llenó de ternura y toques femeninos y papá de seguridad y de aliento. Hacía poco nos habíamos mudado a un departamento en la calle Rodríguez Peña a una cuadra de la Plaza Vicente López y el cambio había sido positivo, porque el portero era macanudo. No como el gallego García, que había sido el ogro que acosó mi infancia en los palieres y el hall de entrada de mi primer hogar con injustificados retos y asociaciones imaginarias con el Hombre de la Bolsa. Este nuevo barrio quedaba cerca, pero tenía edificios más lindos y altos, y estaba lleno de negocios, de cafés donde desayunar con mis padres los sábados y una heladería Freddo al toque donde comprar cucuruchos de chocolate con almendras. Encima, en cualquier momento se podía subir por Callao y salir a caminar por la avenida Santa Fe, para un lado hacia la Plaza San Martín o para el otro hacia Pueyrredón y, sin importar para dónde enfilara, la caminata era a mi edad más divertida que ir a jugar a la plaza, porque Santa Fe estaba llena de gente linda, de negocios piolas y siempre había algo nuevo para ver.

Hasta mi éxito en el examen, creo que yo era feliz.

Pero como Miguel Cané, sin embargo, mi destino era entrar al colegio de luto, aunque el mío fue por el asesinato a sangre fría de mis co-conspiradoras en la alegre rebelión de anarquía que fue mi vida antes de la secundaria. Todavía no había terminado de llorar la pérdida de mi Individualidad, víctima de las tijeras de Giuseppe el Sanguinario, cuando a la hora de entrar a mi primer día de clases en el Colegio fui separado de todos los estudiantes frente a la puerta y aislado por un efectivo de civil, pelirrojo y de anteojos oscuros, vestido en uno de esos trajes de color marrón, de solapas demasiado anchas y corbata demasiado gruesa que usaban los grandes en los años setenta. En mi ingenuidad, yo estaba todavía contento y despreocupado, a plena luz de la tarde, sonriendo y en buenos ánimos, cuando me detuvo:

  • “¿Usted de que se ríe, señor?”, dijo el agente.

  • “De nada; me sonreía”, contesté, con candor.

  • ¡¿Nombre, año y división?!”, me preguntó, repentinamente enojado.

  • “Diego Gotthelf, primer año. ¿Qué es ‘división’? Es mi primer día…”

Entonces se me acercó demasiado, a pocos centímetros de mi cara, y me sopló un susurro escalofriante:

  • “Bueno, entonces tiene mucho que aprender”.

Así me fueron arrancadas otras dos de mis correligionarias, la Alegría y la Despreocupación, acusadas de amotinamiento contra el nuevo gobierno de facto que regiría mis días del otro lado del umbral: la Junta de la Obediencia, el Deber y el Miedo. Ellas fueron condenadas sumariamente al paredón del olvido, mientras que a mí me dieron seis años de encierro en esa penitenciaría que me serviría de Bastilla para cumplir la condena por crímenes de conciencia tranquila, dictada cuatro años atrás por el Proceso de Reorganización Nacional en un juicio que nos había hecho “in absentia” y sin recurso de apelación a todos los alumnos presentes y futuros del Colegio de la Patria.

El oficial de admisión hizo un aliviador paso atrás, pero en vez de largarme levantó sus anteojos para pasar revista detenida a mi aspecto (uniforme y corte de pelo reglamentario), que encontró en orden pero igual me dio la fuerte impresión de no haberlo dejado satisfecho. El corazón quería escapárseme del pecho, los ojos se me pusieron brillosos y la garganta me quedó trabada en el medio de una tragada de saliva. Una a una inventarié mentalmente mis posesiones personales a medida que sentí que se me iban escapando de las manos: 

- Tardes de ocio y juego (muy usadas)
- Inocencia (en buen estado)
- Confianza en la benevolencia de mis mayores (algunos golpes)
- …

Y así hasta completar el resto de las pertenencias de mi vida de niño, que serían un estorbo y probablemente un peligro en aquel nuevo régimen de rigor y silencio cuyo punto sin retorno ya había cruzado. Toda esta oración desde “Una a una...” se me hizo que sobraba, como que uno se da bastante cuenta aunque no tan en detalle, por ahí si lo redactás más cortito, a mí se me hizo la imagen de un árbol que se deshoja (así me despojé de...”) Claro que te lo tiro nomás, eh  Las puse con dolor en una caja imaginaria de cartón de esas donde se guardan archivos de oficina, que sellé con un lacre para asegurarme de que no serían perturbadas hasta el final de mi condena. La deposité encima de las cajas idénticas con las pertenencias inútiles Inútiles no, inútiles para ese momento ya sé, pero inútil así, suena diferente, como algo que nunca fue ni será útil, no da la impresión correcta. Más bien creo que quisiste decir “inutilizables”  del resto de mis nuevos compañeros Redacción: de mis nuevos compañeros, o del resto de los alumnos. No “del resto de mis nuevos compañeros”, porque vos no sos uno de tus compañeros   que hubiera jurado ya estaban apiladas a la entrada. Tuve una espantosa premonición que cuando hubiéramos ingresado, ordenanzas en guardapolvos marrones las conducirían por un sistema de cintas como los que hay en las fábricas, directamente a un incinerador en los subsuelos del edificio. Lo único que puedo aseverar con certeza es que mi acervo infantil jamás me fue restituido.

Uh ahora sí sentí el miedito. Igual lo de las cajas y las cintas que se las llevan está como un poco dicho con muchas oraciones, pero si no podés achicarlo no importa mucho


En el primer día de nuestro enclaustramiento había casi cuatrocientos nuevos reos que procesar, lo que puso a prueba No me creí “que puso a prueba”, si pasa todos los años lo mismo, más bien “que parecía poner a prueba”, “que desafiaba” la capacidad organizativa de un presidio que contenía las almas de por lo menos mil reos más en cumplimiento de condenas aún en curso. Éramos un rebaño de ovejas de otra raza que los chicos y muchachas que iban a otros colegios normales Redacción: “a otros colegios normales” significa que tu colegio es normal, si quisiste decir que es diferente (lo que parece inferirse por el resto de la oración), es “a otros colegios” o “a colegios normales”. Creo que lo que se entendería mejor es “a otros colegios del Estado”, así la gente entiende que hablás de que no hay guardapolvo blanco , inmediatamente identificables por nuestros idénticos hábitos de blazer azul con escudito blanco, pantalón o jumper de franela gris, camisa celeste cerrada con corbata o cintita azul Hay algo mal en la redacción de este párrafo, queda raro. “Pertenecíamos a una raza diferente” me parece más natural . Llevábamos todos el pelo muy corto, a dos dedos de la camisa y oreja descubierta; y todas el pelo atado con gomita y el flequillo detrás de la vincha como cofia de monjas Ya, ya entendí tanto drama con el pelo, era solamente en ese colegio, ya . Pero entre nosotros Ya sé lo que quisiste decir pero “pero entre nosotros” da una idea demasiado imprecisa, porque es ambiguo, podés estar hablando de que nosotros nos veíamos a nosotros mismos, o nos veíamos de esta forma sin darlo a saber a los de afuera, y creo que no quisiste decir ninguna de esas cosas. “Pero quien nos observara a nosotros” podría ser, por ejemplo éramos tan indistinguibles los varones de las mujeres y los unos de los otros, como lo son al ojo inexperto los borregos en los corrales.

A los novicios Novatos quisiste decir, no? Novicio se usa en los conventos... se nos llamó por apellido y nombre, dividiéndonos en cuadrillas de trabajos forzados que de ese día en más deberíamos llamar "divisiones", se nos puso en manos de un sargento sádico que de allí en más deberíamos llamar "preceptor" Hasta acá me encantaron las metáforas pero acá ya quedé abrumada, me hubiera gustado más que dijeras directamente se nos separó en divisiones y se nos asignaron preceptores y se nos dio la orden de responder a preguntas u órdenes en el protocolo reglamentario de "Sí, señor preceptor" o "No, señor preceptor" y de no hablar a menos que seamos invitados a hablar. Eso fue todo por el momento, pero quedó claro que no podríamos distraernos Yo diría distraernos “ni” un instante un instante Yo diría que “nos” quedó claro , porque cada minuto traería el aprendizaje de una nueva regla de comportamiento, generalmente explícita y tajante pero varias de ellas tácitas y sutiles Yo diría “de las explícitas y tajantes y también de las tácitas y sutiles” , que no sería beneficioso para nuestra estadía perderse de captar por despistados. Lo que viene después de la última coma le da sensación de redacción desprolija. Yo en principio repetiría reglas después de la coma, para retomar el sujeto “...y sutiles,  reglas que si perdiéramos en un despiste serían un inconveniente para nuestra estadía”, por ejemplo

Después de esta breve introducción, que nos dio una idea de qué era de esperarse de un régimen Es como que muchas palabras, “que nos dio una idea de que nos esperaba un régimen...” que hubiera desafiado la autodisciplina de un monje franciscano A mí me gustaba un monje tibetano, son deportistas , se nos consideró suficientemente adoctrinados como para permitirnos la entrada al sanctasanctórum del Colegio, el Aula Magna, que hubiera sido la envidia de los arquitectos de La Scala de Milán. Allí fuimos acomodados por "división Ya dijiste “división” antes, yo sacaría las comillas  " en las butacas Aula magna y butacas, yo intercalaría una sola oración comentando minimalísticamente la distribución de butacas que nos habían reservado entre las huestes de presidiarios Más que presidiarios, yo recordaría de nuevo el aspecto físico verdadero: entre los pelos y las posturas de los veteranos, diría. Así pero redactado claro. Para que reafirmes más la imagen de lo que sí se veía veteranos, quienes nos esperaban en la platea tensos Tensos? O firmes?  e indiferentes a nuestra consternación, mientras la luz de la tarde agonizante brillaba a través de los ventanales que dan a la calle Bolívar, cayendo oblicuos sobre nuestras coronillas De pelo recién cortado! Agregaría yo , mostrándonos con dedo acusatorio que los techos eran amedrentadoramente altos, los mármoles nobles y fríos, los cueros finamente curtidos, los hierros hábilmente forjados, las caobas cuidadosamente lustradas y la plana mayor del aparato penitenciario Qué es la plana mayor del aparato penitenciario? estaba presente en la pompa y boato del Acto de Iniciación del Ciclo Escolar para inspirar miedo con el que subrayar el mensaje principal que se nos quería impresionar Mal la redacción, el mensaje principal que nos querían imprimir, o el mensaje principal con el que nos querían impresionar : que la Institución era un roble centenario y nosotros hojas de hierba, que nosotros éramos muchos pero débiles y Ellos pocos pero fuertes, que éramos desde ese día un pequeño e insignificante engranaje de una gran máquina que no tenía empacho en comerse a sus críos y no titubearía un instante en triturar los huesos de los contestatarios, empalar a los audaces, colgar y descuartizar a los sediciosos o extraer una libra de la carne de los incautos.

Le siguió una nerviosa pero deliberada espera, cuya longitud nos permitiera absorber e incorporar la importancia y severidad del mensaje que se nos impartió claro como las campanas de Notre Dame sin haber siquiera necesitado una Che cómo “sin haber necesitado una palabra”, si dijeron un montón de palabras antes del silencio, creo que quisiste decir “sin una palabra más” o algo así sola palabra. En mi vientre, mientras tanto, los intestinos se me ataban en mil nudos de Santo Donato1, uno por cada una de las reglas Qué reglas? Me perdí, en el Aula Magna todavía no dijeron ninguna 

1 Santo Donato, el culo te ato, si no te recuerdo no te desato – plegaria en la que se ata un piolín al dedo índice para no olvidarse de algo.


que rezaba para no olvidar. Los nervios me aflojaron un poco el estómago, que todavía no se había enterado lo peligrosa que se había vuelto la insubordinación, y se quejaba con ruidos extraños cuyo encubrimiento en el silencio absoluto de la sala necesitó de toda mi concentración y capacidad de maniobra sobre la butaca. La grotesca liberación de un magno viento postrero1, en presencia de mil testigos y en la formalidad del Aula Magna, fue desde entonces a veces el peor miedo, y a veces la más grande tentación. Aaaahoora síiiiii, nada más que el final no se expresa con exactitud, no pasás del miedo a la tentación sino que conviven no? Fijate, aunque no es tan importante, es por quisquillosa nada más


1 El pedo es un viento postrero que sale del agujero anunciando la llegada de una próxima cagada.




Me ayudó que tuvimos que ponernos de pie para la entrada de la principal autoridad de la institución cuyo proceso de iniciación se nos estaba administrando, quien nos regaló el primero de una intercambiable seguidilla de discursos oficiales que escucharíamos en los largos años de nuestro confinamiento, llenos de alabanzas, exaltaciones y superlativos para la Santa Trinidad de Dios, Patria y Estudio, y de visiones de fuego y tormentos infernales para los cuatro jinetes del Apocalipsis: el Desorden, el Libertinaje, el Desacato y la Ignorancia. Che estos tipos los puso el Proceso o qué onda, qué tenían que ver con el gobierno de turno? Tenían aspecto de milicos? O era como los rectores de siempre, Sanguinetti y toda esa gente? Pregunta de quien no lo vivió (me encantaría en una línea cortito cortito) El rector, Icas Micillo, nos introdujo entonces a su brazo derecho, el vicerrector Prévide, cuyo torso cónico, coronado de una cabeza de cráneo y mentón diminutos pero enorme nariz, complementado con una marcha forzada de piernas demasiado cortas, habían dado pie al apodo "el Pingüino" que fuera inmortalizado en las paredes del baño de varones luego de la noticia de que el Gobierno iniciaría una diezma de pingüinos patagónicos para frenar su reproducción explosiva, y que algún pícaro asoció con el apodo del vice y plasmó un mensaje de presumida empatía por sus tocayos con marcador indeleble, que decía así: "¡Paren la matanza de pingüinos! Firmado: Prévide". En este momento no podés haberte enterado de eso, queda como un comentario atemporal, yo más bien sacaría de ese lugar por qué le decían el pingüino y lo pondría más adelante, en otro momento en que se lo mencione Nos comunicó oficialmente que Prévide sería capellán para la aplicación de los sacramentos de extremaunción de los expulsados No entendí la analogía, ¿se expulsaba gente? ¿Primer día de clases y ya hablaban de cómo los expulsaban? ¿Qué es la extremaunción de los expulsados?, factótum de las minucias de la gerencia eficiente de la burocracia y testaferro para cualquier medida ejecutiva necesaria, pero desagradable.

Luego nos presentó al Prefecto Kember Urquiza, encargado de la administración de la injusticia; juez, jurado y testigo de la virtud de los fieles y el pecado de los apóstatas; San Pedro de la lotería que designaría aquéllos que entrarían al cielo de la conformidad y Torquemada de aquéllos caerían en el infierno de la fútil resistencia (doble espacio) no entendí una jota de cuáles eran sus funciones, contame quién era al menos . Inusual para un santo, lucía una lustrosa y tupida cabellera escarlata que hubiera sido la envidia de cualquier demonio, y un traje marrón de solapas anchas (aunque se había retirado los anteojos de sol). Éste introdujo a su turno a sus secuaces, quienes se pusieron de pie uno a uno a medida que los presentaba en un circo de verdugos, sepultureros y embalsamadores de distintos aspectos y portes, aunque ninguno de ellos remotamente atractivos a nadie que no fueran sus madres, para que los veamos de una vez, que hicieran nido en nuestras pesadillas y que no consiguiéramos olvidarlos nunca más. Los preceptores?


Cuando ya había quedado establecido nuestro diminuto lugar en el orden de las cosas, se nos concedió una necesitada tregua. Un virtuoso del teclado, antigüedad de una promoción pasada Quién era una antigüedad, el teclado o el virtuoso?  , volvió inexplicablemente por su propia voluntad a este nido de víboras para sacarle chispas al órgano de viento, uno de los tantos lujos que algún amante de cosas de perdurable belleza deslizó astutamente en el presupuesto de construcción del Colegio, cuando habría más recursos que escrutinio. Doble espacio, ¿cómo más recursos que escrutinio? Escrutinio? Nos deleitó (léase nos asustó) con una versión frenética de Tocata y Fuga de Bach, que puso a prueba los fuelles del instrumento con armonías arriesgadas, cambios bruscos de registro y semitrinos que nosotros Tiempo verbal: yo diría escuchábamos escuchamos perturbadísimos, porque parecía confirmar que los pulmones de la bestia que nos estaba tragando vivos eran tan temibles como el resto de su anatomía. Acto seguido, el coro de alumnos cantó un madrigal bajo la dirección de un profesor de música cuyos movimientos de manos ridículos Ridículos no me gusta, detallá qué los hacía ridículos nos proveyeron con Nos proveyeron “del” diría yo el único momento que puedo decir de buena fe se aproximó a un entretenimiento. Qué te parece: “de quien seguíamos con la vista los movimientos de sus manos, que eran así y asá, proveyéndonos así del único momento...”

Y finalmente Dios quiso en su misericordia que llegara el momento de ponerse de pie para presenciar la partida del abanderado con sus dos escoltas, señal de Señal “de” que Yo también lo sufrí, menos mal que terminaque el acto llegaba a su fin. Salimos de la sala bajo la supervisión de nuestra escolta de ovejeros alemanes, con la misma sincronización de ovejas que ya conocen el dolor de un tarascón Como en la otra parte más arriba, yo no pondría ninguna metáfora acá, no lo visualizo, decime quiénes, qué ropas nuevas, qué peinados nuevos, esas cosas  Pasó algo con los puntos seguidos? Hay dobles espacios en todo el documento . Aunque no tengo ninguna evidencia, estoy seguro de que no fui el único que aprovechó el ruido sordo de pasos, de roces de mangas de lana y el choque de rodillas forradas de tela de franela para camuflar la incontenible Tocata y Fuga de mi propio instrumento de viento, cuyos fuelles habían sido tan apretados por la formalidad y la tensión del acto, como los del órgano por la arriesgada musicalidad de Johann Sebastian.

En filas de dos nos condujeron por escalinatas de mármol hasta los corredores de azulejos de engañosa calma Por qué los varones ven calma en esos azulejos verdes? Kohan decía calma también. Yo los veía más bien como en el centro de un triángulo lavadero-baño-cocina, más tirando a lavadero, en segundo lugar al baño, y más alejados de la cocina. ¿Por qué calma? Se me escapa. Yo hago cosas que manchan en esos azulejos, por eso no puede haber pintura Alba. verde y techos imposiblemente altos que desde entonces deberíamos llamar "claustro", donde estaba nuestra celda Como la otra vez, cansa, yo no la llamaría celda, aunque podrías usar un adjetivo o verbo que indique la sensación: que entraste en el aula y cerraron la puerta detrás tuyo con sonido de reja carcelaria por ejemplo , que deberíamos llamar "aula", y en la puerta de la cual se nos separó entre alumnos y alumnas y se nos ordenó por estatura, adelante las alumnas de mayor a menor Quisiste decir de menor a mayor? y luego los alumnos en el mismo orden. Se nos mostró cómo tomar distancia con un “¡Heil Hitler!” Yo te diría que primero lo describas bien, un poco más, agregá una línea más diciendo cómo te hicieron formar y cómo el preceptor cuidó que lo hicieras bien, y al final de eso, cuando uno ya tiene la imagen en la cabeza, podés decir “que a mí se me hizo un Hei Hitler! Silencioso”. Te diría no silencioso hasta que la punta de los dedos quedara apenas tocando el hombro del compañero de enfrente. Luego de la maniobra la fila quedó mágicamente Mágicamente no, yo diría por obra de la ingeniería escolar, algo así ordenada y espaciada como los dientes de un gran serrucho. Nuestro preceptor se declaró satisfecho y nos exhortó a recordar esa técnica de formación de fila No, yo diría “una vez que” nuestro preceptor asignado se declaró satisfecho...” Lo de asignado para dar sensación de que es relación nueva, “nuestro preceptor” suena a conocido y grabarla indeleblemente en nuestra memoria.

- "Recuerden quién es su compañero de frente, retaguardia y flanco", nos dijo usando un lenguaje que me pareció entonces curioso y que, en retrospectiva, delataba alguna conexión castrense.
Como no respondimos luego de la pausa nos intimó No, el orden es al revés, “Se hizo una pausa”, “y como no respondíamos” :

- “¿Qué se dice?”

- “Sí, señor preceptor”, dijimos, como nos habían enseñado minutos antes.

- “No escucho.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Éste será el claustro de la doceava división. Lo compartiremos con alumnos del cuarto año, porque no hay lugar en el tercer piso donde están el resto de sus compañeros Donde está el resto de primer año, directamente.  del primer año. Pero les advierto que está estrictamente prohibido dejar el claustro en ningún momento para confraternizar con ellos (o por cualquier motivo) No me gustan los paréntesis, lo pondría entre comas , inclusive en el recreo, sin mi permiso explícito. Cualquier contravención a esta regla se lleva como mínimo cinco amonestaciones”.

Las amenazas de “amonestaciones”, palabra hasta entonces desconocida pero de ahí en más una herramienta de sorprendente eficacia en el repertorio del miedo, quedaron colgando como estalactitas del glaciar de silencio centenario que ocupaba el espacio entre nuestras diminutas cabezas y los altísimos cielorrasos del claustro. Para marcarlo mejor yo diría “A eso se sucedieron unos segundos... “ en lugar de hubo Hubo unos segundos interminables de tensa expectativa y pánico de que la mirada incandescente del preceptor nos las hiciera caer encima como un chaparrón de filosas espadas de hielo “Y pánico por la mirada del preceptor, que se volvía a cada segundo más incandescente, como si nos las fuera a hacer caer encima.... “ qué te parece, se entiende mejor la conexión con que quería que pasara algo que no pasaba , pero algún avispado se dio cuenta de cómo desactivar su furia y repitió la nueva regla, seguido en imperfecto pero aliviado unísono por el resto de Yo diría el resto de “la” clase  nuestra clase:

- “ No sé no me gusta, yo aumentaría el canon progresivamente, como si hubieran empezado casi a un tiempo pero por la falta de experiencia todavía no sale que lo digan todos juntos: ¡S-sí, se-señor prpre cep-cep tor-tor-tor!  ¡Si-sí, se-se ño-ñor pre-pre cep-cep tor-tor!”

- “Mejor. Durante el recreo podrán confraternizar, circular a voluntad por el claustro e ir al baño. Yo soy responsable Me suena más responsable “de”   por guiar su conducta y asegurarme de que no cometan ninguna transgresión, y de castigar a aquellos que no obedecen mis instrucciones o el Reglamento. Quince amonestaciones antes de las vacaciones de invierno, o veinticinco antes del fin del año escolar son suficientes para quedar libres. ¿Entendido?”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “El timbre de final del recreo sonará por un minuto completo. Mientras suene tendrán que apurarse para llegar hasta sus lugares en la fila. Si alguno llegara a estar ausente en la fila, cinco amonestaciones, así que si necesitan ir al baño, les sugiero que lo hagan al principio del recreo o, en caso de fuerza mayor, que me avisen antes.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Para cuando termine de sonar el timbre la fila tendrá que estar no sólo completa sino perfecta y en silencio absoluto. Cualquiera que continúe hablando Yo diría o “que” no esté o no esté en perfecta línea recibirá cinco amonestaciones.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “A mi señal podrán hacer ingreso al aula, en completo silencio y en perfecto orden, sin correr. Como vamos a entrar al aula por primera vez en unos momentos, deberán entrar despacio y ocupar sus bancos en orden. Las alumnas en las primeras dos filas de la izquierda, y los alumnos en las restantes a la derecha. Cada persona ocupará un banco en orden de acuerdo a cómo están formados ahora, el primer banco de la primera fila para el primer alumno, el segundo banco de la primera fila para el segundo, y así sucesivamente hasta ocupar todos los bancos. Les prevengo a los pícaros que no intenten saltar el orden de banco para irse directo al fondo, porque terminarán el día con sus primeras cinco amonestaciones del año. ¿Comprendido?"

- “¡Sí, señor preceptor!”

Se desplazó hacia el umbral de la puerta y desde allí dio la orden:

- "Muy bien: alumnas, pueden entrar". Y luego de un minuto: "Muy bien: alumnos, pueden entrar".

Y así llegué al banco que me correspondía en la segunda fila del fondo No entendí, ¿en la segunda fila contando desde el fondo, a una fila de las mujeres? a una fila de por medio de las mujeres y me puse el candado de hierro que me ataría por la eternidad de ocho meses a mi catre en la galera de este Holandés Errante, condenado a navegar eternamente por océanos de azulejos verdes cuya calma era fingida e hipócrita, sin nunca hacer puerto en el Cabo de la Buena Esperanza. ¡Cuánto bien me hubiera hecho en ese viaje inaugural saber que a mi alrededor estaban las caras, todavía irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín que serían mis hermanos en armas de mil escaramuzas, atracos y emboscadas! Con ellos conseguiría hombro a hombro gloriosas victorias contra la injusticia y batiría ignominiosas retiradas frente a la prepotencia, para servir en otras guerras. Con ellos compartiríamos la soledad y el espanto de cada día, fingiríamos tristeza y robaríamos alegrías como flores de los jardines de Quilmes. Sin sospecharlo entonces, treinta años después todavía los llevaría prendidos, como abrojos del corazón.





Comentarios del capítulo.

Ahora sí! Sentí la disciplina estricta, y el embole que te pegaste en el Salón de Actos, y casi que escuché a Bach en el órgano. Lo de los pedos lo dijiste con mucho más tacto, ahora sí se puede leer.

Tuviste un problema con los dobles espacios que había al final de cada punto seguido, no sé qué puede haber pasado en tu archivo, o si tiene que ver con que yo lo abro con el Open Office pero lo guardo en Word. ¿Vos viste dobles espacios cuando lo abriste?

Bueno los comentarios son nuevos, así que fijate.
Me gustó mucho más así :)


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Versión: Devolución Diego 23-01-2014


Segunda Parte: Años Negros
Capítulo Primero: VERDUGOS, SEPULTUREROS Y EMBALSAMADORES

Miguel Cané entró al Colegio Nacional de Buenos Aires luego de la muerte de su padre, ansioso por escapar de la tristeza y soledad de un hogar en luto; en cambio yo entré cien años después de su soledad, y mi hogar era un lugar feliz y luminoso, que mamá llenó de ternura y toques femeninos y papá de seguridad y de aliento. Hacía poco nos habíamos mudado a un departamento en la calle Rodríguez Peña a una cuadra de la Plaza Vicente López y el cambio había sido positivo, porque el portero era macanudo. No como el gallego García, que había sido el ogro que acosó mi infancia en los palieres y el hall de entrada de mi primer hogar con injustificados retos y asociaciones imaginarias con el Hombre de la Bolsa. Este nuevo barrio quedaba cerca, pero tenía edificios más lindos y altos, y estaba lleno de negocios, de cafés donde desayunar con mis padres los sábados y una heladería Freddo al toque donde comprar cucuruchos de chocolate con almendras. Encima, en cualquier momento se podía subir por Callao y salir a caminar por la avenida Santa Fe, para un lado hacia la Plaza San Martín o para el otro hacia Pueyrredón y, sin importar para dónde enfilara, la caminata era Más que “para esa edad” me suena más “a mi edad”  a mi edad más divertida que ir a jugar a la plaza, porque Santa Fe estaba llena de gente linda, de negocios piolas y siempre había algo nuevo Yo diría “algo nuevo para ver”, con para para ver.

Hasta mi éxito en el examen, creo que yo era feliz.

Pero como Miguel Cané, sin embargo, mi destino era entrar al colegio de luto, aunque el mío fue por el asesinato a sangre fría de mis co-conspiradoras en la alegre rebelión de anarquía que fue mi vida antes de la secundaria. Todavía no había terminado de llorar la pérdida de mi Individualidad, víctima de las tijeras de Giuseppe el Sanguinario, cuando a la hora de entrar a mi primer día de clases en el Colegio fui separado de todos los estudiantes frente a la puerta y aislado por un efectivo de civil, pelirrojo y de anteojos oscuros, vestido en uno de esos trajes de color marrón, de solapas demasiado anchas y corbata demasiado gruesa que usaban los grandes en los años setenta. En mi ingenuidad, yo estaba todavía contento y despreocupado, a plena luz de la tarde, sonriendo y en buenos ánimos, cuando me detuvo:

  • “¿Usted de que se ríe, señor?”, dijo el agente.

  • “De nada; me sonreía”, contesté, con candor.

  • ¡¿Nombre, año y división?!”, me preguntó, repentinamente enojado.

  • “Diego Gotthelf, primer año. ¿Qué es ‘división’? Es mi primer día…”

Entonces se me acercó demasiado, a pocos centímetros de mi cara, y me sopló un susurro escalofriante:

  • “Bueno, entonces tiene mucho que aprender”.

Así me fueron arrancadas otras dos de mis correligionarias, la Alegría y la Despreocupación, acusadas de amotinamiento contra el nuevo gobierno de facto que regiría mis días del otro lado del umbral: la Junta de la Obediencia, el Deber y el Miedo. Ellas fueron condenadas sumariamente al paredón del olvido, mientras que a mí me dieron seis años de encierro en esa penitenciaría que me serviría de Bastilla para cumplir la condena por crímenes de conciencia tranquila, dictada cuatro años atrás por el Proceso de Reorganización Nacional en un juicio que nos había hecho “in absentia” y sin recurso de apelación a todos los alumnos presentes y futuros del Colegio de la Patria.

El oficial de admisión hizo un aliviador paso atrás, pero en vez de largarme levantó sus anteojos para pasar revista detenida de mi aspecto (uniforme y corte de pelo reglamentario), que encontró en orden pero igual me dio la fuerte impresión de no haberlo dejado satisfecho. El corazón quería escapárseme del pecho, los ojos se me pusieron brillosos y la garganta me quedó trabada en el medio de una tragada de saliva. Una a una inventarié mentalmente mis posesiones personales a medida que sentí que se me iban escapando de las manos:

- Tardes de ocio y juego (muy usadas)
- Inocencia (en buen estado)
- Confianza en la benevolencia de mis mayores (algunos golpes)
- …

Y así hasta completar el resto de las pertenencias de mi vida de niño, que serían un estorbo y probablemente un peligro en aquel nuevo régimen de rigor y silencio cuyo punto sin retorno ya había cruzado. Las puse con dolor en una caja imaginaria de cartón de esas donde se guardan archivos de oficina, que sellé con un lacre para asegurarme que no serían perturbadas hasta el final de mi condena. La deposité encima de las cajas idénticas con las pertenencias inútiles del resto de mis nuevos compañeros que hubiera jurado ya estaban apiladas a la entrada. Tuve una espantosa premonición que cuando hubiéramos ingresado, ordenanzas en guardapolvos marrones las conducirían por un sistema de cintas como los que hay en las fábricas, directamente a un incinerador en los subsuelos del edificio. Lo único que puedo aseverar con certeza es que mi acervo infantil jamás me fue restituido.

En el primer día de nuestro enclaustramiento había casi cuatrocientos nuevos reos que procesar, lo que puso a prueba la capacidad organizativa de un presidio que contenía las almas de por lo menos mil reos más en cumplimiento de condenas aún en curso. Éramos un rebaño de ovejas de otra raza que los chicos y muchachas que iban a otros colegios normales, inmediatamente identificables por nuestros idénticos hábitos de blazer azul con escudito blanco, pantalón o jumper de franela gris, camisa celeste cerrada con corbata o cintita azul. Llevábamos todos el pelo muy corto, a dos dedos de la camisa y oreja descubierta; y todas el pelo atado con gomita y flequillo detrás de la vincha como cofia de monjas. Pero entre nosotros éramos tan indistinguibles los varones de las mujeres y los unos de los otros, como lo son al ojo inexperto los borregos en corrales.

A los novicios se nos llamó por apellido y nombre, dividiéndonos en cuadrillas de trabajos forzados que de ese día en más deberíamos llamar "divisiones", se nos puso en manos de un sargento sádico que de allí en más deberíamos llamar "preceptor" y se nos dio la orden de responder a preguntas u órdenes en el protocolo reglamentario de "Sí, señor preceptor" o "No, señor preceptor" y de no hablar a menos que seamos invitados a hablar. Eso fue todo por el momento, pero quedó claro que no podríamos distraernos un instante, porque cada minuto traería el aprendizaje de una nueva regla de comportamiento, generalmente explícita y tajante pero varias de ellas tácitas y sutiles, que no sería beneficioso para nuestra estadía perderse de captar por despistados.

Después de esta breve introducción, que nos dio una idea de qué era de esperarse de un régimen que hubiera desafiado la autodisciplina de un monje franciscano, se nos consideró suficientemente Suficientemente adoctrinados quisiste decir? Indoctrinados es no doctrinados adoctrinados como para permitirnos entrada al sanctasanctórum del Colegio, el Aula Magna, que hubiera sido la envidia de los arquitectos de La Scala de Milán. Allí fuimos acomodados por "división" en las butacas que nos habían reservado entre las huestes de presidiarios veteranos, quienes nos esperaban en la platea tensos e indiferentes a nuestra consternación, mientras la luz de la tarde agonizante brillaba a través de los ventanales que dan a la calle Bolívar, cayendo oblicuos sobre nuestras coronillas, mostrándonos con dedo acusatorio que los techos eran amedrentadoramente altos, los mármoles nobles y fríos, los cueros finamente curtidos, los hierros hábilmente forjados, las caobas cuidadosamente lustradas y la plana mayor del aparato penitenciario estaba presente en la pompa y boato del Acto de Iniciación del Ciclo Escolar para inspirar miedo con el que subrayar el mensaje principal que se nos quería impresionar: que la Institución era un roble centenario y nosotros hojas de hierba, que nosotros éramos muchos pero débiles y Ellos pocos pero fuertes, que éramos desde ese día un pequeño e insignificante engranaje de una gran máquina que no tenía empacho en comerse a sus críos y no titubearía un instante en triturar los huesos de los contestatarios, empalar a los audaces, colgar y descuartizar a los sediciosos o extraer una libra de la carne de los incautos.

Le siguió una nerviosa pero deliberada espera, cuya longitud nos permitiera absorber e incorporar la importancia y severidad del mensaje que se nos impartió claro como las campanas de Notre Dame sin haber siquiera necesitado una sola palabra. En mi vientre, mientras tanto, los intestinos se me ataban en mil nudos de Santo Donato1, uno por cada una de las reglas que rezaba para no olvidar. Los nervios me aflojaron un poco el estómago, que todavía no se había enterado lo peligrosa que se había vuelto la insubordinación, y se quejaba con ruidos extraños cuyo encubrimiento en el silencio absoluto de la sala necesitó de toda mi concentración y capacidad de maniobra sobre la butaca. La grotesca liberación de un magno viento postrero2, en presencia de mil testigos y en la formalidad del Aula Magna, fue desde entonces a veces el peor miedo, y a veces la más grande tentación. No entendí qué es el proceso de “internación”

Me ayudó que tuvimos que ponernos de pie para la entrada de la principal autoridad de la institución cuyo proceso de
1 Santo Donato, el culo te ato, si no te recuerdo no te desato – plegaria en la que se ata un piolín al dedo índice para no olvidarse de algo.
2 El pedo es un viento postrero que sale del agujero anunciando la llegada de una próxima cagada.

iniciación se nos estaba administrando, quien nos regaló el primero de una intercambiable seguidilla de discursos oficiales que escucharíamos en los largos años de nuestro confinamiento, llenos de alabanzas, exaltaciones y superlativos para la Santa Trinidad de Dios, Patria y Estudio, y de visiones de fuego y tormentos infernales para los cuatro jinetes del Apocalipsis: el Desorden, el Libertinaje, el Desacato y la Ignorancia. El rector, Icas Micillo, nos introdujo entonces a su brazo derecho, el vicerrector Prévide, cuyo torso cónico, coronado de una cabeza de cráneo y mentón diminutos pero enorme nariz, complementado con una marcha forzada de piernas demasiado cortas, habían dado pie al apodo "el Pingüino" que fuera inmortalizado en las paredes del baño de varones luego de la noticia de que el Gobierno iniciaría una diezma de pingüinos patagónicos para frenar su reproducción explosiva, y que algún pícaro asoció con el apodo del vice y plasmó un mensaje de presumida empatía por sus tocayos con marcador indeleble, que decía así: "¡Paren la matanza de pingüinos! Firmado: Prévide". Nos comunicó oficialmente que Prévide sería capellán para la aplicación de los sacramentos de extremaunción de los expulsados, factótum de las minucias de la gerencia eficiente de la burocracia y testaferro para cualquier medida ejecutiva necesaria, pero desagradable.

Luego nos presentó al Prefecto Kember Urquiza, encargado de la administración de la injusticia; juez, jurado y testigo de la virtud de los fieles y el pecado de los apóstatas; San Pedro de la lotería que designaría aquéllos que entrarían al cielo de la conformidad y Torquemada de aquéllos caerían en el infierno de la fútil resistencia. Inusual para un santo, lucía una lustrosa y tupida cabellera escarlata que hubiera sido la envidia de cualquier demonio, y un traje marrón de solapas anchas (aunque se había retirado los anteojos de sol). Éste introdujo a su turno a sus secuaces, quienes se pusieron de pie uno a uno a medida que los presentaba en un circo de verdugos, sepultureros y embalsamadores de distintos aspectos y portes, aunque ninguno de ellos remotamente atractivos a nadie que no fueran sus madres, para que los veamos de una vez, que hicieran nido en nuestras pesadillas y que no consiguiéramos Más que “para”, yo pondría “de forma de” olvidarlos nunca más.

Cuando ya había quedado establecido nuestro diminuto lugar en el orden de las cosas, se nos concedió una necesitada tregua. Un virtuoso del teclado, antigüedad de una promoción pasada, volvió inexplicablemente por su propia voluntad a este nido de víboras para sacarle chispas al órgano de viento, uno de los tantos lujos que algún amante de cosas de perdurable belleza deslizó astutamente en el presupuesto de construcción del Colegio, cuando habría más recursos que escrutinio. Nos deleitó (léase nos asustó) con una versión frenética de Tocata y Fuga de Bach, que puso a prueba los fuelles del instrumento con armonías arriesgadas, cambios bruscos de registro y semitrinos que nosotros escuchamos perturbadísimos, porque parecía confirmar que los pulmones de la bestia que nos estaba tragando vivos eran tan temibles como el resto de su anatomía. Acto seguido, el coro de alumnos cantó un madrigal bajo la dirección de un profesor de música cuyos movimientos de manos ridículos nos proveyeron con el único momento que puedo decir de buena fe se aproximó a un entretenimiento.

Y finalmente Dios quiso en su misericordia que llegara el momento de ponerse de pie para presenciar la partida del abanderado con sus dos escoltas, señal que el acto llegaba a su fin. Salimos de la sala bajo la supervisión de nuestra escolta de ovejeros alemanes, con la misma sincronización de ovejas que ya conocen el dolor de un tarascón. Aunque no tengo ninguna evidencia, estoy seguro que no fui el único que aprovechó el ruido sordo de pasos, de roces de mangas de lana y el choque de rodillas forradas de tela de franela para camuflar la incontenible Tocata y Fuga de mi propio instrumento de viento, cuyos fuelles habían sido tan apretados por la formalidad y la tensión del acto, como los del órgano por la arriesgada musicalidad de Johann Sebastian. Este párrafo podría ser gracioso pero lo desperdiciaste, no me hizo reír.  Tendrías que redactarlo al revés, primero contar la ambientación que se sentía y después lo que se escuchó debido a la tentación, y que se copiaron 


En fila de dos nos condujeron por escalinatas de mármol hasta los corredores de azulejos de engañosa calma verde y techos imposiblemente altos que desde entonces deberíamos llamar "claustro", donde estaba nuestra celda, que deberíamos llamar "aula", y en la puerta de la cual se nos separó entre alumnos y alumnas y se nos ordenó por estatura, adelante las alumnas de mayor a menor y luego los alumnos en el mismo orden. Se nos mostró cómo tomar distancia con un “¡Heil Hitler!” silencioso hasta que la punta de los dedos quedara apenas tocando el hombro del compañero de enfrente. Luego de la maniobra En lugar de “para” yo usaría “momento en el cual”, fluye mejorEn lugar de “para” yo usaría “momento en el cual”, fluye mejor la fila quedó mágicamente ordenada y espaciada como los dientes de un gran serrucho. Nuestro preceptor se declaró satisfecho y nos exhortó a recordar esa técnica de formación de fila y grabarla indeleblemente en nuestra memoria.

- "Recuerden quién es su compañero de frente, retaguardia y flanco", nos dijo usando un lenguaje que me pareció entonces curioso y que, en retrospectiva, delataba alguna conexión castrense.
Como no respondimos luego de la pausa nos intimó:

- “¿Qué se dice?”

- “Sí, señor preceptor”, dijimos, como nos habían enseñado minutos antes.

- “No escucho.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Éste será el claustro de la doceava división. Lo compartiremos con alumnos del cuarto año, porque no hay lugar en el tercer piso donde están el resto de sus compañeros del primer año. Pero les advierto que está estrictamente prohibido dejar el claustro en cualquier momento para confraternizar con ellos (o por cualquier motivo), inclusive en el recreo, sin mi permiso explícito. Cualquier contravención a esta regla se lleva como mínimo cinco amonestaciones”.

Las amenazas de “amonestaciones”, palabra hasta entonces desconocida pero de ahí en más una herramienta de sorprendente eficacia en el repertorio del miedo, quedaron colgando como estalactitas del glaciar de silencio centenario que ocupaba el espacio entre nuestras diminutas cabezas y los altísimos cielorrasos del claustro. Hubo unos segundos interminables de tensa expectativa y pánico de que la mirada incandescente del preceptor nos las haría caer encima como un chaparrón de filosas espadas de hielo, pero algún avispado se dio cuenta cómo desactivar su furia y repitió la nueva regla, seguido en imperfecto pero aliviado unísono por el resto de nuestra clase: Dale más vida, yo a esta oración por ejemplo en lugar de ponerla así le hubiera puesto algo más gráfico: “Luego de lo cual se hizo silencio, el preceptor nos empezó a mirar como esperando algo, con su mirada nos indicó que debíamos darle una respuesta, y todos al unísono recordamos la nueva regla: .Sí, señor preceptor! Te estoy redactando algo rapidito de ejemplo eh 


- “¡Si-sí, se-se ño-ñor pre-pre cep-cep tor-tor!”

- “Mejor. Durante el recreo podrán confraternizar, circular a voluntad por el claustro e ir al baño. Yo soy responsable por guiar su conducta y asegurarme de que no cometan ninguna transgresión, y de castigar a aquellos que no obedecen mis instrucciones o el Reglamento. Quince amonestaciones antes de las vacaciones de invierno, o veinticinco antes del fin del año escolar son suficientes para quedar libres. ¿Entendido?”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “El timbre de final del recreo sonará por un minuto completo. Mientras suene tendrán que apurarse para llegar hasta sus lugares en la fila. Si alguno llegara a estar ausente en la fila, cinco amonestaciones, así que si necesitan ir al baño, les sugiero que lo hagan al principio del recreo o, en caso de fuerza mayor, que me avisen antes.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Para cuando termine de sonar el timbre la fila tendrá que estar no sólo completa sino perfecta y en silencio absoluto. Cualquiera que continúe hablando o no esté en perfecta línea recibirá cinco amonestaciones.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “A mi señal podrán hacer ingreso al aula, en completo silencio y en perfecto orden, sin correr. Como vamos a entrar al aula por primera vez en unos momentos, deberán entrar despacio y ocupar sus bancos en orden. Las alumnas en las primeras dos filas de la izquierda, y los alumnos en las restantes a la derecha. Cada persona ocupará un banco en orden de acuerdo a cómo están formados ahora, el primer banco de la primera fila para el primer alumno, el segundo banco de la primera fila para el segundo, y así sucesivamente hasta ocupar todos los bancos. Les prevengo a los pícaros que no intenten saltar el orden de banco para irse directo al fondo, porque terminarán el día con sus primeras cinco amonestaciones del año. ¿Comprendido?"

- “¡Sí, señor preceptor!”

Se desplazó hacia el umbral de la puerta y desde allí dio la orden:

- "Muy bien: alumnas, pueden entrar". Y luego de un minuto: "Muy bien: alumnos, pueden entrar".

Y así llegué al banco que me correspondía en la segunda fila del fondo a una fila de por medio de las mujeres y me puse el candado de hierro que me ataría por la eternidad de ocho meses a mi catre en la galera de este Holandés Errante, condenado a navegar eternamente por océanos de azulejos Tengo un problema con ésto, creo que nunca habías mencionado que las paredes están tapizadas de azulejos verdes, o si lo hiciste en su momento ahora ya está olvidado, esta parte sirve para el que conoce las instalaciones   verdes cuya calma era fingida e hipócrita, sin nunca hacer puerto en el Cabo de la Buena Esperanza. ¡Cuánto bien me hubiera hecho en ese viaje inaugural saber que a mi alrededor estaban las caras, todavía irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín que serían mis hermanos en armas de mil escaramuzas, atracos y emboscadas! Con ellos conseguiría hombro a hombro gloriosas victorias contra la injusticia y batiría ignominiosas retiradas frente a la prepotencia, para servir en otras guerras. Con ellos compartiríamos la soledad y el espanto de cada día, fingiríamos tristeza y robaríamos alegrías como flores de los jardines de Quilmes. Sin sospecharlo entonces, treinta años después todavía los llevaría prendidos, como abrojos del corazón.





Comentarios del capítulo.

Sobre todo en la primer parte, donde mencionás el acto y presentás a los 3 grandes del buen humor, da la sensación de que estás contando esa parte por obligación, solamente porque te corresponde contar esa parte por cronología. Se nota en la redacción, tenés que hacer que la lectura fluya más minuto-a-minuto, lo que se siente en cada momento, cómo atravesaste la puerta, hacia dónde miraste, cara de qué tenía quién o cuál, lo que se sobreentendía sin hablar, etc. Creo que lo que trataste de plasmar es que este capítulo es que entraste a un nuevo ambiente con sus propias reglas de educación y convivencia, que te tuviste que aprender en un curso acelerado de un día, y que son difíciles de asimilar solamente por escucharlas (por eso me parece que es bueno que re-redactes la parte de que el tipo se quedó esperando la respuesta y ustedes tardaron en darse cuenta de que tenían que decir “sí señor preceptor”). Creo que pusiste demasiado énfasis en la metáfora de que te sentías como en esta novela o en aquella época, y tendrías que agregar más detalles “táctiles”, concretos, que hagan que uno respire la situación, el momento, la sucesión de momentos. Como lo que te marqué de en qué orden hubiera sido mejor contar lo de los pedos, que deberían ser una carcajada (y “pedo” suena feo, más bien hay que adornarlo para que suene grotesco, alguna vez Cortázar contó una historia con un pedo de esta forma “a pesar de los esfuerzos el pedo final irrumpe tumultuoso”).

Eso, que así el capítulo es como que no te llega, y es buena idea hacerlo como capítulo de que “entraste a nuevas reglas”. También mientras describís las nuevas reglas de indumentaria podrías hacer un ligero comentario acerca del pelo, ¿lo tenían todos como vos, cómo se veían en relación a cómo se ve el pelo en la calle? Cortito eh. ¿Y la indumentaria de los preceptores? Cuando yo iba estábamos todos de jean, los alumnos y los preceptores.



  1. El aparato disciplinario juega un rol en el libro, sobre todo Kember Urquiza. Aquí los introduzco, y si aparenta que sea por obligación u orden cronológico, es una apariencia, no una realidad. Conocerlos a ellos y que se conviertan en uno de nuestros principales miedos de aquella época es una parte importante de la ordalía del primer año de colegio en la dictadura. Tenés alguna sugerencia más concreta? Exactamente que no te cuadró?
  2. Espero haber plasmado las sensaciones, que yo las tengo en mi mente como una rendición, un despojo del individualismo, la alegría, la libertad y todos los implementos de la niñez (hablo del dolor de la perdida de la niñez en otras partes del libro).

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    Versión 15-01-2014


Segunda Parte: Saeculum Obscurum
Capítulo Primero: ACTO DE INICIO DE CLASES

Miguel Cané entró al Colegio Nacional de Buenos Aires luego de la muerte de su padre, ansioso por escapar de la tristeza y soledad de un hogar en luto; Yo diría que no es un “pero”, más bien un “en cambio”  pero yo entré cien años después de su soledad, y mi hogar era un lugar feliz y luminoso, que mamá llenó de ternura y toques femeninos y papá de seguridad y de aliento. Hacía poco nos habíamos mudado a un departamento en la calle Rodríguez Peña a una cuadra de la Plaza Vicente López y el cambio había sido positivo, porque el portero era macanudo y no como el gallego García, que había sido el ogro que acosó mi infancia en los palieres y el hall de entrada de mi primer hogar con injustificados retos y asociaciones imaginarias con el Hombre de la Bolsa. Este nuevo barrio quedaba cerca, pero tenía edificios más lindos y altos, y estaba lleno de negocios, de cafés donde desayunar con mis padres los sábados y una heladería Freddo al toque donde comprar cucuruchos de chocolate con almendras; y encima en cualquier momento se podía subir por Callao y salir a caminar por la avenida Santa Fe, para un lado hacia la Plaza San Martín o para el otro hacia Pueyrredón y, sin importar para dónde Enfilara, no enfilaba enfilara, la caminata era para Más que “para esa edad” me suena más “a mi edad” esa edad más divertida que ir a jugar a la plaza, porque Santa Fe estaba llena de gente linda, de negocios piolas y siempre había algo nuevo Yo diría “algo nuevo para ver”, con para que ver.

Como Miguel Cané, yo también tuve mi luto, sólo que el mío comenzó en el umbral de la entrada al Colegio, cuando me despojaron de mi libertad de purrete irresponsable, mis tardes de ocio y juegos, mi patineta y tantas otras cosas y me hicieron apilar Que me hicieron apilar, todo no, el todo sobra en la vereda de afuera, encima de los fusiles y bayonetas del pelotón de nuevos alumnos que como yo entregaron su armas frente a los oficiales de la triple alianza de la Responsabilidad, el Deber y la Preocupación por el Futuro, y nos rendimos todos incondicionalmente Te juro que no entendí este párrafo, ¿qué pasó exactamente y dónde?.

El armisticio nos exigió que guardáramos estricto uniforme de prisioneros como marca de Caín, de blazer azul marino, pantalón gris y corbata, concurrentemente con nuestra condena de un máximo de seis años, pero Me parece innecesario hacer esta aclaración en este momento, la de “pero que como veremos...”  que como veremos se nos permitió abandonar después de cuatro y servir los otros dos de civil, aunque bajo palabra. A mí se me impuso una rutina de mañanas de mandados y obligaciones académicas, seguidos por un almuerzo liviano y una travesía en la línea del subte D hasta Catedral, donde se encontraba la sede del Colegio, que me serviría de Bastilla donde cumplir mi castigo y pagar mi deuda para con la Sociedad por crímenes que nunca me fueron especificados en un juicio que se me hizo 'in absentia'.

En el primer día de nuestro enclaustramiento había trescientos cincuenta nuevos reos que procesar, lo que puso a prueba la capacidad organizativa de un presidio que contenía las almas de por lo menos mil reos más en cumplimiento de condenas aún en curso. A los novicios se nos llamó por apellido y nombre, dividiéndonos en cuadrillas de trabajos forzados que de ese día en más deberíamos llamar "divisiones", se nos puso en manos de un sargento sádico que de allí en más deberíamos llamar "preceptor" y se nos dio la orden de responder a preguntas u órdenes en el protocolo reglamentario de "Sí, señor preceptor" o "No, señor preceptor" y de no hablar a menos que seamos invitados a hablar. Eso fue todo por el momento, pero evidentemente más instrucciones nos serían impartidas durante el curso del día. Después de esta breve introducción, que nos dio una idea equivocada de un régimen que hubiera desafiado la autodisciplina de un monje, se nos considero suficientemente indoctrinados como para permitirnos entrada al sanctasanctórum del colegio, y acomodados por "división" en los asientos que nos habían reservado entre las huestes de presidiarios veteranos quienes nos esperaban indiferentes en la formalidad de teatro operático del Aula Magna, mientras la luz de la tarde agonizante brillaba a través de los ventanales que dan a la calle Bolívar, cayendo oblicuos sobre nuestras coronillas, mostrándonos con dedo acusatorio que los techos eran amedrentadoramente altos, los mármoles nobles y fríos, los cueros finos y gruesos, los hierros hábilmente forjados, las caobas cuidadosamente lustradas y la pompa y boato del aparato penitenciario estaba presente en la ceremonia del Acto de Iniciación del Ciclo Escolar para inspirar reverencia y subrayar el mensaje principal con que se nos quería impresionar: que la Institución era un roble centenario y nosotros hojas de hierba, que nosotros éramos muchos pero débiles y Ellos pocos pero fuertes, que éramos desde ese día un pequeño e insignificante engranaje de una gran máquina que no tenía empacho en comerse a sus críos y no titubearía un instante en triturar los huesos de los contestatarios, empalar a los audaces, colgar y descuartizar a los sediciosos o extraer una libra de la carne de los incautos.

Luego de una nerviosa pero deliberada espera, cuya longitud nos permitiera absorber e incorporar el simbolismo del mensaje severo que se nos impartió sin haber siquiera necesitado una sola palabra, hizo su entrada la principal autoridad de la institución cuyo proceso de internación se encontraba en curso, y nos regalo la primera de una intercambiable seguidilla de discursos oficiales que escucharíamos en los largos años de nuestro confinamiento, llenos de alabanzas, exaltaciones y superlativos para la Santa Trinidad de Dios, Patria y Estudio, y de visiones de fuego y tormentos infernales para los cuatro jinetes del Apocalipsis: el Desorden, el Libertinaje, el Desacato y la Ignorancia, dando por sentado implícitamente que se reservarían el derecho de jueces, jurado y testigos para establecer cuáles de nuestros futuros comportamientos entrarían en cuál de estas órdenes, y quienes serían admitidos por el Apóstol de las Llaves al cielo de la conformidad, y quienes caerían en el infierno de la fútil resistencia.

El rector Icas Micillo (¿qué sádico bautizo "Icas" al fruto de sus entrañas en los últimos trescientos años?) nos introdujo entonces a su brazo derecho en la tarea de aplicar las políticas acordadas en las bulas del consejo de la Universidad de Buenos Aires , o sea, el vice rector Prévide, cuyo torso cónico, coronado de una cabeza de cráneo y mentón diminutos pero enorme nariz, complementado con una marcha forzada de piernas demasiado cortas, habían dado pie al apodo "el Pingüino" que fuera inmortalizado en las paredes del baño de varones luego de la noticia que el Gobierno iniciaría una diezma de pingüinos patagónicos para frenar su reproducción explosiva, y que algún pícaro asocio con el apodo del vice y plasmo un mensaje de presumida empatía por sus tocayos con marcador indeleble, que decía así:

"¡Paren la matanza de pingüinos! Firmado: Prévide"

Se nos comunico oficialmente que Prévide sería capellán para la aplicación de los sacramentos de extremaunción de los expulsados, factótum de las minucias de la gerencia eficiente de la burocracia y testaferro para cualquier medida ejecutiva necesaria, pero desagradable. El San Pedro responsable de discernir entre la virtud de los fieles y el pecado de los apostatas era un tal Kember Urquiza, Prefecto a cargo de la administración de la injusticia que, inusual para un santo, lucía una lustrosa y tupida cabellera escarlata, que hubiera sido la envidia de cualquier demonio. Este introdujo a su turno a sus secuaces, quienes se pusieron de pie uno a uno a medida que los presentaba en una procesión de verdugos, sepultureros y embalsamadores para que los veamos de una vez, y que hagan nido en nuestras pesadillas para no conseguir olvidarlos nunca.

Entonces se nos concedió una breve tregua. Un virtuoso del teclado, antigüedad de una promoción pasada, volvió inexplicablemente por su propia voluntad a este nido de víboras para sacarle chispas al órgano de viento, uno de los tantos lujos que algún amante de cosas de perdurable belleza deslizo astutamente en el presupuesto de construcción del Colegio, cuando habría más recursos que escrutinio. Nos deleito (léase nos asusto) con una versión frenética de Tocata y Fuga de Bach, que puso a prueba los fuelles del instrumento con armonías arriesgadas, cambios bruscos de registro y semitrinos que nosotros escuchamos perturbados, porque parecía confirmar que los pulmones de la bestia que nos estaba tragando vivos eran tan temibles como el resto de su anatomía. Acto seguido, el coro de alumnos canto un madrigal bajo la dirección de un profesor de música cuyos movimientos de manos ridículos nos proveyeron con el único momento que puedo decir de buena fe se aproximo a un entretenimiento.

Y finalmente Dios sintió en su infinita misericordia que había llegado el momento de ponerse de pie para presenciar la partida del abanderado con sus dos escoltas, y el acto llego (Thank you, Jesus!) a su fin. En el ruido sordo de pasos, de roces de mangas de lana y de choques de rodillas forradas de tela de franela estoy seguro que más de alguno dejó escabullirse un pedo disimulado, cuya liberación prematura y sonora en pleno acto y en presencia de todos era al mismo tiempo el peor miedo y la más grande tentación.

En fila de dos nos condujeron por escalinatas de mármol y corredores de azulejos de engañosa calma verde, de techos imposiblemente altos, hasta el pasillo que desde entonces deberíamos llamar "claustro", donde estaba nuestra celda, que deberíamos llamar "aula", y en la puerta de la cual se nos separo entre alumnos y alumnas y se nos ordenó por estatura, adelante las alumnas de mayor a menor y luego los alumnos en el mismo orden. Se nos mostró como tomar distancia con un “¡Heil Hitler!” silencioso hasta que la punta de los dedos quedara apenas tocando el hombro del compañero de enfrente, para cuando la fila quedó, cosa ‘e Mandinga, perfectamente ordenada y espaciada como los dientes de un gran serrucho, y nuestro preceptor se declaró satisfecho y nos exhortó a recordar esa técnica de formación de fila y grabarla indeleblemente en nuestra memoria.

- "Recuerden quién es su compañero de frente, retaguardia y flanco", nos dijo usando un lenguaje que me pareció entonces curioso y que, en retrospectiva, delataba alguna conexión castrense.
Como no respondimos luego de la pausa nos intimó:

- “¿Qué se dice?”

- “Sí, señor preceptor”, dijimos, como nos habían enseñado minutos antes.

- “No escucho.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Este será el claustro de la doceava división. Por ser la última división estaremos separadas de el resto del año aquí, en la planta baja, junto a alumnos de cuarto año, porque sobran aulas. El resto de sus compañeros de año están en el tercer piso, pero les advierto que está estrictamente prohibido dejar el claustro en cualquier momento para confraternizar con ellos o por cualquier motivo, inclusive en el recreo, sin mi permiso explicito, y cualquier contravención a esta regla se lleva como mínimo cinco amonestaciones”.
Tras una pausa repetimos:

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Durante el recreo podrán confraternizar, circular a voluntad por el claustro e ir al baño. Yo soy responsable por guiar su conducta y asegurarme que no cometan ninguna transgresión, y de castigar aquellos que no obedecen mis instrucciones o el Reglamento. Con quince amonestaciones antes de las vacaciones de invierno, o veinticinco antes del fin del año escolar son suficientes para quedar libres. ¿Entendido?”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “El timbre de final del recreo sonará por un minuto completo. Mientras suene tendrán que apurarse para llegar hasta sus lugares en la fila. Si alguno llegara a estar ausente en la fila, cinco amonestaciones, así que si necesitan ir al baño, les sugiero que lo hagan al principio del recreo o, en caso de fuerza mayor, que me avisen antes.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “Para cuando termine de sonar el timbre la fila tendrá que estar no sólo completa sino perfecta y en silencio absoluto. Cualquiera que continúe hablando o no este en perfecta línea recibirá cinco amonestaciones.”

- “¡Sí, señor preceptor!”

- “A mi señal podrán hacer ingreso al aula, en completo silencio y en perfecto orden, sin correr. Como vamos a entrar al aula por primera vez en unos momentos, deberán entrar despacio y ocupar sus bancos en orden. Las alumnas en las primeras dos filas de la izquierda, y los alumnos en las restantes a la derecha. Cada persona ocupara un banco en orden de acuerdo a como están formados ahora, el primer banco de la primera fila para el primer alumno, el segundo banco de la primera fila para el segundo, y así sucesivamente hasta ocupar todos los bancos. Les prevengo a los picaros que no intenten saltar el orden de banco para irse directo al fondo, porque terminaran el día con sus primeras cinco amonestaciones del año. ¿Comprendido?"

- “¡Sí, señor preceptor!”

Se desplazó hacia el umbral de la puerta y desde allí dio la orden:

- "Muy bien: alumnas, pueden entrar". Y luego de un minuto: "Muy bien: alumnos, pueden entrar"

Y así llegue al banco que me correspondía en la segunda fila del fondo a una fila de por medio de las mujeres y me puse el candado de hierro que me ataría por la eternidad de ocho meses a mi catre en la galera de este Holandés Errante, condenado a navegar eternamente por océanos de azulejos verdes fallutos e hipócritas, sin nunca hacer puerto en el Cabo de la Buena Esperanza. ¡Cuánto bien me hubiera hecho en ese viaje inaugural saber que a mi alrededor estaban las caras, todavía irreconocibles, de los incorregibles piratas de bergantín que serían mis hermanos en armas de mil escaramuzas, atracos y emboscadas! Con ellos conseguiría hombro a hombro gloriosas victorias y batiría ignominiosas retiradas para servir en otras guerras, compartiríamos la soledad y el espanto, fingiríamos tristeza y robaríamos alegrías como flores de los jardines de Quilmes. Sin sospecharlo entonces, treinta años después todavía los llevaría prendidos, como abrojos del corazón.


---Nota: no sé si notaron que a partir de cierta línea no hago más comentarios ni hago sección de comentarios al final, quizás se me borró lo posterior a eso -----

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