Copyright Diego Gotthelf. Comentarios Romina 14-02-2014
Parte 3. RENACIMIENTO
3-1
Humanidades
La
filosofía educativa del Venerable, se dice venerado
Colegio Nacional de Buenos Aires tiene una larga tradición, que se
remonta a la antigüedad clásica de “la gloria que fue Grecia y la
grandeza que fue Roma”. Este período comienza con la poesía de Más bien el legado que lo documenta comienza con la poesía de Homero, lo que se sabe hoy en día Homero
y evoluciona a través de siglos de civilización antigua, acumulando
a su paso una parte desproporcional de la presente herencia cultural
de la humanidad, que nos dejó tantos tesoros perdurables como la
democracia, maravillas del arte y la literatura, los más importantes
y sorprendentes avances de la filosofía, la matemática, la
astronomía, y otros tantos legados culturales (demasiado numerosos y
bien conocidos para listar en estas páginas) Creo que el paréntesis no es necesario ,
hasta que la caída del imperio romano marcara el fin de esta época
de oro, y el comienzo de mil años de atraso y oscurantismo. Los
sabios e intelectuales de Creo que es Bizancio Bizantio
habían preservado mejor que sus creadores los ideales clásicos, los
vastos conocimientos y la cultura de los antiguos griegos y romanos,
que trajeron en sus petates de vuelta a Europa escapando de la caída
de Constantinopla Poné aunque sea una fecha relativa, “tantos siglos después de la caída de Roma y todavía en plena Edad Media”, o algo así y
que fueron redescubiertos, dándole el soplo de vida al Renacimiento
y éste al movimiento intelectual de la Iluminación del siglo XVIII,
el mismo que “...que en Buenos Aires”, así viajamos un poco porque estábamos en Europa le
diera el mote de “Manzana de las Luces” al emplazamiento del
Colegio entre las calles Bolívar, Moreno, Perú y Alsina e inspirara
la revolución americana, Yo diría la revolución en toda América, porque así parece que hablás de los yanquis ,
cuyo propósito fue desafiar la resaca de dogmas sociales basados en
la tradición y la En “la” tradición y en “la” fe fe,
usando la razón, avanzando el conocimiento a través del método
científico, promoviendo el escepticismo y el intercambio intelectual
en oposición a la superstición, la intolerancia, y el abuso de
poder por parte del Estado y la Iglesia.
Los
pilares fundamentales de la educación grecorromana fueron las artes
liberales, aquellos conocimientos considerados esenciales para
ejercer la ciudadanía de los hombres libres, que podríamos
argumentar no ha cambiado demasiado hasta el día de hoy, y que
involucraba participar en debates, defenderse en las cortes, servir
en jurados y desempeñar la obligación del servicio militar. El
objetivo de esta educación era, como lo es hoy, producir un
ciudadano virtuoso, culto y elocuente, que requería el estudio del
“Trivium” de la gramática, la retórica y la lógica, luego
extendidos al “Quadrivium” de la aritmética, la música, la
geometría y la astronomía, conjunto de siete artes que
constituyeron en su momento la base de la educación en las
“Universitas Magistorium et Scholarium” de Bologna, París,
Oxford y otras de las primeras universidades medievales de Europa.
Los humanistas italianos del Renacimiento reformaron este esquema de
estudios, añadiendo historia, griego y ética al programa, y
elevaron el estudio de la poesía, que había sido hasta entonces una
parte integrante de la gramática, al pináculo de todo el currículo,
que rebautizaron con el nombre más ambicioso de “Studia
Humanitatis”, y que se conoce en nuestro idioma como el estudio de
las “humanidades”.
Este
currículo de estudios humanísticos, amante de los lenguajes
clásicos y la literatura, se expandió geográficamente y formó la
piedra fundacional de la educación de las élites europeas, los
funcionarios de la administración política, los clérigos de los
aparatos administrativos de las iglesias más importantes y las
profesiones de juristas, médicos y científicos, cuyo espíritu
perduró en el mundo hasta la mitad del siglo veinte y de la cual
nuestro querido Colegio continúa
siendo un bastión, para el deleite de los De “los sus”? sus
ex alumnos tradicionalistas y el chagrín de los reformistas, honor
que comparte con otras veneradas instituciones educativas como
Harvard y la Sorbona, que, como nuestro querido Colegio, ofrecen aún
hoy títulos de Bachiller en Artes No mientas, “bachiller en artes liberales”???? Liberales.
Desde
la fundación del Colegio Grande de San Carlos por los jesuitas bajo
el iluminado “Ratio Studiorum” de San Ignacio de Loyola “...en tal año, en que Buenos Aires con sus callecitas de tierra y barro apenas se perfilaba como una colonia más de la corona española...” o algo así, pero ubicalo en tiempo y precariedad, que la historia de Buenos Aires es muy larga y fue cosas muy diferentes a lo largo del tiempo ,
que a pesar de su origen religioso enfatizaba la racionalidad, la
eminencia de la evidencia, la argumentación válida y el esfuerzo
honesto por evitar las omisiones con el fin último de colmar el
potencial de la persona humana y lograr el bien común de la
sociedad, ¿qué quiere decir pasando por el Real...? Que antes se llamaba así? pasando
por el Real Convictorio Carolino del virrey Vértiz (quien también
se lleva el mote de Virrey de las Luces, pero por el legado más
prosaico de haber instalado iluminación pública a gas en la ciudad
de Buenos Aires) hasta su presente encarnación, que refundó ciento
cincuenta años atrás el presidente Bartolomé Mitre sobre el mismo
terreno de la calle Bolívar y los mismos conceptos iluministas de
sus antepasados institucionales, la educación del Colegio siempre
había sido exigente, la disciplina estricta. ay. sentí que me agarraste y me diste vueltas hastsa que finalmente pusiste un punto 20 renglones después. No cortes en cualquier lado y pongas un punto donde no va, tratá de cortar al menos en dos conceptos cada uno con su punto (por ejemplo eso del virrey y Carolictino no sé qué, y después que era el de San Carlos) .
Con el progresismo del siglo XX se modificarían algunas de sus
condiciones, como por ejemplo la admisión de mujeres en 1959 que
tanto cambió (para mejor, me apresuro a aclarar) la vida cotidiana
del Colegio, pero nunca se perdió la exigencia académica y la dura
disciplina de un internado europeo, hasta que en los años del
Proceso de Reorganización Nacional nuevas autoridades con objetivos
más puntuales habían operado un cambio de énfasis, donde se
favoreció la espada por encima de la pluma y la palabra y la
oscuridad por encima de la luz, que nos sumergió a sus estudiantes
en nuestro “saeculum obscurum”.
El
contraste abismal entre el benigno desorden de la infancia y el
régimen despótico del Colegio había sido un golpe duro, que nos
pegaron sin advertencia, anestesia o compasión autoridades
obsesionadas con erradicar todo vestigio de elementos “subversivos”
por encima de fomentar un ambiente conducente al estudio, al debate y
la razón, ese que había normalmente llevado a un respeto natural de
los alumnos por sus maestros y viceversa, y se lanzaron sin empacho a
la intimidación sistemática, sin considerar demasiado las posibles
consecuencias emocionales sobre las jóvenes almas cuya formación
les habían sido confiadas. No contentos con apretar aún más el
torniquete disciplinario, montaron redes de informantes, aparatos de
recaudación de inteligencia y perfeccionaron el uso de la
arbitrariedad para desarmar toda resistencia contestataria, tan en
contraste con los principios libre-pensantes del Colegio, que dejó
un reguero de cien alumnos y ex alumnos desaparecidos presuntos
muertos, y que a mí, personalmente, me causó bastante angustia y
rechazo por la prepotencia de los preceptores, los extraños rituales
de formación de fila, los votos de silencio que teníamos que
mantener a todo momento y (el más enloquecedor y frustrante de
todos) el constante y caprichoso control del uniforme reglamentario.
Por más que nos hicieran sentir que era nuestra culpa, por ejemplo,
había poco que pudiéramos
hacer los varones para frenar el crecimiento del pelo, que tarde o
temprano sobrepasaba sus estrictas fronteras reglamentarias a
respetuosa distancia de las orejas y dos dedos del cuello de la
camisa, que los preceptores medían obsesivamente a ojo de buen
cubero o con la infame asociación de los dedos índice y mayor, que
hasta los menos puntillosos llevaban siempre juntitos y tiesos en
permanente búsqueda de cabelleras transgresoras, sin jamás
cuestionarse que había un margen de No es eso lo que se llama “margen de error”. Margen de diferencia, puede ser. error
entre los dedos gordos de carnicero del preceptor de la décima y el
de los dedos flacos de pianista del subprefecto, porque ningún
alumno estaba exento ni de los caprichos ni de las dimensiones de la
anatomía del carcelero de turno, y lo que pasaba desapercibido por
uno era una afronta intolerable para el otro.
En
temas académicos también había sido una transición difícil, ya
que pasamos de una primaria cuyas maestras (siempre mujeres) eran más
compasivas y conscientes de la fragilidad emocional de sus alumnos,
directamente y sin escalas a un sistema administrado por la
Universidad de Buenos Aires, quienes a fuerza de educar jóvenes a
nivel profesional me pareció que se habían olvidado de Olvidarse de que, o te olvidaste la mochila en el colegio, aunque en este caso se pueden usar los dos yo creo que en este tipo de olvidos “a conciencia” es olvidarse de que que
éramos todavía niños, y no todos estábamos preparados para un
tren de estudios prácticamente universitarios, rigurosos y exigentes
hasta el flagelo, en una etapa de la vida en que estábamos
constantemente atolondrados por el superávit de hormonas.
En consecuencia, cargamos la angustia de la pérdida de bastante más
que nuestra niñez en los primeros años del Colegio, contemporáneos
con la etapa formativa en que zarpamos del puerto seguro del cuidado
de nuestros padres para entrar en las aguas traicioneras de la
adolescencia, donde uno adquiere todos los ideales de la
independencia pero continúa careciendo de sus medios prácticos.
Con
el transcurso del tiempo, sin embargo, y aunque las mares del rigor,
el miedo y la desesperanza parecieron extenderse interminables hasta
el horizonte infinito, los que sobrevivimos la tormenta y el
naufragio de los años iniciales perseveramos y fuimos aprendiendo a
navegarlas. Para el tercer año de nuestro confinamiento ya estábamos
iniciados, y me atrevería a decir que hasta relativamente cómodos
en la rutina de nuestra inclaustración, aclimatados finalmente a los
rigores del intenso estudio y la férrea disciplina del trajín
diario. Habíamos llegado al punto en la travesía donde teníamos
tanto
camino recorrido como
por recorrer, y comenzábamos a percibir algún augurio de tierra
firme más allá del horizonte con que alimentar la esperanza de
atracar algún día, no muy lejano, en un puerto más hospitalario. A mí me pasó al revés, y creía que a todos les pasaba como a mí (en alguna revista del colegio alguno comentó y era mi caso también), supongo que fue porque yo estaba convencida de haber entrado por mi libre albedrío, que cuando llegué a tercer año dije recién a mitad de secundario????? todavía falta tanto como lo que cursé?????? nooooooooooo y ya no tiene sentido cambiarse de colegio si ya lo aguanté tres años y un curso de ingreso, sería un desperdicio, pero es interminable, me voy a pasar mi vida acá adentro, no veo el horizonte... y este colegio no es para mí.... esa última textual la leí en una revista del colegio “a mitad de tercer año te das cuenta de que este colegio no era para vos”.
Algo
curioso había comenzado a afectarnos, una cosa que no me di cuenta
estaba sucediendo hasta que uno o dos años después lo vi reflejado
en la película “El Karate Kid”, un melodrama comercial, pero con
varias escenas de sorprendente profundidad, en la que el portero
anciano del edificio donde vive un muchacho víctima de un bullying Le decimos bullying en castellano, aunque no tenga mucha sintaxis resulta
ser un maestro karateca. El anciano accede a enseñarle al muchacho
para que pueda defenderse Accede a enseñarle a defenderse, se dice y,
finalmente, desafiar a su Desafiar al matón que lo molestaba, diríamos acá bully
en un torneo de karate, pero sólo bajo la condición de que sus
métodos de enseñanza no fueran cuestionados bajo ninguna
circunstancia. Le siguen semanas en que el maestro le hace pulir su
auto, pintar la verja de su jardín, lijar el piso de madera de su
patio y otros trabajos duros, desagradables y, de más importancia
para la trama, sin ninguna conexión obvia con el karate, además de
obligarlo a que los llevara a cabo de una manera ridícula y
arbitraria, con incómodos movimientos circulares, verticales y
horizontales con el trapo, pincel o lija, que entumecían y
contracturaban los músculos. Con la típica incomprensión e
indignación de la juventud, el muchacho comienza a cuestionarse los
métodos y motivos del anciano, hasta la famosa escena en que
confronta a su maestro:
-“¡Me
está usando de esclavo, Mister Nosotros le decimos Miyagui Miyague!”
-
“Daniel-san”, dice el anciano, “¡No todo es lo que
parece!”
-
“¡Patrañas!”, dice el muchacho. “Me voy a mi casa”.
-
“Daniel-san, muéstramecómo
lustras el auto.”
-
“¿Qué?”
-
“¡Muéstrame cómo lustras el auto!”
El
anciano le tira un golpe a la cara, que el muchacho, haciendo un
movimiento circular de lustrar el auto, logra bloquear.
-
“Ahora muéstrame como pintas la verja.”
Y
le tira un golpe al cuerpo, que el muchacho bloquea con un movimiento
vertical descendiente de pintar la verja. El viejo comienza a tirar
una lluvia de golpes, que Daniel-san logra bloquear con los
movimientos de lustrar el auto, de pintar la verja, de lijar el piso…
Ver
la cara de aquel muchacho que se dio cuenta de que, a fuerza de
dolorosa y deliberada práctica en algo que parecía no tener ni pies
ni cabeza había adquirido las habilidades físicas necesarias para
el karate fue como mirarme al espejo y ver mi cara frente al
descubrimiento inesperado del valor de la educación que estaba
recibiendo Yo diría “en” el Colegio. del
Colegio. Durante esos primeros años de travesía habíamos madurado
nuestro cuerpo, templado nuestro carácter y forjado el intelecto,
hasta que, gradualmente y sin darnos cuenta, nos empezamos a sentir
más cómodos en nuestra piel, a depositar más confianza en nuestra
capacidad de resistencia, de autocontrol y de logro de nuestras
metas. Empezamos a atacar con éxito temas de más y más
sofisticación, a maravillarnos en el descubrimiento del conocimiento
y su valor práctico en la toma de decisiones de consecuencia en
nuestras vidas, a apreciar el papel de la cultura en la forja de la
identidad propia, tan importante para los animalitos autoconscientes
y sociales que éramos. Fuimos entendiendo, de a poco pero con
creciente entusiasmo, el inmenso valor del conocimiento y a
yuxtaponerlo a la triste parálisis y los peligros de la ignorancia.
Esto nos dio nuevas motivaciones para atacar la solución de las
ecuaciones que antes nos parecían tan inservibles en la vida fuera
de la clase, a ver que los errores de la historia guardaban lecciones
que los hombres y pueblos que las ignoran estaban condenados a
repetir.
Comenzamos,
también, a apreciar el papel del arte en satisfacer las necesidades
básicas del hombre de rodearse de belleza, de expresar sus
sentimientos y pasiones, de ser conmovidos por los sentimientos y las
pasiones de otros. La lectura de obras que meses atrás nos
resultaban intolerables se convirtió en una fuente inesperada de
fascinación. Nosotros también empezamos a coleccionar las joyas de
nuestra herencia cultural, que desenterramos como los arqueólogos
desentierran los huesos de los muertos en las ruinas de antiguas
civilizaciones, apartando con nuestro pequeño pincel el polvo de
capa sobre capa de emociones trascendentes, y aprendimos a apreciar
su belleza, su pasión y su capacidad de caer al alma como al pasto
el rocío.
Como
para los educadores del Renacimiento, la poesía y la literatura se
elevaron a la cima de mi Studia Yo lo pondría en itálicas Humanitatis
personal, y junté en aquellas épocas una cantidad desproporcional
de la colección de joyitas que forman mi patrimonio cultural propio,
que aún hoy, al recitarlas de memoria, son las únicas cosas que me
traen intactas, y con la misma intensidad de Y la primera fue “Fabulae iucundae sunt...”
entonces,
las memorias de los momentos más profundos que le han dado sentido a
mi vida: la euforia embriagadora de ver por primera vez el alma de mi
bien amada reflejada detrás de sus ojos azules, llamándome
finalmente a la morada feliz del amor perdurable, o el espejo
ancestral de mis genes reflejados en la cara de mi primogénita,
seduciéndome a capitular por siempre toda esperanza de felicidad que
no pase por ver crecer felices a mis hijos, o la pesada fatalidad del
féretro de mi padre al hombro, camino a su descanso eterno, que me
hizo aceptar finalmente la inevitabilidad y la poesía de mi propia
muerte. Éstas
son las joyitas que nunca dejan de encandilarme con su brillo o
fallan en llenarme las pupilas de lágrimas, y que vienen de aquella
época, de aquellas clases, como la poesía de Rubén Darío:
“La
princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los
suspiros se escapan de su boca de fresa,
Que
ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La
princesa está triste en su silla de oro.
Esta
mudo el teclado de su clave sonoro,
Y
en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.”
O
de Almafuerte:
“Procede
como Dios que nunca llora
O
como Lucifer que nunca reza,
O
como el robledal, cuya grandeza
Necesita
de agua y no la implora…
¡Que
muerda y vocifere vengadora
Ya
rodando en el polvo tu cabeza!”
O
de Manrique, que escribió setecientos años atrás:
“Recuerde
el alma dormida
Avive
el seso y despierte
Contemplando
Cómo
se pasa la vida
Cómo
se viene la muerte
Tan
callando,
Cuan
presto se va el placer,
Cómo,
después de acordado,
Da
dolor;
Cómo,
a nuestro parecer,
Cualquiera
tiempo pasado,
Fue
mejor.”
O
de Bécquer:
Volverán
las tupidas madreselvas,
De
tu jardín las tapias a escalar
Y
otra vez, a la tarde, aún más hermosas,
Sus
flores abrirán.
Pero
aquellas cuajadas de rocío,
Cuyas
gotas mirábamos temblar
Y
caer como lágrimas del día…
Esas…
¡No volverán!
O
de Baldomero Fernández Moreno:
“Si
no aman las plantas no amarán el ave,
No
sabrán de música, de rimas, de amor.
No
se oirá un beso, jamás se oirá una clave…
¡Setenta
balcones y ninguna flor!”
El
aprendizaje fue una experiencia espiritual, que nos concedió
finalmente
la calma y el sosiego que tanto nos faltó en los primeros años del
colegio, nos proporcionó el puerto seguro y las defensas más
eficaces contra las diarias arbitrariedades que para entonces
habíamos aceptado eran una parte integral de nuestro día. Seguimos
la travesía con ellas, resignados a verlas volver año tras año,
las
únicas compañeras que no quedaban libres con
más
de una materia previa
para seguir sus cursos en otras escuelas,
pero usamos toda nuestra
sagacidad
para ir decantando estrategias para esquivarlas, escaparles y, de vez
en cuando robarles alguna pequeña victoria, desviando la atención
de preceptores
y prefectos con
pequeñas astucias, y con bastante gomina.
Comentarios del capi
Estuvo
bien... vamos a ver el siguiente.
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