martes, 28 de julio de 2015

ADS 3-1 Humanidades 14-02-2014

Copyright Diego Gotthelf. Comentarios Romina 14-02-2014


Parte 3. RENACIMIENTO


3-1

Humanidades



La filosofía educativa del Venerable, se dice venerado Colegio Nacional de Buenos Aires tiene una larga tradición, que se remonta a la antigüedad clásica de “la gloria que fue Grecia y la grandeza que fue Roma”. Este período comienza con la poesía de Más bien el legado que lo documenta comienza con la poesía de Homero, lo que se sabe hoy en día Homero y evoluciona a través de siglos de civilización antigua, acumulando a su paso una parte desproporcional de la presente herencia cultural de la humanidad, que nos dejó tantos tesoros perdurables como la democracia, maravillas del arte y la literatura, los más importantes y sorprendentes avances de la filosofía, la matemática, la astronomía, y otros tantos legados culturales (demasiado numerosos y bien conocidos para listar en estas páginas) Creo que el paréntesis no es necesario , hasta que la caída del imperio romano marcara el fin de esta época de oro, y el comienzo de mil años de atraso y oscurantismo. Los sabios e intelectuales de Creo que es Bizancio Bizantio habían preservado mejor que sus creadores los ideales clásicos, los vastos conocimientos y la cultura de los antiguos griegos y romanos, que trajeron en sus petates de vuelta a Europa escapando de la caída de Constantinopla Poné aunque sea una fecha relativa, “tantos siglos después de la caída de Roma y todavía en plena Edad Media”, o algo así y que fueron redescubiertos, dándole el soplo de vida al Renacimiento y éste al movimiento intelectual de la Iluminación del siglo XVIII, el mismo que “...que en Buenos Aires”, así viajamos un poco porque estábamos en Europa le diera el mote de “Manzana de las Luces” al emplazamiento del Colegio entre las calles Bolívar, Moreno, Perú y Alsina e inspirara la revolución americana, Yo diría la revolución en toda América, porque así parece que hablás de los yanquis , cuyo propósito fue desafiar la resaca de dogmas sociales basados en la tradición y la En “la” tradición y en “la” fe fe, usando la razón, avanzando el conocimiento a través del método científico, promoviendo el escepticismo y el intercambio intelectual en oposición a la superstición, la intolerancia, y el abuso de poder por parte del Estado y la Iglesia.

Los pilares fundamentales de la educación grecorromana fueron las artes liberales, aquellos conocimientos considerados esenciales para ejercer la ciudadanía de los hombres libres, que podríamos argumentar no ha cambiado demasiado hasta el día de hoy, y que involucraba participar en debates, defenderse en las cortes, servir en jurados y desempeñar la obligación del servicio militar. El objetivo de esta educación era, como lo es hoy, producir un ciudadano virtuoso, culto y elocuente, que requería el estudio del “Trivium” de la gramática, la retórica y la lógica, luego extendidos al “Quadrivium” de la aritmética, la música, la geometría y la astronomía, conjunto de siete artes que constituyeron en su momento la base de la educación en las “Universitas Magistorium et Scholarium” de Bologna, París, Oxford y otras de las primeras universidades medievales de Europa. Los humanistas italianos del Renacimiento reformaron este esquema de estudios, añadiendo historia, griego y ética al programa, y elevaron el estudio de la poesía, que había sido hasta entonces una parte integrante de la gramática, al pináculo de todo el currículo, que rebautizaron con el nombre más ambicioso de “Studia Humanitatis”, y que se conoce en nuestro idioma como el estudio de las “humanidades”.

Este currículo de estudios humanísticos, amante de los lenguajes clásicos y la literatura, se expandió geográficamente y formó la piedra fundacional de la educación de las élites europeas, los funcionarios de la administración política, los clérigos de los aparatos administrativos de las iglesias más importantes y las profesiones de juristas, médicos y científicos, cuyo espíritu perduró en el mundo hasta la mitad del siglo veinte y de la cual nuestro querido Colegio continúa siendo un bastión, para el deleite de los De “los sus”? sus ex alumnos tradicionalistas y el chagrín de los reformistas, honor que comparte con otras veneradas instituciones educativas como Harvard y la Sorbona, que, como nuestro querido Colegio, ofrecen aún hoy títulos de Bachiller en Artes No mientas, “bachiller en artes liberales”???? Liberales.
 
 Desde la fundación del Colegio Grande de San Carlos por los jesuitas bajo el iluminado “Ratio Studiorum” de San Ignacio de Loyola “...en tal año, en que Buenos Aires con sus callecitas de tierra y barro apenas se perfilaba como una colonia más de la corona española...” o algo así, pero ubicalo en tiempo y precariedad, que la historia de Buenos Aires es muy larga y fue cosas muy diferentes a lo largo del tiempo , que a pesar de su origen religioso enfatizaba la racionalidad, la eminencia de la evidencia, la argumentación válida y el esfuerzo honesto por evitar las omisiones con el fin último de colmar el potencial de la persona humana y lograr el bien común de la sociedad, ¿qué quiere decir pasando por el Real...? Que antes se llamaba así? pasando por el Real Convictorio Carolino del virrey Vértiz (quien también se lleva el mote de Virrey de las Luces, pero por el legado más prosaico de haber instalado iluminación pública a gas en la ciudad de Buenos Aires) hasta su presente encarnación, que refundó ciento cincuenta años atrás el presidente Bartolomé Mitre sobre el mismo terreno de la calle Bolívar y los mismos conceptos iluministas de sus antepasados institucionales, la educación del Colegio siempre había sido exigente, la disciplina estricta. ay. sentí que me agarraste y me diste vueltas hastsa que finalmente pusiste un punto 20 renglones después. No cortes en cualquier lado y pongas un punto donde no va, tratá de cortar al menos en dos conceptos cada uno con su punto (por ejemplo eso del virrey y Carolictino no sé qué, y después que era el de San Carlos) . Con el progresismo del siglo XX se modificarían algunas de sus condiciones, como por ejemplo la admisión de mujeres en 1959 que tanto cambió (para mejor, me apresuro a aclarar) la vida cotidiana del Colegio, pero nunca se perdió la exigencia académica y la dura disciplina de un internado europeo, hasta que en los años del Proceso de Reorganización Nacional nuevas autoridades con objetivos más puntuales habían operado un cambio de énfasis, donde se favoreció la espada por encima de la pluma y la palabra y la oscuridad por encima de la luz, que nos sumergió a sus estudiantes en nuestro “saeculum obscurum”.
  Hay gente que no sabe latín, por ejemplo yo.  


El contraste abismal entre el benigno desorden de la infancia y el régimen despótico del Colegio había sido un golpe duro, que nos pegaron sin advertencia, anestesia o compasión autoridades obsesionadas con erradicar todo vestigio de elementos “subversivos” por encima de fomentar un ambiente conducente al estudio, al debate y la razón, ese que había normalmente llevado a un respeto natural de los alumnos por sus maestros y viceversa, y se lanzaron sin empacho a la intimidación sistemática, sin considerar demasiado las posibles consecuencias emocionales sobre las jóvenes almas cuya formación les habían sido confiadas. No contentos con apretar aún más el torniquete disciplinario, montaron redes de informantes, aparatos de recaudación de inteligencia y perfeccionaron el uso de la arbitrariedad para desarmar toda resistencia contestataria, tan en contraste con los principios libre-pensantes del Colegio, que dejó un reguero de cien alumnos y ex alumnos desaparecidos presuntos muertos, y que a mí, personalmente, me causó bastante angustia y rechazo por la prepotencia de los preceptores, los extraños rituales de formación de fila, los votos de silencio que teníamos que mantener a todo momento y (el más enloquecedor y frustrante de todos) el constante y caprichoso control del uniforme reglamentario. Por más que nos hicieran sentir que era nuestra culpa, por ejemplo, había poco que pudiéramos hacer los varones para frenar el crecimiento del pelo, que tarde o temprano sobrepasaba sus estrictas fronteras reglamentarias a respetuosa distancia de las orejas y dos dedos del cuello de la camisa, que los preceptores medían obsesivamente a ojo de buen cubero o con la infame asociación de los dedos índice y mayor, que hasta los menos puntillosos llevaban siempre juntitos y tiesos en permanente búsqueda de cabelleras transgresoras, sin jamás cuestionarse que había un margen de No es eso lo que se llama “margen de error”. Margen de diferencia, puede ser. error entre los dedos gordos de carnicero del preceptor de la décima y el de los dedos flacos de pianista del subprefecto, porque ningún alumno estaba exento ni de los caprichos ni de las dimensiones de la anatomía del carcelero de turno, y lo que pasaba desapercibido por uno era una afronta intolerable para el otro.

En temas académicos también había sido una transición difícil, ya que pasamos de una primaria cuyas maestras (siempre mujeres) eran más compasivas y conscientes de la fragilidad emocional de sus alumnos, directamente y sin escalas a un sistema administrado por la Universidad de Buenos Aires, quienes a fuerza de educar jóvenes a nivel profesional me pareció que se habían olvidado de Olvidarse de que, o te olvidaste la mochila en el colegio, aunque en este caso se pueden usar los dos yo creo que en este tipo de olvidos “a conciencia” es olvidarse de que que éramos todavía niños, y no todos estábamos preparados para un tren de estudios prácticamente universitarios, rigurosos y exigentes hasta el flagelo, en una etapa de la vida en que estábamos constantemente atolondrados por el superávit de hormonas. En consecuencia, cargamos la angustia de la pérdida de bastante más que nuestra niñez en los primeros años del Colegio, contemporáneos con la etapa formativa en que zarpamos del puerto seguro del cuidado de nuestros padres para entrar en las aguas traicioneras de la adolescencia, donde uno adquiere todos los ideales de la independencia pero continúa careciendo de sus medios prácticos.

Con el transcurso del tiempo, sin embargo, y aunque las mares del rigor, el miedo y la desesperanza parecieron extenderse interminables hasta el horizonte infinito, los que sobrevivimos la tormenta y el naufragio de los años iniciales perseveramos y fuimos aprendiendo a navegarlas. Para el tercer año de nuestro confinamiento ya estábamos iniciados, y me atrevería a decir que hasta relativamente cómodos en la rutina de nuestra inclaustración, aclimatados finalmente a los rigores del intenso estudio y la férrea disciplina del trajín diario. Habíamos llegado al punto en la travesía donde teníamos tanto camino recorrido como por recorrer, y comenzábamos a percibir algún augurio de tierra firme más allá del horizonte con que alimentar la esperanza de atracar algún día, no muy lejano, en un puerto más hospitalario. A mí me pasó al revés, y creía que a todos les pasaba como a mí (en alguna revista del colegio alguno comentó y era mi caso también), supongo que fue porque yo estaba convencida de haber entrado por mi libre albedrío, que cuando llegué a tercer año dije recién a mitad de secundario????? todavía falta tanto como lo que cursé?????? nooooooooooo y ya no tiene sentido cambiarse de colegio si ya lo aguanté tres años y un curso de ingreso, sería un desperdicio, pero es interminable, me voy a pasar mi vida acá adentro, no veo el horizonte... y este colegio no es para mí.... esa última textual la leí en una revista del colegio “a mitad de tercer año te das cuenta de que este colegio no era para vos”.
Por eso se me hace raro lo que leí que te pasó a vos, que lo empezaste como un viaje eterno, sin final, y te diste cuenta de que lo tenía en tercer año. ¿Algunas ve3z saliste a correr o fuiste al gimnasio, y después de parecedrte que estuviste recorriendo toda la ciudad durante todo el día miraste la hora y habían pasado 4 minutos? Bueno así nos sentíamos en tercer año 

Algo curioso había comenzado a afectarnos, una cosa que no me di cuenta estaba sucediendo hasta que uno o dos años después lo vi reflejado en la película “El Karate Kid”, un melodrama comercial, pero con varias escenas de sorprendente profundidad, en la que el portero anciano del edificio donde vive un muchacho víctima de un bullying Le decimos bullying en castellano, aunque no tenga mucha sintaxis resulta ser un maestro karateca. El anciano accede a enseñarle al muchacho para que pueda defenderse Accede a enseñarle a defenderse, se dice y, finalmente, desafiar a su Desafiar al matón que lo molestaba, diríamos acá bully en un torneo de karate, pero sólo bajo la condición de que sus métodos de enseñanza no fueran cuestionados bajo ninguna circunstancia. Le siguen semanas en que el maestro le hace pulir su auto, pintar la verja de su jardín, lijar el piso de madera de su patio y otros trabajos duros, desagradables y, de más importancia para la trama, sin ninguna conexión obvia con el karate, además de obligarlo a que los llevara a cabo de una manera ridícula y arbitraria, con incómodos movimientos circulares, verticales y horizontales con el trapo, pincel o lija, que entumecían y contracturaban los músculos. Con la típica incomprensión e indignación de la juventud, el muchacho comienza a cuestionarse los métodos y motivos del anciano, hasta la famosa escena en que confronta a su maestro:

-“¡Me está usando de esclavo, Mister Nosotros le decimos Miyagui Miyague!”

- “Daniel-san”, dice el anciano, “¡No todo es lo que parece!”

- “¡Patrañas!”, dice el muchacho. “Me voy a mi casa”.

- “Daniel-san, muéstramecómo lustras el auto.”

- “¿Qué?”

- “¡Muéstrame cómo lustras el auto!”

El anciano le tira un golpe a la cara, que el muchacho, haciendo un movimiento circular de lustrar el auto, logra bloquear.

- “Ahora muéstrame como pintas la verja.”

Y le tira un golpe al cuerpo, que el muchacho bloquea con un movimiento vertical descendiente de pintar la verja. El viejo comienza a tirar una lluvia de golpes, que Daniel-san logra bloquear con los movimientos de lustrar el auto, de pintar la verja, de lijar el piso…

Ver la cara de aquel muchacho que se dio cuenta de que, a fuerza de dolorosa y deliberada práctica en algo que parecía no tener ni pies ni cabeza había adquirido las habilidades físicas necesarias para el karate fue como mirarme al espejo y ver mi cara frente al descubrimiento inesperado del valor de la educación que estaba recibiendo  Yo diría “en” el Colegio. del Colegio. Durante esos primeros años de travesía habíamos madurado nuestro cuerpo, templado nuestro carácter y forjado el intelecto, hasta que, gradualmente y sin darnos cuenta, nos empezamos a sentir más cómodos en nuestra piel, a depositar más confianza en nuestra capacidad de resistencia, de autocontrol y de logro de nuestras metas. Empezamos a atacar con éxito temas de más y más sofisticación, a maravillarnos en el descubrimiento del conocimiento y su valor práctico en la toma de decisiones de consecuencia en nuestras vidas, a apreciar el papel de la cultura en la forja de la identidad propia, tan importante para los animalitos autoconscientes y sociales que éramos. Fuimos entendiendo, de a poco pero con creciente entusiasmo, el inmenso valor del conocimiento y a yuxtaponerlo a la triste parálisis y los peligros de la ignorancia. Esto nos dio nuevas motivaciones para atacar la solución de las ecuaciones que antes nos parecían tan inservibles en la vida fuera de la clase, a ver que los errores de la historia guardaban lecciones que los hombres y pueblos que las ignoran estaban condenados a repetir.

Comenzamos, también, a apreciar el papel del arte en satisfacer las necesidades básicas del hombre de rodearse de belleza, de expresar sus sentimientos y pasiones, de ser conmovidos por los sentimientos y las pasiones de otros. La lectura de obras que meses atrás nos resultaban intolerables se convirtió en una fuente inesperada de fascinación. Nosotros también empezamos a coleccionar las joyas de nuestra herencia cultural, que desenterramos como los arqueólogos desentierran los huesos de los muertos en las ruinas de antiguas civilizaciones, apartando con nuestro pequeño pincel el polvo de capa sobre capa de emociones trascendentes, y aprendimos a apreciar su belleza, su pasión y su capacidad de caer al alma como al pasto el rocío.

Como para los educadores del Renacimiento, la poesía y la literatura se elevaron a la cima de mi Studia Yo  lo pondría en itálicas Humanitatis personal, y junté en aquellas épocas una cantidad desproporcional de la colección de joyitas que forman mi patrimonio cultural propio, que aún hoy, al recitarlas de memoria, son las únicas cosas que me traen intactas, y con la misma intensidad de Y la primera fue “Fabulae iucundae sunt...” 


entonces, las memorias de los momentos más profundos que le han dado sentido a mi vida: la euforia embriagadora de ver por primera vez el alma de mi bien amada reflejada detrás de sus ojos azules, llamándome finalmente a la morada feliz del amor perdurable, o el espejo ancestral de mis genes reflejados en la cara de mi primogénita, seduciéndome a capitular por siempre toda esperanza de felicidad que no pase por ver crecer felices a mis hijos, o la pesada fatalidad del féretro de mi padre al hombro, camino a su descanso eterno, que me hizo aceptar finalmente la inevitabilidad y la poesía de mi propia muerte. Éstas son las joyitas que nunca dejan de encandilarme con su brillo o fallan en llenarme las pupilas de lágrimas, y que vienen de aquella época, de aquellas clases, como la poesía de Rubén Darío:

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
Que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está triste en su silla de oro.
Esta mudo el teclado de su clave sonoro,
Y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.”

O de Almafuerte:

Procede como Dios que nunca llora
O como Lucifer que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita de agua y no la implora…
¡Que muerda y vocifere vengadora
Ya rodando en el polvo tu cabeza!”

O de Manrique, que escribió setecientos años atrás:

Recuerde el alma dormida
Avive el seso y despierte
Contemplando
Cómo se pasa la vida
Cómo se viene la muerte
Tan callando,

Cuan presto se va el placer,
Cómo, después de acordado,
Da dolor;
Cómo, a nuestro parecer,
Cualquiera tiempo pasado,
Fue mejor.”

O de Bécquer:

Volverán las tupidas madreselvas,
De tu jardín las tapias a escalar
Y otra vez, a la tarde, aún más hermosas,
Sus flores abrirán.

Pero aquellas cuajadas de rocío,
Cuyas gotas mirábamos temblar
Y caer como lágrimas del día…
Esas… ¡No volverán!

O de Baldomero Fernández Moreno:

Si no aman las plantas no amarán el ave,
No sabrán de música, de rimas, de amor.
No se oirá un beso, jamás se oirá una clave…
¡Setenta balcones y ninguna flor!”

El aprendizaje fue una experiencia espiritual, que nos concedió finalmente la calma y el sosiego que tanto nos faltó en los primeros años del colegio, nos proporcionó el puerto seguro y las defensas más eficaces contra las diarias arbitrariedades que para entonces habíamos aceptado eran una parte integral de nuestro día. Seguimos la travesía con ellas, resignados a verlas volver año tras año, las únicas compañeras que no quedaban libres con más de una materia previa para seguir sus cursos en otras escuelas, pero usamos toda nuestra sagacidad para ir decantando estrategias para esquivarlas, escaparles y, de vez en cuando robarles alguna pequeña victoria, desviando la atención de preceptores y prefectos con pequeñas astucias, y con bastante gomina.

Comentarios del capi

Estuvo bien... vamos a ver el siguiente. 
  
 
 

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