miércoles, 29 de julio de 2015

ADS 1-1 Coloquio versión 15-01-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión Comentarios Romina al 15-01-2014. La devolución de Diego se ve al final que no está más.

1-1
Primera parte. PREHISTORIA.
Capítulo 1. COLOQUIO.

Nuevamente, como en 1-2 y 1-3, los comentarios se ven mal :( Muestra: 




Me queda copypastear lo que me mandaron con los comentarios en el texto que se salvaron:


Lo que te venía contando. Tengo un problema muy grave con el primer párrafo (el resto está buenísimo), que como te dije es un problema de publicidad, da mucha sensación de que vas a hablar un rato largo de los 4 años anteriores de entrar al Colegio y que ese lugar tan excitante todavía está muy lejos. No sé si tiene que ver con que la primera palabra es “berretín”, que suena a tango de los años 30. Si un día puedo terminar de racionalizar lo que me pasa con ese párrafo te lo explicito mejor. Quizás si pudieras ponerlo menos en abstracto (menos del estilo de tarjeta del Día de la Madre, dirías vos). A partir del segundo párrafo está buenísimo.



Primera parte. PREHISTORIA. 
Capítulo 1. COLOQUIO.

El berretín de mandarme al Colegio Nacional de Buenos Aires fue de mis padres, quienes eran viejos de primera y tipos macanudos los dos, que llevaron siempre prendidos en el pecho mis intereses y los de mi hermana con el mismo orgullo con que un patriota se prende la escarapela el 25 de Mayo, y siempre sentí que hubieran hecho cualquier sacrificio por nosotros, así que no era de contradecirlos a menos que tuviera excelentes motivos, y rara vez, si jamás, me los dieron. No recuerdo haber tenido ni razón ni ganas para hacerles la contra en nada grande, y consentirles sus aspiraciones de darme una buena educación, fingiendo acuerdo con su teoría que se podía joder en la primaria pero la secundaria era para ponerse serios, era lo mínimo que podía hacer para corresponder sus cuidados. Yo estaba al tanto de sus sentimientos de culpa por no haber hecho esfuerzos suficientemente tempranos con mi hermana, que intentó el difícil examen de ingreso sin ayuda profesional y no logró el puntaje mínimo necesario, y sabía que estaban determinados a no repetir ese error conmigo, quien al contrario de ella era mejor conocido por mis llamadas de atención, por hablar demasiado en clase y ser medio rebelde que por mi dedicación a los estudios, así que cuando me inscribieron en la Academia Jiménez no me rehusé a comparecer, a pesar que me imponía la obligación de asistir dos o tres veces por semana y encima nos daban un montón de deberes con los que arruinar mis otras tardes de ocio. Callé, además, porque reconocí que el esfuerzo económico era una más de las tantas demostraciones de afecto y desprendimiento de mis padres, que no me hubiera sido posible cuestionar sin hacerle más justicia a mi típica ingratitud infantil que a mi enorme cariño por ellos.

Para mi sorpresa, sin embargo, la Academia Jiménez resultó ser un placer culpable, porque aunque jamás se lo hubiera admitido a nadie y casi ni me lo admitía a mí mismo, la verdad fue que la pasé bomba estudiando. Teníamos las clases divididas entre las cuatro materias de los exámenes de ingreso (geografía, historia, lenguaje y matemáticas) y el estudio despertó en mí una inesperada pasión por la historia argentina, que hasta entonces había sido una experiencia monótona donde repetíamos hasta el cansancio con entusiasmo fingido las loas de las fiestas patrias, y se suponía que nos tenían que fascinar detalles pedorros como que el Cabildo del 25 de mayo de 1810 fue en un día que necesitó el uso de paraguas y se repartieron escarapelas, que después resultaron ser tan fabricados como la manzana de Newton, o que la declaración de la independencia se proclamó en Tucumán, a donde yo nunca había ido y no me constaba, pero se suponía era el Jardín de la República. En la Academia Jiménez, en contraste, la historia argentina estaba más llena de eventos y personajes memorables que una navidad de Dickens, con visitas nocturnas de los fantasmas del pasado, el presente y el futuro, en la que nadie había limpiado las manchas de sangre, ni habían cortado del celuloide las escenas truculentas, ni borrado las sombras negras de las caras y las almas de los próceres, y estos descubrimientos me dieron un nuevo agujerito por donde espiar desde mi escondite seguro de la niñez el mundo todavía por descubrir de los grandes, donde me enteré por primera vez de que los adultos tenían apetitos irreprimibles, ambiciones desmedidas y pasiones oscuras que los masticaban crudos y los escupían sangrantes. El mismísimo don Jiménez quien le diera nombre a la academia nos daba magistralmente la clase de historia, y no nos tapaba los ojos cuando los aceites calientes desfiguraban los rostros del invasor inglés, ni nos hacía apartar la vista para no ver el miedo en los ojos del virrey Liniers frente al pelotón de fusilamiento, ni nos tapaba los oídos para que no escucháramos los gritos de horror del campo de batalla donde se desangraron ocho de cada diez paraguayos durante la guerra de la Triple Alianza. Al contrario, nos forzaba a mirar sin parpadear las cabezas sin torso de los enemigos del Restaurador de las Leyes, clavadas sobre lanzas adornadas con la Divisa Punzó, e imaginar los horrores de su dictadura. Esta nueva versión de la historia fue una epifanía desconcertante, una nueva luz bajo la cual el mundo de mis mayores se transformó en un paisaje escarpado y hostil de pasiones, arrebatos y folías, que me dieron la intuición espantosa de que de vez en cuando la historia se volvía a repetir, y en algún lugar de nuestro querido país los federales todavía alimentaban la picadora con los cuerpos desmembrados de los unitarios, y después cambiaban roles y le tocaba a los unitarios hacer lo propio, hasta que todos hacían chorizos con la carne de los muertos sin que a nadie le importe quién era quién, y todo esto era suficientemente fascinante como para estudiar las otras tres materias sin chistar. Esta nueva actividad se incorporó, entonces, a mi rutina semanal de una época de mi vida que fue particularmente feliz para mí, y me tomaba todo, inclusive aquellas cosas como el estudio para el examen de ingreso, como parte del paquete de una infancia despreocupada.

El proceso de ingreso al Colegio incluía la asistencia a un “coloquio”, evento cuyo nombre impreciso no revelaba si era exactamente una charla, una entrevista o una oportunidad de presentarse formalmente. Cuál de estas definiciones era la oficial y cuál era su objetivo no me queda claro hasta el día de hoy, pero tampoco me preocupó lo suficiente como para preguntar o buscar precisiones en el diccionario, y no hice mucha alharaca cuando mis padres me dijeron que debía ir con ellos a esta cita, me hicieron vestir de domingo y me peinaron con gomina. Tan sólo les dije que sí, claro, que lo que ellos quisieran, y no le di mucha más consideración ni importancia al tema. Mi actitud cambió cuando vi por primera vez la sede del Colegio en la calle Bolívar, cuya entrada me inspiró el respeto que se debe sentir cuando se ven por primera vez las pirámides egipcias, porque exudaba una serenidad milenaria y parecía sublimemente cómodo en su traje, que después me enteraría era del neoclásico francés, tan lleno de calma y aplomo, con esa autoconfianza que tienen las instituciones construidas en la cima de un macizo de roca impregnable, y que encima se dan el lujo de levantar gruesas paredes de piedra y puertas pesadas de madera dura y hierro. Era obvio que el edificio se había construido en épocas mejores, con el criterio y los materiales nobles de una catedral europea, y con los mismos techos altos como hangares, los atrios de un Partenón, los ventanales amplios como claristorios, las naves que no parecían pedirle permiso a nadie más que a Dios para ser exageradamente sólidas, altas y espaciosas. Mi primera impresión fue que reinaba adentro de ese edificio una calma noble, serena, sosegada, tan en contraste con la galleta de dudas y tribulaciones que es la mente adolescente, y esa sensación me sedujo.

Llegamos cuando era todavía la hora del recreo, y me sorprendió al caminar por los corredores la falta de griterío, la manera en que los estudiantes en sus uniformes azules y grises parecían circular sin pegar ninguna correteada, ni empujarse los unos a los otros, sin jugar al poliladron o la mancha como nosotros en el patio del General Las Heras, donde yo cursaba mi primaria y ni se podía andar por los corredores en hora de recreo sin esquivar chiquilines gritones rebotando contra las paredes como las bolas de billar rebotan contra las bandas. En este colegio los alumnos parecían ser todos maduros, tranquilos, pausados, y me quedé bien impresionado con ese contraste que encontré muy reconfortante y atractivo. Me imaginé cómo me sentaría ser uno de esos jóvenes alumnos cuyo porte elegante y paso seguro parecían hacer alarde de objetivos claros y una determinación para llegar a la meta que yo aún no poseía, pero cuya fórmula secreta me imaginé recibiendo el primer día del primer año de clases como parte de los ritos de mi iniciación.

Nos atendió un señor que se presentó como Roberto Castelli, o Cristelli, a algo así que no retuve bien. No le presté mucha atención al nombre, porque todavía no me podía sacar de la cabeza la fascinación de ese edificio tan lindo, con su frente de elevación faraónica, de amplios ventanales y columnas de capiteles jónicos, de escalinatas mellizas de mármol blanco de Carrara alfombradas con una ancha y mullida franja escarlata, bajo esos techos exageradamente altos que cobijaban sin encerrar, entre esas paredes que eran tan sólidas y gruesas como acogedoras, en esos atrios que bañaban de luz y salpicaban de claridad los pensamientos de quienes los caminaban, y dentro de esos largos pasillos de azulejos verdes que intuí conducían inexorablemente hacia un futuro de logros y éxitos. Todos los detalles de esos primeros pasos dentro del Colegio me llenaron el pecho de emoción y la cabeza de entusiasmo. Sentí por primera vez un compromiso con mi futuro en ese mundo de conocimientos secretos, cuyo significado sería tan deslumbrante que los marajás del pasado no escatimaron ningún gasto para albergarlos en un Taj Mahal tan fastuoso como invaluable, digno de la envidia de cualquier imperio, y me pareció evidente que todos los otros detalles de la educación recibirían el mismo cuidado, incluyendo profesores firmes pero justos que sabrían moldear el carácter juvenil con paciencia paternal, y autoridades idóneas, de benevolente vocación pastoral.

Entramos a un despacho donde tendría lugar el coloquio, y el señor comenzó por hacernos un breve resumen de la historia del colegio, que era aún más fascinante de lo que me había imaginado y confirmaba mis sospechas más ambiciosas. Fue de ese señor que aprendí que el colegio había sido fundado por los jesuitas en 1661, y había funcionado bajo esa orden de grandes educadores hasta su expulsión del Virreinato del Plata (¡que Jiménez nos había enseñado como una gran controversia!) para ser refundado por el Virrey Ortiz como Real Colegio de San Carlos, luego Gran Convictorio Carolino y varios otros nombres incluyendo Colegio de Ciencias Morales, que un ex alumno y compañero de año inmortalizó en una novela. De este señor también me enteré que el colegio tenía alumnos célebres, como Manuel Belgrano, creador de la bandera nacional y prócer de la independencia en la escuela primaria (¡y muerto de pleuresía abandonado por sus hombres en la Academia Jiménez!), Mariano Moreno, miembro del primer triunvirato y del Congreso de Tucumán en la primaria (¡y muerto de una misteriosa aflicción en alta mar, sospechado de ser envenenamiento, en la Academia Jiménez!), además de presidentes, ministros y luminarias argentinas de la ciencia, entre los cuales se encontraban varios premios Nobel, y también de las artes. Según el señor, de ser admitido al Colegio estudiaría entre los espíritus de estos gigantes de la historia, cuyas acciones valerosas y obras invaluables habían hecho tanto para exaltar el honor de la Patria, pero (y aquí hizo una larga pausa en la que se le pusieron brillosos los ojos y luego de la cual su voz tomó un tono sombrío hasta la truculencia) también estarían presentes los fantasmas de la infamia de otros de sus ex alumnos, cuyos nombres y actos, al contrario de los otros, quedaron mudos, pero que eran muchos de ellos marxistas leninistas, sediciosos y subversivos, y aquellos que cayeron bajo su influencia nefasta, y que la dirección del antiguo rector tristemente fallecido unos cortos años atrás, don Eduardo Aníbal Rómulo Maniglia, había trabajado tan diligentemente para extirpar, pero cuya vigilancia la gestión del actual rector no desatendería hasta su último día, porque la subversión era como un cáncer que si se descuidaba continuaba a rebrotar en la carne sana.

Yo estaba fascinado con la charla, lleno de la bronca de los justos contra la osadía de esos elementos subversivos, y de simpatía y compasión por las fuerzas del orden y la razón. Me pareció que ese señor Maniglia debería haber sido un santo varón al que algún día le harían un busto como el de Amadeo Jacques a la entrada. No tenía mucha idea de lo que era el marxismo leninismo, pero recordaba vagamente las propagandas que el Gobierno daba por televisión, en que un joven le daba a otro un manual con esas dos palabras misteriosas y extranjeras, y estaba seguro que no sería nada bueno, porque en otra propaganda parecida, que tal vez se me mezcló, el mismo chico le daba drogas al otro, mientras que el locutor preguntaba "¿Usted sabe dónde y con quién están sus hijos?", y me imaginé que debía ser gente mala que algo habría hecho y no merecía estudiar en un colegio tan lindo donde gente como este señor se preocupaban de velar por el bienestar de los alumnos. Noté, sin embargo, que el entusiasmo inicial y la postura erguida de mis padres se había desinflado un poco, y aunque no era evidente yo, que los conocía bien, me di cuenta de que estaban incómodos con las lágrimas que le llenaron los ojos al señor, y me pregunté por qué sería, porque a pesar que a mí el tipo me pareció un poco intimidante su charla estaba muy buena, y hasta me dio un poco de lástima por él, porque era evidente que le daba bronca que los marxistas leninistas se habían portado mal, parecía genuinamente triste del daño que habían hecho y comprometido a erradicar de una vez por todas a esa gente mala, a los enemigos de la patria que, me imaginé, no querrían a la escarapela, o se cagaban en el caballo blanco de San Martín, o algo por el estilo.

Terminada su introducción, dirigió su atención hacia mí y mis padres, y lo primero que notó (a pesar de la gomina que me habían puesto) fue mi pelo, y le preguntó a mi papá porqué lo tenía tan largo. Mi viejo, que se ve que se había esperado la pregunta y tenía una respuesta preparada, contestó como si yo no estuviera en la sala y pudiera escuchar lo que se decía de mí, que era todavía un chiquilín (¡tenía casi trece años!), y que hasta mi edad él había usado pantalones cortos, pero que ya estaba creciendo y entendía que en la primaria se podía jorobar un poco, pero que en la secundaria ya era hora de ponerse serios, y cambiaría mis hábitos como correspondía. Aunque nadie me pidió mi opinión contraria y yo no me atreví a darla, esa pareció ser una respuesta aceptable para todos, porque mi mamá asintió, mi papá hinchó el pecho como un gallito y el señor anotó el dato en su libreta con aire satisfecho y no mencionó más el tema.

Entonces nos empezó a disparar preguntas más y más personales, que me hicieron pensar que la palabra coloquio querría decir "interrogatorio", pero fue un pensamiento fugaz, que no tuve mucho tiempo de reflexionar, porque las preguntas y respuestas se sucedían a ritmo de pasodoble, mientras anotaba cosas en su libretita:

- Su nombre es inusual, señor Gotthelf. Dígame, ¿ustedes son alemanes?

- No, señor, somos descendientes de lituanos.

- ¿Católicos?

- No, judíos.

El señor se frotó el puente de la nariz como si sufriera de sinusitis. Continuó sin anotar:

- Y dígame, don Gotthelf, ¿son practicantes?

- No, señor.

- Bueno, mejor así, supongo, aunque no sé que es peor...

- ¿Discúlpeme?

- No, nada, y dígame, señora Gotthelf, ¿usted trabaja?

- No, soy ama de casa.

Esto pareció devolverle la compostura perdida desde la revelación de nuestro origen judío, que hoy parecerá una ofensa inaceptable por la que uno debería haberse dado la media vuelta para no volver nunca más, pero treinta y tantos años atrás había que bancarse cosas así y peor también, porque el funcionario más tolerante de aquella época se sentía libre de decir cosas peores que las que se atreve a decir el más intolerante de hoy. Nosotros no nos íbamos a dejar ofender fácilmente, sobre todo cuando se trataba de obtener algo que uno quiere, como el ingreso al Nacional Buenos Aires, porque ya estábamos acostumbrados a manejar de vez en cuando las sorpresas y decepciones de buenos cristianos, gente en todos otros aspectos derecha y macanuda, cuya confianza nos habíamos sabido ganar con simpatía, generosidad o buen trato, pero que al descubrir que éramos aquellos que San Mateo llamó asesinos de profetas, la prole de serpientes sobre cuyas cabezas estaba la sangre de Cristo, protestaban nuestro engaño por no tener “cara de judíos”.

El interrogatorio continuó, ahora centrado en la ocupación de mi padre, en dónde vivíamos y todo ese tipo de informaciones que anotaba en su libretita y decía "bien, bien" cuando la respuesta le satisfacía, pero que se frotaba el puente de la nariz cuando recibía alguna información que no lo convencía, y que suplementaba con una indagatoria más profunda, para luego volver a la libretita.

Cuando pareció satisfecho dejó de escribir y nos dijo, en vena de concluir la reunión:

- "Entiendan que, a pesar de una vigilancia constante, tenemos siempre alguna manzana podrida que escapa de la detección y puede contaminar el resto del barril. Esperamos que el joven Gotthelf, de tener éxito en el examen de ingreso, no se convertirá en una manzana podrida, ni se dejará influenciar por una. Este proceso de selección no será agradable, sobre todo para aquellos que no son lo que se podría decir "material obvio" de este colegio, gente que no cree en el Proceso de Reorganización Nacional al que apoya plenamente la dirección, gente divorciada, de ideas políticas antipatrióticas, artistas, indeseables, vaya a saber qué gentuza... No tengo intención de ofender cuando le digo que abundan entre los judíos los rojos de todas las denominaciones. Sin embargo yo creo que ustedes son una familia de bien, y si lo pusieran presentable al muchacho, creo que podríamos hacer de él un alumno de este colegio, así que les deseo buena suerte."

Con eso dio como concluida la reunión, y nos fuimos de su despacho en silencio.

Al salir del Colegio mi madre se puso inesperadamente mal, porque pareció tener intuiciones que mi papá y yo no comprendimos, más allá de las lágrimas del hombre y el momento incómodo del descubrimiento de nuestra proveniencia semita, a la que no estábamos desacostumbrados ni nos escandalizaba, pero igual ella quiso tomar distancia entre nosotros y "ese hombre despreciable", y le dimos el gusto caminando rápido, pero no le hicimos mucho caso, porque a mí me pareció buenísimo el coloquio y a mi papá también, y ni él ni yo veíamos la hora de que yo pudiera empezar las clases en un colegio como ése, y hablamos del coloquio y el Nacional Buenos Aires con mucha excitación todo el camino de vuelta a mi casa.

Hice pocas asociaciones con un chiste que me había contado poco antes el marido de mi prima, pero que después vino tan al caso de mi experiencia y de la de tantos compañeros, que cuando lo conté corrió como reguero de pólvora en nuestras tertulias durante los recreos, donde contar chistes era una manera de alivianar la tensión, una forma de escape y toda una filosofía de vida, y que decía más o menos así:

“Un tipo se muere y se va al Cielo.

En las puertas del Cielo lo recibe San Pedro, quien consulta en su libraco y le dice que había hecho suficientes méritos en la Tierra para poder entrar en la Gloria Eterna, pero le recomienda que debería pegarse una pasadita por el infierno, ya que el diablo había lanzado una campaña de marketing agresiva, se decía que había bajado la temperatura bastante, se tenía un programa de inversión millonario en un estadio de rock, renovación de las canchas polideportivas y expansión de los baños turcos, y:

- “Mucha gente está cambiando”, le asegura el Santo de las Llaves.

El tipo mira alrededor del Cielo y ve algunos angelitos dando vueltas, pero nada que lo entusiasme demasiado, entonces no le parece mala idea ir a ver otras opciones. Piensa en conciertos de Queen y los Rolling Stones y dice "why not?". Decide pegarse una vueltita por el infierno, sin compromiso.

El Diablo le hace el tour de las instalaciones. Por todos lados sonaba música de rock 'n roll, los diablitos estaban fornicando a pata suelta, chupando cerveza y divirtiéndose. Y la temperatura estaba bien, un poquito húmedo, a lo sumo, pero tolerable.

- “¡Empiezo el lunes!”, dice de repente el finadito, y se va contentísimo con su decisión.

El lunes, cuando entra a su primer día en el infierno, lo agarran entre ocho y le pegan una paliza, lo desnudan, le meten un hierro caliente en el traste, le arrancan las uñas con una tenaza, le ciegan los ojos, lo cuelgan y empiezan a desollarlo vivo. En su agonía y bronca el tipo grita:

- "¡Hijos de puta, el viernes cuando me mostraron todo no me dijeron nada de esto!"

Entonces el diablo, con una sonrisita malvada de placer en la cara, como si ya le hubieran reclamado lo mismo antes y su respuesta previamente preparada fuera la parte de la iniciación que más disfrutaba, le dice:

- "Ah, mi amigo, el viernes pasado usted era un candidato. Hoy lunes, usted es un alumno..."

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Busqué en los mails y la devolución de Diego que me había enviado no está más, ni en mis archivos ni en los mails:



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