martes, 28 de julio de 2015

ADS 3-5 Malvinas Argentinas 15-02-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Bueno a pesar de que está guardado bajo "comentarios Romina" no hay ninguno, no sé si se habrá borrado, me acuerdo de haberle preguntado a Diego si no había un momento en que en los diarios -en la revista Gente, me dijo él- no había un título famoso que decía "vamos ganando, seguimos ganando", y que quedaría bien agregarlo, además de para agregarle un poco de cadencia a esa parte que va muy rápido.

---


Malvinas Argentinas


La recuperación de las islas y los preparativos para su defensa coincidieron con los preludios de otro hito de importancia sin peligro de exageración: la del Mundial en España, donde nos aprestábamos a defender la corona de campeones, ganada por primera vez en nuestra historia de pasión desmedida por la pelota cuatro años antes contra otro imperio colonial europeo, cuyo arco cayó tres veces en el camposanto de la cancha de River Plate, bajo un diluvio bíblico de papelitos blancos y celestes.   ¡Imposible no emocionarse con la atmósfera de fiesta, cuando el país entero sacó a relucir, unas semanitas antes de lo esperado, las banderas y bombos que desempolvaba para unirse en barra bullanguera a alentar a nuestra selección en la larga y tortuosa batalla por el bicampeonato, para festejar en su lugar la victoria instantánea de la expulsión del invasor inglés de otro camposanto: Malvinas!  La Marina Real Británica, sobre cuyas proezas militares se había construido un imperio tan vasto que sobre su territorio nunca se ponía el sol ¡por tercera vez sufría una desacostumbrada derrota en nuestro suelo!  ¡Inhumano no largar un lagrimón de emoción cuando nos pusimos la camiseta albiceleste y salimos a gritar “lo vamo’ a reventar, lo vamo’ a reventar” a la Plaza de Mayo, en plena hora de clases, por primera vez sin que el Prefecto Kember nos recriminara que no estábamos en la cancha! 


Sólo un necio hubiera dejado de notar que volvía el optimismo y la alegría del mundial ’78, aquel con el que inauguramos la era de la televisión color, con el que fuimos de viaje a Miami y Brasil a gastar los dólares de la plata dulce en comprarnos el mundo, y perdimos el aliento gritando los goles de Kempes junto a José María Muñoz, ahogados en lágrimas de felicidad.  ¿Qué amargo no sintió el intoxicante fervor patrio que invadió las calles cuando las islas fueron brevemente nuestras?  ¿Quién dejó de celebrar mientras todavía no quedaba claro si los ingleses tendrían el coraje de involucrarse en una costosa y arriesgada aventura militar?   ¿Quién creyó que intentarían recuperar esa pila de piedras infructuosas desparramadas precariamente en un mar helado al borde del fin del mundo, donde hasta los pingüinos tiritan de frío,  los árboles se niegan a echar raíz y cuatro ovejas miserables se acurrucan para soñar con el calor de los inviernos gélidos de su Escocia ancestral? 


Esas islas habrían sido abandonadas por Dios y la Reina, pero nunca fueron olvidadas por las legiones de palomitas blancas que año tras año les cantamos el himno de un poeta de tanta imaginación patriótica que describe así ese páramo inhóspito:
 
Y ante el sol de nuestro emblema,
Pura, nítida y triunfal,
Brille ¡oh Patria!, en tu diadema
La perdida perla austral.”
 
¿Qué importaba que no fueran bellas?  ¿A quién le interesaba que teníamos despoblado en nuestro suelo continental diez veces más territorio veinte veces más productivo?  Malvinas era una cuestión de principios y no de lógica; del corazón, no de la cabeza. Nuestra causa era más noble cuanto más desoladas y solitarias fueran las islas.  ¿Qué foro de diplomacia internacional podría negar la justicia de nuestra causa?  ¿Qué nación libre del mundo podría oponerse a nuestro clamor por la paz, ahora que las islas eran convenientemente nuestras?


¡Imposible exagerar la euforia de esos primeros días del conflicto!  La facilidad y rapidez con que las fuerzas argentinas recuperaron las islas sorprendió a los patriotas más volubles, la rendición del gobernador británico causó un frenesí de alegría mientras la amenaza de  hostilidades era todavía remota y lejana.  Lo que sí se manifestaba inmediata y palpable era la materialización casi milagrosa de la única causa capaz de galvanizar nuestro espíritu discordante y pendenciero: la quimera centenaria de Malvinas Argentinas, redención de todas nuestras flaquezas como nación, catarsis de nuestras penas por la sangre derramada en ciento cincuenta años de conflictos intestinos y absolución de los pecados de rencor de nuestro pasado fratricida.  


En esos primeros días de celebración, el Prefecto Kember Urquiza pasó en una de sus ocasionales patrullas por el claustro durante el recreo, mientras el Mono, Daniel, Boby Montes y yo charlábamos en alguna de nuestras tertulias.   Callamos al verlo acercarse, como era nuestro protocolo, porque la presencia de los altos mandos disciplinarios era como el paso de una pompa fúnebre: toda conversación quedaba suspendida, y los transeúntes se santiguaban, bajaban la cabeza con solemnidad y no resumían la cháchara hasta que el peligro estuviera fuera de tiro.  Pero, en vez de pasar de lado, se detuvo...  ¡Súbitamente interesado en mi aspecto!  El miedo del interrogatorio en su oficina con Raúl unos días atrás no había perdido suficiente frescura como para ser todavía un mal recuerdo, el peligro de sus amenazas de tenernos en la mira estaba en plena vigencia y las posibilidades que mis días en el colegio estaban contados no habían disminuido, particularmente porque el último numero de Aristócratas del Saber, con su nuevo y desafiante artículo editorial, ya había sido enviado a la imprenta.   Me cayeron de las sienes gotas frías de petrificación, que más que de sudor pudieron ser de condensación sobre mi piel helada, porque la atención del prefecto era una emergencia nacional para cualquiera, pero yo era el único entre los presentes bajo sospecha de militancia en la revista, y sobre cuya cabeza ese sacristán de la Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias había coronado con una espada de Damocles el honor de ser identificado como una potencial manzana podrida.


-       ¡Gotthelf!


-       ¡Sí, Señor Prefecto!


Me quedé rígido, mirando al frente como un soldado ante la llamada de atención de su comandante, mientras mis amigos se escabullían y Kember se me paseaba, pasándome revista, analizando los pormenores de mi anatomía como un negrero examina un esclavo de precio bajo pero buen semblante y huele gato encerrado, mirándome de arriba a abajo buscando el defecto fatal, hasta darme una vuelta entera, para entonces acercarse demasiado, y dirigirme la palabra cara a cara, como era su técnica en las sangrías rutinarias de la Prefectura, porque se aprovechaba que la invasión del espacio personal incomodaba a sus víctimas, y lo hacia todavía más grandote e intimidante.


-       “Tiene el pelo a menos de dos dedos del cuello de la camisa…”, me dijo sin parpadear.


Yo no me atreví a decir nada; no balbuceé ni una admisión que me incrimine ni una negación que despierte su enojo; sólo atiné a mirar al frente, donde se proyectaba sobre una pantalla imaginaria la película de los mil días de mi vida en el Colegio resumidos en cinco segundos, seguido en otros cinco por el papel blanco de mi parte de expulsión, mi firma temblorosa bajo las miradas de lástima y desprecio de los presentes, las advertencias  finales de la  extremaunción por mi alma desviada, las lágrimas apenas contenidas del adiós al edificio de la calle Bolívar, el dolor de nunca más jugar un picadito de fútbol con Tripas y Martín Kohan en el Campo de Deportes, y, finalmente, la angustia de confrontar a mis padres con las consecuencias trágicas de mi secreto culpable.  Porque la atención personal de Kember Urquiza marcaba la hora de pagar la cuota final de mi romance con la clandestinidad, que había precipitado mi caída de gracia y el cambio de mi fortuna, de joven de promesa a subversivo, de privilegiado alumno del Colegio de la Patria a indeseable.  


El prefecto, para quien la misericordia, la indulgencia y el perdón eran un estupro a la Rectitud, no había dudado en agravar una situación que ya era de emergencia y peligro deteniéndonos para interrogarnos durante los disturbios de la huelga días atrás. Ahora aprovecharía el clima de fiesta nacional para expulsarnos a todos los que estábamos comprometidos en Aristócratas del Saber, porque la eficiente administración de la injusticia era su trabajo, pero la arbitrariedad y la crueldad eran su placer.


-       “Córteselo a la brevedad”, me dijo en una desacostumbrada voz neutra. 


Se dio media vuelta sobre un talón como granadero a caballo de guardia frente al Cabildo, y sin otra palabra siguió su patrulla al paso lento, perdiéndose de vista al doblar la esquina del claustro, mientras yo casi me despatarro por el piso del alivio de haber esquivado por segunda vez en tres días la guadaña de la Parca.


Esa fue la última vez que temblé de miedo frente a Kember Urquiza, y la primera que tuve la oportunidad de comprobar que el conflicto de Malvinas sería, paradójicamente, la declaración de una tregua incondicional a todos los otros conflictos internos: la campaña de miedo de las autoridades del Colegio contra los alumnos, la guerra sucia de las fuerzas armadas contra los fantasmas de la subversión, la pulseada entre los sindicatos y la Junta … todas las disputas en curso parecieron perder relevancia y quedaron, literalmente de la noche a la mañana, reducidas a la insignificancia ante la magnitud de ese momento histórico.  Tres días atrás habíamos llegado cerca del abismo, pero luego de la invasión sorpresiva de las Malvinas había una causa suprema que subordinaba todas las otras de acuerdo unánime. Incluso la distribución del nuevo número de la revista se suspendió hasta que terminó la guerra. 


Bajo la nueva luz del destino de grandeza de la Patria las divisiones del  pasado cobraron un claro y nuevo significado: la crisis económica de ayer se transformó en sacrificio patriótico de una economía de guerra, la proscripción política en la unidad nacional frente al enemigo externo, el tamaño desproporcional y la prepotencia de nuestras fuerzas armadas en el instrumento visionario de la victoria ante el invasor inglés. Toda la corriente de nuestra historia había llevado lógicamente a este destino, antes insospechado pero hoy obvio: la recuperación de las Malvinas, el histórico reencuentro con las hermanas perdidas y el restablecimiento de la integridad soberana de nuestro territorio nacional.  Nada más importaba, o importaba más. 


El fervor idealista de nuestra juventud quedaba relegado a un mero preludio del clímax de exaltación que nos intoxicó durante esos días triunfales cuando por primera vez conmovían hasta las lágrimas los acordes del himno nacional, que tantas veces la ocasión me obligó a entonar con fastidio sin que registrara el sentido de sus versos, pero que entonces no dejaba de inundar ni un ojo entre los estudiantes:
 
¡Sean eternos los laureles
Que supimos conseguir!
Coronados de gloria vivamos
¡O juremos con gloria morir!”


Claro que hubo quienes dudaron.  Un cómico en un programa dominguero de televisión en vivo empezó su tanda de chistes diciendo:
 
-       “Good Morning!  Mejor que nos acostumbremos a hablar en inglés ¿no?” 
 
No lo dejaron decir mucho más.  Fueron al corte publicitario y el señor no trabajó nunca más en televisión.  Pero ese no fue el único.  Mi propia madre, normalmente a la vanguardia de la corriente de la opinión pública, se mostró apátrida, escéptica y anti belicosa. 
 
-       “¡Menos mal que tenés solo quince años!”, me dijo.  “Porque si entraras en la conscripción para esta guerra loca te llevo al Paraguay a esconderte!”
 
-       “¿Yo esconderme de mi deber patriótico?  ¡Sobre mi cadáver!  Lástima que no tengo más de dieciocho años”, le contestaba, “¡porque si no me enlistaba de voluntario!”
 
Pero los precavidos, dudosos y pesimistas eran una minoría diminuta y timorata, razón por la cual, tal vez, dolía tanto que mi madre se encontrara entre ellos.  Si las tenían, pocos se atrevieron a expresar reservas en lo que era una causa incuestionable.  ¡Ya estábamos embarcados en ella, más allá de las probabilidades de éxito!  Las dudas no ayudaban a resolver nada y mostraban flaqueza ante el enemigo. Sospecho que muchos de los pacifistas, los que enfatizaban la necesidad de llegar a un acuerdo diplomático, o abogaban traer a nuestros muchachos de vuelta a casa habiendo logrado atraer la atención de las naciones del mundo a nuestra causa justa para buscar una salida pacifica, temían las consecuencias del curso en que estábamos embarcados y se tiraron a expresar sus reservas por ese lado, para no decir nada disonante con sus convicciones pero tampoco ser tachados de apátridas.  


Todos menos dos de mis modelos de la adolescencia, que parecieron decepcionarme en esta cuestión con planteamientos frontales: mi madre y don Raúl Alfonsín, líder de la Unión Cívica Radical, a quién todavía no conocía pero cuya posición en este y otros asuntos nacionales se ganó la admiración reverencial de mi juventud, y a quien todavía hoy reconozco junto a Arturo Illia entre los pocos hombres de bien, honestos caballeros y líderes benévolos de nuestra historia política, tan llena de buitres populistas, harpías delusorias y hienas rapaces. Ambos se opusieron frontal y abiertamente a la guerra y la denunciaron como un intento de reanimación de una dictadura militar en bancarrota moral, que en definitiva fue un diagnóstico certero y presciente de lo que es hoy el veredicto consensual de la historia, al contrario del resto de los argentinos, desde los más colaboracionistas hasta los más combativos, que nos dejamos engañar por el humito delicioso del chorizo sin darnos cuenta que era casi cien porciento grasa.
 
El resto, que días atrás cantábamos canciones de protesta indignada contra la prohibición de cualquier cosa, los que denunciábamos la quema de libros de García Marquez y Pablo Neruda por los bárbaros que pensaban que sus historias de realismo fantástico y versos de amor engañarían nuestra juventud a abandonar el “más tradicional acervo espiritual de Dios, Patria y Hogar”, dábamos vítores de alegría cuando la junta prohibió la difusión de música en inglés. Excitado por esta medida, Raúl Malcovich hizo rarísima causa común con el gobierno y, seguro que la prohibición de otros medios de “invasión cultural” del enemigo imperialista seguiría naturalmente, se le ocurrió organizar una quema de libros extranjeros en la vereda del colegio, libros ingleses, yanquis y todos los otros “imperialistas que con la mano derecha habían usurpado el territorio nacional y nos habían relegado al atraso económico”, según nos incitaba con sus discursos hechiceros, “mientras que con la izquierda se alzaban con nuestras riquezas naturales”. Lo único que aseguró el fracaso de su iniciativa fue que nadie se atrevió a robárselos de la biblioteca porque todavía no habíamos perdido el miedo, y como los libros de cualquier proveniencia eran muy caros, si alguien poseía alguno nadie se lo ofreció para que le penda fuego.


Tuvo su inesperado lado bueno: gracias a esa temporaria veda descubrimos todo una constelación de grandes músicos del rock nacional desconocidos, ignorados o proscriptos hasta entonces, cuyas canciones se popularizaron y ganaron su merecido lugar en nuestra cultura gracias al agujero que dejó la música extranjera en los medios de comunicación masiva, que forzó a las radios de la época a llenar horas de programación con un cancionero tan limitado que se vieron forzados a tocar los temas menos controvertidos de artistas prohibidos (porque los artistas de talento que cantaban en castellano estaban prohibidos casi todos) para evitar pasar las veinticuatro horas las mismas canciones imberbes de Palito Ortega. Para no entrar en contradicciones incómodas, sin embargo, reemplazaban los nombres artísticos de los músicos por los que figuraban en sus partidas de nacimiento, de tal modo que la desconocida Maria Celina Parrondo tenía el mismo talento, la misma voz y cantaba las mismas canciones de la famosa Marilina Ross, pero ésta, sorprendentemente, no le hacía juicio por plagio. 


Sesenta mil personas fueron a un recital en Obras en beneficio de nuestras tropas, y por primera vez en sus veinte años de historia la música de rock argentino tuvo el apoyo irrestricto de los medios de difusión, que hasta entonces los habían honrado sólo con la indiferencia, y cuando no, con listas negras.  Pedro y Pablo, que estaban prohibidos por sus canciones de protesta, subieron al escenario en su alter ego de Cantilo-Durietz, y la interpretación de su canción intitulada “La Gente del Futuro”, ni de sus más famosas ni de sus más controvertidas, se convirtió instantáneamente en un himno de aliento a la juventud de nuestra generación, que luego de tantos años de marginación proveyó uno de los dos momentos más profundos y trascendentes de la noche, y despertó tantas emociones fuertes como si hubieran cantado la “Marcha de la Bronca”:


El tiempo se acaba,
El siglo se va,
Frenética avanza
La era nuclear.


El grito de un hombre
Se pierde entre mil
Y nacen los jóvenes
Del año dos mil


Esta es la gente
Del futuro
Y este presente
Tan, tan duro
Es el material
Con que edificaremos un mañana total”


¡Esos jóvenes éramos nosotros! ¡Alguien nos había notado! Para el año dos mil tendríamos treinta y tres años, la edad de Cristo en su crucificción. ¿Qué país nos esperaba entonces? ¿Era posible que en esta nueva Argentina los débiles de espíritu heredaríamos nuestro futuro después de todo?


El segundo momento que marcó para siempre el curso de la música popular y el inconciente colectivo de los argentinos fue la interpretación de la canción de León Gieco, hasta entonces casi desconocida pero cuyas palabras y melodías, reminiscentes a la música y la poesía de Bob Dylan, se convirtirían en una advertencia profética de la inminente pérdida de nuestra ingenuidad colectiva, y torturarían las memorias de nuestro apoyo a toda esa locura por el resto de nuestros días:
 
Sólo le pido a Dios
Que la guerra no me sea indiferente
Que es un monstruo grande y pisa fuerte
Toda la pobre inocencia de la gente”
 
El descubrimiento de la música que sería emblemática de los años más felices de mi juventud y continuaría dándome placer en las décadas que siguieron fue lo único que rescato, sin embargo, del episodio vergonzoso que fue mi apoyo a la prohibición de la música extranjera y a las incitaciones de Raúl a quemar los libros de autores que se convertirían luego en mis héroes literarios, sin los cuales mi vida hubiera sido menos rica y emocionante. Todavía me da autodesprecio recordar cuán fácil me resultó dejar de lado mis convicciones mas profundas bajo el efecto seductor de emociones fuertes como el patriotismo, el miedo, el odio y la radicalización, que me despojaron de mi humanidad y mi orgullo de hombre. Juré nunca más dejarme encandilar por abstracciones de más envergadura que la vida de un solo niño abandonado, de una sola mujer desprotegida, o una sola injusticia. Juré nunca dejarme conmover por la exaltación de la Patria, o el Reino de Dios, o la Justicia del Pueblo, o cualquier otra causa que me ofrezca glorias tan infinitas que en su nombre sea justificable quemar los libros que la ponen en tela de juicio, o torturar alegremente a sus apóstatas, o apurar su inevitable triunfo decimando a sus enemigos, o robándoles sus niños para que no los contaminen, o destruyendo en un instante lo que a otros les ha llevado una vida construir. Hasta ahora ha sido la inoculación más eficaz que nunca figuró en el “carnet de vacunaciones” que debíamos mantener en el Colegio, inmunizándome de por vida contra cualquier incitación a la violencia, la intolerancia, el fanatismo y la radicalización, moderándome en todo menos en mi aprecio por la libertad individual y la justicia de los hombres libres.


Pero estas sobriedades vinieron después, cuando nos dimos cuenta que los ingleses nos harían frente, que naciones aliadas tenían sus propias relaciones con nuestros enemigos y se harían a un lado o nos abandonarían, y comenzaran a sumarse las bajas entre nuestros soldados, tantos de los cuales murieron en el hundimiento del buque que llevaba un nombre tan emblemático para nuestro Colegio, el General Belgrano, sepultado en el fondo del Atlántico Sur, su barriga llena de nuestros pibes, víctimas de nuestra vanagloria patriótica y confusión entre los deportes del fútbol y la guerra, tanto como del torpedo ingles que perforó su casco hiriéndolo de muerte.


A ellos les pido: ¡Perdón! Perdón a los que murieron, a los que fueron heridos, a los que sufrieron de hambre, miedo y frío en esas islas al fin del mundo; en nombre del muchacho inconciente que fui: ¡Perdon! Perdon por mí, y por los otros, los que hoy sepultan la verdad y perdieron la vergüenza, los que insisten que ellos siempre estuvieron en contra de la dictadura militar, que ellos siempre se opusieron a la guerra, que siempre supieron que terminaría en nuestra humillación y derrota, y se olvidan de cuan delicioso sabía el humito de la salchicha y cuán entusiastas gritaron “¡Queremos comer, comer, comer!”, los que se olvidan con cuanta despreocupación cantaron “Lo vamo’ a reventar” y “traigan al principito”, y especularon que el Imperio Britanico estaba en el ocaso de su fulgor, y falto de amigos en nuestro rincón del mundo para arrebatarnos las Malvinas, y estuvieron, como yo, dispuestos a apostar la sangre de los hijos, los hermanos y los parientes de otros en demostrar que sus especulaciones eran plausibles. Perdon a los padres que no pudieron ver a sus hijos convertirse en hombres, perdón a los niños que no nacieron de esos hombres. ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón!



No hay comentarios:

Publicar un comentario