---
Malvinas Argentinas
La
recuperación de las islas y los preparativos para su defensa
coincidieron con los preludios de otro hito de importancia sin
peligro de exageración: la del Mundial en España, donde nos
aprestábamos a defender la corona de campeones, ganada por primera
vez en nuestra historia de pasión desmedida por la pelota cuatro
años antes contra otro imperio colonial europeo, cuyo arco cayó
tres veces en el camposanto de la cancha de River Plate, bajo un
diluvio bíblico de papelitos blancos y celestes.
¡Imposible no emocionarse con la atmósfera de fiesta, cuando el
país entero sacó a relucir, unas semanitas antes de lo esperado,
las banderas y bombos que desempolvaba para unirse en barra
bullanguera a alentar a nuestra selección en la larga y tortuosa
batalla por el bicampeonato, para festejar en su lugar la victoria
instantánea de la expulsión del invasor inglés de otro camposanto:
Malvinas! La Marina Real Británica, sobre cuyas proezas
militares se había construido un imperio tan vasto que sobre su
territorio nunca se ponía el sol ¡por tercera vez sufría una
desacostumbrada derrota en nuestro suelo! ¡Inhumano no largar
un lagrimón de emoción cuando nos pusimos la camiseta albiceleste y
salimos a gritar “lo vamo’ a reventar, lo vamo’ a reventar” a
la Plaza de Mayo, en plena hora de clases, por primera vez sin que el
Prefecto Kember nos recriminara que no estábamos en la cancha!
Sólo
un necio hubiera dejado de notar que volvía el optimismo y la
alegría del mundial ’78, aquel con el que inauguramos la era de la
televisión color, con el que fuimos de viaje a Miami y Brasil a
gastar los dólares de la plata dulce en comprarnos el mundo, y
perdimos el aliento gritando los goles de Kempes junto a José María
Muñoz, ahogados en lágrimas de felicidad. ¿Qué amargo no
sintió el intoxicante fervor patrio que invadió las calles cuando
las islas fueron brevemente nuestras? ¿Quién dejó de
celebrar mientras todavía no quedaba claro si los ingleses tendrían
el coraje de involucrarse en una costosa y arriesgada aventura
militar? ¿Quién creyó que intentarían recuperar esa
pila de piedras infructuosas desparramadas precariamente en un mar
helado al borde del fin del mundo, donde hasta los pingüinos tiritan
de frío, los árboles se niegan a echar raíz y cuatro ovejas
miserables se acurrucan para soñar con el calor de los inviernos
gélidos de su Escocia ancestral?
Esas
islas habrían sido abandonadas por Dios y la Reina, pero nunca
fueron olvidadas por las legiones de palomitas blancas que año tras
año les cantamos el himno de un poeta de tanta imaginación
patriótica que describe así ese páramo inhóspito:
“Y
ante el sol de nuestro emblema,
Pura,
nítida y triunfal,
Brille
¡oh Patria!, en tu diadema
La
perdida perla austral.”
¿Qué
importaba que no fueran bellas? ¿A quién le interesaba que
teníamos despoblado en nuestro suelo continental diez veces más
territorio veinte veces más productivo? Malvinas era una
cuestión de principios y no de lógica; del corazón, no de la
cabeza. Nuestra causa era más noble cuanto más desoladas y
solitarias fueran las islas. ¿Qué foro de diplomacia
internacional podría negar la justicia de nuestra causa? ¿Qué
nación libre del mundo podría oponerse a nuestro clamor por la paz,
ahora que las islas eran convenientemente nuestras?
¡Imposible
exagerar la euforia de esos primeros días del conflicto! La
facilidad y rapidez con que las fuerzas argentinas recuperaron las
islas sorprendió a los patriotas más volubles, la rendición del
gobernador británico causó un frenesí de alegría mientras la
amenaza de hostilidades era todavía remota y lejana. Lo
que sí se manifestaba inmediata y palpable era la materialización
casi milagrosa de la única causa capaz de galvanizar nuestro
espíritu discordante y pendenciero: la quimera centenaria de
Malvinas Argentinas, redención de todas nuestras flaquezas como
nación, catarsis de nuestras penas por la sangre derramada en ciento
cincuenta años de conflictos intestinos y absolución de los pecados
de rencor de nuestro pasado fratricida.
En
esos primeros días de celebración, el Prefecto Kember Urquiza pasó
en una de sus ocasionales patrullas por el claustro durante el
recreo, mientras el Mono, Daniel, Boby Montes y yo charlábamos en
alguna de nuestras tertulias. Callamos al verlo
acercarse, como era nuestro protocolo, porque la presencia de los
altos mandos disciplinarios era como el paso de una pompa fúnebre:
toda conversación quedaba suspendida, y los transeúntes se
santiguaban, bajaban la cabeza con solemnidad y no resumían la
cháchara hasta que el peligro estuviera fuera de tiro. Pero,
en vez de pasar de lado, se detuvo... ¡Súbitamente interesado
en mi aspecto! El miedo del interrogatorio en su oficina con
Raúl unos días atrás no había perdido suficiente frescura como
para ser todavía un mal recuerdo, el peligro de sus amenazas de
tenernos en la mira estaba en plena vigencia y las posibilidades que
mis días en el colegio estaban contados no habían disminuido,
particularmente porque el último numero de Aristócratas del
Saber, con su nuevo y desafiante artículo editorial, ya había sido
enviado a la imprenta. Me cayeron de las sienes gotas frías
de petrificación, que más que de sudor pudieron ser de condensación
sobre mi piel helada, porque la atención del prefecto era una
emergencia nacional para cualquiera, pero yo era el único entre los
presentes bajo sospecha de militancia en la revista, y sobre cuya
cabeza ese sacristán de la Cofradía Penitencial de Nuestra
Señora de las Angustias había coronado con una espada de Damocles
el honor de ser identificado como una potencial manzana podrida.
-
¡Gotthelf!
-
¡Sí, Señor Prefecto!
Me
quedé rígido, mirando al frente como un soldado ante la llamada de
atención de su comandante, mientras mis amigos se escabullían y
Kember se me paseaba, pasándome revista, analizando los pormenores
de mi anatomía como un negrero examina un esclavo de precio bajo
pero buen semblante y huele gato encerrado, mirándome de arriba a
abajo buscando el defecto fatal, hasta darme una vuelta entera, para
entonces acercarse demasiado, y dirigirme la palabra cara a cara,
como era su técnica en las sangrías rutinarias de la Prefectura,
porque se aprovechaba que la invasión del espacio personal
incomodaba a sus víctimas, y lo hacia todavía más grandote e
intimidante.
-
“Tiene el pelo a menos de dos dedos del cuello de la camisa…”,
me dijo sin parpadear.
Yo
no me atreví a decir nada; no balbuceé ni una admisión que me
incrimine ni una negación que despierte su enojo; sólo atiné a
mirar al frente, donde se proyectaba sobre una pantalla imaginaria la
película de los mil días de mi vida en el Colegio resumidos en
cinco segundos, seguido en otros cinco por el papel blanco de mi
parte de expulsión, mi firma temblorosa bajo las miradas de lástima
y desprecio de los presentes, las advertencias finales de la
extremaunción por mi alma desviada, las lágrimas apenas contenidas
del adiós al edificio de la calle Bolívar, el dolor de nunca más
jugar un picadito de fútbol con Tripas y Martín Kohan en el Campo
de Deportes, y, finalmente, la angustia de confrontar a mis padres
con las consecuencias trágicas de mi secreto culpable. Porque
la atención personal de Kember Urquiza marcaba la hora de pagar la
cuota final de mi romance con la clandestinidad, que había
precipitado mi caída de gracia y el cambio de mi fortuna, de joven
de promesa a subversivo, de privilegiado alumno del Colegio de la
Patria a indeseable.
El
prefecto, para quien la misericordia, la indulgencia y el perdón
eran un estupro a la Rectitud, no había dudado en agravar una
situación que ya era de emergencia y peligro deteniéndonos para
interrogarnos durante los disturbios de la huelga días atrás.
Ahora aprovecharía el clima de fiesta nacional para expulsarnos a
todos los que estábamos comprometidos en Aristócratas del Saber,
porque la eficiente administración de la injusticia era su trabajo,
pero la arbitrariedad y la crueldad eran su placer.
-
“Córteselo a la brevedad”, me dijo en una desacostumbrada voz
neutra.
Se
dio media vuelta sobre un talón como granadero a caballo de guardia
frente al Cabildo, y sin otra palabra siguió su patrulla al paso
lento, perdiéndose de vista al doblar la esquina del claustro,
mientras yo casi me despatarro por el piso del alivio de haber
esquivado por segunda vez en tres días la guadaña de la Parca.
Esa
fue la última vez que temblé de miedo frente a Kember Urquiza, y la
primera que tuve la oportunidad de comprobar que el conflicto de
Malvinas sería, paradójicamente, la declaración de una tregua
incondicional a todos los otros conflictos internos: la campaña de
miedo de las autoridades del Colegio contra los alumnos, la guerra
sucia de las fuerzas armadas contra los fantasmas de la subversión,
la pulseada entre los sindicatos y la Junta … todas las disputas en
curso parecieron perder relevancia y quedaron, literalmente de la
noche a la mañana, reducidas a la insignificancia ante la magnitud
de ese momento histórico. Tres días atrás habíamos llegado
cerca del abismo, pero luego de la invasión sorpresiva de las
Malvinas había una causa suprema que subordinaba todas las otras de
acuerdo unánime. Incluso la distribución del nuevo número de la
revista se suspendió hasta que terminó la guerra.
Bajo
la nueva luz del destino de grandeza de la Patria las divisiones del
pasado cobraron un claro y nuevo significado: la crisis económica de
ayer se transformó en sacrificio patriótico de una economía de
guerra, la proscripción política en la unidad nacional frente al
enemigo externo, el tamaño desproporcional y la prepotencia de
nuestras fuerzas armadas en el instrumento visionario de la victoria
ante el invasor inglés. Toda la corriente de nuestra historia
había llevado lógicamente a este destino, antes insospechado pero
hoy obvio: la recuperación de las Malvinas, el histórico
reencuentro con las hermanas perdidas y el restablecimiento de la
integridad soberana de nuestro territorio nacional. Nada más
importaba, o importaba más.
El
fervor idealista de nuestra juventud quedaba relegado a un mero
preludio del clímax de exaltación que nos intoxicó durante esos
días triunfales cuando por primera vez conmovían hasta las lágrimas
los acordes del himno nacional, que tantas veces la ocasión me
obligó a entonar con fastidio sin que registrara el sentido de sus
versos, pero que entonces no dejaba de inundar ni un ojo entre los
estudiantes:
“¡Sean
eternos los laureles
Que
supimos conseguir!
Coronados
de gloria vivamos
¡O
juremos con gloria morir!”
Claro
que hubo quienes dudaron. Un cómico en un programa dominguero
de televisión en vivo empezó su tanda de chistes diciendo:
-
“Good Morning! Mejor que nos acostumbremos a hablar en inglés
¿no?”
No
lo dejaron decir mucho más. Fueron al corte publicitario y el
señor no trabajó nunca más en televisión. Pero ese no fue
el único. Mi propia madre, normalmente a la vanguardia de la
corriente de la opinión pública, se mostró apátrida, escéptica y
anti belicosa.
-
“¡Menos mal que tenés solo quince años!”, me dijo.
“Porque si entraras en la conscripción para esta guerra loca te
llevo al Paraguay a esconderte!”
-
“¿Yo esconderme de mi deber patriótico? ¡Sobre mi
cadáver! Lástima que no tengo más de dieciocho años”, le
contestaba, “¡porque si no me enlistaba de voluntario!”
Pero
los precavidos, dudosos y pesimistas eran una minoría diminuta y
timorata, razón por la cual, tal vez, dolía tanto que mi madre se
encontrara entre ellos. Si las tenían, pocos se atrevieron a
expresar reservas en lo que era una causa incuestionable. ¡Ya
estábamos embarcados en ella, más allá de las probabilidades de
éxito! Las dudas no ayudaban a resolver nada y mostraban
flaqueza ante el enemigo. Sospecho que muchos de los pacifistas, los
que enfatizaban la necesidad de llegar a un acuerdo diplomático, o
abogaban traer a nuestros muchachos de vuelta a casa habiendo logrado
atraer la atención de las naciones del mundo a nuestra causa justa
para buscar una salida pacifica, temían las consecuencias del curso
en que estábamos embarcados y se tiraron a expresar sus reservas por
ese lado, para no decir nada disonante con sus convicciones pero
tampoco ser tachados de apátridas.
Todos
menos dos de mis modelos de la adolescencia, que parecieron
decepcionarme en esta cuestión con planteamientos frontales: mi
madre y don Raúl Alfonsín, líder de la Unión Cívica Radical, a
quién todavía no conocía pero cuya posición en este y otros
asuntos nacionales se ganó la admiración reverencial de mi
juventud, y a quien todavía hoy reconozco junto a Arturo Illia entre
los pocos hombres de bien, honestos caballeros y líderes benévolos
de nuestra historia política, tan llena de buitres populistas,
harpías delusorias y hienas rapaces. Ambos se opusieron frontal y
abiertamente a la guerra y la denunciaron como un intento de
reanimación de una dictadura militar en bancarrota moral, que en
definitiva fue un diagnóstico certero y presciente de lo que es hoy
el veredicto consensual de la historia, al contrario del resto de los
argentinos, desde los más colaboracionistas hasta los más
combativos, que nos dejamos engañar por el humito delicioso del
chorizo sin darnos cuenta que era casi cien porciento grasa.
El
resto, que días atrás cantábamos canciones de protesta indignada
contra la prohibición de cualquier cosa, los que denunciábamos la
quema de libros de García Marquez y Pablo Neruda por los bárbaros
que pensaban que sus historias de realismo fantástico y versos de
amor engañarían nuestra juventud a abandonar el “más tradicional
acervo espiritual de Dios, Patria y Hogar”, dábamos vítores de
alegría cuando la junta prohibió la difusión de música en inglés.
Excitado por esta medida, Raúl Malcovich hizo rarísima causa común
con el gobierno y, seguro que la prohibición de otros medios de
“invasión cultural” del enemigo imperialista seguiría
naturalmente, se le ocurrió organizar una quema de libros
extranjeros en la vereda del colegio, libros ingleses, yanquis y
todos los otros “imperialistas que con la mano derecha habían
usurpado el territorio nacional y nos habían relegado al atraso
económico”, según nos incitaba con sus discursos hechiceros,
“mientras que con la izquierda se alzaban con nuestras riquezas
naturales”. Lo único que aseguró el fracaso de su iniciativa fue
que nadie se atrevió a robárselos de la biblioteca porque todavía
no habíamos perdido el miedo, y como los libros de cualquier
proveniencia eran muy caros, si alguien poseía alguno nadie se lo
ofreció para que le penda fuego.
Tuvo
su inesperado lado bueno: gracias a esa temporaria veda descubrimos
todo una constelación de grandes músicos del rock nacional
desconocidos, ignorados o proscriptos hasta entonces, cuyas canciones
se popularizaron y ganaron su merecido lugar en nuestra cultura
gracias al agujero que dejó la música extranjera en los medios de
comunicación masiva, que forzó a las radios de la época a llenar
horas de programación con un cancionero tan limitado que se vieron
forzados a tocar los temas menos controvertidos de artistas
prohibidos (porque los artistas de talento que cantaban en castellano
estaban prohibidos casi todos) para evitar pasar las veinticuatro
horas las mismas canciones imberbes de Palito Ortega. Para no entrar
en contradicciones incómodas, sin embargo, reemplazaban los nombres
artísticos de los músicos por los que figuraban en sus partidas de
nacimiento, de tal modo que la desconocida Maria Celina Parrondo
tenía el mismo talento, la misma voz y cantaba las mismas canciones
de la famosa Marilina Ross, pero ésta, sorprendentemente, no le
hacía juicio por plagio.
Sesenta
mil personas fueron a un recital en Obras en beneficio de nuestras
tropas, y por primera vez en sus veinte años de historia la música
de rock argentino tuvo el apoyo irrestricto de los medios de
difusión, que hasta entonces los habían honrado sólo con la
indiferencia, y cuando no, con listas negras. Pedro y Pablo,
que estaban prohibidos por sus canciones de protesta, subieron al
escenario en su alter ego de Cantilo-Durietz, y la interpretación de
su canción intitulada “La Gente del Futuro”, ni de sus más
famosas ni de sus más controvertidas, se convirtió instantáneamente
en un himno de aliento a la juventud de nuestra generación, que
luego de tantos años de marginación proveyó uno de los dos
momentos más profundos y trascendentes de la noche, y despertó
tantas emociones fuertes como si hubieran cantado la “Marcha de la
Bronca”:
“El
tiempo se acaba,
El
siglo se va,
Frenética
avanza
La
era nuclear.
El
grito de un hombre
Se
pierde entre mil
Y
nacen los jóvenes
Del
año dos mil
Esta
es la gente
Del
futuro
Y
este presente
Tan,
tan duro
Es
el material
Con
que edificaremos un mañana total”
¡Esos
jóvenes éramos nosotros! ¡Alguien nos había notado! Para el año
dos mil tendríamos treinta y tres años, la edad de Cristo en su
crucificción. ¿Qué país nos esperaba entonces? ¿Era posible
que en esta nueva Argentina los débiles de espíritu heredaríamos
nuestro futuro después de todo?
El
segundo momento que marcó para siempre el curso de la música
popular y el inconciente colectivo de los argentinos fue la
interpretación de la canción de León Gieco, hasta entonces casi
desconocida pero cuyas palabras y melodías, reminiscentes a la
música y la poesía de Bob Dylan, se convirtirían en una
advertencia profética de la inminente pérdida de nuestra ingenuidad
colectiva, y torturarían las memorias de nuestro apoyo a toda esa
locura por el resto de nuestros días:
“Sólo
le pido a Dios
Que
la guerra no me sea indiferente
Que
es un monstruo grande y pisa fuerte
Toda
la pobre inocencia de la gente”
El descubrimiento de la música que sería emblemática de los años más felices de mi juventud y continuaría dándome placer en las décadas que siguieron fue lo único que rescato, sin embargo, del episodio vergonzoso que fue mi apoyo a la prohibición de la música extranjera y a las incitaciones de Raúl a quemar los libros de autores que se convertirían luego en mis héroes literarios, sin los cuales mi vida hubiera sido menos rica y emocionante. Todavía me da autodesprecio recordar cuán fácil me resultó dejar de lado mis convicciones mas profundas bajo el efecto seductor de emociones fuertes como el patriotismo, el miedo, el odio y la radicalización, que me despojaron de mi humanidad y mi orgullo de hombre. Juré nunca más dejarme encandilar por abstracciones de más envergadura que la vida de un solo niño abandonado, de una sola mujer desprotegida, o una sola injusticia. Juré nunca dejarme conmover por la exaltación de la Patria, o el Reino de Dios, o la Justicia del Pueblo, o cualquier otra causa que me ofrezca glorias tan infinitas que en su nombre sea justificable quemar los libros que la ponen en tela de juicio, o torturar alegremente a sus apóstatas, o apurar su inevitable triunfo decimando a sus enemigos, o robándoles sus niños para que no los contaminen, o destruyendo en un instante lo que a otros les ha llevado una vida construir. Hasta ahora ha sido la inoculación más eficaz que nunca figuró en el “carnet de vacunaciones” que debíamos mantener en el Colegio, inmunizándome de por vida contra cualquier incitación a la violencia, la intolerancia, el fanatismo y la radicalización, moderándome en todo menos en mi aprecio por la libertad individual y la justicia de los hombres libres.
Pero
estas sobriedades vinieron después, cuando nos dimos cuenta que los
ingleses nos harían frente, que naciones aliadas tenían sus propias
relaciones con nuestros enemigos y se harían a un lado o nos
abandonarían, y comenzaran a sumarse las bajas entre nuestros
soldados, tantos de los cuales murieron en el hundimiento del buque
que llevaba un nombre tan emblemático para nuestro Colegio, el
General Belgrano, sepultado en el fondo del Atlántico Sur, su
barriga llena de nuestros pibes, víctimas de nuestra vanagloria
patriótica y confusión entre los deportes del fútbol y la guerra,
tanto como del torpedo ingles que perforó su casco hiriéndolo de
muerte.
A
ellos les pido: ¡Perdón! Perdón a los que murieron, a los que
fueron heridos, a los que sufrieron de hambre, miedo y frío en esas
islas al fin del mundo; en nombre del muchacho inconciente que fui:
¡Perdon! Perdon por mí, y por los otros, los que hoy sepultan la
verdad y perdieron la vergüenza, los que insisten que ellos siempre
estuvieron en contra de la dictadura militar, que ellos siempre se
opusieron a la guerra, que siempre supieron que terminaría en
nuestra humillación y derrota, y se olvidan de cuan delicioso sabía
el humito de la salchicha y cuán entusiastas gritaron “¡Queremos
comer, comer, comer!”, los que se olvidan con cuanta
despreocupación cantaron “Lo vamo’ a reventar” y “traigan al
principito”, y especularon que el Imperio Britanico estaba en el
ocaso de su fulgor, y falto de amigos en nuestro rincón del mundo
para arrebatarnos las Malvinas, y estuvieron, como yo, dispuestos a
apostar la sangre de los hijos, los hermanos y los parientes de otros
en demostrar que sus especulaciones eran plausibles. Perdon a los
padres que no pudieron ver a sus hijos convertirse en hombres, perdón
a los niños que no nacieron de esos hombres. ¡Perdón! ¡Perdón!
¡Perdón!
No hay comentarios:
Publicar un comentario