Derechos de autor de Diego Gotthelf, comentarios Romina 18-02-2014
Hay una versión posterior en la que le hicieron caso en algunas cosas, pero igual dejo todos mis comentarios. La versión posterior todavía está rara en cosas importantes, aunque la parte japonesa quedó graciosa.
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Capítulo nuevo.
¡INÉDITO!
¡INÉDITO!
DESAFOROS, TRAVESURAS, EXCESOS Y DESTROZOS.
Para el quinto año (de los seis de secundaria)
Una vez más habían eliminado divisiones
Las crueldades de Chiappella, la Garcha y el resto de la banda de Robespierres de la dictadura eran un mal recuerdo
A los profesores más chicatos o despistados, por ejemplo, los embaucábamos haciendo machetes de la lección de ese día en una o dos hojas de fotocopiadora, en letra legible sólo de cerca, excepto por el título en letras grandes y llamativas diciendo "Olimpíadas 1984" o "Anuncio" o alguna otra cosa inocua por el estilo, que pegábamos entre los otros carteles en la pared al lado del pizarrón. Cuando el profesor llamaba al frente a dos o tres a dar la lección al comienzo de la clase, nadie se sacaba una mala nota por no haber estudiado, siempre y cuando supiera dónde pararse, tuviera vista aguda y pudiera maniobrar sin ser descubierto.
Un día nos tocó a Daniel Alhadeff y a mí hacer una presentación de Cultura Japonesa para toda la clase. Decidimos ponerle un poco de pimienta a nuestra actuación componiendo una obra de música folklórica original, para no tener que tomarnos el trabajo de buscar algo auténtico. Aflojamos las cuerdas de su guitarra, dimos vuelta las cacerolas de su cocina y colgamos una gran sartén de un piolín como gong. En la habitación de su hermano ya casado encontramos un bombo tehuelche. Practicamos algunas notas en una flauta dulce que nos quedó desde el primer año de Música. Con esta orquestación grabamos un dúo que todavía hoy vive en la infamia. Entre desafinadas notas de cuerdas de guitarra, desacordes de flauta e irregulares irrupciones de la percusión de nuestra batería (de cocina) y bombo, logramos un sonido reminiscente a la atmósfera de incienso y salmodia de un templo taoísta. Usando este acompañamiento musical recitamos a dueto alternado un sanateo de memeces gangosas que consideramos podía pasar por japonés, intercalando de vez en cuando los nombres profanos de los jugadores de fútbol del equipo del "Sol Naciente", que sacamos de una postal que vendían en aquella época en los negocios de suvenires y curiosidades de la calle Lavalle.
Una vez en clase hicimos gran alarde de nuestro conocimiento de la cultura nipona, contando a la audiencia de nuestros compañeros, profesora y dos asistentes (jóvenes estudiantes
Durante una hora mantuvimos a nuestra audiencia en un trance de fascinación por el fulgor de esta cultura incomparable. La larga amistad entre Daniel y yo hizo que supiéramos complementar habilidades personales dispares con un "timing" que hubiera sido la envidia de Dean Martin y Jerry Lewis, contrastando la agudeza de mis interjecciones y manejo del material gráfico con su carisma para relatar el libreto de la presentación, con esa pinta y autoconfianza que sedujo a mujeres y varones por igual. Al final de nuestra perorata, tres minutos antes del timbre de recreo, sacamos a relucir el pasacasetes y deleitamos a nuestra audiencia con el broche de oro de la presentación:
- "Para terminar", anuncié con seriedad de concierto e intentando copiar el estilo de Marcos Mundstock de Les Luthiers, "tenemos un ejemplo típico de música 'Gagaku', antigua forma de entretenimiento de la corte japonesa en Kyoto y forma clásica del arte musical japonés. Está ejecutada con típicos instrumentos: 'ryuteki', un tipo de flauta traversa (¡la flauta dulce!), 'biwa', un laúd de cuatro cuerdas típico de composiciones narrativas (¡la guitarra desafinada!), y finalmente percusión de "shoko", gong con un martillo de cuerno, 'kako' y 'tsuri dako', tambores con palillos de madera y palo acolchado en cuero (¡nuestra batería de cocina!)".
La grabación comenzaba con una introducción de guitarra desafinada y flauta, que preludiaron mis primeras palabras, recitadas en una imitación de japonés en una voz afectada e irreconocible:
- "Tuculito Sakayama", dije claro como las campanas de la Catedral, seguido por otras memeses acentuadas por toques de gong, guitarra desafinada y divagues de flauta.
Los primeros momentos de la canción transcurrieron en silencio,
- "Tuteta Sekae", seguido por más ñoñeras, percusión sin ningún ritmo, toques de gong sartenoso y rematado por un "Mekomo Tumoco" a ritmo de guitarra desafinada.
Para entonces alguno que otro, que nos conocía, se avivó de lo que estaba sucediendo y se reía, incrédulo, a carcajadas. Entonces fue mi turno en el dueto pregrabado. Empecé de vuelta con un par de líneas sin sentido, pero intercalando:
- "Minabo Taduro", seguido por un solo de flauta, rematando con "Nokojo Sinfolo".
Las risas se volvían ya generalizadas, pero más bien por la ridiculez de la música que el doble sentido de la letra, sin que la mayoría se haya dado cuenta que la grabación era trucha, porque hasta yo me sorprendí cómo, en el contexto de nuestra clase, parecía tan plausible. Llegó la estrofa final, a cargo de Daniel:
- "Yaminabo Nokamina”... seguido por una estrofa de sinsentidos que remató en, nuevamente claro para el que supiera escuchar, "Nisaka Nipone".
- "¡No se rían de otras culturas, chicos! ¡Qué maleducados!"
Pero las travesuras legendarias se reservaban para un período muy particular del ciclo lectivo. La restauración de la democracia permitió el regreso de otra de las tradiciones centenarias del Colegio: la Vuelta Olímpica, fiesta de excesos que marcaba el fin del año escolar. Su nueva era había comenzado el mismísimo día después de la elección de las nuevas autoridades democráticas, con el escrache de Kember Urquiza. En esa gloriosa fecha, que brilla eterna en la memoria de todos los que tuvimos el privilegio de vivirla, asaltamos la puerta del presidio, tomamos prisionero al Prefecto, profanamos la dignidad del grandioso Hall de Entrada con un manto humillante de harina y el fusilamiento de la más alta autoridad disciplinaria a huevazos. Ni los héroes y patriotas de la Bastilla podían contar un cuento de semejante gloria.
Ese escrache se hizo leyenda, y su recuerdo elevó a la Vuelta Olímpica a un nivel de fiesta patria. El recuerdo del acto de venganza justiciera con que derrocamos a la manga de verdugos, sepultureros y embalsamadores que habían aterrorizado nuestros años de inocencia adolescente quedó incorporado al folklore y la leyenda del Colegio de la Patria. La costumbre anual de convertir el fin del año escolar en un carnaval de enchastres, travesuras y desaforos se convirtió así en una obligación ciudadana que sigue siendo tradición hasta el día de hoy.
Las autoridades del Colegio, por el otro lado, no eran tan devotas de ese carnaval. Encima de todas las obligaciones administrativas de cerrar el año lectivo, presupuestar el siguiente, corregir pruebas y calcular notas para ver quién aprobaba y quién tendría que rendir examen recuperatorio en diciembre, tenían que mantenerse un paso al frente de infatigable creatividad de los más zafados, que hacían de los últimos días de clases una constante alerta roja de bombas de olor, petardos en los baños, guerras de huevos y harina, guerras de comida en el comedor y otros enchastres.
La Fernández era una de esas profesoras que no sabían cómo mantener el orden, y sus clases de biología invariablemente terminaban en el caos sin que nadie pudiera recordar al final qué habíamos aprendido. El quilombo empezaba desde el momento en que llegaba al laboratorio, cuando seleccionaba grupos de alumnos para hacer alguna disección o mirar algo en el microscopio. Llamaba de la lista de asistencia:
- Espíndola.
- ¡Presente!, contestaba el gallego con un vozarrón.
- Kohan.
- ¡Presente!, decía Martín en barítono.
- Shukman.
- ¡Presente! contestaba Shuki en una vocecita afeminada.
Y toda la clase se moría de risa como si fuera la primera vez, y no la número ochocientos. Pero al contrario de las otras ocasiones se puso muy mal ese día. ¡Pobre Shuki! diecisiete años (casi dieciocho), veinte centímetros de altura más que el primer día de clase y todavía el Tripas tenía justificación para cargarlo por hacerse la
Uno de los experimentos de ese año había sido la incubación de dos huevos de gallina,
En la última semana de clases el ambiente de travesura ya estaba cayendo en el descontrol. El lunes aparecieron pegados unos misteriosos afiches, bastante profesionalmente hechos con dibujos de Nik, leyenda humorística de la revista Humor Registrado y el diario La Nación, con una caricatura de Sanguinetti con cuerpo de gallina y Sotomayor con cuerpo de gallo reclamando:
"Libertad a los Presos Políticos
Elecciones Libres:
¡Mondragón a la Rectoría
Sanguinetti Ordenanza!
Al día siguiente el Tripas se puso a repartir volantes con la misma consigna. Recordé que Nik era su tío y me reí sólo de darme cuenta de quién estaba atrás de esta broma, que no me cupo duda estaba a punto de convertirse en una de las típicas pesadas suyas, pero nunca me imaginé traería semejante cola. Durante uno de los recreos de ese día se empezaron a congregar alumnos en el claustro para armar una demostración, en la que la muchedumbre de alumnos reclamaba con cánticos:
"Vea vea que cosa más bonita,
Sanguinetti a barrer y Mondragón a la rectoría!"
o
"Sanguinetti, gorilón,
salí de rectoría
que es la casa de Mondragón".
En el último recreo de la tarde la muchedumbre se hizo más numerosa y enardecida. No tuvieron mejor idea que avanzar con su demostración sobre la rectoría. Bajo cubierta de la turba, el Tripas sacó una lata de pintura en aerosol negra y escribió en la pared:
"¡Mondragón a la Rectoría
Sanguinetti Ordenanza!"
Al quedar visible la pintada Sanguinetti ordenó, sabiamente, creo yo, que cerraran las puertas de su oficina. Alguien gritó:
- "¡Libertad a los Presos Políticos!"
Y otro:
- "¡Libertad a la Gallina Sanguinetti!"
- "¡Libertad al Gallo Mondragón"
Y todos salimos corriendo hacia los laboratorios de biología, donde tenían a los prisioneros de conciencia. La Fernández estaba sentada en el escritorio, preparándose para la próxima clase cuando decenas de alumnos
En patota fuimos al patio central, donde hicimos un círculo alrededor del Tripas, que tenía al gallo, y Martín Kohan, que tenía a la gallina, e intentaban armar una riña. Cuando los largaron al piso, el gallo se quedó quietito paralizado por el miedo, pero la gallina empezó a dar vueltas, desesperada, poniendo un huevo tras otro, pero ¡sin cáscara! Fue una de las cosas más bizarras, y todos nos matamos de risa del terror de la pobre gallinita, mientras cantábamos la canción de Gaby, Fofó y Miliki:
"La gallina turuleca
Ha puesto un huevo, ha puesto dos ha puesto tres
La gallina turuleca
Ha puesto cuatro, ha puesto cinco, ha puesto seis
La gallina turuleca
Ha puesto siete, ha puesto ocho, ha puesto nueve
¿Dónde está esa gallinita?
Déjala, la pobrecita
¡Déjala que ponga diez!"
Nuestra gallina turuleca debe haber puesto por lo menos veinte huevos en cinco minutos, porque el timbre de clases ya había sonado, pero nadie fue a la lección. Sólo cuando Pancho Azamor vino al patio central nos tranquilizamos, y bajo sus retos nos fuimos todos a clase, dejando a los dos bichos en el patio.
Al final de esa tarde Sanguinetti llamó a la rectoría a los cabecillas de la revuelta
El regreso a la escuela, en el penúltimo día de clases, demostró que la suspensión había servido sólo para reagrupar a las fuerzas del desorden. En el recreo, se empezó a correr la bola que un escuadrón de quilomberos habían aprovechado el día de franco para hacer un paracaídas casero y planeaban "liberar" una vez más al Gallo Mondragón, y efectuar su escape mediante un salto con dicho dispositivo desde la ventana del laboratorio en el segundo piso hacia el patio central, como si el colegio fuera el Castillo de Colditz y el gallo Mondragón un prisionero de guerra aliado
- "¡Libertad al Gallo Mondragón."
- "Aparición con vida de la Gallina Sanguinetti."
Hasta que vimos la cara de atorrante del Tripas asomarse por la ventana y saludar en el gesto de manos cruzadas a un lado del pecho, como el de Alfonsín, enardeciendo a la muchedumbre del patio que lo vitoreaba y celebraba su picardía con gritos y silbidos.
Treinta segundos después vimos caer al Gallo Mondragón, atado a un arnés casero de piolas, arrastrando tras de sí un paracaídas hecho con una bolsa de residuos cortada en forma circular, atada en varios puntos al arnés. Voló por el aire sin flotar, en picada. Ni el paracaídas ni sus alas le proporcionaron al gallo suficiente resistencia al aire para permitirle aterrizar ileso, ni tan poca como para ahorrarle sufrimiento con una muerte instantánea. Se desplomó, más bien, en un limbo entre la vida y la muerte, y terminó despatarrado en el suelo con dos extremidades rotas y varios órganos internos arruinados, en grotesca agonía, que hubiera en cualquier otra situación sido tristísima de observar, pero que en las circunstancias de fin de año, cuando todos teníamos la ropa deshecha y las caras pintadas en una atmósfera de carnaval y grotesco, causó infinitamente más gracia que pena. Sin embargo presentimos que este acto no quedaría impune, y salimos todos escabullidos hacia nuestros claustros impidiendo una investigación de los hechos y el castigo a los culpables. Según nos enteramos después, el gallo Mondragón tuvo que ser sometido a una eutanasia de emergencia, y allí quedaron su carrera política y sus sueños de gloria a cargo de la rectoría.
Esa tarde solos en nuestra aula del primer piso esperando que viniera un docente que se retrasaba, Boby Montes le hizo notar al Tripas que uno de los pupitres se había desatornillado del piso y estaba suelto.
- "¡A que no te animás a tirarlo por la ventana, Tripas!", le dijo en una ocurrencia.
- ¡No seas boludo, me van a expulsar!
- "¡¿No te animás a tirarlo por la ventana, Tripas?!", le preguntó Vierja Gomez, sorprendido.
Por primera vez lo vi al Tripas incómodo con una joda, y todos los que fuimos en algún momento víctimas de sus chistes olimos sangre, y nos desaforamos.
- "¡No sean boludos, es un suicidio!", protestaba el Tripas, jaqueado y angustiado.
Vierja empezó a repetir:
- "¡Que lo tire! ¡Que lo tire! ¡Que lo tire!"
Y nos fuimos prendiendo uno a uno hasta que toda la clase gritaba:
- "¡Que lo tire! ¡Que lo tire! ¡Que lo tire!"
Y el Tripas estaba desesperado, el blanco de las sorna de toda la clase por primera vez en la secundaria, la humillación del bardeo de sus pares a los cuales siempre había conseguido manipular hábilmente, como un rictus en la cara.
De su banco, o de la nada, como en un trance sonámbulo, Shuki caminó entre los gritos con ojos grandes y desenfocados como un zombi, sin parpadear. Agarró el banco y lo levantó sobre su cabeza, como si fuera el Increíble Hulk. Los gritos callaron y todos lo miramos incrédulos. Con el banco levantado, dio los dos o tres pasos necesarios y, sin mirar a ver si había alguien abajo, lo tiró por la ventana. No escuchamos nada por un segundo, pero luego hubo un ruido infernal, que podría haber sido una bomba: el banco estrellándose contra el piso. Todos corrimos a la ventana, y vimos con nuestros ojos lo que no podíamos concebir: el pupitre en pedazos sobre las baldosas del patio.
Fue una locura, una animalada, una salvajada que nadie se imaginó que fuera posible, ni del Tripas y menos de Shuki, que era un pibe tranquilo, estudioso, que nunca había hecho nada remotamente travieso. Era tan flaquito que a duras penas hubiéramos podido imaginarlo capaz de levantar el borrador, ni pensar en el pesadísimo banco de hierro y madera dura, y menos arrojarlo al vacío. Nos quedamos todos duros, y ahí se acabó la joda. Shuki volvió a su banco y se sentó mirando al frente, sin decirle nada a nadie. Por primera vez esa semana nos quedamos todos quietitos, callados y boquiabiertos, sin saber si sentirnos más horrorizados o avergonzados del destrozo del que fuimos autores morales. ¿Cuáles serían las consecuencias?
Cuando vinieron las autoridades a hacer las averiguaciones del caso, sospechándolo al Tripas, Shuki enseguida confesó: levantó la mano con calma, y admitió todo:
"Fui yo, señor. Yo tiré el banco por la ventana porque Stirparo no lo quería tirar", confesó Shuki, la voz más grave, tal vez por la sobriedad del momento y la incertidumbre del castigo.
Al principio no quisieron creerle. Nadie quería decir nada, pero cuando increparon al gallego Espíndola a decir lo que sabía Shuki lo retó en una voz alta, gruesa y autoritaria:
- "Decí la verdad, Espídola. Deciles que fui yo y nadie más."
El gallego asintió cabizbajo. Intimaron a varios testigos más y entonces se aceptó que Shuki, el muchacho más tranquilo, más dócil y menos capaz era el culpable de la transgresión inaceptable. Se lo llevaron a la rectoría, y antes que se dieran por terminadas las clases ese mismo día 24 horas antes de lo anticipado, las autoridades vinieron a darnos una charla para llamarnos a la reflexión. A nuestra división le tocó el jefe de preceptores, quien llamó a la calma:
- "El pupitre cayó justo afuera de mi oficina", se quejó. "¿Qué hubiera pasado si justo yo asomaba la cabeza?"
Tenía razón. Yo recordé la sensación horrible de pensar que iba a caer encima de alguien y me imaginé la cabeza del hombre rodando por el patio central. No me pude sacar esa imagen de la mente hasta el otro día, tal fue la impresión que me dio el incidente.
Si hubiera sido otro por ahí lo expulsaban, pero Shuki había confesado, tenía un prontuario libre de amonestaciones, así que, en su lugar, lo dejaron libre. Tendría que rendir todas las materias antes del comienzo del próximo año escolar. Si le quedaban más de dos repetiría el año en otro colegio. Si le quedaban más de una se convertiría en una de las tantas bajas, víctima de la atrición. Luego de haber llegado a 24 horas de tener asegurado un diploma del Colegio Nacional de Buenos Aires, ya que ningún otro tenía sexto año, se recibiría con el diploma de otro de menos renombre. Varios compañeros trataron de convencerlo de que el incidente no meritaba un castigo tan severo. Los delegados del Centro de Estudiantes lo apretaron todo lo que pudieron para que los deje mediar en el asunto frente a Sanguinetti. Shuki no escuchó a nadie. Él había tirado el pupitre por la ventana sin que nadie lo obligara. Se había mandado la macana y pagaría sus culpas como un hombre.
Estudió como loco y, contra toda expectativa, con el aliento y la ayuda de todos sus compañeros pasó todas las materias. Volvió al Colegio el primer día de sexto año cambiado: se lo veía menos nene, más hombre, y ya no tenía la misma vocecita. Nadie jamás se atrevió a cargarlo. Yo diría que nadie se rebajó a cargarlo. Si había cola en el kiosco, si caminaba por los claustros, si no había lugar en la mesa del Refectorio, la gente se hacía a un lado para dejarlo pasar a Shuki. Su nombre y su historia se hicieron leyenda en los anales del Colegio Nacional de Buenos Aires.
Muchos años después estuve de viaje por Nueva York, donde conocí un argentino unos diez años menor. Charlando con él nos dimos cuenta de que ambos éramos egresados del Buenos Aires. Intercambiamos historias e impresiones de nuestros años en los claustros verdes, entre las cuales me dijo:
- Cuenta la leyenda que alguien tiró un banco por la ventana, lo dejaron libre pero rindió todas las materias y se recibió de Bachiller en el Colegio igual.
- “¡Sí!”, contesté conmovido de pensar que seguía hablándose de la epopeya.
Pausé momentáneamente para recordar los acontencimientos de aquella Vuelta Olímpica loca de tantos años atrás.
- “Vos que sos más o menos de aquella época… ¿Te parece que será verdad?”, me preguntó.
Me arrancó una lagrimita por Shuki, mi buen amigo, con el que fuimos demasiado crueles. Pero me dio tanta alegría recordar que se hizo hombre levantando sobre su cabeza como un Atlas el peso celestial de cinco años de ser el blanco de las nuestras cargadas hirientes y tirando el fardo por la ventana, donde se rompió la humillación y la bronca en mil pedazos. Como un mítico Hércules criollo, había cometido una transgresión inigualada ni por los más quilomberos de la historia. Otros menos hombres que Shuki hubieran tirado la piedra y escondido la mano, pero él admitió su culpa, aceptó su responsabilidad y soportó el desafío de su condena a descender a los infiernos de Diciembre y Marzo. Allí debió completar las doce tareas imposibles del héroe: una por cada materia que debía aprobar antes del comienzo de las clases de nuestro sexto año. Contra estas labores titánicas capturar al Toro de Creta, el Jabalí de Erimanto o traer al Can Cerbero de las fauces de los infiernos hubiera sido un picnic. Pero Shuki había retornado de la morada de los muertos como el Ave Fénix, un Odíseo moderno regresando a la Ítaca del aula a recibir una bienvenida de héroe luego de hacer batalla en Troya, una hazaña jamás lograda por ningún otro prohombre en la memoria de los vivos.
Comentarios del capítulo
Viste, introdujiste a Shuki hace muchos
años como el de las cargadas, y ahora se entendió perfectamente su
“raye” después de 5 años de (con onda) bullying.
Las muertes de gallo y gallina entre cargadas de democracia pintaron perfectamente el período de estrés posttraumático que estaban viviendo todos.
Yo lo de la Iglesia lo sacaría, se fueron al carajo y no viene al caso, este capítulo es una oda al estrés posttraumático de vuelta a la democracia.
¿No era en quinto que tuviste a Azamor en Historia del Arte? ¿Te parece poner acá las clases de él de Historia del Arte y los comentarios sobre la Venus de Milo y todo eso? Para que lo pienses, quizás está mejor contextualizado acá que andar recordando quinto año en la parte del Proceso donde era todo tan diferente.
Las muertes de gallo y gallina entre cargadas de democracia pintaron perfectamente el período de estrés posttraumático que estaban viviendo todos.
Yo lo de la Iglesia lo sacaría, se fueron al carajo y no viene al caso, este capítulo es una oda al estrés posttraumático de vuelta a la democracia.
¿No era en quinto que tuviste a Azamor en Historia del Arte? ¿Te parece poner acá las clases de él de Historia del Arte y los comentarios sobre la Venus de Milo y todo eso? Para que lo pienses, quizás está mejor contextualizado acá que andar recordando quinto año en la parte del Proceso donde era todo tan diferente.
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