Derechos de autor Diego Gotthelf. Comentarios de Romina al 15-02-2014
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Juvenilia
La
primera reunión de Aristócratas del Saber a la que asistí se hizo
un sábado cuya mañana fui a jugar un partido de rugby Con quién? Con un club o con el colegio? En qué torneo? Quizás lo chusma me viene porque yo jugué al hóckey no sé pero es como que de la galera te sacaste jugador de rugby en
“Central Buenos Aires”, el club que habían fundado alumnos del
Colegio de la generación de mis padres, donde también enseñaba
Papuchi Guastella y aprendí a amar ese deporte. Fue un partido duro
en el que, como sucedía más frecuentemente de lo que me gustaría
admitir, nos batimos con gallardía pero nos pasaron por encima, y
donde los defensores tuvimos que arriesgar más que nuestra justa
parte de corajudos tacles y encontronazos fuertes con los atacantes
del equipo contrario, en los que recibimos más golpes y moretones
que gloria. Luego de una ducha con la que deshacerme del barro y las
lágrimas impotentes de la derrota necesité bastante preparación
mental para vencer mi timidez adolescente y juntar el coraje para
llamar a Poli, que me tenía que dar la dirección de la reunión, y
aún así no lo conseguí sin una pequeña dosis de lo que los
ingleses llaman 'coraje holandés', que es el que me dieron uno o dos
vasitos de cerveza tomados mientras almorzábamos con los muchachos
del equipo en un bar. Calmar las ansiedades con alcohol no era lo mío
a tan temprana edad, pero la idea de hablar con ella por teléfono me
era particularmente estresante por algún motivo misterioso, como si
intuyera que la línea podía ser más delatora de los sentimientos
que me inspiraba y que me causaban tanta vergüenza y timidez, así
que consideré que un poco de aliento alcohólico podría venir bien
para convencer a mis piernas cansadas y reticentes a dar los pasos
entre mi silla y el Suena más natural “desde mi silla hasta el teléfono público” teléfono
público, y a mis manos temblorosas a meter el cospel y marcar el
número.
Poli,
sin embargo, parecía genuinamente contenta de que hubiera llamado, y
ansiosa porque
viniera a la reunión donde se leerían mis notas y mi cuento, y se
determinaría si eran dignas de publicación en el próximo número
de Aristócratas del Saber que planeaban la Redacción y las
“atractivas chicas de diseño". A pesar de que
me explicó qué colectivo tomar, dónde bajarme y cómo llegar hasta
la casa donde se haría la reunión, igual decidí gastar la mitad de
mi semanalidad en tomarme un taxi, porque yo venía de vaya a saber
dónde que tenía su sede Central Buenos Aires y tenía que llegar
hasta Flores, Floresta o uno de esos barrios lejanos y misteriosos
que quedaban más allá de la casa del Tano Calegari en Caballito, y
que marcaban la frontera de mi mundo conocido. Riquillo. .
El tema es que llegué unos minutos tarde igual, y me dio un poco de
pena haberme perdido la ocasión de charlar con los colaboradores de
la revista antes de que
se haya llamado al orden y el silencio para comenzar la reunión,
pero se me pasó en cuanto me enteré que Poli me había reservado
una silla a su lado en el gran círculo que se había formado en el
living de ese caserón, y me sonrió cuando me senté tan cerca de
ella que tuve que hacer los acostumbrados esfuerzos por controlar mis
latidos y respiración, en lo que me dio una mano la chica de sexto
que había tomado la palabra, porque sin ser lo que diría bonita,
era esbelta, canchera y muy segura de sí, por lo que me pareció
bastante atractiva y distrajo mi atención.
Para
cuando me acomodé estaba en pleno discurso, contando a los
asistentes que, a través de un tío de uno de los compañeros que
era humorista, los miembros de la redacción habían hecho una visita
a la revista Humor Registrado, de lectura compulsiva para los
interesados en la política de aquella época, una especie de
Aristócratas del Saber de la nación, pero que al contrario de esta
última logró escapar mayormente el cepo de la censura, justamente
por utilizar la sátira como instrumento de crítica al gobierno
militar. De esa visita habían logrado obtener dedicatorias de los
caricaturistas más conocidos de la época, que mostraba con mucho
orgullo y pidió que votáramos a brazo levantado para decidir si se
publicarían en el próximo número, y me enteré así que la
publicación de notas en la revista era un asunto estrictamente
democrático en que los asistentes votaban cuáles entraban y cuáles
no, y éste primero fue el único voto unánime de esa tarde, porque
la revista Humor era leyenda y las caricaturas de sus humoristas, más
que material de redacción, eran tesoros.
Terminada
esta introducción, desde una esquina donde no lo había visto en mi
apuro al entrar, se levantó de su silla y tomó el centro de la sala
Raúl Malcovich, nuestro compañero de división, y aunque no puedo
decir que me sorprendió verlo en esa reunión, después de todo lo
que él había hecho para sensibilizarnos a combatir el régimen de
miedo del Colegio, igual su presencia en la revista y, peor, su
inesperada prominencia me desmoralizaron bastante, porque hasta ese
momento yo había pensado que Aristócratas del Saber era una cosa
que teníamos entre Poli y yo, algo excitante y peligroso en lo que
éramos cómplices secretos, y había albergado en mi corazón pocas
pero preciosas esperanzas de que tal vez fuera la génesis de una
relación romántica entre nosotros. Raúl la miró a Poli y pareció
dedicarle una de las pocas sonrisas que jamás le vi, que me reveló
tan claro Yo hubiera puesto “lo cual me reveló tan claramente...” como
si lo hubiera leído en una de sus adorables notitas que había
entrado a este mundo O este romántico mundo romántico
de la militancia furtiva de la mano de Raúl, que él (y no yo) era
su cómplice secreto, su mentor y confidente. Peor, quedó al
descubierto la triste realidad: que mis fantasías de asociación
secreta con Poli eran ilusorias, mis candorosos anhelos de intimidad
eran tontos y mis esperanzas de un romance ingenuas, porque era
evidente quién era el autor intelectual de toda esta aventura
clandestina, y quién un mero recluta inconsecuente. La sonrisa
cómplice de Raúl me hizo sentir nuevamente la amargura de la
derrota, y volvieron a doler cada uno de los golpes y moretones
recibidos en el partido de rugby de esa mañana, porque de los muchos
rivales que podían disputarse el cariño de Poli, pocos eran más
formidables que él.
La
chica le cedió su lugar en el centro del círculo con un respeto que
nunca me imaginé podría tener por mí en los próximos cien años
de militancia en la revista, a pesar de que él era un 'borrego' de
tercero y ella una diosa de sexto. Raúl tomó control de la reunión
con su acostumbrada autoconfianza, la misma con la que armaba y
ganaba todos los debates políticos en la vereda del Jardín Botánico
a la salida del subte, y reiteró a los presentes que Aristócratas
del Saber era una publicación clandestina, que las autoridades no
dudarían en tomar medidas contra aquellos que fueran descubiertos en
posesión de un ejemplar, ni hablar distribuyéndola entre los
alumnos o colaborando en su publicación, y recordó lo que siempre
repetía en nuestras charlas: que habían muchos compañeros y ex
alumnos desaparecidos y uno nunca sabía cuáles eran los peligros de
involucrarse, por lo que la confidencialidad era fundamental para la
protección de todos, y nos recordó el decálogo de reglas de
comportamiento a las que debíamos atenernos, como, por ejemplo, no
referirse a nadie durante nuestras reuniones por nombre, año o
división.
Entonces
dejó que uno de sus colaboradores de buena dicción y voz melódica
comience la lectura de las notas, los cuentos, los poemas y las
historietas, y para entonces la excitación de mi primera reunión en
Aristócratas del Saber hizo que se me pasara un poco la decepción
de haberme imaginado, brevemente, entrando al círculo afectivo de mi
primer amor, para encontrarme de golpe en Encontrarme “en” la hipotenusa “de” un triángulo la
larga y solitaria hipotenusa de un triangulo amoroso. Primero se leyó
una nota que transcribía los titulares del diario Le Itálicas por otro idioma yh también por ser el nombre de un diario Moniteur
tal como se sucedieron a medida que Napoleón Bonaparte avanzaba
sobre París luego de su destierro en la Isla de Elba:
-
“El monstruo escapó su destierro.”
-
“El Tigre se ha mostrado en el terreno. Las tropas avanzan
para detener por todos lados su progreso.”
-
“El tirano está ahora en Lyon. Cunde el temor en las calles
por su aparición”.
-
“El Usurpador está a 60 horas de marcha de la capital”.
-
“Bonaparte avanza con marcha forzada”.
-
“Napoleón llegará a los muros de París mañana”.
-
“El Emperador está en Fontainebleau.”
-
“Su Majestad El Emperador hizo su entrada pública y llegó a
las Tullerias. Nada puede exceder la alegría universal. ¡Viva el
Imperio!”
Nos
hubiera venido bien aprender las lecciones de esta impremeditada
ironía histórica entonces, porque unos pocos días después, cuando
las fuerzas argentinas desembarcaron en Malvinas y el Estado Mayor
Conjunto empezó a emitir sus infames “comunicados” de guerra,
los que nos reímos de la obsecuencia de la prensa parisina caímos
en una credulidad que fue, tal vez, más digna de ridículo; pero
parecería ser que hay ciertas lecciones que sólo se aprenden
cometiendo errores en carne propia, y en ese momento nos atuvimos
sólo a mofarnos de las falencias ajenas, y a aprobar su publicación. Poruqe como yo siempre digo, todos los cerebros funcionan de la misma forma, y si vos tuvieras todos los datos acerca de la vida de otra persona, no te reirías de nadie... Dio
la casualidad que la primera de mis varias notas candidatas a la
publicación siguió en orden de lectura al racconto
del
regreso triunfal de Napoleón al trono de Francia. Poli puso su mano
sobre la mía y le dio un apretujoncito cariñoso por unos instantes,
un gesto tierno que le devolvió el color a mis mejillas, me hizo
sentir un cosquilleo nervioso en las entrañas y me llevó a
cuestionarme si no me había equivocado y existía algo verdadero
entre nosotros, de mi parte ya bien entendido y de la suya al menos
un interés por mis talentos literarios, algo sobre lo que construir
una excusa con que achicar un poco más las distancias planetarias
que nos habían separado hasta unos pocos días atrás, y bajar la
altura del pedestal desde donde yo la confinaba a mirar mi
insignificancia.
Mi
nota hablaba de una diatriba del Quién es el popolisio? Tarea para la parte 2 Popolisio
contra las costumbres de los jóvenes de entonces, que terminó con
el viejo cuervo mofándose de nuestros hábitos de vestimenta, y
presumiendo saber que generaciones anteriores se morirían de risa si
nos vieran andar por la calle desharrapados con nuestros jeans y
zapatillas. Mientras se leía mi prosa yo miraba las caras de mi
audiencia en el círculo, notando con igual dosis de alivio y
entusiasmo que mostraban bastante interés en el tema, ya que el
“Popo” era un señor feudal con poderes de vida y muerte sobre
sus vasallos del claustro, cuyas mañas eran legendarias entre los
alumnos que habían pasado por sus cátedras a lo largo de los años,
y lucíamos con orgullo las cicatrices de sus tarascones. En las reuniones de la revista está perfecto que hables con metáforas, pero tenés que contar anécdotas que los introduzcan en los capítulos de la sección 2 Rematé
con una frase que decía algo así como que el Popolisio era tan
viejo que su juventud transcurrió en los orígenes más remotos de
la civilización, cuando todavía no se habían inventado los
pantalones y los jóvenes andaban en faldas, y que si pudiéramos
nosotros verlo al Popo en falda, entonces sí nos moriríamos de
risa. Sin causar una carcajada, mi ironía por lo menos desparramó
suficientes sonrisas como para que mi nota se aprobara por una
mayoría respetable.
Mi
primer triunfo de la tarde pasó casi desapercibido en el ritmo
frenético de lectura, pero fue para mí un logro capaz de rivalizar
la epopeya de San Martín en los Andes, un paso de significado
desproporcional en mi desarrollo, en la profundización de mi
experiencia de vida, y en la consolidación de mi capacidad de hacer
valer mis anhelos más profundos en este mundo en que me pertenecían
tan pocas de las cosas que codiciaba. Desde la más tierna infancia
había albergado sueños de ser escritor, inspirado por maestras que
abrieron mi mundo infantil al simbolismo poético de Saint Exupéry,
al mundo de capa y espada de los mosqueteros de Dumas, a la poesía
de María Elena Walsh, que más que ninguna otra me inspiró a
lanzarme a escribir versos propios. ¡Y mis esfuerzos se probaban,
finalmente, meritorios!
Mientras
se barajaban hojas y se preparaba la lectura de la siguiente nota,
cerré mis manos en dos puños victoriosos, que batí casi
imperceptiblemente manteniendo una discreta capa de frialdad
exterior, pero celebrando la publicación de mi primera obra
literaria a ojos cerrados con imaginarias burbujas de champán y
fuegos artificiales, un gesto que pasó desapercibido por todos menos
Poli, porque el sexto sentido de quererla tanto me hizo advertir el
calor intenso de su mirada sobre mi mejilla, y percibir la dicha
refrescante de su sonrisa afectuosa. Antes que atinara a abrir los
ojos acarició mi rodilla con el rayo fulminante de su mano, haciendo
correr remolinos de placer por todo mi cuerpo y demostrando mas allá
de toda duda humana que no hay miseria más profunda que amar a una
mujer, ni felicidad más completa que sentir el contacto de la mano
amada. Volteé la cabeza hacia ella y la miré inquisitivamente,
deseando con todas mis fuerzas descubrir que sus ojos albergaban las
mismas pupilas dilatadas que delataban mi anhelo de abrazarla, que su
garganta cobijaba el mismo nudo de juramentos de amor infinito, de
devoción eterna y total entrega que yo a diario ahogaba en mi
almohada, pero temiendo encontrar sólo rastros de ternura fraternal
con que despojarme de mis esperanzas tontas. Como era su costumbre
etérea, sin embargo, ella ya había apartado los ojos en un
movimiento sin costuras delatoras de lo que sentía por mí, ni para
bien ni para mal, y aunque su absorción en el acto de acariciar mi
rodilla sin apartar la vista del frente hablaba volúmenes de su
ternura, no decía nada de sus pasiones, dejando expuestas a mi
escrutinio sólo apariencias exteriores: la intoxicante curvatura de
su cuello, la delicada armonía de su nariz, la perfección de sus
mejillas, el perfume torturador de sus cabellos lacios como una
catarata. Todos esos estímulos fueron un consuelo temporario con que
soportar la acostumbrada deriva de no saber lo que pensaba de mí, lo
que sentía por mí, aunque mis esperanzas se multiplicaban porque
ahora le hacía frente a mi ignorancia con la nueva fe de esta
creciente intimidad, esta nueva familiaridad en la que el contacto
físico parecía tan natural entre nosotros, y me hubiera resultado
imposible que sus dedos no pudieran sentir las pulsaciones de mi
felicidad, y que ésta no le fuera, a su vez, placentera.
Dirigí
la vista al frente, siguiendo la dirección hacia donde ella parecía
perdida en pensamientos profundos (¡¿sobre mí?!), pero allí no me
encontré con el horizonte lejano que esperaba, sino con los ojos
filosos de Raúl, sentado en una silla, cruzado de brazos y piernas,
apretado de muelas, mirando la creciente intimidad entre Poli y yo
con dagas de furia azul. Su actitud no hizo más que confirmar lo que
ya se caía de maduro: que él también la quería, que no aprobaba
los avances vertiginosos de nuestra confianza y que a duras penas
podía contener su desagrado por la naturalidad con que Poli
desperdiciaba caricias de valor tan incalculable en mí, y todo esto
no hizo más que incrementar mi coraje para vencer la timidez y
arriesgarme a ganarme sus afectos, porque no me pareció posible que
Poli pudiera ser tan cariñosa conmigo, y tan cruel con Raúl, si lo
quisiera a él y no a mí. Ese no podía ser el orden natural de las
cosas, porque Raúl era carismático, pero frío y cortante como una
esquirla, mientras que yo era tímido y vacilante, pero de carácter
sensible y cariño sincero.
A
mi primer triunfo le siguieron más triunfos, más entrañables
apretujoncitos de mano de Poli y más dagas azules de Raúl dirigidas
directamente a mi pecho, sin que pudiera discernir cuáles de todos
éstos me causaron más alegrías y satisfacciones, hasta que toda mi
obra se había aprobado para aparecer en el próximo número de
Aristócratas del Saber y la reunión llegara a su fin. Entonces Raúl
tomó la palabra y cerró la tarde haciendo dos anuncios con
desacostumbrados titubeos y desconcentración. Primero, que la
Redacción había conseguido un lugar donde llevar a cabo el recital
que se venía planeando desde algunos encuentros atrás y comenzaban
a proponerse conjuntos y solistas para llenar el programa. Varios me
intrigaron al preguntar con ansiedad si él mismo cantaría en el
recital (¿Raúl cantaba?), a lo que asintió, y se llevó un aplauso
efusivo que le sonrojó aun más las mejillas. Segundo, comentó que
continuaban reforzándose los planes de resucitar el centro de
Estudiantes, la agrupación gremial de los alumnos del Colegio que se
fundó durante la generación anterior (de donde, entre otras cosas,
surgió el club Central Buenos Aires) pero que continuaba proscripto
desde el comienzo de la dictadura militar.
Al
final de esta maratónica sesión, donde se llenaron setenta y dos
páginas de notas para un número récord, estábamos todos exhaustos
pero en ánimos de celebrar, y yo más que nadie porque tendría más
notas a mi seudónimo que ningún otro de los contribuyentes de ese
número. Comandados por la mina de sexto y Raúl fuimos con todas las
chicas y muchachos a una pizzería de la zona, donde Raúl, con
visible aprehensión para alguien normalmente tan despreocupado por
conflictos internos, se disculpó (tenía un compromiso familiar
ineludible) y se fue como un condenado a muerte, dejándome solo con
Poli para maniobrar más cerca de ella si la oportunidad se me
presentara. Yo caminaba por nubes de algodón, y ya no sentía ni
cansancio ni fatiga, sino felicidad completa. Todos pedimos pizza,
algunos pidieron cerveza, y se armaron grandes conversaciones
cruzadas, donde hablábamos a los gritos, de esa manera que tenemos
los argentinos que da la sensación de que estamos al borde de irnos
a las manos, pero que para nosotros es la forma más sofisticada de
la comunicación: la polémica de bar. Varios compañeros me
felicitaron por mis notas y mi éxito, la felicitaron a Poli por
haberme invitado a participar, y los dos intercambiábamos sonrisas
cómplices, que me dieron finalmente la confianza de que
había leído mal la situación horas antes y éramos ella y yo,
después de todo, los protagonistas esta aventura destinada a
convertirse en historia de amor, ella Rosa Luxemburgo, yo su amante
Leo Jogiches, sus notitas las mil cartas de amor apasionado que le
escribiera entre los informes de sus agitaciones políticas, y Raúl
uno de los tantos berlineses que la cortejaban en vano. Yo no quería
que terminara esa tarde inolvidable, pero luego de una hora de
charla, comida y bebida, alguien empezó a recoger billetes para
pagar la cuenta, y uno a uno los comensales empezaron a irse a sus
casas, porque ya empezaba a caer la noche.
Poli
me preguntó si me venía bien que viajáramos de vuelta juntos, y
aunque yo le hubiera dicho que sí igual si ella viviera en la luna,
nuestras casas quedaban más o menos en la misma dirección, la mía
en Palermo y la de ella en Belgrano, así que pude encubrir mi
entusiasmo desmedido por la idea bajo un manto de obvia coherencia y
caballerosidad, porque el viaje involucraba caminar unas diez
cuadras, que no le permitiría recorrer sola, para después tomarse
el subte, combinar con la Línea D cerca del Colegio y viajar como de
costumbre hasta Plaza Italia, este último tramo el mismo que
hacíamos todos los días en bandada a la salida de clases. Era un
viaje de por lo menos una hora, la primera que pasaríamos juntos y
solos desde que yo no podía vivir sin ella.
Anduvimos
por las calles angostas del barrio en penumbra, bajo faroles tenues y
una luna redonda, entre caserones de una o dos plantas de estilos
tradicionales, como la casa donde tuvo lugar la reunión, que tal vez
hayan sido quintas en épocas más prósperas, para entonces caídas
de gracia junto con el poder adquisitivo de sus dueños originales,
yuxtapuestas a esos edificios de departamentos de setenta balcones y
ninguna flor que protestaba Baldomero Fernández Moreno. La
arquitectura cambalachezca nos bañaba alternativamente de luz de
luna y cálida sombra, entrecortada por el cruce de alguna avenida
luminosa y transitada. El barrio en su conjunto tenía el aire
arrabalero de la letra de un tango, cuya música hubiera podido
escuchar si no charláramos animadamente acerca de los excitantes
acontecimientos de la tarde, de mis notas, de los compañeros de la
división, del odiado preceptor, de los profesores, de las
olimpíadas. Recordé las crónicas del barrio de Flores, de Dolina,
y me pareció posible que aquellas calles pudieran ser el campo de
batalla entre las pasiones de los Hombres Sensibles y la razón de
los Refutadores de Leyendas, porque la luna nos miraba pasar con una
ceja levantada mientras el Ángel
Gris me susurraba al oído palabras incomprensibles:
“Uno
se enamora de los que tienen poder sobre uno; naturalmente las armas
de ese poder son la belleza, la seducción, el atractivo espiritual.
Cuando uno ve a una mujer que te dice ‘yo te voy a hacer sufrir’,
uno dice, ¡Caramba, las mujeres que no pueden hacerme sufrir, no me
interesan! El amor tiene un componente de dolor inevitable.”
Charlamos
en el subte, y mientras hablaba yo no sabía si mirar su boca o sus
ojos, porque no conseguía decidir en cuál de esas dos aguas dulces
ahogarme. Decidí entonces jugarme el todo por el todo, y cuando
subimos las escalinatas de Plaza Italia y llegó la hora de
despedirnos le di un beso. Ella se dejó besar, hasta que tuve un
presentimiento inquietante y me aparté para ver la expresión de sus
ojos. Esta vez no tuvo la destreza para evitar mi mirada inquisitiva.
- “Diego”, me dijo, “hace dos días que estoy de novia con Raúl.”
Comentarios
del capítulo
Qué
aburrido, de nuevo no tengo ninguno...
Hablando en serio: bien, de nuevo no tengo ninguno.
Hablando en serio: bien, de nuevo no tengo ninguno.
Cada vez estoy más convencida de que
definitivamente tenés que arreglar la primer parte para que la gente
llegue a esta parte de la historia.
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