martes, 28 de julio de 2015

ADS 3-3 Juvenilia comentarios 15-02-2014

Derechos de autor Diego Gotthelf. Comentarios de Romina al 15-02-2014


3-3


Juvenilia



La primera reunión de Aristócratas del Saber a la que asistí se hizo un sábado cuya mañana fui a jugar un partido de rugby Con quién? Con un club o con el colegio? En qué torneo? Quizás lo chusma me viene porque yo jugué al hóckey no sé pero es como que de la galera te sacaste jugador de rugby en “Central Buenos Aires”, el club que habían fundado alumnos del Colegio de la generación de mis padres, donde también enseñaba Papuchi Guastella y aprendí a amar ese deporte. Fue un partido duro en el que, como sucedía más frecuentemente de lo que me gustaría admitir, nos batimos con gallardía pero nos pasaron por encima, y donde los defensores tuvimos que arriesgar más que nuestra justa parte de corajudos tacles y encontronazos fuertes con los atacantes del equipo contrario, en los que recibimos más golpes y moretones que gloria. Luego de una ducha con la que deshacerme del barro y las lágrimas impotentes de la derrota necesité bastante preparación mental para vencer mi timidez adolescente y juntar el coraje para llamar a Poli, que me tenía que dar la dirección de la reunión, y aún así no lo conseguí sin una pequeña dosis de lo que los ingleses llaman 'coraje holandés', que es el que me dieron uno o dos vasitos de cerveza tomados mientras almorzábamos con los muchachos del equipo en un bar. Calmar las ansiedades con alcohol no era lo mío a tan temprana edad, pero la idea de hablar con ella por teléfono me era particularmente estresante por algún motivo misterioso, como si intuyera que la línea podía ser más delatora de los sentimientos que me inspiraba y que me causaban tanta vergüenza y timidez, así que consideré que un poco de aliento alcohólico podría venir bien para convencer a mis piernas cansadas y reticentes a dar los pasos entre mi silla y el Suena más natural “desde mi silla hasta el teléfono público” teléfono público, y a mis manos temblorosas a meter el cospel y marcar el número.


Poli, sin embargo, parecía genuinamente contenta de que hubiera llamado, y ansiosa porque viniera a la reunión donde se leerían mis notas y mi cuento, y se determinaría si eran dignas de publicación en el próximo número de Aristócratas del Saber que planeaban la Redacción y las “atractivas chicas de diseño". A pesar de que me explicó qué colectivo tomar, dónde bajarme y cómo llegar hasta la casa donde se haría la reunión, igual decidí gastar la mitad de mi semanalidad en tomarme un taxi, porque yo venía de vaya a saber dónde que tenía su sede Central Buenos Aires y tenía que llegar hasta Flores, Floresta o uno de esos barrios lejanos y misteriosos que quedaban más allá de la casa del Tano Calegari en Caballito, y que marcaban la frontera de mi mundo conocido. Riquillo. . El tema es que llegué unos minutos tarde igual, y me dio un poco de pena haberme perdido la ocasión de charlar con los colaboradores de la revista antes de que se haya llamado al orden y el silencio para comenzar la reunión, pero se me pasó en cuanto me enteré que Poli me había reservado una silla a su lado en el gran círculo que se había formado en el living de ese caserón, y me sonrió cuando me senté tan cerca de ella que tuve que hacer los acostumbrados esfuerzos por controlar mis latidos y respiración, en lo que me dio una mano la chica de sexto que había tomado la palabra, porque sin ser lo que diría bonita, era esbelta, canchera y muy segura de sí, por lo que me pareció bastante atractiva y distrajo mi atención.


Para cuando me acomodé estaba en pleno discurso, contando a los asistentes que, a través de un tío de uno de los compañeros que era humorista, los miembros de la redacción habían hecho una visita a la revista Humor Registrado, de lectura compulsiva para los interesados en la política de aquella época, una especie de Aristócratas del Saber de la nación, pero que al contrario de esta última logró escapar mayormente el cepo de la censura, justamente por utilizar la sátira como instrumento de crítica al gobierno militar. De esa visita habían logrado obtener dedicatorias de los caricaturistas más conocidos de la época, que mostraba con mucho orgullo y pidió que votáramos a brazo levantado para decidir si se publicarían en el próximo número, y me enteré así que la publicación de notas en la revista era un asunto estrictamente democrático en que los asistentes votaban cuáles entraban y cuáles no, y éste primero fue el único voto unánime de esa tarde, porque la revista Humor era leyenda y las caricaturas de sus humoristas, más que material de redacción, eran tesoros.


Terminada esta introducción, desde una esquina donde no lo había visto en mi apuro al entrar, se levantó de su silla y tomó el centro de la sala Raúl Malcovich, nuestro compañero de división, y aunque no puedo decir que me sorprendió verlo en esa reunión, después de todo lo que él había hecho para sensibilizarnos a combatir el régimen de miedo del Colegio, igual su presencia en la revista y, peor, su inesperada prominencia me desmoralizaron bastante, porque hasta ese momento yo había pensado que Aristócratas del Saber era una cosa que teníamos entre Poli y yo, algo excitante y peligroso en lo que éramos cómplices secretos, y había albergado en mi corazón pocas pero preciosas esperanzas de que tal vez fuera la génesis de una relación romántica entre nosotros. Raúl la miró a Poli y pareció dedicarle una de las pocas sonrisas que jamás le vi, que me reveló tan claro Yo hubiera puesto “lo cual me reveló tan claramente...” como si lo hubiera leído en una de sus adorables notitas que había entrado a este mundo O este romántico mundo romántico de la militancia furtiva de la mano de Raúl, que él (y no yo) era su cómplice secreto, su mentor y confidente. Peor, quedó al descubierto la triste realidad: que mis fantasías de asociación secreta con Poli eran ilusorias, mis candorosos anhelos de intimidad eran tontos y mis esperanzas de un romance ingenuas, porque era evidente quién era el autor intelectual de toda esta aventura clandestina, y quién un mero recluta inconsecuente. La sonrisa cómplice de Raúl me hizo sentir nuevamente la amargura de la derrota, y volvieron a doler cada uno de los golpes y moretones recibidos en el partido de rugby de esa mañana, porque de los muchos rivales que podían disputarse el cariño de Poli, pocos eran más formidables que él.


La chica le cedió su lugar en el centro del círculo con un respeto que nunca me imaginé podría tener por mí en los próximos cien años de militancia en la revista, a pesar de que él era un 'borrego' de tercero y ella una diosa de sexto. Raúl tomó control de la reunión con su acostumbrada autoconfianza, la misma con la que armaba y ganaba todos los debates políticos en la vereda del Jardín Botánico a la salida del subte, y reiteró a los presentes que Aristócratas del Saber era una publicación clandestina, que las autoridades no dudarían en tomar medidas contra aquellos que fueran descubiertos en posesión de un ejemplar, ni hablar distribuyéndola entre los alumnos o colaborando en su publicación, y recordó lo que siempre repetía en nuestras charlas: que habían muchos compañeros y ex alumnos desaparecidos y uno nunca sabía cuáles eran los peligros de involucrarse, por lo que la confidencialidad era fundamental para la protección de todos, y nos recordó el decálogo de reglas de comportamiento a las que debíamos atenernos, como, por ejemplo, no referirse a nadie durante nuestras reuniones por nombre, año o división.


Entonces dejó que uno de sus colaboradores de buena dicción y voz melódica comience la lectura de las notas, los cuentos, los poemas y las historietas, y para entonces la excitación de mi primera reunión en Aristócratas del Saber hizo que se me pasara un poco la decepción de haberme imaginado, brevemente, entrando al círculo afectivo de mi primer amor, para encontrarme de golpe en Encontrarme “en” la hipotenusa “de” un triángulo la larga y solitaria hipotenusa de un triangulo amoroso. Primero se leyó una nota que transcribía los titulares del diario Le Itálicas por otro idioma yh también por ser el nombre de un diario Moniteur tal como se sucedieron a medida que Napoleón Bonaparte avanzaba sobre París luego de su destierro en la Isla de Elba:


- “El monstruo escapó su destierro.”


- “El Tigre se ha mostrado en el terreno. Las tropas avanzan para detener por todos lados su progreso.”


- “El tirano está ahora en Lyon. Cunde el temor en las calles por su aparición”.


- “El Usurpador está a 60 horas de marcha de la capital”.


- “Bonaparte avanza con marcha forzada”.


- “Napoleón llegará a los muros de París mañana”.


- “El Emperador está en Fontainebleau.”


- “Su Majestad El Emperador hizo su entrada pública y llegó a las Tullerias. Nada puede exceder la alegría universal. ¡Viva el Imperio!”


Nos hubiera venido bien aprender las lecciones de esta impremeditada ironía histórica entonces, porque unos pocos días después, cuando las fuerzas argentinas desembarcaron en Malvinas y el Estado Mayor Conjunto empezó a emitir sus infames “comunicados” de guerra, los que nos reímos de la obsecuencia de la prensa parisina caímos en una credulidad que fue, tal vez, más digna de ridículo; pero parecería ser que hay ciertas lecciones que sólo se aprenden cometiendo errores en carne propia, y en ese momento nos atuvimos sólo a mofarnos de las falencias ajenas, y a aprobar su publicación. Poruqe como yo siempre digo, todos los cerebros funcionan de la misma forma, y si vos tuvieras todos los datos acerca de la vida de otra persona, no te reirías de nadie... Dio la casualidad que la primera de mis varias notas candidatas a la publicación siguió en orden de lectura al racconto del regreso triunfal de Napoleón al trono de Francia. Poli puso su mano sobre la mía y le dio un apretujoncito cariñoso por unos instantes, un gesto tierno que le devolvió el color a mis mejillas, me hizo sentir un cosquilleo nervioso en las entrañas y me llevó a cuestionarme si no me había equivocado y existía algo verdadero entre nosotros, de mi parte ya bien entendido y de la suya al menos un interés por mis talentos literarios, algo sobre lo que construir una excusa con que achicar un poco más las distancias planetarias que nos habían separado hasta unos pocos días atrás, y bajar la altura del pedestal desde donde yo la confinaba a mirar mi insignificancia.


Mi nota hablaba de una diatriba del Quién es el popolisio? Tarea para la parte 2 Popolisio contra las costumbres de los jóvenes de entonces, que terminó con el viejo cuervo mofándose de nuestros hábitos de vestimenta, y presumiendo saber que generaciones anteriores se morirían de risa si nos vieran andar por la calle desharrapados con nuestros jeans y zapatillas. Mientras se leía mi prosa yo miraba las caras de mi audiencia en el círculo, notando con igual dosis de alivio y entusiasmo que mostraban bastante interés en el tema, ya que el “Popo” era un señor feudal con poderes de vida y muerte sobre sus vasallos del claustro, cuyas mañas eran legendarias entre los alumnos que habían pasado por sus cátedras a lo largo de los años, y lucíamos con orgullo las cicatrices de sus tarascones. En las reuniones de la revista está perfecto que hables con metáforas, pero tenés que contar anécdotas que los introduzcan en los capítulos de la sección 2 Rematé con una frase que decía algo así como que el Popolisio era tan viejo que su juventud transcurrió en los orígenes más remotos de la civilización, cuando todavía no se habían inventado los pantalones y los jóvenes andaban en faldas, y que si pudiéramos nosotros verlo al Popo en falda, entonces sí nos moriríamos de risa. Sin causar una carcajada, mi ironía por lo menos desparramó suficientes sonrisas como para que mi nota se aprobara por una mayoría respetable.


Mi primer triunfo de la tarde pasó casi desapercibido en el ritmo frenético de lectura, pero fue para mí un logro capaz de rivalizar la epopeya de San Martín en los Andes, un paso de significado desproporcional en mi desarrollo, en la profundización de mi experiencia de vida, y en la consolidación de mi capacidad de hacer valer mis anhelos más profundos en este mundo en que me pertenecían tan pocas de las cosas que codiciaba. Desde la más tierna infancia había albergado sueños de ser escritor, inspirado por maestras que abrieron mi mundo infantil al simbolismo poético de Saint Exupéry, al mundo de capa y espada de los mosqueteros de Dumas, a la poesía de María Elena Walsh, que más que ninguna otra me inspiró a lanzarme a escribir versos propios. ¡Y mis esfuerzos se probaban, finalmente, meritorios!


Mientras se barajaban hojas y se preparaba la lectura de la siguiente nota, cerré mis manos en dos puños victoriosos, que batí casi imperceptiblemente manteniendo una discreta capa de frialdad exterior, pero celebrando la publicación de mi primera obra literaria a ojos cerrados con imaginarias burbujas de champán y fuegos artificiales, un gesto que pasó desapercibido por todos menos Poli, porque el sexto sentido de quererla tanto me hizo advertir el calor intenso de su mirada sobre mi mejilla, y percibir la dicha refrescante de su sonrisa afectuosa. Antes que atinara a abrir los ojos acarició mi rodilla con el rayo fulminante de su mano, haciendo correr remolinos de placer por todo mi cuerpo y demostrando mas allá de toda duda humana que no hay miseria más profunda que amar a una mujer, ni felicidad más completa que sentir el contacto de la mano amada. Volteé la cabeza hacia ella y la miré inquisitivamente, deseando con todas mis fuerzas descubrir que sus ojos albergaban las mismas pupilas dilatadas que delataban mi anhelo de abrazarla, que su garganta cobijaba el mismo nudo de juramentos de amor infinito, de devoción eterna y total entrega que yo a diario ahogaba en mi almohada, pero temiendo encontrar sólo rastros de ternura fraternal con que despojarme de mis esperanzas tontas. Como era su costumbre etérea, sin embargo, ella ya había apartado los ojos en un movimiento sin costuras delatoras de lo que sentía por mí, ni para bien ni para mal, y aunque su absorción en el acto de acariciar mi rodilla sin apartar la vista del frente hablaba volúmenes de su ternura, no decía nada de sus pasiones, dejando expuestas a mi escrutinio sólo apariencias exteriores: la intoxicante curvatura de su cuello, la delicada armonía de su nariz, la perfección de sus mejillas, el perfume torturador de sus cabellos lacios como una catarata. Todos esos estímulos fueron un consuelo temporario con que soportar la acostumbrada deriva de no saber lo que pensaba de mí, lo que sentía por mí, aunque mis esperanzas se multiplicaban porque ahora le hacía frente a mi ignorancia con la nueva fe de esta creciente intimidad, esta nueva familiaridad en la que el contacto físico parecía tan natural entre nosotros, y me hubiera resultado imposible que sus dedos no pudieran sentir las pulsaciones de mi felicidad, y que ésta no le fuera, a su vez, placentera.


Dirigí la vista al frente, siguiendo la dirección hacia donde ella parecía perdida en pensamientos profundos (¡¿sobre mí?!), pero allí no me encontré con el horizonte lejano que esperaba, sino con los ojos filosos de Raúl, sentado en una silla, cruzado de brazos y piernas, apretado de muelas, mirando la creciente intimidad entre Poli y yo con dagas de furia azul. Su actitud no hizo más que confirmar lo que ya se caía de maduro: que él también la quería, que no aprobaba los avances vertiginosos de nuestra confianza y que a duras penas podía contener su desagrado por la naturalidad con que Poli desperdiciaba caricias de valor tan incalculable en mí, y todo esto no hizo más que incrementar mi coraje para vencer la timidez y arriesgarme a ganarme sus afectos, porque no me pareció posible que Poli pudiera ser tan cariñosa conmigo, y tan cruel con Raúl, si lo quisiera a él y no a mí. Ese no podía ser el orden natural de las cosas, porque Raúl era carismático, pero frío y cortante como una esquirla, mientras que yo era tímido y vacilante, pero de carácter sensible y cariño sincero.


A mi primer triunfo le siguieron más triunfos, más entrañables apretujoncitos de mano de Poli y más dagas azules de Raúl dirigidas directamente a mi pecho, sin que pudiera discernir cuáles de todos éstos me causaron más alegrías y satisfacciones, hasta que toda mi obra se había aprobado para aparecer en el próximo número de Aristócratas del Saber y la reunión llegara a su fin. Entonces Raúl tomó la palabra y cerró la tarde haciendo dos anuncios con desacostumbrados titubeos y desconcentración. Primero, que la Redacción había conseguido un lugar donde llevar a cabo el recital que se venía planeando desde algunos encuentros atrás y comenzaban a proponerse conjuntos y solistas para llenar el programa. Varios me intrigaron al preguntar con ansiedad si él mismo cantaría en el recital (¿Raúl cantaba?), a lo que asintió, y se llevó un aplauso efusivo que le sonrojó aun más las mejillas. Segundo, comentó que continuaban reforzándose los planes de resucitar el centro de Estudiantes, la agrupación gremial de los alumnos del Colegio que se fundó durante la generación anterior (de donde, entre otras cosas, surgió el club Central Buenos Aires) pero que continuaba proscripto desde el comienzo de la dictadura militar.


Al final de esta maratónica sesión, donde se llenaron setenta y dos páginas de notas para un número récord, estábamos todos exhaustos pero en ánimos de celebrar, y yo más que nadie porque tendría más notas a mi seudónimo que ningún otro de los contribuyentes de ese número. Comandados por la mina de sexto y Raúl fuimos con todas las chicas y muchachos a una pizzería de la zona, donde Raúl, con visible aprehensión para alguien normalmente tan despreocupado por conflictos internos, se disculpó (tenía un compromiso familiar ineludible) y se fue como un condenado a muerte, dejándome solo con Poli para maniobrar más cerca de ella si la oportunidad se me presentara. Yo caminaba por nubes de algodón, y ya no sentía ni cansancio ni fatiga, sino felicidad completa. Todos pedimos pizza, algunos pidieron cerveza, y se armaron grandes conversaciones cruzadas, donde hablábamos a los gritos, de esa manera que tenemos los argentinos que da la sensación de que estamos al borde de irnos a las manos, pero que para nosotros es la forma más sofisticada de la comunicación: la polémica de bar. Varios compañeros me felicitaron por mis notas y mi éxito, la felicitaron a Poli por haberme invitado a participar, y los dos intercambiábamos sonrisas cómplices, que me dieron finalmente la confianza de que había leído mal la situación horas antes y éramos ella y yo, después de todo, los protagonistas esta aventura destinada a convertirse en historia de amor, ella Rosa Luxemburgo, yo su amante Leo Jogiches, sus notitas las mil cartas de amor apasionado que le escribiera entre los informes de sus agitaciones políticas, y Raúl uno de los tantos berlineses que la cortejaban en vano. Yo no quería que terminara esa tarde inolvidable, pero luego de una hora de charla, comida y bebida, alguien empezó a recoger billetes para pagar la cuenta, y uno a uno los comensales empezaron a irse a sus casas, porque ya empezaba a caer la noche.


Poli me preguntó si me venía bien que viajáramos de vuelta juntos, y aunque yo le hubiera dicho que sí igual si ella viviera en la luna, nuestras casas quedaban más o menos en la misma dirección, la mía en Palermo y la de ella en Belgrano, así que pude encubrir mi entusiasmo desmedido por la idea bajo un manto de obvia coherencia y caballerosidad, porque el viaje involucraba caminar unas diez cuadras, que no le permitiría recorrer sola, para después tomarse el subte, combinar con la Línea D cerca del Colegio y viajar como de costumbre hasta Plaza Italia, este último tramo el mismo que hacíamos todos los días en bandada a la salida de clases. Era un viaje de por lo menos una hora, la primera que pasaríamos juntos y solos desde que yo no podía vivir sin ella.


Anduvimos por las calles angostas del barrio en penumbra, bajo faroles tenues y una luna redonda, entre caserones de una o dos plantas de estilos tradicionales, como la casa donde tuvo lugar la reunión, que tal vez hayan sido quintas en épocas más prósperas, para entonces caídas de gracia junto con el poder adquisitivo de sus dueños originales, yuxtapuestas a esos edificios de departamentos de setenta balcones y ninguna flor que protestaba Baldomero Fernández Moreno. La arquitectura cambalachezca nos bañaba alternativamente de luz de luna y cálida sombra, entrecortada por el cruce de alguna avenida luminosa y transitada. El barrio en su conjunto tenía el aire arrabalero de la letra de un tango, cuya música hubiera podido escuchar si no charláramos animadamente acerca de los excitantes acontecimientos de la tarde, de mis notas, de los compañeros de la división, del odiado preceptor, de los profesores, de las olimpíadas. Recordé las crónicas del barrio de Flores, de Dolina, y me pareció posible que aquellas calles pudieran ser el campo de batalla entre las pasiones de los Hombres Sensibles y la razón de los Refutadores de Leyendas, porque la luna nos miraba pasar con una ceja levantada mientras el Ángel Gris me susurraba al oído palabras incomprensibles:


Uno se enamora de los que tienen poder sobre uno; naturalmente las armas de ese poder son la belleza, la seducción, el atractivo espiritual. Cuando uno ve a una mujer que te dice ‘yo te voy a hacer sufrir’, uno dice, ¡Caramba, las mujeres que no pueden hacerme sufrir, no me interesan! El amor tiene un componente de dolor inevitable.”


Charlamos en el subte, y mientras hablaba yo no sabía si mirar su boca o sus ojos, porque no conseguía decidir en cuál de esas dos aguas dulces ahogarme. Decidí entonces jugarme el todo por el todo, y cuando subimos las escalinatas de Plaza Italia y llegó la hora de despedirnos le di un beso. Ella se dejó besar, hasta que tuve un presentimiento inquietante y me aparté para ver la expresión de sus ojos. Esta vez no tuvo la destreza para evitar mi mirada inquisitiva.


  • Diego”, me dijo, “hace dos días que estoy de novia con Raúl.”


Comentarios del capítulo
Qué aburrido, de nuevo no tengo ninguno...
Hablando en serio: bien, de nuevo no tengo ninguno.
Cada vez estoy más convencida de que definitivamente tenés que arreglar la primer parte para que la gente llegue a esta parte de la historia. 
  
 

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