Derechos de autor de Diego Gotthelf. Comentarios de Romina al 13-02-2014
Vacaciones de Invierno
Para
las semanas que precedieron las vacaciones de invierno del segundo
año ya estaban forjados los fuertes lazos de amistad que nos
sostuvieron durante estas épocas, y Martín Kohan, Daniel Alhadeff Alguno de estos era Calvin Klein, no? Es como que a algunos los nombraste solametne al presentarlos y uno no se acuerda bien de cuál es cuál, ¡con usarlos como hilo conductor hasta acá se solucionaría! El único que aparece cual cómico al que están por sacar con el mango de un paragüas es Tripas. Apología del Hilo Conductor. ,
Tripas, el Mono, Shuki y el resto de la banda éramos más unidos que
nunca e inseparables en la vida escolar, dándonos aliento y apoyo
moral en los momentos difíciles y compartiendo las horas del día
juntos, sea en el aula, en el Campo de Deportes, estudiando en la
biblioteca, en los bares de alrededor del colegio o alguna otra
actividad extra Yo pondría extracurricular todo junto curricular.
Esta fraternidad era el lazo que nos permitía sobrellevar la
opresión, por momentos agobiante, que nos causaba el escrutinio
constante de nuestros movimientos físicos, de cualquier actividad e
interacción durante las horas de clases.
Todo
entraba bajo la magnificación de la lupa: el tono con el que
articulábamos cualquier contestación al preceptor, que siempre
dejaba algo que desear, la perfecta rectitud del brazo derecho
mientras tomábamos distancia en la fila, que parecía ser un tema de
investigación científica, el sonido de nuestros pasos al marchar a
la clase de Música, objeto de constantes recriminaciones, o
cualquier cosa que hiciéramos o pensáramos hacer dentro de los
claustros. Todo esto era examinado bajo una lente microscópica, que
veía cosas que eran invisibles al simple ojo, y escuchaba sonidos en
una frecuencia que estaba vedada a nuestros oídos, o intuía
actitudes desacatadas que éramos incapaces de detectar en nosotros
mismos. Desvíos del absoluto cumplimiento literal de las reglas o el
capricho del preceptor, por más infinitésimos que fueran, eran una
violación, que otorgaba turno automático en la Prefectura esa
mismísima tarde, rutinaria para los que se olvidaron de cortarse el
pelo, las que se dejaron el flequillo fuera de la vincha, los que se
desabrocharon el último botón de la camisa, los que se rascaron una
picazón en fila o parpadearon a una frecuencia irreglamentaria. El
que no caía víctima de la guillotina disciplinaria de un solo saque
por un pecado mortal estaba sujeto a la diaria sangría de los mil
tajos de humillación y miedo frente al Prefecto, con la que ese
barbero carnicero eliminaba el imaginado superávit de humores
sanguíneos y coléricos del río de rebeldía que, sin que
pudiéramos detectarlo, aparentemente corría por nuestras venas. Todo esto así, sin metáforas, se entiende bien pero debería estar mucho antes, antes de Chiapella por ejemplo. Creo que el lugar ideal es después de la expulsión del Mionca, en que uno cae en que no son amenazas vacías sino que la cosa va bien en serio. Uno lo siente bien, pero es muy tarde ponerlo recién ahora. .
Recordando
el contraste con las alegres épocas de colonias de verano que hice
en mi infancia, se me ocurrió que sería un buen antídoto a la
inclaustración si nuestro estrecho grupo de amigos de la división
nos fuéramos de campamento solos Coloquialmente lo re decimos así y no suena mal pero por escrito te re das cuenta (re pero re) que es “un” grupo de amigos por lo que debería irse de campamento en singular. Si no querés cambiarlo no importa tanto porque coloquialmente uno re-habla así pero la Academia te re-mataría junto con todos los docentes de Castellano s,
a dejar escapar un poco la presión acumulada en los primeros cuatro
meses de confinación. Primer año y medio quisiste decir, no? Ya estaban en segundo año, si lo ponés así parece que hace 4 meses que se conocen .
Fue una idea que inicié con pocas esperanzas de concretar,
mencionándola al pasar como una posibilidad loca en un recreo, pero
que debo haber pintado con demasiadas imágenes de cielos infinitos
regados de estrellas, de campo abierto sin fin, de trasnochadas
frente al misterio de una fogata y de mañanas sin obligaciones,
porque mi propuesta pareció encender llamas de libertad en los ojos
de la tropilla acorralada en los claustros, y desbocó el entusiasmo
por unas vacaciones libres de marca, lejos de corrales y de la tensa
calma chicha del aula.
Decidimos
hacer una reunión fuera de la zona de influencia del Colegio donde
discutir y planificar más concretamente la idea, y aquí debo
subrayar en defensa propia que no tuvimos manera de saber en qué
resultaría, ni siquiera el Tripas, que era guaso pero no era
vidente, cuando consentimos Yo diría consentimos en que que
la reunión se hiciera en lo de Shuki, ya que él ofreció Yo diría ofreció su casa, sino queda como que cortaste antes y
no había razón para rechazar No había razón para rechazar la oferta, sin le, no está mal pero suena horrible la
oferta. Hasta entonces no sabíamos que los viejos de Shuki eran muy
adinerados, que vivían en un regio departamento en Belgrano donde
tenían de todo, incluyendo una flamante reproductora de video No era videocassettes? casetes,
esa fantástica novedad de la época, ni sabíamos que el viejo de
Shuki era un tipo muy exitoso que había hecho fortunas en el negocio
de los tapados de piel, pero que sufría el tardío y potencialmente
complicado desarrollo de su único hijo varón con típica angustia
paternal. Lo intuimos, tal vez, cuando se puso tan contento al ver a
los amigos del nene, algunos más grandulones que otros pero todos
más hombrecitos que Shuki, y se desvivió por lograr que nuestra
visita fuera memorable. Nos proveyó amplios suministros de chizitos
y gaseosas y se aseguró de que el resto de la familia se hiciera
humo fingiendo una improvisada salida para “dejarnos tranquilos”
por unas horas. Antes de salir, encima, le mostró a Daniel Alhadeff
un gabinete donde tenían un suministro de Acá escribiste videocasetes todo junto pero sin ninguna doble videocasetes
con películas “películas en videocasete” en todo caso, “videocasete con película” suena a aclaración de tipo “no vayas a pensar que era un videocasete porno” que
quedaba sin llave, Está como rebuscada la oración, yo diría “un gabinete que quedaría sin llave, donde se encontraba un suministro de películas en videocasete” ,
“por si queríamos mirar alguna”.
¡¿Cómo
no íbamos a querer mirar una película?! Ninguno de nosotros tenía
una videocasetera, y en esa época de tan poca tecnología poder
mirar una película a voluntad, sin tener que ir al cine o esperar
que la dieran por tele era algo tan extraño como poder detener el
tiempo, o caminar por las paredes. No atinamos a hacer otra cosa en
el momento en que nos quedamos solos, para descubrir con incontenible
excitación, encima, que el gabinete sin llave estaba lleno de
películas pornográficas, que hoy están al alcance de cualquier
mocoso con un peso para pagar el cibercafé, pero que entonces para
nosotros eran tan legendarias como el unicornio azul de Silvio
Rodríguez, e igual de subversivas también, porque en esa época
estaba prohibido todo, pero nada más que cualquier cosa que tenga
que ver con el sexo o la política “todo, bueno, todo lo que tenga que ver...” ,
que eran las dos preocupaciones principales de los censores, esos
eduardos manostijera cuya ocupación parece hoy tan anacrónica pero
que entonces era un pilar fundamental de la sociedad, donde la
censura se aceptaba como la cosa más natural del mundo. El
descubrimiento nos hizo sentir como se debe haber sentido Churchill
cuando le confirmaron que sus espías habían descifrado el código
de las comunicaciones de Hitler. Fue un hito de envergadura difícil
de exagerar, que abría la puerta a descifrar información
estratégica para nuestra existencia pero que se podía compartir
sólo con un grupo cerrado de co-conspiradores de intachable
confianza. El campamento de vacaciones de invierno quedó
temporariamente olvidado “definitivamente olvidado por el momento” ,
mientras miramos una película tras otra, mayormente en concentrado
silencio, porque estaban llenas de revelaciones que colmaban todas
nuestras capacidades de procesar estímulos, y no queríamos
perdernos ninguno de los detalles por un descuido de inatención.
Todas
las películas tenían más o menos la misma trama de personajes
intercambiables, que comenzaba con uno de ellos hablando por
teléfono, mirando televisión o haciendo cualquier otra cosa común
y corriente. Acto seguido entraba en escena el otro personaje
principal, y ahí ya había quórum para el resto, que era el plato
principal de la película. Un joven de bigotes, por ejemplo, venía a
limpiar la pileta de natación de una señora, cuyo busto exuberante
el muchacho parecía incapaz de resistir y, en contravención de las
normas sociales que los varones aprendemos en la más temprana
infancia, descaradamente y sin permiso agarraba los senos de la
señora entre sus manos para acariciarlos libidinosamente. En vez de
pegarle un tremendo sopapo y llamar a la policía, sin embargo, ella
daba gemidos de placer, y en un desenlace que si uno parpadeaba se lo
perdía, terminaban los dos desnudos y enroscados en una danza
furiosa sobre una reposera. Estuviste delicado, no hablaste de las vaginas de tus compañeras ni nada. “danza furiosa” bien .
En otra escena, una niñera que terminaba de cuidar de los niños de
un señor, también de bigotes (porque todos los hombres de esas
películas parecían tener bigote) se agachaba a recoger algún
juguete del piso, ignorante que se le podía ver todo lo que tenía
debajo de la minifalda, y su bombacha blanca parecía robarle al
hombre toda capacidad de controlar sus impulsos más básicos o
considerar las ramificaciones de un escándalo, porque ni siquiera
intentaba resistir la tentación de tocarle el culo. En vez de salir
corriendo a la calle gritando “¡Sátiro, sátiro!”, sin embargo,
la jovencita recompensaba su audacia parando más la cola, y en un
santiamén los dos terminaban en la mesada de la cocina, él de
rodillas y ella en cuatro patas.
De
vez en cuando, luego de unos minutos de pasión, más personas
entraban en escena, descubriendo a los amantes en el acto. Muchas
veces se trataba de un cónyuge que encontraba a su media naranja in
flagrante delicto extramatrimonial, o una madre que descubría al
novio de su hija desflorándola sobre su cama, o la persona que uno
se imaginaría la menos contenta con la situación, pero mientras que
en cualquier otro género artístico la trama hubiera desencadenado
en un crimen pasional motivado por torbellinos de celos, sentimientos
de traición y deseos de venganza, las pasiones egoístas eran el
último recurso del cineasta pornográfico, que sabia abusar
expertamente de la docilidad natural de los varones para suspender
conocimiento de la naturaleza celosa de los seres humanos, y
suplantarlo con fantasías adolescentes donde la infidelidad, el
incesto y otras transgresiones de la carne terminaban no en
consecuencias nefastas sino en triángulos, cuadriláteros y otras
figuras amorosas que no nos habían enseñado en la clase de
geometría, pero cuya superficie podíamos calcular a ojo de buen
cubero por la amplia extensión de piel a la vista.
Esta
Biblioteca de Gomorra levantó la tapa de los secretos de la mecánica
del sexo, que se nos reveló lleno de inusitadas sensaciones,
estímulos y placeres que nos causaron un desparramo de hormonas
deliciosamente insoportable, nos aceleraron los latidos del corazón,
y nos entrecortaron la respiración por horas, además de afligirnos
con erecciones tan intensas y de tantas horas de duración que los
fabricantes de Viagra recomiendan hoy una visita médica, y cuya
falta de desenlace nos dejaron las Quizás bolainas, o partes íntimas. Hasta acá ibas bien terapeuta
sexual. Ella tendrá relaciones con usted y nos hará un informe más
completo’. Luego de la cita la terapeuta entra en el consultorio
del médico en silla de ruedas, diciendo que no sabía si volvería a
caminar. ‘¿Está segura que vio a mi paciente, el marinero con el
tatuaje que dice RECOPLA?’. ‘¡Sí!’, contesta afligida la
terapeuta. ‘Eso es lo que dice cuando esta fláccida, pero cuando
se le para, dice RECUERDO DE MI PASO POR CONSTANTINOPLA’”
Las
delicias que prometían las películas de Shuki aceleraron
repentinamente nuestra voluntad de progreso hacia el mundo excitante
de los adultos, pero no hicieron mucho para comprarnos el boleto de
entrada. Le siguieron largos períodos de contemplación y
consideración solitaria. Me acuerdo claramente revivir esas escenas
meses después, en cualquier momento de distracción en un viaje de
colectivo, en una clase de geografía o en la soledad que los varones
comienzan para esa edad a buscar en largos confinamientos en el baño,
e imaginarme cómo serían eventualmente mis propias experiencias,
sobre todo la primera, que a pesar de una saludable desesperación me
traía tanta ansiedad y miedo. En este avance vertiginoso en nuestros
conocimientos fuimos al mismo tiempo beneficiarios y víctimas de la
intención del padre de Shuki de ponerle algunos pelos en el pecho a
su hijo con una temprana exposición a la carnalidad, porque
aprendimos un montón de los detalles mecánicos del sexo, pero
¿demasiado prematuramente? Eso, supongo, quedará en el tintero
donde marchitan sin contestar las preguntas retóricas. Lo que sí
descubrimos fue que no era verdad aquello de las temibles
consecuencias de demasiada masturbación, porque, si no, hubiera sido
un milagro que no nos quedáramos todos ciegos en los días y semanas
que le siguieron a esa visita a la casa de Shuki, porque no atinamos
a hacer prácticamente otra cosa.
Demorados
pero no disuadidos por el fracaso de la reunión en la casa de Shuki
en su objetivo de avanzar la organización de nuestro viaje de
campamento, continuamos con los preparativos.
Llegado
el día de la Ya llegaron las vacaciones? Es como que faltan unas líneas acá de vuelta al cole partida Cuántos eran? “los 12” tomamos el micro, o x cantidad tomamos
el micro a Gualeguay muy temprano una mañana de sábado el fin de
semana previo al comienzo oficial de las vacaciones, amodorrados de
sueño por la hora pero excitados por la libertad de la ruta.
Cargamos todas nuestras mochilas, carpas y bártulos en el
compartimiento de equipaje del regio micro y nos sentamos ocupando
los asientos del fondo en una cabina prácticamente vacía. Nos
pasamos las horas de viaje charlando animadamente mientras Ernesto
dormía, recuperándose, según nos contó entre siestas, de una
trasnochada pasada con su novia, Violeta. Antes de llegar decidimos
preguntarle al chofer si sabía dónde quedaba el camping y éste,
muy gaucho, nos terminó llevando hasta un cruce de caminos que
quedaba a sólo diez minutos de marcha. Al bajarnos del bus ya eran
aproximadamente las dos de la tarde, y el estado de ánimo del grupo
no podía ser mejor. El frío de un julio gris y nublado no se hizo
tardar en sentir, sin embargo, y para cuando llegamos a nuestro
destino estábamos cubiertos de ropa, gorros, guantes y bufandas.
Cruzamos un puente y bajamos la senda que conducía al camping,
armando un barullo de cantimploras y cacharros sonoros, en grupitos
de dos o tres, unos hablando a los gritos, otros desafinando sobre el
susurro de los Walkman, que eran por aquella época otra novedad
japonesa, contentos de haber llegado a la tierra de la aventura, sin
que la desolación del paisaje frío hiciera la más mínima mella en
nuestro entusiasmo. Encontramos el camping al final de la senda a la
orilla del río, en un sitio bien organizado con un gran quincho
central y un pequeño edificio donde estaban las duchas, los baños y
una oficina administrativa. La vera del río estaba llena de
parrillas donde hacer asaditos, mesas de madera donde ? coMartínezs
y escalones que bajaban hacia el agua cuyas orillas estaban cubiertas
de juncos verdes bamboleándose contra la corriente. El terreno tenía
buena cubierta de enormes y frondosos árboles de eucalipto, excepto
donde estaba la cancha de fútbol, mayormente pelada pero con algunos
brotes de yuyos donde hay normalmente menos movimiento de jugadores,
y un tanque australiano que era seguramente la pileta que anunciaba
el folleto, sólo que, como era de esperarse dada la estación,
estaba a medio llenar de agua verde y hecha un criadero de sapos y
ranas. En definitiva, un humilde pero lindo lugar donde pasar las
vacaciones en el calor del verano, pero que en julio estaba triste,
frío y abandonado.
Depositamos
los bártulos en el quincho y decidimos dar una vuelta a ver qué
encontrábamos en los alrededores. Nos separamos espontáneamente en
grupitos de dos o tres para explorar nuestro entorno. El Mono y yo
decidimos ir a ver el rio, recorriéndolo desde una punta a la otra
del camping con la esperanza de poder avistar alguna señal de vida
en esas aguas cargadas de sedimento barroso. Los dos habíamos traído
equipo de pesca con la esperanza de vivir esa semana de lo que
pudiéramos ajusticiarle al río, y quien sabe llevarnos alguna foto
con uno de los legendarios dorados entrerrianos que infestan las
aguas de la zona. En una punta de la vera se levantaba un enorme
sauce llorón, cuyas ramas caían sobre el agua. Decidimos treparnos
y ver lo que se pudiera desde lo más alto. Desde el tanque
australiano nos llegaron los gritos de Shuki suplicando para de Suplicando a Tripas? Tratando de zafarse de las garras de Tripas? zafarse
de la s garras de Tripas, que amenazaba con tirarlo al agua
mugrienta. Ernesto,
de Yo diría mientras tanto mientras,
se divertía revoleando sapos con la red de limpiar las hojas,
improvisando un bombardeo aéreo Que intentaba, diría yo intentando
hacer blanco en la cabeza de alguno. En algún momento los dos
unieron sus esfuerzos por torturar al pobre Shuki, que pedía por
favor que no le hicieran tragar un sapo reventado con gritos tan
agudos que cualquiera hubiera pensado que lo estaban desgañitando.
Después de unos minutos de griterío nos dirigimos hacia ellos, pero
cuando llegamos ya lo habían soltado a Shuki, y estaban sentados los
tres cerca del borde de la pileta como si no hubiera pasado nada,
pero había quedado sellada la sociedad entre el Tripas y Ernesto
para las bromas pesadas esa semana, en una de las cuales me dejaron
atado a un árbol por como tres horas y casi me matan de frío.
Decidimos
armar campamento en la zona próxima a los escalones de la ribera a
unos pasos del sauce llorón, donde el pasto estaba más corto y
bastante lindo, y marcamos el sitio de cada una de las tres carpas en
un triángulo que permitiría tener una fogata en el medio.
Levantamos la carpa que me tocó compartir con Martín Kohan y Javier
Gómez bastante rápido, mientras el resto todavía luchaba con las
estacas y lo puteaba a Ernesto, que dormía sobre una de las mesas
del quincho, recriminándole que campamentero en jefe las pelotas,
más bien pajero en jefe, porque no había hecho nada más que hacer
huevo, insultos que Ernesto se tomó con mucho humor y poca
vergüenza, porque no afectó su voluntad de ayudar en nada más que
en explicar que no había venido a trabajar, sino a vigilar y
asegurarse que las doncellas a su cuidado no se metieran en apuros,
aunque fue gracias a él que nunca pudimos contar a nadie las
historias de este campamento y se perdió a propósito todo rastro
histórico del él.
Cuando
ya habíamos terminado de montar el campamento vino un hombre, triste
y atorrante como los perros de la zona, que nos dijo en esa manera de
hablar de los provincianos, tan llena de largas pausas, que los
dueños del lugar no venían durante el invierno porque el lugar
estaba cerrado, pero que por unos pesos nos podía abrir el candado
donde estaban los baños y las duchas, que quedaron así disponibles
para que podamos hacer nuestras necesidades sin tener que acudir al
río o a los yuyos y que después nos salvaron de mayores
inconveniencias que hubieran, tal vez, puesto un fin prematuro a
nuestras aventuras. Ya establecidos, con cobijo para la noche que
caía, comimos todo el pan y galletitas que habíamos traído y con
eso aguantamos un rato. El Mono y yo montamos las cañas, ansiosos de
pescar algunas bogas para comer esa misma noche y no tener que hacer
uso de nuestro suministro limitado de comida, y nos sentamos a
esperar un pique mientras caía la oscuridad y cubría todo con un
manto negro que apenas podía penetrar la roja luz del fogón o el
tenue haz de nuestras linternas.
Dos
horas después de entrada la noche no teníamos ni una mojarrita. En
la desorganización de la que son capaces una decena de varones
adolescentes sin líder ni guía, porque en esto Ernesto no nos había
hasta ahora servido en nada, nadie consideró la cena, que el frío
hizo una necesidad apremiante. Decidimos cocinar un par de los
paquetes de fideos que habíamos traído. No entiendo, entonces sí la consideraron, o se los enchufó en la mochila alguna mamá? .
Acostumbrados a la hornalla de la cocina de nuestras casas, hicimos
una fogata en una de las parrillas de la vera del río, llenamos la
olla grande de agua fresca de la canilla y la pusimos al fuego. La
llama de nuestra fogatita rara vez fue más alta que la de una
hornalla a gas, pero no nos dimos cuenta de que la madera no se quema
con la misma intensidad calorífica, a pesar de tener más llama, y
la olla de fideos jamás pasó de tibia. Así y todo, algún
impaciente metió los fideos a la olla igual, y una hora después
todavía no habían hervido, aunque se veían blanditos y tenían
pinta de buenos bajo el haz de la linterna. Empezamos a considerar la
salsa para acompañar los fideos, que desgraciadamente no habíamos
traído con nosotros. Alguno tuvo la idea de meter en el agua un par
de sachets de sopa crema de tomates, que no podía ser muy distinta a
la salsa de tomates, y nadie objetó, así que eso hicimos y nos
sentamos a esperar una media hora más para que se mezclara bien en
el agua. Al final de esta primer receta a la intemperie nos reunimos
ansiosos a comer la sopa crema de tomates con espaguetis, y cuando
probamos el plato improvisado los fideos resultaron blandos pero
crudos, la sopa estaba demasiado fría y aguada para servirnos de
sustento, además de estar contaminada de un gusto fuerte a harina
cruda de los fideos, y el conjunto resultó incomible. Esta fue la
primera vez en ese viaje que sentí verdadera hambre, y ni el
estómago vacío, ni el piso duro ni el frío ayudaron a darme una
noche muy placentera.
Con
el sol de la mañana llegó la esperanza de un nuevo día. La lección
de la noche anterior estaba aprendida: si queríamos calentar agua
necesitaríamos un fuego más intenso y desde entonces siempre
cocinamos en la fogata central entre nuestras carpas. Esa mañana
logramos desayunar con chocolate caliente y descubrimos que había
pan que se nos había pasado O que habíamos olvidado, ¿fue una madre? en
la oscuridad de la noche, con el que hicimos tostadas sosteniendo el
pan con un palo encima del fuego, y le untamos un tarro entero de
dulce de leche. Chequeamos las cañas que habíamos abandonado la
noche anterior pero nada había perturbado la carnada, que estaba tan
enterita como la noche anterior, y hasta bien preservada por las
frías aguas del río. No pescamos nada en todo ese viaje, pero la
pasamos muy lindo en los próximos dos días O la pasamos bien en los siguiente dos días haciendo
otras actividades, jugando picaditos de fútbol, tirando piedras al
río, y también valiéndonos por nosotros mismos con tareas como
juntar leña para la fogata, cocinar
sopas y fideos sin arruinarlos, “y hhasta papas” diría yo además
de papas que envolvimos con papel de aluminio y cocinamos sobre las
brasas. Aquellas que pudimos rescatar sin que se hayan carbonizado
quedaron muy ricas y fueron un reconfortante antídoto contra el
frío.
Para
el tercer día ya habíamos agotado las reservas de comida que
trajimos con nosotros, en parte porque habíamos calculado bastante
mal la cantidad que muchachos de nuestra edad comen tres veces por
día, en parte porque esperábamos tener acceso a un almacén donde
comprar más suministros, pero que no había en las zonas aledañas
al camping. El cuarto día amanecimos sin nada que comer, y en vez de
tomar alguna medida para remediar la situación nos pasamos el día
haciendo carreras de ranas que cazamos de las aguas verdes de la
pileta, y para cuando los ánimos ya estaban mellándose a la caída de la
noche y el regreso del frío, comenzó la lluvia que apagó la fogata
y mojó la leña. Nos metimos en las carpas tratando de escapar del
aguacero, pero no tardamos mucho en darnos cuenta de que habíamos
hecho campamento en una zona susceptible a inundarse, y pronto
comenzó a entrar el agua por el piso. Aguantamos un rato tiritando
de frío y hambre, pero el agua empezó a El nivel del agua crece, o el agua sube (mñas coloquial) crecer
más y más, amenazando mojar nuestras bolsas de dormir, así que no
tuvimos más remedio que salir a buscar otro refugio donde pasar la
noche. Afuera nos encontramos con que el resto de las carpas estaba
sufriendo el mismo problema. Y Ernesto se ganó el aplauso al inútil mayor?
.
Recogimos todas nuestras pertenencias de las carpas, las pusimos
sobre las mesas del quincho para preservarlas de la lluvia que caía
de arriba y la inundación que crecía de abajo y nos acostamos en el
piso de las duchas, frío y duro pero seco, a cobijo de la
intemperie, donde había apenas suficiente lugar para todos pero que
enseguida llenamos con el calor de nuestros cuerpos, pegados los unos
a los otros.
Esa
noche resultó ser una hermosa experiencia de camaradería Che vos ves unicornios en cualquier pastito ,
en las que charlamos horas y horas en la oscuridad de las duchas,
donde tuve la sensación de estar en el campo a miles de kilómetros
de ningún lugar, y hubiera jurado que desde mi bolsa de dormir se
podían ver todas las estrellas del firmamento, a pesar de estar
entre ellas y nosotros no sólo el techo de las duchas sino una
gruesa capa de nubes que descargó esa noche suficiente agua como
para llenar el río Paraná, y me sentí libre, más libre de lo que
me había sentido en todos los días desde que ingresé al Colegio.
El aislamiento de la tormenta y la oscuridad reinante sirvieron para
crear una sensación de ser un grupo de náufragos a la deriva, el
frío una excusa para sentir más intensamente el calor reconfortante
del cuerpo de mis amigos, y el hambre fue una aflicción compartida
que sirvió sólo para acentuar nuestra comunión. No dormimos casi
nada, sino que nos quedamos hablando y hablando hasta el amanecer, el
hambre, el ruido de la tormenta y la hora tardía de la noche
sirviendo para enrarecer nuestra conversación y nuestros
pensamientos, soltándonos la lengua a todos, pero a nadie más que a
Ernesto, que empezó a contarnos de Violeta, su novia, a quien nunca
conocimos pero cuyo cuerpo desnudo, luego de aquella noche, podría
fácilmente describir aún treinta años después con los ojos
cerrados, porque así fue como lo recorrí en la oscuridad del piso
de las duchas, de la boca de Ernesto directo a mi imaginación
salvaje, contaminada de las películas de Shuki. Una vez que dejó
brotar la primera palabra no paró hasta contarnos todos los detalles
de cada uno de los actos sexuales que habían hecho desde que
empezaron su noviazgo, como si se estuviera confesando pecados que le
carcomían el alma, sin dejar afuera ni suavizando nada de lo que
había gozado, sufrido y aprendido satisfaciendo las necesidades
leoninas de Violeta, la ninfómana, a quien le gustaba “todo”,
pero sobre todo le gustaba decir y que le digan chanchadas durante el
sexo. Aún hoy puedo verla cómo
nos la describió, en las posiciones que más le gustaban a Violeta,
pero mejor que ninguna en la que más me excitó, tendida sobre la
cama de su cuarto con las piernas entreabiertas, los pechos pequeños
pero firmes, los pezones oscuros y grandes como guindas maduras, el
torso delgado y las caderas anchas, mostrando sin pudor la
entrepierna cubierta de suaves vellos e hinchada de rubor, mientras
sostenía la cabeza de Ernesto por los pelos a dos manos,
dirigiéndole la boca hacia el Jardín de la República y, gritándole
con premura que casi desbordaba en violencia “¡Comeme toda,
papito!”, y yo sentía que estaba ahí, pispiando detrás de
Ernesto, mientras él
luchaba por satisfacerla sin asfixiarse, tan cerca que podía ver los
movimientos giratorios de su lengua y la mezcla de desenfreno y
pánico en sus ojos. Violeta era insaciable, y el pobre Ernesto nos
contaba, casi en tono de queja, cómo
lo obligaba a hacer una cosa innombrable tras otra, tres, cuatro o
más veces por noche, toda la noche hasta el agotamiento, y le decía
cosas sucias, irrepetibles, que escuché por primera vez esa noche y
todavía hoy, que llevo décadas de casado y tengo tres hijos, me
ruborizan Yo diría ruborizo de
recordarlas.
Entonces,
ya al final de su confesión, sacando conclusiones obvias de nuestras
risitas y respiración entrecortada, Ernesto nos preguntó si éramos
vírgenes, y cuando todos asentimos en el afirmativo sugirió que era
una enfermedad con cura, y que al otro día iríamos todos a
Gualeguay, donde primero buscaríamos dónde
comprar comida… pero aprovecharíamos la volada para preguntar en
el pueblo si no tenían un prostíbulo donde perder la virginidad en
masa.
Al
otro día estábamos todos de pie y listos a media mañana, excitados
a pesar de no haber prácticamente dormido ni comido nada en
veinticuatro horas, aunque irritados porque Ernesto no conseguía
abandonar el calor de su bolsa de dormir a pesar de nuestra
insistencia. Esperamos hasta que se digne a levantarse y salimos a
pie medio muertos de hambre a buscar el pueblo de Gualeguay, dejando
atrás las carpas abandonadas en grandes charcos de agua. Al llegar a
un cruce de caminos a eso del mediodía encontramos una parrilla y
decidimos entrar a comer antes de seguir camino. En lo del Gordo, el
restaurante donde la comida parecía salida del cielo, no se pedía a
la carta, sino que el mismísimo Gordo que le diera su nombre al
establecimiento tiraba sobre la parrilla morcillas, mollejas,
chorizos, bifes y entrañas, y uno comía hasta que se hartaba de
comer. Una vez que entramos en confianza y la comilona estaba en
pleno curso, Ernesto indagó acerca del prostíbulo, y el Gordo nos
dijo que sí, que había uno muy bueno que se llamaba el Danubio
Azul, que quedaba a dos cuadras de la plaza del pueblo, y nos dio
unas direcciones que parecieron fáciles de seguir. A medida que
masticábamos la carne luego de tanta abstinencia nos empezamos a
sentir más humanos, nos volvió el rubor a las mejillas y la sangre
a correr por las venas. No sólo por ser la primer comida como Dios
manda que habíamos comido en todos los días del campamento, sino
también por el calor de la estufa que nos sacó la humedad de los
huesos. No recuerdo haberme sentido nunca tan bien como me sentí Yo diría hacia para
el final de esa comilona, que fue épica en la magnitud absoluta del
placer de comer tanto y tan bueno, pero aún más intensa porque
veníamos tan carecidos de comida nutritiva que el goce fue
multiplicado por mil, y para cuando salimos de nuevo a la calle
nuestros ánimos no podían ser mejores.
Afuera
ya no llovía, y el aire olía a domingo en esa tarde de miércoles.
Ni un coche pasaba por las calles dormidas, respetuosos del ocio
sabático de la siesta provinciana en ese pueblo que era la capital
no de la industria, no del comercio, ni siquiera de la soja, sino de
la cordialidad, que no cuesta nada ni requiere demasiado esfuerzo. El
sol ya se estaba asomando entre las nubes que se disipaban, y cuando
llegamos al centro brillaba tenuemente por las calles y las ventanas
de las casas convirtiéndose en augur de una tarde más benigna en el
medio de tantas tormentas de invierno. El viento, sin embargo,
todavía soplaba frío y empapado
del aroma de los eucaliptos que bordeaban las veredas, sin
molestarnos igual que antes “sin molestarnos como antes” ahora
que teníamos una fuente de calor interna en la suculenta parrillada
en plena digestión que comimos en lo del Gordo.
La
responsabilidad de buscar el Danubio Azul nos cayó por orden de
Ernesto al Mono y a mí, mientras el resto de los muchachos nos
seguían a una distancia prudente. Tratamos inicialmente de seguir
las instrucciones del Gordo, pero, sin éxito, nos vimos forzados a
preguntar a transeúntes, siempre hombres que juzgamos con cara y
porte de frecuentar ese tipo de establecimientos, y preguntando más
o menos crípticamente si conocían un lugar que se llamaba “El
Danubio Azul”, sin dar demasiados detalles. Nadie parecía conocer
un boliche con ese nombre, y alguno que trató de indagar qué tipo
de establecimiento era se llevó una respuesta evasiva y un
espectáculo de mejillas ruborizadas, pero los provincianos son
gauchos igual, y nos mandaron para acá o para allá, si no a buscar
un lugar que podría llamarse algo así a buscar a alguna persona que
sabría de qué se trataba y dónde
quedaba. Finalmente volvimos a la plaza central luego de dar vueltas
infructuosas Durante, diría, o vueltas infructuosas por la avenida por
media tarde, y un viejito con cara de atorrante supo reconocer el
nombre.
- “El
Danubio Azul se cerró”, nos dijo, “pero abrió otro boliche que
se llama La Guampa.”
Seguimos
sus direcciones al pie de la letra. Eran ya eso de las cuatro y media
de la tarde. Tuvimos que esperar que un auto pase antes de cruzar la
calle: había terminado la hora de la siesta, coches y gente
circulaban ya normalmente y el pueblo había despertado. Al llegar a
la vereda de enfrente comenzamos a caminar en la dirección que Que se nos había señalado, o lo que es lo mismo que nos habían señalado, indeterminado nos
había señalado. Marchando hacia nosotros en dirección opuesta, a
paso de experta sobre tacones altos, venia una rubia de unos treinta
años, vistiendo vaqueros apretados que le acentuaban los contornos,
una remerita lila y una camperita blanca que apenas le cubría los
hombros del aire glaciar de esa tarde de julio y le dejaba el pecho
tan a la merced del catarro como de las miradas furtivas. En el punto
más prominente y expuesto de sus pechos se delataban dos pezones
esculpidos como en mármol por el soplo del ventarrón litoral.
Mientras caminaba hacia nosotros se bamboleaba más que los juncos
del Paraná, para acá y para allá, para allá y para acá,
desparramando encanto femenino con los movimientos rítmicos de sus
carnes suaves pero firmes. Al acercarnos a doble velocidad por
circular en direcciones opuestas, la fijación de nuestros ojos sobre
sus pezones se hizo rápidamente tan imposible de encubrir como
bochornosa, pero en vez de ruborizarse la rubia pareció disfrutar
del poder hipnótico de sus meneos, porque los redobló con un gesto
de satisfacción por la atención recibida. Al pasar a nuestra
izquierda por un instante pudimos apreciar su contorno en toda su
magnitud y gloria, el lila de los pechos contra el blanco de cal de
la pared, iluminados por la luz del sol de esa tarde fría que
rebotaba por todo el paisaje, de los adoquines aún húmedos de la
calle, al blanco de las paredes de las casas, a las hojas mojadas de
los eucaliptos que bordeaban las veredas. La rubia tenía algunas
esquinas desprolijas, pero estaba fuerte, y nos llenamos los ojos con
sus melones lilas, en anticipación de nuestra inminente llegada a La
Guampa, el prostíbulo del pueblo, que luego de haberlo imaginado
tanto, sin duda estaba a esta altura a la vuelta de la esquina.
Encima, yéndose la rubia también era un espejismo pueblero de
abundancia. Revoleaba los cachetes con el mismo vaivén de los pechos
pero a contratiempo,
con paso agitador y contracciones súbitas de sus nalgas, que
revoleaba de esa manera que tienen las mujeres que saben cómo volver
locos a los hombres, con meneos hipnotizantes
que causan tantas demoras en las obras de construcción.
Doblamos
la esquina una vez sin encontrar nada que se pareciera a un
prostíbulo, parando en cada puerta para investigar más de cerca.
Doblamos la esquina una vez más, seguidos a una distancia prudente
por el resto del grupo. Nos acercamos a la puerta de una casa que
tenía, sin poder decir por qué, algo distinto aunque de
construcción similar a la casa del camping y a la mayoría de las
casas del pueblo con excepción de la catedral y los edificios
públicos. Llegamos a la puerta todavía desconfiados, luego de
tantas decepciones. Nos miramos con el Mono mordiéndonos el labio
inferior con los dientes en una expresión de incredulidad y
excitación. En el fondo todavía teníamos la idea de una Guampa a Estilo Las Vegas, para no poner lalas la
Las Vegas, con luces de neón, orgías en baños turcos y atorrantas
jugando al pool desnudas, lejos de esta puerta de madera barnizada
que tenía en la parte superior paneles de vidrio transparente que
permitían examinar el interior de la sala de recepción, casi en
penumbra Yo diría penumbras ,
si uno se ponía las manos al costado de los ojos, como caballo de
sulqui, para bloquear la reflexión del sol de la tarde. Todavía sin
poder adivinar si era el lugar indicado o no, recorrimos el interior
de la habitación con los ojos. En frente había un mostrador lleno
de vasos de varios tamaños y botellas de caña, ginebra, whiskey Old
Smuggler y aguardientes en botellas de terracota opaca, una barra de
pulpería con escarbadientes para limpiarse los restos de carne de
los dientes, chupar o ponerse en la oreja. A la izquierda había un
par de mesas redondas, con sus sillas sobre un piso de baldosas
amarillentas que reflejaba las sombras de la pulpería como un espejo
opaco.
“¿Sera
acá, loco?” preguntóel
Mono, y yo limpié la mancha de vapor que mi aliento dejó sobre el
vidrio de la puerta para examinar mejor el costado derecho donde se
distinguía claramente una entrada al resto de la casa. En lugar de
una puerta había una cortina de tiras de plástico multicolores,
como hay en tantos bares de barrio en Buenos Aires para que pase la
gente pero se queden afuera las moscas. Un cartel sobre ese pasaje
anunciaba que estaba:
“Estrictamente
Prohibido el Acceso a Menores de 18 Años”.
- “Es acá’, respondí, de golpe un poco agitado por mi descubrimiento.
Di
un paso atrás al saberme por primera vez plantado frente a un
prostíbulo, un lugar hasta ese momento de leyenda, preguntándome si
nos dejarían entrar o terminaría una vez más mi historia de
iniciación sexual en alguna frustración improbable, como siempre
terminaban situaciones de este tipo en mis fantasías nocturnas. Me
di vuelta y les pegué al resto de los chicos un chiflido mientras
les indicaba con el brazo que se acercaran.
Cuando
estábamos todos reunidos frente a la puerta (el resto del grupo
escondidos detrás de mi espalda y la del Mono) golpeé firmemente
tres veces, y todos dimos un paso atrás, como abriendo campo por las
dudas que alguien saliera salpicado. Escuchamos unos pasos de tacones
acercarse a la puerta, que se abrió y dejó salir nada más que la
cabeza de una morocha que nos miró por unos instantes, volvió la
vista para un costado y para el otro a ver si alguien había
presenciado nuestra llegada y, sin otra palabra de introducción ni
carta de presentación, nos propuso en una voz incongruentemente
áspera para su aspecto, de otro modo nada desagradable:
- “Cinco palos el polvo.”
Nos
quedamos congelados en un tenso silencio, sin que nadie supiera qué
decir, hasta que la mina agarró al primero que le pudo poner mano y
lo metió adentro de la pulpería, operación que repitió uno a uno
hasta que estuvimos todos adentro. Entonces cerró la puerta con
llave y corrió una cortinita que tapó
el vidrio de la puerta. Una vez resguardada la privacidad nos sentó
sobre las sillas, donde nos quedamos todos mudos, sin saber cómo
iniciar la conversación, mirándonos los unos a los otros, mientras
la mina, vestida con un buzo barato de plush verde y vaqueros
ajustados nos sirvió a cada uno una grapa. Entonces salió por la
puerta de tiritas de plástico una vieja vestida con una bata de
algodón y pantuflas de lana inmundas, que pareció ser la dueña del
establecimiento porque en seguida exclamó:
- “¡Uy, Toti, cuántos pendejos me trajiste!”
Y
todos nos reímos nerviosamente, pero nos sentimos un poco más
cómodos. Che estaba Ernesto? Cada
uno sacó su billete de cinco millones Más o menos cuánta plata era? Qué se dejaron de comprar por eso? ,
que la vieja juntó y se metió en la bata, y nos anunció con un
tono pícaro:
- “Hoy tengo nada más que dos chicas así que van a tener que hacer cola... ¿Quién se anima a ser el primero? ”
Ernesto
tomó por primera vez las riendas de la tropilla, y entre cuchicheos
empezó a distribuir los turnos, que le tocaron primero a Daniel
Alhadeff y Martín Kohan, que a pesar que estaban igual de aterrados
que el resto eran los más grandotes y en mejor posición de ser los Son conejillos de indias chanchitos
de indias y darían al salir señal de la calidad del servicio, que
si fuera aceptable aprovecharíamos el resto según el orden que
dictó Ernesto, tercero yo y cuarto Más Quién? Vélez,
y después el resto sucesivamente hasta que todos hayamos dejado la
virginidad en Gualeguay. Martin se fue de la mano de la morocha de la
voz gruesa, nervioso pero por lo menos sabiendo con qué lidiaría,
mientras que Daniel tuvo que seguirla a la vieja a buscar a la otra
chica que lo estaba esperando en un cuarto , y él que siempre
parecía más maduro que sus años por primera vez tenía un aire de
huérfano que nunca le había visto, y una falta de aplomo que no le
conocía, y así lo vimos desaparecer hacia los fondos, como un
borrego camino al matadero, mientras el resto nos quedamos esperando
nuestro turno en nervioso silencio.
Dos
minutos de mi espera no habían transcurrido todavía y ya el corazón
me latía a mil por hora, y sin saber muy bien cómo controlar la
ansiedad me bebí la grapa de un solo saque, que fue el primer trago
alcohólico que jamás había probado en la vida, y nadie, excepto
yo, se sorprendió cuando me quemó la garganta y me causó un ataque
de tos desagradable pero que me calmó un poco y me ayudó a
sobrellevar la fatídica espera de diez o quince minutos que Daniel
tardó Se tomó en reaparecer en
reaparecer, que fue de más nervios que la de un culpable que espera
el veredicto del juez “más llena de nervios que la de un culpablea la espera del veredicto de un juez” diría yo ,
y creo que la hubiera sufrido menos si ése hubiera sido el caso,
porque más de una vez pensé que iba a vomitar las achuras del
Gordo, y tal vez las mías propias también, porque no sabía ni con
quién me tocaría, si la morocha de Martín o la misteriosa mina de
los fondos, y esa duda me carcomía tanto o más que todas las otras
incógnitas juntas. Así y todo el tiempo pasó más rápido de lo
que llega el alba en la víspera de una ejecución, y tuve que hacer
uso de todas mis facultades para mantener la calma cuando salió
Daniel por la cortinita, blanco como si hubiera visto un fantasma,
marcando que ya no habrían más demoras, que había llegado mi turno
para concretar el hito que había estado esperando y deseando
postergar con igual dosis de ansiedad, pero que ahora estaba
definitivamente a instantes de concretarse. Daniel no atinó
a decir nada, tal vez por miedo a que lo escucharan, pero hizo señal
cerrando los ojos y moviendo las manos abiertas boca abajo como una
tijera, con el mismo gesto que un referí marca que no hubo faul, y
yo no supe cómo interpretarla. ¿Fue mala la experiencia? ¿Era fea
la mina?
Para
mi completa consternación y sorpresa, siguiéndolo de cerca detrás
de él apareció la rubia que había captado nuestra atención unos
minutos atrás en la calle, y me di cuenta de que ésta era la
compañera de la Toti, la chica que estaba unos minutos atrás
esperando a Daniel en un cuarto del fondo La aclaración no es necesaria ,
y me tocaría perder la virginidad con ella, con la de los melones
cubiertos en la remerita lila, la de los pezones de mármol y los
meneos provocativos; que ella sería mi socia en el crimen y mi guía
en mis primeros pasos hacia el conocimiento de la carnalidad. Me di
cuenta, también, que ella sería juez y jurado de mi desempeño, y
ese pensamiento me causó un pánico incontrolable, porque se caía
de maduro que esta Rubia Mireya había enloquecido a más de un
compadrito, tenía territorios más extensos de los que podría
abarcar con mis manos y estaba totalmente fuera de todas mis
posibilidades de satisfacer, ya que yo no tenía ni las dotes, ni los
conocimientos ni la experiencia para hacerme valer, y lo único sobre
lo que podría haber construido algo era mi superávit de ganas, y
hasta eso me venía flaqueando desde que cruzamos el umbral de La
Guampa Ahhhhhhhhhhh recién ahora caigo, es un momento ideal para que digas la guampa y hables del estado de tu guampa, como un juego de palabras con sonoridad de versito y
tuve que dejar afuera mis fantasías de adolescente calentón para
confrontar una realidad disonante. Una flotilla de sentimientos de
terror invadió las vías navegables de mi cuerpo, pero se encontró
con la furiosa resistencia de los pelotones de hormonas que habían
ya despachado las ganas físicas de un encuentro con la rubia, que
levantaron barricadas en cada encrucijada de mis venas para hacerles
frente. En la batalla, que fue centímetro a centímetro y cuerpo a
cuerpo, llegué muy cerca de perder el sentido. Como si me fuera a
morir en el próximo segundo vi transcurrir frente a mis ojos el
resto de mi vida, llena de entusiastas pero fallidas relaciones
sexuales con mujeres voluptuosas que se burlaban de mí, y deseé con
toda mi alma haber podido iniciarme más despacito y de más abajo,
poder haber puesto varias horas de práctica en una avioneta a hélice
y no tener que aterrizar de sopetón un jumbo con quinientos
pasajeros como esta mina, porque entre todos mis miedos el que más
terror me causaba era pifiarle a la pista de aterrizaje y llevarme de
regalo la mofa y el desprecio de mi primera amante frente a la platea
de todos mis amigos, con lo que Que me pegarían el cartel de, diría sentirme
un fracasado en el amor por el resto de mi vida.
No
sé cómo hice para no salir corriendo, porque ese fue mi primer
instinto, pero de alguna manera me compuse. Mis piernas solitas se
pusieron de pie y una voz interior me susurró al oído que si Daniel
pudo, yo también podría, aunque me llevara una nota un par de
puntos menor como de costumbre. Apreté las muelas, tragué saliva y
me dispuse a seguirla, esperando recordar bien todo lo que había
visto en las películas de Shuki, rezando en silencio la plegaria a
San Judas Tadeo, santo patrono de las causas perdidas e imposibles,
rogando que la Rubia Mireya perdonara mis pecados y me dejara
entrar al cielo de la vagina. Una vez que se dio cuenta de que
yo era su próxima víctima, ella me agarró de la mano y me condujo
sin ceremonia hacia los fondos de la pulpería, donde cruzamos juntos
la cortinita de cintas de colores, que marcaba el punto de embarque
final en mi travesía sin retorno hacia el mundo de los iniciados,
dejando para siempre atrás la intolerable vergüenza de la
virginidad, pero sometiéndome vaya a saber a qué
otros vejámenes. Penetramos de la mano un largo corredor con puertas
a cada lado hasta llegar a la nuestra, que ella abrió para
conducirme al lugar del siniestro, donde una luz algo atenuada por
las cortinas floreadas de la única ventana me dejaron ver claramente
que sería en una habitación bastante amplia, sobre una cama doble
flanqueada de dos mesitas de luz y una silla de madera tosca, donde
nada me era familiar, pero que no puedo decir me hizo sentir más
incomodo de lo que ya me sentía. La Rubia Mireya me sentó en la
cama y me dio la espalda mientras se desvistió de la cintura para
abajo, pero no despojándose lenta y seductoramente los vaqueros
ajustados o haciéndome desear el retiro provocativo de la bombacha,
como yo me había imaginado que se desencadenaría la escena, sino
apartándolos en en un movimiento brusco e impersonal, sin ningún
toque sensual o femenino, descartando el conjunto, que quedó
arrugado en el piso como un perro atorrante atropellado al costado
del camino. Yo la observé con un aire cabizbajo de resignada
decepción, ya que el momento había pasado demasiado rápido y me
faltaba coraje para protestas, porque estaba claro quién mandaba y
quien obedecía, y quién
estaba apurado y quién no. Su abrupta desnudez me dejó más
confundido y decepcionado que excitado, porque quedó vestida de la
cintura para arriba con la blusita lila y el corpiño que guardaban
celosamente los prometedores melones, que tanto me hubiera fascinado
ver y excitado aún más sopesar entre mis manos y hundir mi cara
entre ellos. Entonces se dio vuelta, y me dijo ansiosa:
- “Sacate
la ropa, papito, y ponete el forro así empezamos, que tengo a tus
amiguitos haciendo cola.”
Tuve
frente a mí por primera vez un pubis de mujer desnuda, de piel
blanca bajo un abanico de vellos negros y tupidos, que junto a su
prisa me impartieron la fuerte impresión de que Mireya no era, por
naturaleza, ni muy paciente, ni tampoco muy rubia. Sentí que las
morcillas del Gordo se me venían de nuevo a la boca, pero traté de
esconder mis nervios y concentrarme en seguir instrucciones. Me saqué
toda la ropa y la puse sobre la silla al lado de la cama, pero mi
desnudez dio inmediata rienda suelta a los sentimientos de
vulnerabilidad e insignificancia que ya venía cobijando, haciendo
temblar la mano que sostenía el profiláctico, exacerbada por la
friolera, dejándome bastante lejos de reunir las condiciones
necesarias para el negocio que nos había traído hasta este punto.
Empecé a pelar el paquetito bajo la mirada impaciente de la Rubia,
para quien el tiempo era oro, pero se me trabaron los dedos y se me
cayó el profiláctico al piso.
- “Dejame que te ayude, que si no, no terminamos nunca”, me dijo, y puso mano experta a la obra.
El
contacto de su mano con mi cuerpo, y sobre todo con esa parte de mi
cuerpo, fue una de las cosas más excitantes que había sentido en mi
vida y me causó una sensación explosiva que tuvo efecto inmediato
sobre mi estado de excitación, gracias a la exhuberancia de la
juventud, la misma que frecuentemente me imposibilitaba bajarme del
colectivo en mi parada por encontrarme haciendo ‘carpa’, es
decir, con una erección causada simplemente por el “sacudimiento” juraría que la inventaste vos, los sacudones, los sacudones rítmicos, los bamboleos, los bamboleos rítmicos, el movimiento rítmico del colectivo en marcha... sacudimiento
del colectivo al circular por la calle que me hacía imposible bajar
sin comprometer la dignidad. Qué raro que no dijiste una finura de las tuyas, estás muy refinado con ese tema en este capítulo. ¿En qué público estabas pensando? Porque le vendría bien esta delicadeza a las vaginas de la pileta y a la paja de la Venus de Miilo y partes asíde capis anteriores .
Gracias a su ayuda con el profiláctico estuve en condiciones de
seguir camino sin mayores humillaciones.
La
Rubia Mireya se tendió de espaldas sobre la cama y me hizo señales
de acercarme frunciendo y extendiendo el índice.
- "¡Que rubiecito que sos, mi amor!", me dijo mostrando un inesperado toque de ternura. "Vení, vení y sacate las ganas conmigo."
Reconfortado
por estas primeras palabras de aliento y reluciendo mi humilde
gaucho, atento y cubierto en su poncho, me acerqué a ella de
rodillas, tragué saliva, y dejé que me condujera por el buen camino
con mano experta a los fondos del rancho, hasta que chocó
mi vientre Contra diría yo con
el suyo y sentí el contacto de su piel sobre la mía, que fue suave
y reconfortante, pero no sentí nada de lo que me había imaginado:
ni placer, ni cosquillas, ni siquiera la seguridad de haber entrado
en la zona de juego. Estaba para entonces demasiado confundido Como para, diría yo para
saber qué hacer, así que me quedé ahí, quietito, a la vana espera
del placer, notando con creciente alarma que los ojos marrones
penetrantes de la Rubia me miraban consternados, hasta que me dijo:
- "¡Movete, papito, que el que viniste a trabajar sos vos!"Yo intenté alguna maniobra con que copiar los movimientos ondulantes que conocía bien por las horas de mirar películas porno en lo de Shuki, pero la realidad sobre el terreno me resuló muy distinta, habiendo quedado demasiado horizontal para tener un buen arco de maniobra, mal posicionado para hacer lo necesario sin un desmonte, que consideré demasiado riesgoso, me frustré, y enterré la cabeza en su hombro.
- "¡Perdoname!", imploré, "Perdoname pero esta es mi primera vez y no tengo mucha idea..."
"¡Uy, mi amoooor!", se derritió la rubia, y me acarició tiernamente los rulos de la nuca entre sus dedosVil traidor me hiciste creer todo este año y medio que tenías la nuca rapada
.
"¿Por qué no me dijiste antes?"
Siguió
acariciándome la nuca y empezó a mover sus caderas en una cadencia
circular, muy experta y bien trabajada, primero muy lento pero
incrementándola gradualmente hasta que que me sacudió bastante los
huesos, pero me dio una idea mejor de las dimensiones de la ballena
que se había tragado a mi Jonás, permitiéndome descubrir que
apenas llegaba a tocar los costados. Me preocupaba que así no llegáramos
a concretar el polvo por el que ya había pagado mis cinco palos
aunque ella continuara pedaleando el día entero, y le pregunté, en
el tono más cortés que tenía:
- "¿Por qué no te sacás toda la ropa?"
La
Rubia Mireya paró para mirarme una vez más con sus ojos marrones,
ya tiernos y maternales, sin rastros de la impaciencia de antes. Me
agarró de los hombros y me hizo rodar sobre un costado hasta que yo
estuviera sentado sobre la cama y ella encima de mí. Sin apartarse
demasiado se sacó la remerita, y me pidió que la ayude a
desabrocharse el corpiño, que descartó sobre el lado sin ocupar de
la cama doble. Me agarró la cabeza con sus dedos entre mis rulos y
me hundió la cara en su escote, meciéndose ligeramente a un costado
y al otro para hacer mover sus senos como un flan Era necesaria la marca? Ravana,
mientras meneaba la pelvis para arriba y para abajo rítmicamente,
atenta a nada más que a mi placer. Entre el perfume de desodorante
Polyana, percibí el sutil pero embriagante el aroma de mujer que
cobijaba el valle entre sus pechos, que evocó fuertemente aquel
pasaje del verano de Miguel Cané en la quinta de la Chacarita, que
hubiera tenido en ese momento suficiente inspiración para ponerle
música:
“allí
doraba el sol esos melones de origen No creo, origen es singular exóticos,
redondos, incitantes, los melones exquisitos, de suave pasta
perfumada”
Y
así, en el río revuelto que Más bien en el río que habían dejado revuelto las... causaron
las buenas intenciones de los padres de Shuki, que eran libertinos, y
los de Martín Kohan, que eran sobreprotectores, descubrí que era
cierto que el cuerpo de una mujer era el campo más fértil para
encontrar respuesta a los misterios de la vida y descubrir sus
placeres más simples y hermosos, y mi iniciación no fue la pérdida
de nada, sino el comienzo de esa eterna búsqueda, que esperaba algun
día continuar con otra compañera, tan tierna pero menos mercenaria. je. Y las mujeres recordamos como hermosos esos interminables 9 meses de embarazo, por alguna razón
Comentarios
del capítulo
a
menos que siga el campamento en el capi siguiente, me pasó como con
el recital, me dejaste en el hall del prostíbulo mientras se
terminaba el capítulo. Esta última reflexión la podrías hacer
volviendo del campamento, o de las vacaciones al colegio. Edit: ahora
que vi cómo empieza el siguiente en tercer año, podrías hacer esta
última reflexión yendo a clases el segundo cuatrimestre y mirando a
las chicas con las que tratabas a diario y pensando en que eran
potenciales compañeras, tan tiernas pero menos mercenarias, o alguna
cosa que haga transcurrir todo el cuatrimestre.
Estuvo muy lindo. Muy educativo sin caer en lo guaso. Como mujer lo pude leer sin rechazo, que sí me provocaron otras partes del libro (que te marqué). Quizás si en capítulos anteriores te sincerás con que te estabas haciendo el guaso porque te sentías obligado a hacerte el bacán y te pusiste (con la poca elegancia que conlleva) la nariz de payaso, quizás hasta éste, donde te admitís asustado e inhibido, hasta dé más ternura.
Estuvo muy lindo. Muy educativo sin caer en lo guaso. Como mujer lo pude leer sin rechazo, que sí me provocaron otras partes del libro (que te marqué). Quizás si en capítulos anteriores te sincerás con que te estabas haciendo el guaso porque te sentías obligado a hacerte el bacán y te pusiste (con la poca elegancia que conlleva) la nariz de payaso, quizás hasta éste, donde te admitís asustado e inhibido, hasta dé más ternura.
¿Sabés
qué? Quizás me hubiera gustado en la primer parte que agregues
alguna puntita más sobre la personalidad de Eduardo, el “nuevo”
en la sucesión de personajes del libro, pero una puntita eh, como
quien agrega un condimento con sutileza, quizás respondiendo a las
preguntas que te hice (no tipo tarjeta del dñia de la madre, con
demostraciones concretas de personalidad) alcanzaría, pero ojo no
más de dos lìneas en total, que no gane un protagonismo que no le
corresponde.
Gracias a Dios, volvió el hilo conductor. Acá dan ganas de ver cómo sigue de nuevo (uno espera que siga a partir de ese punto en el tiempo). Lo que te decía de ir presentando a tus amigos en capis anteriores como el hilo conductor: la idea sería llegar a éste ya con las personalidades bien definidas (definidas a lo largo del año y medio de anecdotario, no en un p´`arrafo).
Te digo, nomás, no me peguen, estoy trabajando.
Gracias a Dios, volvió el hilo conductor. Acá dan ganas de ver cómo sigue de nuevo (uno espera que siga a partir de ese punto en el tiempo). Lo que te decía de ir presentando a tus amigos en capis anteriores como el hilo conductor: la idea sería llegar a éste ya con las personalidades bien definidas (definidas a lo largo del año y medio de anecdotario, no en un p´`arrafo).
Te digo, nomás, no me peguen, estoy trabajando.
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