miércoles, 29 de julio de 2015

ADS 2-7 Vacaciones de invierno comentarios 13-02-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Comentarios de Romina al 13-02-2014


Vacaciones de Invierno



Para las semanas que precedieron las vacaciones de invierno del segundo año ya estaban forjados los fuertes lazos de amistad que nos sostuvieron durante estas épocas, y Martín Kohan, Daniel Alhadeff Alguno de estos era Calvin Klein, no? Es como que a algunos los nombraste solametne al presentarlos y uno no se acuerda bien de cuál es cuál, ¡con usarlos como hilo conductor hasta acá se solucionaría! El único que aparece cual cómico al que están por sacar con el mango de un paragüas es Tripas. Apología del Hilo Conductor. , Tripas, el Mono, Shuki y el resto de la banda éramos más unidos que nunca e inseparables en la vida escolar, dándonos aliento y apoyo moral en los momentos difíciles y compartiendo las horas del día juntos, sea en el aula, en el Campo de Deportes, estudiando en la biblioteca, en los bares de alrededor del colegio o alguna otra actividad extra Yo pondría extracurricular todo junto curricular. Esta fraternidad era el lazo que nos permitía sobrellevar la opresión, por momentos agobiante, que nos causaba el escrutinio constante de nuestros movimientos físicos, de cualquier actividad e interacción durante las horas de clases.

Todo entraba bajo la magnificación de la lupa: el tono con el que articulábamos cualquier contestación al preceptor, que siempre dejaba algo que desear, la perfecta rectitud del brazo derecho mientras tomábamos distancia en la fila, que parecía ser un tema de investigación científica, el sonido de nuestros pasos al marchar a la clase de Música, objeto de constantes recriminaciones, o cualquier cosa que hiciéramos o pensáramos hacer dentro de los claustros. Todo esto era examinado bajo una lente microscópica, que veía cosas que eran invisibles al simple ojo, y escuchaba sonidos en una frecuencia que estaba vedada a nuestros oídos, o intuía actitudes desacatadas que éramos incapaces de detectar en nosotros mismos. Desvíos del absoluto cumplimiento literal de las reglas o el capricho del preceptor, por más infinitésimos que fueran, eran una violación, que otorgaba turno automático en la Prefectura esa mismísima tarde, rutinaria para los que se olvidaron de cortarse el pelo, las que se dejaron el flequillo fuera de la vincha, los que se desabrocharon el último botón de la camisa, los que se rascaron una picazón en fila o parpadearon a una frecuencia irreglamentaria. El que no caía víctima de la guillotina disciplinaria de un solo saque por un pecado mortal estaba sujeto a la diaria sangría de los mil tajos de humillación y miedo frente al Prefecto, con la que ese barbero carnicero eliminaba el imaginado superávit de humores sanguíneos y coléricos del río de rebeldía que, sin que pudiéramos detectarlo, aparentemente corría por nuestras venas. Todo esto así, sin metáforas, se entiende bien pero debería estar mucho antes, antes de Chiapella por ejemplo. Creo que el lugar ideal es después de la expulsión del Mionca, en que uno cae en que no son amenazas vacías sino que la cosa va bien en serio. Uno lo siente bien, pero es muy tarde ponerlo recién ahora. .

Recordando el contraste con las alegres épocas de colonias de verano que hice en mi infancia, se me ocurrió que sería un buen antídoto a la inclaustración si nuestro estrecho grupo de amigos de la división nos fuéramos de campamento solos Coloquialmente lo re decimos así y no suena mal pero por escrito te re das cuenta (re pero re) que es “un” grupo de amigos por lo que debería irse de campamento en singular. Si no querés cambiarlo no importa tanto porque coloquialmente uno re-habla así pero la Academia te re-mataría junto con todos los docentes de Castellano s, a dejar escapar un poco la presión acumulada en los primeros cuatro meses de confinación. Primer año y medio quisiste decir, no? Ya estaban en segundo año, si lo ponés así parece que hace 4 meses que se conocen . Fue una idea que inicié con pocas esperanzas de concretar, mencionándola al pasar como una posibilidad loca en un recreo, pero que debo haber pintado con demasiadas imágenes de cielos infinitos regados de estrellas, de campo abierto sin fin, de trasnochadas frente al misterio de una fogata y de mañanas sin obligaciones, porque mi propuesta pareció encender llamas de libertad en los ojos de la tropilla acorralada en los claustros, y desbocó el entusiasmo por unas vacaciones libres de marca, lejos de corrales y de la tensa calma chicha del aula.

Decidimos hacer una reunión fuera de la zona de influencia del Colegio donde discutir y planificar más concretamente la idea, y aquí debo subrayar en defensa propia que no tuvimos manera de saber en qué resultaría, ni siquiera el Tripas, que era guaso pero no era vidente, cuando consentimos Yo diría consentimos en que que la reunión se hiciera en lo de Shuki, ya que él ofreció Yo diría ofreció su casa, sino queda como que cortaste antes y no había razón para rechazar No había razón para rechazar la oferta, sin le, no está mal pero suena horrible la oferta. Hasta entonces no sabíamos que los viejos de Shuki eran muy adinerados, que vivían en un regio departamento en Belgrano donde tenían de todo, incluyendo una flamante reproductora de video No era videocassettes? casetes, esa fantástica novedad de la época, ni sabíamos que el viejo de Shuki era un tipo muy exitoso que había hecho fortunas en el negocio de los tapados de piel, pero que sufría el tardío y potencialmente complicado desarrollo de su único hijo varón con típica angustia paternal. Lo intuimos, tal vez, cuando se puso tan contento al ver a los amigos del nene, algunos más grandulones que otros pero todos más hombrecitos que Shuki, y se desvivió por lograr que nuestra visita fuera memorable. Nos proveyó amplios suministros de chizitos y gaseosas y se aseguró de que el resto de la familia se hiciera humo fingiendo una improvisada salida para “dejarnos tranquilos” por unas horas. Antes de salir, encima, le mostró a Daniel Alhadeff un gabinete donde tenían un suministro de Acá escribiste videocasetes todo junto pero sin ninguna doble videocasetes con películas “películas en videocasete” en todo caso, “videocasete con película” suena a aclaración de tipo “no vayas a pensar que era un videocasete porno” que quedaba sin llave, Está como rebuscada la oración, yo diría “un gabinete que quedaría sin llave, donde se encontraba un suministro de películas en videocasete” , “por si queríamos mirar alguna”.

¡¿Cómo no íbamos a querer mirar una película?! Ninguno de nosotros tenía una videocasetera, y en esa época de tan poca tecnología poder mirar una película a voluntad, sin tener que ir al cine o esperar que la dieran por tele era algo tan extraño como poder detener el tiempo, o caminar por las paredes. No atinamos a hacer otra cosa en el momento en que nos quedamos solos, para descubrir con incontenible excitación, encima, que el gabinete sin llave estaba lleno de películas pornográficas, que hoy están al alcance de cualquier mocoso con un peso para pagar el cibercafé, pero que entonces para nosotros eran tan legendarias como el unicornio azul de Silvio Rodríguez, e igual de subversivas también, porque en esa época estaba prohibido todo, pero nada más que cualquier cosa que tenga que ver con el sexo o la política “todo, bueno, todo lo que tenga que ver...” , que eran las dos preocupaciones principales de los censores, esos eduardos manostijera cuya ocupación parece hoy tan anacrónica pero que entonces era un pilar fundamental de la sociedad, donde la censura se aceptaba como la cosa más natural del mundo. El descubrimiento nos hizo sentir como se debe haber sentido Churchill cuando le confirmaron que sus espías habían descifrado el código de las comunicaciones de Hitler. Fue un hito de envergadura difícil de exagerar, que abría la puerta a descifrar información estratégica para nuestra existencia pero que se podía compartir sólo con un grupo cerrado de co-conspiradores de intachable confianza. El campamento de vacaciones de invierno quedó temporariamente olvidado “definitivamente olvidado por el momento” , mientras miramos una película tras otra, mayormente en concentrado silencio, porque estaban llenas de revelaciones que colmaban todas nuestras capacidades de procesar estímulos, y no queríamos perdernos ninguno de los detalles por un descuido de inatención.

Todas las películas tenían más o menos la misma trama de personajes intercambiables, que comenzaba con uno de ellos hablando por teléfono, mirando televisión o haciendo cualquier otra cosa común y corriente. Acto seguido entraba en escena el otro personaje principal, y ahí ya había quórum para el resto, que era el plato principal de la película. Un joven de bigotes, por ejemplo, venía a limpiar la pileta de natación de una señora, cuyo busto exuberante el muchacho parecía incapaz de resistir y, en contravención de las normas sociales que los varones aprendemos en la más temprana infancia, descaradamente y sin permiso agarraba los senos de la señora entre sus manos para acariciarlos libidinosamente. En vez de pegarle un tremendo sopapo y llamar a la policía, sin embargo, ella daba gemidos de placer, y en un desenlace que si uno parpadeaba se lo perdía, terminaban los dos desnudos y enroscados en una danza furiosa sobre una reposera. Estuviste delicado, no hablaste de las vaginas de tus compañeras ni nada. “danza furiosa” bien . En otra escena, una niñera que terminaba de cuidar de los niños de un señor, también de bigotes (porque todos los hombres de esas películas parecían tener bigote) se agachaba a recoger algún juguete del piso, ignorante que se le podía ver todo lo que tenía debajo de la minifalda, y su bombacha blanca parecía robarle al hombre toda capacidad de controlar sus impulsos más básicos o considerar las ramificaciones de un escándalo, porque ni siquiera intentaba resistir la tentación de tocarle el culo. En vez de salir corriendo a la calle gritando “¡Sátiro, sátiro!”, sin embargo, la jovencita recompensaba su audacia parando más la cola, y en un santiamén los dos terminaban en la mesada de la cocina, él de rodillas y ella en cuatro patas.

De vez en cuando, luego de unos minutos de pasión, más personas entraban en escena, descubriendo a los amantes en el acto. Muchas veces se trataba de un cónyuge que encontraba a su media naranja in flagrante delicto extramatrimonial, o una madre que descubría al novio de su hija desflorándola sobre su cama, o la persona que uno se imaginaría la menos contenta con la situación, pero mientras que en cualquier otro género artístico la trama hubiera desencadenado en un crimen pasional motivado por torbellinos de celos, sentimientos de traición y deseos de venganza, las pasiones egoístas eran el último recurso del cineasta pornográfico, que sabia abusar expertamente de la docilidad natural de los varones para suspender conocimiento de la naturaleza celosa de los seres humanos, y suplantarlo con fantasías adolescentes donde la infidelidad, el incesto y otras transgresiones de la carne terminaban no en consecuencias nefastas sino en triángulos, cuadriláteros y otras figuras amorosas que no nos habían enseñado en la clase de geometría, pero cuya superficie podíamos calcular a ojo de buen cubero por la amplia extensión de piel a la vista.

Esta Biblioteca de Gomorra levantó la tapa de los secretos de la mecánica del sexo, que se nos reveló lleno de inusitadas sensaciones, estímulos y placeres que nos causaron un desparramo de hormonas deliciosamente insoportable, nos aceleraron los latidos del corazón, y nos entrecortaron la respiración por horas, además de afligirnos con erecciones tan intensas y de tantas horas de duración que los fabricantes de Viagra recomiendan hoy una visita médica, y cuya falta de desenlace nos dejaron las Quizás bolainas, o partes íntimas. Hasta acá ibas bien terapeuta sexual. Ella tendrá relaciones con usted y nos hará un informe más completo’. Luego de la cita la terapeuta entra en el consultorio del médico en silla de ruedas, diciendo que no sabía si volvería a caminar. ‘¿Está segura que vio a mi paciente, el marinero con el tatuaje que dice RECOPLA?’. ‘¡Sí!’, contesta afligida la terapeuta. ‘Eso es lo que dice cuando esta fláccida, pero cuando se le para, dice RECUERDO DE MI PASO POR CONSTANTINOPLA’”

Las delicias que prometían las películas de Shuki aceleraron repentinamente nuestra voluntad de progreso hacia el mundo excitante de los adultos, pero no hicieron mucho para comprarnos el boleto de entrada. Le siguieron largos períodos de contemplación y consideración solitaria. Me acuerdo claramente revivir esas escenas meses después, en cualquier momento de distracción en un viaje de colectivo, en una clase de geografía o en la soledad que los varones comienzan para esa edad a buscar en largos confinamientos en el baño, e imaginarme cómo serían eventualmente mis propias experiencias, sobre todo la primera, que a pesar de una saludable desesperación me traía tanta ansiedad y miedo. En este avance vertiginoso en nuestros conocimientos fuimos al mismo tiempo beneficiarios y víctimas de la intención del padre de Shuki de ponerle algunos pelos en el pecho a su hijo con una temprana exposición a la carnalidad, porque aprendimos un montón de los detalles mecánicos del sexo, pero ¿demasiado prematuramente? Eso, supongo, quedará en el tintero donde marchitan sin contestar las preguntas retóricas. Lo que sí descubrimos fue que no era verdad aquello de las temibles consecuencias de demasiada masturbación, porque, si no, hubiera sido un milagro que no nos quedáramos todos ciegos en los días y semanas que le siguieron a esa visita a la casa de Shuki, porque no atinamos a hacer prácticamente otra cosa.

Demorados pero no disuadidos por el fracaso de la reunión en la casa de Shuki en su objetivo de avanzar la organización de nuestro viaje de campamento, continuamos con los preparativos. 

O “La siguiente” Esta fue la oportunidad de los padres de Martín Kohan, que eran tan sobreprotectores como los de Shuki eran libertinos, de tratar de frustrar nuestros planes con una reunión, a la que asistieron todos los padres, donde nos batimos furiosamente contra sus mil objeciones para justificar la necesidad de viajar juntos, de hacer una actividad independiente lejos de nuestro entorno, libres de tanta supervisión. Mostramos el folleto del Automóvil Club donde estaban Estaban listados? listaba todos los campings del país, y explicamos cómo habíamos elegido uno en la localidad de Gualeguay, en Entre Ríos, la “capital argentina de la cordialidad” según el folleto, con el criterio de que quedaba a una distancia razonable, ni muy lejos ni muy cerca de Buenos Aires, estaba situado a la orilla del río (lo que nos permitiría pescar) y era uno de los pocos que tenía todas las amenidades en la lista: baños, duchas, parrillas, pileta de natación y, de más importancia para padres preocupados, vigilancia las veinticuatro horas al día los trescientos sesenta y cinco días del año. Compartimos las listas de la ropa, equipo y alimentos que habíamos preparado y un presupuesto que incluía el costo del boleto de ida y vuelta por micro y una división de los gastos en común. A pesar de que no lograron frustrar el viaje, los Kohan sí consiguieron convencer al resto de los padres de que no teníamos suficiente edad para ser confiados lejos de casa sin un mayor, y propusieron un chaperón, un chico llamado Ernesto de diecinueve años que era hijo de unos amigos y líder de grupos de muchachos en el club Hebraica, para asegurarse de que no nos metiéramos en problemas. A pesar de nuestra oposición, la idea resultó razonable para los padres, que la aprobaron unánimemente por encima de nuestras protestas, que la historia resultó reivindicar.

Llegado el día de la Ya llegaron las vacaciones? Es como que faltan unas líneas acá de vuelta al cole partida  Cuántos eran? “los 12” tomamos el micro, o x cantidad tomamos el micro a Gualeguay muy temprano una mañana de sábado el fin de semana previo al comienzo oficial de las vacaciones, amodorrados de sueño por la hora pero excitados por la libertad de la ruta. Cargamos todas nuestras mochilas, carpas y bártulos en el compartimiento de equipaje del regio micro y nos sentamos ocupando los asientos del fondo en una cabina prácticamente vacía. Nos pasamos las horas de viaje charlando animadamente mientras Ernesto dormía, recuperándose, según nos contó entre siestas, de una trasnochada pasada con su novia, Violeta. Antes de llegar decidimos preguntarle al chofer si sabía dónde quedaba el camping y éste, muy gaucho, nos terminó llevando hasta un cruce de caminos que quedaba a sólo diez minutos de marcha. Al bajarnos del bus ya eran aproximadamente las dos de la tarde, y el estado de ánimo del grupo no podía ser mejor. El frío de un julio gris y nublado no se hizo tardar en sentir, sin embargo, y para cuando llegamos a nuestro destino estábamos cubiertos de ropa, gorros, guantes y bufandas. Cruzamos un puente y bajamos la senda que conducía al camping, armando un barullo de cantimploras y cacharros sonoros, en grupitos de dos o tres, unos hablando a los gritos, otros desafinando sobre el susurro de los Walkman, que eran por aquella época otra novedad japonesa, contentos de haber llegado a la tierra de la aventura, sin que la desolación del paisaje frío hiciera la más mínima mella en nuestro entusiasmo. Encontramos el camping al final de la senda a la orilla del río, en un sitio bien organizado con un gran quincho central y un pequeño edificio donde estaban las duchas, los baños y una oficina administrativa. La vera del río estaba llena de parrillas donde hacer asaditos, mesas de madera donde ? coMartínezs y escalones que bajaban hacia el agua cuyas orillas estaban cubiertas de juncos verdes bamboleándose contra la corriente. El terreno tenía buena cubierta de enormes y frondosos árboles de eucalipto, excepto donde estaba la cancha de fútbol, mayormente pelada pero con algunos brotes de yuyos donde hay normalmente menos movimiento de jugadores, y un tanque australiano que era seguramente la pileta que anunciaba el folleto, sólo que, como era de esperarse dada la estación, estaba a medio llenar de agua verde y hecha un criadero de sapos y ranas. En definitiva, un humilde pero lindo lugar donde pasar las vacaciones en el calor del verano, pero que en julio estaba triste, frío y abandonado.

Depositamos los bártulos en el quincho y decidimos dar una vuelta a ver qué encontrábamos en los alrededores. Nos separamos espontáneamente en grupitos de dos o tres para explorar nuestro entorno. El Mono y yo decidimos ir a ver el rio, recorriéndolo desde una punta a la otra del camping con la esperanza de poder avistar alguna señal de vida en esas aguas cargadas de sedimento barroso. Los dos habíamos traído equipo de pesca con la esperanza de vivir esa semana de lo que pudiéramos ajusticiarle al río, y quien sabe llevarnos alguna foto con uno de los legendarios dorados entrerrianos que infestan las aguas de la zona. En una punta de la vera se levantaba un enorme sauce llorón, cuyas ramas caían sobre el agua. Decidimos treparnos y ver lo que se pudiera desde lo más alto. Desde el tanque australiano nos llegaron los gritos de Shuki suplicando para de Suplicando a Tripas? Tratando de zafarse de las garras de Tripas? zafarse de la s garras de Tripas, que amenazaba con tirarlo al agua mugrienta. Ernesto, de Yo diría mientras tanto mientras, se divertía revoleando sapos con la red de limpiar las hojas, improvisando un bombardeo aéreo Que intentaba, diría yo intentando hacer blanco en la cabeza de alguno. En algún momento los dos unieron sus esfuerzos por torturar al pobre Shuki, que pedía por favor que no le hicieran tragar un sapo reventado con gritos tan agudos que cualquiera hubiera pensado que lo estaban desgañitando. Después de unos minutos de griterío nos dirigimos hacia ellos, pero cuando llegamos ya lo habían soltado a Shuki, y estaban sentados los tres cerca del borde de la pileta como si no hubiera pasado nada, pero había quedado sellada la sociedad entre el Tripas y Ernesto para las bromas pesadas esa semana, en una de las cuales me dejaron atado a un árbol por como tres horas y casi me matan de frío.

Decidimos armar campamento en la zona próxima a los escalones de la ribera a unos pasos del sauce llorón, donde el pasto estaba más corto y bastante lindo, y marcamos el sitio de cada una de las tres carpas en un triángulo que permitiría tener una fogata en el medio. Levantamos la carpa que me tocó compartir con Martín Kohan y Javier Gómez bastante rápido, mientras el resto todavía luchaba con las estacas y lo puteaba a Ernesto, que dormía sobre una de las mesas del quincho, recriminándole que campamentero en jefe las pelotas, más bien pajero en jefe, porque no había hecho nada más que hacer huevo, insultos que Ernesto se tomó con mucho humor y poca vergüenza, porque no afectó su voluntad de ayudar en nada más que en explicar que no había venido a trabajar, sino a vigilar y asegurarse que las doncellas a su cuidado no se metieran en apuros, aunque fue gracias a él que nunca pudimos contar a nadie las historias de este campamento y se perdió a propósito todo rastro histórico del él.

Cuando ya habíamos terminado de montar el campamento vino un hombre, triste y atorrante como los perros de la zona, que nos dijo en esa manera de hablar de los provincianos, tan llena de largas pausas, que los dueños del lugar no venían durante el invierno porque el lugar estaba cerrado, pero que por unos pesos nos podía abrir el candado donde estaban los baños y las duchas, que quedaron así disponibles para que podamos hacer nuestras necesidades sin tener que acudir al río o a los yuyos y que después nos salvaron de mayores inconveniencias que hubieran, tal vez, puesto un fin prematuro a nuestras aventuras. Ya establecidos, con cobijo para la noche que caía, comimos todo el pan y galletitas que habíamos traído y con eso aguantamos un rato. El Mono y yo montamos las cañas, ansiosos de pescar algunas bogas para comer esa misma noche y no tener que hacer uso de nuestro suministro limitado de comida, y nos sentamos a esperar un pique mientras caía la oscuridad y cubría todo con un manto negro que apenas podía penetrar la roja luz del fogón o el tenue haz de nuestras linternas.

Dos horas después de entrada la noche no teníamos ni una mojarrita. En la desorganización de la que son capaces una decena de varones adolescentes sin líder ni guía, porque en esto Ernesto no nos había hasta ahora servido en nada, nadie consideró la cena, que el frío hizo una necesidad apremiante. Decidimos cocinar un par de los paquetes de fideos que habíamos traído. No entiendo, entonces sí la consideraron, o se los enchufó en la mochila alguna mamá? . Acostumbrados a la hornalla de la cocina de nuestras casas, hicimos una fogata en una de las parrillas de la vera del río, llenamos la olla grande de agua fresca de la canilla y la pusimos al fuego. La llama de nuestra fogatita rara vez fue más alta que la de una hornalla a gas, pero no nos dimos cuenta de que la madera no se quema con la misma intensidad calorífica, a pesar de tener más llama, y la olla de fideos jamás pasó de tibia. Así y todo, algún impaciente metió los fideos a la olla igual, y una hora después todavía no habían hervido, aunque se veían blanditos y tenían pinta de buenos bajo el haz de la linterna. Empezamos a considerar la salsa para acompañar los fideos, que desgraciadamente no habíamos traído con nosotros. Alguno tuvo la idea de meter en el agua un par de sachets de sopa crema de tomates, que no podía ser muy distinta a la salsa de tomates, y nadie objetó, así que eso hicimos y nos sentamos a esperar una media hora más para que se mezclara bien en el agua. Al final de esta primer receta a la intemperie nos reunimos ansiosos a comer la sopa crema de tomates con espaguetis, y cuando probamos el plato improvisado los fideos resultaron blandos pero crudos, la sopa estaba demasiado fría y aguada para servirnos de sustento, además de estar contaminada de un gusto fuerte a harina cruda de los fideos, y el conjunto resultó incomible. Esta fue la primera vez en ese viaje que sentí verdadera hambre, y ni el estómago vacío, ni el piso duro ni el frío ayudaron a darme una noche muy placentera.

Con el sol de la mañana llegó la esperanza de un nuevo día. La lección de la noche anterior estaba aprendida: si queríamos calentar agua necesitaríamos un fuego más intenso y desde entonces siempre cocinamos en la fogata central entre nuestras carpas. Esa mañana logramos desayunar con chocolate caliente y descubrimos que había pan que se nos había pasado O que habíamos olvidado, ¿fue una madre? en la oscuridad de la noche, con el que hicimos tostadas sosteniendo el pan con un palo encima del fuego, y le untamos un tarro entero de dulce de leche. Chequeamos las cañas que habíamos abandonado la noche anterior pero nada había perturbado la carnada, que estaba tan enterita como la noche anterior, y hasta bien preservada por las frías aguas del río. No pescamos nada en todo ese viaje, pero la pasamos muy lindo en los próximos dos días O la pasamos bien en los siguiente dos días haciendo otras actividades, jugando picaditos de fútbol, tirando piedras al río, y también valiéndonos por nosotros mismos con tareas como juntar leña para la fogata, cocinar sopas y fideos sin arruinarlos, “y hhasta papas” diría yo además de papas que envolvimos con papel de aluminio y cocinamos sobre las brasas. Aquellas que pudimos rescatar sin que se hayan carbonizado quedaron muy ricas y fueron un reconfortante antídoto contra el frío.

Para el tercer día ya habíamos agotado las reservas de comida que trajimos con nosotros, en parte porque habíamos calculado bastante mal la cantidad que muchachos de nuestra edad comen tres veces por día, en parte porque esperábamos tener acceso a un almacén donde comprar más suministros, pero que no había en las zonas aledañas al camping. El cuarto día amanecimos sin nada que comer, y en vez de tomar alguna medida para remediar la situación nos pasamos el día haciendo carreras de ranas que cazamos de las aguas verdes de la pileta, y para cuando los ánimos ya estaban mellándose a la caída de la noche y el regreso del frío, comenzó la lluvia que apagó la fogata y mojó la leña. Nos metimos en las carpas tratando de escapar del aguacero, pero no tardamos mucho en darnos cuenta de que habíamos hecho campamento en una zona susceptible a inundarse, y pronto comenzó a entrar el agua por el piso. Aguantamos un rato tiritando de frío y hambre, pero el agua empezó a El nivel del agua crece, o el agua sube (mñas coloquial) crecer más y más, amenazando mojar nuestras bolsas de dormir, así que no tuvimos más remedio que salir a buscar otro refugio donde pasar la noche. Afuera nos encontramos con que el resto de las carpas estaba sufriendo el mismo problema. Y Ernesto se ganó el aplauso al inútil mayor? 
 
. Recogimos todas nuestras pertenencias de las carpas, las pusimos sobre las mesas del quincho para preservarlas de la lluvia que caía de arriba y la inundación que crecía de abajo y nos acostamos en el piso de las duchas, frío y duro pero seco, a cobijo de la intemperie, donde había apenas suficiente lugar para todos pero que enseguida llenamos con el calor de nuestros cuerpos, pegados los unos a los otros.

Esa noche resultó ser una hermosa experiencia de camaradería Che vos ves unicornios en cualquier pastito , en las que charlamos horas y horas en la oscuridad de las duchas, donde tuve la sensación de estar en el campo a miles de kilómetros de ningún lugar, y hubiera jurado que desde mi bolsa de dormir se podían ver todas las estrellas del firmamento, a pesar de estar entre ellas y nosotros no sólo el techo de las duchas sino una gruesa capa de nubes que descargó esa noche suficiente agua como para llenar el río Paraná, y me sentí libre, más libre de lo que me había sentido en todos los días desde que ingresé al Colegio. El aislamiento de la tormenta y la oscuridad reinante sirvieron para crear una sensación de ser un grupo de náufragos a la deriva, el frío una excusa para sentir más intensamente el calor reconfortante del cuerpo de mis amigos, y el hambre fue una aflicción compartida que sirvió sólo para acentuar nuestra comunión. No dormimos casi nada, sino que nos quedamos hablando y hablando hasta el amanecer, el hambre, el ruido de la tormenta y la hora tardía de la noche sirviendo para enrarecer nuestra conversación y nuestros pensamientos, soltándonos la lengua a todos, pero a nadie más que a Ernesto, que empezó a contarnos de Violeta, su novia, a quien nunca conocimos pero cuyo cuerpo desnudo, luego de aquella noche, podría fácilmente describir aún treinta años después con los ojos cerrados, porque así fue como lo recorrí en la oscuridad del piso de las duchas, de la boca de Ernesto directo a mi imaginación salvaje, contaminada de las películas de Shuki. Una vez que dejó brotar la primera palabra no paró hasta contarnos todos los detalles de cada uno de los actos sexuales que habían hecho desde que empezaron su noviazgo, como si se estuviera confesando pecados que le carcomían el alma, sin dejar afuera ni suavizando nada de lo que había gozado, sufrido y aprendido satisfaciendo las necesidades leoninas de Violeta, la ninfómana, a quien le gustaba “todo”, pero sobre todo le gustaba decir y que le digan chanchadas durante el sexo. Aún hoy puedo verla cómo nos la describió, en las posiciones que más le gustaban a Violeta, pero mejor que ninguna en la que más me excitó, tendida sobre la cama de su cuarto con las piernas entreabiertas, los pechos pequeños pero firmes, los pezones oscuros y grandes como guindas maduras, el torso delgado y las caderas anchas, mostrando sin pudor la entrepierna cubierta de suaves vellos e hinchada de rubor, mientras sostenía la cabeza de Ernesto por los pelos a dos manos, dirigiéndole la boca hacia el Jardín de la República y, gritándole con premura que casi desbordaba en violencia “¡Comeme toda, papito!”, y yo sentía que estaba ahí, pispiando detrás de Ernesto, mientras él luchaba por satisfacerla sin asfixiarse, tan cerca que podía ver los movimientos giratorios de su lengua y la mezcla de desenfreno y pánico en sus ojos. Violeta era insaciable, y el pobre Ernesto nos contaba, casi en tono de queja, cómo lo obligaba a hacer una cosa innombrable tras otra, tres, cuatro o más veces por noche, toda la noche hasta el agotamiento, y le decía cosas sucias, irrepetibles, que escuché por primera vez esa noche y todavía hoy, que llevo décadas de casado y tengo tres hijos, me ruborizan Yo diría ruborizo de recordarlas.

Entonces, ya al final de su confesión, sacando conclusiones obvias de nuestras risitas y respiración entrecortada, Ernesto nos preguntó si éramos vírgenes, y cuando todos asentimos en el afirmativo sugirió que era una enfermedad con cura, y que al otro día iríamos todos a Gualeguay, donde primero buscaríamos dónde comprar comida… pero aprovecharíamos la volada para preguntar en el pueblo si no tenían un prostíbulo donde perder la virginidad en masa.

Al otro día estábamos todos de pie y listos a media mañana, excitados a pesar de no haber prácticamente dormido ni comido nada en veinticuatro horas, aunque irritados porque Ernesto no conseguía abandonar el calor de su bolsa de dormir a pesar de nuestra insistencia. Esperamos hasta que se digne a levantarse y salimos a pie medio muertos de hambre a buscar el pueblo de Gualeguay, dejando atrás las carpas abandonadas en grandes charcos de agua. Al llegar a un cruce de caminos a eso del mediodía encontramos una parrilla y decidimos entrar a comer antes de seguir camino. En lo del Gordo, el restaurante donde la comida parecía salida del cielo, no se pedía a la carta, sino que el mismísimo Gordo que le diera su nombre al establecimiento tiraba sobre la parrilla morcillas, mollejas, chorizos, bifes y entrañas, y uno comía hasta que se hartaba de comer. Una vez que entramos en confianza y la comilona estaba en pleno curso, Ernesto indagó acerca del prostíbulo, y el Gordo nos dijo que sí, que había uno muy bueno que se llamaba el Danubio Azul, que quedaba a dos cuadras de la plaza del pueblo, y nos dio unas direcciones que parecieron fáciles de seguir. A medida que masticábamos la carne luego de tanta abstinencia nos empezamos a sentir más humanos, nos volvió el rubor a las mejillas y la sangre a correr por las venas. No sólo por ser la primer comida como Dios manda que habíamos comido en todos los días del campamento, sino también por el calor de la estufa que nos sacó la humedad de los huesos. No recuerdo haberme sentido nunca tan bien como me sentí Yo diría hacia para el final de esa comilona, que fue épica en la magnitud absoluta del placer de comer tanto y tan bueno, pero aún más intensa porque veníamos tan carecidos de comida nutritiva que el goce fue multiplicado por mil, y para cuando salimos de nuevo a la calle nuestros ánimos no podían ser mejores.

Afuera ya no llovía, y el aire olía a domingo en esa tarde de miércoles. Ni un coche pasaba por las calles dormidas, respetuosos del ocio sabático de la siesta provinciana en ese pueblo que era la capital no de la industria, no del comercio, ni siquiera de la soja, sino de la cordialidad, que no cuesta nada ni requiere demasiado esfuerzo. El sol ya se estaba asomando entre las nubes que se disipaban, y cuando llegamos al centro brillaba tenuemente por las calles y las ventanas de las casas convirtiéndose en augur de una tarde más benigna en el medio de tantas tormentas de invierno. El viento, sin embargo, todavía soplaba frío y empapado del aroma de los eucaliptos que bordeaban las veredas, sin molestarnos igual que antes  “sin molestarnos como antes” ahora que teníamos una fuente de calor interna en la suculenta parrillada en plena digestión que comimos en lo del Gordo.

La responsabilidad de buscar el Danubio Azul nos cayó por orden de Ernesto al Mono y a mí, mientras el resto de los muchachos nos seguían a una distancia prudente. Tratamos inicialmente de seguir las instrucciones del Gordo, pero, sin éxito, nos vimos forzados a preguntar a transeúntes, siempre hombres que juzgamos con cara y porte de frecuentar ese tipo de establecimientos, y preguntando más o menos crípticamente si conocían un lugar que se llamaba “El Danubio Azul”, sin dar demasiados detalles. Nadie parecía conocer un boliche con ese nombre, y alguno que trató de indagar qué tipo de establecimiento era se llevó una respuesta evasiva y un espectáculo de mejillas ruborizadas, pero los provincianos son gauchos igual, y nos mandaron para acá o para allá, si no a buscar un lugar que podría llamarse algo así a buscar a alguna persona que sabría de qué se trataba y dónde quedaba. Finalmente volvimos a la plaza central luego de dar vueltas infructuosas Durante, diría, o vueltas infructuosas por la avenida por media tarde, y un viejito con cara de atorrante supo reconocer el nombre.

- “El Danubio Azul se cerró”, nos dijo, “pero abrió otro boliche que se llama La Guampa.”

Seguimos sus direcciones al pie de la letra. Eran ya eso de las cuatro y media de la tarde. Tuvimos que esperar que un auto pase antes de cruzar la calle: había terminado la hora de la siesta, coches y gente circulaban ya normalmente y el pueblo había despertado. Al llegar a la vereda de enfrente comenzamos a caminar en la dirección que Que se nos había señalado, o lo que es lo mismo que nos habían señalado, indeterminado nos había señalado. Marchando hacia nosotros en dirección opuesta, a paso de experta sobre tacones altos, venia una rubia de unos treinta años, vistiendo vaqueros apretados que le acentuaban los contornos, una remerita lila y una camperita blanca que apenas le cubría los hombros del aire glaciar de esa tarde de julio y le dejaba el pecho tan a la merced del catarro como de las miradas furtivas. En el punto más prominente y expuesto de sus pechos se delataban dos pezones esculpidos como en mármol por el soplo del ventarrón litoral. Mientras caminaba hacia nosotros se bamboleaba más que los juncos del Paraná, para acá y para allá, para allá y para acá, desparramando encanto femenino con los movimientos rítmicos de sus carnes suaves pero firmes. Al acercarnos a doble velocidad por circular en direcciones opuestas, la fijación de nuestros ojos sobre sus pezones se hizo rápidamente tan imposible de encubrir como bochornosa, pero en vez de ruborizarse la rubia pareció disfrutar del poder hipnótico de sus meneos, porque los redobló con un gesto de satisfacción por la atención recibida. Al pasar a nuestra izquierda por un instante pudimos apreciar su contorno en toda su magnitud y gloria, el lila de los pechos contra el blanco de cal de la pared, iluminados por la luz del sol de esa tarde fría que rebotaba por todo el paisaje, de los adoquines aún húmedos de la calle, al blanco de las paredes de las casas, a las hojas mojadas de los eucaliptos que bordeaban las veredas. La rubia tenía algunas esquinas desprolijas, pero estaba fuerte, y nos llenamos los ojos con sus melones lilas, en anticipación de nuestra inminente llegada a La Guampa, el prostíbulo del pueblo, que luego de haberlo imaginado tanto, sin duda estaba a esta altura a la vuelta de la esquina. Encima, yéndose la rubia también era un espejismo pueblero de abundancia. Revoleaba los cachetes con el mismo vaivén de los pechos pero a contratiempo, con paso agitador y contracciones súbitas de sus nalgas, que revoleaba de esa manera que tienen las mujeres que saben cómo volver locos a los hombres, con meneos hipnotizantes que causan tantas demoras en las obras de construcción.

Doblamos la esquina una vez sin encontrar nada que se pareciera a un prostíbulo, parando en cada puerta para investigar más de cerca. Doblamos la esquina una vez más, seguidos a una distancia prudente por el resto del grupo. Nos acercamos a la puerta de una casa que tenía, sin poder decir por qué, algo distinto aunque de construcción similar a la casa del camping y a la mayoría de las casas del pueblo con excepción de la catedral y los edificios públicos. Llegamos a la puerta todavía desconfiados, luego de tantas decepciones. Nos miramos con el Mono mordiéndonos el labio inferior con los dientes en una expresión de incredulidad y excitación. En el fondo todavía teníamos la idea de una Guampa a Estilo Las Vegas, para no poner lalas la Las Vegas, con luces de neón, orgías en baños turcos y atorrantas jugando al pool desnudas, lejos de esta puerta de madera barnizada que tenía en la parte superior paneles de vidrio transparente que permitían examinar el interior de la sala de recepción, casi en penumbra Yo diría penumbras , si uno se ponía las manos al costado de los ojos, como caballo de sulqui, para bloquear la reflexión del sol de la tarde. Todavía sin poder adivinar si era el lugar indicado o no, recorrimos el interior de la habitación con los ojos. En frente había un mostrador lleno de vasos de varios tamaños y botellas de caña, ginebra, whiskey Old Smuggler y aguardientes en botellas de terracota opaca, una barra de pulpería con escarbadientes para limpiarse los restos de carne de los dientes, chupar o ponerse en la oreja. A la izquierda había un par de mesas redondas, con sus sillas sobre un piso de baldosas amarillentas que reflejaba las sombras de la pulpería como un espejo opaco.

¿Sera acá, loco?” preguntóel Mono, y yo limpié la mancha de vapor que mi aliento dejó sobre el vidrio de la puerta para examinar mejor el costado derecho donde se distinguía claramente una entrada al resto de la casa. En lugar de una puerta había una cortina de tiras de plástico multicolores, como hay en tantos bares de barrio en Buenos Aires para que pase la gente pero se queden afuera las moscas. Un cartel sobre ese pasaje anunciaba que estaba:

Estrictamente Prohibido el Acceso a Menores de 18 Años”.

  • Es acá’, respondí, de golpe un poco agitado por mi descubrimiento.

Di un paso atrás al saberme por primera vez plantado frente a un prostíbulo, un lugar hasta ese momento de leyenda, preguntándome si nos dejarían entrar o terminaría una vez más mi historia de iniciación sexual en alguna frustración improbable, como siempre terminaban situaciones de este tipo en mis fantasías nocturnas. Me di vuelta y les pegué al resto de los chicos un chiflido mientras les indicaba con el brazo que se acercaran.

Cuando estábamos todos reunidos frente a la puerta (el resto del grupo escondidos detrás de mi espalda y la del Mono) golpeé firmemente tres veces, y todos dimos un paso atrás, como abriendo campo por las dudas que alguien saliera salpicado. Escuchamos unos pasos de tacones acercarse a la puerta, que se abrió y dejó salir nada más que la cabeza de una morocha que nos miró por unos instantes, volvió la vista para un costado y para el otro a ver si alguien había presenciado nuestra llegada y, sin otra palabra de introducción ni carta de presentación, nos propuso en una voz incongruentemente áspera para su aspecto, de otro modo nada desagradable:

  • Cinco palos el polvo.”

Nos quedamos congelados en un tenso silencio, sin que nadie supiera qué decir, hasta que la mina agarró al primero que le pudo poner mano y lo metió adentro de la pulpería, operación que repitió uno a uno hasta que estuvimos todos adentro. Entonces cerró la puerta con llave y corrió una cortinita que tapó el vidrio de la puerta. Una vez resguardada la privacidad nos sentó sobre las sillas, donde nos quedamos todos mudos, sin saber cómo iniciar la conversación, mirándonos los unos a los otros, mientras la mina, vestida con un buzo barato de plush verde y vaqueros ajustados nos sirvió a cada uno una grapa. Entonces salió por la puerta de tiritas de plástico una vieja vestida con una bata de algodón y pantuflas de lana inmundas, que pareció ser la dueña del establecimiento porque en seguida exclamó:

  • ¡Uy, Toti, cuántos pendejos me trajiste!”
Y todos nos reímos nerviosamente, pero nos sentimos un poco más cómodos. Che estaba Ernesto? Cada uno sacó su billete de cinco millones Más o menos cuánta plata era? Qué se dejaron de comprar por eso? , que la vieja juntó y se metió en la bata, y nos anunció con un tono pícaro:

  • Hoy tengo nada más que dos chicas así que van a tener que hacer cola... ¿Quién se anima a ser el primero? ”

Ernesto tomó por primera vez las riendas de la tropilla, y entre cuchicheos empezó a distribuir los turnos, que le tocaron primero a Daniel Alhadeff y Martín Kohan, que a pesar que estaban igual de aterrados que el resto eran los más grandotes y en mejor posición de ser los Son conejillos de indias chanchitos de indias y darían al salir señal de la calidad del servicio, que si fuera aceptable aprovecharíamos el resto según el orden que dictó Ernesto, tercero yo y cuarto Más Quién? Vélez, y después el resto sucesivamente hasta que todos hayamos dejado la virginidad en Gualeguay. Martin se fue de la mano de la morocha de la voz gruesa, nervioso pero por lo menos sabiendo con qué lidiaría, mientras que Daniel tuvo que seguirla a la vieja a buscar a la otra chica que lo estaba esperando en un cuarto , y él que siempre parecía más maduro que sus años por primera vez tenía un aire de huérfano que nunca le había visto, y una falta de aplomo que no le conocía, y así lo vimos desaparecer hacia los fondos, como un borrego camino al matadero, mientras el resto nos quedamos esperando nuestro turno en nervioso silencio.

Dos minutos de mi espera no habían transcurrido todavía y ya el corazón me latía a mil por hora, y sin saber muy bien cómo controlar la ansiedad me bebí la grapa de un solo saque, que fue el primer trago alcohólico que jamás había probado en la vida, y nadie, excepto yo, se sorprendió cuando me quemó la garganta y me causó un ataque de tos desagradable pero que me calmó un poco y me ayudó a sobrellevar la fatídica espera de diez o quince minutos que Daniel tardó  Se tomó en reaparecer en reaparecer, que fue de más nervios que la de un culpable que espera el veredicto del juez “más llena de nervios que la de un culpablea la espera del veredicto de un juez” diría yo , y creo que la hubiera sufrido menos si ése hubiera sido el caso, porque más de una vez pensé que iba a vomitar las achuras del Gordo, y tal vez las mías propias también, porque no sabía ni con quién me tocaría, si la morocha de Martín o la misteriosa mina de los fondos, y esa duda me carcomía tanto o más que todas las otras incógnitas juntas. Así y todo el tiempo pasó más rápido de lo que llega el alba en la víspera de una ejecución, y tuve que hacer uso de todas mis facultades para mantener la calma cuando salió Daniel por la cortinita, blanco como si hubiera visto un fantasma, marcando que ya no habrían más demoras, que había llegado mi turno para concretar el hito que había estado esperando y deseando postergar con igual dosis de ansiedad, pero que ahora estaba definitivamente a instantes de concretarse. Daniel no atinó a decir nada, tal vez por miedo a que lo escucharan, pero hizo señal cerrando los ojos y moviendo las manos abiertas boca abajo como una tijera, con el mismo gesto que un referí marca que no hubo faul, y yo no supe cómo interpretarla. ¿Fue mala la experiencia? ¿Era fea la mina?

Para mi completa consternación y sorpresa, siguiéndolo de cerca detrás de él apareció la rubia que había captado nuestra atención unos minutos atrás en la calle, y me di cuenta de que ésta era la compañera de la Toti, la chica que estaba unos minutos atrás esperando a Daniel en un cuarto del fondo La aclaración no es necesaria , y me tocaría perder la virginidad con ella, con la de los melones cubiertos en la remerita lila, la de los pezones de mármol y los meneos provocativos; que ella sería mi socia en el crimen y mi guía en mis primeros pasos hacia el conocimiento de la carnalidad. Me di cuenta, también, que ella sería juez y jurado de mi desempeño, y ese pensamiento me causó un pánico incontrolable, porque se caía de maduro que esta Rubia Mireya había enloquecido a más de un compadrito, tenía territorios más extensos de los que podría abarcar con mis manos y estaba totalmente fuera de todas mis posibilidades de satisfacer, ya que yo no tenía ni las dotes, ni los conocimientos ni la experiencia para hacerme valer, y lo único sobre lo que podría haber construido algo era mi superávit de ganas, y hasta eso me venía flaqueando desde que cruzamos el umbral de La Guampa Ahhhhhhhhhhh recién ahora caigo, es un momento ideal para que digas la guampa y hables del estado de tu guampa, como un juego de palabras con sonoridad de versito y tuve que dejar afuera mis fantasías de adolescente calentón para confrontar una realidad disonante. Una flotilla de sentimientos de terror invadió las vías navegables de mi cuerpo, pero se encontró con la furiosa resistencia de los pelotones de hormonas que habían ya despachado las ganas físicas de un encuentro con la rubia, que levantaron barricadas en cada encrucijada de mis venas para hacerles frente. En la batalla, que fue centímetro a centímetro y cuerpo a cuerpo, llegué muy cerca de perder el sentido. Como si me fuera a morir en el próximo segundo vi transcurrir frente a mis ojos el resto de mi vida, llena de entusiastas pero fallidas relaciones sexuales con mujeres voluptuosas que se burlaban de mí, y deseé con toda mi alma haber podido iniciarme más despacito y de más abajo, poder haber puesto varias horas de práctica en una avioneta a hélice y no tener que aterrizar de sopetón un jumbo con quinientos pasajeros como esta mina, porque entre todos mis miedos el que más terror me causaba era pifiarle a la pista de aterrizaje y llevarme de regalo la mofa y el desprecio de mi primera amante frente a la platea de todos mis amigos, con lo que Que me pegarían el cartel de, diría sentirme un fracasado en el amor por el resto de mi vida.

No sé cómo hice para no salir corriendo, porque ese fue mi primer instinto, pero de alguna manera me compuse. Mis piernas solitas se pusieron de pie y una voz interior me susurró al oído que si Daniel pudo, yo también podría, aunque me llevara una nota un par de puntos menor como de costumbre. Apreté las muelas, tragué saliva y me dispuse a seguirla, esperando recordar bien todo lo que había visto en las películas de Shuki, rezando en silencio la plegaria a San Judas Tadeo, santo patrono de las causas perdidas e imposibles, rogando que la Rubia Mireya perdonara mis pecados y me dejara entrar al cielo de la vagina. Una vez que se dio cuenta de que yo era su próxima víctima, ella me agarró de la mano y me condujo sin ceremonia hacia los fondos de la pulpería, donde cruzamos juntos la cortinita de cintas de colores, que marcaba el punto de embarque final en mi travesía sin retorno hacia el mundo de los iniciados, dejando para siempre atrás la intolerable vergüenza de la virginidad, pero sometiéndome vaya a saber a qué otros vejámenes. Penetramos de la mano un largo corredor con puertas a cada lado hasta llegar a la nuestra, que ella abrió para conducirme al lugar del siniestro, donde una luz algo atenuada por las cortinas floreadas de la única ventana me dejaron ver claramente que sería en una habitación bastante amplia, sobre una cama doble flanqueada de dos mesitas de luz y una silla de madera tosca, donde nada me era familiar, pero que no puedo decir me hizo sentir más incomodo de lo que ya me sentía. La Rubia Mireya me sentó en la cama y me dio la espalda mientras se desvistió de la cintura para abajo, pero no despojándose lenta y seductoramente los vaqueros ajustados o haciéndome desear el retiro provocativo de la bombacha, como yo me había imaginado que se desencadenaría la escena, sino apartándolos en en un movimiento brusco e impersonal, sin ningún toque sensual o femenino, descartando el conjunto, que quedó arrugado en el piso como un perro atorrante atropellado al costado del camino. Yo la observé con un aire cabizbajo de resignada decepción, ya que el momento había pasado demasiado rápido y me faltaba coraje para protestas, porque estaba claro quién mandaba y quien obedecía, y quién estaba apurado y quién no. Su abrupta desnudez me dejó más confundido y decepcionado que excitado, porque quedó vestida de la cintura para arriba con la blusita lila y el corpiño que guardaban celosamente los prometedores melones, que tanto me hubiera fascinado ver y excitado aún más sopesar entre mis manos y hundir mi cara entre ellos. Entonces se dio vuelta, y me dijo ansiosa:

- “Sacate la ropa, papito, y ponete el forro así empezamos, que tengo a tus amiguitos haciendo cola.”

Tuve frente a mí por primera vez un pubis de mujer desnuda, de piel blanca bajo un abanico de vellos negros y tupidos, que junto a su prisa me impartieron la fuerte impresión de que Mireya no era, por naturaleza, ni muy paciente, ni tampoco muy rubia. Sentí que las morcillas del Gordo se me venían de nuevo a la boca, pero traté de esconder mis nervios y concentrarme en seguir instrucciones. Me saqué toda la ropa y la puse sobre la silla al lado de la cama, pero mi desnudez dio inmediata rienda suelta a los sentimientos de vulnerabilidad e insignificancia que ya venía cobijando, haciendo temblar la mano que sostenía el profiláctico, exacerbada por la friolera, dejándome bastante lejos de reunir las condiciones necesarias para el negocio que nos había traído hasta este punto. Empecé a pelar el paquetito bajo la mirada impaciente de la Rubia, para quien el tiempo era oro, pero se me trabaron los dedos y se me cayó el profiláctico al piso.

  • Dejame que te ayude, que si no, no terminamos nunca”, me dijo, y puso mano experta a la obra.

El contacto de su mano con mi cuerpo, y sobre todo con esa parte de mi cuerpo, fue una de las cosas más excitantes que había sentido en mi vida y me causó una sensación explosiva que tuvo efecto inmediato sobre mi estado de excitación, gracias a la exhuberancia de la juventud, la misma que frecuentemente me imposibilitaba bajarme del colectivo en mi parada por encontrarme haciendo ‘carpa’, es decir, con una erección causada simplemente por el “sacudimiento” juraría que la inventaste vos, los sacudones, los sacudones rítmicos, los bamboleos, los bamboleos rítmicos, el movimiento rítmico del colectivo en marcha... sacudimiento del colectivo al circular por la calle que me hacía imposible bajar sin comprometer la dignidad. Qué raro que no dijiste una finura de las tuyas, estás muy refinado con ese tema en este capítulo. ¿En qué público estabas pensando? Porque le vendría bien esta delicadeza a las vaginas de la pileta y a la paja de la Venus de Miilo y partes asíde capis anteriores . Gracias a su ayuda con el profiláctico estuve en condiciones de seguir camino sin mayores humillaciones.

La Rubia Mireya se tendió de espaldas sobre la cama y me hizo señales de acercarme frunciendo y extendiendo el índice.

  • "¡Que rubiecito que sos, mi amor!", me dijo mostrando un inesperado toque de ternura. "Vení, vení y sacate las ganas conmigo."

Reconfortado por estas primeras palabras de aliento y reluciendo mi humilde gaucho, atento y cubierto en su poncho, me acerqué a ella de rodillas, tragué saliva, y dejé que me condujera por el buen camino con mano experta a los fondos del rancho, hasta que chocó mi vientre  Contra diría yo con el suyo y sentí el contacto de su piel sobre la mía, que fue suave y reconfortante, pero no sentí nada de lo que me había imaginado: ni placer, ni cosquillas, ni siquiera la seguridad de haber entrado en la zona de juego. Estaba para entonces demasiado confundido Como para, diría yo para saber qué hacer, así que me quedé ahí, quietito, a la vana espera del placer, notando con creciente alarma que los ojos marrones penetrantes de la Rubia me miraban consternados, hasta que me dijo:

  • "¡Movete, papito, que el que viniste a trabajar sos vos!"Yo intenté alguna maniobra con que copiar los movimientos ondulantes que conocía bien por las horas de mirar películas porno en lo de Shuki, pero la realidad sobre el terreno me resuló muy distinta, habiendo quedado demasiado horizontal para tener un buen arco de maniobra, mal posicionado para hacer lo necesario sin un desmonte, que consideré demasiado riesgoso, me frustré, y enterré la cabeza en su hombro.

    • "¡Perdoname!", imploré, "Perdoname pero esta es mi primera vez y no tengo mucha idea..."

    "¡Uy, mi amoooor!", se derritió la rubia, y me acarició tiernamente los rulos de la nuca entre sus dedos Vil traidor me hiciste creer todo este año y medio que tenías la nuca rapada 
. "¿Por qué no me dijiste antes?"

Siguió acariciándome la nuca y empezó a mover sus caderas en una cadencia circular, muy experta y bien trabajada, primero muy lento pero incrementándola gradualmente hasta que que me sacudió bastante los huesos, pero me dio una idea mejor de las dimensiones de la ballena que se había tragado a mi Jonás, permitiéndome descubrir que apenas llegaba a tocar los costados. Me preocupaba que así no llegáramos a concretar el polvo por el que ya había pagado mis cinco palos aunque ella continuara pedaleando el día entero, y le pregunté, en el tono más cortés que tenía:

  • "¿Por qué no te sacás toda la ropa?"

La Rubia Mireya paró para mirarme una vez más con sus ojos marrones, ya tiernos y maternales, sin rastros de la impaciencia de antes. Me agarró de los hombros y me hizo rodar sobre un costado hasta que yo estuviera sentado sobre la cama y ella encima de mí. Sin apartarse demasiado se sacó la remerita, y me pidió que la ayude a desabrocharse el corpiño, que descartó sobre el lado sin ocupar de la cama doble. Me agarró la cabeza con sus dedos entre mis rulos y me hundió la cara en su escote, meciéndose ligeramente a un costado y al otro para hacer mover sus senos como un flan Era necesaria la marca? Ravana, mientras meneaba la pelvis para arriba y para abajo rítmicamente, atenta a nada más que a mi placer. Entre el perfume de desodorante Polyana, percibí el sutil pero embriagante el aroma de mujer que cobijaba el valle entre sus pechos, que evocó fuertemente aquel pasaje del verano de Miguel Cané en la quinta de la Chacarita, que hubiera tenido en ese momento suficiente inspiración para ponerle música:

allí doraba el sol esos melones de origen No creo, origen es singular exóticos, redondos, incitantes, los melones exquisitos, de suave pasta perfumada”

Y así, en el río revuelto que Más bien en el río que habían dejado revuelto las... causaron las buenas intenciones de los padres de Shuki, que eran libertinos, y los de Martín Kohan, que eran sobreprotectores, descubrí que era cierto que el cuerpo de una mujer era el campo más fértil para encontrar respuesta a los misterios de la vida y descubrir sus placeres más simples y hermosos, y mi iniciación no fue la pérdida de nada, sino el comienzo de esa eterna búsqueda, que esperaba algun día continuar con otra compañera, tan tierna pero menos mercenaria. je. Y las mujeres recordamos como hermosos esos interminables 9 meses de embarazo, por alguna razón 




Comentarios del capítulo

a menos que siga el campamento en el capi siguiente, me pasó como con el recital, me dejaste en el hall del prostíbulo mientras se terminaba el capítulo. Esta última reflexión la podrías hacer volviendo del campamento, o de las vacaciones al colegio. Edit: ahora que vi cómo empieza el siguiente en tercer año, podrías hacer esta última reflexión yendo a clases el segundo cuatrimestre y mirando a las chicas con las que tratabas a diario y pensando en que eran potenciales compañeras, tan tiernas pero menos mercenarias, o alguna cosa que haga transcurrir todo el cuatrimestre.

Estuvo muy lindo. Muy educativo sin caer en lo guaso. Como mujer lo pude leer sin rechazo, que sí me provocaron otras partes del libro (que te marqué). Quizás si en capítulos anteriores te sincerás con que te estabas haciendo el guaso porque te sentías obligado a hacerte el bacán y te pusiste (con la poca elegancia que conlleva) la nariz de payaso, quizás hasta éste, donde te admitís asustado e inhibido, hasta dé más ternura.

¿Sabés qué? Quizás me hubiera gustado en la primer parte que agregues alguna puntita más sobre la personalidad de Eduardo, el “nuevo” en la sucesión de personajes del libro, pero una puntita eh, como quien agrega un condimento con sutileza, quizás respondiendo a las preguntas que te hice (no tipo tarjeta del dñia de la madre, con demostraciones concretas de personalidad) alcanzaría, pero ojo no más de dos lìneas en total, que no gane un protagonismo que no le corresponde.

Gracias a Dios, volvió el hilo conductor. Acá dan ganas de ver cómo sigue de nuevo (uno espera que siga a partir de ese punto en el tiempo). Lo que te decía de ir presentando a tus amigos en capis anteriores como el hilo conductor: la idea sería llegar a éste ya con las personalidades bien definidas (definidas a lo largo del año y medio de anecdotario, no en un p´`arrafo).

Te digo, nomás, no me peguen, estoy trabajando.




 
 
 
 
 
 

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