Derechos de autor de Diego Gotthelf. Comentarios Romina al 06-02-2014
2-6
Historia Antigua
La
primera vez que el moño colorado y las tupidas cejas negras hicieron
su aparición en el aula fue difícil no romper el voto de silencio
con risitas inquietas. Entró después del recreo por la puerta
todavía abierta, con el paso lento de un novio que va al encuentro
de su prometida junto al altar y pausa un segundo al final de cada
pisada antes de retomar la marcha, no porque le pesaran los pies o le
sobrara el tiempo, sino porque le faltaba preocupación por las
convenciones del mundo. Sin que fuera obvio que le importaba, pareció
disfrutar la atención absoluta de quienes lo habíamos estado
esperando, y que, como era requerimiento del protocolo, nos pusimos
de pie del lado izquierdo de nuestros respectivos bancos, le lanzamos
en un imperfecto unísono el saludo oficial ("¡Buenas tardes,
señor Profesor!") y nos quedamos de pie, esperando
instrucciones. Faltaría un “Estábamos en las primeras clases de pirmer año...” o del segundo, o lo que fuera, el párrafo estaría bien si lo cerraras con una oración que contextualice
Él
no se dio por aludido ni dijo nada. Siguió su marcha lenta y
silenciosa de tortuga, ascendió la tarima donde estaba el escritorio
del profesor y se quedó ahí parado, bajito pero perfectamente
erguido, los pulgares colgando de las axilas ¿colgando de las axilas??? ,
metidos en las mangas del chaleco colorado a juego con el moño,
mirando a la distancia un horizonte inexistente en la pared del fondo
del aula, sin pestañear.
El
preceptor, incomodado por el comportamiento inusual de una autoridad
superior, alternó la vista entre el libro de asistencia y el moño
del nuevo profesor de Historia Antigua, y cambió varias veces el
centro de gravedad de su cuerpo de una pierna a la otra, delatando
una reprimida inquietud. El nerviosismo de un preceptor era
normalmente el primer paso en la secuencia de fuego de un misil
balístico de larga distancia, que si estuviera apuntando en la
dirección general de nuestros bancos sería capaz de producir una
fatal explosión de arengas, de demostraciones de esgrima con su dedo
índice y de amonestaciones colectivas Ya, entonces lo que lo incomodaba no era su comportamiento inusual sino lo impropia de la posible reacción de los alumnos ;
pero esto parecía importarle tres velines tuertos al profesor del
moño, que, al contrario, se quedó quietito como una estatua de
mármol, digna y altanera como la de un emperador romano, sin hacer Sin hacer la gentiliza, saqué el le la
gentileza de dirigir la vista al preceptor, sino mirándonos a
nosotros en el ángulo de tres cuartos perfil derecho que en esa
época había que adoptar para sacarse la foto del pasaporte,
tomándose todo el tiempo del mundo para mantenernos electrificados,
testigos por primera vez de su berretín de regodearse en su
comportamiento excéntrico y lucir con orgullo su vestimenta
estrafalaria, mientras estiraba hasta el paroxismo el silencio que
ensordecía al preceptor; ese mismo que era normalmente su lucha, su
vida y su elemento1
y ahora le perforaba los tímpanos. Cuando ya no se pudo aguantar
más, a punto de caer en la dispepsia, el preceptor lo intimó:
- “Profesor Azamor, el libro de asistencia…”
- “Dejalo ahí y andate, que después de la clase te lo firmo”, le contestó el Profesor Azamor, tuteándolo y peor, humillando al carcelario frente a sus prisioneros.
Y
con esas palabras colgando como arañas de cristal suspendidas en los
altos techos del aula, el preceptor, ese personaje tan temido, se
escabulló como un criminal común, rojo de contenida furia y
mortificación, por el espacio entre nuestros bancos y la tarima del
escritorio; ese corredor que sirvió minutos antes de Campos Elíseos
para la entrada triunfal del profesor Francisco “Pancho” Azamor y
ahora para el Via Crucis por donde batir su retirada indigna. Cerró
sin golpear tras de sí la puerta, minutos atrás Arco de Triunfo
para la llegada de Azamor y ahora monumento de su humillación, bajo
el escrutinio de nuestras miradas que a duras penas disimulaban el
placer de los débiles ante la humillación de los soberbios.
Sólo
cuando el preceptor había salido de la clase Azamor nos dirigió por
primera vez la palabra, y lo hizo entonces en una voz apenas audible
que se fue incrementando en volumen y fingida severidad a medida que
hablaba:
“Buenas
tardes, alumnos. Les agradezco su saludo cortés, pero, para futura
referencia, yo no soy solamente “Señor Profesor”. Tengo además
otros títulos que indican mi estatus en esta aula: soy Patricius
Nobilissimus Caesar, Princeps Senatus, Pontifex Maximus, Imperator
Imperium Maius, Autokrator, Basileus, Pater Patriae et Tribunitia
Potestas de mis cátedras, aunque plebeyos ignorantes como ustedes
pueden recibirme con mi simpático apodo y el saludo por demas
adecuado a vuestras circunstancias futuras: ‘¡Ave Augustus,
morituri te salutant2!’”
Entonces
largamos en perfecto unísono las primeras risas ¿o las primeras carcajadas?
1
Referencia al Himno a Sarmiento, prócer argentino de la educación,
que dice que “fue la lucha tu vida y tu elemento, la fatiga tu
descanso y calma”.
2
“Aquellos que están por morir te saludan”
que
jamás había escuchado en los tristes claustros, que los azulejos
verdes de las paredes parecieron rechazar como un trasplante
incompatible con la dureza de los muros, porque retumbaron como un
trueno por los pasillos antes de escaparse por alguna ventana
abierta. Me pregunté si el preceptor, para quien dejar pasar una
oportunidad de castigar una transgresión era una estafa al Estado,
vendría a recoger los carnets de estudiantes de toda la clase para
hacer una lista de amonestados, pero estaría en la sala de
preceptores lamiéndose los cuarenta latigazos de vergüenza que
había recibido momentos atrás de la lengua de Ya es Pancho? Yo diría que mejor todavía no Pancho
Azamor, o plantado sin atreverse a ningún movimiento, temblando de
furia y miedo de recibir cuarenta más de su fusta de estocada si
mostraba la cara de nuevo, porque no vino ni él ni la libretita
donde coleccionaba nombres y miedos. Ya, lo último quedó muy largo, me gustaría dos o tres líneas más corto
Y
así nos fuimos dando cuenta que en la clase de Pancho Azamor era él
quien hacía y deshacía las reglas y todo el que pecaba durante esa
hora tenía el perdón, la absolución y la protección de Cristo sin
tener que llegar a Él a través ni de diácono, ni de cura ni de
papá Papá biológico o Papa de la Iglesia? ,
y rara vez el castigo involucraba padrenuestros ni ave marías, sino
su reprobación, que dolía más que los tormentos de la Inquisición
y daba más miedo que la excomunicación de los píos.
Así
comenzó la primer clase de Historia Antigua, esa misma con la que se
podrían haber hecho tantos paralelos con nuestra historia reciente,
ya que el plan de estudios comenzaba con la disolución de la Pax
Romana de nuestra niñez para hacernos vasallos de Lord Micillo,
Archiduque de los Malos Ayres, Rector de nuestra prisión y
terrateniente de las vastas fincas del Colegio, cuyos derechos de
nacimiento nos ataban en onerosas obligaciones de servidumbre feudal
y manumisión, y de su capellán el Cardenal Prévide, conocido tal
vez por sus hábitos de monje como “El Pingüino”, cuyos sermones
de fuego y azufre en el Aula Magna, el Claustro Central o “in
extremis” en la Rectoría había que acatar con votos de silencio,
obediencia y solemnidad, y cuyo cumplimiento era forzado a mano dura
por el poder ejecutivo de las órdenes de los caballeros Templarios
de la Prefectura, el sadismo de la Orden Teutónica de la
Subprefectura y llevada a su cumplimiento obligatorio por los
Preceptores, esos Hermanos Livonios de la Espada, en un triángulo
amoroso de clérigos, nobleza y vasallos donde nosotros sacamos la
paja corta y nos tocó
morder la almohada.
Sin
embargo la historia antigua de Pancho Azamor era distinta,
fascinante, descabellada como la vida real, sólo que estaba llena de
aventuras, descubrimientos y hasta datos jugosísimos que hubieran
sido de buena tela para el chimento si no estuvieran tan pasados de
fecha. Según aprendimos en sus clases, había bastante evidencia que
Ricardo Corazón de León era homosexual, que probablemente conoció
a su mujer O Berengaria? Berenegaria
de Navarro mientras mantenía una relación impura con su hermano, el
futuro rey Sancho VII, que Berengaria fue la única reina de
Inglaterra que jamás puso pie en territorio británico y, según un
historiador de la época, que Ricardo y Felipe II de Francia comían
del mismo plato, dormían en la misma cama y existía entre ellos un
amor apasionado. En el Medio Evo de Azamor, no había tantas fechas
ni datos que memorizar, pero sí fascinación por aquellas cosas que
cambiaron el curso de la historia, como la invención del estribo y
su importación a Europa de la India, sin la cual los siguientes mil
trescientos años de guerra ecuestre (como decían Les Luthiers y
repetía Pancho, había que hacer la guerra ecuestre, cuestre lo que
cuestre) hubieran sido tan distintos; o aquellas cosas que
simplemente marcaron aspectos de nuestras vidas que perduran hasta
hoy.
Si
alguna vez me pregunté por qué tenemos un sistema decimal, la
respuesta estaba en mis manos. Pero cuando, muchos años después, me
casé con una británica (igual que el querido Pancho, que siempre
los deleitaba con algún aspecto de su relación con su mujer
Irlandesa, Margaret “Peggy” Donnelly) y viví tantos años en
Inglaterra en épocas donde todavía no se había descartado el
sistema de medidas imperiales, supe sin tener que preguntarle a nadie
por qué hay doce pulgadas en cada pie pero catorce libras en cada
“stone”, porque Pancho nos había enseñado que la mano era la
“calculadora gallega” de los pueblos antiguos, y hay catorce
huesos computables en los dedos de una mano (dos en el pulgar y tres
en cada dedo restante), mientras que dos huesos en cada pulgar más
los otros ocho dedos suman doce, y este tipo de “tecnología
digital” pasaba por la computación y la informática entre los
pueblos del mundo antiguo, de los sumerios a los sajones.
Fue
de Pancho, y no de la profesora “Garcha” Y quién es esa, quizás si dijeras “y no en latín” ,
que aprendí que los “new rich” romanos se deleitaban haciendo
grandes banquetes en un formato de adivinanza, en el que el cocinero
vestía los platos de una cosa como si fueran otra, como por ejemplo,
un plato de ganso asado con las patas, el pico y todo, pero cuando
los comensales le sacaban una tajada resultaba que el ganso era en
realidad un frente, Era en realidad un atavío, y que en el interior... o algo así, pero no frente y fondos, que es adelante y atrás ,
y que en los fondos era un plato de truchas a la provenzal, y los
comensales se deleitaban con el ingenio y la ingenuidad del cocinero.
Me acordé de esta clase con cariño y gran excitación muchos años
después cuando, ya grande y profesional, tuve el gran privilegio de
comer en uno de los restaurantes más finos y caros de París llamado
Pavillon LeDoyen, sobre los Champs Elisées. Allí me sirvieron un
perfecto bloque rectangular que parecía de queso al horno pero
cuando lo fui a cortar para Para coMartínez? coMartínez,
resultaron ser espaguetis a la salsa de trufas. Me dieron grandes
ganas de llamarlo al querido Pancho, que desgraciadamente ya había
fallecido, para contarle que era, efectivamente, muy excitante
descubrir que el cocinero francés me había hecho pasar gato por
liebre con el viejo truco de los cocineros romanos.
Me
imagino que se hubiera reído mucho y le hubiera fascinado mi juego
de palabras en comparar finos quesos y trufas con gatos y liebres,
porque Pancho era un gran estudioso, gran conocedor y amante de la
lengua, no sólo en su castellano nativo sino del inglés y el
francés, que dominaba con maestría y no pocas dosis de “panache
de bon vivant”, como un Cyrano de Bergerac argentino. Sus juegos de
palabras eran legendarios, como por ejemplo cuando fingía deslices
disléxicos dando cátedra del imperio persa y sus orígenes bajo la
hegemonía de los medos. En toda ocasión que se le presentaba la
oportunidad de decir “los medos y los persas” durante la clase se
refería a ellos como los “Pedos y los Mersas”, y nos reíamos
tanto que tenía que espaciar las referencias para no perder el hilo
de su cátedra.
En
otro supuesto desliz freudiano, cada vez que hacía referencia a la
reina católica de España la caracterizaba como la “Reina
Isabelita”1,
y la gran “V” con la “p” chiquita de “Viva Perón” con la
que habían vandalizado el pizarrón las juventudes peronistas
durante el desorden del último gobierno del General, que habían
limpiado durante el Proceso pero cuya aureola todavía era claramente
visible a cierto ángulo bajo la luz del los tubos del techo desde
nuestros bancos, parecía latir de miedo que alguien lo escuchara
hacer bromas de lo inmencionable y se lo llevaran en un Ford Falcon
verde oliva para no ver al querido Pancho con vida nunca más. Otras
eran directamente irrepetibles y kamikazes, considerando que jamás
se le escuchó una palabrota a ningún profesor o autoridad en los
claustros o afuera, como cuando le preguntamos si había escuchado
hablar de alguna cosa que no recuerdo y nos contestó: “Never in my
puta life!”, o cuando nos enseñó que el maestro holandés Bosco Yo sé quién es el Bosco pero deberías aclarar que era pintor o al menos artista
1
Isabel Martínez de Perón, conocida popularmente como “Isabelita”
fue la segunda mujer de Juan Domingo Perón, que asumió la
Prévidencia a su muerte en 1975 para ser derrocada por el Proceso
de Reorganización Nacional en marzo de 1976, comienzo de la
dictadura militar.
había
escabullido entre las mil figuras simbólicas de su obra cumbre
intitulada “El jardín de las delicias” un “monito con una flor
en el culito”.
Según
le gustaba decir a Pancho, en la docencia hay tres (y en su caso
había cuatro) etapas: “Primero uno es maestrito de escuela. Si
estudia más, entonces se convierte en profesor de colegio o
facultad. Si estudia aún más, se vuelve a convertir en Maestro,
esta vez con mayúscula. Como yo he estudiado tanto” le gustaba
decir “crearon una nueva categoría para mí: Yo soy un Troesma.”
Y, verdaderamente, para todos sus alumnos ¡Lo era!
Siempre
nos hacía notar que en la historia del arte se sucedían los
periodos clásicos y barrocos, así como en todas las civilizaciones,
de la más distante antigüedad hasta la más reciente modernidad la
sociedad se dividió entre los conchetos y los mersas, y nosotros
podríamos avanzar nuestros estudios tanto del arte como de la
historia planteándonos este axioma como un atajo investigativo. No
había, claro está, necesidad de preguntarle a Pancho de qué lado
de la división social estaba él… Con sus títulos de la Sorbona,
su casa en la Recoleta directamente en frente de la Embajada
Británica, su mujer europea y su costumbre de salpicar su discurso
con palabras inglesas y francesas como los romanos salpicaban los
suyos de griego, don Pancho era el cheto de los chetos, la “creme
de la creme” del conchetismo. Creo que deberías para los burritos, definir hiper brevemente clásico y barroco (o al menos barroco, como la exacerbación de lo clásico), con algún adjetivo emocional, para después se acomode mersa y concheto en la cabeza de la gente solito cuando caigas con la comparación Tenía
también un repertorio ilimitado de frases célebres, en varios
idiomas pero sobre todo de Shakespeare, que era su más frecuente
inspiración, y que le encantaba usar para divertirnos durante las
lecciones. Cuando alguien decía alguna burrada en la clase o
contestaba mal alguna pregunta le lanzaba, en el tono afectado de un
actor de teatro, el lamento de Enrique V: “¡Caballo!”, y luego
de una pausa continuaba “¡Mi reino por un caballo!”, y las
carcajadas se oían hasta el comedor en el subsuelo. Y cuando otro
alumno ofrecía una segunda respuesta incorrecta era Julio César el
que se lamentaba: “Tú también, ¡BRUTO!...” (Otra larga pausa)
“¡Hijo mío!” Y de nuevo como reto por alguna burrada, del Julio
César
de Shakespeare: “¡Oh Juicio! Te has ido a morar con bestias
brutas”. ¿Y cómo no lo íbamos a querer?
Azamor
tenía sus favoritos, entre los que sobresalía Gluchi. En cuanto
escuchó su apellido por primera vez, Azamor lo hizo sentar en el
banco solitario que había al frente del lado de la ventana, y lo
adoptó como Yo hubiera dicho “lo adoptó de” perrito faldero un
perrito faldero. Pero no entiendo quées adoptar a alguiende perrito faldero Varias
veces por clase lanzaba el grito de guerra “¡Gluuuuuuuuusz!”, y
le preguntaba como andaba él, su mamá, su papá, el perro y la
abuelita. Si había algún tema particularmente interesante o
controvertido lo consultaba a Gluchi como si fuera uno de los sabios
de Alejandría, y éste, que era muy intelectual, le daba su opinión,
y Pancho le discutía con un cariño exagerado, como si él fuera el
papá Calixto III, y Gluchi su “sobrino” Rodrigo, engendrado
fuera de los votos de castidad, a quien estaba puliendo para el
cardenalato. O, para los que han visto las películas desopilantes de
la saga de Austin Powers, reminiscente de cómo el Doctor Evil le
hablaba y le pellizcaba los cachetes a Mini Me.
De
vez en cuando Azamor se traía un libro para leer en clase, como
Julio César de Shakespeare, y lo reclutaba a Gluchi para hacerle de
Casio, Brutus, Antonio y el resto de los personajes excepto César,
que Azamor siempre reservaba para sí, como no podía ser de otra
manera. Le hacía leer a Gluchi los célebres discursos alabándolo a
César:
“¿Habrá
alguno de nosotros, los que inmolamos al hombre más grande de todo
el Universo porque amparó bandidos?” Che no entiendo la frase, hay algo mal de sintaxis O
el de Antonio en el funeral de César:
“¡Estoy
aquí para decir lo que sé! Todos le amasteis alguna vez, y no sin
causa. ¿Qué razón os detiene ahora para no llevarle luto?”
Estos
discursos Gluchi los decía en voz alta, sentida, sin tartamudeos y
sin temblores mientras Pancho, parado frente a la clase altanero como
una estatua del mismísimo César, se soplaba las uñas y se las
lustraba contra la solapa del chaleco colorado, como diciendo: “¡Sí,
ya lo sé, soy un fenómeno!”
Pancho
era muy de hacernos pasar las horas en el micro cine, sobre todo en
su vena de profesor de historia del arte, que disfrutamos para el
quinto año. No digas “que disfrutamos para el quinto año”, más bien “que disfrutamos en quinto año” u otra estructura Mostraba
fotos del Templo de Karnak, explicándonos cómo las paredes eran
elevadas para permitir la entrada de la luz natural, que ese mismo
efecto se había logrado en las catedrales góticas de Europa, y
explicaciones por el estilo, aunque sus fotos favoritas siempre lo
tenían a él en primer plano frente a las pirámides o algún otro
de los grandes monumentos de la humanidad, y ahí también nos
contaba con quién había ido, dónde estaba Peggy en ese momento
(“disfrutando de la comodidad y pulcritud de un baño egipcio luego
de un plato de falafel cuestionable”) y algún detalle cómico del
viaje.
Muchas
cosas sucedían en el micro cine con Pancho, pero contaba la leyenda,
que se transmitía oralmente
de año en año, que la más disparatada sucedió en la última clase
de sexto año de una promoción sin nombre, cuando uno de los alumnos
cuyo tío había traído de Europa unas diapositivas de jovencitas de
generosas proporciones en traje de Adán frente al Arco de Triunfo, a
la Torre Eiffel y otros monumentos que no vienen al caso, intercaló
una de ellas entre las otras diapositivas. Panchito explicaba la
lección foto por foto hasta que se produjo el suspiro gutural
colectivo de la clase al aparecer la foto de la señorita mal vestida
para una mañana de escarcha. En vez de ofenderse, Pancho había
continuado como si fuera parte de la lección: “Noten cómo las
líneas clásicas de las pantorrillas están en contraste con la
curvatura barroca, casi diría rococó, de sus posaderas…” Según
la leyenda esta travesura sólo era permitida en la última clase de
sexto año Sólo fue permitida porque fue la última clase... diría yo ,
porque si no él también
Tripas,
y yo también fuimos de sus pichones, por una cuestión que ilustraba
una de sus mil facetas que me gustó tanto: su sentido del humor
seco, sin rubor y sin miedo de llegar a la puerta de la grosería y
pegar una pispiada adentro de vez en cuando, como el que años
después volví a disfrutar de los ingleses. Mientras que muchos se
contentaban con reírse de sus desopilante manera de dar la clase
nosotros de vez en cuando le dábamos manija, de caraduras, para
empujar el humor al territorio de la guasada, donde a Pancho no le
molestaba pegarse una caminata de vez en cuando. Una vez, ya cuando
lo tuvimos de profesor de Historia del Arte en quinto año ya casi al
final de la secundaria, nos conocíamos mejor y nos queríamos mucho,
hablábamos con él en privado a la salida del microcine. Nos dijo
alguna cosa en inglés y me dio curiosidad. Le pregunté dónde había
aprendido a hablar el idioma, a lo que me contestó: “En la cama
con mi mujer, Gotthelf, of course!”. Tripas, siempre gamba para la
guarangada le respondió “Ave Augustus, ¡usted no tiene pelos en
la lengua!”. Lejos de quedarse atrás Pancho le retrucó: “¡Al
contrario, Stirparo, a mi edad, es lo único que nos queda!”, y fue
la única vez que escuché a alguien doblar las apuestas de una
grosería del Tripas y sacarse la grande. ¡Eso se llama cultura!
En
otra ocasión me toco a mí. Qué fea la oración con que comenzaste, más bien “y cómo resistir la tentación de hacer un comentario el día en que conocimos a la Venus de Milo?” algo así De
nuevo a la salida del micro cine luego de unas diapositivas entre las
cuales se encontraba la Venus de Milo, me zarpé yo preguntándole si
le faltaban los brazos de tanto hacerse la paja. Me arrepentí
inmediatamente y pensé que se enojaría con mi imprudencia. “No
seas bruto, Gotthelf”, me contestó, “Cualquier idiota sabe que
si la Venus de Milo se hiciera tanto la paja sería ciega, no manca!” Te juro que no lo entendí ¡Touché!
Pero
de todas los recuerdos y enseñanzas que me quedaron de su paso por
mi vida y que guardo en el corazón como las iglesias guardan los
huesos de los santos, las que tuvieron efecto más profundo en el
hombre en que me convertí, para bien o para mal, fueron su
Irreverencia y su Escepticismo (así, con mayúscula) que revolucionó
mi forma de pensar desde su primera clase en esa época de la
juventud tan formativa, cuando éramos como actores en un vestuario,
probándonos distintas filosofías de vida, distintas creencias
políticas y distintas narrativas históricas para ver cuál nos
quedaba. Yo copié su filosofía de hombre del humanismo y la
ilustración, prácticamente sin alteración y, luego de algunos
meandros que atravesaremos en estas páginas, las adopté y
profundicé en los años que siguieron para convertirme en la persona
que soy.
Su
método no era ni iconoclasta, ni cínico, ni revisionista sino
escéptico, es decir, se adhería a la filosofía de cuestionar
aseveraciones tomadas como hecho sin basamento en evidencia empírica,
de creencias como verdades, de opiniones como explicaciones
incuestionables. De él aprendí a no tenerle reverencia a nada,
excepto a una sola cosa: el método científico. El liberalismo! ,
que no da una teoría por sentada sin evidencia y no sólo se
abstiene de proscribir cuestionamientos sino que, al contrario, su
misión es buscarlos con empecinamiento y no descansa hasta
encontrarlos.
Este
punto de vista y estos conocimientos me ayudaron mucho a vivir mi
vida de una forma ordenada y sin perseguir demasiados fantasmas, que
me fue muy útil en la confusión de mis primeros años en este mundo
al que vine cuando las cosas ya eran de otros y tuve que abrirme
cancha a las patadas. Aprendí de él que la vida era un gran camino
de sendas que se bifurcan, y en cada encrucijada hay que tomar una
decisión, cuyo resultado es altamente azaroso, pero cuyas
probabilidades no están afuera de nuestro alcance. Podemos tomar
buenas decisiones (como por ejemplo ir al trabajo) y recibir malos
resultados (morir en un choque de trenes en camino) o podemos tomar
malas decisiones (jugarse la fortuna familiar a un caballo) y recibir
buenos resultados (ganar la apuesta). Pero el camino es largo y las
decisiones son muchas, así que lo que mejor podemos hacer es tomar
buenas decisiones y llegar sin arrepentimientos al final de la buena
senda, y así intenté vivir mi vida. Hasta ahora, por lo menos, no
me arrepentí.
En
definitiva, entonces, me permito traer a su fin esta elegía de un
hombre que sin ser perfecto ni faltarle algún detractor solitario
(“¡Caballo!... ¡Mi reino por un caballo!” ), ha sido santo de
devoción de la gran parte de los muchachos y muchachas de varias
generaciones que pasamos por sus clases magistrales, fascinantes y
desopilantes, pero que, por encima de todo, despertaron el gigante de
la innata curiosidad juvenil y nos dieron el regalo generoso de
enseñarnos a cuestionar todo y pensar por nosotros mismos. Un hombre
que, sin escapar de las convenciones de su generación y su época,
estaba muy a contrapelo de sus pares y del régimen que se impuso en
el Colegio Nacional de Buenos Aires mientras yo fui alumno de esa
casa de estudios, no a la manera de un revolucionario, ni un
partidario de nuevas técnicas de estudio o modernización del
currículo, sino el contrapelo clásico de un Sócrates, y quien como
él podría ser acusado de corromper nuestra juventud enseñándonos
a “tratar de penetrar con curiosidad impía los secretos de la
tierra y del cielo”. Si esa fuera la causa, su culpabilidad estaría
asegurada y su destino ante el verdugo sellado, pero me alegro de que
al contrario de su héroe, Sócrates, vivió una larga vida y murió
de causas naturales.
Le
debo a don Pancho una gran deuda de gratitud, que intenté a mi
pequeña manera devolverle un poco en vida como ya relataré en su
buen tiempo en estas páginas, pero que hoy, a varios años de su
muerte, me permito el placer y el honor de complementar escribiendo
para el deleite de otros las anécdotas que me quedaron de él, de
sus clases, y sacar a relucir algunas de la pequeñas demostraciones
de la devoción en la que lo tenemos sus ex alumnos, que no nos
cansamos de compartir sus recuerdos, sus fotos y alguna reliquia de
él, como una carta suya que guardo en la misma estima que
memorabilia de mi padre, también tristemente ausente.
Y
si por algún motivo espero que estas páginas encuentren una
audiencia, que el más noble sea permitirme las esperanzas que otros,
que tal vez me tengan en estima, escuchen que digo sin vergüenza
ajena que Francisco "Pancho" Azamor fue mi héroe, la voz
de la duda cuando no había más que equivocada certeza, la voz de la
alegría cuando no había más que triste desazón, y la voz de la
irreverencia cuando no había más que conformidad y miedo. Cuando
mis recuerdos encuentren otros de sus ex alumnos, sueño puerilmente
juntarnos algún día, tal vez en el Aula Magna del Colegio en el
aniversario de su muerte o, mejor aún, en su cumpleaños, y que
roncos de emoción levantemos una copa y le dediquemos un brindis con
las palabras que más alegría desparramaron en los claustros durante
nuestros años negros:
"Ave
Augustus, ¡Morituri te salutant!"
Y
sé que él nos mirará a tres cuartos perfil derecho, plantado como
una estatua griega en frente a un gran anfiteatro encima del monte
Olimpo en presencia de todos los alumnos que pasaron por sus cátedras
y lo adoran, y con su mirada de Patricius
Nobilissimus Caesar, Princeps Senatus, Pontifex Maximus, Imperator
Imperium Maius, Autokrator, Basileus, Pater Patriae et Tribunitia
Potestas,
nos contestará en el vernáculo de su mujer Peggy, con
su ingobernable irreverencia y su costumbre de salir de vez en cuando
a caminar por el territorio de la grosería, haciendo un bollito con
la mano dejando paradito sólo el mayor:
- “Fuck you!”
Y por qué dijo fuck you? Es como que no me llegó, no entendíComentarios del capítuloNo sé si era necesario separar este profesor de los demás que mencionaste, ¿pensaste en agregarlo junto con los demás, y al final del desfile de docentes poner estos últimos párrafos como cierre del capítulo de profes, en que recordás a tu héroe? Además funcionaría para darle contraste a Chiapella, ése que te fusilaba.
Es solamente una idea, porque quizás ese capítulo de docentes termine desperdigado en otra trama, ¿verdad?
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