miércoles, 29 de julio de 2015

ADS 1-2 Examen comentarios al 15-01-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión: comentarios Romina al 15-01-2014


1-2
Primera Parte: PrehistoriaCapítulo Segundo: EXAMEN


Otra vez como en el 1-3, los comentarios salen mal :( Muestra:

Copypasteo lo que me mandaron, se salvaron los comentarios que hice arriba y al final de todo.

Se me ocurre una osada sugerencia, y es que cambies el nombre de la primera parte “Prehistoria”, quizás es una de las razones por las que uno piensa que la acción estará tan lejos cuando empieza a leer, cambiarla por algo que estaba sucediendo en el momento, como Poliladron, o Encuentro, cosas así. Personalmente me gusta Poliladron, me parece un título muy atractivo para empezar a leer un libro. Sugerencia nada más, eh.



Primera Parte: Prehistoria
Capítulo Segundo: EXAMEN

Y llegaron, finalmente, los dos días del examen de ingreso, los mismos para los que me había preparado casi un año entero, a una edad en que un año es equivalente a toda una etapa de la vida, por lo menos en la mente de uno tan joven como era yo para ese entonces. Sentí por primera vez esa mañana el terrible peso de la responsabilidad y el destino sobre los hombros, y el dedo insoportablemente leve de la diosa Fortuna distrayéndome con golpecitos en la nuca, recordándome sin que necesitara recordatorio que del fruto de mi desempeño esos dos días dependerían mis próximos seis años, que podrían ser los próximos mil sin sobre exagerar su importancia, porque ambos períodos de tiempo eran una eternidad imposible de concebir proporcionalmente a mis escasos trece años de inexperiencia, como era imposible imaginar que al fin de ellos sería un señor mayor de diecinueve años, otra persona completamente que ¿quién sabe? se afeitaría todos los días como mi papá.

Tenía por delante dos días de dos exámenes, de dos horas cada uno, por demás cansadores para un pichoncito como yo, que todavía tenía las mejillas tan frescas como la colita de un bebé, pero que en definitiva entendía claramente eran de alguna manera una prueba de madurez, un rito de iniciación y transición de una etapa de la vida a otra nueva y excitante, y a pesar de que había una gran minoría de chicas tomando el examen con la mayoría de varones, lo sentí de alguna manera como una prueba de hombría, y deseé fervientemente la calma para someterme a ella con parsimonia, la fuerza para perseverar ante los nervios y el agotamiento y la recompensa de encontrar al final que habría llegado a la altura del desafío con el temple de un acero nuevo, pero noble.

Acostumbrado desde muy chico a andar por la ciudad solo, sin la necesidad de ser llevado y traído como los chicos de hoy, fui solo al examen, y solo espere pacientemente entre los otros dos mil candidatos con sus padres que colmaban las anchas veredas del Colegio, a que me llamaran por número para entrar a la calma acogedora del edificio por segunda vez, y ser conducido en fila por los atrios hacia uno de los largos pasillos verdes con aulas, y arriado como ovejas dentro de una de ellas, donde vi por primera vez que los pupitres estaban acomodados en filas fijas, y que estaban hechos en madera y hierro, con lugar abajo para guardar libros de estudio y un hoyo del tamaño de una moneda de chocolate encima a un costado, en el que metí el dedo desde abajo, moviéndolo juguetón, para verlo saludarme desde la oscuridad de ese hoyo misterioso que me intrigó tanto, hasta que me enteré después de que alguna vez, antes de que un inmigrante yugoslavo inventara la birome cambiando para siempre la geografía de los bancos de escuela, era donde generaciones anteriores habían puesto la fuente de tinta para su pluma. Esos detalles subrayaron doblemente la edad centenaria del colegio, que emanaba de la blancura de los mármoles, del carmín de las alfombras, de los reconfortantes tonos sepias de los pisos y las paredes, de la pureza del blanco de los altísimos cielos rasos, del verde apaciguador de los azulejos que llegaban hasta los dos metros y medio de altura en los corredores, de los marrones de las caobas, y de la solidez de todos los acabados nobles, que a cien años de su terminación se manifestaban en el perfecto estado de conservación de todo, porque daba la sensación de ser de una época lejana, pero al mismo tiempo estaba impecable.

Me tocó sentarme en un banco en el medio a un costado de la sala, y de allí miré por primera vez al frente de la clase, donde había una gran tarima de madera dura, y sobre la tarima un escritorio de caoba que ocuparían los profesores para dictar sus cátedras, pero que ahora ocupaba un señor demasiado joven para profesor del Nacional Buenos Aires, de unos treinta años, o por ahí uno o dos más, que no se sentó sino que, luego de asegurarse de que estábamos nosotros sentados y prestando atención al frente, se dio vuelta hacia el pizarrón, que llegaba casi hasta el techo tres metros más arriba que él, y escribió en tiza la frase

“Examen de Geografía”

Cuando terminó su composición tiró de una manija y, como por rieles mágicos, la mitad inferior del pizarrón, donde había escrito su mensaje, quedó arriba, y la de arriba quedó abajo, y hubiera sido imposible para ninguno de los aspirantes en la sala no ver lo que allí estaba escrito, otra maravilla más de este edificio que demostraba que la ingeniería de la institución estaba a la altura de su arquitectura.

Entonces nos dijo que en unos minutos comenzaría el examen, que duraría dos horas, y que durante dicho plazo de tiempo deberíamos responder las preguntas sin hablar y sin copiarse, ambas actividades sancionables con el retiro inmediato de la papeleta del examen. También estaría prohibido ir al baño durante las horas de prueba, pero tendríamos la oportunidad de ir al baño en ese instante, si así lo necesitábamos, y no había más que levantar la mano y pedir permiso, que sería concedido, mientras que después sería sólo en caso de necesidad extrema y escoltados por un preceptor, que no sabía qué querría decir, pero tampoco pregunté. Tres o cuatro personas levantaron la mano, y se les dio permiso para salir con el señor, que les dio instrucciones de cómo llegar desde donde estaba la clase, y volvió a entrar.

Para cuando llegaron los que habían ido al baño ya nos habían puesto las papeletas del examen boca abajo sobre la mesa, y una vez que todos estaban en sus pupitres y habían sacado sus lápices, sus gomas y sus biromes el señor le dio un golpecito a un reloj como de ajedrez que tenía sobre el escritorio y nos dijo:

“¡Pueden comenzar sus exámenes!”

Y en unísono los candidatos dimos vuelta nuestras papeletas con un sonido que me recordó al redoble de un tambor de batalla, y pusimos febriles manos a la obra. En algún momento durante el examen una chica que estaba en la primera fila parece que no se sintió bien, porque sin dar demasiadas advertencias vomitó un chorro que llegó casi hasta la pared del frente de la clase, pero la interrupción no causó mucho más que un suspiro generalizado y un leve aroma a vómito caliente hasta que el señor llamó a alguien para que asistiera a la pobre chica, que no volvió más y dejó su prueba sin completar, y a un portero que cubrió el caldo con aserrín, barrió el aserrín con un escobillón y lo recogió con una pala, y aquellos que se distrajeron con el infortunio ajeno volvieron a su examen, mientras que otros no pararon ni para suspirar.

Concluido el examen de Geografía se nos dio un descanso de varias horas para el almuerzo y se repitió la misma rutina del primer examen, esta vez para la prueba de Historia, cuyas preguntas me parecieron estar escritas en tonos cortantes, como si la persona que las compuso estuviera pensando “¡apuesto que no estudiaron nada de esto!”. Pero yo sí había estudiado, mucho y con bastantes ganas, y a pesar de que encontré todos los temas intimidantes supe responder a todas las preguntas y terminé a buen tiempo unos pocos minutos antes de las dos horas; exhausto, pero satisfecho con el esfuerzo.

Mientras esperaba en el atrio con el grupo que me correspondía rendir en el segundo día de exámenes, uno de los chicos que estaba conmigo me tocó el hombro, puso cara de conocerme y me saludó con los ojos, porque no nos era permitido hablar y el silencio hubiera hecho rebotar por las paredes el murmullo más discreto. Luego de recorrer el banco de mi memoria me di cuenta de que era un amiguito que me había hecho un año atrás en una fiestita de cumpleaños. No lo había reconocido antes porque se había cortado el pelo muy corto, pero me puse contento de ver una cara amiga, y me imaginé que tal vez tendríamos ambos una amistad prefabricada para el primer día de clases, y que podríamos cursar la secundaria juntos y ser mejores amigos. No tuvimos mucho tiempo de charlar, porque en seguida nos hicieron entrar al examen de Lenguaje, y nos sentaron lejos el uno del otro, pero luego de los nervios y sudores del examen y cuando ya nos habían largado a la calle para el descanso del almuerzo pudimos saludarnos y hablar tranquilos, y fuimos a almorzar juntos en uno de los bares de la zona, pero más bien lejos del colegio porque el resto estaba imposiblemente lleno de gente, y esperamos juntos que nos volvieran a llamar para el examen final de Matemática.

Para entonces el pibe y yo estábamos juntos, y nos sentaron juntos en el aula, a mí adelante y a él atrás, para rendir el último examen de ingreso. El señor que nos hizo de cuidador en esta ocasión se quedó sentado en la silla leyendo un libro que puso encima del escritorio. A unos tres cuartos de hora de comenzado el examen empecé a sentir golpecitos en la nuca, que se hicieron más y más insistentes a medida que pasaban los minutos del examen, y eran desgraciadamente de mi amigo que estaba intentando llamar mi atención, y no de la diosa Fortuna. Aterrorizado, pero no queriendo ignorar al que sería mi futuro compañero de aventuras en la secundaria, luego de vigilar los movimientos del cuidador con la esquina de un ojo medio minuto, volví la cabeza al costado, sin atreverme a darme vuelta completamente, y le susurre un “¿Qué pasa?” bien bajito, y me enderecé mirando con un ojo la papeleta, y con el otro vigilando disimulado al vigilante.

“¡Hacete a un lado así me copio!”

Nuevamente hice como que casualmente distendía los hombros, llevando la cabeza hacia un costado y me llevé la mano hacia la boca para amortiguar el sonido de mi contestación:

“¡No!”

“No seas boludo. ¡Hacete a un costado!”

Sabiendo que no era esto precisamente lo que él quería de mí, me hice a un costado casi imperceptiblemente, pero esto lo volvió aún más impaciente.

“¡Mostrame la segunda pregunta, boludo!”, me intimó.

El cuidador escucho un cuchicheo y levantó la vista, dejó de leer y se puso de pie. El corazón casi se me sale del pecho, pero la marca de hombre a hombre me dio un respiro de la distracción de este “amigo”, que ya me había jurado ignorar alevosamente el primer día de clases para no darle nunca más ni la hora, y me permitió continuar con la contestación a las preguntas y los problemas del examen.

Desgraciadamente, a los quince minutos, el cuidador volvió a su libro, y pareció concentrarse más intensamente en él y menos que nunca en nosotros. No pareció ver ninguno de los intercambios entre mi antiguo amigo y yo, en los que él me suplicaba, me daba golpecitos en la espalda con su dedo índice, y yo le decía como podía que se dejara de jorobar, hasta que el inconsciente intentó tomar el toro por las astas tratando de apartarme a un lado con un empujón, que me sorprendió como si me hubiera pegado un sopapo, la bronca del cual me hizo quitarle la vista momentáneamente al cuidador, cuyos próximos movimientos me llegaron por el sonido de un gran manotón que pegó sobre el escritorio, y cuando lo vi nuevamente ya estaba de pie señalándonos con su dedo índice, diciéndonos:

“¡Usted y usted, tráiganme sus papeletas y me esperan afuera del aula hasta que termine el examen!”

Yo intenté una queja ante la injusticia, ya que realmente no había hecho nada, pero no hubo reconocimiento alguno del cuidador, y supe inmediatamente que todo estaba perdido, que los esfuerzos de meses que había puesto en la Academia Jiménez estaban en ruinas y había sido todo para nada; que yo, en quien mis padres habían puesto tantas esperanzas, sería la más grande decepción de sus vidas, que nunca sería uno de esos alumnos que vi en el coloquio y que parecían estar tan aplomadamente contentos, esos aristócratas del saber, con sus metas claras, con su determinación de científicos y sus futuros brillantes. Estaba todo perdido gracias a este imbécil que ahora me miraba con ojos grandes de cachorrito dálmata, y cuya mueca de mofa parecía decir que no le importaba ser un fracasado, que no había estudiado nada de todas maneras y había venido a tirarse un lance, y me tomó todas mis reservas de autocontrol, que no eran muchas y tuve que estirar hasta casi perderlas, para no tirármele encima y arrancarle las orejas con los dientes, metérselas en la boca y hacérselas tragar crudas, y la espera hasta que concluyó el examen fueron los veinte o treinta minutos más largos de mi vida, en los que tuve que usar toda mi concentración para que mis ojos empañados no se convirtieran en la fuente de un Nilo de lágrimas, ni el nudo en la garganta se me desenroscara en un llanto de velatorio, ni la profundidad de mi respiración se convirtiera en mi primer ataque de asma.

La arenga de no más de dos minutos, en la que el cuidador nos dijo que mi examen sería evaluado hasta el momento en que me fue retirado, pero el de mi “amigo” sería invalidado, fue poco sosiego y probablemente me causó más ansiedad que conocer mi destino de bochado inmediatamente. Luego, cuando ya me quedaba poca autoestima con que sufrir más humillaciones sin perder la razón, la marcha del aula hasta la salida del colegio bajo las miradas de lástima, placer morboso y "schandefreude" de los otros candidatos fue una caminata de la vergüenza insoportable. Cuando llegamos a la anonimidad de la calle me escabullí entre los peatones con toda la velocidad que me permitieron las piernas, y caminé por Diagonal Norte hasta 9 de Julio y de allí por Santa Fe, para perderme entre la gente que no tenga nada que ver con el Nacional Buenos Aires.

Cuando llegué a mi casa me metí en mi habitación haciendo alarde de un sincero cansancio, pero también de una fingida jaqueca con que encubrir mi desgracia, me resigné a nunca ser alumno del Nacional Buenos Aires, y a los pocos días de regresar a mi vida despreocupada de colegial primario, de jugar al poliladron y la mancha rebotando como bola de billar por los corredores de mi escuela, el futuro volvió, brevemente, a ser un concepto abstracto sin demasiada importancia en mi vida.




Comentarios del capítulo.
-Me hubiera gustado que el vómito en sí fuera descripto de forma menos explícita, dan muchas ganas de pasar de largo esa parte. También, quizás si podés hacer enganchar la escena del vómito (qué asquito por cierto) con un “ya entiendo por qué tanto decía el preceptor acerca de sólo ir al baño si es absolutamente necesario”.
-Siento como un agujero entre que entraste a Jiménez y diste los exámenes, ¿no te aumentaba la ansiedad a medida que se acercaba el día del examen? En este texto quedó como que te la pasaste de joda en Jiménez y te fuiste con el pochoclo todavía en la mano a los exámenes, ¿fue tan así? A mí me inundaba todos los pensamientos hasta que los últimos días ya no podía pensar en otra cosa (y después del último examen me fui de viaje de egresada como si nada), no sé cómo fue con vos, pero siento que hay como un agujero ahí.
-¿Sabés qué creo que sería lindo? Comentar después del coloquio, que no volverías a pisar esos claustros hasta fin de año, el momento de los exámenes, que solamente se volverían a encontrar después de un año de esfuerzo y para ese momento intimidante y solemne. También cuando volviste a entrar, la sensación de que estabas en un lugar desconocido con gente desconocida. Que te fijes, nomás. En particular para que me lo cuentes a mí :) porque yo lo viví distinto, yo tuve que ir a clases durante todo el año, y para los exámenes ya éramos todos amiguchos, los dimos entre caras conocidas.

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