Derechos de autor Diego Gotthelf. Comentarios de Romina del 14-02-2014
Ciencias
Políticas
Al
comienzo del primer día del tercer año las autoridades nos
recibieron en el acto de apertura de clases con la noticia de que en
las escaramuzas de los dos años escolares precedentes habían caído
muchos compañeros, novicios y desacostumbrados al rigor de la
disciplina marcial de un ejército invicto, o víctimas de la furia
de armas de destrucción masiva: los exámenes trimestrales, las
pruebas sorpresa, los proyectos especiales, las misiones detrás de
líneas enemigas al frente de la clase, los exámenes de recuperación
diciembre y marzo y, finalmente la solitaria materia previa
reglamentaria. Tantas bajas habían sufrido nuestras filas que se nos
informó sumariamente que se hacía necesario consolidar las tropas
para no mostrar ningún flanco débil ante el eje enemigo: la alianza
subversiva de la Ignorancia, la Indisciplina y el Libertinaje.
Atrás
quedaban compañeros como el Mionca, que no aprendió a mimetizarse a
la tristeza y cayó víctima de un francotirador, Facundo Tapia,
derribado por fuego cruzado en las trincheras de matemática y
geografía durante los Idus de Marzo y finalmente Mariana Ekerloff, a
quien no recuerdo jamás haber visto dirigirle la palabra a nadie en
los dos años de clase anteriores y que, inexplicablemente, no volvió
al inicio del nuevo, sin que nadie sepa Je. En castellano, “no volver sin que nadie sepa” significa que no hizo eso, “volver sin que nadie sepa”. Con una coma se arregla: “no volvió, sin que nadie sepa...” si
desertó o le dieron la baja por neurosis de guerra. Del resto muchos
salieron milagrosamente ilesos, algunos sufrimos balazos de latín,
matemática o literatura, pero aprovechamos los tres meses de franco
para lamer nuestras heridas, dar tiempo al proceso de cicatrización
y templar los espíritus antes de volver al campo de batalla.
Los
de la doceava habíamos pasado los primeros dos años en la planta
baja, invisibles en el claustro que ocupaban nuestros mayores y
mejores de cuarto año. Ellos tenían licencia para llamarnos
despectivamente "borregos" o "pendejos" a
voluntad, ganada a fuerza de ritos de iniciación que los más chicos
todavía estábamos en curso de sufrir. Mientras, nuestros pares
confraternizaban en el tercer piso, haciendo ruidos de copas, de
risas de mujer y música que nos llegaban ocasionalmente como ecos de
una fiesta en la casa de al lado a la que no estábamos invitados.
Cuando nos cruzábamos con ellos en alguna tierra de nadie como el
Campo de Deportes, el natatorio, los laboratorios de música o las
salas de artes plásticas, los mirábamos, la ñata contra el vidrio,
porque las sandías parecían tanto más grandes y jugosas en la
chacrita de ellos.
Aunque
nuestra división sufrió menos bajas que el promedio de las otras,
eso no la salvó de convertirse en el chivo expiatorio a fuerza de
ser el último orejón del tarro. La doceava era un peso muerto en
los márgenes del año, y sería la primera en asociarse al club del
olvido. Luego Acá tuve un problema, si armás la oración así uno piensa que estás hablando de tu primer día de clases de primer año, que fue el único que mencionaste, más tarde recién uno se corrige de la fanfarria de los discursos, la música de película de terror
del Era el mismo de prime año? El viejito que año a año vuelve inexplicablemente? organista
y el recital del coro al los que nos sometieron durante la ceremonia
de inicio del nuevo ciclo escolar, se nos Yo diría se nos dividió en grupitos... separó
en grupitos de a cinco o seis y se nos informó que seríamos Bueh, “desparramados”, yo diría reasignados, reorganizados, reubicados desparramados
entre las otras cinco divisiones restantes del turno tarde, sin
siquiera tener la oportunidad de decir adiós a las armas. A mí me
tocó continuar mi travesía con Martin Kohan, mi primer amigo,
Daniel Alhadeff, mi mejor amigo, Javier Gómez, Gustavito Glusz y
Bobi Montes en la octava división, la misma donde cursaban Poli
Martínez, Raúl Malcovich, Laurita Larrea y otros No me gusta nada el “y otros personajes que recorrerán las páginas a su turno”, podría ser “y otras nuevas caras con las que continuaría recorriendo mi travesía escolar” o algo así personajes
que recorrerán estas páginas a su turno.
A
pesar de que nos tomamos la noticia con el entusiasmo de un
fallecimiento, el velorio no duró mucho más que unos días. Luego
de un corto luto, tuvimos que admitir que el desbande de la doceava
resultó ser más una aparición con vida de Mambrú que un Exilio de
Gardel. A rey muerto, rey puesto. Enterramos la difunta con fiesta al
ritmo de trompetas tocando “Cuando los santos van No era “cuando los santos vienen marchando” desfilando”,
celebrando un inesperado cambio de fortuna.
Para
comenzar, la separación no afectó en mucho nuestra amistad con los
compañeros que fueron a parar en otras divisiones, como el Tripas,
que quedó en la décima, Más Vélez en la novena, Shuki no me
acuerdo dónde y el resto, desparramados por ahí. Al contrario, no
sólo seguimos tan compinches como siempre, sino que tal vez más que
nunca, sin que el cambio se notara mucho ya que las oportunidades de
confraternizar en clase eran “tan”, yo diría demasiado. “tan” es con respecto a algo, y te quedás esperando: Tan limitadas... que..., y el “que” no llega nunca tan
limitadas por el régimen monástico: votos de obediencia absoluta a
la autoridad, silencio total en las filas a la entrada de la clase
hasta la llegada del docente y terror en el aula donde los profesores
dictaban cátedra con la ternura de aves de presa. A pesar de que ya
no éramos compañeros de división y no pasábamos las horas de
cincuenta El diccionario del Idiotaire me chifla que las horas no tienen 50 minutos, decilo de otra forma minutos
entre timbrazos juntos, éramos tanto o más amigos que siempre en
las otras ocasiones, O “fuera del aula” ,
y Tripas era el mismo Tripas de las bromas pesadas, ¡que había que andar sacando con el mango de un paragüas! o algo por el estilo ,
Shuki el mismo flaquito de quinto grado que contestaba el "presente"
con voz de castrato y Juan Pablo Más Vélez seguía creciendo cada
día más alto, discutiendo cualquier asunto con el mismo barítono
de locutor con el que contaba chistes.
Además,
nuestra diáspora entre el resto de las divisiones cambió
irreconociblemente la dinámica del claustro, tanto para los que nos
transplantamos a nuestras nuevas divisiones como para los que nos
recibieron. En la octava, la facha de Daniel Alhadeff no pasó
desapercibida entre las chicas, salpicándonos de respetabilidad
social a todos, el erudismo de Gluchi no Creo que quisiste poner “nos dio” dio
un aire de peso pesado intelectual, Kohan y Vierja Gómez en seguida
aclararon con su potencia para los juegos de pelota y el atletismo
respectivamente cualquier duda con respecto a si era mejor tenernos a
favor o en contra para las próximas olimpíadas. La situación fue
igual para el Tripas y el resto de la banda, que se insertaron en sus
nuevas divisiones como coperas entre marineros de franco. Lo que
multiplicó nuestro capital social fue que pasamos del ostracismo de
la planta baja a tener una red de espías cómplices en cada
división, transformándonos de la noche a la mañana en los alumnos
mejor conectados del año, miembros de la farándula que nos
paseábamos por los claustros como picaflores de alta sociedad por el
Jockey Club. Por todos lados nos celebraban como niños precoces
criados en el extranjero de la planta baja entre los ricos y famosos
de cuarto año, a los que, de repente, todos querían conocer. Acá tengo un problema, porque solamente me nombraste el físico de la indiecita, qué onda.
Los
viajes de vuelta a casa en la Línea D, que hasta entonces habíamos
hecho en resignado silencio y evitando atraer la atención de los
otros pasajeros, se convirtieron en animadas tertulias subterráneas
de decenas de chicas y muchachos. Como éramos los primeros en
subirnos en la estación terminal de Catedral nos comportábamos como
si fuéramos los dueños del tren, mirando de reojo a los pasajeros
que se iban sumando en otras estaciones como si fuéramos los
Anchorena y ellos inmigrantes tanos, hablando a los gritos sobre el
ruido metálico de las ruedas y usando el vagón como el living de
nuestra casa. Terminábamos ascendiendo en tropel las escalinatas de
la estación de Plaza Italia, ya que hasta allí llegaba la línea
antes que la extendieran a Belgrano, y nos quedábamos charlando por
lo que parecían horas en sus amplias veredas a la entrada del Jardín
Botánico, porque allí se respiraba el aire perfumado de los
castaños de indias, magnolios y manzanos en flor que nos suspiraban
una brisa de libertad, en la que se podían aflojar las corbatas y
perderse las vinchas sin miedo a la represalia de los preceptores.
Ya
bien caída la oscuridad del final de la tarde, uno a uno los
gorriones iban abandonando la bandada para subirse al colectivo que
los llevara a los barrios de Belgrano y Núñez, mientras que varios,
como yo, remontábamos camino por Santa Fea
pie, diez, o más cuadras hacia Palermo y Recoleta. Nos hubiera
quedado más cerca bajarnos en una estación anterior, pero ¿quién
hubiera querido perderse ese desvío de alegría en la rutina hasta
entonces mayormente triste y sacrificada de nuestros días? ¿Quién
hubiera dejado de mojarse los pies en el remanso de libertad que
existía al final de la Línea D para ahorrarse una caminata?
¡Esos
primeros días del tercer año trajeron cambios tan inesperados! La
inyección de nueva sangre revitalizó el letargo de los dos años
anteriores entre las filas de las otras divisiones, los cambios
naturales de la adolescencia fueron desarrollando nuestros cuerpos y
ambas circunstancias generaron un verdadero arco iris de nuevas
sensaciones, posibilidades excitantes, e intrigantes descubrimientos.
Comenzaron a debilitarse las inhibiciones típicas de la pubertad,
que habían hecho de las chicas de nuestro año seres intocables, y
nacieron los primeros romances entre los más audaces y maduros.
Yo
estaba tan feliz con esta nueva actividad al fin de mi día escolar
que no me importó mucho no haber acumulado todavía demasiadas
reservas de madurez ni de audacia. Hasta que, para mi desgracia, me
faltaron cuando a mí también me empezaron a asediar las fuerzas
incontrolables de mi cuerpo, que me zarandearon como la coctelera de
los vagones del subte andando a gran velocidad. De un día para el
otro y sin aviso, la presencia de Poli Martínez, sentada en su banco
tres filas adelante y dos a la derecha del mío, se volvió un
fenómeno inquietante. Por algún motivo inexplicable por la ciencia
comencé a sentirla como una señal de radar en la nuca, en los
primeros días casi imperceptible, en las semanas siguientes notable,
y en el transcurso de los meses imposible de ignorar. Era una
aflicción física; una desconcertante ineficiencia al respirar,
donde sufría la sensación de que me sobraba el aire, pero me
faltaba el oxígeno. Pronto me era posible percibir y difícil
ignorar la cercanía de Poli donde estuviera: en la vereda del
colegio, en la sala de música, en el aula, en el vagón del subte o
afuera del Jardín Botánico. Yo sabía, sin necesidad de verla,
precisamente dónde se encontraba, y podía triangular con certeza la
distancia que nos separaba por la intensidad de los latidos de mi
corazón, la frecuencia de mi respiración y la dilatación de mis
pupilas. Si ella me miraba en cualquier momento O “si ella en algún momento me miraba” ,
sobre todo a la distancia o desde un ángulo que se me ocurría era
forzado y delator de una intención de observarme, y no de nuestras
posiciones relativas al centro de atención Creo que sobra, “y no de nuestras posiciones relativas al centro de atención” ,
entonces el dial de mis latidos y respiración pasaba de normal a
crítico en un instante. Vértigos y ocasionales golpes de aire frío
a la garganta me dejaban mudo e imposibilitado de continuar la
conversación cada vez que Poli me miraba, me dirigía la palabra o
me ponía una mano sobre el brazo para no caerse cuando arrancaba o
paraba el subte, que no era un incidente infrecuente.
Hubiera
dado cualquier cosa por librarme de ese solitario nubarrón negro que
perturbó los primeros momentos felices de la secundaria, pero mi
cuerpo hacía oídos sordos al dictamen de la razón, que le decía a
gritos que Poli era demasiado lejana, demasiado perfecta y
simplemente demasiado para mí, que todavía me faltaban algunos
centavos para el peso y enamorarme de ella no me traería más que
penas y decepciones. Me contenté con esconder mis taquicardias y
soponcios, porque frenarlos estaba fuera de mis manos, para limitarme
a disfrutar aquellos momentos de A vos a mí nos suena “el colegio al que íbamos”, como a la primaria yo la llamo “el Euskal”, pero al lector que se quedó afuera de la honorable lista de alumnos le va a caer mal que pongas esa famosa mayúscula. Dejala si querés, para mí está bien (no es lo mismo “mis momentos en el Euskal” que “mis momentos en la primaria”, yo te cuento nada más lo que van a pensar unos cuantos. Quizás si agregás un adjetivo de sorna, “momentos en el honorable Colegio”, aunque algunos tampoco la entienden. Colegio
en que ella no estaba presente y demasiado cerca de mí.
Más o menos por aquel entonces, un tal Raúl Malcovich de nuestra nueva división, antes huraño y callado, comenzó a pronunciar palabras tabú tan innombrales como aquéllas del Parece una comparación, tabú como esas pero no esas, no se entiende. Tendría que ser “...tabú innombrables, muchas de ellas traídas...” o algo así para que no haya ambigüedades marxismo-leninismo,
de tal peligro mortal que hasta las autoridades las manipulaban con
tenazas de acero, chaleco de plomo y guantes de amianto. Sacaban el
engendro del frasco hermético con formol sólo para vacunarnos
contra los horrores de la enfermedad que había arruinado la
generación anterior de estudiantes del Colegio, y los había
seducido con nociones idealistas de justicia social a hacerse
revolucionarios, subversivos, guerrilleros y terroristas. Creo que tu poesía era en este orden: “Revolucionarios, subversivos, terroristas y guerrilleros”. Creo . .
Raúl resultó ser hijo de uno de aquellos misioneros de Satanás que
propagaron el evangelio del socialismo entre la juventud de los
setenta. Dictaba cátedra de Filosofía y Letras en la Universidad de
La Plata y era dirigente intelectual de la izquierda peronista. Al
contrario de tantos de sus alumnos evadió el arresto escapándose a
España en cuanto se rumoreó que su nombre había entrado en una
lista. Dejó a su joven mujer e hijo con parientes en la relativa
anonimidad de Buenos Aires pero nunca los abandonó. Se pasó los
años del Proceso Qué quisiste decir con “correspondiendo con ambos” correspondiendo
con ambos, Adoctrinando, indoctrinar supongo que es lo contrario adoctrinando
pacientemente a su hijo, y recibiendo de él misivas semanales llenas
de admiración y preguntas. No tenía miedo de que le lean el correo? .
Para
resguardarnos del contagio y la metástasis del cáncer comunista, a
nosotros los militares nos tenían bajo estricta cuarentena a
tratamientos “ad nauseam” de quimioterapia patriótica,
occidental y cristiana. Nos sometían a un constante bombardeo de
arengas oficiales exhortándonos estudiar, obedecer y despreocuparnos
por el sufrimiento de los pobres del mundo, que estaban en las buenas
manos de las Fuerzas Armadas. En nuestro nombre y honor organizaban
hogueras públicas con los libros de autores que yo no había leído,
pero que tenían nombres poco criollos como García Márquez y Vargas
Llosa. Para nuestro beneficio mantenían un ejercito de censores (o
por lo menos un regimiento, ya que estaban dirigidos por un general)
que se dedicaba a extirpar diligentemente el cáncer
de la subversión y del
sexo del arte, la música y la literatura. Estos santos varones de la
tijera me protegieron por años contra el placer sublime de varias de
mis películas favoritas, entre ellas La Naranja Mecánica, que tan
alevosamente me deleitaría la veintena de veces que la vi
desde entonces; o contra mis libros más queridos, como Cien Años de
Soledad, entre cuyas dos tapas encontré una cuarta dimensión de
dicha infinita y gloria eterna que me corrompió a soñar con ser
escritor.
El
joven Raúl, por el otro lado, creció tan expuesto al mundo de las
ideas como yo al de las cuatro ruedas de mi patineta. Resultó ser
inmune a las vacunas de la dictadura pero al mismo tiempo tan sanito
que se daba el lujo de rechazar el abrazo protector del miedo que era
nuestro mejor amigo en las horas de clase. Pronto nos infectó con su
osadía, su pasión y el conjuro misterioso del pensamiento de sus
próceres ideológicos: la injusticia y el contrato social de Jean
Jacques Russeau, la dialéctica y el materialismo de Marx y Engels,
el anarquismo de Pierre Joseph Proudhon, la hegemonía cultural de
Antonio Gramsci, la revolución permanente de Trotsky. En eso las
autoridades no se equivocaban: las jóvenes mentes todavía en
formacion y bajo constante asedio de las hormonas éramos, sin
importar Yo diría sin importar en qué época, “de qué época” suena a en el mismo momento en el tiempo, gente de distintas épocas, es decir edades de
qué época, susceptibles a cuestionar las normas establecidas, a
querer escapar el control de nuestros mayores, a aspirar a
experimentar con las ideas, decidir por nosotros mismos y cometer
nuestros propios errores. Raúl nos abrió la cabeza a un mundo nuevo
lleno de descubrimientos que estaban en embriagante sintonía con esa
ansia adolescente de rechazar la convención, de cortejar el peligro,
y de abrirse camino por un mundo que le pertenecía a los grandes por
la Vía, para separar la i de la a, sino sería un monosílabo con acentuación en la a: via. vía
de la protesta, los cuestionamientos sesgados y las rebeldías.
A
medida que pasaban las semanas Yo lo volvería a mencionar: A medida que pasaban las semanas Raúl, el satélite del catedrático, nos seducía... (o algo así, te mandé lo primero que se me ocurre) nos
seducía con nuevas nociones hasta entonces incomprensibles, pero que
sus discursos Yo diría “pero que eran explicadas tan claramente por sus discursos como si...” explicaban
tan claramente como si Euclides nos diera cátedra de trigonometría:
la lucha de clases, la reforma agraria, la socialización de los
medios de producción, el comunismo, la dictadura del proletariado,
el imperialismo yanqui y el más impactante de todos los conceptos
por ser el más comprensible y familiar para nosotros, porque definía
el régimen de la mayor parte de nuestros días: la “dictadura
militar”. Sus charlas nos fulminaban con su atrevimiento, su lógica
intachable y la fuerza de persuasión para explicar las injusticias y
los problemas de aquel mundo que toda generación anterior había
negligido inexplicablemente, pero que era el destino manifiesto de la
nuestra rectificar con soluciones obvias y simples a problemas
perennes y complejos. Raúl explicaba las cosas con un lenguaje casi
extranjero pero vertiginoso y excitante, que ponía patas para arriba
las convenciones de nuestra educación hasta entonces.
Fue
de su boca que escuché por primera vez la palabra que marcaría la
conciencia argentina desde entonces: “desaparecido”. De él
recibí la noticia fulminante de que los arrestos de personas por
efectivos de civil en autos Ford Falcon verdes habían sido ilegales,
y la gran mayoría de los capturados víctimas de torturas y otros
vejámenes a manos de las fuerzas de seguridad determinadas a
extirpar el cáncer de la subversión al precio de cortar por lo
sano. Nadie sabía si estaban vivos o muertos, y menos que nadie sus
madres, que le daban vueltas a la Plaza de Mayo todos los jueves con
un pañuelo en la cabeza y lágrimas en los ojos, sin saber hasta
cuándo aferrarse a la fe en su improbable aparición con vida. Yo
recordaba vagamente haber presenciado uno de estos arrestos (¿o
habían sido secuestros?) una vez, almorzando con mis padres en el
Tigre. Me quedó marcado en la memoria porque involucró, además de
los Falcon oliva, un helicóptero que hizo un ruido infernal y me
voló los rulos. Su aterrizaje cerca de nuestro restaurante en plena
calle, las corridas de bigotudos de civil empuñando pistolas y la
marcha de los reos con las manos tras las espaldas hacia el Ford
Falcon fue una de las cosas más excitantes que habia presenciado
hasta entonces, pero causó suficiente terror como para que mis
padres se tiraran al suelo encima de mi hermana y de mí. Fue tema de
discusión entre ellos, en la vena de "algo habrán hecho",
por un tiempo largo. Esta oración no se entiende, porque uno no los conoce a tus padres, ¿uno decía algo habrán hecho y el otro que no se justificaba? Además, ¿sabían que iban para desaparecidos o pensaban que eran arrestos comunes? largo.
En
los días, semanas y meses que siguieron, la revelación de la
existencia de los desaparecidos comenzó a hacerse vox
populi en
el país, dándole más credibilidad y resonancia a las aseveraciones
descabelladas de Raúl. Tal vez haya sido el secreto peor guardado de
nuestra historia, pero uno que doy fe no conocía ninguno de los
adultos con los que yo tenía contacto, o que O “que” tal
vez callaban por miedo. Las fuentes oficiales honraron los rumores
montando una campaña indescifrable, de negación de los hechos por
un lado y de la justificación de su necesidad por el otro. Ésta fue
la semilla de donde creció el roble de la politización de nuestra
generación, que rápidamente Se dice echar raíces, echó raíces largas diría yo hizo
raíces largas y En cambio no se echan ramas, podrías decir “y se ramificó de forma ininterrumpida hasta la generación de hoy”, por ejemplo, o “y cuyas ramas...” echó
ramas que llegan ininterrumpidas hasta la generación de hoy. No era
para menos, ya que en plena etapa de descubrimientos desconcertantes
el más revolucionario de todos fue descubrir que aquellos que nos
privaban de libertades bajo la excusa de librarnos del mal guardaban
en el closet treinta mil de nuestros esqueletos.
Aunque
nunca antes había sido un tema de charla con mis compañeros (y para
cuando lo fue no me hubiera atrevido a confesárselo a nadie), el
Proceso de Reorganización Nacional había sido para los míos el
gobierno de la razón, del orden, de la victoria del mundial de
fútbol, Que nunca mencionaste, podrías mencionarla cuando contás el mundial del 82 ,
de los viajes a Brasil y a Miami
y del antiterrorismo. Mi generación no había conocido nada mejor, y
la de nuestros
viejos tal vez había aceptado el rigor y la obediencia como el
precio del orden, pero Raúl y sus revelaciones nos desvirgaron a
todos de esa inocencia.
Raúl
tenía, sin embargo, un carácter frío como el vidrio y de igual “y de bordes igual de filosos” bordes
filosos. ¡Extraño para una Pareciera que estás diciendo otra cosa, “Era extraño en una persona tan...” se entiende bien persona
tan preocupada por la justicia social, la igualdad y la franternidad!
Su más grande anhelo era derrumbar el edificio entero del
capitalismo porque lo ofendía su núcleo de interés avaro y
egoísmo. Odiaba las grandes corporaciones, el fin de lucro, el
imperialismo, la desigualdad y la opresíon de los más débiles. Sin
embargo esto no le impedía tratar de imbéciles a los de otra
opinión, de ignorantes a los apáticos y de reaccionarios a los que
cuestionaban lo que él ya había dado por sentado.Guardaba su peor
vitriolo para los crímenes, la prepotencia y los métodos de la
dictadura militar, pero soñaba con la dictadura del proletariado,
que eliminaría a todos los enemigos del pueblo, entre los que se
contaban aquellos de nuestros compañeros que lo fastidiaban con
opiniones distintas. Tal vez por eso, a pesar de ser una de las
personas más conocidas del Del año que empezó el primero de enero, quisiste decir “en el año”, en tercer año año,
no se le conocía ningún amigo como yo lo tenía a Daniel Alhadeff,
al Tripas o Martín Kohan. Sin embargo sus diatribas políticas
erizaban la piel y eran de escucha compulsiva, como eran profundos y Más que misteriosos... yo diría de misterioso origen, o sacados de bibliotecas misteriosas, de misteriosa procedencia... o incluso de bibliotecas invisibles... algo así misteriosos
sus conocimientos de temas políticos y económicos que nos
hipnotizaban a todos. Era un predicador de prodigiosos dones de
persuasión, que no tuvo muchas dificultades para enardecer al coro
de pecadores ingenuos que éramos. Llevábamos años rezando a diario
por un mesías que nos rescatara del régimen del Ángel
Gris que desparramaba tristeza en los claustros. Mejor era no
fastidiarlo y atribuir su mal humor a la indignación frente a la
injusticia del mundo, la prepotencia de los intereses creados, los
abusos de poder de los fuertes y los caprichos de los autoritarios.
Compartíamos ese odio con el fuego típico de la juventud. Con su
ayuda, veníamos alimentando sus llamas hasta que ya nos consumían.
Sentimos
entonces el efecto intoxicante del idealismo, alucinógeno como el
opio y acelerante como una anfetamina, que hace ver con nitidez
engañosa la línea de separación entre el bien y el mal, y marca el
sendero luminoso hacia la colina de la libertad, la igualdad y la
fraternidad donde nos esperaba una Nueva Jerusalén de paz y amor.
Pero ninguna de estas nuevas ideas estaba fielmente reflejada en la
música ni en la letra ininteligible de “Otro muerde el polvo” de
Queen, “Llámame” de Blondie, ni en las tantas otras canciones
extranjeras que habían formado la banda sonora de la película de
nuestra adolescencia hasta entonces. Con la ayuda y guía de Raúl
las reemplazamos en pasa Como antes, juraría que es pasacassettes, en todo caso pasacasetes todo junto casetes
y tocadiscos por Se reemplaza “por” otros artistas, pero en todo caso es “los” reemplazamos, a los artistas anteriores, o “las” reemplazamos a las letras por las de otros artistas otros
artistas, que cantaban un cancionero más a tono con nuestros
sentimientos y aspiraciones, un cancionero que echaba sal en las
heridas de nuestra indignación, como (de Pedro y Yo diría como Pedro y Pablo, que rezaban así: Pablo):
“Bronca
cuando está prohibido todo
Hasta
lo que haré de cualquier modo
Bronca
cuando no se paga fianza,
Si
nos encarcelan la esperanza
Bronca
de la brava, de la mía,
Bronca
que se puede recitar.
Para
el que ha marcado las barajas
Y
recibe siempre la mejor.
Con
el as de espada nos domina
Y
con el de basto te entra a dar, y dar, y dar.
Bronca,
pues entonces cuando quieren
Que
me corte el pelo sin razón.
¡Es
mejor tener el pelo libre
Que
la libertad con fijador!”
O
nos enseñaban nuevos catequismos de militancia, como (de “como cuando Piero cantaba”, diría yo Piero):
“Libertad
era un asunto
Mal
manejado por tres.
Libertad
era Almirante,
General
o Brigadier.
Para
el pueblo lo que es del pueblo
Porque
el pueblo se lo ganó
Para
el pueblo lo que es del pueblo
Para
el pueblo liberación”
O
nos daban visiones de venganza sobre los soberbios cuando triunfaran
nuestras ideas (de Pablo Como soñaba en voz alta Pablo Milanés, diría yo Milanés):
“Y
volverán los libros, las canciones
Que
quemaron las manos asesinas
Renacerá
mi pueblo de sus ruinas
Y
pagaran su culpa los traidores.”
Estas
canciones nos quemaron las sienes con un nuevo calor, jamás sentido
durante la niñez, e hicieron que se nos llene el pecho de esperanzas
y de lágrimas los ojos, porque no nos cabía en el cuerpo ni toda la
vida que teníamos corriendo por nuestras venas, ni toda nuestra
fuerza de voluntad Fuerza de voluntad “para”, diría yo de
cambiar el orden del mundo que recibimos de nuestros padres en tan
paupérrimo estado, ni toda la fe con que sentíamos, de golpe, que
nada era imposible: un colegio diferente, un país mejor y un futuro
donde haya justicia para todos, y no existan la prepotencia, la
desigualdad ni el egoísmo.
Yo
sentía el fuego interior de las mismas pasiones solidarias de mis
compañeros, marchaba al tambor de los mismos ideales y cantaba mi
bronca con la misma sentida convicción, pero guardaba en el corazón
un secreto culpable, un secreto que nunca revelé a nadie porque me
llenaba de frustración e impotencia: había en mi alma una pasión
egoísta y mezquina, que me consumía con más intensidad y
traicionaba mi compromiso con los violentados y los desposeídos del
mundo. Esa pasión también me gobernaba por la fuerza, ejercía
sobre mis ánimos una monarquía absoluta en contra de mi
constitución republicana, era igual de prepotente e injusta, y para
la cual yo no tenía ninugun recurso de amparo. Esa pasión era mi
amor secreto por Poli Martínez, la misma que me sometía por la
fuerza a pensar en ella en todo momento, sin desviarme de la
ortodoxia de quererla.
Yo
también tenía, sin embargo, mis propias armas de resistencia
secreta en aquella guerra sucia, en aquella lucha de la muchedumbre
mansa de la razón contra los tanques y bastones largos del corazón,
y mi as de espadas era también una canción de protesta, que
condenaba los abusos, las prepotencias y el autoritarismo del anhelo
ingobernable, que yo repetía como un rosario tantas veces por día
como me atacaban los pensamientos de ella. Aquella canción fue la
que Silvio Rodríguez intituló simplemente, mitad expresión de
deseo y mitad maldición, "Ojalá" y que decía así:
"Ojalá
que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
Para
que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá
que la lluvia deje de ser el milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá
que la luna pueda salir sin ti;
Ojalá
que la tierra no te bese los pasos.
Ojalá
se te acabe la mirada constante,
La
palara precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá
pase algo que te borre de pronto
Una
luz cegadora, un disparo de nieve
Ojalá
por lo menos que me lleve la muerte,
Para
no verte tanto,
Para
no verte siempre en todos los segundos,
En
todas las visiones.
Ojalá
que no pueda
Tocarte
ni en canciones.”
Esta
melodía, sin más orquestación que hábiles rasguños sobre las
cuerdas de una guitarra española, entonaba palabras robadas
textualmente del fondo culpable de mi alma. Esas palabras eran el
canto de cisne de mi inocencia, el himno de mi amargura por la
traición de una serpiente que me había No se dice “engañado a”, intimado a comer con engaños, algo así engañado
a comer de la fruta prohibida, y destinado a abandonar por el resto
de mis días el Edén del amor Platónico no es, asexuado podrías decir, está filial, fraternal etc pero queda largo platónico
por mis padres y hermana, mis familiares y amigos, para desterrarme
al confinamiento de una torre solitaria, donde estaba condenando por
el resto de mis días a amar a una Eva distante e inaccesible, que
pocos indicios me daba de, algún día, desearme con un décimo de mi
intensidad. Ese amor me sometía a la Manumisión? manumisión
del desprecio, el sufrimiento y la tribulación del amor no
correspondido.
Éste
fue mi castigo por haberme tropezado con el conocimiento más
revolucionario, más subversivo, más guerrillero, más terrorista de
toda la vida de un hombre: el descubrimiento del amor por una mujer.
Comentarios
del capítulo.
Ninguno... estuvo bien. Era verdad que retomabas la atención cuando la ponías a Poli. Fijate que hiciste lo que te dije que también tiene que estar antes: tu vida cotidiana es Poli y Poli y Poli, pero pintaste el mundo detrás de tu yo-y-Poli, te divagaste con el Proceso y la protesta y el descubrimiento de la política, y el lector lo lee y quiere leer el siguiente capítulo porque ¿qué pasó con Poli?, pero el Proceso y todo eso también estuvo divertido, nada más que uno no tiene ganas de leer el capítulo siguiente para que le tiren una perorata gratuita sobre las canciones de protesta ni sobre el baño del campo de deportes, eso te decía.
Ninguno... estuvo bien. Era verdad que retomabas la atención cuando la ponías a Poli. Fijate que hiciste lo que te dije que también tiene que estar antes: tu vida cotidiana es Poli y Poli y Poli, pero pintaste el mundo detrás de tu yo-y-Poli, te divagaste con el Proceso y la protesta y el descubrimiento de la política, y el lector lo lee y quiere leer el siguiente capítulo porque ¿qué pasó con Poli?, pero el Proceso y todo eso también estuvo divertido, nada más que uno no tiene ganas de leer el capítulo siguiente para que le tiren una perorata gratuita sobre las canciones de protesta ni sobre el baño del campo de deportes, eso te decía.
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