Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión Comentarios Romina al 15-01-2014
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Primera Parte: Prehistoria
Capitulo
Tercero: REGLAMENTO
Bueno por alguna razón cuando abro este documento salen mal los comentarios, va muestra.
Así que lo único que puedo hacer es copypastear el capítulo tal como me fue enviado. :( Al menos se salvaron los "comentarios" al final del capi.
Primera Parte: Prehistoria
Capitulo Tercero: REGLAMENTO
Mi mamá demostró siempre una vocación irreprochable por los deberes de su profesión de madre, esposa y ama de casa en los largos años de mi infancia y juventud, llenando nuestro departamento con esos mil toques que sólo las mujeres coquetas saben darle a un hogar, con una mantita indígena acomodada cuidadosamente sobre el brazo de un sillón de terciopelo, o unos almohadones apilados chiche bombón sobre una esquina, o una canasta de mimbre con bastones decorando un ventanal. Todo estaba escrupulosamente pulido, limpio y cuidado hasta la puntillosidad: los bronces, cobres y platas de los adornos étnicos que mis padres habían comprado en sus viajes, las alfombras que había que cambiar cada pocos años por quedar ralas de tanto lavar y los muebles de caoba, clásicos y atractivos, que luego de años de matrimonio no tenían ni una raya, de manera que nuestra casa era un modelo de cosas finas y de buen gusto, pero al mismo tiempo un lugar acogedor donde siempre estaban contentos de ser bien recibidos familia y amigos por igual. En la cocina también sabía hacerse maña, tanto para las cosas de todos los días como para platos más sofisticados que se hacían para los aniversarios o las fiestas familiares, y siempre había en la heladera una torta de chocolate o algún postre casero con que convidar a una visita.
La crianza feliz de mi hermana mayor y la mía fueron, también, una parte fundamental de su identidad y orgullo propio. Era su temperamento ocuparse cuidadosamente de nuestras necesidades tanto físicas como afectivas, jamás mezquinando un beso, una caricia o una palabra de aliento, aunque sin ser sobre protectora, porque de de todas las bendiciones que derrochó a manos abiertas sobre nosotros, la que más precié fue lo que tanto me faltó en los primeros años del Colegio, que recibí a una edad improbablemente temprana y que hoy por cobardía y egoísmo no me atrevo a dar con igual generosidad a mis hijos: la bendición del albedrío, la total libertad de movimiento y pensamiento, y la confianza en mi madurez, supervisada de lejos, para tomar buenas decisiones en mis pequeñas pero formadoras primeras encrucijadas de la vida. Esta filosofía le imponía obligaciones onerosas, que yo conocía por el casi imperceptible sonido de pasos silenciosos que se alejan, de puertas que se cierran suavemente o tenues luces que se apagan, que me hacían sentir un poco culpable de haber alargado alguna parranda juvenil yendo a ver el amanecer o desayunar con amigos, a sabiendas de que ella se quedaba sin dormir hasta escuchar mi regreso. No sé si tenía más confianza en mi criterio de no meterme en demasiados peligros, en mi desenvoltura para salirme de apuros en las contadas pero no infrecuentes ocasiones cuando me metí en alguno, o en mi infalible suerte para salir ileso cuando me fallaron tanto el criterio como la desenvoltura.
No por ser tan buena madre, sin embargo, descuidó sus muchos dones de mujer bonita: sus cabellos rubios, su figura esbelta y su femenina elegancia. Al contrario, ejerció la coquetería con el mismo perfeccionismo, dedicación y éxito con los que ejerció la limpieza, la cocina y la crianza de sus hijos, pero en esto sí tuvo una pequeña debilidad que traigo a colación porque viene al caso de esta memoria: su irracional manía de esconder la herencia familiar de pelo enrulado.
Lo sufrió como una lamentable mella en su calidad de mujer bonita, un punto de turbulencia lechosa en el centro del diamante de su amor propio y una condena agraviosa e injustificada, que soportó, encima, con poca fortaleza en la adversidad. Era una maldición familiar que había que esconder sin importar cuál fuera el precio, como homofóbico esconde aterrorizado el éxito de un hijo de considerable talento artístico para la danza moderna, mientras alardea por los logros menores del otro en algún deporte. Iba a la peluquería a hacerse la toca todas las semanas, y cuando no, complementaba el tratamiento con ruleros en casa. En alguna ocasión que la peluquería estaba cerrada la he visto plancharse el pelo debajo de una funda de almohada con la plancha de la ropa, habiendo llenado la casa de olor a pelo quemado varias veces en mis memorias de la infancia.
Así como no sufrió resignada tampoco sufrió sola, y fuimos mi hermana y yo conscriptos a temprana edad para correligionarios en su lucha. Cada vez que la ocasión requería que nos vistiéramos de domingo, para ir a un casamiento, un bar mitzvá o cumpleaños especial, mi mamá nos enlaciaba el pelo, generalmente enroscándolo sobre la cabeza como nuestro mate fuera un gran rulero, y manteniéndolo a raya con horquillas y espray hasta que fuera hora de salir. Este tratamiento frustraba cualquier posibilidad de ir a jugar a la plaza y nos confinaba en nuestro departamento medio fin de semana, todo esto en un vano intento de que no se notara que el cabello enrulado corría en la familia como el verdor y la redondez entre las arvejas.
Yo nunca entendí su monomanía con este asunto, porque afuera del hogar mis rulos rubios eran objeto de admiración de todos, con la posible excepción de algún compañerito de escuela que resentía que las maestras me llamaran el “Principito” y me apretaran cariñosamente los cachetes. Debo decir que, mirando fotos viejas y viendo el niño que fui reflejado en el porte de mis hijos varones, que tuvieron la misma carita angelical y bucles de querubín de la Capilla Sixtina, el parecido en estilo y en angelicalidad con el personaje de Saint Exupéry no era poco remarcable, si se me permite la osadía de decirlo ahora que estoy cuarentón y se me han volado algunas chapas.
En los últimos años de la primaria, cuando empecé a preocuparme más en mis apariencias y el escrutinio de las chicas, fui yo el que capitulé ante las expectativas de la moda, y pedí que me enlaciaran el pelo para las fiestas con la misma ansiedad que me había parecido tan incomprensible en mi madre. Desgraciadamente la elasticidad natural de los bucles y la humedad intensa de la ciudad me daban sólo una cierta ventanita de tiempo para la diversión. Si mis padres no venían a buscarme a la fiesta para el momento en que los rulos volvían a formarse la mortificación era tan intolerable que debía huir como una Cenicienta cuyo vestido se había transformado en harapos, a refugiarme en el palier a la espera de ser rescatado de mi vergüenza.
Cuando llegaba la nueva década, sin embargo, se empezó a dar vuelta la tortilla de la moda en contra de las cabelleras lánguidas y lustrosas, y se empezaron a ver por las veredas de Palermo esos raros peinados nuevos de los que hablaba Charly García, salpicados liberalmente de rulos naturales y (¡Oh ironía!) también sintéticos. Los que tenían pelo lacio se hacían la permanente ¡se enrulaban el pelo a propósito! para marcarse el cuerpo con la maldición familiar de los Gotthelfs. La toca quedó agradecidamente relegada en nuestras vidas a las tinieblas olvidables del pasado.
Un viaje a Miami en el ‘78 trajo consigo una patineta amarilla de plástico y el descubrimiento del deporte del ‘skateboard’, al que me dediqué en los primeros años de la adolescencia con mucho éxito. De humildes comienzos en las barrancas de Plaza Francia, rápidamente dominé y perfeccioné mi técnica. Luego pasé a formar parte del grupo de chicas y muchachos que nos reuníamos a patinar en el skatepark que se abrió en el terreno del supermercado Gigante en la avenida General Paz. En Gigante se pagaba una hora a la entrada y el complemento del tiempo de patinaje a la salida, y a mí me gustaba patinar todo el día a pesar de que hubiera sido prohibitivamente caro. Con típica astucia de chiquilín travieso pronto me enteré de que algunos pícaros habían hecho un hueco en el alambrado detrás de unas rampas, pagaban una hora a la entrada, se quedaban todo el día y después se escabullían por ese agujero. Con ese método pude quedarme incontables horas de práctica hasta volverme un campeón, tirándome por la pileta a gran velocidad o por una tarima inclinada para tomar carrera y subir por las rampas para hacer trucos que daban miedo: grandes saltos que parecían dejarnos flotar en desafiando la gravedad, mientras se escuchaba el ruido de alguna cámara fotográfica de los espectadores en la platea.
Esa fue una de las épocas más lindas de mi niñez, en que todo me iba bien: tenía un deporte que amaba, donde era uno de los mejores de mi edad, un montón de amigos del medio y de yapa mi pelo más largo y enrulado que nunca encajaba bárbaro con imagen entre urbana y post apocalíptica del skate, iba fenomenalmente con las rodilleras, las coderas, el casco y una vincha a lo indio que me harían pasar tranquilamente por uno de mis héroes californianos de ese deporte, haciendo piruetas para la sensación de la platea y el deleite de los patrocinantes. Después de tantos años de sufrir con mi pelo, éste se había convertido en el símbolo más visible de mi personalidad, la característica física más identificada con el niño que fui. Evoco mucho esta época cuando escucho las canciones del musical americano “Hair" que se estreñó por aquella época, porque esa fue mi “Era de Acuario”, donde el pelo largo era más elocuente que mil palabras para gritarle al universo que tenía libertad, juventud y despreocupación por el futuro y las convenciones de cualquier mundo que no girara alrededor de cuatro ruedas y una tabla. Mientras patinaba por las veredas de la ciudad de regreso a mi casa cantaba en voz alta, como los hippies en Central Park:
“Quiero llevar mi pelo
Largo hasta el suelo
Enrulado, empapado suelto y muy revuelto
Déjalo que llegue, hasta la cintura
De frente o de espaldas
Por todas partes siempre… ¡Pelo!”
Crece, largo, hasta que Dios quiera mi… ¡Pelo!
Yo estaba en la recta final de una primaria despreocupada en la escuela General Las Heras que hubiera querido que dure para siempre, pero la debacle del examen de matemática era una nube negra que de vez en cuando amenazaba tormentas de vergüenza y angustia. Nadie en casa sospechaba las pocas y marginales posibilidades que me quedaban de entrar al Nacional Buenos Aires. A mí me costaba mantener la compostura cuando mis padres me recordaban ansiosos y esperanzados que ya faltaban pocos días para que se anunciaran los resultados, y cada uno de esos días me traía más y más cerca a la verdad de mi fracaso.
Nadie se sorprendió ni se alegró más que yo cuando arrastré los pies hasta la sede del Colegio a buscar los temidos resultados del examen de ingreso, esperando tener que traer a mi casa las malas noticias, para enterarme, contra toda expectativa, que el resultado de Historia había sido muy bueno, la nota del truncado examen de Matemática no fue tan desastrosa como esperaba, y en su conjunto mi desempeño había sido marginal pero suficiente para entrar, porque me había sacado 91 puntos contra los 89 que se necesitaba para entrar ese año. Esa noche en casa se descorchó una botella de champán para festejar mi triunfo, y la espalda me quedó morada de tantas palmaditas de felicitación que recibí de mis padres orgullosos.
Al otro día, sin embargo, hicieron una lectura más detenida del Reglamento y las necesidades del uniforme del Colegio, que requirieron una fastidiosa visita a Eduardo Sport en Plaza Italia para efectuar la compra de dos pares de pantalones grises de franela que picaban como si estuvieran forrados con abrojos, un blazer azul marino con botones dorados al que mi mamá luego le cosió el escudito con las letras C.N.B.A, unas cinco camisas celestes, corbata azul y los zapatos de cuero negros, estos últimos de una zapatería en la calle Florida, con medias haciendo juego.
“Ah”, dijo mi papá. “Tenemos que ir a lo de Pino a cortarte el pelo”
Mi alegría se estrelló inesperadamente contra las consecuencias que mi primer gran logro tendría sobre el idilio infantil con el skate, las parafernalias de su práctica, su cultura y, si se me permite, su religión. La euforia de uno de los triunfos más importantes de mi corta vida fue de correspondientemente corta vida, porque el reglamento, al que no le había dado demasiada importancia hasta ese momento, requería claramente que los varones debían llevar el “cabello corto, a dos dedos del cuello de la camisa, oreja descubierta, patillas a la mitad de la oreja”, un detalle hasta entonces desconocido que de golpe redujo la alegría de mi éxito a una insoportable tribulación, sentida tan profundamente que consideré imposible que mis padres pudieran apreciar, poco menos medir, la enormidad del costo moral que significaba la pérdida de mis rulos, la fuerza de voluntad que sería necesaria para acatar este reglamento tan breve y al mismo tiempo tan cortante como las tijeras del barbero.
Pasé el verano entre dudas y protestas, maldiciendo mi logro y llorando el duro precio a pagar por mi educación. Supliqué una intermediación de mis padres frente a las autoridades del Colegio, sin ningún éxito, ya que no sólo no quisieron dar audiencia a mis lloriqueos, sino que, para peor, estaban a favor de este reglamento aberrante que me condenaba a la pérdida de mi identidad, a borrar el símbolo más querido de mi individualidad para someterme a un corte sádico y castrador que en poco me ayudaría a estudiar más o mejor, y cuyo único objetivo era marcarme la piel con un rótulo del que no podría despojarme al final del día escolar, como me había permitido eldía guardapolvo de mi primaria. Al contrario, mis viejos lo vieron como una necesidad, una manifestación de la máxima de que en la primaria se podía joder, pero en la secundaria era hora de ponerse serios, y consideraban que un aspecto personal más sobrio tal vez ayudaría a encaminar mi educación por la buena vía. De todas maneras así lo requería el Reglamento, y no era momento de tirarse atrás luego de haber invertido tantos recursos familiares en la academia Jiménez y en Eduardo Sport.
En una de mis maratónicas sesiones de patinaje en el skatepark antes del comienzo de las clases intenté uno de los nuevos ‘aerials’ sin manos, un truco que habían inventado recientemente en California. Caí mal sobre mi pierna derecha, torcí el tobillo y sentí que se me caía encima un manto de fatalidad. Me despatarré sin gracia como la victima de un francotirador, paralizado por el dolor agudo, el miedo y la angustia. El gerente del skatepark, al que tanto había yo engañado, me cuidó como una madre y me llevó personalmente en su auto a una clínica en Olivos, donde me sacaron una radiografía que confirmó que me había quebrado el peroné y desgarrado el cartílago del tobillo. Me enyesaron la pierna de emergencia antes de que se hinchara. Para cuando me vinieron a buscar mis padres ya estaba al doble de su tamaño normal, y dolía como si Miseria me estuviera pegando los mismos martillazos que le daba a diario al Diablo en su tabaquera. Ellos me llevaron al sanatorio, donde me enyesaron de nuevo y me dieron calmantes para el dolor. Tuve que volver de emergencia al sanatorio varias veces para que me inyectaran calmantes cada vez más fuertes, que me dejaron los cachetes a la miseria. Ese fue el comienzo de un mes negro de recuperación, y el fin de mi carrera en el skate.
Derrotado y exhausto, capitulé. Por primera vez desde que compramos el uniforme consentí en ir con mi papá a la peluquería Pino en la calle Canning, donde le dio nuevas instrucciones a Giuseppe, quien me cortó el pelo desde que era chiquilín, indicándole gravemente que esta vez no era sólo cuestión de emparejarme y arreglarme un poco, sino que necesitábamos un “trabajito especial”. Sacó el reglamento de su bolsillo y especificó en su voz de sótano, como siempre le decía mi mamá que hablaba cuando se ponía serio:
“Corto, a dos dedos de la camisa y oreja descubierta, con patilla a la mitad de la oreja”.
Pino nos miró como si no le creyera, y su sentencia finalmente reflejó fielmente los sentimientos que venía tratando de transmitir a mis viejos:
“Uuuuy, pobre pendejo. ¡Lo vas a matar de un disgusto!”
Ya sin fuerzas para resistir mi inevitable destino consentí con la cabeza, y hundí el mentón en el pecho con pesar. Giuseppe afiló sus tijeras, suspiró profundamente y empezó a cortar los bucles con el aire de un director fúnebre. Mis rulos, suaves como la lana de un borrego y del color de los campos de trigo cuando les da el sol y se mecen en la brisa de la Pampa, cayeron uno a uno, como heridas palomas blancas manchadas de sangre escarlata, para yacer indiscriminadamente entre los cadáveres de chimangos negros que la navaja de Giuseppe degolló a pedido del cliente anterior.
“Y…”, como dijo Serrat: “¿dónde, dónde fue mi niñez?”
Comentario sobre el capi:
Te reís de una buena carcajada cuando el nene cae en que se tiene que cortar el pelo, pero en general cada vez que describiste el pelo la descripción se me hizo larga de más, quizás si comprimís un poco esas partes. Por otro lado, yo no viví esa época así que tampoco terminé de captar qué era tan terrible de cortarse el pelo. Quizás si comparás: que solamente llevan el pelo así los tal o cual (los soldados?). O será que viviste la época de pelo literalmente largo en el varón, así como melena de mina, por debajo de los hombros? Cuando yo era chiquitina los varones llevaban el pelo así, el que lo llevaba a lo varoncito parecía brasileño, pero lo tuyo fue como 10 años antes de mis recuerdos. ¿Era así también? Por ahí si comprimís un poco toda tu idolatría por el pelo y describís un poco más lo que significaba en la época, y cuánto de largo (que no contaste en ningún momento).
Tampoco capté por qué eso era salir de la niñez, es como que se me escapó la época. ¿Será porque parecías un soldado? ¿Porque a los ojos de los demás chicos ya no eras el mismo?
Claaaaaaro que, podés no darme absolutamente nada de bola si no querés eh, yo te lo tiro nomás, mi iimpresión de 10 años menor (en 10 años cambiaron tanto las cosas!)

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