miércoles, 29 de julio de 2015

ADS 2-3 Recreo comentarios 02-02-2014


Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión: comentarios Romina al 02-02-2014


2-3

Recre
o



El timbre de comienzo del recreo era breve, tal vez diez segundos o tal vez veinte, suficiente para avisarle a los profesores que la sesión debía llegar tristemente a su fin, porque los impíos también necesitabamos nuestros descansos, y no era cuestión de arruinar el deporte del próximo sádico proveyéndole víctimas demasiado atolondradas para sentir golpes. Como los profesores se sucedían los unos a los otros en sus clases, comprendían que darnos unos momentos de respiro era una necesidad inconveniente, pero justificable. Entonces los horrores de la clase en curso debían llegar a su fin (o pausar en caso de horas dobles) sin importar si el sufrimiento había llegado a su clímax. El asunto es que, con el timbrazo, se nos concedía un cese el fuego con que normalizar los latidos del corazón, descontraer las pupilas y calmar el ritmo de la respiración Como te decía antes, creo que ésto es lo primero que deberías decir, y la metáfora de la víctima para ell próximo sádico ponerlo después, la metáfora al ppio de todo no se sabe a qué aplicarla para el que no la vivió , necesidad de ambos atormentados y atormentadores, porque el fin de la hora escolar marcaba una amnistía para todos. Los profesores también gustaban de sus descansos, que aprovechaban para tomarse unos tecitos y charlar con sus colegas en la paqueta sala de profesores, así que se apresuraban a acomodar sus tenazas, sus hierros calientes y otros petates de la profesión en atadillos, y se marchaban apresurados para aprovechar al máximo el descanso antes de volver al tedio de ajustar torniquetes sobre los cuellos de sus jóvenes víctimas.

Entonces, a pesar de que el preceptor siempre venía unos minutos antes de que suene el timbre y se paraba en el umbral de la puerta si ésta estuviera abierta, o esperaba pacientemente del otro lado si estuviera cerrada, por algún motivo que nunca cuestioné se nos permitía salir haciendo ruido, arrastrando los pies o charlando, los brazos de unos en los hombros de otros y hasta haciendo algún trote corto (los galopes estaban prohibidos en todo momento), transgresiones que hubieran sido impensables en la fila de entrada o dentro del aula, antes o durante la lección.

El recreo era un remanso de tranquilidad y distensión, cuando todos los preceptores, menos uno que se quedaba caminando de una punta del claustro a la otra, parecían ausentarse. Tal vez estarían en la Prefectura, tal vez en su sala de descanso, pero lo que importaba era que no estaban a la vista acosándonos con sus marcas de hombre a hombre, y nos dejaban por la mayor parte “por la mayor parte” no se dice, nos dejaban casi todos? La mayor parte del tiempo? en paz, pareciendo haber entendido que hasta las fieras salvajes necesitábamos espacio, y era contraproducente acorralarnos el día entero. Los muchachos y las chicas nos juntábamos a charlar con compañeros (siempre del mismo sexo en esos primeros meses en el Colegio) en pequeños grupitos de no más de cuatro o cinco, porque asambleas de más ciudadanos llamaban la atención de las autoridades que salían de los recovecos más inesperados para dispersarlas. En estos aquelarres aprendimos a compartir el pan y el vino de cada día, convidándonos un Cherry Liptus (los chicles estaban proscriptos y no se vendían en el kiosco), tragos de gaseosa, pedazos de Tita y Rhodesia o una galletita del paquete retacón de Melbas. Fue también durante esas reuniones de morfi y charla tan lindas que compartimos con el resto por primera vez nuestros sentimientos, nuestras esperanzas y nuestros miedos. De allí surgieron los hermosos intercambios que ayudaron a romper el hielo de la natural timidez de adolescentes, y a achicar las diferencias entre los pensamientos privados y los compartidos en esos pequeños círculos, afianzando la amistad y pavimentando el camino hacia la hermandad que nos uniría de allí en más.

En una de las tertulias del recreo, por ejemplo, nos dimos cuenta de que a Kohan, a Alhadeff y a mí nos gustaba la misma señora mayor de cuarto año (una viejita de dieciséis años), cuyo nombre ignorábamos, pero que espontáneamente apodamos “la Indiecita”, porque tenía negros ojos de chinita hechicera, y una cabellera salvaje y tupida, atada en dos gloriosas colas de caballo. El reglamento decretaba que el pelo de las chicas debía estar sujeto con gomita y vincha, universalmente interpretado como una única cola solitaria. Pero la verdad era que la ley no especificaba el número de colas requeridas para borrar cualquier indicio de sexualidad, y las dos de la Indiecita se mofaban de la aparente doble castración de sus crines, transformándolas en riendas de petisa pampera, que en las tardes de recreo nos despertaba a todos el indio maula. Ella era retacona como las Melbas pero bien formada, con caderas y busto más amplios con respecto a su cinturita diminuta, que no violaba la pureza clásica de la divina proporción, porque estaba en perfecta armonía con sus labios carnosos como uvitas y dos pómulos que delataban los ríos de la sangre arisca de los gauchos que corrían por sus venas. Las crines de aquella yegüita madura causaban los mismos calentamientos impuros que los labios prepúberes de Lolita en el “Humbert Humbert” cuarentón de Nabokov, y desbocaba a todos los potrillos en los corrales del claustro. Preocupaciones comunes como el idilio universal con la Indiecita sirvieron para cementar nuestra incipiente amistad, sobre todo porque era un amorío de lejos, en el que ninguno de nosotros competía verdaderamente por sus afectos, y yo creo que, de alguna manera ayudó, también, a crear ciertos códigos de ética que serían sacrosantos en el futuro, como que los amores de uno estaban fuera de cualquier juego para los otros, una ley tácita que yo creo se formó en esas primeras tertulias donde todos babeábamos por la Indiecita, y que en todos los años de secundaria nadie rompió, ni siquiera el Tripas, por lo menos sin pedir primero permiso Sería bueno recordar en un momento al ppio del párrafo (cortito) que compartías el claustro con cuarto, porque tardé en darme cuenta .

Otro de los muchos placeres juveniles en la gran confraternización de los recreos era la costumbre que se nos hizo de contar chistes. Cada uno tenía sus redes de informantes, de los que recibían, filtraban, embelesaban y aggiornaban los mil cuentos que nos contamos en los años de la juventud, que fueron una fuente inagotable de risas y alegrías, además de conocimientos, filosofía barata y zapatos de goma, todas cosas de las que estábamos necesitados en el largo camino hacia la vida adulta. Sí, claro, algunos chistes eran sólo para la alharaca, y esos ayudaban a desparramar un poco de alegría en esos claustros tan tristes, como el que decía:

Dos náufragos estaban muertos de hambre en una isla desierta. Uno de ellos, en la locura inducida por el hambre, agarra el cuchillo y declara:

- ‘¡Me voy a cortar la pija y me la voy a comer’

El otro naufrago le contesta:

- ‘No seas boludo, pensá en tu novia’

- ‘¡Que novia ni tres cuartos! Si no me la como, me voy a morir en esta maldita isla desierta, y nunca más voy a ver a mi novia’.

- ‘No seas boludo, pensá en tu novia’, repite el otro náufrago.

- ‘¡Que me la corto y me la como, te digo!’

- ‘Pensá en tu novia’, insiste el otro.

- ‘Pero dale con la misma historia… ¡Que obsesión, imbécil! ¿Para qué querés que piense en mi novia tanto?

- ‘¡Así se te para y comemos los dos!’

Pero no todos eran chascarrillos inconsecuentes, y varios de ellos me quedaron como filosofías de vida, incluyendo aquél que decía más o menos así:

Son las dos de la mañana, Jacobo está en la cama con su mujer, Rebeca, pero da vueltas y vueltas sin poder dormir. En un momento Rebeca se enoja y le dice:

- ‘¿Qué miércoles te pasa, Jacobo, que no me estás dejando dormir tranquila?’

- ‘Es que le debo diez mil dólares a Samuel, el vecino de enfrente, se los tengo que devolver mañana y no tengo la plata, Rebeca’.

Luego de pensarlo unos momentos, Rebeca, que era mandona pero sabia, abre la ventana del cuarto y grita hacia la casa de enfrente, donde vivía Samuel:

- ‘Samuel, Jacobo no tiene plata con que devolverte los diez mil dólares mañana.’

Y entonces se dirige a Jacobo y le dice:

- ‘Ahora vos dormite tranquilo, y dejalo que se preocupe él.’

Este chiste, sin siquiera una mala palabra, fue una joyita de sabiduría que no aprendí estudiando ética ni filosofía, sino escuchando a mis amigos contar chistes en el recreo, y me ha servido para hacerle frente a muchas tribulaciones en la vida.

El recreo fue, en definitiva, un oasis de alegría, de golosinas, de forja de amistades y de apoyo moral frente a la injusticia, la tristeza y el miedo que prevalecían el resto de nuestro día, pero también había en esos diez o quince minutos una cuestión que colgaba sobre mi cabeza como una espada de Damocles, y que por el terror y vergüenza inmencionables que me despertaba, jamás me permití compartir con nadie. Apenas si lo admitía conmigo mismo. Esa cuestión era el pánico de necesitar ir al baño.

Los baños del Nacional Buenos Aires se construyeron, como el resto del edificio, bajo el diseño del francés Maillart y se terminaron en 1906, la Belle Epoque Si está en francés es con tilde y en itálicas: Belle Époque de la República Argentina, cuando éramos uno de los diez países más ricos del mundo y las exportaciones agrícolas y de carne vacuna formaron la base de una incipiente industrialización en la que teníamos más coches que Francia y más líneas telefónicas que Japón. Fue además una época de grandes avances de la ciencia, de la difusión masiva de nuevos medios de comunicación, de transporte y todo tipo de invenciones que cambiarían por siempre la calidad de vida de los seres humanos. Es una demostración del perfecto equilibrio entre clasicismo histórico y la modernidad de punta del diseño de nuestro benemérito Colegio para el año de su construcción, que se ideó, además de un órgano de viento, de un observatorio astronómico y tantas facilidades clásicas, una sala de cine, esa nueva invención de la época que recién entonces comenzaba a dar luz a toda una industria y una nueva forma de arte. Irónicamente, se rumoreaba que detrás de la pantalla de esta sala, construida encima de las ruinas de una seguidilla de históricos institutos de enseñanza que se pasaron la posta de la luz y la razón sobre el mismo predio en la emblemática Manzana de las Luces, existía un misterioso acceso a una red de túneles y catacumbas coloniales.

En algo, sin embargo, este edificio muestra el lado negro de esa época de contrastes, donde Pasteur y otros héroes de la humanidad demostraban la realidad práctica de la teoría de los gérmenes como causa de la enfermedad, pero aún así morían diez mil almas londinenses en un solo pico epidémico de cólera, por beber aguas contaminadas de materia fecal. Maillart demostró en los planos del Colegio que era un virtuoso de la arquitectura neoclásica de líneas francesas, pero también quedó plasmado más que evidentemente en el tratamiento que le diera a los baños que era un hombre de su época, de corta visión e imaginación pedestre para los desarrollos de la ingeniería en materia de una de las tres o cuatro necesidades básicas del hombre, específicamente hacer caca, optando por instalar baños donde uno debía cagar de cuclillas, tan amados de los pueblos extranjeros menos asociados con los logros culturales y científicos, aunque tal vez injustamente a juzgar por nuestro francés errante.

Maillart demostró cuán cierto es el adagio ‘cagare humanum est’ (parafraseo), justamente en el mismo año que Thomas Crapper, el Saint Patrick de los Devotos del Trono, el apóstol del Santo Inodoro, se ganaba una justa y merecida jubilación, luego de dedicarle los mejores años de su vida a la fabricación de sanitarios, y se preparaba para pasarle la posta al Opus Dei de Armitage Shanks.

Muchos son partidarios de las cuclillas. Muchos dicen que es más natural. Hay toda una vertiente de estudios Vertiente de estudios, o vertiente de estudiosos en la materia que alega que es una posición adoptada instintivamente por niños cuando dejan de usar pañales, especulando que la evacuación es más fluida y fácil. Muchos abogan un regreso a nuestras fuentes de cuclillas, y denuncian la evolución contra natura del “homo cuclillensis” al “homo sentadus Sentatus me gusta más, o es latín possta? .

El problema para mí, y Y para muchos como yo, diría muchos como yo, fue que durante las épocas de socialización de nuestra primera infancia, nuestras madres hicieron esfuerzos descomunales para cerciorarse que adquiriéramos la habilidad de hacer nuestras necesidades sentados sobre un inodoro, una parte fundamental de la adaptación social de las criaturas gregarias, y este instinto natural de ponernos de cuclillas se perdió por la misma vía por la que se perdieron otros instintos naturales, como las ganas de rascarse un testículo en público o tocarle la teta a una señora atractiva pero desconocida. Para estos menesteres yo era como un mono de zoológico, el que por más que lo devuelvan a su ambiente natural puede llegar a morirse de hambre, porque no sabe instintivamente de dónde salen las bananas en la jungla. Es una habilidad que aprende de los padres en camino a la madurez e independencia. Por más natural que fuera, yo no sabía nada de cagar de cuclillas, como tampoco sabría cómo sobrevivir sin ropa, sin armas ni documentos en la sabana africana, por más que mis antepasados hubieran llegado a la cima de la pirámide animal allí, antes de salir a conquistar el mundo.

Luego de hacer uso de los mingitorios del Colegio incontables veces sin mayores inconvenientes, me cuesta describir mi consternación cuando me encontré en una situación en la que consideré sería conveniente sentarme a alivianar la carga de mis alforjas (sin que fuera culpa de nadie)  Creo que no lo estás introduciendo bien, yo diría que hagas una situación de unas líneas de introducción a ese día en particular en que tuviste que hacerlo. Algo así: “A pesar de todos los recaudos hubo cierta vez en que...” y 3 líneas de cómo sufriste hasta que llegaste a la conclusió´n de que era “necesario” (no “conveniente” como pusiste) para encontrarme con un cubículo vacío, sin ningún dispositivo donde sentarme, sino un pequeño agujero en el piso, que me pareció un blanco para francotiradores expertos: imposible de no pifiarle de cualquier distancia que no fuera a quemarropa. La pista clave para resolver el acertijo de cómo lograr una meta que normalmente requería mínimo esfuerzo intelectual, fue dos enormes huellas humanas en bajo relieve, como un espejo de mis pies temblorosos, que parecían selladas por las inmensas botas de un gigante, quien puso un pie a cada lado del diminuto agujero cuando la loza estaba todavía caliente. Recién al verlas comencé a comprender lo que se requería de mí, pero no me sentí en condiciones de enfrentar el desafío.

La ausencia de mi amigo el inodoro en el edificio donde pasaba la mayor parte de mi día fue como la pérdida de un ser querido del que dependía para mi sustento. Viajé, a mil kilómetros por hora, en una montaña rusa de emociones, partiendo de la estación de la negación (¡esto no me lo pueden hacer a mí!), pasando por la ira (¡Maillart, compadre, la concha No digas concha, decí c... de tu madre!), parando Más que parando yo diría “desembocando” en la negociación para hacer tratos con Dios (¡si me concedés un inodoro prometo hacer los deberes sin chistar!), culminando finalmente en la estación terminal de la depresión. Y qué tal si toda esta poesía psicológica la ponés el día en que tenías necesidad de ir al baño y estabas llegando a la conclusión de que no te aguantabas, antes de estar ahí adentro Hice un ensayo con vestuario, sin bajarme los pantalones, parándome sobre las huellas de gigante haciendo precario equilibrio con una mano en cada pared del cubículo. Entonces, me encomendé a la Virgencita de los Milagros y me agaché, pero perdí el equilibrio y me golpeé la espalda contra el caño negro que estaba entre el piso y el techo de la pared de atrás, por donde corría el agua con que tirar la cadena, y si el agujero no hubiera sido tan chiquitito no hubiera vivido para contar esta historia.

Justo entonces, como si hiciera guardia para agarrarnos en una situación comprometida y divertirse mofándose de uno, el Tripas asomó la cabeza por encima de la puerta, y me miró con sus ojos de hiena.

- “Si no querés cagarte los calzones te vas a tener que bajar los pantalones, Gotthelf” Qué hacía el Tripas ahí? Estabas cagando en público? Tan poca consideración ese día che? Ni siquiera esperaste que no hubiera nadie, o pedir permiso una hora de clase... explicate , me dijo, lanzando una carcajada humillante, antes de salir por la puerta y perderse en el claustro, sin parar de reírse.

Jamás llegué al final de mi viaje - la aceptación. Me paré de un salto, y nunca más en mis seis años de colegio volví a entrar en esa cámara de torturas que eran los cubículos del Colegio Nacional de Buenos Aires Yo no repetiría el nombre del colegio, le pondría “los cubículos de los baños” , porque lo consideré una hazaña inalcanzable.Che da la impresión de que estás mintiendo y no estabas tan necesitado sino que solamente estabas practicando, probando el chiche nuevo. Ponele un poco más de sufrimiento a ese momento (después te explicás bien, pero cuando uno lee que te paraste y dijiste “me aguanto” y así con ropa y el Tripas y qué sé yo, que no te estabas muriendo Decidí, en su lugar, aguantarme, a pesar de la hora temprana de la tarde y la premura de mi necesidad. Preferí esperar hasta llegar a mi casa al final de un día de clases donde sudé mucho más de lo normal, y un viaje en subte donde más de una vez me tuve que agarrar de la manija tan fuerte que los nudillos perdieron toda circulación de sangre y me quedaron blancos y entumecidos hasta entrada la noche.

Tripas era uno de un puñado de compañeros que no tenían ningún tipo de pudores. Iban con uno al baño bajo la tácita premisa de usar comunalmente los mingitorios, pero en una osada emboscada se metían en un cubículo cuando uno ya estaba comprometido con una larga y necesitada meada. Entonces seguían hablando como si estuvieran en el banco de la plaza, mientras el aire se llenaba de repugnantes sonidos y mal olor. Para añadir insulto a la osadía, el acto de tener público a la hora de cagar parecía inspirarles orgullo en vez de vergüenza. Pero esos eran los menos. Para la mayoría salir de uno de esos malditos cubículos luego de tirar la cadena, caminar hacia las piletas donde lavarse las manos, que quedaban a pocos pasos y en plena vista de los mingitorios, era un vía crucis de intolerable bochorno. Esa caminata de la vergüenza se hacía con la cabeza gacha, sin hacer contacto visual con nadie, ni siquiera con los más amigos, que solidariamente reconocían la delicadeza de la situación. A pesar que la humillación y el sufrimiento era buena lana para la broma, nadie estaba exento del extremo de necesidad que podía llevarlo a encontrarse en la misma posicion, ni del terror de que Tripas asomara la cabeza por encima de la puerta mocha que delataba su presencia en el cubículo para humillarlo “para humillarlo” para mí sobra, ya está sobreentendido. Che en algún momento aclaraste que son puertas de tipo vaivén al estilo Far West verde claustro? . Existía entre nosotros un implícito pacto de silencio, como el que existe entre el cajero de farmacia y el que compra una crema para las hemorroides, esa sociedad del silencio donde se sabe, pero no se dice nada. Todos conocíamos la ordalía de los bo Creo que acá se borró un pedazo del original , años. Nadie cargaba a nadie - excepto el Tripas que cargaba a todos - porque uno siempre podría ser el próximo pobre infeliz en sufrir un siniestro en el cubículo.

Después de los diez o quince minutos de recreo, de contar chistes, compartir golosinas y hacer, si la suerte le deparaba a uno esa indignidad, alguna visita traumatizante a los baños, volvía a sonar el timbre con la regularidad de los trenes de la Italia de Mussolini, y los claustros se transformaban en un juego de estatuas musicales. Los alumnos, que hasta entonces habíamos circulado apaciblemente por los claustros como hojas en la brisa, entrábamos en el frenesí de un film de Carlitos Chaplin, para llegar sin amonestaciones por la demora a la puerta de nuestras aulas, a formar fila atrás del compañero de adelante y adelante del compañero de atrás, extendiendo la mano para hacer distancia, callar y fingir tristeza.

Porque para cuando paraba de sonar el timbre volvían a imponerse los votos de silencio y obediencia. El recreo era, después de todo, la única ración de albedrío y alegría que se nos repartía en la economía de guerra de esos años negros del Proceso en el Colegio Nacional de Buenos Aires.





Comentarios del capítulo

Está bien, pero quedó corto, me dio la impresión de que solametne hablaste de ir al baño. El recreo no era ir al baño, no? Contate alguna anécdota, que te diste cuenta de algo de la personalidad de algún preceptor, algún mambo de alguien, si hacían algo además de convidarse galletitas, la fila del kiosco, el comilón, si algún desubicado se ponía a estudiar (estudiaba alguien en el recreo?), si les permitían quedarse en el aula si querían, si podían salir al patio (en mi época era gracioso el argumento, no podíamos salir al patio porque las baldosas eran muy antiguas y no podían ya reponerse, de hecho una vez que en plástica un chico se sentó en la ventana la preceptora o la profe no me acuerdo cuál, le dijo “bajate de ahí mirá si te caés al patio y rompés las baldosas!”), qué sé yo hasta dónde podían llegar y hasta dónde no, cuáles eran los lugares prohibidos a los que les hubiera gustado entrar solamente para romper las reglas y si lucubraban planes para lograrlo sin que los atrapen, si hacían bombas caseras o planeaban hacerlaas (un clásico de mi época), si había quien se sentía muy importante y lo gastaban (un clásico de los primeros meses también) etc etc

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