Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión: comentarios Romina al 02-02-2014
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Recreo
El
timbre de comienzo del recreo era breve, tal vez diez segundos o tal
vez veinte, suficiente para avisarle a los profesores que la sesión
debía llegar tristemente a su fin, porque los impíos también
necesitabamos nuestros descansos, y no era cuestión de arruinar el
deporte del próximo sádico proveyéndole víctimas demasiado
atolondradas para sentir golpes. Como los profesores se sucedían los
unos a los otros en sus clases, comprendían que darnos unos momentos
de respiro era una necesidad inconveniente, pero justificable.
Entonces los horrores de la clase en curso debían llegar a su fin (o
pausar en caso de horas dobles) sin importar si el sufrimiento había
llegado a su clímax. El asunto es que, con el timbrazo, se nos
concedía un cese el fuego con que normalizar los latidos del
corazón, descontraer las pupilas y calmar el ritmo de la respiración Como te decía antes, creo que ésto es lo primero que deberías decir, y la metáfora de la víctima para ell próximo sádico ponerlo después, la metáfora al ppio de todo no se sabe a qué aplicarla para el que no la vivió ,
necesidad de ambos atormentados y atormentadores, porque el fin de la
hora escolar marcaba una amnistía para todos. Los profesores también
gustaban de sus descansos, que aprovechaban para tomarse unos tecitos
y charlar con sus colegas en la paqueta sala de profesores, así que
se apresuraban a acomodar sus tenazas, sus hierros calientes y otros
petates de la profesión en atadillos, y se marchaban apresurados
para aprovechar al máximo el descanso antes de volver al tedio de
ajustar torniquetes sobre los cuellos de sus jóvenes víctimas.
Entonces,
a pesar de que el preceptor siempre venía
unos minutos antes de que
suene el
timbre y se paraba en el umbral de la puerta si ésta
estuviera abierta, o esperaba pacientemente del otro lado si
estuviera cerrada, por algún motivo que nunca cuestioné se nos
permitía salir haciendo ruido, arrastrando los pies o charlando, los
brazos de unos en los hombros de otros y hasta haciendo algún trote
corto (los galopes estaban prohibidos en todo momento),
transgresiones que hubieran sido impensables en la fila de entrada o
dentro del aula, antes o durante la lección.
El
recreo era un remanso de tranquilidad y distensión, cuando todos los
preceptores, menos uno que se quedaba caminando de una punta del
claustro a la otra, parecían ausentarse. Tal vez estarían en la
Prefectura, tal vez en su sala de descanso, pero lo que importaba era
que no estaban a la vista acosándonos con sus marcas de hombre a
hombre, y nos dejaban por la mayor parte “por la mayor parte” no se dice, nos dejaban casi todos? La mayor parte del tiempo? en
paz, pareciendo haber entendido que hasta las fieras salvajes
necesitábamos espacio, y era contraproducente acorralarnos el día
entero. Los muchachos y las chicas nos juntábamos a charlar con
compañeros (siempre del mismo sexo en esos primeros meses en el
Colegio) en pequeños grupitos de no más de cuatro o cinco, porque
asambleas de más ciudadanos llamaban la atención de las autoridades
que salían de los recovecos más inesperados para dispersarlas. En
estos aquelarres aprendimos a compartir el pan y el vino de cada día,
convidándonos un Cherry Liptus (los chicles estaban proscriptos y no
se vendían en el kiosco), tragos de gaseosa, pedazos de Tita y
Rhodesia o una galletita del paquete retacón de Melbas. Fue también
durante esas reuniones de morfi y charla tan lindas que compartimos
con el resto por primera vez nuestros sentimientos, nuestras
esperanzas y nuestros miedos. De allí surgieron los hermosos
intercambios que ayudaron a romper el hielo de la natural timidez de
adolescentes, y a achicar las diferencias entre los pensamientos
privados y los compartidos en esos pequeños círculos, afianzando la
amistad y pavimentando el camino hacia la hermandad que nos uniría
de allí en más.
En
una de las tertulias del recreo, por ejemplo, nos dimos cuenta de que
a Kohan, a Alhadeff y a mí nos gustaba la misma señora mayor de
cuarto año (una viejita de dieciséis años), cuyo nombre
ignorábamos, pero que espontáneamente apodamos “la Indiecita”,
porque tenía negros ojos de chinita hechicera, y una cabellera
salvaje y tupida, atada en dos gloriosas colas de caballo. El
reglamento decretaba que el pelo de las chicas debía estar sujeto
con gomita y vincha, universalmente interpretado como una única cola
solitaria. Pero la verdad era que la ley no especificaba el número
de colas requeridas para borrar cualquier indicio de sexualidad, y
las dos de la Indiecita se mofaban de la aparente doble castración
de sus crines, transformándolas en riendas de petisa pampera, que en
las tardes de recreo nos despertaba a todos el indio maula. Ella era
retacona como las Melbas pero bien formada, con caderas y busto más
amplios con respecto a su cinturita diminuta, que no violaba la
pureza clásica de la divina proporción, porque estaba en perfecta
armonía con sus labios carnosos como uvitas y dos pómulos que
delataban los ríos de la sangre arisca de los gauchos que corrían
por sus venas. Las crines de aquella yegüita madura causaban los
mismos calentamientos impuros que los labios prepúberes de Lolita en
el “Humbert Humbert” cuarentón de Nabokov, y desbocaba a todos
los potrillos en los corrales del claustro. Preocupaciones comunes
como el idilio universal con la Indiecita sirvieron para cementar
nuestra incipiente amistad, sobre todo porque era un amorío de
lejos, en el que ninguno de nosotros competía verdaderamente por sus
afectos, y yo creo que, de alguna manera ayudó, también, a crear
ciertos códigos de ética que serían sacrosantos en el futuro, como
que los amores de uno estaban fuera de cualquier juego para los
otros, una ley tácita que yo creo se formó en esas primeras
tertulias donde todos babeábamos por la Indiecita, y que en todos
los años de secundaria nadie rompió, ni siquiera el Tripas, por lo
menos sin pedir primero permiso Sería bueno recordar en un momento al ppio del párrafo (cortito) que compartías el claustro con cuarto, porque tardé en darme cuenta .
Otro
de los muchos placeres juveniles en la gran confraternización de los
recreos era la costumbre que se nos hizo de contar chistes. Cada uno
tenía sus redes de informantes, de los que recibían, filtraban,
embelesaban y aggiornaban los mil cuentos que nos contamos en los
años de la juventud, que fueron una fuente inagotable de risas y
alegrías, además de conocimientos, filosofía barata y zapatos de
goma, todas cosas de las que estábamos necesitados en el largo
camino hacia la vida adulta. Sí, claro, algunos chistes eran sólo
para la alharaca, y esos ayudaban a desparramar un poco de alegría
en esos claustros tan tristes, como el que decía:
“Dos
náufragos estaban muertos de hambre en una isla desierta. Uno de
ellos, en la locura inducida por el hambre, agarra el cuchillo y
declara:
-
‘¡Me voy a cortar la pija y me la voy a comer’
El
otro naufrago le contesta:
-
‘No seas boludo, pensá en tu novia’
-
‘¡Que novia ni tres cuartos! Si no me la como, me voy a morir en
esta maldita isla desierta, y nunca más voy a ver a mi novia’.
-
‘No seas boludo, pensá en tu novia’, repite el otro náufrago.
-
‘¡Que me la corto y me la como, te digo!’
-
‘Pensá en tu novia’, insiste el otro.
-
‘Pero dale con la misma historia… ¡Que obsesión, imbécil!
¿Para qué querés que piense en mi novia tanto?
-
‘¡Así se te para y comemos los dos!’
Pero
no todos eran chascarrillos inconsecuentes, y varios de ellos me
quedaron como filosofías de vida, incluyendo aquél que decía más
o menos así:
Son
las dos de la mañana, Jacobo está en la cama con su mujer, Rebeca,
pero da vueltas y vueltas sin poder dormir. En un momento Rebeca se
enoja y le dice:
-
‘¿Qué miércoles te pasa, Jacobo, que no me estás dejando dormir
tranquila?’
-
‘Es que le debo diez mil dólares a Samuel, el vecino de enfrente,
se los tengo que devolver mañana y no tengo la plata, Rebeca’.
Luego
de pensarlo unos momentos, Rebeca, que era mandona pero sabia, abre
la ventana del cuarto y grita hacia la casa de enfrente, donde vivía
Samuel:
-
‘Samuel, Jacobo no tiene plata con que devolverte los diez mil
dólares mañana.’
Y
entonces se dirige a Jacobo y le dice:
-
‘Ahora vos dormite tranquilo, y dejalo que se preocupe él.’
Este
chiste, sin siquiera una mala palabra, fue una joyita de sabiduría
que no aprendí estudiando ética ni filosofía, sino escuchando a
mis amigos contar chistes en el recreo, y me ha servido para hacerle
frente a muchas tribulaciones en la vida.
El
recreo fue, en definitiva, un oasis de alegría, de golosinas, de
forja de amistades y de apoyo moral frente a la injusticia, la
tristeza y el miedo que prevalecían el resto de nuestro día, pero
también había en esos diez o quince minutos una cuestión que
colgaba sobre mi cabeza como una espada de Damocles, y que por el
terror y vergüenza inmencionables que me despertaba, jamás me
permití compartir con nadie. Apenas si lo admitía conmigo mismo.
Esa cuestión era el pánico de necesitar ir al baño.
Los
baños del Nacional Buenos Aires se construyeron, como el resto del
edificio, bajo el diseño del francés Maillart y se terminaron en
1906, la Belle Epoque Si está en francés es con tilde y en itálicas: Belle Époque de
la República Argentina, cuando éramos uno de los diez países más
ricos del mundo y las exportaciones agrícolas y de carne vacuna
formaron la base de una incipiente industrialización en la que
teníamos más coches que Francia y más líneas telefónicas que
Japón. Fue además una época de grandes avances de la ciencia, de
la difusión masiva de nuevos medios de comunicación, de transporte
y todo tipo de invenciones que cambiarían por siempre la calidad de
vida de los seres humanos. Es una demostración del perfecto
equilibrio entre clasicismo histórico y la modernidad de punta del
diseño de nuestro benemérito Colegio para el año de su
construcción, que se ideó, además de un órgano de viento, de un
observatorio astronómico y tantas facilidades clásicas, una sala de
cine, esa nueva invención de la época que recién entonces
comenzaba a dar luz a toda una industria y una nueva forma de arte.
Irónicamente, se rumoreaba que detrás de la pantalla de esta sala,
construida encima de las ruinas de una seguidilla de históricos
institutos de enseñanza que se pasaron la posta de la luz y la razón
sobre el mismo predio en la emblemática Manzana de las Luces,
existía un misterioso acceso a una red de túneles y catacumbas
coloniales.
En
algo, sin embargo, este edificio muestra el lado negro de esa época
de contrastes, donde Pasteur y otros héroes de la humanidad
demostraban la realidad práctica de la teoría de los gérmenes como
causa de la enfermedad, pero aún así morían diez mil almas
londinenses en un solo pico epidémico de cólera, por beber aguas
contaminadas de materia fecal. Maillart demostró en los planos del
Colegio que era un virtuoso de la arquitectura neoclásica de líneas
francesas, pero también quedó plasmado más que evidentemente en el
tratamiento que le diera a los baños que era un hombre de su época,
de corta visión e imaginación pedestre para los desarrollos de la
ingeniería en materia de una de las tres o cuatro necesidades
básicas del hombre, específicamente hacer caca, optando por
instalar baños donde uno debía cagar de cuclillas, tan amados de
los pueblos extranjeros menos asociados con los logros culturales y
científicos, aunque tal vez injustamente a juzgar por nuestro
francés errante.
Maillart
demostró cuán cierto es el adagio ‘cagare humanum est’
(parafraseo), justamente en el mismo año que Thomas Crapper, el
Saint Patrick de los Devotos del Trono, el apóstol del Santo
Inodoro, se ganaba una justa y merecida jubilación, luego de
dedicarle los mejores años de su vida a la fabricación de
sanitarios, y se preparaba para pasarle la posta al Opus Dei de
Armitage Shanks.
Muchos
son partidarios de las cuclillas. Muchos dicen que es más natural.
Hay toda una vertiente de estudios Vertiente de estudios, o vertiente de estudiosos en
la materia que alega que es una posición adoptada instintivamente
por niños cuando dejan de usar pañales, especulando que la
evacuación es más fluida y fácil. Muchos abogan un regreso a
nuestras fuentes de cuclillas, y denuncian la evolución contra
natura del “homo cuclillensis” al “homo sentadus Sentatus me gusta más, o es latín possta? ”.
El
problema para mí, y Y para muchos como yo, diría muchos
como yo, fue que durante las épocas de socialización de nuestra
primera infancia, nuestras madres hicieron esfuerzos descomunales
para cerciorarse que adquiriéramos la habilidad de hacer nuestras
necesidades sentados sobre un inodoro, una parte fundamental de la
adaptación social de las criaturas gregarias, y este instinto
natural de ponernos de cuclillas se perdió por la misma vía por la
que se perdieron otros instintos naturales, como las ganas de
rascarse un testículo en público o tocarle la teta a una señora
atractiva pero desconocida. Para estos menesteres yo era como un mono
de zoológico, el que por más que lo devuelvan a su ambiente natural
puede llegar a morirse de hambre, porque no sabe instintivamente de
dónde salen las bananas en la jungla. Es una habilidad que aprende
de los padres en camino a la madurez e independencia. Por más
natural que fuera, yo no sabía nada de cagar de cuclillas, como
tampoco sabría cómo sobrevivir sin ropa, sin armas ni documentos en
la sabana africana, por más que mis antepasados hubieran llegado a
la cima de la pirámide animal allí, antes de salir a conquistar el
mundo.
Luego
de hacer uso de los mingitorios del Colegio incontables veces sin
mayores inconvenientes, me cuesta describir mi consternación cuando
me encontré en una situación en la que consideré sería
conveniente sentarme a alivianar la carga de mis alforjas (sin que
fuera culpa de nadie) Creo que no lo estás introduciendo bien, yo diría que hagas una situación de unas líneas de introducción a ese día en particular en que tuviste que hacerlo. Algo así: “A pesar de todos los recaudos hubo cierta vez en que...” y 3 líneas de cómo sufriste hasta que llegaste a la conclusió´n de que era “necesario” (no “conveniente” como pusiste) para
encontrarme con un cubículo vacío, sin ningún dispositivo donde
sentarme, sino un pequeño agujero en el piso, que me pareció un
blanco para francotiradores expertos: imposible de no pifiarle de
cualquier distancia que no fuera a quemarropa. La pista clave para
resolver el acertijo de cómo lograr una meta que normalmente
requería mínimo esfuerzo intelectual, fue dos enormes huellas
humanas en bajo relieve, como un espejo de mis pies temblorosos, que
parecían selladas por las inmensas botas de un gigante, quien puso
un pie a cada lado del diminuto agujero cuando la loza estaba todavía
caliente. Recién al verlas comencé a comprender lo que se requería
de mí, pero no me sentí en condiciones de enfrentar el desafío.
La
ausencia de mi amigo el inodoro en el edificio donde pasaba la mayor
parte de mi día fue como la pérdida de un ser querido del que
dependía para mi sustento. Viajé, a mil kilómetros por hora, en
una montaña rusa de emociones, partiendo de la estación de la
negación (¡esto no me lo pueden hacer a mí!), pasando por la ira
(¡Maillart, compadre, la concha No digas concha, decí c... de
tu madre!), parando Más que parando yo diría “desembocando” en
la negociación para hacer tratos con Dios (¡si me concedés un
inodoro prometo hacer los deberes sin chistar!), culminando
finalmente en la estación terminal de la depresión. Y qué tal si toda esta poesía psicológica la ponés el día en que tenías necesidad de ir al baño y estabas llegando a la conclusión de que no te aguantabas, antes de estar ahí adentro Hice
un ensayo con vestuario, sin bajarme los pantalones, parándome sobre
las huellas de gigante haciendo precario equilibrio con una mano en
cada pared del cubículo. Entonces, me encomendé a la Virgencita de
los Milagros y me agaché, pero perdí el equilibrio y me golpeé la
espalda contra el caño negro que estaba entre el piso y el techo de
la pared de atrás, por donde corría el agua con que tirar la
cadena, y si el agujero no hubiera sido tan chiquitito no hubiera
vivido para contar esta historia.
Justo
entonces, como si hiciera guardia para agarrarnos en una situación
comprometida y divertirse mofándose de uno, el Tripas asomó la
cabeza por encima de la puerta, y me miró con sus ojos de hiena.
-
“Si no querés cagarte los calzones te vas a tener que bajar los
pantalones, Gotthelf” Qué hacía el Tripas ahí? Estabas cagando en público? Tan poca consideración ese día che? Ni siquiera esperaste que no hubiera nadie, o pedir permiso una hora de clase... explicate ,
me dijo, lanzando una carcajada humillante, antes de salir por la
puerta y perderse en el claustro, sin parar de reírse.
Jamás
llegué al final de mi viaje - la aceptación. Me paré de un salto,
y nunca más en mis seis años de colegio volví a entrar en esa
cámara de torturas que eran los cubículos del Colegio Nacional de
Buenos Aires Yo no repetiría el nombre del colegio, le pondría “los cubículos de los baños” ,
porque lo consideré una hazaña inalcanzable.Che da la impresión de que estás mintiendo y no estabas tan necesitado sino que solamente estabas practicando, probando el chiche nuevo. Ponele un poco más de sufrimiento a ese momento (después te explicás bien, pero cuando uno lee que te paraste y dijiste “me aguanto” y así con ropa y el Tripas y qué sé yo, que no te estabas muriendo Decidí,
en su lugar, aguantarme, a pesar de la hora temprana de la tarde y la
premura de mi necesidad. Preferí esperar hasta llegar a mi casa al
final de un día de clases donde sudé mucho más de lo normal, y un
viaje en subte donde más de una vez me tuve que agarrar de la manija
tan fuerte que los nudillos perdieron toda circulación de sangre y
me quedaron blancos y entumecidos hasta entrada la noche.
Tripas
era uno de un puñado de compañeros que no tenían ningún tipo de
pudores. Iban con uno al baño bajo la tácita premisa de usar
comunalmente los mingitorios, pero en una osada emboscada se metían
en un cubículo cuando uno ya estaba comprometido con una larga y
necesitada meada. Entonces seguían hablando como si estuvieran en el
banco de la plaza, mientras el aire se llenaba de repugnantes sonidos
y mal olor. Para añadir insulto a la osadía, el acto de tener
público a la hora de cagar parecía inspirarles orgullo en vez de
vergüenza. Pero esos eran los menos. Para la mayoría salir de uno
de esos malditos cubículos luego de tirar la cadena, caminar hacia
las piletas donde lavarse las manos, que quedaban a pocos pasos y en
plena vista de los mingitorios, era un vía crucis de intolerable
bochorno. Esa caminata de la vergüenza se hacía con la cabeza
gacha, sin hacer contacto visual con nadie, ni siquiera con los más
amigos, que solidariamente reconocían la delicadeza de la situación.
A pesar que la humillación y el sufrimiento era buena lana para la
broma, nadie estaba exento del extremo de necesidad que podía
llevarlo a encontrarse en la misma posicion, ni del terror de que
Tripas asomara la cabeza por encima de la puerta mocha que delataba
su presencia en el cubículo para humillarlo “para humillarlo” para mí sobra, ya está sobreentendido. Che en algún momento aclaraste que son puertas de tipo vaivén al estilo Far West verde claustro? .
Existía entre nosotros un implícito pacto de silencio, como el que
existe entre el cajero de farmacia y el que compra una crema para las
hemorroides, esa sociedad del silencio donde se sabe, pero no se dice
nada. Todos conocíamos la ordalía de los bo Creo que acá se borró un pedazo del original ,
años. Nadie cargaba a nadie - excepto el Tripas que cargaba a todos
- porque uno siempre podría ser el próximo pobre infeliz en sufrir
un siniestro en el cubículo.
Después
de los diez o quince minutos de recreo, de contar chistes, compartir
golosinas y hacer, si la suerte le deparaba a uno esa indignidad,
alguna visita traumatizante a los baños, volvía a sonar el timbre
con la regularidad de los trenes de la Italia de Mussolini, y los
claustros se transformaban en un juego de estatuas musicales. Los
alumnos, que hasta entonces habíamos circulado apaciblemente por los
claustros como hojas en la brisa, entrábamos en el frenesí de un
film de Carlitos Chaplin, para llegar sin amonestaciones por la
demora a la puerta de nuestras aulas, a formar fila atrás del
compañero de adelante y adelante del compañero de atrás,
extendiendo la mano para hacer distancia, callar y fingir tristeza.
Porque
para cuando paraba de sonar el timbre volvían a imponerse los votos
de silencio y obediencia. El recreo era, después de todo, la única
ración de albedrío y alegría que se nos repartía en la economía
de guerra de esos años negros del Proceso en el Colegio Nacional de
Buenos Aires.
Comentarios
del capítulo
Está bien, pero quedó corto, me dio la impresión de que solametne hablaste de ir al baño. El recreo no era ir al baño, no? Contate alguna anécdota, que te diste cuenta de algo de la personalidad de algún preceptor, algún mambo de alguien, si hacían algo además de convidarse galletitas, la fila del kiosco, el comilón, si algún desubicado se ponía a estudiar (estudiaba alguien en el recreo?), si les permitían quedarse en el aula si querían, si podían salir al patio (en mi época era gracioso el argumento, no podíamos salir al patio porque las baldosas eran muy antiguas y no podían ya reponerse, de hecho una vez que en plástica un chico se sentó en la ventana la preceptora o la profe no me acuerdo cuál, le dijo “bajate de ahí mirá si te caés al patio y rompés las baldosas!”), qué sé yo hasta dónde podían llegar y hasta dónde no, cuáles eran los lugares prohibidos a los que les hubiera gustado entrar solamente para romper las reglas y si lucubraban planes para lograrlo sin que los atrapen, si hacían bombas caseras o planeaban hacerlaas (un clásico de mi época), si había quien se sentía muy importante y lo gastaban (un clásico de los primeros meses también) etc etc
Está bien, pero quedó corto, me dio la impresión de que solametne hablaste de ir al baño. El recreo no era ir al baño, no? Contate alguna anécdota, que te diste cuenta de algo de la personalidad de algún preceptor, algún mambo de alguien, si hacían algo además de convidarse galletitas, la fila del kiosco, el comilón, si algún desubicado se ponía a estudiar (estudiaba alguien en el recreo?), si les permitían quedarse en el aula si querían, si podían salir al patio (en mi época era gracioso el argumento, no podíamos salir al patio porque las baldosas eran muy antiguas y no podían ya reponerse, de hecho una vez que en plástica un chico se sentó en la ventana la preceptora o la profe no me acuerdo cuál, le dijo “bajate de ahí mirá si te caés al patio y rompés las baldosas!”), qué sé yo hasta dónde podían llegar y hasta dónde no, cuáles eran los lugares prohibidos a los que les hubiera gustado entrar solamente para romper las reglas y si lucubraban planes para lograrlo sin que los atrapen, si hacían bombas caseras o planeaban hacerlaas (un clásico de mi época), si había quien se sentía muy importante y lo gastaban (un clásico de los primeros meses también) etc etc
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