miércoles, 29 de julio de 2015

ADS 2-5 Anatomía comentarios al 06-02-2014


Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión comentarios Romina 06-02-2014


Anatomía



Mionca fue el primero en ganarse un apodo entre todos los varones de la clase, pero su primer apodo no fue ése. No se entendía, lo cambié por “pero su primer apodo no fue ése”. Su nombre real era Javier Burgos y ambos habíamos entrado al colegio con un margen de poco y nada, aunque su caso fue más de nada que de poco porque se sacó exactamente ochenta y nueve puntos, lo mínimo que se necesitaba para entrar. Según nos contó cuando ya lo conocíamos bien y éramos buenos amigos además de compañeros, Mionca soñaba con ponerse el guardapolvo blanco y colgarse del cuello el estetoscopio metálico de médico, recibiendo paciente tras paciente y buscándole cura a las aflicciones de la pobreza. Si el colegio hubiera sido un cajón de cubiertos, sin embargo, Mionca no hubiera sido uno discriminador como el tenedor, ni cortante como el cuchillo, sino una de las cucharas soperas que levantan a lo bestia caldo, garbanzos, cachos de carne o largos fideos enteros. Copani capturó su filosofía y su manera de hablar en la canción "Lo atamo' con alambre, lo atamo'". La fraseología del Mionca, entonces, le ganó el efímero apodo de "el Surgo", por una obvia bastardización de su apellido dicho en una exagerada tonada mersa.

En su entonces encarnación de Surgo, irónicamente por razones que pronto quedarían claras, fue éste quien bautizó al compañero Stirparo con el segundo apodo de la división, una tarde que leía nombres de participantes de la selección divisional de fútbol. El Surgo era tan bruto para leer o pronunciar los nombres menos comunes que abundaban en las listas de alumnos (entre los que me cuento) que tuvo que repetir el nombre de Stirparo por lo menos treinta veces, pero la lectura que más se le aproximó fue Tripas, que caracterizaba mejor al muchacho que el original, y así le quedó al Tripas su apodo que conserva cariñosamente hasta el día de hoy.

El Surgo era el más alto y el más gordo de la división y siempre, caluroso verano o crudo invierno, vestía camiseta musculosa claramente visible bajo la camisa, que junto con la buzarda que colgaba sobre los pantalones como la cresta de un muffin desborda su molde de papel, era lo que más lo distinguía en la mar de azules marinos y grises. Su fraseología y su apariencia dieron fácil pie a la La idea o la imagen idea de que el Surgo era camionero, con la que lo cargábamos a sus espaldas, porque a pesar de que Surgo se veía de A ver esto suena a otro idioma, más bien “tenía el aspecto de esos...” o si es más como el español hablado “se veía como uno de esos...” esos gordos buenos y blanditos más que de los sólidos y malos, era también de un tamaño tal que nadie se hubiera atrevido a cargarlo así sin saber, como todavía no sabíamos en las primeras semanas en el Colegio, que era un pan de Dios que jamás le hubiera hecho daño físico ni moral a nadie. Sin embargo un buen día Martín Kohan se lo dijo Qué le dijo de frente? Soy medio lela y me perdí. ¿Que parecía camionero? ¿Su apodo? de frente, y al Surgo le encantó. Creo que esta anécdota la desperdiciaste, yo diría que digas más o menos cómo lo dijo y que los demás se pusieron en guardia y miraron al surgo y no pasó nada, algo así no demasiado largo tampoco Con su típica bonhomía se lo tomó como la broma cariñosa que era.

Cuando se iba el preceptor de la clase y quedábamos solos por un momento Perdida de nuevo, ¿en qué momentos se iba el preceptor de la clase y quedaban solos por un momento? Nunca lo explicaste, no era que no volaba una mosca salvvo en los recreos? , el Mono Bacchi, que se sentaba en el banco directamente Directamente es gringada, sacalo plís, en castellano el banco directamente a su lado es “el banco de al lado” a su lado, se ponía en el corredor entre los bancos en la pose del Pensador de Rodin, con el codo sobre la rodilla pero dejando el puño libre sin llevárselo al mentón, y Surgo hacía uso de su brazo para hacer de palanca de cambios, poniendo la mano sobre el puño de Bacchi como si fuera la bola de acrílico farolera que tenían las palancas de los camiones y colectivos de la época. Así hacía los cambios de marcha de su camión imaginario, mientras aceleraba con un pie estirado por el pasillo y simulaba exageradamente maniobrar el amplio diámetro del volante de un acoplado de dieciocho ruedas sin nunca cruzar las manos, o mantenía un codo levantado como apoyándolo sobre la ventanilla baja mientras conducía con la otra mano y fingía largarle piropos a las chicas al pasar, y todos nos moríamos de risa porque la imitación era fiel al estereotipo e hilarante. Desde esa época lo dejamos de llamar Surgo y toda la división lo conoció y quiso “y quiso” suena raro, más bien “se encariñó con” o algo así como “el Mionca”.

La manera en que se ganó y vistió el apodo era típica de su naturaleza, porque a pesar de haber recibido más que su justa ración de limones en la vida era tan bueno, dulce y campechano que hacía siempre con ellos buenísima limonada, y lo que le faltaba en refinación e intelectualidad le sobraba en otros atributos menos necesitados de cultura, como entrañable simpatía, determinación inamovible y una terquedad de mula para aprender, con la que compensaba sus dificultades para las letras. Cuando algún profesor se se frustraba por sus largas pausas entre pregunta y respuesta, o por la lentitud para elaborar el hilo de la lección cuando era llamado al frente, o su necesidad de volver a empezar por el principio cada vez que era interrumpido, él era el único que podía frenar hasta a los que más miedo inspiraban Me perdí de nuevo, ¿todavía está dando lección y estás hablando de los docentes? Creo que no da la imagen correcta decir que “los podía frenar”, ¿o sí? Más bien desmoronar, hacer desvanecer, pero no frenar como si fuera una agresión de contraataque , porque cometía el sacrilegio suicida de discutirles con una inocencia tan sincera y cortesía tan enternecedora que derretía a los más recalcitrantes. Entonces se limpiaba el sudor profuso de la frente con un pañuelo blanco que guardaba para ese propósito en su bolsillo y continuaba, terco y duro como una Duro como un muro? Infranqueable? pared, a regurgitar los conocimientos que había adquirido lenta pero determinadamente durante horas y horas parcas de memorización. Las llamadas al frente del Mionca eran experiencias insorportables e inspiradoras al mismo tiempo, porque nos horrorizaba con su poco poder de retención pero maravillaba con su gran poder de voluntad, y siempre se sacaba, como en el examen de ingreso, la nota satisfactoria mínima, promediado un cuatro por conocimientos con un diez por esfuerzo. Era un espectáculo doloroso pero noble, que nunca dejaba de ganar la simpatía, admiración y lástima de la clase.

Todos los años desde épocas inmemoriales se organizaban olimpíadas deportivas donde las divisiones competían por el título de campeonas de los deportes oficiales del colegio: fútbol y rugby para los varones, hockey y volley ball Acá en Argentina es como que le decimos directamente vóley, no volley ball. para las mujeres. Pero había un único deporte que teníamos en común ¿esto quiere decir que hacían dos deportes, natación y otro más? Explicate. Cuando yo cursé era obligatorio dar un examen de natación y cuando lo aprobabas podías elegir deporte. , la natación, en el que se hacían competencias mixtas donde todos los estudiantes teníamos obligación de participar en por lo menos un estilo, sin importar el nivel de habilidad de cada uno. En esas ocasiones nos era permitido asistir a la
 Posta le decían competición? Normalmente se dice competencia competición cuando no nos tocaba participar, y en calidad de audiencia nos encontramos un día Tripas, Daniel Alhadeff, Mionca y yo sentados sobre los asientos de la galería superior mirando hacia abajo, hacia la pileta, observando a las chicas prepararse para una carrera. Cuánto hacía que habían empezado las clases? Contame para que me haga una idea de cuán amigos eran , ¿se organizaron para ir a propósito o coincidieron por azar? Esas cositas 

El natatorio del Colegio era reminiscente de las piletas públicas bajo techo de los años veinte de París o Londres, donde las luces brillaban siempre intensas, rebotando por las paredes de un blanco encandilador que no retenían ningún color que no fuera el verde de los azulejos del fondo de la pileta, tranquilizador como el de hielos glaciales milenarios. Los sonidos tampoco tenían ningún refugio. Al contrario, se propagaban y amplificaban en la intensa humedad ambiental del cálido microclima tropical que obviaba el uso de blazers y arremangaba las mangas de la camisa. Completando el asalto a los sentidos había siempre un intenso olor a lavandina que oprimía la garganta al respirar y causaba un escozor insoportable, problema exacerbado por la involuntaria agitación de la respiración de los varones, que se aceleraba a tal frecuencia que terminábamos ingiriendo cantidades insalubres del cloro suspendido en la atmósfera. Pero ni siquiera los asmáticos ni los alérgicos se perdían las carreras de natación, aunque se los tuvieran que llevar en ambulancia “aunque terminaran en ambulancia”, “aunque terminaran con pulmotor”, me gustan más , porque eran de las poquísimas ocasiones en que teníamos pase para ver a las chicas de nuestro año despojadas legalmente de los hábitos del uniforme, y las únicas en que las podíamos admirar prácticamente desnudas Me imagino que era a contraturno, no explicaste muy bien en ningún momento cómo te podías quedar a contraturno si no te dejaban ni respirar en clase . Estas competencias nos daban, encima, la rara libertad de poder despechugarlas a voluntad con los ojos, sin que las autoridades hubieran podido desarrollar ninguna tecnología con suficiente precisión como para discernir la diferencia entre el jadeo inducido por el entusiasmo deportivo y la respiración entrecortada de la excitación sexual. No existía esta herramienta en la batería de diagnóstico y tratamiento con la que los preceptores mantenían a raya nuestros síntomas de insolencia y libertinaje, a pesar de la constante pero inútil vigilancia Dónde estaban los preceptores? Quiénes eran, los mismos que te tocaban en el claustro? .

La que más nos llamaba la atención en traje de baño era Claudia Cóccola. No porque fuera la más atractiva de todas las chicas del año - porque si lo fuera no hubiera tenido los hombros tan anchos y su torso, en vez de ser tan cuadrado, hubiera sido más reminiscente de esa sutil pero intoxicante forma de ánfora que nos vuelve locos a todos los hombres y que causó la expulsión de Adán del Paraíso, el saqueo de Troya y el suicidio de Marco Antonio. Nos llamaba la atención porque era la más desarrollada, y la única que tenía pechos de nodriza cuarentona Perdoname si te tiro el mito abajo pero lo que yo entiendo de una nodriza cuarentona es que tiene ya las tetas por el suelo de lo caídas, al menos a una mujer que amamantó y conoce las consecuencias le parece la teta menos sexy del planeta. Si a los 20 ya están formadas con su tamaño final. a tan temprana edad, de masa tan prodigiosa que su espalda ya empezaba a curvarse bajo su peso, y los breteles de su corpiño, retirado unos minutos antes de entrar a la pileta, todavía Ya no, todavía dejaban. Pero me gustaría más que hubieras dicho algo así como “en sus hombros todavía se vislumbraban las marcas del corpiño, quitado unos mitutos antes”. dejaban un surco visible en sus hombros.

Pero los pechos de Claudita no eran, curiosamente, lo que monopolizaba a atención de los varones (¡no!), sino aquello que los sajones llaman el "camel toe" por la forma en V invertida de la pezuña de un camello o una vicuña Seguro que es por eso el camel toe? No será por los dos montecitos que tiene en la espalda? que evoca la forma de un traje de baño de tela maleable que se abraza firmemente a un monte de Venus ralo, separando sugestivamente los labios de la vagina Che muy educativo para una mina que seas tan transparente con respecto a este tema, pero aun así me fue difícil de leer, por qué no en vez de poner los labios de la vagina ponés los labios virginales, por ejemplo en un surco y delatando en voz alta que en ese sanctasanctórum de la anatomía femenina se encontraba una bahía inexplorada y llena de escarpados accidentes geográficos, tan hechizantes y traicioneros como los torbellinos y las rocas del estrecho de Messina entre Scylla y Caribdis, cuyos secretos era nuestro destino algún día, Dios mediante no muy lejano, penetrar por primera vez para navegar. La mirábamos entre aprensivos, curiosos y excitados, porque las preliminares de la carrera de natación, que deberían normalmente ser un remanso de aburrimiento en el río revuelto de la competencia inter divisional, eran una clase de anatomía que servía para avanzar a paso de ñandú chúcaro nuestros conocimientos y fascinación por los misterios insondables del cuerpo de la mujer. Dios mío nunca había caído en que los hombres miraban esa parte. ¿No era todo tetas-culo-tetas-culo? Podrías hacer un comentario sobre eso. Edit: ahora que lo pienso por segunda vez qué obvio, cómo no van a mirar, ¡pero una nunca cae si no se lo dicen!
 


Mirando hacia el borde de la pileta, con el coraje de saber que no nos podríamos ligar amonestaciones por nuestros pensamientos impuros de sátiros vírgenes, podíamos imaginar el color de sus pezones delatados por el abrazo de lycra falluto, y fantasear la disposición de muebles en su vagina No me gusta que digas vagina. Además ya se me está olvidando de que hay minas, es una pileta, vamos a nadar... quizás entre los hombres sean conversaciones normales pero me está intoxicando un poquito a partir de la zanja abierta entre sus piernas. Aprovechábamos la vista ininterrumpida para revisar detenidamente la accidentada geografía de su cuerpo, el paisaje de sus montes gemelos, el valle de su escote, el arco de su espalda curvada por el peso, las extensas mesetas de sus glúteos, la pampa de su vientre y, en el centro, en enfocadísimo primer plano de bordes claramente perfilados en minuciosa definición de azul marino contra azulejo blanco, la gloriosa quebrada de Humahuaca, que abría más interrogantes de los que resolvía. Entonces, el resto de las chicas que estaban en hilera esperando batirse en un duelo de posta cuatro por veinticinco metros estilo pecho a ambos lados Exacto, esto es lo que te decía, el día de natación trata de esto, al menos deberías dedicarle un párrafo al principio acerca de este tema, ¡para que no parezca una porno! quedaban difusas, desenfocadas, porque Claudita, la más mujer de todas, era la embajadora honoraria de todo el sexo femenino, el interrogante y la respuesta, el misterio y la revelación, la teoría y la prueba, la ecuación y su solución. Cada uno tenía sus reinas, princesas y segundas princesas del concurso de miss traje de baño, pero todos teníamos a Claudita, que magnificaba el nudo de los misterios del sexo y exageraba todos sus atributos. Ella recibía la parte del león de la atención al comienzo de la carrera, cuando los varones nos arrimábamos a la baranda como una familia de suricatos que percibió el chillido de un halcón y se inclina al unísono en la misma dirección, queriendo inconscientemente acortar distancias para verla mejor y de más cerca, aunque más no fuera unos centímetros.

Entonces, en el paroxismo de un trance libidinoso, Tripas siempre largaba algún comentario zarpado a propósito, para causar risas y meter a alguno en problemas disciplinarios, que era su idea de una broma graciosa. Aunque invariablemente lograba su objetivo, por lo general estábamos bien entrenados para ocultar las señales de nuestra alegría transgresora, camuflándolas entre la agitación de los gritos de apoyo a las competidoras de nuestra división. En aquella ocasión que bien recuerdo, la conversación fue típica de tantas, pero tuvo más consecuencias que ninguna:

Tripas: ¿Saben por quéHelen Keller usa calzas ajustadas?

Mionca: ¿Quién es Hellen Keller?

Aladeff: Me parece que el apodo te queda grande, Mionca. Vos tenés menos cultura que un camionero. ¡Tenés menos cultura que un camión!

Mionca se hizo el afligido por ser el blanco fácil de las cargadas, pero con aire exagerado, y todos sonreímos, porque era difícil no quererlo al Mionca cuando hacía limonada con una sonrisa.

Tripas: Es una escritora sorda, ciega y muda.

Mionca: ¿Si no ve, ni escucha ni habla, de qué mierda escribe?

Yo: ¿Qué importancia tiene, Mionca?

Mionca: Bueno, no te Habrás querido decir “no te calentés” calientes, boludo. Dale. ¿Por qué usa calzas ajustadas?

Tripas: ¡Así la gente le puede leer los labios!

La jocosidad fue infrenable, y nos reímos todos, intentando guardar la apariencia de decoro, sin mover más que los músculos del diafragma para lo que ya teníamos tanta práctica como para mascar chicle sin mover la boca, pero poniéndonos colorados como camarones hervidos por el esfuerzo de mantener tapada la carcajada, exacerbados por el calor, acosados por la humedad y atragantados por el escozor del maldito cloro suspendido en el vapor de la atmósfera. Todos menos el Mionca, que se vio imposibilitado de mantener a raya la traidora tentación, enemiga mortal de los prontuarios libres de amonestaciones. Su considerable capa de grasa exterior comenzó a ondular espasmódicamente de la risa, dándole fuerza motriz a su gran trasero que se desplazó por la grada como un elefante marino se desplaza entre su harén de hembras con ondulaciones de la panza.

Entonces, de vaya a saber dónde, salió nuestro preceptor, para quien la alegría era un acto de exhibicionismo e impudicia, como un cohete Exocet a interceptar y aniquilarla, para restaurar el estricto régimen de solemnidad y tristeza que era obligatorio dentro de las paredes del Colegio. Su rictus de tensa excitación y el tono histérico de su voz fueron, en retrospectiva, augurios del peligro mortal en que nos encontrábamos, pero que en ese momento no supimos reconocer.

Preceptor: ¿De qué se ríen, señores?

Todos: De nada, señor preceptor.

Preceptor: Ustedes, déjense de macanas que están aquí para alentar a sus compañeros, no para hacer jolgorio ¿Comprendido? Burgos, usted desarremánguese las mangas, póngase el saco y se va para la Prefectura donde le dice al señor Kember que me tiene que esperar hasta que yo regrese luego de las olimpíadas. ¡Marche!

Todos: ¡Sí, señor preceptor!

Mionca, cabizbajo: Sí, señor preceptor.

Y Mionca se fue, caminando lentamente por las gradas cargando al hombro su bulto de limones, hasta perderse por la puerta. Nosotros, por nuestra parte, con bastante más miedo y alivio propio Alivio por salvar el propio pellejo, o algo así, no existe “alivio propio”, digamos no es que está mal, pero es “alivio por nosotros mismos”, alivio propio es un alivio que te pertenece, es raro su significado que lástima y preocupación ajena, volvimos la vista hacia abajo, hacia la pileta, donde las partes interesantes de Claudita lastimosamente ya no estaban a la vista, sino escondidas bajo el agua, que acariciaba suavemente todos los recovecos que exploramos con los ojos instantes atrás, pero que ahora guardaba celosamente para sí, dejando a nuestra vista sólo la nuca y la curvatura superior de la espalda, mientras ella ganaba por varios cuerpos la carrera de pecho con un estilo y una potencia imparables. Unos instantes después se levantó del agua con sus poderosos brazos, se secó con una toalla que había dejado colgada de un gancho, y se metió en los cambiadores de mujeres. Entonces, en el borde de la pileta se preparaban otras chicas para la carrera siguiente que, anunciaba el altoparlante Y quién estaba en el altoparlante? Dónde estaba ubicado? Era el mismo que sonaba en todo el colegio o sonaba en la pile solamente? O estarás hablando de megáfonos? No había altoparlantes cuando yo cursé, o si los había nunca se usaron , sería la posta de cuatro por veinticinco metros estilo mixto.

Claudita estaba en un extremo del desarrollo sexual, y otra chica que no recuerdo por haber sobresalido precisamente por su falta de protuberancias femeninas en el otro, pero había una que estaba en el justo medio entre los dos extremos de avaricia y generosidad: Poli Martínez, la de las proporciones clásicas del ánfora, el ejemplo más fino y apreciado por los admiradores del Corpus Vasorum del Colegio, los pechos ni generosos ni mezquinos, las espaldas ni amplias ni estrechas, las caderas divinamente proporcionales a la ajustada cintura, el promedio aritmético exacto de todas las chicas, que eliminaba cualquier extremo, que mezclaba todas las gamas de imperfección y atractivo femenino en el mismo proceso que mezcla todos los colores del arco iris sin opacar la belleza de ninguno transformándolos en el que representa la pureza, la simpleza y la belleza: el blanco puro de un haz de luz. Por fin saliste de la porno y entraste en la romántica, fue duro  


Ella no tenía ningún defecto que la marque, ni ninguna característica extraordinaria que la distinga, sino que era la armonía y pureza de líneas estéticas del conjunto que hacía del resultado final bastante más que la suma de sus partes, y sobresalía como el halo de un ángel entre un mar de pecadores. Para verla a Poli no nos queríamos acercar, sino que nos tirábamos para atrás, para tomar en vez de achicar distancias, como quien mira un cuadro impresionista y quiere captar el conjunto sin perderse en las pinceladas de sus mejillas puras y virginales, de la curvatura intoxicante de su cuello, en el mar profundo de sus insdecifrables ojos verdes, ni en la minucia multitudinal de su perfección, que demandaba la consideración del conjunto. Ella, la más linda del año, vivía en una isla lejana, misteriosa y escarpada en el ultramar del claustro que compartían el club de las otras cinco divisiones de nuestro año, pero atraía las miradas y los deseos de todos los varones como el norte atrae las agujas de las brújulas de los barcos. A pesar de la atmósfera de inaccesibilidad que la rodeaba, Poli parecía tener tanto más trato y confianza con sus conciudadanos del tercer piso que con nosotros, que estábamos en la planta baja junto con el cuarto año, cuyos alumnos no nos hubieran meado encima si nos estuviéramos incendiando. Lo que te decía en el capítulo del recreo, te contaba que parece que solamente se intercambiaban galletitas e iban al baño, y ahora no se entiende que Poli pudiera haberse relacionado con los del otro piso, y encima más que con los de su propia división. ¿En qué momento se contactaban con el resto del año? Entre todas las chicas del colegio, mucho más aún que la Indiecita Y en qué momento la viste a la indiecita en malla? Por cierto los porteños le decimos malla. , Poli era la que se llevaba mi voto para reina en el concurso Miss Traje de Baño…

Terminada la competencia de natación Acá no se entiende que volviste al hilo, las 3 primeras palabras deberían ubicar al lector nuevamente en situación, “Mermadas nuestras filas...” algo así fuimos al bar Oasis Como siempre? Desde cuándo? Cuando te dejé ibas a la biblioteca a la salida del campo, comentaste nada más que después se fueron desparramando en los bares (pero no por qué), en el hilo conductor de un momento anterior podrías poner por qué se pasaron al bar Oasis y dónde quedaba a estudiar, y nos sorprendió que no viniera el Mionca para contarnos qué paso con el preceptor en la Prefectura, pero presumimos que habría vuelto a su casa Tan cerca vivía? Dónde? por el resto de la mañana. Al comienzo de clases tampoco estaba en su último lugar en la fila, tomando distancia y esperando entrar a la clase al lado de Daniel Alhadeff. Ahí nos empezamos a preocupar. Yo pondría esto primero, “Recién nos empezamos a preocupar cuando al comienzo de clases...” Entonces, antes de que entrara el primer profesor de la tarde, vino a nuestra aula el Prefecto Kember Urquiza, con su aire oficioso, con su discurso tajante, a informarnos que Javier Burgos había quedado libre por falta de respeto y conducta indecorosa durante la competencia de natación de esa mañana. Nos quedamos todos mudos y blancos, pero nadie más “Pero nadie como”, o pero nadie más blanco, pero nadie más shockeado que Alhadeff, Tripas y yo, que estuvimos tan cerca de sufrir su mismo destino y no nos salvó la inocencia del Mionca, ni su perseverancia, ni su simpatía, ni ninguna de sus tantas cualidades, sino la malicia de sabernos reír más disimuladamente. No tuvimos el coraje ni de mirarnos para ver reflejada en los ojos del otro la bronca por la injusticia, prefiriendo mantener la cabeza derecha y la vista al frente como soldados bajo el escrutinio de un sargento para tampoco ver reflejada nuestra complicidad con el miedo, y no discutimos el tema sino hasta años después, ni siquiera en privado, por las dudas que alguien nos estuviera escuchando y seamos nosotros los que desaparezcamos de las filas de estudiantes una de esas tardes.

Mionca fue el primero de una seguidilla de expulsados por cuestiones disciplinarias, o porque no pudieron seguir el ritmo feroz del tren de estudio y se tuvieron que bajar en alguna estación, víctimas de la infame atrición que diezma aún hoy las huestes estudiantiles del Buenos Aires. “Y entonces quedaron nueve” intituló Agatha Christie una de sus novelas de misteriosos asesinatos y desapariciones, un buen lema con que recordar la historia de nuestras filas de compañeros, amigos y hermanos del aula.

Nunca más lo volvimos a ver al pobre Mionca. Lo busqué varias veces en Facebook a lo largo de los años desde que existe ese medio, pero no lo encontré nunca. Cuando pregunté a viejos compañeros alguien me dijo creer haber escuchado de un amigo de un amigo que lo habían visto o encontrado por ahí, que el trágico y querido Mionca había continuado sus estudios secundarios en otra escuela y, finalmente, cumplido su sueño de entrar a la facultad de medicina contra toda probabilidad, pero enseguida había conocido una piba que quedó embarazada de él. En su típica actitud galante, porque Mionca no sería fino pero no por eso dejaba de ser un caballero, abandonó los estudios para casarse con ella y salir a la calle a ganarse el pan para su familia. Y en eso estaba todavía, en algún lugar de nuestra ciudad. Me suena a un destino cruel pero una actitud parsimoniosa ante la adversidad, como la que le conocimos en los meses que compartimos tantas tardes juntos y nos reímos de sus monerías de camionero. Si esta historia fuera verdadera yo estaría contento por él igual, porque sé que el Mionca se declararía feliz con su suerte, que amaría a sus hijos como la cosa más preciosa que le dio la vida y no contemplaría destinos alternativos que no incluyan el desliz de su concepción accidental pero llena de bendiciones, a pesar de los problemas económicos y las largas horas en el taxi, o la fábrica, o donde sea que trabaje, y que seguiría haciendo limonada con sus limones, y su mujer y niños, gorditos pero campechanos como él, se reirían de sus monigotadas de camionero como nos reíamos sus compañeros de colegio. A partir de “Si esta historia fuera...” me parece que sobra, es “de tarjeta del Día de la Madre” dirías vos, ya uno se lo supone solito. 


Pero en un rincón de mi corazón su historia tiene un final aún más feliz, en el que él sigue determinado como una mula a cumplir sus sueños aunque le lleve quince años de estudio, de repetición empecinada, de corteses frenadas a sus profesores de medicina para que le dieran su tiempo a demostrar que había estudiado la lección, y le tome veinte mil pañuelos blancos con que secarse los galones de sudor de la frente. Las oraciones justo anteriores a esta parte también diría que sobran .

En mi corazón Mionca vive hoy en un barrio humilde de Buenos Aires donde ejerce la medicina, feliz de ver paciente tras paciente hasta entrada la noche, no de esos médicos que dan cátedra en la facultad o ganan premios Nobel, sino de los que son adorados por sus pacientes, que reciben con la misma preocupación y mano suave los desahuciados de corazones cansados, los afligidos de misteriosos cuadros de angustia y los enfermos con síntomas de la desesperación, y el Mionca los atiende con su paciencia de mula para escuchar sus problemas, para compartir sus preocupaciones y sobarles un rato el lomo; y cuando ya los tiene calmaditos y relajados, les susurra suavemente al oído la fórmula secreta de su cura para todas las aflicciones de la pobreza:

  • Hermano: tenés que agarrar los limones, y hacer limonada”.



Comentarios del capítulo

Tu relato de la expulsión del Mionca, epílogo incluido, creo que debería estar en un capítulo anterior, como parte del hilo conductor en que te fuiste relacionando con todos tus amigos (ése que te digo que deberías poner, ya sé que ya te estoy escribiendo el libro yo, pero dejame que te convenza), porque es un excelente ejemplo de lo real del julepe que tenían de quedar expulsados en cualquier descuido, realmente uno como lector no lo entiende hasta que llegás a la parte en que te enterás de que se quedó libre. Por ejemplo creo que quedaría bien si fuera anterior a Chiappella, porque tanto sudor por un tipo que te boludea uno no lo entiende mucho hasta la primer expulsión.

Ah, me hizo llorar la historia del Mionca.

Éste es un capítulo que te puedo mostrar como ejemplo de hilar todo, las competencias de natación las explicaste a mitad de contar sobre el Mionca (aunque falta detalle, algo te pregunté). Quizás parte del tanto detalle sobre la desarrollada y la Poli podrían dejarse aparte para comentarlos en otro momento y acá solamente comentar cómo se baboseaban con tanto monte de Venus y un poco que estaban ellas dos, y por ejemplo la primera vez que hables de la Poli, que te retrotraigas a la pileta de natación en que tanto le conociste su cuerpo, y recuerdes un poco más la pileta de nuevo y insertes alguna oración que sacaste de acá. Es porque me parece muy larga esa parte. Es una idea nada más, para que la pienses, yo misma no sé si quedaría bien. 
 

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