martes, 28 de julio de 2015

Literatura francesa II comentarios Romina 25-05-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf. Versión: Comentarios Romina 25-05-2014


Literatura Francesa II


Llegué al Kibutz Hatzor en Israel en la primera parada del viaje que me propuse como bisagra entre la secundaria y la facultad, en el que invertiría un máximo de un año y medio de mis reservas de irresponsabilidad, gastaría fondos ahorrados con el sudor de la frente de mis padres y, con un poco de suerte, aprendería finalmente a valerme por mí mismo, preparando mi carácter para el desafío de la vida de adulto independiente que esperaba inaugurar durante el viaje. Me esperaban mi primera larga ausencia del hogar materno, el desmoronamiento de los muros de contención de familia, amigos y patria (en esa época nos comunicábamos por carta que llegaba en cuatro semanas), y un medio ambiente desconocido pero excitante, en el que esperaba coleccionar viajes a lugares exóticos y lejanos, experiencias de vida y tal vez nuevos amigos, mientras exploraba el extranjero buscando hacer mi fortuna en la legendaria mercadería que atizaba los sueños de gloria de los muchachos de mi edad: historias con rubias de ojos celestes que, según el Ángel Gris del barrio de Flores, pavimentaban las calles de los países del norte.

A mi llegada me encontré con la agradable sorpresa que mi compañero de cuarto era un francés de pura cepa, un marsellés medio delincuente en sus veintes llamado Thierry, con el que bastó el regalo de un paquete de Gauloises comprados con mi primer billete de cien dólares durante una escala en Amsterdam para entablar una relación amistosa en mi francés vacilante, literario y acentuado, para luego hacernos compinches inseparables por los meses entre que nos conocimos y la tarde que lo vinieron a buscar para echarlo por fumar hashish frente a algún delator anónimo. Antes que lo eliminaran sumariamente de mi vida, compartimos largas horas de la noche hablando de nuestros sueños en francés, fumando Gauloises sentados en las escalinatas de nuestro cuarto bañadas de luz de luna, o sentados en un bar de Ashdod frente a una cerveza mirando el atardecer sobre el Mediterráneo, o explorando alguna ruina del pasado bíblico. Esos días de vida en francés con mi amigo Thierry ayudaron a afianzar aún más la pasión por la lengua que habia adquirido años atrás de Jacqui, porque su uso diario y coloquial me sentó tan bien como las tardes de lectura de L’Étranger para el examen de francés en el Colegio, o las noches febriles de escuchar una vez tras otra La Bohème pensando en ella.


Mis primeras semanas de kibutz fueron mi sueño del pibe, donde por primera vez en la vida pude constatar que la independencia no sólo me era posible, sino que estaba llena de inesperadas satisfacciones. La cincuentena de jóvenes de casi tantas nacionalidades que compartimos esa experiencia fuimos ofrecidos la oportunidad de aprender a conocernos a nosotros mismos sin que nadie nos muestre cómo, haciendo las tareas menos calificadas de la vida de kibutz, como tender campos de algodón, cosechar la miel de decenas de colmenares de abejas, mantener sistemas de irrigación de cultivos, lavar ollas para las comidas de quinientas familias y otros mil conchabos inimaginados desde mi departamento de un piso quince en la ciudad de Buenos Aires. Con cada día que pasaba y cada desafío que enfrentaba aprendía un poco más de cómo hacer valer mis fuerzas y paliar mis flaquezas en el mundo fuera de la burbuja, lograba separar más claramente la realidad de la leyenda de la vida de adulto, aprendía a manejar más hábilmente la desconcertante contradicción entre la falta de supervisión y la expectativa de responsabilidad, comprendía el cansancio de mi padre volviendo a nuestro hogar al final de otra jornada laboral, y simpatizaba más con la frustración de mi madre ante una desconsideración por las mil faenas necesarias para vivir una vida ordenada.

Hice amistades con gente muy distinta a la que estaba acostumbrado hasta entonces, gente fascinante, con la que estoy en contacto hasta el día de hoy, y disfruté de las prácticas hedónicas típicas de la edad: las fiestas, las curdas y las travesuras picantes de esperarse entre un grupo grande de jóvenes aventureros. Pero también recuerdo vívidamente sensaciones profundas y transcendentes, como aquella de pisar sobre la misma tierra que fue la cuna de la más lejana civilización humana, donde antaño personajes bíblicos, filisteos, bizantinos y cruzados habrían levantado sus ranchos, tendido sus ovejas, molido su trigo y estrujado su uva para hacer el pan y el vino de cada día, derramado su sangre sobre capa tras capa de polvo y piedra, y donde ahora vivía una raza de hombres y mujeres endurecidos por el esfuerzo titánico de convertir el desierto en vergel, y transformar el pantano en sembradío, el peso de cuyas mil generaciones pasadas podía sentir sobre mis hombros con una mezcla de honra y humildad.

Durante el apogeo de las aventuras de trabajar, vivir mi vida en varios idiomas extranjeros y hacer viajecitos al Mar Muerto, Jerusalén, Acre, Masada y tantos otros lugares de ensueño histórico los fines de semana, llegó al kibutz un contingente de voluntarios europeos, entre los cuales había una inglesita intrigante. Ella combinaba todos los aspectos más legendarios de los pueblos que forman el crisol de sangres británicas: los ojos de lápiz lázuli y los cabellos rubios de los invasores anglosajones, el espíritu indomable y el cuerpo atlético de los piratas vikingos, la complexión imposiblemente blanca de los celtas irlandeses y escoceses, la voz melodiosa de los aborígenes bretones que hoy conocemos como galeses.

Esa era la época de la cosecha de papas, y nos encontrábamos por unos minutos sobre el gigantesco tractor que las desenterraba del surco, cuando ella terminaba su turno y yo comenzaba el mío. Aprovechábamos la breve interrupción en el curso inexorable de la maquinaria infernal para hacer buen comercio en palabras galantes en mi inglés de acento dudoso, a cambio de sus sonrisas coquetas y sarcasmos traviesos en tonos de boletín de la BBC. Ella me prestaba su gorro porque el sol calentaba con la furia de un lanzallamas, y durante la tarde yo tocaba la visera a menudo, porque sentía que el gorro estaba empapado de la escencia vital de su dueña, y me causaba placer sentirla chorrear con el sudor como un balde de agua fría sobre mi frente recalentada.


Pronto me costó distinguir si las fiebres que me debilitaban ocasionalmente de noche eran causadas por el brutal sol del Medio Oriente, que bañaba sin piedad mis tardes en la cosechadora, o era el flechazo de haberme enterado que su nombre era Genevieve ¿O Geneviève con tilde al revés? (¡un nombre francés!), “mujer de su raza” en el idioma del amor, de la pasión y el deseo, cuya pronunciación conjuró desde entonces todo lo que es bello, todo lo que es noble, todo lo que, con alegre y torpe desdicha, lleva a un hombre a perder la cabeza y entregar para siempre el corazón a una mujer. Los fonemas de ese nombre son un veneno sin antídoto que me corre por las venas hasta el día de hoy, cuyos síntomas son la fiebre de la euforia por el amor perdurable, los temblores de la pasión verdadera, y el ahogo de ver colmados diez veces los caprichos más exigentes de mis esperanzas, deseos y demandas de todo el sexo femenino en una sola mujer.


Me enamoré de Genevieve desde entonces y por siempre, y ella ha sido mi compañera, la madre de mis hijos, mi calma y mi locura, mi ideal platónico de mujer, aunque me apresuro a aclarar que nuestro amor de décadas ha sido todo, menos platónico. En más aspectos que otros matrimonios que he encontrado por el mundo, desde el de mis padres que se disolvió despues de veinticinco años, o el de mis abuelos que duró casi siete décadas, ni ella ni yo hubiéramos sido la misma persona el uno sin el otro. Conocernos significó un cambio brusco de vientos que alteraron para siempre el curso de nuestras vidas, un encuentro serendípico inesperado mientras vivíamos una temporaria aventura de viaje a una isla de descubrimiento personal, que culminó en la quema de los barcos con que regresar a nuestras patrias y hogares, Nos casamos escandalosamente jóvenes, porque nada más nos importó que estar con el otro, ni el futuro, ni qué pensarían nuestros padres, ni dónde formaríamos un hogar. Nos quedamos en la isla a buscar sin mapa pero juntos el legendario tesoro enterrado bajo la arena, o a juntos naufragar.

Me alegra decir que prosperamos, que vivimos en muchos países extranjeros y culturas estrafalarias que jamás imaginamos conocer, mucho menos haber hecho nuestro hogar y criado allí a nuestros hijos, y vivimos aventuras inolvidables sabiendo que tendríamos el santuario de la familia y el muro de contención de la patria que dejamos atrás el uno en el territorio del otro. Somos, más que ninguna otra sociedad entre dos personas que he conocido en mi vida, dos mitades de una misma identidad común, y compartimos una nacionalidad, una cultura y un idioma que no son ni los de ella ni los míos, sino un cocoliche de nuestra propia nación soberana. Como gemelos siameses, estamos fusionados por un puente de carne en la cintura y compartimos órganos vitales, arterias y nervios comunes que posiblemente nos hagan incapaces de vivir el uno sin el otro por el resto de nuestra vida natural.

Luego de habernos conocido en Israel, sin embargo, vivimos inicialmente en su Inglaterra natal más de diez años, donde me dediqué a dominar exclusivamente el inglés, que había estudiado durante parte de mi infancia en un colegio privado bilingüe, en la Cultural Inglesa y más tarde en ICANA en anticipación de mi viaje a Europa, y que sería mi lengua de todos los días hasta el día de hoy. Como no podía ser de otra manera, me dediqué a explorar la literatura en ese idioma, agotando la larga lista de clásicos que Penguin vendía por sólo una libra esterlina, pasando por “Un Cuento de Dos Ciudades”, mi primer y más querido libro de Dickens, “David Copperfield”, “Moby Dick”, “Robinson Crusoe”, “El Retrato de Dorian Gray” y muchos otros que tantas satisfacciones me trajeron en su idioma original y formaron desde entonces parte de mi patrimonio cultural.
Una vez bien establecido como súbdito de la reina estaba, un día, paseando por la enorme librería Waterstone’s en la calle Cornhill en Londres cerca de mi oficina, entre el Bank of England y el Ledenhall Market, y allí encontré una góndola repleta de libros en idiomas extranjeros (para los ingleses, claro está) entre los que había varios en francés. Redescubrí mi amor por la literatura francesa entre los tomos de esa góndola, donde compré una interesantísima biografía de Champollion, y libros que había leído en mi adolescencia en español pero ahora encontré en su idioma original, como “Les Chemins de Katmandou” de Barjavel y “Flash ou Le Grand Voyage” de Duchaussois, nuevamente diccionario en mano en el tren de ida y venida a la oficina, esta vez sinceramente sólo por amor a la lengua y tal vez por alguna nostalgia, sin ninguna expectativa que jamás me fuera útil para nada más que el placer de leer, y volver a degustar las palabras del idioma que todavía me sonaba tan bello como escuchar música.

Poco tiempo después, sin embargo, la empresa para la que trabajaba en aquella época me envió a auditar una nueva sucursal en París y logré, finalmente, conocer la Ciudad de las Luces tanto tiempo después de haber pasado seis años de mi juventud en la manzana homónima. El encargado de la sucursal y mi anfitrión en Francia fue un señor parisino muy extrovertido, bohemio y con un toque de simpática locura, llamado Christophe Chazouilleres, cuarentón y bigotudo, que pronto notó mi interés por la cultura de su ciudad natal y se reveló tan amante de la literatura francesa como yo, aunque mucho más leído y experto, por lo que tuvimos esa excusa en común para entablar una rápida amistad. Me llevó con gran entusiasmo a conocer los puntos más célebres de la ciudad y, cuando le conté cómo había aprendido a hablar y amar el francés, las aventuras de Pierre Bertin y Mireille Deschamps en la Rue de Rivoli lo conmovieron. De alguna manera loca que no creí que nadie pudiera jamás entender, estimularon su espíritu poético como habían estimulado el mío cuando aprendíamos francés en el primer año en el Colegio con las historietas de Hachette.

- “¡Mais, Diégo, mon ami”, me dijo, “debemos ir a buscar a Pierre y Mireille, que sin duda viven todavía en París!”

Haciendo oídos sordos a mis protestas que no eran gente real, me llevó a las Galerías Lafayette con instrucciones de comprar un par de guantes y un chal, que elegí tratando de recordar el diseño de los originales entre la mercadería, rodeado de francesas paquetonas y bajo la mirada inquisitiva de los angelitos pintados en el techo, y cuando salí de vuelta a la calle me encontré con Christophe, que había adquirido un ramo de flores de un puestero en el Boulevard Hausmann. Fuimos a caminar por la Rue de Rivoli, que resultó ser un hermoso y amplio boulevard que bordea el ala norte del Palacio del Louvre y da a las plazas aristocráticas de los Jardines de Tullerías y La Concordia, lleno de negocios finos y arquitectura sublime, cuyo nombre según Christophe conmemora una batalla de Napoleón en la campaña italiana contra el Imperio Austríaco, y me permití darle fe que la calle hacía justicia a uno de los más grandes triunfos militares del Emperador.

A instigación de Christophe paramos un taxi, y le dio instrucciones al chofer con las palabras textuales de Mireille, que me dieron un sacudón de nostalgia volver escuchar en el mismo acento:

- “6, Rue Montmartre, s’il vous plait!”

Partimos al edificio donde Pierre volvió con su ramito de flores a devolverle los guantes y el chal que Mireille se había dejado en el taxi. Una vez en la puerta Christophe me sacó una foto con mis adquisiciones y me dejó unos minutos en silencio, mirando para otro lado mientras yo decía mis últimos adioses a sus fantasmas. Me quedé mudo, con la cabeza baja, sintiendo la seda del chal entre mis dedos, honrando la memoria de Pierre y Mireille como si hubieran fallecido trágicamente, y me dio una mezcla de angustia y vergüenza que hayan sido personas ficticias, porque fueron tan parte de mi vida como el Mionca, Claudita Cóccola y otros personajes tan queridos de mi adolescencia que vistieron y calzaron, cuyo recuerdo guardo con el mismo entrañable cariño. Me frustró que fuera inútil buscarlos más allá que la puerta del edificio, no poder verlo a él con alguna chapa volada, a ella con alguna pata de gallo y a los dos con un poco de pancita pero totalmente reconocibles, viviendo su jubilación juntos en el viejo departamento de Mireille, los hijos de su matrimonio ya mayores, protagonistas de sus propias historietas en las páginas de Hachette, aggiornadas para la nueva generación de estudiantes de francés en el Nacional Buenos Aires que las miran por internet y no en diapositivas, y se me escapó alguna lagrimita que conmovió mucho a mi anfitrión, quien se pasó el resto de la tarde dándome palmaditas afectuosas en la espalda mientras se peinaba el bigote con el pulgar y el índice y me mostraba la ciudad.

La nostalgia por mi pasado y el Colegio me encontró desprevenido una vez más en un descanso luego de admirar la arquitectura revolucionaria del Centro Pompidou, esa donde los pulmones y los otros órganos vitales del edificio quedan afuera como si lo hubieran destripado durante su construcción. Quizás porque tomábamos un café con un delicioso pain au chocolat, en un bar lleno de parisinos cuya mismísima ordinariedad me recordó los bares de los alrededores del colegio y sus cafés cortados con medialunas. Quizás porque mi anfitrión fumaba un Gauloise tras otro, cuyo humo era tan reminiscente de los Parisiennes de mi adolescencia. Quizás porque Christophe estaba tan fascinado por las historias de mi pasado francófilo, tenía compasión por mi nostalgia y complicidad en el berretín de sepultar sus fantasmas.

Fuera lo que fuera, algo me soltó nuevamente la lengua y le conté de la manía de mi profesora Latorre de hacerse llamar “Madame Latour”. Esto le debe haber recordado una obligación impostergable, porque me apuró a que terminara el diminuto pero potente café de un trago y me exhortó a comerme el resto del pain au chocolat al paso, mientras volvimos a andar por las calles de París. Me condujo hasta una librería, donde me dijo que me entretuviera un rato mientras él hacía una compra que le urgía, y sin darle más importancia al tema me puse a leer títulos de novelas francesas tratando de encontrar algunas de las que conocía. Luego de unos minutos, volvió con una bolsita que contenía su compra: un libro de esos de tapa dura que mi mamá tenía de adorno en casa encima de una mesa ratona, de respetable peso entre mis manos, que me entregó con sincera emoción y fingida formalidad, repitiéndome el mensaje que había escrito en la solapa interior del libro:

- “Mi estimado Diego, un regalo para que, si alguna vez vuelves a encontrar a Madame Latorre, le digas de parte de este parisino nativo y ciudadano francés que tanto en París como en el mundo, hay lugar para una sola Madame-La-Tour”.

En la tapa del libro había una hermosa foto de ella, tomada en una noche adornada de luna y estrellas, luciendo un fastuoso vestido de seda azul, collar de diamantes y aros de amatista y topacio, las luces de las calles de París iluminando sus pies como los zapatitos de cristal de Cenicienta, y mostrándola más hermosa que nunca, bajo el título:

Madame La Tour Eiffel”

Le agradecí el gesto poético con un abrazo y una conmovida sonrisa y conservé ese libro como un recuerdo de mi primera y más emotiva visita a la Ciudad de las Luces, de las que habría muchas más en mi futuro, y jamás lo perdí (al contrario de mis números de Aristócratas del Saber y las notitas de Lorena) Las referencias tan exactas se me hace que no tienen nada que ver, me hubiera gustado más leerlo así: de las que habría muchas más en mi futuro, y a diferencia de otros recuerdos que también añoro jamás lo perdí, ...a pesar que vivimos en la era electrónica donde la Biblioteca de Babel puede guardarse sin pérdida de fidelidad por una eternidad sobre la punta de un alfiler Todo este comentario al margen me parece que está de más y trae una imagen que corta la poesía de la Torre Eiffel vestida de azul, yo lo sacaría, el “a pesar de que vivimos en la era electrónica... hasta un alfiler”. , como se guardan los recuerdos más lindos de la juventud en el alma.

Aún más años después No se dice “Aún más años después”. ¿Quisiste decir “Aun muchos años más tarde”? Aun sin tilde , cuando ya trabajaba en la industria del petróleo, el gran don de ser políglota y al mismo tiempo poder afectar un buen acento británico me llevó por todo el mundo Me llevó, yo no diría me llevó no sé me suena mal, como que te llevó el viento o un adulto de la oreja, más bien “me permitió conocer todo el mundo a través de mi trabajo” o algo por el estilo, más adulto Gracias a mi dominio del francés viví cinco años en África francófona como expatriado británico, donde no sólo tuve la oportunidad sino más bien la necesidad de perfeccionar la lengua, ya que me tocó lidiar con gente con la que no podría comunicarme en otro idioma, porque ni entre ellos podían entenderse en sus mil dialectos tribales sin recurrir a la lengua franca, desde mendigos, empleados, profesionales, ministros y hasta algún longevo dictador africano con el que entablé una relación interesante.

Volví a pasar por París incontables veces en mis viajes entre Europa y África, parando de vez en cuando a descansar algunos días o siguiendo de largo hacia Londres. Cuando me tocó vivir en Camerún tres años, sin embargo, tuve el privilegio de viajar nuevamente a París muy frecuentemente para asistir a reuniones en esa ciudad. Al menos dos veces al año caía sobre mis hombros la “dura” responsabilidad de organizar reuniones de directorio. Lo digo así sarcásticamente porque eran ocasiones más bien formales cuyos temas de discusión estaban bien ensayados y los resultados financieros eran bien conocidos antes que yo los tuviera que presentar. Mi más onerosa tarea era hacer una profunda investigación de los mejores hoteles donde parar, conseguir las mejores suites para el ministro de hidrocarburos, y arreglar la reserva de salas particulares en los mejores y más caros restaurantes de la ciudad donde celebrar la cena antes y el almuerzo después de la reunión. Otras dos o tres veces al año asistía a negociaciones de precios con el gobierno camerunés, la organización era tarea onerosa de otros, y yo me dedicaba a disfrutar de la comida y el vino en los restaurantes de elección de ellos, que competían por ver quién era el mejor anfitrión y gastaba más dinero de otros en entretener a sus invitados.

Tuve la suerte de comer en varios lugares legendarios, como La Tour d’Argent, que se dice fundado en el año 1582, donde uno puede ver el servicio de cena del famoso Diner des Trois Empereurs, preparado sin escatimar ningún costo por el chef Adolphe Dugrélé a pedidos del rey Guillermo de Prusia para agasajar a sus invitados, el Tsar Alejandro II de Rusia, acompañado por su hijo el tsarevich y el príncipe Otto von Bismarck, y que se conserva en ese establecimiento tal como lo dejaron, incluyendo la botella de champán Roederer embotellada especialmente para la ocasión en vidrio traslúcido y plomo para que Tsar pudiera apreciar las burbujas y el color ámbar del líquido, y cuyo costo superó los cuatrocientos francos de entonces por persona, más de ocho mil dólares de hoy. Allí pude comer una pechuga de pato criado y numerado por el mismo restaurant, según consta el certificado que me presentaron con la comida, y sentirme en la compañía espiritual de personajes históricos de los más importantes, finos y adinerados de la historia, con los que poco tengo en común, excepto que me tocó brevemente disfrutar de los mismos lujos, caminar por las mismas calles y disfrutar de París de una manera que jamás, en mis sueños más osados, imaginé que me sería posible. Los dos últimos párrafos, divinos, pero se me hicieron muy largos. No era necesario detallar tanto nombre y lugar e itinerario de toodo lo que había habido en tu vida en relación al francés, creo, como que no aporta, la África francófona es una imagen fuerte como el champán de no sé quién que degustaste entre reuniones que organizaste o a las que asististe (no creo tan necesario detallarlas tanto),  y que no te imaginabas todo ese lujo, en un párrafo me hubiera gustado más, algo en menos líneas al menos (también me gustaría más así como te lo bosquejé, primero el champán y después el contexto) 

Mi compinche de las reuniones de directorio era el Presidente de la empresa donde yo era director financiero, un inglés hijo de un minero que se murió con los pulmones llenos de polvo de carbón y humo de tabaco, que estudió con una beca estatal, y como ingeniero petrolero Creo que esta “a” sobra, no sé si se te escapó o trataste de poner otra cosa que se borró por eso dejo el comentario  a subió escalafones socio económicos insospechados por las cien generaciones anteriores de su familia en Durham. Yo, por mi parte soy tercera generación de marginados judíos europeos que se vinieron escapando los pogromos con la proverbial mano adelante y la otra atrás, se hicieron gauchos en los alrededores de Moisesville, Santa Fé, antes de venir a la capital a probar fortuna. Ambos nos deleitábamos con los manjares y las delicias dignas del Barón de Rothschild, probablemente con más entusiasmo que él, de su parte a sabiendas que el escandaloso costo de esos lujos no era más que una gota en el océano de su vasta fortuna, y nosotros porque podíamos gozar de la misma tranquilidad de saber que no importaba el precio sino la intensidad del goce, ya que pagaba otro y el efecto de la gota era aún menor en nuestro charquito.

 En más de una ocasión mientras masticaba un foie gras me preguntaba qué reacción tendrían Raúl Malcovich y los ex-compañeros más zurdos del Colegio si pudieran verme en esa situación tan favorable. A veces pensaba que se lo tomarían como una victoria (o por lo menos una mojada de oreja) del proletariado sobre la aristocracia, pero más frecuentemente me imaginaba que me acusarían de vendido y reprocharían mi falta de conciencia social. Cada vez que se me ocurrٌían estas cosas me reía solo, levantaba mi copa de Chateau Neuf du Pape (250 euros la botella), y brindaba:

- “¡A su salud, compañeros!” Se me hace un poco como de mal gusto cómo contás esta parte, como que estás tratando de dar envidia, creo que va a caer mal. En todo caso podrías decir algo así pero a conciencia de que vas a caer mal, como que te sentiste “malo” por dedicárselo a Raúl y quizás algo hubo de vengarte por el amor robado,  algo así, un sincericidio

Mi compinche en las negociaciones de precios era otro, un francés de padres portugueses aristocráticos llamado Rodrigo Teixeira de Abreu que venía especialmente de Londres a asistirme en África o París, y cuya figura era reminiscente de Jean Paul Belmondo: buen mozo, simpático y ‘debonaire’. Hablábamos normalmente en inglés, a pesar de su fuerte acento, “porque queríamos ser menos entendidos” qué feo que lo contaste, “idioma en que nos sentíamos a salvo de oídos indiscretos” por ejemplo porque queríamos ser menos entendidos por los cameruneses que dominaban mal esa lengua, y con los que nos tocaba negociar precios, normalmente en condiciones de desventaja, excepto cuando cenábamos con ellos en un ambiente cordial.
En una de las tantas ocasiones en las que me visitó en Camerún lo llevé, luego de cenar juntos, a un cabaret africano, donde tocaban varias bandas de distintos géneros musicales, para tomar unos tragos. Luego de conversar del trabajo, la vida en África y Londres y los planes de su inminente casamiento con una muchacha francesa tan aristocrática como él en un petit hotel cerca del Bois de Boulogne, ya bastante pasaditos de tragos los dos, el conjunto musical de turno comenzó a tocar los acordes inconfundibles de “Emmenez Moi”, de Aznavour:
Un bon jour sur un rafiot craquant de la coque au pont (Un buen día de la popa a la proa de un hermoso bergantín)

Pour partir je travaillerais dans la soute à charbon (Trabajaré paleando carbón con tal de partir).


Prenant la route qui mène a mes rêves d’enfant sur des îles lointaines (Siguiendo la ruta que lleva mis sueños de purrete hacia islas lejanas)

Où rien n’est important que de vivre (Donde nada tiene mas importancia que vivir). Más bien nada es importante, sólo vivir es importante 

Où les filles alanguies vous ravissent le cœur (Donde las muchachas etéreas enamoran el corazón)

En tressant m’a t’on dit de ces colliers de fleurs qui enivrent (Tejiendo collares de flores que me han dicho emborrachan) »  Bueno te agregué todas las tildes en francés que te habías tragado

La última vez que había escuchado esta canción fue, probablemente, en el placentero silencio de la sala de la casa de Jacqui treinta años antes. Luego del paso inexorable de la juventud, de haber seguido mis propios sueños de adolescente a tierras lejanas pero prometedoras para hacer mi vida y mi fortuna, donde una de esas muchachas etéreas me había, efectivamente, embriagado y conquistado mi corazón para convertirse en mi eterna compañera, su letra había tomado un nuevo e insospechado significado, que me empapó de nostalgia y una alcoholemia de sentimientos encontrados de alegría y dolor. Me puse a cantar, como un borracho común con lágrimas en los ojos:

« Emmenez moi au but de la terre / Llevadme al confín de la tierra

Emmenez moi au pays des merveilles / Llevadme al país de las maravillas »

Percibí al cantar en ese momento que Rodrigo también lidiaba con sus nostalgias y cantaba conmigo, conmovido por propios sentimientos profundos, los ojos aguados como los míos, y levantamos nuestras copas en un brindis mientras seguimos cantando a coro las estrofas sublimes:

« Il me semble que la misère / me parece que la miseria

Serait moins pénible au soleil / será menos penosa bajo el sol »

Al terminar la canción Rodrigo me contó que su padre, recientemente fallecido, era un fanático de Charles Aznavour, y que desde adolescente lo había llevado a escuchar sus canciones, que todavía le recordaban de él en los cabarets de París. Conmovido por mi conocimiento íntimo de la música preferida de su padre, allí mismo Rodrigo me hizo prometerle que en nuestro próximo viaje a París me dejaría llevar a uno de esos cabarets, donde beberíamos más vino y cantaríamos nuevamente juntos sus canciones inolvidables.

Lo ocasión de cumplir la promesa llegó unas semanas después, luego de concluído nuestro itinerario de reuniones y comidas, cuando nos encontramos finalmente en París y sin compromisos laborales. Rodrigo hizo cita para juntarnos con un grupo de sus antiguos compañeros universitarios relativamente temprano para la trasnochada, y comenzamos a recorrer los bares donde gastaron la mayor parte de su juventud y su dinero en vino, tomando un poco en cada lugar hasta entrada la noche cuando, a los tropezones y brazos de uno en el hombro del otro, finalmente caímos en uno de los famosos cabarets, en algún subsuelo, en algún lugar de París que jamás podré volver a encontrar, por lo menos sobrio. Luego de varios artistas de géneros diversos, tomó el micrófono un hombre de unos cuarenta años, con aire armenio, como Aznavour mismo, pero al contrario de éste ligeramente panzón, y se lanzó a cantar:

[1]« Deux tziganes sans répit, grattent leur guitares (Dos gitanos, sin descanso, tocan sus guitarras),

Ranimant du fond des nuits toute ma mémoire (reviviendo toda mi memoria con el telón de fondo de las noches)

Sans savoir que roule en moi, un flot de détresse (sin saber que corre en mí un torrente de angustia)

Font renaitre sur leur doigts, ma folle jeunesse (hacen renacer sobre sus dedos mi loca juventud.) »

La ebriedad me soltó nuevamente la lengua y comencé a cantar al compás de la música a tono con el armenio, que daba vueltas entre los patronos mientras decía:

Servez moi du vin fort, car le vin délivre, versez, versez moi encore, pour que je m’enivre… (Sírvanme vino fuerte, porque el vino libera, vuelquen, vuélquenme más vino, para que me emborrache)”

Por algún motivo, entre todos los presentes, le llamé la atención yo y se me acercó, ofreciéndome el micrófono a la boca para que yo diga el último verso de cada estrofa. Al final de esta canción, intitulada “Dos Guitarras”, hubo muchos aplausos y silbidos de la audiencia que estaba más y más ebria y animada, y se entusiasmó mucho con el dueto improvisado entre el armenio y yo, cosa que nos plació mucho a los dos. Aprovechó la pausa entre una canción y la siguiente para preguntarme cómo era que un italiano sabía tan bien una canción que no era de las más famosas de Aznavour. Me causó gracia que creyera que fuera italiano, y me di cuenta que en un idioma extranjero los argentinos Vade retro el interior te mata con este comentario, ¡quisiste decir los porteños, los porteños tenemos acento italiano! os debemos tener más acento italiano que español. Yo le contesté que no era italiano, sino argentino, que no era tan distinto, pero que alguna vez, hacía muchos años atrás en mi país natal, me había enamorado de una mujer mayor que me enseñó todas sus canciones, que todavía me hablaban al alma y seguía cantando de vez en cuando. Se quedó muy impresionado y conmovido con mi contestación, sin duda en gran parte por el contenido alcohólico de nuestra sangre y la influencia de la hora tardía de la noche. Sin preguntarme más nada pidió en voz alta un segundo micrófono, que un hombrecito detrás de una consola le hizo pasar, y lo puso en mis manos.

- “Ahora vamos a cantar a dúo con mi amigo argentino un clásico de Charles Aznavour, que espero les traiga a la memoria la locura de la juventud.”

Empezó la música y él cantó:

« Je vous parle d’un temps, que les moins de vingt ans ne peuvent pas connaître, Montmartre en ce temps là, accrochait ses lilas jusque sous nos fenêtres (Les hablo de un tiempo que los de menos de veinte años no pueden conocer; Montmartre en esa época descolgaba sus lilas bajo nuestras ventanas) ».

Me hizo señal que era mi turno de cantar la próxima estrofa y, borracho de vino y de emoción, entoné los versos que me habían obsesionado y embriagado de pasión treinta años atrás. ¡Oh no, acá sí me hubiera gustado que agregaras dos versos, para imaginarte cantándolos! Trae saudades al lector también, porque la canción la conocimos cuando estabas con Jaqui 

Una cosa es canturrear desde la anonimidad y seguridad de la platea, pero sentado sobre una banqueta en el escenario, en absoluto silencio excepto por los acordes embrujantes de la guitarra, siendo el centro de atención de todos los ojos de la sala, me atacó nuevamente la nostalgia, de sorpresa y por la espalda. Los recuerdos cayeron a borbotones imparables sobre mi alma, recuerdos del dolor de mis rulos infantiles agonizando sobre el piso de la peluquería de Giuseppe, los años negros de silencio y tristeza formando fila en los claustros, las largas horas de contorsiones tras el banco de adelante en las clases de Chiapella, la Garcha y el Popo, los chistes que contábamos en los recreos, el “azul unala” de la Aurora, la alegría de las clases de Pancho Azamor, la imposible puntería que requería el agujero negro de los baños de Maillart, los picaditos de fútbol bajo la supervisión de Papuchi Guastella en el Campo de Deportes, las bromas pesadas del Tripas, el trágico Mionca y sus ambiciones de ser médico, la zanja entre las piernas de Claudita Cóccola, mis soponcios de amor por Lorena Merlo, las reuniones de Aristócratas del Saber, Laurita llorando la pérdida de su virginidad, el aliento de Kember Urquiza sobre mi cuello, la culpa por la locura de Malvinas, la vuelta olímpica del triunfo de la demociacia, el último adiós al querido Pancho. Yo lo hubiera terminado con puntos suspensivos 

Pero sobre todo me torturaron los recuerdos de la entrañable inocencia de creer con toda la piel que el bien y el mal existen por separado, que se puede cambiar el mundo con sólo tener buena voluntad e intenciones solidarias, que es posible el triunfo absoluto de la justicia, la fraternidad y la igualdad, que se pueden desterrar para siempre la prepotencia, la injusticia y la oscuridad, que todo se puede a fuerza de arriesgarlo todo con la noble inconsciencia del que todavía no ha vivido; es decir, con la fugaz bohemia de la juventud, aquella que nos es tan difícil recordar pasados los veinte años de vida.

Mirando hacia atrás, mientras pasaban por mis labios la amargura del pintor por la vanidad de su pasado bohemio, que Aznavour refleja tan No digas patéticamente, más bien “con tanto patetismo”  patéticamente en la cuarta estrofa de la canción, me encontré lleno de ternura y melancolía por mis años locos, por mis amores imposibles, por mis pequeñas luchas por la libertad, por mis primeras armas en la vida, por los amigos entrañables de entonces que me acompañan más cerca hoy que están tan lejos.

Nos alternamos cantando un par de versos cada uno, él fiel a la pureza de Aznavour y yo inyectándole mi recientemente descubierta tonada tana, ambos haciéndole honor a la emoción arrabalera inducida por la alquimia intoxicante del alcohol, el ambiente rarificado por la luz tenue del cabaret subterráneo y la epifanía agridulce que, con los acordes melodiosos de la guitarra, se estaba tocando el acto final de un largo y querido capítulo de mi vida, que comenzó tan mal cuando me despojaron de mi niñez y su parafernalia de un golpe y me obligaron a invertir en mi educación más miedos, más silencios y más libertades embargadas de las que estaba dispuesto en aquel momento a arriesgar en esa aventura. Por algún tiempo, que a veces pareció ser una eternidad, pensé que mi inversión resultaría en la pérdida total e irreparable de mi capital humano. ¿Quién se imaginaría entonces que, con el paso del tiempo, terminaría siendo mi mejor inversión? ¿Quién hubiera dicho que recordaría la amargura de esos primeros años con tanta alegría, ni la alegría de los años felices en el Colegio, ya pasados, con tanto dolor? ¿Quién pensaría que el brutal ritmo de estudio y aprendizaje de aquellos años sería la fuente de mi fortuna, calculada en decenas de amigos y hermanos del aula, de cientos de puertas abiertas, de la inmerecida abundancia de oportunidades de crecer y abrirme camino por la vida?

Recibí de mis años en el Colegio más frutos de los jamás imaginados, y su educación hizo posible, más que nada con la única excepción del apoyo moral y financiero incondicional de mis queridos padres, el cumplimiento de todos mis sueños, que nunca fueron de ambición desmedida y que tal vez por eso sobrepasaron todas mis expectativas. Canté su canto de cisne, su adiós final, invadido por la emoción de quien mira para atrás en la vida con tanto camino recorrido como el que queda por recorrer y se siente tocado una vez más por el dedo insoportablemente leve de la diosa Fortuna, que con golpecitos en mi espalda me decía que había llegado mi turno de entonar el último verso:


«[4]La Bohème, la bohème, ca ne veut plus rien dire du tout (La bohemia, la bohemia, eso ya no significa absolutamente nada)»

Cuando paró la música sentí una punzada de satisfacción y, al mismo tiempo, de dolor. Me invadió la sensación agridulce de saber que había pasado uno de los momentos culminantes de mi vida, llegado a su desenlace una historia que había comenzado treinta años atrás en el Colegio Nacional de Buenos Aires en la Manzana de las Luces y cuyo fin quedó marcado con una interpretación de La Bohème, la canción de Aznavour que fue el himno de mis dieciséis años, borracho y ronco de emoción frente a una audiencia de un cabaret de la Ciudad de las Luces.

El armenio pareció muy satisfecho con nuestro dueto y, cuando mermaron los aplausos entusiastas de la audiencia, me puso un brazo sobre los hombros y me agradeció haber compartido con él y todos los presentes una canción tan popular y al mismo tiempo tan personal para mí, como si de alguna manera hubiera sabido, o tal vez intuído las emociones que me atormentaron al interpretarla. Casi como un pensamiento de último momento, cuando yo ya había atinado a levantarme de la banqueta desde donde canté, preguntó si quería dedicársela a alguien.

Pensé en la mano de Jacqui levantando la púa de su tocadisco, en el rasguño de la estática del surco entre bandas, en los golpes del piano rompiendo el silencio de su sala y la vi nuevamente cerrar sus ojos azules para bloquear el mundo y poder escuchar sin contaminaciones el rico tenor inconfundible de Aznavour, la voz clara y vibrante en sus tonos mas altos, arenosa y profunda en sus registros graves, y juro que casi pude sentir nuevamente el perfume de su pelo, la perfecta claridad de su complexión, y recordé con placer y sin arrepentimiento el suave tacto de su seno, su inolvidable beso y la involuntaria acción de lascivia adolescente que marcó nuestro último encuentro. A punto de dedicarle la canción que me enseñó treinta años antes su departamento en la calle Marcelo T. de Alvear, donde me enamoré de ella y del idioma francés, en otro misterioso incidente relacionado con Jacqui en que fui despojado de mi libre albedrío, un fantasma de mi pasado, un Ángel Gris que tal vez fuera el espectro benigno de la irreverencia ingobernable del fallecido Pancho Azamor, frecuentando eternamente los cabarets de la ciudad que fue, luego de su mujer Peggy, su más grande y apasionado amor, tomó control de mi cuerpo y le contestó, en una voz familiar pero ajena que evocaba otros, aunque contemporáneos acontecimientos:

- “Se la dedico a Mme Latorre, que si pudiera verme hoy, no me hubiera mandado a marzo!”



Comentarios
Estuvo bien. Me encantó, sobre todo las saudades en relación a un capítulo anterior. 

 

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