Derechos de autor de Diego Gotthelf, comentarios Romina 11-05-2014
Diploma
Llegue
a Inglaterra siguiendo a la chica (hoy señora) que resultó ser el
gran amor de mi vida, mi compañera en las buenas y el las malas
desde la flor de la juventud hasta hoy, sumando bastantes más años
juntos desde que nos casamos de los que sumamos solos previamente a
esa feliz fecha, además de ser la madre de mis tres hijos. La seguí
a Londres porque estar con ella se había transformado en un
imperativo imparable, sin mayores planes que reencontrarme con ella. Realmente no veo necesario este párrafo tan ñoño, podés empezar directamente con el siguiente, solamente aclarando en una sola línea algo como “Mis primeros días en Inglaterra, a donde llegué (en un impulso de juventud ponele) siguiendo a quien pretendía fuera la mamá de mis hijos, fueron tiempos...” Si querés más tarde podés explayarte en ella, pero se me hace que éste no es el momento. Comentario nomás, eh, sin ofensas, solamente para que la lectura no pierda ritmo. Mis
primeros días en Inglaterra fueron tiempos de descubrimiento
desenfrenado. Todo me fascinaba y me parecía distinto, todo
maravilloso, de lo más exótico a lo más mundano. Cuando llegó el
invierno y al salir a la calle vi por primera vez con mis propios
ojos los blancos resultados de una parranda nocturna de ‘Jack
Frost’ el duende bretón de la escarcha, respiré por primera vez
el aire gélido de la mañana y caminé sin mojarme por los charcos
acumulados de las interminables lluvias de días anteriores,
completamente sólidos por el congelamiento del frío glacial, sentí
que Inglaterra era la luna, y yo Neil Armstrong declarando que ese
pie sobre el hielo era un paso para el hombre, pero un gran salto
para la humanidad. Cuando la madre de una amiga de mi mujer me
invitaba un sándwich de queso Cheddar y pickles, sentía que mis
papilas despertaban del largo letargo provocado por una dieta de
suculentas pero sosas milanesas, bifes y ensaladas, pobremente
estimuladas con especias tímidas como el perejil y el ocasional
diente de ajo, libertinas sólo en el uso de la sal común, para
abrirme camino a la intrépida aventura de clavos de olor, canela,
pimienta y dátiles complementados con sublimes cubitos de cebollas,
zanahorias, coliflor y pepinos de esa misteriosa salsita de
acompañamiento marrón, turbo recargada con un bloque de queso
robusto, punzante y ligeramente amargo que masajeaba con los dientes,
acariciaba con la lengua y cuyos maravillosos aromas degustaba con la
nariz fría, descubriendo nuevos horizontes en cada bocado, cada
molécula y cada elemento básico hasta entonces desconocido y pero
en ese momento sublimemente decantado por primera vez como en un
espectrómetro cromatográfico.
El
caleidoscopio de vistas, sabores y sensaciones se extendía al plano
social en una cornucopia de costumbres estrafalarias, de normas
sociales bizarras y comportamientos apenas inteligibles que
maravillaba descubrir. Mis visitas sabáticas al pub, por ejemplo,
eran un campo fértil para la anonadación. Yo crecí bebiendo
bastante poco alcohol, porque mi mamá era completamente abstemia, no
por una cuestión de principios sino gracias a una tolerancia
alcohólica irrisoria que le hizo pasar algunos papelones
irrepetibles. Mi papá se interesó por el licor recién en su vejez.
En cuanto a mí, a pesar que me emborraché algunas veces durante la
adolescencia nunca desarrollé lo que los ingleses llaman una cultura
alcohólica. Jamás fui iniciado en el culto casi religioso que los
pueblos europeos tienen por la cerveza, y que consumen en más
cantidad que ninguna otra excepto el agua y el té. En mi mundo la
cerveza no tenía el peso de una bebida seria, y salvo por las
ocasiones en que me convidaron alguna con una pizza yo le consumí
más bien en su forma de chop helado como un refresco durante una
tarde cálida de verano en la Biela, dado su bajo relativo contenido
alcohólico y las cantidades inhumanas que deberían consumirse antes
de agarrarse una buena curda. “dado su bajo relativo contenido alcohólico y las cantidades inhumanas que deberían consumirse antes de agarrarse una buena curda” me parece que está de más, no es necesario eso ya uno lo sabe curda,
pero que sobre todo pedía porque venía con un platito de maníes,
el verdadero objeto de mi deseo. En esta última oración hay algo mal de redacción, “yo le consumí” no se dice acá, “en su forma” suena raro también, una forma argentina de decirlo es “...alguna con una pizza, la consumí más bien en forma de chop helado, como refresco durante....”
Descubrí
en Inglaterra que tomar cerveza tibia en grandes vasos de una pinta
sin importar si hacía frío como para chocolate caliente Yo diría sin importar si el frío ameritaba más un chocolate caliente era
una actividad que se emprendía con aplicación metódica “era una actividad que se emprendía con aplicación metódica” demasiadas palabras, fijate que podés decir “era una actividad metódica” por ejemplo, o “descubrí que en Inglaterra se emprendía metódicamente...” y
cuyo alto costo, debido a la saña con que el Exchequer británico la
tasa impositivamente más que a su valor de producción “más que a su valor de producción” me parece que sobra, fijate que sin esa aclaración se entiende perfectamente
Pensaba
en aquella época, como en general era la expectativa de todos mis
pares que, o tenían planes de, o habían ya hecho un viaje a Europa,
que en el viejo continente las calles estaban pavimentadas en oro.
Genevieve trabajaba como administradora en las oficinas de IBM y
ganaba tres libras con veinticinco peniques la hora, que eran para
mí, que había dejado la Argentina poco menos de un año atrás con
el equivalente de dos meses de ese sueldo, una fortuna incalculable.
Esto era confirmación de mi preconcepción que la clase trabajadora
en Inglaterra vivía mejor que la clase media argentina en la que yo
había crecido y daban oxígeno
a mis fantasías adolescentes que uno podía hacer fortunas haciendo
los trabajos más sucios y menos calificados, como ser obrero en una
construcción, ya que en Europa la holgadez económica era tal que
los obreros ganaban tanto o más que los abogados, porque los
europeos educados no querían ensuciarse las manos. Este es el tipo
de discurso que tengo en mis cartas de la época, que recuperé
luego de la muerte de mi padre, donde no me reconozco hasta el punto
que me cuesta creer que fui yo quien escribió esas líneas y sólo
me convence el verlas indiscutiblemente de mi puño y letra.
Mientras
esperaba mi residencia Genevieve iba a la oficina y yo me quedaba en
casa, mirando la televisión para aprender más rápido el idioma,
pero sobre todo, haciendo esfuerzos titánicos por imitar el acento
inglés, que practicaba usando un Pasacassette, confirmado en Google hits, con doble s y doble t y todo junto pasacassette,
para adaptarme mejor y mimetizarme a mi entorno. Poco después
mantuvimos una extraña relación simbiótica por un tiempo largo con
la madre del ex novio de mi mujer, que manejaba una agencia de
empleos. Ella no me pedía ningún papel y yo le hacía aquellos
trabajos que nadie quería tomar. Trabajé en todo tipo de
ocupaciones. Pinté nuevas casas elegantes por unas pocas libras la
hora los fines de semana. Lavé ollas en un hotel caro. Luego un
amigo de la familia me tomó como ayudante por diez libras al día en
la mano. Juntos colgamos cielorrasos suspendidos en oficinas en
construcción. Él montaba el armazón, balanceándose sobre zancos
con una destreza impresionante, y yo me encargaba de poner los
paneles y recortarlos a medida en los bordes que lindaban con la
pared, la parte más delicada de mi trabajo, pero la menos del suyo.
Por un mes trabajé en una fábrica dedicándome a poner un punto
rojo sobre el enchufe del posa cabezas del Ford Escort, que era en
aquel momento uno de los autos más populares en Inglaterra y que se
exportaba también Yo diría que se exportaba también a toda Europa por
toda Europa. Mi contribución consistía en tomar el enchufe de una
caja de piezas sin marcar, levantar la manija de maquina impresora,
meter la pieza en una ranura correspondiente, bajar la manija para
que el martillo caliente hiciera contacto con la cinta impregnada de
tinta roja y, una vez que el susurro del golpe de calor sobre la
tinta con el plástico se disipaba, que no tardaba más de unos
segundos, levantar la manija, dislocar la pieza de su ranura y
ponerla en la caja de las piezas acabadas. Repetí esta rutina ocho
horas por día, cinco días a la semana, una pieza cada cinco
segundos sin que nada rompa la monotonía de los cinco mil
setecientos sesenta puntos rojos que ponía por día o los ciento
quince mil doscientos puntos rojos que puse en ese mes en la fábrica,
suficientes para fabricar veintiocho mil doscientos Ford Escorts,
y que en los próximos cinco o seis años, cada vez que me subía a
uno de esos autos, sea de un amigo, o un taxi, miraba los puntos
rojos sobre los enchufes del posa cabezas y me preguntaba si sería
uno de los míos. Tanto título secundario y nos deja tirados a los 19 años :(
Este Período, con tilde, solamente los físicos dicen periodo sin tilde período
de andar de trabajo temporario en trabajo temporario inevitablemente
conducía a interregnos de ociosidad que me dejaban corto de sueldo.
Casi inmediatamente me empecé a dar cuenta que la misma fortuna
incalculable que ingresaba por nuestros sueldos se Se iba, no se iban. Es singular porque es el verbo de fortuna, que es singular iba
en incalculables facturas de alquiler, gas, teléfono, supermercado y
transporte. Una vez que obtuve mis papeles de residencia,
disatisfecho y necesitado de aumentar mis ingresos decidí encontrar
empleo más permanente, lo que logré al poco tiempo apelando a otro
de los amigos de mi mujer, que manejaba un “newsagent”. Esta era
una tienda equivalente a una especie de casamiento entre nuestros
kiosco de golosinas y el de diarios y revistas. Un casamiento más de
alcurnia, en realidad, porque el newsagent es una tienda mucho más
importante, donde los clientes tienen la oportunidad de recorrer las
góndolas de diversas golosinas y hojear la gran variedad de diarios
y revistas, que era mi trabajo reponer, antes de traer la mercancía
a la caja, que también era mi trabajo operar. El gerente de la
tienda y amigo de la infancia de mi mujer era un tal Pietro, hijo de
inmigrantes italianos, que pareció muy bonachón cuando lo conocí
en nuestra vida privada, pero que tenía una vida doble y descargaba
que sabe cuáles
broncas, incluyendo sin duda la percibida injusticia de ganar diez
libras más a la semana que sus subordinados, manteniendo un régimen
de terror que tenía mucho más que ver con satisfacer sus propias
inseguridades que con la impecable gerencia del establecimiento, la
atención al cliente o el cuidado de los activos en su custodia.
Luego del frío de la obra en construcción, la monotonía de la
fábrica, la insociabilidad de las horas de lavar platos en el
restaurant y las humillaciones de trabajar para un gordito italiano Che sacale el italiano en serio, suena a que hablás de los italianos de forma peyorativa que
comentaba lo “lentos para aprender” que éramos todos sus
subordinados sin excepciones cada vez que dejábamos una o dos latas
de gaseosa sin reponer en la heladera, mis impresiones de las
virtudes de la vida del trabajador europeo cambiaron, la calidad del
oro con que las calles de ese continente estaban pavimentadas perdió
su brillo y se me hizo cada vez más claro que mi felicidad futura
dependía de un cambio de curso en el presente. Este tema ya venía
molestando mi otrora impecable sueño y dándole piolín a la voz
interior que nos susurra cosas que a veces no queremos admitir. Se
venía formando en mi inconsciente una nebulosa idea, un cambio en el
paradigma de mi existencia presente, que me inquietaba y excitaba al
mismo tiempo.
El
punto culminante surgió durante una visita de mi tío Julio, un
primo de mi padre que había emigrado a Estados Unidos en los sesenta
y, recibido de arquitecto, hecho fortuna trabajando en construcción
en Irán en la época del Shah. Me mandó a llamar durante uno de sus
varios viajes por año a Londres, para que lo fuera ver a su
imposiblemente bien ubicado departamento a una cuadra de Oxford O de la calle Oxford St,
en el edificio de la empresa de su amigo Marc Rich, que luego fue
famosamente indultado por Bill Clinton por evasión de impuestos.
Según le contó a mi padre después, el tío Julio me vio flaco,
blanco teta y mal vestido, y aunque yo lo niego hasta el día de hoy,
sentí que me trató y me habló como si fuera un mendigo cargoso. Me
acusó
de malgastar mi vida, de haber cometido un error en dejar mis
estudios para casarme a tan temprana edad y arruinar mi futuro. A
pesar de chocarme el tono de su planteo y la inconsideración hacia
mi mujer, que entonces no había conocido pero que después le
pareció una joyita y me dijo que se hubiera casado con ella también,
a pesar de ser homosexual, además de la injusticia e impertinencia
de algunos de sus argumentos y la falta de fuero para sus reclamos,
la verdad fue que resonó con la voz interior que me venía plagando,
susurrando al oído que algo no estaba bien, que algo debería
cambiar en mi vida. Mi tío Julio me dio el mejor consejo que nadie
me dio de mala onda, pero un buen consejo en fin, algo que mis padres
no estaban en condiciones de darme en ese momento, por estar tan
lejos:
- “Tenés que volver a los estudios”.
A
pesar que me molesté bastante con él por su imperdonable insolencia
y le argumenté hasta el fin que estaba viendo las cosas sólo de un
punto de vista deforme, tuve la sabiduría (o estaba ya tan
descorazonado del rumbo que estaba siguiendo) de internalizar la
razón de su discurso, esterilizado de sus prejuicios y reclamaciones
injustas, y madurarla en las semanas que siguieron. Fue entonces que
me di cuenta que este consejo era el cambio de rumbo que venía
tomando forma en mis propios pensamientos. Decidí resucitar mis
ambiciones de estudiar economía y finanzas, la carrera que había
elegido seguir en el CBC no por demasiada vocación sino por
considerarla más portable internacionalmente que la abogacía, que
estaba mucho más cercana a mi gusto por las letras, y me puse en
campaña para investigar cualquier posibilidad, por más remota que
fuera, de concretar mis planes y cambiar el curso de mi futuro Oh Dios. Estoy tan triste. Una mujer no puede estudiar si el marido no quiere, o si la madre no queire :( .
Lo
primero que hice fue llamar a la embajada argentina para consultarles
algo que me tenía curioso desde que llené el formulario de
enrolamiento con la agencia de empleos: cuál era el equivalente de
mis estudios en el Buenos Aires en el país donde me encontraba.
Según me contestaron cada materia de un título de Bachiller era
equivalente a un ‘O’ Level secundario inglés. Estas novedades
eran desde ya excelentes. Dados los requerimientos menos exigentes
del sistema de estudios secundarios obligatorios en Inglaterra, que
terminaban a los dieciséis años de edad mientras que el nuestro iba
hasta los dieciocho o en el caso del Buenos Aires hasta los
diecinueve, los ingleses mejor educados tendrían un promedio de
menos de siete u ocho materias aprobadas, mientras yo tenía
dieciséis. De un momento al otro pasé de ser un trabajador manual
no calificado, a ser uno de los jóvenes más calificados que
conocía. En aquella época de abundancia económica de la mitad del
gobierno de Margaret Thatcher, la clase trabajadora inglesa que me
rodeaba en las fuentes de empleo donde yo me había movido hasta
entonces le daba menos importancia a la educación superior que la
que tiene hoy. La abundancia de puestos de empleo en la economía
llevaba a la juventud a Inserirse? Insertarse quisiste decir no? inserirse
lo antes posible en el mercado laboral, de tal modo que una baja
proporción de alumnos continuaban con su educación más allá de
los dieciséis y aún menos procuraban un título universitario.
Además, me dijo la señora del consulado cuando me llamó luego de
unos días de investigación, el titulo del CNBA era equivalente a un
Bachillerato Internacional, aceptado en todas las universidades
inglesas, inclusive en Oxford y Cambridge, como suficientemente buena
educación para ser admitido a cualquiera de sus cursos terciarios.
Le
expliqué que yo era extranjero, proveniente de la Argentina, donde
había estudiado en una escuela dependiente de la Universidad de
Buenos Aires, que según mi información otorgaba títulos
equivalentes a un Bachillerato Internacional. Acto seguido saqué del
sobre que llevaba en las manos el diploma del Colegio Nacional de
Buenos Aires y lo desplegué sobre la mesa para que Phil Howe pudiera
examinarlo, notando por primera vez su texto:
Universidad
de Buenos Aires
Colegio
Nacional de Buenos Aires
XXXXSe
le otorga el titulo de
Bachiller
Al
ver el titulo Phil Howe lo estudió detenidamente, sin mirarme, por
un rato largo, luego dirigió hacia mí sus intensos ojos azules,
diciéndome:
- Había escuchado hablar de estos títulos, pero nunca había visto uno. Con él puedes estudiar en Cambridge, Oxford, Durham, cualquiera de las mejores universidades en Inglaterra o el Reino Unido. Estás demasiado calificado para estudiar en cualquiera de mis cursos, pero no te preocupes: por respeto a la institución que te educó tan bien, aquí te ayudaremos a pilotear nuestras aguas para que logres cumplir tus metas académicas.
Con
creciente excitación, tanto de mi parte, como la de la suya y la de
mi suegro, que estaba totalmente anonadado con la confirmación de
sus sospechas que yo no estaba hecho para ganarme la vida con las
manos (“gobsmacked”, como me diría después), mantuvimos una
conversación por más de una hora, durante la mitad de la cual me
interrogó para establecer mis circunstancias personales, mis
posibilidades de financiar independientemente mis estudios y mis
inclinaciones académicas. Le expliqué que yo estaba ya casado y
necesitaba mantenerme por lo que trabajaba durante el día, y
consecuentemente no me sería posible estudiar por tiempo completo;
que me inclinaba por estudiar economía y finanzas porque nunca tuve
mucha vocación para otra cosa práctica. Trajo a uno de sus colegas
a la mesa para discutir intercambiar No se dice discutir intercambiar, podrías sacar discutir, o poner “y”, no sé muy bien qué quisiste poner ideas
acerca de mi situación, en la que estaba totalmente absorto a
exclusión de cualquier otra En la que estaba totalmente absorto, ya con eso está bien claro, sobra “a exclusión de cualquier otr” ,
mientras otras personas esperaban ser atendidas. Entre los dos me
sugirieron que Contabilidad y Finanzas mediante el ‘Chartered
Institute of Management Accountants’ sería una excelente opción
para mí, ya que podría estudiarse mientras uno trabajaba en la
industria o el comercio, contando la experiencia adquirida en el
ejercicio de la contabilidad en una empresa como parte del requisito
de tres años de experiencia práctica, a sumarse a los exámenes que
podrían tomarse en unos cuatro años de estudio, para ser admitido
como miembro de dicho instituto y poder ejercer la profesión. Un
título así obtenido sería equivalente a una maestría a pesar de
no requerir una previa licenciatura. Otras opciones (como el Real
Instituto de Contadores Públicos de Inglaterra y Gales) serían de
más prestigio, pero requerían obtener a priori un título
universitario y hacer una pasantía en una firma de contadores, que
en mis presentes circunstancias sería prácticamente imposible.
Mi
calidad de extranjero y el exotismo de mis calificaciones sería, me
explicó, un problema para conseguir mi primer trabajo en
Contabilidad, ya que cualquier empleador sería inevitablemente menos
conocedor de estas cosas que él, por lo que me aconsejó que me
enrolara en el curso que ellos ofrecían, que era un BTEC Higher
National Diploma en Finanzas y Gerencia, prerrequisito para el titulo
de Contador del Real Instituto que me recomendaron, pero que yo no
necesitaba dado mi Bachillerato Internacional. Este curso de acción,
aunque inútil para mis estudios, me daría un ‘pie en la puerta’
como me lo puso en inglés, una referencia británica que me
permitiría presentar una cara menos heterodoxa y obtener mi primer
trabajo en contabilidad, tal vez como aprendiz de contador, con todos
los estudios pagos.
Esa
reunión con Phil Howe y sus consejos marcaron el resto de mi vida,
que se desenvolvió más o menos como él me lo recomendara. Pocas
veces después en cualquier emprendimiento tanto en lo personal como
en lo profesional los acontecimientos se dieron tan a pedir de boca,
sobre todo cuando los planes eran a tan largo plazo con respecto a la
escasez de mis años. Empecé mi curso de Finanzas con un entusiasmo
febril, pero no tan febril como mi búsqueda de trabajo. Leía los
anuncios de “Situaciones Vacantes”, como llamaban en inglés la
sección de ofertas de empleo de la Gaceta de
de Basingstoke, que era en
una pequeña ciudad en las afueras de Londres que se iba beneficiando
en aquella época del éxodo de oficinas de Londres central hacia las
afueras y más allá, al Gran Londres. Abundaban las posibilidades.
Añadí mi carácter de estudiante de BTEC HNC en Finanzas además de
mis 14 materias equivalentes a ‘O’ Levels y Bachillerato
Internacional a mis calificaciones en las aplicaciones de empleo y mi
curriculum vitae y noté con satisfacción el efecto positivo que no
tardó en manifestarse. En seguida fui contratado para mi primer
trabajo de oficina en una empresa de seguros llamada Provident Life,
que había adquirido una cartera de seguros de otra empresa con
sistemas incompatibles y necesitaba convertirlos. Este trabajo no era
difícil pero requería un cierto grado de investigación, para
encontrar códigos postales donde no los había y otros detalles de
los asegurados en micro fichas cuando faltaban, así que la empresa
decidió contratar temporariamente por un año estudiantes en su ‘gap
year’ es decir, el año sabático que se toman algunos jóvenes
ingleses entre la secundaria y la universidad, y mi perfil más o
menos encajaba en eso. Con la oferta en mano, por unas cuantas (pero
no tantas) libras más de las que ganaba con Pietro, esperé que éste
me atormentara una vez más con las Fantas que faltaban en la
heladera, le traje la bandeja llena de latas y se la tire por la
cabeza, diciéndole “reponelas vos, que yo renuncio”, y a pesar
que volví muchas veces a la tienda, fue siempre en mi nueva y más
simpática capacidad de cliente. Creo que vendría bien una reubicación espacial en lo de Pietro antes de contar la anécdota, “...con Pietro, al volver al trabajo ese día esperé...”
Me
compré dos trajes, cuatro camisas, dos corbatas y un par de zapatos,
que tuve que cargar sobre mi flamante tarjeta de crédito ya que no
tenía suficientes recursos para todo un vestuario congruente con mi
nueva vida profesional y mi nuevo estatus de trabajador de ‘cuello
blanco’. Caminaba de mi casa, a más de veinte minutos de marcha,
hasta el centro de Basingstoke donde el vistoso y moderno edificio de
Provident Life se encontraba a pocos pasos de la estación de tren, y
no podía creer cómo
había cambiado mi suerte. Me acordaba de Daniel Alhadeff y de los
trajes con los que venía al Colegio soñando que un día sería un
profesional y trabajaría en una oficina, y también me acordaba de
él cuando almorzaba en el restaurant donde la empresa servía
almuerzos sin costo a todos sus empleados, donde se comía muy
holgadamente hasta ensaladas de camarones, que en aquella época
todavía eran un lujo en Argentina, y pensaba que de alguna manera
estaba cumpliendo algunos de sus sueños de pibe, que en algún
momento y sin tener mucha ocasión de vérmela venir, pasaron a ser
los míos también. El trabajo no era lo que digamos muy complicado,
pero sin embargo el ambiente era como haberse muerto y entrado
directamente al cielo. Nadie nos acosaba, y mis colegas y yo
trabajábamos a nuestro propio ritmo además de gozar de dos recreos
de quince minutos al día para tomar el clásico té
bretón, los almuerzos que ya relaté, todo esto en un agradabilísimo
ambiente de oficina moderna. La jornada de trabajo en particular la
vida en general eran muy pero muy agradables.
No
me dejé estar ni me conformé, sin embargo, a pesar del cambio
rotundo que ya había tenido mi suerte. Continué con mi búsqueda de
trabajo en mi nuevo metier, y concretamente como aprendiz de
contabilidad en entrenamiento. Apliqué a varias empresas en todo
tipo de posiciones.
En seguida recibí dos ofertas de empleo, una en De la Rue, una de
las contadas casas que fabrican papel billete en el mundo como
empleado de reportes financieros y otra en la misma empresa de
fabricación de cables donde trabajaba mi suegro como ingeniero, esta
vez como empleado de costos. A los pocos días recibí una invitación
a entrevistar con la posición que más me interesó, como aprendiz
de contabilidad en una subsidiaria de Unilever que fabricaba
alimentos balanceados, donde la empresa pagaba todos los estudios en
el instituto de contadores, incluyendo los carísimos libros, daba un
día a la semana para atender clases y quince días de franco
estudiantil antes de los exámenes además de aumentar el sueldo cada
vez que uno pasaba sus exámenes. Un día o dos después de una
afable entrevista, antes que tuviera que decidirme por la dos ofertas
concretas que tenía en la mano, Unilever me ofreció la posición de
mis sueños, que a pesar de ser la que menos pagaba en sueldo, era la
de más promesa. No dudé en mi elección y unas semanas después, a
poco más de un año de llegado a Inglaterra, ya era aprendiz de
contador. Dejé
de asistir al curso de Phil Howe, y me dediqué a mi nueva profesión.
De
la duda acerca de la sabiduría de mis elecciones de vida, de la
nebulosa idea que algo no estaba saliendo como esperado, de
decisiones que me llevaron al tedio de los enchufes del Ford Escort,
al frío de las obras de construcción y a las
humillaciones y tiranías de Pietro, todas la piezas del rompecabezas
de mi vida parecieron caer en posición, como si un tornado hubiera
pasado por la fábrica de Boeing en su sede de Washington State,
revoleando cajas llenas de partes (altímetros, botones, chapas de
metal, cables, ruedas, asientos, ribetes) y, al mezclarse en la
conflagración y caer a tierra el conjunto, quedó formado un 747
flamante y perfecto, listo para despegar. ¿Cuáles serían las
chances que una huelga administrativa y un Pancho Azamor
sobreprotector y metiche hubiera frustrado mis planes de cambiarme de
colegio y no salir egresado del Nacional Buenos Aires para que, tanto
tiempo después, me sirviera su diploma para cambiar tan
completamente el resto de mi vida? ¡Pero en Inglaterra! Acá ni lo registran! Un
diploma que había entrado, como la letra, con sangre, además de
sudor y lágrimas, a gran costo a veces para mi libertad personal,
que sufrió tantos embates de los prefectos, los subprefectos, los
preceptores, las amenazas de amonestaciones, de suspensiones o de la
temida expulsión o peor. ¡Un diploma que inconscientemente preferí
en algún momento cambiar por unos meses menos de clases! Cuáles
eran las chances que encontraría, en un instituto de enseñanza de
medio pelo en una pequeña ciudad en las afueras de Londres un
profesor que conocía, que había escuchado hablar de un título como
el del Nacional Buenos Aires, donde no había, a mi conocimiento,
ningún otro argentino, ni hablar de uno de sus egresados? En ese
momento no me cupo duda que de alguna manera el destino había
conspirado para que, luego de algunos meandros, yo también me
convirtiera en un Aristócrata del Saber…¿No
me había educado seis años en el colegio para cursar estudios
terciarios y llegar lejos en la profesión de mi elección?
La
imposibilidad de la cadena de sucesos que llevaron a mi buena fortuna
me dio una buena inyección de humildad, un sentido del deber, de no
malgastar las oportunidades que el destino sin duda había trabajado
tan duro para que me quedaran picando tan buenas y tan juntas. Las
cartas que escribí luego de esta vuelta del destino ya son más
maduras, donde reconozco mejor la insipiencia de la persona que soy
hoy, sin demasiados cambios. Me dediqué a aplicarme con diligencia y
a superar las expectativas de mis empleadores. Trabajaba ocho horas
reglamentarias por día, más una hora extra para suplementar mis
ingresos, que poco habían mejorado por el momento. En seguida se me
presentó una encrucijada: había empezado mi trabajo demasiado tarde
para comenzar inmediatamente las clases de primer año en el
‘college’ y debía esperar unos seis meses más a que se inicie
el próximo año escolar. Entonces decidí tomar un riesgo enorme: le
planteé a mis empleadores de rendir el primer año libre y
paralelamente empezar clases para el segundo año para ganar tiempo.
Si fallaba, estaría perdiendo un año y medio, pero si lograba pasar
los exigentes exámenes, que históricamente sólo el 40% de los
candidatos aprueban, ganaría un año además de un aumento de mi
salario de un treinta por ciento. Los incentivos no podían ser
mejores. Llegaba a casa a las seis y media de la tarde, que en el
invierno inglés ya hace dos horas que es de noche, cenaba, y desde
las ocho a la medianoche estudiaba de los enormes libros anaranjados
del curso de contabilidad y finanzas. Una vez por semana viajaba a la
universidad de Southampton para asistir a clases, un día largo de
más de ocho horas sin contar el viaje de ida y vuelta en tren.
Utilizando toda la capacidad de estudio y aprendizaje que absorbí en
el Colegio hice un plan de estudio tan detallado como brutalmente
exigente, que requería la revisión de cada unidad de los cuatro
exámenes tres veces antes de mis dos semanas de feriado de estudio,
y tres veces más durante esas dos semanas, mientras iba a la
universidad y hacía los deberes para el segundo año al mismo tiempo. Qué deberes para el segundo año? Me perdí en esa parte, qué es eso de paralelamente empezar las clases para el segundo año, si faltaban 6 meses para el segundo año... .
Cuando llegó la hora de rendir las dos primeras materias, que se
hacían en el mismo día, estaba tan preparado como exhausto. No
sabía realmente qué esperar, así que esperé lo peor y me preparé
mentalmente para enfrentar un fracaso.
Un
par de meses después, en la semana que el Instituto de Contadores
programaba enviar por correo los resultados a los estudiantes, llegó
un Más que “un” sobre, llegó “el” sobre, no? sobre
con mi nombre y su logo. De esta carta dependía mi futuro, además
de un aumento de sueldo inmediato con que alivianar un poco la
presión de los altos gastos mensuales de vida, a tal punto que me
hubiera costado entonces decir que era más importante en ese momento
de sacrificios. La ansiedad era doble porque ambas bendiciones me
serían otorgadas o negadas juntas, y me darían un fuerte golpe o
una satisfacción tremenda en una jugada del todo o nada, sin la
posibilidad un resultado intermedio. Trepidante, le di el sobre a
Genevieve para que me diera buena suerte, y juntos saltamos de
alegría y nos besamos con lágrimas en los ojos por los resultados.
Necesitaba cuatro C para pasar el año y había obtenido dos A, una B
y una C, esta última no exactamente lo que quería, pero suficiente
para aprobar el año.
Con
mi éxito académico vinieron oportunidades de progresar en mi
trabajo, de aprender y eventualmente de avanzar económicamente y
acceder a mejores y mejores oportunidades. Seis meses después de mis
primeros exámenes rendí los segundos, donde me fue aún mejor (dos
A y dos B), y llegué en poco más de un año a la mitad de una
carrera que normalmente dura cuatro. En ese año la economía avanzó
aún más, con gran escasez de contadores en el mercado, así que
pronto recibí una oferta de trabajo de otra empresa por algo más
del doble de sueldo que había comenzado ganando al inicio de mi
carrera en la contabilidad poco más de un año atrás. Cuando fui a
renunciar, con gran compunción por la traición a gente que me había
ayudado tanto y enfatizando que me iría con pena y dolor por un tema
económico y no laboral, me ofrecieron quedarme en la empresa
aceptando un puesto en York en el noreste británico, con el doble de
sueldo del que ganaba cuando comencé, y la mitad de los gastos en
esa parte menos competida del país. No lo dudé
ni un momento y nunca me arrepentí, ya que los dos años que viví
en York fueron años felices. Sin embargo al final de ellos, ya
recibido de contador, recibí una oferta de una de las empresas de
seguros más grandes del país con casa matriz en Liverpool, que
estaba interesada en mis habilidades lingüísticas y esta vez no la
pude rechazar. La promesa de viajar por toda Europa fue demasiado
tentadora para dejarla pasar por lealtad a una empresa, que en la
misma posición no la hubiera tenido por mí.
En
uno de mis viajes me encontré en el vagón comedor de primera clase
de un tren de British Rail entre Liverpool y Londres comiendo un
regio desayuno inglés de panceta, huevos, tomates fritos y hasta
morcilla, leyendo el Financial Times. No sé por qué me vino a la
memoria el momento en que abrí el sobre que contenía el diploma del
Colegio Nacional de Buenos Aires para mostrárselo a Phil Howe, Momento que puso en marcha, yo sacaría “el” momento el
momento que puso en marcha la serie de acontecimientos que tanto
cambiaron el curso de mi vida. Entonces me acordé de don Francisco
“Pancho” Azamor, vicerrector del Colegio y personaje tan querido
de mi adolescencia. Saqué una lapicera y papel con el logo de la
empresa Royal International, a cuya generosidad le debía el
suculento desayuno, y le conté la historia que me trajo hasta el
presente, más o menos la misma que volqué sobre estas páginas,
además de preguntarle si haría prontamente un viaje como los que
nos mostraba en las diapositivas donde estaba frente a Marble Arch, o
la Torre de Londres, o el edificio del National Portrait Gallery cuya
torre, incongrua y fuera de proporción con las líneas clásicas del
edificio, todavía noto cada vez que paso por esa parte de Londres, y
me remontan a una de las tantas y tan cómicas clases de Historia del
Arte de Pancho, cuando pasaba diapositivas de sus viajes en el
micro-cine del Colegio.
Su
respuesta, que no se hizo esperar, me sacó alguna lagrimita de
emoción, y más de una de risa:
“Buenos
Aires, 4 de mayo de 1992.-
Mi
querido Diego:
Fue
tanta la alegría que sentí al recibir tu carta que recién a la
segunda lectura reparé en el hecho que tu encabezamiento dice
domésticamente ‘estimado Pancho’ en vez del correspondiente ‘Ave
Augustus’ que yo les había enseñado.
Aunque
tenía algunas noticias tuyas a través de Sofía (madre de Daniel
Alhadeff, cuya zapatería Pancho solía frecuentar), estas ‘from
the horse’s mouth’ me llenaron de satisfacción. No me quedó
claro si Genevieve es británica o argentina, pero no importa ya que
a través tuyo se incorporó a mis afectos.
Tu
carta es muy reconfortante respecto al colegio que, ahora, en plena
democracia, es poco menos que un club en que, además, se estudia y
no poco; ya que en los últimos años nuestros alumnos han salido
ganadores en olimpíadas de computación en la antigua URRS, en las
de matemáticas de Valladolid y han participado con variado éxito en
distintas competencias internacionales.
Y
ya que menciono éxitos académicos quiero que compartas mi orgullo
porque el año pasado tu querido maestrito recibió firmado por el
ministro de Educación de Francia, Lionel Jospin, el diploma de
‘Chevallier de l’Ordre des Palmes Academiques” (que como verás
se lo dan a cualquiera pero esta vez me lo dieron a mí).
En
cuanto a mis periódicos viajes: en 1988 hice uno inolvidable a China
– una experiencia interesantísima para contarla más que para
vivirla – y el año pasado estuve en la todavía URSS que ya
revelaba el estado de miseria y de inquietud que culminaría en su
disgregación. De regreso tenía que elegir entre pasar una semana en
Londres o en París, y elegí esta última.
Creo
que éste habrá sido mi último viaje porque mi mujer dice que ya
está cansada para esos trotes y como a mí no me gustan los tours
turísticos se me hace difícil largarme solo.
Que
tal Liverpool? Existe todavía el Hotel Adelphi? No puedo ubicar
Whitefield Close, tal vez porque está en el “lado mersa” (o sea
Merseyside)?
Han
terminado ya esa gigantesca y pretenciosa catedral que no obedece a
ningún estilo? Descuento que serías poco menos que un guía
especializado en esa fantástica Walker Art Gallery.
Creo
que esto será todo por ahora. Agradezco nuevamente tu recuerdo y tus
cariñosas palabras.
Todo
mi afecto y cariñoso saludo para los dos.
Pancho”
A
las pocas semanas de este intercambio, ya ganando más de tres veces
el salario con el que comencé mi carrera de contador, me permití el
hasta entonces inalcanzable lujo de planificar un viaje de retorno a
la Argentina, cinco años después de haberme ido al destierro, sin
Genevieve porque no nos alcanzaba para los dos. Una de las primeras
cosas que planifiqué con gran anticipación fue una visita a
reencontrarme con Pancho, quien, contentísimo por las novedades,
marcó cita conmigo para que fuera a comer con él y el rector
Sanguinetti al venerable Colegio.
Tomé
el subte hasta 9 de Julio, sin atreverme a llegar al final de la
línea demasiado pronto, y caminé por Diagonal Norte hasta el
Cabildo. En el torbellino de emociones que me tocó vivir en ese
viaje una de las más conmovedoras fue el regreso a la Plaza de Mayo,
donde habían pasado tantos de los años de mi juventud, y donde los
mismos ladrillos de las construcciones que la rodean están
impregnados de la historia de nuestra pobre Patria, de golpes de
estado, de discursos populistas, de demostraciones de la voluntad
popular y del poderío de la fuerza. Le di una vuelta completa a la
Plaza, que estaba llena de gente. Recordé la letra de la canción
“Besos y Porros” de Sabina, que un amigo tucumano había
especialmente grabado para mí en un cassette que me mandó por
correo, y que hablaba de un español que se enamoró
de una chica argentina desterrada por el Proceso que se ‘moría por
volver, con la frente marchita cantaba Gardel’. Con el regreso de
la democracia la chica cumple su deseo No se dice se regresa, cumple su deseo y regresa. y
regresa a Buenos Aires, perdiendo el contacto con el español, quien
la va a buscar:
“Aquellas
banderas, de la patria, de la primavera
A
decirme que existe el olvido, esta noche han venido.
Te
sentaba tan bien, esa boina calada al estilo del Che…
Buenos
aires es como contabas, hoy fui a pasear
Y
al llegar a la Plaza de Mayo me dio por llorar
Y
me puse a gritar ¿dónde estas?”
A
mí también me dio por llorar mientras rodaba el cassette en
Inglaterra porque yo también me moría por volver, y más aún en
esa primera visita de regreso en la Plaza de Mayo buscando mi propia
adolescencia entre las calles donde tuvo lugar y preguntándome
¿dónde está?
Escondiendo
las lágrimas detrás de anteojos oscuros, finalmente me atreví a
entrar por la calle Bolívar con trepidación, andando despacito por
entre los transeúntes y los alumnos del colegio que iban y venían a
esa hora de cambio de turno, y no daban indicios de saber que yo
había sido uno de ellos. Circulaban por las mismas veredas y
frecuentaban los mismos bares que mi otro yo, el de algunos pocos
años atrás, sin prestarme ninguna atención. Me acerqué a la
manzana de las luces,
y miré la Iglesia de San Ignacio con más detalle del que jamás
guardé cuando pasaba por ella todos los días, noté
las líneas cargadas del barroco alemán, tal vez la construcción
más antigua de toda la ciudad. Me llamó la atención, también, la
fachada anacrónica de la Librería del Colegio, que estaba en la
esquina hacía
tantos años sin que nada hubiera cambiado. Y finalmente el bar “La
Catedral”, donde comí tantos sándwiches de miga, tomé tantos
submarinos y pasé tantas mañanas de deberes, repaso y estudio, y
noté
que allí también todo parecía estar igual, y ni las sillas habían
cambiado, sólo que todo estaba más usado y enclenque por los
embates del tiempo. Al subir por las escaleras la puerta del Colegio
me pareció más pequeña de lo que recordaba pero menos vulnerable
de lo que pareció cuando tomamos el colegio y casi la tiramos abajo.
Al ver el escritorio de entrada me sonreí, porque era un detalle que
había sido una parte diaria de mi existencia pero que se había casi
borrado de la memoria. Le dije a la persona de No se dice persona de cargo, normalmente decimos encargado (para no decir portero que a algunos les suena mersa) cargo
que tenía cita con Azamor, y me preguntó si sabía donde quedaba la
rectoría. ¡Claro que lo sabía! Doblé a la derecha en el hall de
entrada y vi frente a mí las amplias escaleras de mármol de carrara
que llevaban a la oficina del rector, y casi largo una risotada al
pensar que ésta sería la primera vez que visitaría la rectoría
por motivos que no fueran disciplinarios. Llegado a las oficinas
amplias, clásicamente decoradas con esa pátina eterna de una gran
institución, pregunté por Azamor a la secretaria, quien debía
estar esperándome ansiosamente porque en seguida salió a recibirme,
vestido con su típica vestimenta estrafalaria, incluyendo el
infaltable chaleco y el moño legendario, sin darle a la secretaria
tiempo de entrar a anunciarme. Primero me estrechó la mano y luego,
pensándolo dos veces, me dio un gran abrazo paternal, comentándole
a la secretaria quién era yo (el autor de la famosa carta) y ésta
me estrechó la mano también, diciéndome que la había leído con
mucho gusto, y aproveché su buena voluntad para pedirle que me
tomara una foto con Azamor, él sentado en su escritorio y yo de pie
a su lado con un brazo en su hombro, que todavía conservo. El ella
se ve claramente lo que ya había notado en mis últimos años en la
Argentina, cuando me encontraba con él de vez en cuando por mi lado
de la Recoleta y él hacía sus compras o por la calle Agote, del
lado donde vivía él, porque mi abuelo o mi abuela estaban
internados en la clínica del mismo nombre en la misma calle, por
alguno de sus varios incidentes cardiacos. El mismo y celebrado
doctor Agote, dicho sea de paso, que inventó el primer método
operable de transfusión de sangre y que fue, como nosotros, alumno
del Colegio Nacional de Buenos Aires. Noté, decía, que el avance
imparable de la vejez y sus estragos lo habían enflaquecido,
debilitado y manchado la piel de lo que los ingleses llaman ‘liver
spots’, esas manchas de pigmentación marrón en las manos tan
típicas de los viejos, aunque no le había quitado facultades
mentales, que estaban igual que siempre.
Mantuvimos
una larga conversación acerca de mi vida en Inglaterra. Quiso
particularmente saber cómo había sido mi vida en York, una ciudad
que le interesaba mucho por estar tan llena de historia y
arquitectura antigua. ¿Había vivido cerca del centro? ¿Cuál de
las puertas vikingas de la ciudad debía usar para ir hacia mi casa?
¿Cómo era caminar todos los fines de semana por el Shambles, la
diminuta callecita medieval de York donde las casitas de vigas de
roble y ladrillo están todas inclinadas como la Torre de Pisa por el
peso de los siglos? ¿Tomaba seguido el té ingles en la confitería
de Betty’s, donde los soldados que partían a la segunda guerra
habían dejado inscriptos mensajes a sus novias rasguñando la capa
de plata de un gran espejo? ¿Iba seguido a York Minster, la inmensa
catedral gótica cuya belleza le fascinaba y comparó con la de
Liverpool, como lo había hecho en su carta?
Nos reímos mucho al recordar su broma del ‘lado mersa’, la
traducción poco literal de Merseyside, el condado donde está la
ciudad de Liverpool, y le recordé que él
siempre tenía esos arranques y le gustaba jugar con las palabras,
tanto en castellano como en inglés y francés, sus lenguas
favoritas. Le comenté cómo
de vez en cuando yo tenía la ocasión de usar su frase célebre
“never in my puta life”, particularmente ahora que viajaba un
poco a España, que tanta gracia me causaba; pero que todavía no
había podido incorporar a mi conversación ninguna referencia a los
pedos y los mersas (una dislexia jocosa de los medos y los persas),
aunque la vida era larga y no perdía las esperanzas de hacerlo algún
día.
Luego
hablamos conjuntamente de los viejos tiempos cuando yo todavía era
su alumno y él mi profesor. Me volvió a confesar lo que yo ya
sabía, que había sido él el que le puso trabas a los trámites de
mi traspaso de colegio, entre otros, y me preguntó si todavía
estaba enojado con él. ¡Qué
iba a estarlo! Puse mis manos sobre las suyas y se las apreté con
cariño. Le dije:
- ¡Don Pancho, de todas las malas pasadas que jamás me hicieron o me harán mis enemigos, mi más solemne deseo es que sean tan malas como las que me hizo usted con este asunto!
Y
los dos nos reímos con los ojos empañados de lágrimas, él por la
oportunidad tan frecuentemente esquiva de confirmar la capacidad de
bien de la vocación docente, normalmente tan ingrata, y yo porque
sentí sinceramente que le debía tanto a ese hombre, que había sido
un ejemplo durante horas no sólo formativas sino a veces tan
difíciles de mi juventud; un hombre que había ido contra mi
voluntad para resguardarme de mi propia estupidez e inconsciencia,
hoy reivindicado veinte veces por el desenlace de la historia de mi
vida y al que, indirectamente, le debía mi profesión, que tantas
satisfacciones me había dado y continúa dándome años y años
después de su muerte.
Así
llegamos a la hora del almuerzo, y nos dio pena a los dos interrumpir
nuestra conversación tan agradable y tan íntima, pero su hija
Carolina, mayor que yo por una década, llegó para conocerme (otra
de las lectoras de mi carta) y para almorzar con nosotros y
Sanguinetti, que nos esperaba en su sala de comedor y reuniones. De
allí la conversación volvió a mi vida en Inglaterra, de la cual
Sanguinetti y Carolina Azamor quisieron saber todos los más íntimos
detalles. Yo les conté como en los últimos cinco años no había
vuelto a mi país, ni prácticamente hablado mi lengua materna, ni
compartido más que algunos minutos impacientes o cartas demoradas
con mis amigos y mi familia (¡en
esa época todavía no existía el email!). Inglaterra me había dado
una compañera, una nueva patria, una profesión, un trabajo que me
estaba llevando por toda Europa, me había permitido comprar nuestro
primer hogar, me había obligado a pagar mis primeros impuestos y mis
primeras cuentas. Inglaterra me había transformado, en definitiva,
en el hombre que era hoy, a tal punto que me había ya reinventado
prácticamente como un inglés, y hasta considerado cambiarme el
nombre a James Gotthelf, porque, como Azamor en seguida me recordó,
en una de sus clases nos había dicho que Diego y James son el mismo
nombre; Santiago de Compostela en inglés
es St James of Compostela, y el Yago de Santiago, al igual que su
sinónimo Diego, son formas arcaicas de Jacob, la raíz etimológica
de ambos nombres, por lo que Pancho, conociendo mi origen judío, me
llamaba ‘Jacobito’ de vez en cuando y aprovechó esta ocasión
para volver a hacerlo en uno de los momentos más profundos de mi
visita, cuando me preguntó:
- Está bien, Jacobito, te va bien en Inglaterra, tenés trabajo, te compraste una casa y te casaste con una linda chica y todo eso está bárbaro, pero decime, ¿sos feliz?
Sentí
de nuevo que se me llenaban los ojos de lágrimas y tuve que pausar
para contenerlas, levantando la servilleta de mi falda y llevándomela
a los labios por las dudas que me tuviera que secar los ojos.
- Sí, don Pancho, soy feliz, como fui feliz durante mis años en el colegio, excepto tal vez los dos primeros que fueron tan duros, pero más tolerables gracias a usted, a su humor y sobre todo a su irreverencia.
Luego
del almuerzo me despedí de Sanguinetti, pero Pancho y Carolina me
llevaron a dar un tour del colegio que me pareció un sueño, un
torbellino emocional luego de tantos años de ausencia: el blanco del
mármol de las escaleras, los azulejos verdes de los claustros, los
pupitres de madera y hierro, el detalle hasta entonces olvidado de
los ganchos en la pared trasera de la clase donde colgábamos
nuestros abrigos, la tarima donde estaba el escritorio de los
profesores para que nos miraran de arriba, con la gravedad de la
autoridad, los negros pizarrones que se alternaban uno encima el otro
con su sistema de poleas. Todo me parecía irreal, o mitad real y
mitad mentira, como me habían parecido irreales desde que llegué
las calles donde crecí, la gente que hablaba la lengua de mi
juventud en un acento que hasta entonces no había notado que
teníamos, los seres queridos hasta esos días físicamente tan lejos
y que apenas me parecía posible tenerlos hoy tan cerca sin que se
desvanezcan luego de unos instantes en la vorágine de un sueño, mi
única interacción vívida con ellos en los últimos años. Dimos
una vuelta por el salón de actos, con su gran órgano, la hermosa
biblioteca que es una joya nacional, el claustro central y, al fondo
a la izquierda, la temida prefectura, que ya entonces tenía una
función distinta. Visitamos algunas aulas en plena clase donde
Pancho me presentó como un ex alumno que los visitaba desde
Inglaterra donde vivía luego de recibirme de bachiller en el
Colegio, y noté como los alumnos me miraban con ojos llenos de
sueños propios, de la mística que tenemos los argentinos por los
que viven en Europa o Estados Unidos, que nos parecen seres de otro
mundo, un mundo mejor y más codiciado.
Cuando
llegó el momento de partir nos quedamos Pancho y yo solos en la
puerta junto al escritorio de entrada. Una vez más me abrazó
paternal y cariñosamente, antes de despedirse:
- “Cuidate, Jacobito”, me dijo, “y vení a visitarnos cuando quieras que acá te recibiremos bien.”
Pensé
en los cinco años que habían pasado desde mi partida y me pregunté
cuántos más pasarían antes de regresar. Quizás nunca más
volviera a ver al querido Pancho, que estaba tan viejito ya por el
año 1992. No sé por qué
me salió en inglés:
- “God bless!”
Tal
vez mi adiós sajón le causó gracia, tal vez buscó interrumpir ya
las emociones que habíamos derramado hasta el empalago, porque
rompió nuestro abrazo y me contestó, con esa tonadita traviesa
suya:
- “God save the Queen!”
Y
se dio vuelta para irse hacia la rectoría, dibujándome una sonrisa
con que controlar las emociones galopantes que me causó el cierre de
la visita a mi pasado.
- “Ah, me olvidaba, Gotthelf. Antes de irte fijate en el vidrio de la puerta, del lado de afuera, que vas a ver algo que conocés y te va a gustar”, y con esas palabras desapareció lentamente detrás de la pared de la Administración, camino a su despacho.
Curioso,
hice lo que me dijo y allí, pegada con cinta Scotch del lado de
adentro para que pudiera verse claramente de afuera, reconocí
primero el encabezamiento que había hecho en un procesador de
palabras en letras góticas con la dirección:
Diego
Gotthelf
5
Whitefield Close
Hightown
Liverpool
Merseyside
Y
en seguida después una letra cuyo puño me era familiar, aunque
estaba fotocopiada y pintada aquí y allá con resaltador
fosforescente para marcar los párrafos más interesantes.
¡Era
mi carta!
Esa
tarde, cuando me alejé del Colegio, me fui con la tristeza que nunca
sentí cuando le di la espalda seis años atrás, sin volver la vista
atrás. Me llevé la reivindicación de los años pasados en ese
palacio de la cultura. De regreso de mi exilio seis años después,
lejos de intimidarme, de tratarme como un potencial subversivo que
había que re adoctrinar en los valores de Dios y Patria, me hicieron
sentir como el hijo pródigo que regresaba a la casa materna para dar
orgullo y alegría a padres avanzados en años, hoy ya más amainados
por el inexorable avance del progresismo educativo y social, como una
muestra que volvía del laboratorio del mundo exterior confirmando la
calidad de la tela que tejía esa casa de estudios con la lana a
veces gruesa y retobada de nuestra juventud, y la de tantas otras
generaciones de estudiantes a lo largo de las décadas, los lustros y
ya los siglos, que se plasmaron en vidas tanto más ilustres y
celebradas que la mía, entre los que yo era más un soldado
desconocido que un Manuel Belgrano, un Otto Krause o un Lalo
Schiffrin.
En
los meses que siguieron a mi visita recibí dos o tres cartas
espontáneas de orgullosos pero hasta entonces desconocidos padres de
alumnos, felicitándome por mis éxitos. Me agradecían haber
compartido mis experiencias y me deseaban felicidad en mi vida en el
extranjero. Habían encontrado en mi historia y agradecidas palabras,
leídas casualmente en la puerta del Colegio mientras esperaban la
salida de sus hijos, cierta confirmación de la validez de los muchos
sacrificios que habían hecho para educar sus hijos en el otrora
admirado y temido, pero hoy entrañablemente querido Colegio Nacional
de Buenos Aires. Curiosamente, así fue como lo sentí yo también.
Comentarios del capítulo
Dos cosas me hubieran gustado, una es que demuestres un poco la personalidad de Genevieve, que aparece como “la mujer de”, sería lindo que des notas aunque sean pequeñas de la personalidad que tenía y de lo que la rodeaba, mencionás a su papá más que a ella. Ya sé que la vida es del varón, y las mujeres somos sus mucamas, pero igual no me causa gracia y en un libro me gusta la fantasía de que las mujeres también somos gente.
Otra cosa que me gustaría que aclares es por qué tanto de pegar tu carta en la puerta, un espectáculo tan aparatoso y exhibicionista, qué fue lo que los motivó a hacerlo. Calculo que el hecho de que hubieran valorado tanto tu “bachillerato internacional”, pero no sé, si no contás un poco qué les pasó por la cabeza queda como que están choluleando.
Eso, como siempre tómalo o déjalo,
claro.
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