martes, 28 de julio de 2015

Diploma comentarios Romina 11-05-2014

Derechos de autor de Diego Gotthelf, comentarios Romina 11-05-2014


Diploma



Llegue a Inglaterra siguiendo a la chica (hoy señora) que resultó ser el gran amor de mi vida, mi compañera en las buenas y el las malas desde la flor de la juventud hasta hoy, sumando bastantes más años juntos desde que nos casamos de los que sumamos solos previamente a esa feliz fecha, además de ser la madre de mis tres hijos. La seguí a Londres porque estar con ella se había transformado en un imperativo imparable, sin mayores planes que reencontrarme con ella. Realmente no veo necesario este párrafo tan ñoño, podés empezar directamente con el siguiente, solamente aclarando en una sola línea algo como “Mis primeros días en Inglaterra, a donde llegué (en un impulso de juventud ponele) siguiendo a quien pretendía fuera la mamá de mis hijos, fueron tiempos...” Si querés más tarde podés explayarte en ella, pero se me hace que éste no es el momento. Comentario nomás, eh, sin ofensas, solamente para que la lectura no pierda ritmo.  Mis primeros días en Inglaterra fueron tiempos de descubrimiento desenfrenado. Todo me fascinaba y me parecía distinto, todo maravilloso, de lo más exótico a lo más mundano. Cuando llegó el invierno y al salir a la calle vi por primera vez con mis propios ojos los blancos resultados de una parranda nocturna de ‘Jack Frost’ el duende bretón de la escarcha, respiré por primera vez el aire gélido de la mañana y caminé sin mojarme por los charcos acumulados de las interminables lluvias de días anteriores, completamente sólidos por el congelamiento del frío glacial, sentí que Inglaterra era la luna, y yo Neil Armstrong declarando que ese pie sobre el hielo era un paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad. Cuando la madre de una amiga de mi mujer me invitaba un sándwich de queso Cheddar y pickles, sentía que mis papilas despertaban del largo letargo provocado por una dieta de suculentas pero sosas milanesas, bifes y ensaladas, pobremente estimuladas con especias tímidas como el perejil y el ocasional diente de ajo, libertinas sólo en el uso de la sal común, para abrirme camino a la intrépida aventura de clavos de olor, canela, pimienta y dátiles complementados con sublimes cubitos de cebollas, zanahorias, coliflor y pepinos de esa misteriosa salsita de acompañamiento marrón, turbo recargada con un bloque de queso robusto, punzante y ligeramente amargo que masajeaba con los dientes, acariciaba con la lengua y cuyos maravillosos aromas degustaba con la nariz fría, descubriendo nuevos horizontes en cada bocado, cada molécula y cada elemento básico hasta entonces desconocido y pero en ese momento sublimemente decantado por primera vez como en un espectrómetro cromatográfico.

El caleidoscopio de vistas, sabores y sensaciones se extendía al plano social en una cornucopia de costumbres estrafalarias, de normas sociales bizarras y comportamientos apenas inteligibles que maravillaba descubrir. Mis visitas sabáticas al pub, por ejemplo, eran un campo fértil para la anonadación. Yo crecí bebiendo bastante poco alcohol, porque mi mamá era completamente abstemia, no por una cuestión de principios sino gracias a una tolerancia alcohólica irrisoria que le hizo pasar algunos papelones irrepetibles. Mi papá se interesó por el licor recién en su vejez. En cuanto a mí, a pesar que me emborraché algunas veces durante la adolescencia nunca desarrollé lo que los ingleses llaman una cultura alcohólica. Jamás fui iniciado en el culto casi religioso que los pueblos europeos tienen por la cerveza, y que consumen en más cantidad que ninguna otra excepto el agua y el té. En mi mundo la cerveza no tenía el peso de una bebida seria, y salvo por las ocasiones en que me convidaron alguna con una pizza yo le consumí más bien en su forma de chop helado como un refresco durante una tarde cálida de verano en la Biela, dado su bajo relativo contenido alcohólico y las cantidades inhumanas que deberían consumirse antes de agarrarse una buena curda. “dado su bajo relativo contenido alcohólico y las cantidades inhumanas que deberían consumirse antes de agarrarse una buena curda” me parece que está de más, no es necesario eso ya uno lo sabe curda, pero que sobre todo pedía porque venía con un platito de maníes, el verdadero objeto de mi deseo. En esta última oración hay algo mal de redacción, “yo le consumí” no se dice acá, “en su forma” suena raro también, una forma argentina de decirlo es “...alguna con una pizza, la consumí más bien en forma de chop helado, como refresco durante....” 

Descubrí en Inglaterra que tomar cerveza tibia en grandes vasos de una pinta sin importar si hacía frío como para chocolate caliente Yo diría sin importar si el frío ameritaba más un chocolate caliente era una actividad que se emprendía con aplicación metódica “era una actividad que se emprendía con aplicación metódica” demasiadas palabras, fijate que podés decir “era una actividad metódica” por ejemplo, o “descubrí que en Inglaterra se emprendía metódicamente...” y cuyo alto costo, debido a la saña con que el Exchequer británico la tasa impositivamente más que a su valor de producción “más que a su valor de producción” me parece que sobra, fijate que sin esa aclaración se entiende perfectamente
 , le daba un aura aún más mística. Tan valorable era la cerveza en el pub que nadie dejaba un vaso desatendido por miedo de emborrachar a otros, y guardaban vigilosa guardia Yo diría guardia del vaso, de su vaso  con el vaso constantemente en mano, como un rengo que no descuida su bastón, mientras charlaban, fumaban o jugaban a los dardos hasta que era hora de tomar otra pinta más, y se hacían turno para comprar rondas de tragos entre los amigos íntimos, hasta que sonaba la campanita que marcaba la hora estatutaria de cierre, observada desde la guerra mundial para que nadie estuviera demasiado ebrio para ir a trabajar en la fábrica de municiones. Cuando Daniel Alhadeff y sus amigos C.U.B.A. Sus amigos “de” CUBA diría yo.  . que por entonces viajaban Viajaban o hacían una gira? por Europa cruzaron el Canal de la Mancha para venir a mi casamiento, Ponele más onda, a “mi feliz casamiento”, o a “mi feliz casamiento con la inglesita objeto de mi mudanza/migración”, algo por el estilo, de golpe el hecho de que te casás lo decís como si hubieras hecho un trámite. , las amigas de Genevieve se rehusaban horrorizadas a saludarlos a nuestra usanza, dejándolos colgados besando el aire en vez de sus mejillas, pero se peleaban para comprarles tragos y después de dos o tres rondas de pintas se acostaban con ellos con completa dejadez y descaro. Ok, me gustaría que lo dijeras más sutil, de las prostitutas hablás más bonito. . Y, luego de una apresurada borrachera sabatina inducida por copiosas pintas de cerveza tibia ingerida a la mayor brevedad posible entre las siete de la tarde y las diez y media de la noche, que normalmente hubiera caído entre medio de la merienda y la hora de empezar a vestirse para salir de noche, el domingo amanecía con una resaca que normalmente hubiera requerido hasta el crepúsculo para amainar. Sin embargo a las doce del mediodía ya había que estar en pie y listo porque abría nuevamente el pub y ¡era hora de volver a tomar más cerveza tibia! Genevieve me explicó que el trago del domingo al mediodía se llamaba ‘hair of the dog’, por aquello que la cura de una fiebre causada por la mordedura de un perro era ingerir el pelo del perro que te mordió. Cosa de Mandinga, pero funcionaba, por lo menos entonces, porque tenía menos años y más poder de recuperación que hoy.Muy bien, ahora sí me dio curiosidad, ¿de dónde salió ella y cómo conocía tanto la cultura inglesa? ¿Era inglesa ella? Ya podés dedicarle un párrafo, que sea colorido con imágenes extranjeras y exóticas, nada de hablar de “me enamoré de quien estuvo casada conmigo 20 años” pffff
 

Pensaba en aquella época, como en general era la expectativa de todos mis pares que, o tenían planes de, o habían ya hecho un viaje a Europa, que en el viejo continente las calles estaban pavimentadas en oro. Genevieve trabajaba como administradora en las oficinas de IBM y ganaba tres libras con veinticinco peniques la hora, que eran para mí, que había dejado la Argentina poco menos de un año atrás con el equivalente de dos meses de ese sueldo, una fortuna incalculable. Esto era confirmación de mi preconcepción que la clase trabajadora en Inglaterra vivía mejor que la clase media argentina en la que yo había crecido y daban oxígeno a mis fantasías adolescentes que uno podía hacer fortunas haciendo los trabajos más sucios y menos calificados, como ser obrero en una construcción, ya que en Europa la holgadez económica era tal que los obreros ganaban tanto o más que los abogados, porque los europeos educados no querían ensuciarse las manos. Este es el tipo de discurso que tengo en mis cartas de la época, que recuperé luego de la muerte de mi padre, donde no me reconozco hasta el punto que me cuesta creer que fui yo quien escribió esas líneas y sólo me convence el verlas indiscutiblemente de mi puño y letra.

Mientras esperaba mi residencia Genevieve iba a la oficina y yo me quedaba en casa, mirando la televisión para aprender más rápido el idioma, pero sobre todo, haciendo esfuerzos titánicos por imitar el acento inglés, que practicaba usando un Pasacassette, confirmado en Google hits, con doble s y doble t y todo junto pasacassette, para adaptarme mejor y mimetizarme a mi entorno. Poco después mantuvimos una extraña relación simbiótica por un tiempo largo con la madre del ex novio de mi mujer, que manejaba una agencia de empleos. Ella no me pedía ningún papel y yo le hacía aquellos trabajos que nadie quería tomar. Trabajé en todo tipo de ocupaciones. Pinté nuevas casas elegantes por unas pocas libras la hora los fines de semana. Lavé ollas en un hotel caro. Luego un amigo de la familia me tomó como ayudante por diez libras al día en la mano. Juntos colgamos cielorrasos suspendidos en oficinas en construcción. Él montaba el armazón, balanceándose sobre zancos con una destreza impresionante, y yo me encargaba de poner los paneles y recortarlos a medida en los bordes que lindaban con la pared, la parte más delicada de mi trabajo, pero la menos del suyo. Por un mes trabajé en una fábrica dedicándome a poner un punto rojo sobre el enchufe del posa cabezas del Ford Escort, que era en aquel momento uno de los autos más populares en Inglaterra y que se exportaba también Yo diría que se exportaba también a toda Europa por toda Europa. Mi contribución consistía en tomar el enchufe de una caja de piezas sin marcar, levantar la manija de maquina impresora, meter la pieza en una ranura correspondiente, bajar la manija para que el martillo caliente hiciera contacto con la cinta impregnada de tinta roja y, una vez que el susurro del golpe de calor sobre la tinta con el plástico se disipaba, que no tardaba más de unos segundos, levantar la manija, dislocar la pieza de su ranura y ponerla en la caja de las piezas acabadas. Repetí esta rutina ocho horas por día, cinco días a la semana, una pieza cada cinco segundos sin que nada rompa la monotonía de los cinco mil setecientos sesenta puntos rojos que ponía por día o los ciento quince mil doscientos puntos rojos que puse en ese mes en la fábrica, suficientes para fabricar veintiocho mil doscientos Ford Escorts, y que en los próximos cinco o seis años, cada vez que me subía a uno de esos autos, sea de un amigo, o un taxi, miraba los puntos rojos sobre los enchufes del posa cabezas y me preguntaba si sería uno de los míos. Tanto título secundario y nos deja tirados a los 19 años :( 

Este Período, con tilde, solamente los físicos dicen periodo sin tilde período de andar de trabajo temporario en trabajo temporario inevitablemente conducía a interregnos de ociosidad que me dejaban corto de sueldo. Casi inmediatamente me empecé a dar cuenta que la misma fortuna incalculable que ingresaba por nuestros sueldos se Se iba, no se iban. Es singular porque es el verbo de fortuna, que es singular iba en incalculables facturas de alquiler, gas, teléfono, supermercado y transporte. Una vez que obtuve mis papeles de residencia, disatisfecho y necesitado de aumentar mis ingresos decidí encontrar empleo más permanente, lo que logré al poco tiempo apelando a otro de los amigos de mi mujer, que manejaba un “newsagent”. Esta era una tienda equivalente a una especie de casamiento entre nuestros kiosco de golosinas y el de diarios y revistas. Un casamiento más de alcurnia, en realidad, porque el newsagent es una tienda mucho más importante, donde los clientes tienen la oportunidad de recorrer las góndolas de diversas golosinas y hojear la gran variedad de diarios y revistas, que era mi trabajo reponer, antes de traer la mercancía a la caja, que también era mi trabajo operar. El gerente de la tienda y amigo de la infancia de mi mujer era un tal Pietro, hijo de inmigrantes italianos, que pareció muy bonachón cuando lo conocí en nuestra vida privada, pero que tenía una vida doble y descargaba que sabe cuáles broncas, incluyendo sin duda la percibida injusticia de ganar diez libras más a la semana que sus subordinados, manteniendo un régimen de terror que tenía mucho más que ver con satisfacer sus propias inseguridades que con la impecable gerencia del establecimiento, la atención al cliente o el cuidado de los activos en su custodia. Luego del frío de la obra en construcción, la monotonía de la fábrica, la insociabilidad de las horas de lavar platos en el restaurant y las humillaciones de trabajar para un gordito italiano Che sacale el italiano en serio, suena a que hablás de los italianos de forma peyorativa que comentaba lo “lentos para aprender” que éramos todos sus subordinados sin excepciones cada vez que dejábamos una o dos latas de gaseosa sin reponer en la heladera, mis impresiones de las virtudes de la vida del trabajador europeo cambiaron, la calidad del oro con que las calles de ese continente estaban pavimentadas perdió su brillo y se me hizo cada vez más claro que mi felicidad futura dependía de un cambio de curso en el presente. Este tema ya venía molestando mi otrora impecable sueño y dándole piolín a la voz interior que nos susurra cosas que a veces no queremos admitir. Se venía formando en mi inconsciente una nebulosa idea, un cambio en el paradigma de mi existencia presente, que me inquietaba y excitaba al mismo tiempo.

El punto culminante surgió durante una visita de mi tío Julio, un primo de mi padre que había emigrado a Estados Unidos en los sesenta y, recibido de arquitecto, hecho fortuna trabajando en construcción en Irán en la época del Shah. Me mandó a llamar durante uno de sus varios viajes por año a Londres, para que lo fuera ver a su imposiblemente bien ubicado departamento a una cuadra de Oxford O de la calle Oxford St, en el edificio de la empresa de su amigo Marc Rich, que luego fue famosamente indultado por Bill Clinton por evasión de impuestos. Según le contó a mi padre después, el tío Julio me vio flaco, blanco teta y mal vestido, y aunque yo lo niego hasta el día de hoy, sentí que me trató y me habló como si fuera un mendigo cargoso. Me acusó de malgastar mi vida, de haber cometido un error en dejar mis estudios para casarme a tan temprana edad y arruinar mi futuro. A pesar de chocarme el tono de su planteo y la inconsideración hacia mi mujer, que entonces no había conocido pero que después le pareció una joyita y me dijo que se hubiera casado con ella también, a pesar de ser homosexual, además de la injusticia e impertinencia de algunos de sus argumentos y la falta de fuero para sus reclamos, la verdad fue que resonó con la voz interior que me venía plagando, susurrando al oído que algo no estaba bien, que algo debería cambiar en mi vida. Mi tío Julio me dio el mejor consejo que nadie me dio de mala onda, pero un buen consejo en fin, algo que mis padres no estaban en condiciones de darme en ese momento, por estar tan lejos:

  • Tenés que volver a los estudios”.

A pesar que me molesté bastante con él por su imperdonable insolencia y le argumenté hasta el fin que estaba viendo las cosas sólo de un punto de vista deforme, tuve la sabiduría (o estaba ya tan descorazonado del rumbo que estaba siguiendo) de internalizar la razón de su discurso, esterilizado de sus prejuicios y reclamaciones injustas, y madurarla en las semanas que siguieron. Fue entonces que me di cuenta que este consejo era el cambio de rumbo que venía tomando forma en mis propios pensamientos. Decidí resucitar mis ambiciones de estudiar economía y finanzas, la carrera que había elegido seguir en el CBC no por demasiada vocación sino por considerarla más portable internacionalmente que la abogacía, que estaba mucho más cercana a mi gusto por las letras, y me puse en campaña para investigar cualquier posibilidad, por más remota que fuera, de concretar mis planes y cambiar el curso de mi futuro Oh Dios. Estoy tan triste. Una mujer no puede estudiar si el marido no quiere, o si la madre no queire :( .

Lo primero que hice fue llamar a la embajada argentina para consultarles algo que me tenía curioso desde que llené el formulario de enrolamiento con la agencia de empleos: cuál era el equivalente de mis estudios en el Buenos Aires en el país donde me encontraba. Según me contestaron cada materia de un título de Bachiller era equivalente a un ‘O’ Level secundario inglés. Estas novedades eran desde ya excelentes. Dados los requerimientos menos exigentes del sistema de estudios secundarios obligatorios en Inglaterra, que terminaban a los dieciséis años de edad mientras que el nuestro iba hasta los dieciocho o en el caso del Buenos Aires hasta los diecinueve, los ingleses mejor educados tendrían un promedio de menos de siete u ocho materias aprobadas, mientras yo tenía dieciséis. De un momento al otro pasé de ser un trabajador manual no calificado, a ser uno de los jóvenes más calificados que conocía. En aquella época de abundancia económica de la mitad del gobierno de Margaret Thatcher, la clase trabajadora inglesa que me rodeaba en las fuentes de empleo donde yo me había movido hasta entonces le daba menos importancia a la educación superior que la que tiene hoy. La abundancia de puestos de empleo en la economía llevaba a la juventud a Inserirse? Insertarse quisiste decir no? inserirse lo antes posible en el mercado laboral, de tal modo que una baja proporción de alumnos continuaban con su educación más allá de los dieciséis y aún menos procuraban un título universitario. Además, me dijo la señora del consulado cuando me llamó luego de unos días de investigación, el titulo del CNBA era equivalente a un Bachillerato Internacional, aceptado en todas las universidades inglesas, inclusive en Oxford y Cambridge, como suficientemente buena educación para ser admitido a cualquiera de sus cursos terciarios.

Éste, yo soy vieja y le pongo tilde Éste fue un cambio radical en mis perspectivas, en mi visión de futuro, en mi apreciación de mi porvenir y mi potencial. De la noche a la mañana pasé de ser un inmigrante con suerte de conseguir cualquier empleo en ese país superior a ser un prospecto superior dentro del mismo país, y mis esperanzas brotaron y se expandieron hasta llenarme la cabeza de posibilidades inesperadas y embriagadoras de un nuevo rumbo donde el cielo, tal vez, sería el único límite. Mi suegro, que como nunca había conocido un porteño estaba convencido de mi excepcionalidad No lo entendí, “como nunca había conocido a un porteño estaba convencido de mi excepcionalidad”? y conocía el nuevo rumbo al que apuntaban mis ambiciones, vio en el diario que había una jornada abierta en el Instituto de Enseñanza Técnica de Basingstoke, donde vivíamos, y se ofreció a llevarme en su auto. Y con qué plata te pensabas mantener? Digo. Ya sé que a los varones siempre los ayudan, pero una mínima aclaración, para que no quede que vivías del aire, aunque sea como agradecimiento . Hicimos cola frente a los escritorios donde profesores otorgaban audiencias a potenciales alumnos, y cuando llegó mi turno nos tocó un señor que se presentó como Phil Howe, tal vez en sus treintas largos, pequeño pero delgado y bien proporcionado, con los cabellos rubios de un sajón, largos hasta los hombros, y el aire profesoral de los intelectuales ingleses, con sus chaquetas de tweed de parches de gamuza en los codos. Tenía ojos de un azul intenso que complementaba con movimientos lentos pero deliberados y expresiones faciales muy agradables al hablar. Su impecable acento y aire entre bohemio y culto me dio la impresión de ser más que un profesor inglés, la perfecta rendición de un profesor inglés por un actor de películas.

Le expliqué que yo era extranjero, proveniente de la Argentina, donde había estudiado en una escuela dependiente de la Universidad de Buenos Aires, que según mi información otorgaba títulos equivalentes a un Bachillerato Internacional. Acto seguido saqué del sobre que llevaba en las manos el diploma del Colegio Nacional de Buenos Aires y lo desplegué sobre la mesa para que Phil Howe pudiera examinarlo, notando por primera vez su texto:

Universidad de Buenos Aires
Colegio Nacional de Buenos Aires
XXXXSe le otorga el titulo de
Bachiller

Al ver el titulo Phil Howe lo estudió detenidamente, sin mirarme, por un rato largo, luego dirigió hacia mí sus intensos ojos azules, diciéndome:

  • Había escuchado hablar de estos títulos, pero nunca había visto uno. Con él puedes estudiar en Cambridge, Oxford, Durham, cualquiera de las mejores universidades en Inglaterra o el Reino Unido. Estás demasiado calificado para estudiar en cualquiera de mis cursos, pero no te preocupes: por respeto a la institución que te educó tan bien, aquí te ayudaremos a pilotear nuestras aguas para que logres cumplir tus metas académicas.

Con creciente excitación, tanto de mi parte, como la de la suya y la de mi suegro, que estaba totalmente anonadado con la confirmación de sus sospechas que yo no estaba hecho para ganarme la vida con las manos (“gobsmacked”, como me diría después), mantuvimos una conversación por más de una hora, durante la mitad de la cual me interrogó para establecer mis circunstancias personales, mis posibilidades de financiar independientemente mis estudios y mis inclinaciones académicas. Le expliqué que yo estaba ya casado y necesitaba mantenerme por lo que trabajaba durante el día, y consecuentemente no me sería posible estudiar por tiempo completo; que me inclinaba por estudiar economía y finanzas porque nunca tuve mucha vocación para otra cosa práctica. Trajo a uno de sus colegas a la mesa para discutir intercambiar No se dice discutir intercambiar, podrías sacar discutir, o poner “y”, no sé muy bien qué quisiste poner ideas acerca de mi situación, en la que estaba totalmente absorto a exclusión de cualquier otra En la que estaba totalmente absorto, ya con eso está bien claro, sobra “a exclusión de cualquier otr” , mientras otras personas esperaban ser atendidas. Entre los dos me sugirieron que Contabilidad y Finanzas mediante el ‘Chartered Institute of Management Accountants’ sería una excelente opción para mí, ya que podría estudiarse mientras uno trabajaba en la industria o el comercio, contando la experiencia adquirida en el ejercicio de la contabilidad en una empresa como parte del requisito de tres años de experiencia práctica, a sumarse a los exámenes que podrían tomarse en unos cuatro años de estudio, para ser admitido como miembro de dicho instituto y poder ejercer la profesión. Un título así obtenido sería equivalente a una maestría a pesar de no requerir una previa licenciatura. Otras opciones (como el Real Instituto de Contadores Públicos de Inglaterra y Gales) serían de más prestigio, pero requerían obtener a priori un título universitario y hacer una pasantía en una firma de contadores, que en mis presentes circunstancias sería prácticamente imposible.

Mi calidad de extranjero y el exotismo de mis calificaciones sería, me explicó, un problema para conseguir mi primer trabajo en Contabilidad, ya que cualquier empleador sería inevitablemente menos conocedor de estas cosas que él, por lo que me aconsejó que me enrolara en el curso que ellos ofrecían, que era un BTEC Higher National Diploma en Finanzas y Gerencia, prerrequisito para el titulo de Contador del Real Instituto que me recomendaron, pero que yo no necesitaba dado mi Bachillerato Internacional. Este curso de acción, aunque inútil para mis estudios, me daría un ‘pie en la puerta’ como me lo puso en inglés, una referencia británica que me permitiría presentar una cara menos heterodoxa y obtener mi primer trabajo en contabilidad, tal vez como aprendiz de contador, con todos los estudios pagos.

Esa reunión con Phil Howe y sus consejos marcaron el resto de mi vida, que se desenvolvió más o menos como él me lo recomendara. Pocas veces después en cualquier emprendimiento tanto en lo personal como en lo profesional los acontecimientos se dieron tan a pedir de boca, sobre todo cuando los planes eran a tan largo plazo con respecto a la escasez de mis años. Empecé mi curso de Finanzas con un entusiasmo febril, pero no tan febril como mi búsqueda de trabajo. Leía los anuncios de “Situaciones Vacantes”, como llamaban en inglés la sección de ofertas de empleo de la Gaceta de de Basingstoke, que era en una pequeña ciudad en las afueras de Londres que se iba beneficiando en aquella época del éxodo de oficinas de Londres central hacia las afueras y más allá, al Gran Londres. Abundaban las posibilidades. Añadí mi carácter de estudiante de BTEC HNC en Finanzas además de mis 14 materias equivalentes a ‘O’ Levels y Bachillerato Internacional a mis calificaciones en las aplicaciones de empleo y mi curriculum vitae y noté con satisfacción el efecto positivo que no tardó en manifestarse. En seguida fui contratado para mi primer trabajo de oficina en una empresa de seguros llamada Provident Life, que había adquirido una cartera de seguros de otra empresa con sistemas incompatibles y necesitaba convertirlos. Este trabajo no era difícil pero requería un cierto grado de investigación, para encontrar códigos postales donde no los había y otros detalles de los asegurados en micro fichas cuando faltaban, así que la empresa decidió contratar temporariamente por un año estudiantes en su ‘gap year’ es decir, el año sabático que se toman algunos jóvenes ingleses entre la secundaria y la universidad, y mi perfil más o menos encajaba en eso. Con la oferta en mano, por unas cuantas (pero no tantas) libras más de las que ganaba con Pietro, esperé que éste me atormentara una vez más con las Fantas que faltaban en la heladera, le traje la bandeja llena de latas y se la tire por la cabeza, diciéndole “reponelas vos, que yo renuncio”, y a pesar que volví muchas veces a la tienda, fue siempre en mi nueva y más simpática capacidad de cliente. Creo que vendría bien una reubicación espacial en lo de Pietro antes de contar la anécdota, “...con Pietro, al volver al trabajo ese día esperé...” 


Me compré dos trajes, cuatro camisas, dos corbatas y un par de zapatos, que tuve que cargar sobre mi flamante tarjeta de crédito ya que no tenía suficientes recursos para todo un vestuario congruente con mi nueva vida profesional y mi nuevo estatus de trabajador de ‘cuello blanco’. Caminaba de mi casa, a más de veinte minutos de marcha, hasta el centro de Basingstoke donde el vistoso y moderno edificio de Provident Life se encontraba a pocos pasos de la estación de tren, y no podía creer cómo había cambiado mi suerte. Me acordaba de Daniel Alhadeff y de los trajes con los que venía al Colegio soñando que un día sería un profesional y trabajaría en una oficina, y también me acordaba de él cuando almorzaba en el restaurant donde la empresa servía almuerzos sin costo a todos sus empleados, donde se comía muy holgadamente hasta ensaladas de camarones, que en aquella época todavía eran un lujo en Argentina, y pensaba que de alguna manera estaba cumpliendo algunos de sus sueños de pibe, que en algún momento y sin tener mucha ocasión de vérmela venir, pasaron a ser los míos también. El trabajo no era lo que digamos muy complicado, pero sin embargo el ambiente era como haberse muerto y entrado directamente al cielo. Nadie nos acosaba, y mis colegas y yo trabajábamos a nuestro propio ritmo además de gozar de dos recreos de quince minutos al día para tomar el clásico té bretón, los almuerzos que ya relaté, todo esto en un agradabilísimo ambiente de oficina moderna. La jornada de trabajo en particular la vida en general eran muy pero muy agradables.

No me dejé estar ni me conformé, sin embargo, a pesar del cambio rotundo que ya había tenido mi suerte. Continué con mi búsqueda de trabajo en mi nuevo metier, y concretamente como aprendiz de contabilidad en entrenamiento. Apliqué a varias empresas en todo tipo de posiciones. En seguida recibí dos ofertas de empleo, una en De la Rue, una de las contadas casas que fabrican papel billete en el mundo como empleado de reportes financieros y otra en la misma empresa de fabricación de cables donde trabajaba mi suegro como ingeniero, esta vez como empleado de costos. A los pocos días recibí una invitación a entrevistar con la posición que más me interesó, como aprendiz de contabilidad en una subsidiaria de Unilever que fabricaba alimentos balanceados, donde la empresa pagaba todos los estudios en el instituto de contadores, incluyendo los carísimos libros, daba un día a la semana para atender clases y quince días de franco estudiantil antes de los exámenes además de aumentar el sueldo cada vez que uno pasaba sus exámenes. Un día o dos después de una afable entrevista, antes que tuviera que decidirme por la dos ofertas concretas que tenía en la mano, Unilever me ofreció la posición de mis sueños, que a pesar de ser la que menos pagaba en sueldo, era la de más promesa. No dudé en mi elección y unas semanas después, a poco más de un año de llegado a Inglaterra, ya era aprendiz de contador. Dejé de asistir al curso de Phil Howe, y me dediqué a mi nueva profesión.

De la duda acerca de la sabiduría de mis elecciones de vida, de la nebulosa idea que algo no estaba saliendo como esperado, de decisiones que me llevaron al tedio de los enchufes del Ford Escort, al frío de las obras de construcción y a las humillaciones y tiranías de Pietro, todas la piezas del rompecabezas de mi vida parecieron caer en posición, como si un tornado hubiera pasado por la fábrica de Boeing en su sede de Washington State, revoleando cajas llenas de partes (altímetros, botones, chapas de metal, cables, ruedas, asientos, ribetes) y, al mezclarse en la conflagración y caer a tierra el conjunto, quedó formado un 747 flamante y perfecto, listo para despegar. ¿Cuáles serían las chances que una huelga administrativa y un Pancho Azamor sobreprotector y metiche hubiera frustrado mis planes de cambiarme de colegio y no salir egresado del Nacional Buenos Aires para que, tanto tiempo después, me sirviera su diploma para cambiar tan completamente el resto de mi vida? ¡Pero en Inglaterra! Acá ni lo registran! Un diploma que había entrado, como la letra, con sangre, además de sudor y lágrimas, a gran costo a veces para mi libertad personal, que sufrió tantos embates de los prefectos, los subprefectos, los preceptores, las amenazas de amonestaciones, de suspensiones o de la temida expulsión o peor. ¡Un diploma que inconscientemente preferí en algún momento cambiar por unos meses menos de clases! Cuáles eran las chances que encontraría, en un instituto de enseñanza de medio pelo en una pequeña ciudad en las afueras de Londres un profesor que conocía, que había escuchado hablar de un título como el del Nacional Buenos Aires, donde no había, a mi conocimiento, ningún otro argentino, ni hablar de uno de sus egresados? En ese momento no me cupo duda que de alguna manera el destino había conspirado para que, luego de algunos meandros, yo también me convirtiera en un Aristócrata del Saber…¿No me había educado seis años en el colegio para cursar estudios terciarios y llegar lejos en la profesión de mi elección?

La imposibilidad de la cadena de sucesos que llevaron a mi buena fortuna me dio una buena inyección de humildad, un sentido del deber, de no malgastar las oportunidades que el destino sin duda había trabajado tan duro para que me quedaran picando tan buenas y tan juntas. Las cartas que escribí luego de esta vuelta del destino ya son más maduras, donde reconozco mejor la insipiencia de la persona que soy hoy, sin demasiados cambios. Me dediqué a aplicarme con diligencia y a superar las expectativas de mis empleadores. Trabajaba ocho horas reglamentarias por día, más una hora extra para suplementar mis ingresos, que poco habían mejorado por el momento. En seguida se me presentó una encrucijada: había empezado mi trabajo demasiado tarde para comenzar inmediatamente las clases de primer año en el ‘college’ y debía esperar unos seis meses más a que se inicie el próximo año escolar. Entonces decidí tomar un riesgo enorme: le planteé a mis empleadores de rendir el primer año libre y paralelamente empezar clases para el segundo año para ganar tiempo. Si fallaba, estaría perdiendo un año y medio, pero si lograba pasar los exigentes exámenes, que históricamente sólo el 40% de los candidatos aprueban, ganaría un año además de un aumento de mi salario de un treinta por ciento. Los incentivos no podían ser mejores. Llegaba a casa a las seis y media de la tarde, que en el invierno inglés ya hace dos horas que es de noche, cenaba, y desde las ocho a la medianoche estudiaba de los enormes libros anaranjados del curso de contabilidad y finanzas. Una vez por semana viajaba a la universidad de Southampton para asistir a clases, un día largo de más de ocho horas sin contar el viaje de ida y vuelta en tren. Utilizando toda la capacidad de estudio y aprendizaje que absorbí en el Colegio hice un plan de estudio tan detallado como brutalmente exigente, que requería la revisión de cada unidad de los cuatro exámenes tres veces antes de mis dos semanas de feriado de estudio, y tres veces más durante esas dos semanas, mientras iba a la universidad y hacía los deberes para el segundo año al mismo tiempo. Qué deberes para el segundo año? Me perdí en esa parte, qué es eso de paralelamente empezar las clases para el segundo año, si faltaban 6 meses para el segundo año... . Cuando llegó la hora de rendir las dos primeras materias, que se hacían en el mismo día, estaba tan preparado como exhausto. No sabía realmente qué esperar, así que esperé lo peor y me preparé mentalmente para enfrentar un fracaso.

Un par de meses después, en la semana que el Instituto de Contadores programaba enviar por correo los resultados a los estudiantes, llegó un Más que “un” sobre, llegó “el” sobre, no? sobre con mi nombre y su logo. De esta carta dependía mi futuro, además de un aumento de sueldo inmediato con que alivianar un poco la presión de los altos gastos mensuales de vida, a tal punto que me hubiera costado entonces decir que era más importante en ese momento de sacrificios. La ansiedad era doble porque ambas bendiciones me serían otorgadas o negadas juntas, y me darían un fuerte golpe o una satisfacción tremenda en una jugada del todo o nada, sin la posibilidad un resultado intermedio. Trepidante, le di el sobre a Genevieve para que me diera buena suerte, y juntos saltamos de alegría y nos besamos con lágrimas en los ojos por los resultados. Necesitaba cuatro C para pasar el año y había obtenido dos A, una B y una C, esta última no exactamente lo que quería, pero suficiente para aprobar el año.

Con mi éxito académico vinieron oportunidades de progresar en mi trabajo, de aprender y eventualmente de avanzar económicamente y acceder a mejores y mejores oportunidades. Seis meses después de mis primeros exámenes rendí los segundos, donde me fue aún mejor (dos A y dos B), y llegué en poco más de un año a la mitad de una carrera que normalmente dura cuatro. En ese año la economía avanzó aún más, con gran escasez de contadores en el mercado, así que pronto recibí una oferta de trabajo de otra empresa por algo más del doble de sueldo que había comenzado ganando al inicio de mi carrera en la contabilidad poco más de un año atrás. Cuando fui a renunciar, con gran compunción por la traición a gente que me había ayudado tanto y enfatizando que me iría con pena y dolor por un tema económico y no laboral, me ofrecieron quedarme en la empresa aceptando un puesto en York en el noreste británico, con el doble de sueldo del que ganaba cuando comencé, y la mitad de los gastos en esa parte menos competida del país. No lo dudé ni un momento y nunca me arrepentí, ya que los dos años que viví en York fueron años felices. Sin embargo al final de ellos, ya recibido de contador, recibí una oferta de una de las empresas de seguros más grandes del país con casa matriz en Liverpool, que estaba interesada en mis habilidades lingüísticas y esta vez no la pude rechazar. La promesa de viajar por toda Europa fue demasiado tentadora para dejarla pasar por lealtad a una empresa, que en la misma posición no la hubiera tenido por mí.

En uno de mis viajes me encontré en el vagón comedor de primera clase de un tren de British Rail entre Liverpool y Londres comiendo un regio desayuno inglés de panceta, huevos, tomates fritos y hasta morcilla, leyendo el Financial Times. No sé por qué me vino a la memoria el momento en que abrí el sobre que contenía el diploma del Colegio Nacional de Buenos Aires para mostrárselo a Phil Howe, Momento que puso en marcha, yo sacaría “el” momento el momento que puso en marcha la serie de acontecimientos que tanto cambiaron el curso de mi vida. Entonces me acordé de don Francisco “Pancho” Azamor, vicerrector del Colegio y personaje tan querido de mi adolescencia. Saqué una lapicera y papel con el logo de la empresa Royal International, a cuya generosidad le debía el suculento desayuno, y le conté la historia que me trajo hasta el presente, más o menos la misma que volqué sobre estas páginas, además de preguntarle si haría prontamente un viaje como los que nos mostraba en las diapositivas donde estaba frente a Marble Arch, o la Torre de Londres, o el edificio del National Portrait Gallery cuya torre, incongrua y fuera de proporción con las líneas clásicas del edificio, todavía noto cada vez que paso por esa parte de Londres, y me remontan a una de las tantas y tan cómicas clases de Historia del Arte de Pancho, cuando pasaba diapositivas de sus viajes en el micro-cine del Colegio.

Su respuesta, que no se hizo esperar, me sacó alguna lagrimita de emoción, y más de una de risa:

Buenos Aires, 4 de mayo de 1992.-
Mi querido Diego:

Fue tanta la alegría que sentí al recibir tu carta que recién a la segunda lectura reparé en el hecho que tu encabezamiento dice domésticamente ‘estimado Pancho’ en vez del correspondiente ‘Ave Augustus’ que yo les había enseñado.

Aunque tenía algunas noticias tuyas a través de Sofía (madre de Daniel Alhadeff, cuya zapatería Pancho solía frecuentar), estas ‘from the horse’s mouth’ me llenaron de satisfacción. No me quedó claro si Genevieve es británica o argentina, pero no importa ya que a través tuyo se incorporó a mis afectos.

Tu carta es muy reconfortante respecto al colegio que, ahora, en plena democracia, es poco menos que un club en que, además, se estudia y no poco; ya que en los últimos años nuestros alumnos han salido ganadores en olimpíadas de computación en la antigua URRS, en las de matemáticas de Valladolid y han participado con variado éxito en distintas competencias internacionales.

Y ya que menciono éxitos académicos quiero que compartas mi orgullo porque el año pasado tu querido maestrito recibió firmado por el ministro de Educación de Francia, Lionel Jospin, el diploma de ‘Chevallier de l’Ordre des Palmes Academiques” (que como verás se lo dan a cualquiera pero esta vez me lo dieron a mí).

En cuanto a mis periódicos viajes: en 1988 hice uno inolvidable a China – una experiencia interesantísima para contarla más que para vivirla – y el año pasado estuve en la todavía URSS que ya revelaba el estado de miseria y de inquietud que culminaría en su disgregación. De regreso tenía que elegir entre pasar una semana en Londres o en París, y elegí esta última.

Creo que éste habrá sido mi último viaje porque mi mujer dice que ya está cansada para esos trotes y como a mí no me gustan los tours turísticos se me hace difícil largarme solo.

Que tal Liverpool? Existe todavía el Hotel Adelphi? No puedo ubicar Whitefield Close, tal vez porque está en el “lado mersa” (o sea Merseyside)?

Han terminado ya esa gigantesca y pretenciosa catedral que no obedece a ningún estilo? Descuento que serías poco menos que un guía especializado en esa fantástica Walker Art Gallery.

Creo que esto será todo por ahora. Agradezco nuevamente tu recuerdo y tus cariñosas palabras.

Todo mi afecto y cariñoso saludo para los dos.

Pancho”

A las pocas semanas de este intercambio, ya ganando más de tres veces el salario con el que comencé mi carrera de contador, me permití el hasta entonces inalcanzable lujo de planificar un viaje de retorno a la Argentina, cinco años después de haberme ido al destierro, sin Genevieve porque no nos alcanzaba para los dos. Una de las primeras cosas que planifiqué con gran anticipación fue una visita a reencontrarme con Pancho, quien, contentísimo por las novedades, marcó cita conmigo para que fuera a comer con él y el rector Sanguinetti al venerable Colegio.

Tomé el subte hasta 9 de Julio, sin atreverme a llegar al final de la línea demasiado pronto, y caminé por Diagonal Norte hasta el Cabildo. En el torbellino de emociones que me tocó vivir en ese viaje una de las más conmovedoras fue el regreso a la Plaza de Mayo, donde habían pasado tantos de los años de mi juventud, y donde los mismos ladrillos de las construcciones que la rodean están impregnados de la historia de nuestra pobre Patria, de golpes de estado, de discursos populistas, de demostraciones de la voluntad popular y del poderío de la fuerza. Le di una vuelta completa a la Plaza, que estaba llena de gente. Recordé la letra de la canción “Besos y Porros” de Sabina, que un amigo tucumano había especialmente grabado para mí en un cassette que me mandó por correo, y que hablaba de un español que se enamoró de una chica argentina desterrada por el Proceso que se ‘moría por volver, con la frente marchita cantaba Gardel’. Con el regreso de la democracia la chica cumple su deseo No se dice se regresa, cumple su deseo y regresa. y regresa a Buenos Aires, perdiendo el contacto con el español, quien la va a buscar:

Aquellas banderas, de la patria, de la primavera
A decirme que existe el olvido, esta noche han venido.
Te sentaba tan bien, esa boina calada al estilo del Che…
Buenos aires es como contabas, hoy fui a pasear
Y al llegar a la Plaza de Mayo me dio por llorar
Y me puse a gritar ¿dónde estas?”

A mí también me dio por llorar mientras rodaba el cassette en Inglaterra porque yo también me moría por volver, y más aún en esa primera visita de regreso en la Plaza de Mayo buscando mi propia adolescencia entre las calles donde tuvo lugar y preguntándome ¿dónde está?

Escondiendo las lágrimas detrás de anteojos oscuros, finalmente me atreví a entrar por la calle Bolívar con trepidación, andando despacito por entre los transeúntes y los alumnos del colegio que iban y venían a esa hora de cambio de turno, y no daban indicios de saber que yo había sido uno de ellos. Circulaban por las mismas veredas y frecuentaban los mismos bares que mi otro yo, el de algunos pocos años atrás, sin prestarme ninguna atención. Me acerqué a la manzana de las luces, y miré la Iglesia de San Ignacio con más detalle del que jamás guardé cuando pasaba por ella todos los días, noté las líneas cargadas del barroco alemán, tal vez la construcción más antigua de toda la ciudad. Me llamó la atención, también, la fachada anacrónica de la Librería del Colegio, que estaba en la esquina hacía tantos años sin que nada hubiera cambiado. Y finalmente el bar “La Catedral”, donde comí tantos sándwiches de miga, tomé tantos submarinos y pasé tantas mañanas de deberes, repaso y estudio, y noté que allí también todo parecía estar igual, y ni las sillas habían cambiado, sólo que todo estaba más usado y enclenque por los embates del tiempo. Al subir por las escaleras la puerta del Colegio me pareció más pequeña de lo que recordaba pero menos vulnerable de lo que pareció cuando tomamos el colegio y casi la tiramos abajo. Al ver el escritorio de entrada me sonreí, porque era un detalle que había sido una parte diaria de mi existencia pero que se había casi borrado de la memoria. Le dije a la persona de No se dice persona de cargo, normalmente decimos encargado (para no decir portero que a algunos les suena mersa) cargo que tenía cita con Azamor, y me preguntó si sabía donde quedaba la rectoría. ¡Claro que lo sabía! Doblé a la derecha en el hall de entrada y vi frente a mí las amplias escaleras de mármol de carrara que llevaban a la oficina del rector, y casi largo una risotada al pensar que ésta sería la primera vez que visitaría la rectoría por motivos que no fueran disciplinarios. Llegado a las oficinas amplias, clásicamente decoradas con esa pátina eterna de una gran institución, pregunté por Azamor a la secretaria, quien debía estar esperándome ansiosamente porque en seguida salió a recibirme, vestido con su típica vestimenta estrafalaria, incluyendo el infaltable chaleco y el moño legendario, sin darle a la secretaria tiempo de entrar a anunciarme. Primero me estrechó la mano y luego, pensándolo dos veces, me dio un gran abrazo paternal, comentándole a la secretaria quién era yo (el autor de la famosa carta) y ésta me estrechó la mano también, diciéndome que la había leído con mucho gusto, y aproveché su buena voluntad para pedirle que me tomara una foto con Azamor, él sentado en su escritorio y yo de pie a su lado con un brazo en su hombro, que todavía conservo. El ella se ve claramente lo que ya había notado en mis últimos años en la Argentina, cuando me encontraba con él de vez en cuando por mi lado de la Recoleta y él hacía sus compras o por la calle Agote, del lado donde vivía él, porque mi abuelo o mi abuela estaban internados en la clínica del mismo nombre en la misma calle, por alguno de sus varios incidentes cardiacos. El mismo y celebrado doctor Agote, dicho sea de paso, que inventó el primer método operable de transfusión de sangre y que fue, como nosotros, alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires. Noté, decía, que el avance imparable de la vejez y sus estragos lo habían enflaquecido, debilitado y manchado la piel de lo que los ingleses llaman ‘liver spots’, esas manchas de pigmentación marrón en las manos tan típicas de los viejos, aunque no le había quitado facultades mentales, que estaban igual que siempre.

Mantuvimos una larga conversación acerca de mi vida en Inglaterra. Quiso particularmente saber cómo había sido mi vida en York, una ciudad que le interesaba mucho por estar tan llena de historia y arquitectura antigua. ¿Había vivido cerca del centro? ¿Cuál de las puertas vikingas de la ciudad debía usar para ir hacia mi casa? ¿Cómo era caminar todos los fines de semana por el Shambles, la diminuta callecita medieval de York donde las casitas de vigas de roble y ladrillo están todas inclinadas como la Torre de Pisa por el peso de los siglos? ¿Tomaba seguido el té ingles en la confitería de Betty’s, donde los soldados que partían a la segunda guerra habían dejado inscriptos mensajes a sus novias rasguñando la capa de plata de un gran espejo? ¿Iba seguido a York Minster, la inmensa catedral gótica cuya belleza le fascinaba y comparó con la de Liverpool, como lo había hecho en su carta? Nos reímos mucho al recordar su broma del ‘lado mersa’, la traducción poco literal de Merseyside, el condado donde está la ciudad de Liverpool, y le recordé que él siempre tenía esos arranques y le gustaba jugar con las palabras, tanto en castellano como en inglés y francés, sus lenguas favoritas. Le comenté cómo de vez en cuando yo tenía la ocasión de usar su frase célebre “never in my puta life”, particularmente ahora que viajaba un poco a España, que tanta gracia me causaba; pero que todavía no había podido incorporar a mi conversación ninguna referencia a los pedos y los mersas (una dislexia jocosa de los medos y los persas), aunque la vida era larga y no perdía las esperanzas de hacerlo algún día.

Luego hablamos conjuntamente de los viejos tiempos cuando yo todavía era su alumno y él mi profesor. Me volvió a confesar lo que yo ya sabía, que había sido él el que le puso trabas a los trámites de mi traspaso de colegio, entre otros, y me preguntó si todavía estaba enojado con él. ¡Qué iba a estarlo! Puse mis manos sobre las suyas y se las apreté con cariño. Le dije:

  • ¡Don Pancho, de todas las malas pasadas que jamás me hicieron o me harán mis enemigos, mi más solemne deseo es que sean tan malas como las que me hizo usted con este asunto!

Y los dos nos reímos con los ojos empañados de lágrimas, él por la oportunidad tan frecuentemente esquiva de confirmar la capacidad de bien de la vocación docente, normalmente tan ingrata, y yo porque sentí sinceramente que le debía tanto a ese hombre, que había sido un ejemplo durante horas no sólo formativas sino a veces tan difíciles de mi juventud; un hombre que había ido contra mi voluntad para resguardarme de mi propia estupidez e inconsciencia, hoy reivindicado veinte veces por el desenlace de la historia de mi vida y al que, indirectamente, le debía mi profesión, que tantas satisfacciones me había dado y continúa dándome años y años después de su muerte.

Así llegamos a la hora del almuerzo, y nos dio pena a los dos interrumpir nuestra conversación tan agradable y tan íntima, pero su hija Carolina, mayor que yo por una década, llegó para conocerme (otra de las lectoras de mi carta) y para almorzar con nosotros y Sanguinetti, que nos esperaba en su sala de comedor y reuniones. De allí la conversación volvió a mi vida en Inglaterra, de la cual Sanguinetti y Carolina Azamor quisieron saber todos los más íntimos detalles. Yo les conté como en los últimos cinco años no había vuelto a mi país, ni prácticamente hablado mi lengua materna, ni compartido más que algunos minutos impacientes o cartas demoradas con mis amigos y mi familia (¡en esa época todavía no existía el email!). Inglaterra me había dado una compañera, una nueva patria, una profesión, un trabajo que me estaba llevando por toda Europa, me había permitido comprar nuestro primer hogar, me había obligado a pagar mis primeros impuestos y mis primeras cuentas. Inglaterra me había transformado, en definitiva, en el hombre que era hoy, a tal punto que me había ya reinventado prácticamente como un inglés, y hasta considerado cambiarme el nombre a James Gotthelf, porque, como Azamor en seguida me recordó, en una de sus clases nos había dicho que Diego y James son el mismo nombre; Santiago de Compostela en inglés es St James of Compostela, y el Yago de Santiago, al igual que su sinónimo Diego, son formas arcaicas de Jacob, la raíz etimológica de ambos nombres, por lo que Pancho, conociendo mi origen judío, me llamaba ‘Jacobito’ de vez en cuando y aprovechó esta ocasión para volver a hacerlo en uno de los momentos más profundos de mi visita, cuando me preguntó:

  • Está bien, Jacobito, te va bien en Inglaterra, tenés trabajo, te compraste una casa y te casaste con una linda chica y todo eso está bárbaro, pero decime, ¿sos feliz?

Sentí de nuevo que se me llenaban los ojos de lágrimas y tuve que pausar para contenerlas, levantando la servilleta de mi falda y llevándomela a los labios por las dudas que me tuviera que secar los ojos.

  • Sí, don Pancho, soy feliz, como fui feliz durante mis años en el colegio, excepto tal vez los dos primeros que fueron tan duros, pero más tolerables gracias a usted, a su humor y sobre todo a su irreverencia.

Luego del almuerzo me despedí de Sanguinetti, pero Pancho y Carolina me llevaron a dar un tour del colegio que me pareció un sueño, un torbellino emocional luego de tantos años de ausencia: el blanco del mármol de las escaleras, los azulejos verdes de los claustros, los pupitres de madera y hierro, el detalle hasta entonces olvidado de los ganchos en la pared trasera de la clase donde colgábamos nuestros abrigos, la tarima donde estaba el escritorio de los profesores para que nos miraran de arriba, con la gravedad de la autoridad, los negros pizarrones que se alternaban uno encima el otro con su sistema de poleas. Todo me parecía irreal, o mitad real y mitad mentira, como me habían parecido irreales desde que llegué las calles donde crecí, la gente que hablaba la lengua de mi juventud en un acento que hasta entonces no había notado que teníamos, los seres queridos hasta esos días físicamente tan lejos y que apenas me parecía posible tenerlos hoy tan cerca sin que se desvanezcan luego de unos instantes en la vorágine de un sueño, mi única interacción vívida con ellos en los últimos años. Dimos una vuelta por el salón de actos, con su gran órgano, la hermosa biblioteca que es una joya nacional, el claustro central y, al fondo a la izquierda, la temida prefectura, que ya entonces tenía una función distinta. Visitamos algunas aulas en plena clase donde Pancho me presentó como un ex alumno que los visitaba desde Inglaterra donde vivía luego de recibirme de bachiller en el Colegio, y noté como los alumnos me miraban con ojos llenos de sueños propios, de la mística que tenemos los argentinos por los que viven en Europa o Estados Unidos, que nos parecen seres de otro mundo, un mundo mejor y más codiciado.

Cuando llegó el momento de partir nos quedamos Pancho y yo solos en la puerta junto al escritorio de entrada. Una vez más me abrazó paternal y cariñosamente, antes de despedirse:

  • Cuidate, Jacobito”, me dijo, “y vení a visitarnos cuando quieras que acá te recibiremos bien.”
Pensé en los cinco años que habían pasado desde mi partida y me pregunté cuántos más pasarían antes de regresar. Quizás nunca más volviera a ver al querido Pancho, que estaba tan viejito ya por el año 1992. No sé por qué me salió en inglés:

  • God bless!”

Tal vez mi adiós sajón le causó gracia, tal vez buscó interrumpir ya las emociones que habíamos derramado hasta el empalago, porque rompió nuestro abrazo y me contestó, con esa tonadita traviesa suya:

  • God save the Queen!”

Y se dio vuelta para irse hacia la rectoría, dibujándome una sonrisa con que controlar las emociones galopantes que me causó el cierre de la visita a mi pasado.

  • Ah, me olvidaba, Gotthelf. Antes de irte fijate en el vidrio de la puerta, del lado de afuera, que vas a ver algo que conocés y te va a gustar”, y con esas palabras desapareció lentamente detrás de la pared de la Administración, camino a su despacho.

Curioso, hice lo que me dijo y allí, pegada con cinta Scotch del lado de adentro para que pudiera verse claramente de afuera, reconocí primero el encabezamiento que había hecho en un procesador de palabras en letras góticas con la dirección:

Diego Gotthelf
5 Whitefield Close
Hightown
Liverpool
Merseyside

Y en seguida después una letra cuyo puño me era familiar, aunque estaba fotocopiada y pintada aquí y allá con resaltador fosforescente para marcar los párrafos más interesantes.

¡Era mi carta!

Esa tarde, cuando me alejé del Colegio, me fui con la tristeza que nunca sentí cuando le di la espalda seis años atrás, sin volver la vista atrás. Me llevé la reivindicación de los años pasados en ese palacio de la cultura. De regreso de mi exilio seis años después, lejos de intimidarme, de tratarme como un potencial subversivo que había que re adoctrinar en los valores de Dios y Patria, me hicieron sentir como el hijo pródigo que regresaba a la casa materna para dar orgullo y alegría a padres avanzados en años, hoy ya más amainados por el inexorable avance del progresismo educativo y social, como una muestra que volvía del laboratorio del mundo exterior confirmando la calidad de la tela que tejía esa casa de estudios con la lana a veces gruesa y retobada de nuestra juventud, y la de tantas otras generaciones de estudiantes a lo largo de las décadas, los lustros y ya los siglos, que se plasmaron en vidas tanto más ilustres y celebradas que la mía, entre los que yo era más un soldado desconocido que un Manuel Belgrano, un Otto Krause o un Lalo Schiffrin.

En los meses que siguieron a mi visita recibí dos o tres cartas espontáneas de orgullosos pero hasta entonces desconocidos padres de alumnos, felicitándome por mis éxitos. Me agradecían haber compartido mis experiencias y me deseaban felicidad en mi vida en el extranjero. Habían encontrado en mi historia y agradecidas palabras, leídas casualmente en la puerta del Colegio mientras esperaban la salida de sus hijos, cierta confirmación de la validez de los muchos sacrificios que habían hecho para educar sus hijos en el otrora admirado y temido, pero hoy entrañablemente querido Colegio Nacional de Buenos Aires. Curiosamente, así fue como lo sentí yo también.





Comentarios del capítulo

Dos cosas me hubieran gustado, una es que demuestres un poco la personalidad de Genevieve, que aparece como “la mujer de”, sería lindo que des notas aunque sean pequeñas de la personalidad que tenía y de lo que la rodeaba, mencionás a su papá más que a ella. Ya sé que la vida es del varón, y las mujeres somos sus mucamas, pero igual no me causa gracia y en un libro me gusta la fantasía de que las mujeres también somos gente.

Otra cosa que me gustaría que aclares es por qué tanto de pegar tu carta en la puerta, un espectáculo tan aparatoso y exhibicionista, qué fue lo que los motivó a hacerlo. Calculo que el hecho de que hubieran valorado tanto tu “bachillerato internacional”, pero no sé, si no contás un poco qué les pasó por la cabeza queda como que están choluleando.
Eso, como siempre tómalo o déjalo, claro. 

 
 
  
  

No hay comentarios:

Publicar un comentario